Walter Benjamin

Gershom Scholem · Capítulo 16 de 18 · parte 1/2

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Walter Benjamin

Crisis y nuevas orientaciones (1930-1932)

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

 

Una semana antes de la carta que acabo de mencionar, Dora me había escrito informándome que Walter, después de haber estado viviendo con Asia Lacis durante los meses de diciembre de 1928 y enero de 1929, en el 42 de la Düsseldorferstraße, había vuelto con ella, pero que ya en la primavera había solicitado el divorcio para casarse con Asia. Dora afirmaba que esto no tenía otra finalidad que la de procurarle a Asia, que se encontraba en dificultades para prorrogar su permiso de residencia, la nacionalidad alemana. Todo esto no me parecía demasiado convincente, pero yo no podía hacerme en la distancia una idea de hasta qué punto era cierto, ni de cuál era realmente la situación. A propósito de la cuestión de la «culpa» y el correspondiente contencioso financiero derivado de las obligaciones contraídas por Benjamin en virtud del contrato matrimonial de 1917, tal como los padres de Dora habían exigido en su momento, tuvo lugar un proceso que duró desde junio de 1929 hasta el 27 de marzo de 1930, fecha en que fue dictada la sentencia de divorcio. Acerca de este proceso, seguido por ambas partes con extrema acritud, prefiero no pronunciarme; solo diré que fue Benjamin quien lo perdió. A lo largo de dos años aproximadamente, hasta junio de 1931, quedó roto cualquier vínculo entre ellos; luego, de una manera vacilante por ambos lados, el contacto se reanudó, y muy lentamente comenzó por establecerse entre ellos un cierto modus vivendi, para seguidamente volver a darse una relación más amistosa y de mayor confianza mutua.

Ya en el mes de junio me había escrito Dora diciéndome que me olvidase de ver a Benjamin en Jerusalén: «Todos sus amigos dicen que no irá a Palestina», me decía, refiriéndose sobre todo a Ernst Schoen, Franz Hessel, Gustav Glück y Ernst Bloch; por esa época todos ellos acudían todavía a visitarla, pero después del divorcio se distanciarían sensiblemente, acaso presionados por Benjamin, como en efecto pensaba Dora. Era claro que la siguiente víctima que había de ser sacrificada a las circunstancias iba a ser el estudio del hebreo. Las cartas de Benjamin en este período traicionan un penoso embarazo. Salvo en una carta del 1 de noviembre de 1929, en ningún momento fue capaz de decidirse, hasta 1930, a hablarme de su divorcio de una manera explícita. En aquella ocasión me escribió: «No se podía prever que mi separación de Dora habría de adquirir unas formas tan crueles como las que de hecho está asumiendo. Me encuentro complicado en un proceso de divorcio de resultados imprevisibles, y… no esperes enterarte de mucho más, a través de mis cartas, de un asunto como este, cuya notificación he pospuesto todo lo que me ha sido posible. No se trata sino de lo siguiente: en un futuro próximo voy a tener que adoptar todas las resoluciones de mi vida, todas, sin excepción, atendiendo a las exigencias derivadas de esta situación». Lo que esto venía a significar, no podía ya sorprenderme. Ni siquiera me hice ilusiones cuando recibí un telegrama del 17 de septiembre en el que me anunciaba su llegada para el 4 de noviembre. Entre septiembre y octubre acudió en numerosas ocasiones a Frankfurt, donde Asia Lacis se hallaba sometiéndose a un tratamiento a cargo del neurólogo Kurt Goldstein; Benjamin aprovechó igualmente esos viajes para establecer estrechas relaciones con Theodor Wiesengrund, Adorno y Max Horkheimer, relaciones que alcanzaron el que a la sazón sería su punto culminante en largas conversaciones sobre marxismo, a las que también asistieron Asia Lacis y Gretel Karplus, más tarde esposa de Adorno.

Yo mismo, por mi parte, no me he encontrado jamás con Asia Lacis, dado que no llegué a coincidir con ella en las distintas ocasiones en que visitó Alemania. Por cierto que un buen número de personas mencionadas en estas páginas me han hablado después, de una manera bastante coincidente, acerca de ella, de su aspecto personal y de su comportamiento para con Benjamin. En cuanto a su propio relato, es notablemente parcial. Cuando yo arribé a Europa en 1932, hacía ya mucho tiempo que ella había regresado a Rusia; por lo que sé, no volvió a ver a Benjamin, pero siguió manteniendo correspondencia con él hasta que fue arrestada bajo el régimen de Stalin. El propio Benjamin no volvió a hablarme de ella tras su carta del 18 de septiembre de 1921, que ha sido publicada. Así pues, esta cara de su vida quedaría completamente alejada de mí.

 

Lo que continúa siendo asombroso es su capacidad de concentración, su abierta actitud ante lo espiritual, la armonía de su estilo en las cartas y los artículos de aquel año en que su vida se vio surcada por las más intensas emociones, por los mayores trastornos y esperanzas desengañadas. Había en él una suerte de pozo de profunda serenidad que apenas podría ser designado mediante el término de estoicismo, y al que no afectaban ni las equívocas situaciones en las que se veía entonces comprometido, ni las perturbaciones que amenazaban con desviar brutalmente el curso de su vida. Fue precisamente ese año cuando se dio un nítido punto de inflexión en su vida espiritual, que supuso a un tiempo un momento cumbre de intensa actividad en el terreno literario y filosófico. Se trataba de un punto de inflexión en el plano visible, que no excluía, sin embargo, en un plano invisible, la continuidad de su pensamiento y de los motivos en él dominantes, tal como actualmente se puede percibir con mayor claridad que en aquel entonces. En el curso de los años siguientes pude reconocer esta contradicción con toda nitidez, acaso justamente en razón de la distancia. Esta doble conciencia del nuevo cariz y de la continuidad en su pensamiento, conciencia que presumiblemente era yo el único en poseer en aquella época, habría de determinar nuestras relaciones a lo largo de los siguientes años.

En mayo de 1929 conoció a Bertolt Brecht, con quien Asia Lacis se hallaba relacionada por motivos profesionales. En tanto que hasta ese instante sus relaciones literarias berlinesas las había encontrado preferentemente en el círculo de Franz Hessel y Ernst Bloch, donde había conocido asimismo a Gretel Karplus y a Otto Klemperer, con Brecht hizo aparición en su vida un elemento enteramente nuevo, una fuerza elemental en el más auténtico sentido de la expresión; al mismo tiempo, sus lazos con Wiesengrund-Adorno, muy distendidos hasta ese momento, adquirieron igualmente una forma y un carácter más estable. Ya el día 6 de junio me anunciaba Benjamin el estrechamiento de sus lazos con Brecht, «acerca del cual y acerca de los cuales habría mucho que decir» [Briefe, II, p. 494], y solo tres semanas después me escribía: «Te interesará saber que últimamente se han desarrollado entre Bert Brecht y yo unas relaciones muy amistosas, fundadas no tanto en lo que hasta ahora ha hecho, de lo que no conozco sino la Ópera de cuatro cuartos y las Baladas, como en el justificado interés que suscitan sus actuales proyectos». Ya antes de conocer personalmente a Brecht había valorado positivamente su obra poética, contraponiéndola con sumo vigor a las «chansons» de Walter Mehring, que había criticado incisivamente. La aparición de fuertes acentos marxistas en Benjamin a partir de 1929 estaba manifiestamente ligada a la influencia de Asia Lacis y de Brecht, antes de que Adorno y Horkheimer, en Königstein, estimulasen en él un ulterior interés en esta dirección. Sus entrevistas con Brecht, a las que pronto siguieron las que mantuvo con sus mentores marxistas Fritz Sternberg y Karl Korsch (íntimo amigo de mi hermano Werner, que ya en esa época había sido expulsado del Partido Comunista, pero que aún conservaba su escaño en el Reichstag), versaban más sobre la teoría bolchevique de la política y la estética en general, que sobre los escritos de Brecht que hasta ese momento habían visto la luz. De entre ellos, parece que Benjamin no leyó Un hombre es un hombre sino en junio de 1930, antes de quedar fascinado por los Ensayos de Brecht. Todavía en septiembre de 1929 me escribía: «Tampoco Brecht se ha cubierto demasiado de gloria con su nueva obra [Happy End]» [Briefe, II, p. 502]. De hecho, la plena significación que esta relación tenía para él no se me hizo evidente sino en el curso del año 1930, después de que los proyectos de los estudios hebraicos hubiesen sido definitivamente archivados ad acta.

En esos agitados tiempos, Benjamin no cesó de trabajar intensamente. En la ya mencionada carta del 1 de noviembre, me escribía: «He recibido de la Enciclopedia [Judaica] publicada por [Jacob] Klatzkin el encargo de tratar el tema de los judíos alemanes en la vida intelectual de los siglos XIX y XX, que constituye una subdivisión del apartado “Alemania”. La fecha de entrega será a finales de noviembre. Hasta entonces, todo mi tiempo quedará enteramente ocupado por este trabajo. Podría haber sido importante, si tú me hubieses podido aconsejar al respecto». Así y todo, este trabajo, el primero en el que se expresaba de una forma concisa sobre un tema judío, quedó tan manifiesta y rotundamente alejado de las expectativas que se habían depositado en el encargo y mostraba, en fin, la marca de una tan completa independencia, que solo sería publicado en una versión totalmente falseada y holgadamente «reelaborada» con el asesoramiento de Nachum Goldmann y del rabino Benno Jacob. Ello debió de irritar a Benjamin considerablemente, dado que en esa versión se afirmaba en su nombre, de manera reiterada, lo contrario de lo que él había escrito. El texto original, por desgracia, no se ha conservado. Aparte de ese trabajo se proponía ultimar asimismo un artículo sobre André Gide; otro estudio, consagrado a J. P. Hebel, había constituido el contenido de una conferencia que pronunció en Berlín, en septiembre u octubre. Pero las circunstancias adversas pronto le ajustaron cuentas. En octubre, según me escribió, las fuertes tensiones originadas por el proceso de divorcio le provocaron un colapso cardíaco, que le había dejado durante diez días incapacitado para hacer nada. «No podía telefonear, ni hablar con nadie, y menos aún escribir. Incluso esta carta te la envío con cierta repugnancia; por cierto que me he restablecido, pero mi carta guarda hasta tal punto silencio acerca de todo lo que en este instante cabría decir, que puedo percibir tu insatisfacción al recibirla (por no hablar de otros sentimientos más esenciales).» Concluía con un auténtico suspiro: «En estos momentos dependo más que nunca de la discreción y la indulgencia de mis amigos».

Tras ello, en efecto, se sumergió en el más completo silencio durante cerca de tres meses, antes de que me escribiese —manifiestamente, después del regreso de Asia Lacis a Moscú— aquella carta —¡en francés!— del 20 de enero de 1930, incluida en la edición de su correspondencia, cuyo tono no podía por menos que estremecerme. Me decía en ella que la perspectiva de un viaje a Palestina no podía contemplarla sino, como pronto, para después de la sentencia de divorcio, que no parecía demasiado próxima. Igualmente ponía punto final a la esperanza de aprender hebreo durante el tiempo en que aún permaneciese en Alemania. Me anunciaba que toda su ambición se orientaría, en adelante, a convertirse en el crítico más importante de la literatura alemana. Quedaban así rotas tanto las esperanzas de los años precedentes como las promesas que había hecho a Magnes. Con esta carta se había cruzado otra escrita por mí solo unos pocos días antes que la suya, una carta que, por su tono amistoso y la íntima comprensión que manifestaba hacia las circunstancias en que se hallaba, le había «devuelto el uso de la lengua materna», tal como él mismo escribió. Pero lo que por mi parte pensaba sobre la situación que se había originado puede leerse en mi carta del 20 de febrero de 1930 [Briefe, II, pp. 510 y ss.], en la que se establece el balance definitivo de nuestro debate. En ella me refería a la situación que resultaría «si quedase de manifiesto que tú no puedes contar ya, ni cuentas con un encuentro real con el judaísmo en tu vida». «Es más importante para mí —proseguía — saber dónde te encuentras realmente que saber adónde esperas tal vez dirigirte algún día, ya que, en efecto, con una vida construida como lo está la tuya, es seguro que siempre, en mayor medida que cualquier otro, llegarás a cualquier parte menos allí adonde te propongas ir». Tanto más vino a conmoverme su respuesta, que se hizo esperar más de dos meses, cosa que no podía sorprenderme en aquellas circunstancias. Benjamin me escribió: «No he tenido en absoluto conocimiento del judaísmo viviente bajo otra forma que la que en ti he encontrado. La cuestión de mi actitud ante el tema no puede ser sino la cuestión de cómo me conduzco, no en relación contigo (pues mi amistad no va a depender nunca de una decisión en este punto), sino respecto de las fuerzas que tú has removido en mí». Y la frase siguiente ofrece un buen testimonio de la profundidad de su conocimiento de sí mismo: «Cualesquiera que sean los elementos de los que depende —por muy empeñada que esté, por un lado, en contenidos objetivos que le son, en apariencia, enteramente extraños y, por otro, en aquella vacilación extraordinariamente tensa que en cada una de las más graves situaciones de mi existencia se ha revelado como mi propia naturaleza—, la decisión será tomada muy pronto» [Briefe, II, p. 513].

Incluso después de pronunciada la sentencia de divorcio prosiguieron, a lo largo todavía de tres meses, los litigios procesales entre Walter y Dora acerca de las correspondientes compensaciones económicas, que le pusieron en considerables dificultades. Le informé que Escha, mi mujer, iría a Europa en el verano y tenía intención de visitarle. Yo le había encomendado que hiciera notar a Benjamin lo delicado de la situación en que me colocaba el uso que había hecho de la suma que se le había librado con una finalidad específica —y particularmente en el caso de que, tal como era de temer, renunciase a venir a Jerusalén—. El 14 de junio, desde un nuevo domicilio provisional, recibí por respuesta la siguiente carta:

Querido Gerhard:

Tú sabes que las ilusiones, y sobre todo las ilusiones acerca de mí mismo, no son mi fuerte. He encontrado en tu carta, que me esperaba ayer tarde, más verdades que las que ambos quisiéramos.

Tu referencia a Green me ha dado que pensar, tanto más cuanto que desde hace tiempo me parece claro que las constelaciones que se dan en mi vida —cuando menos las propias de la familia de la que procedo— presentan una llamativa afinidad con las que uno se encuentra en las novelas de Green. Así, mi hermana no cede en nada respecto a sus más desagradables personajes femeninos. Y qué lucha he tenido que sostener contra estas fuerzas, no solo cada vez que se me han enfrentado en ella —como justamente sucede ahora—, sino en mí mismo; pero por esto precisamente te escribo. Quien tan profundamente remueve, como tú has hecho, lo que hay en mí de más limitado y cuestionable, no puede tampoco descuidar en absoluto que, aun tardíamente, incluso bajo unas circunstancias por completo funestas, yo he librado mi combate contra esas fuerzas. Dudo que tú mismo tengas una imagen más justa y categórica de mi matrimonio que la que yo he conservado hasta hoy, y probablemente para siempre. Sin abordar de cerca esta imagen, puedo decirte —¿pero es que acaso es preciso decírtelo?— que en los últimos tiempos —y estoy hablando de años— este matrimonio se había convertido plenamente en un exponente de aquellas fuerzas. He creído durante mucho, mucho tiempo, no tener ya energías para librarme de ello, y cuando luego, de pronto, han acudido a mí, en el seno del más profundo dolor y del más grande abandono, es cierto que me he agarrado a ellas. Del mismo modo que en las dificultades que de ese paso resultan son en este momento determinantes para mi existencia externa —no es fácil, desde luego, plantarse en el umbral de los cuarenta sin propiedades ni posición, sin vivienda y sin fortuna—, este mismo paso es también ahora el fundamento de mi existencia interior, un fundamento que hace sentir su dureza, pero en el que no hay lugar alguno para los demonios. Y ni siquiera es seguro este fundamento; es decir, todavía no puedo tener la certidumbre de ver mis cargas, mediante la renuncia a la integridad de mi eventual herencia, aliviadas en una medida soportable; los próximos días serán decisivos al respecto. Hasta entonces, en estas constelaciones que me dejan sin aliento y que cambian día a día, constelaciones en las que me encuentro desde hace meses y persisten todavía ahora, habida cuenta de que el proceso de separación propiamente dicho ha terminado desfavorablemente para mí y que he aceptado el juicio en primera instancia, no hay realmente nada que se pueda hacer. Todo esto, en lo que concierne a tu carta. Voy a quedarme en Berlín por lo menos hasta mediados de julio, de manera que tengo la esperanza de poder ver a Escha… Mi gran anhelo ahora es poder descansar; estos últimos tiempos, dejando a un lado todo lo demás, he estado sobrecargado de trabajo. Justamente ahora estoy preparando una emisión para la radio, basada en dos importantes discusiones críticas todavía no publicadas, de la recopilación Krieg und Krieger, editada por [Ernst] Jünger, y del Dichter als Führer in der deutschen Klassik, de Max Kommerell, un discípulo de Wolters. En este contexto, también yo he tenido que habérmelas finalmente, algo más tarde que tú, con el inefable libraco de Wolters [el libro sobre George y sobre las Blätter für die Kunst]. Discípulo y maestro aparecen en él en una relación de contraste que honra al primero. Con vistas a mi libro de ensayos, sigo preparando uno sobre Karl Kraus. He acordado con Kiepenheuer la publicación de un volumen de narraciones escogidas de Marcel Jouhandeau.

Esta carta, que tan profundamente se adentraba en el ámbito de lo personal, así como el relato que me hizo mi mujer de las visitas a Dora y a Walter, me permitieron hacerme una idea de las graves crisis y de las transformaciones que había sufrido su vida, en la que no habrían de faltar ulteriores recrudecimientos de la desdicha. «Sin duda habrá oído usted decir muchas cosas», dijo Walter a Escha en el curso de la larga charla que mantuvieron con ocasión de la visita que le hizo en la residencia veraniega de mi familia, en las afueras de Berlín. Benjamin podía imaginarse que Escha se había encontrado con Dora. No obstante, ella había reaccionado más bien negativamente ante la manera en que Dora se apresuró a contarle toda clase de detalles. Cuando mi mujer le describió a Walter la situación en que yo me encontraría en Jerusalén si él no viniese o no devolviese la suma que Magnes le había enviado, y que ya hacía tiempo que se había gastado, evitó dar una respuesta clara. No le agradaba llegar a situaciones incómodas en conversaciones de naturaleza personal. La entrevista derivó asimismo hacia la cuestión del enfoque marxista que había llegado a caracterizar visiblemente sus reflexiones sobre temas literarios y filosóficos, así como sus inclinaciones en favor del comunismo en el terreno de la praxis política. A este respecto, le dijo textualmente: «Lo que ha pasado con Gerhard y conmigo no es sino que nos hemos convencido mutuamente». Era esta una frase memorable. Por cierto que no correspondía enteramente a los hechos, según el recuerdo que he conservado de nuestras conversaciones del invierno de 1918-1919 sobre la revolución rusa y la política teocrática, pero sí que se podía aplicar a las diferentes direcciones que había asumido el radicalismo que definía tanto su actitud como la mía. El novelista americano Joseph Hergesheimer, que había conocido a Benjamin en ese período de zozobras, comentó entonces, según me escribió Dora, que Walter daba «la impresión de ser un hombre que acababa de descender de una cruz y estaba a punto de subirse a otra».

Por esa época comenzaron a darse en Berlín vehementes discusiones entre Benjamin, el escritor Soma Morgenstern, a quien conocía desde 1927, y Brecht sobre el enfrentamiento entre Trotski y Stalin, así como sobre el eventual antisemitismo de Stalin, tema este suscitado por Morgenstern, provisto a la sazón de un intenso sentimiento judío. (A propósito de lo cual, por lo demás, me hablaría en una larga carta). Benjamin evocaba igualmente por entonces, en una carta dirigida a Adorno, las «vastísimas charlas cuya estridencia oleosa no le ha llegado a usted todavía». Las cartas que me escribía Walter en aquel tiempo acerca del proyecto de una revista que pretendía publicar con Brecht ofrecen, en efecto, un evidente testimonio de la profundidad y la importancia que entretanto había adquirido para Benjamin su relación con aquel. Por esa misma época, Siegfried Kracauer, que abrigaba sin embargo mayor simpatía que yo respecto a las concepciones marxistas de Benjamin, tuvo ya en Berlín «una muy violenta discusión con él a propósito de su actitud servil y masoquista ante Brecht», sobre la cual me habló en una carta, prometiendo contármela «alguna vez, mejor de viva voz». No fue esta la única controversia de esa índole que tuvo Benjamin en el círculo de sus allegados.

No deja de ser curioso que en una carta del 3 de noviembre de 1930 aparezca una entusiasta declaración a propósito de la «sobriedad con que las fuentes cabalísticas de las que hablas ordenan los contenidos místicos o hacen de ellos objeto de debate», al lado mismo de una enfática referencia a los Ensayos de Brecht, de las que luego me enviaría igualmente un ejemplar. «Concedo que ya es tiempo de informarte lo más pormenorizadamente posible acerca de todas estas cosas, habida cuenta de que, entretanto, han dado algunos pasos más en el camino hacia su exposición pública. Con mi próximo envío recibirás el programa y los estatutos de una nueva revista, titulada Krisis und Kritik, que sería editada por [Herbert] Ihering, en Rowohlt, con una periodicidad bimensual a partir del 15 de enero del año próximo, y en cuya cabecera, junto a los de Brecht y dos o tres más, aparece mi nombre en calidad de coeditor. Te colmará de dudosa satisfacción verme en ella caracterizado como el único judío entre puros goyim» [Briefe, II, p. 519; algunos pasajes de esta carta no habían sido publicados hasta la fecha]. No se le ocultaba en absoluto la «inmanente dificultad de toda colaboración con Brecht», tal como me había escrito ya un mes antes, si bien suponía que «si hay alguien que pueda vencerla, soy yo quien está en condiciones de hacerlo» [Briefe, II, p. 518]. Respecto al hecho de que, no obstante mi carta antes mencionada de comienzos de ese año, todavía siguiera haciéndose ilusiones a propósito de una «decisión definitiva en lo concerniente al proyecto de Palestina», decisión que habría de adoptar en el plazo de un año, ello debí entenderlo más que nada como la manifestación de un persistente malestar motivado por su comportamiento, tal como seguiría reflejándose todavía en sucesivas cartas.

 

De nuevo pasaron tres meses. Durante ese tiempo le había yo escrito una sombría carta en la que le informaba sobre la situación en el país y en el movimiento sionista, tras los disturbios árabes de agosto de 1929. El 5 de febrero de 1931 me respondió:

Querido Gerhard:

Ayer me llegó tu carta. Me ha dejado profundamente compungido. Lamento la interrupción que se ha producido en mi correspondencia, no menos, por cierto, que los motivos que la han propiciado. Y luego, esa plétora de alusiones impenetrables en mis últimas cartas, dispuestas como otras tantas flores al borde del profundo abismo de mi silencio. Con el fin de tender un puente sobre este abismo de tres meses, acepto incluso servirme del instrumento mediante el cual te dicto esta carta, un instrumento, por lo que sé, revolucionario en nuestra correspondencia, ya que de otro modo aún dejaría pasar días y más días.

Por comenzar con los asuntos menores: Spuren [de Ernst Bloch] lo has recibido a instancias mías, cosa de la que en absoluto pareces haberte dado cuenta; mañana comeré con Rowohlt, ocasión que aprovecharé para conseguirte el Sabbatai Zewi [de Josef Kastein]. Casi al mismo tiempo que esta carta, te será expedido un envío bastante importante de, digámoslo así, mi producción autónoma. Pues bien, entre ello se incluye una cosa que me lleva de inmediato a uno de los motivos de mi largo silencio. Se trata de una copia del Karl Kraus, en el que he estado trabajando muchísimo tiempo, durante cerca de un año, y en particular el mes pasado, dejando enteramente de lado todos mis compromisos y obligaciones personales y materiales. Encontrarás en él toda clase de fórmulas que te recordarán una época que sabe Dios si ya puede ser calificada de nuestra «juventud». Es en este sentido en el que debes entender el hecho que te haya reservado el manuscrito —que constituye la cuarta versión de la totalidad de la materia— para tu archivo, y que te enviaré si es tu deseo.

Este envío contendrá asimismo un folleto informativo, del que casualmente dispongo, del último libro de Brecht. Aunque no te va a dar en absoluto una idea de la proyectada revista, sí te permitirá al menos comprender lo que más me interesa de ella. La forma y manera en que me vincularé con la revista sigue siendo, en este momento, una cuestión abierta. Dependerá de la configuración del primer número si firmo o no como coeditor. Después de que durante largo tiempo ha estado todo en el aire, sin exceptuar siquiera la publicación misma de la revista, las cosas han ido tomando en estos últimos días una forma más concreta. La aparición está prevista para abril.

Dado que, en razón de circunstancias técnicas, no dispongo para este dictado de tanto tiempo como quisiera, me contentaré con ofrecerte un breve esbozo de la situación, como anticipo de un informe ulterior más detallado que te escribiré de mi puño y letra.

Ya no queda en mí indecisión interna alguna. No tengo mucho que esperar de la situación alemana. El interés que le concedo no va más allá de lo que concierne al destino del pequeño círculo en derredor de Brecht. Es acaso esta indiferencia frente a lo exterior —ligada a una más intensa dedicación a mi trabajo, en parte centrada en sus más añejos motivos—, más bien que eso que tú llamas hipotéticamente la «materia dura de mi carácter», lo que comportaría una cierta invariabilidad de mi situación. Invariable —así es, y que Dios me ayude—, incluso en su aspecto exterior. Si tú supieras cuál es el montante de la deuda que he tenido que pagar en los últimos

meses[12], se despertaría en ti un considerable respeto ante lo negativo de mi retrato financiero. En suma y en definitiva: lo que de ello resulta es que no tengo ya libertad de residencia y no poseo tampoco los 3000 marcos que —según un cálculo que hice con Escha— constituirían la base indispensable para toda transformación sustancial de mi existencia. Un súbito cambio de la situación económica en Alemania podría proporcionármelos. Pero ¿qué podría significar esto?

Tus observaciones sobre Spuren entraré a discutirlas cuando haya cumplido con mi compromiso, que estoy experimentando como algo penoso, de escribir al respecto una nota en la Literarische Welt. Pero no puedo concluir sin pedirte que me amplíes las sombrías alusiones que haces a propósito de las circunstancias «internas, más que externas» que allá prevalecen. —Escríbeme, tan pronto como puedas, a la dirección arriba mencionada—. Durante los próximos doce días estaré en Frankfurt para abordar ciertos asuntos radiofónicos más bien etéreos. Con todo, la respuesta me hallará de nuevo en Berlín.

Como siempre, un abrazo para ti y para Escha.

Tuyo,

WALTER

P. S.[13] En estos momentos releo tu larga carta de noviembre, y me repito que las deprimentes alusiones que contienen esas últimas noticias tuyas habría que entenderlas quizá en el sentido de la detallada descripción que me haces de la situación del sionismo. Con todo, te agradeceré cualquier información al respecto. Me recomiendo a mí mismo y me pongo a su entero servicio para el cargo de corresponsal en el extranjero, con tan buena conciencia que hoy sin falta, tal como te he prometido, pedí a Rowohlt que te envíe un ejemplar del Sabbatai Zewi. Naturalmente, no lo recibirás sino algunos días después de la presente carta. Por lo demás, en esa misma entrevista he conseguido aplazar seis meses la fecha de publicación de mis ensayos, que debían aparecer en primavera; y ello en interés de su culminación. No solo me resta escribir el prólogo sobre «La tarea del crítico», sino que, sobre todo, albergo la esperanza de realizar este verano mi gran ensayo sobre el «Jugendstil», cuyos argumentos se encuentran ya parcialmente apuntados en el marco del trabajo sobre los pasajes.

A fin de que tampoco Escha se quede de vacío te autorizo a que le prometas en mi nombre un próximo artículo en el Uhu. Decirte de qué trata, eso es algo que se

sustrae a lo que conviene en cualquier carta civilizada[14].

El comienzo de mi respuesta, del 19 de febrero, lo copié en el dorso de la carta mecanografiada:

Querido Walter:

Me gustaría encontrar un motto que, para mantenerme en el estilo correcto y también, por lo demás, para aliviar mi corazón que anda un tanto oprimido, pudiese propiamente colocar en la cabecera de mi respuesta a tu carta, que me llegó ayer; por desgracia, carezco de la suficiente formación: ¿de dónde se podría tomar ese motto? ¿De los escritos de Goethe o de Lichtenberg? Pues si cierto es, como tú afirmas con razón, que la realización técnica de tu carta aporta sin duda un aspecto, un matiz extremadamente actual y revolucionario a nuestra correspondencia, no será menos cierto que yo podría sostener, y no carezco de competencia a este respecto, que esa forma indirecta de comunicación no representa, dicho con toda franqueza, sino una reduplicación del silencio. Aun sin querer resultar insolente, afirmaría que jamás hubo carta que fuese menos idónea para ser dictada a una estenotipista y que hubiera requerido en mayor medida del uso de la pluma estilográfica. Pero puesto que tú, tal como demuestra con la mayor evidencia la específica formulación que has dado a tu observación, lo percibes con mayor claridad y eres mucho más consciente de todo esto que yo, de ello resulta la imperiosa necesidad de respetar tu silencio, o mejor dicho tu mutismo (aun a través de tus palabras), tanto más cuanto sus motivos me son incomprensibles. Así, tu trabajo sobre Kraus, en el cual, como pude comprender ayer noche en una primera lectura extremadamente tensa, recoges los más grandiosos e importantes motivos de tu pensamiento, de una forma incluso mucho más acentuada y pura de lo que se pudiese haber esperado en estos años, en absoluto contiene, como debes permitirme constatar, esos motivos fundamentales, ni tan solo uno de ellos. Me veo llevado, por tanto, a decidirme por lo que yo llamaría una vehemente ignorancia, que en ningún caso queda transfigurada por la ironía, sino que se trata de una ignorancia pura y simple, drástica, y es de presumir que así ha de quedar. Hasta aquí en lo que a tu carta se refiere.

No entraré aquí en la larga controversia que tuvo lugar en nuestra correspondencia, entre los meses de marzo y mayo de 1931, a propósito de su giro hacia el materialismo dialéctico. Esa controversia fue provocada por el ensayo sobre Karl Kraus, que me impresionó tanto como me irritó, así como por sus cartas a Brecht y a Rychner, cuyas copias me había remitido. Los documentos relevantes al respecto se encuentran, por cierto, en la edición de su correspondencia [Briefe, II, pp. 525-533]. No obstante, he reproducido en el anexo del presente libro las tres principales cartas, dos mías y una suya, en las que es abordada esta cuestión, en razón de su particular importancia en orden a la comprensión de nuestras relaciones y debates. El hecho de que fuese yo quien asumiese la iniciativa en todos estos asuntos, en la medida en que se trataba de lograr una clara definición de su posición tanto sobre el judaísmo como acerca de su producción literaria materialista, no tiene nada de sorprendente. Desde la distancia en que me hallaba respecto de las complicaciones que impedían a Benjamin adoptar una toma de postura determinada, me resultaba más fácil formular las cuestiones esenciales de una manera diáfana, cuando no provocativa. Mi intención deliberada era la de actuar como catalizador en esas clasificaciones indispensables para él. Fácilmente pude percatarme de que por su parte no acogía particularmente de buen grado esa clarificación. Pero no fue sino paulatinamente como llegué a comprender que ello, en el fondo, no le podía resultar posible en absoluto: en efecto, su ulterior producción aportaría la prueba de que una decisión entre metafísica y materialismo, tal como la concebía, era irrealizable. Su actitud frente al materialismo dialéctico en tanto que principio heurístico, y no en tanto que dogma, tal como se mantuvo a partir de 1931, dejaba la puerta abierta al despliegue permanente de un espíritu creador metafísico que no tenía gran cosa que ver, y bastante a menudo nada en absoluto, con las categorías del materialismo. A ello correspondía también su persistente adhesión a las categorías cognitivas judías, una adhesión perceptible en sus escritos hasta el último momento.

Hasta qué punto estos intereses judíos continuaron dejando sentir sus efectos en nuestra relación, nada lo documenta mejor que mi pormenorizada respuesta a su carta del 20 de junio de 1931, no mucho después, por lo tanto, del intercambio de correspondencia que acabo de mencionar. Esta carta ilustra el clima de nuestra relación, tal como no podía ya reflejarse sino en nuestras cartas, en un punto de especial importancia. Benjamin me había participado, de una manera estrictamente confidencial, la cautelosa reanudación de sus contactos con Dora; por otro lado me había rogado que le proporcionase alguna «indicación» acerca de mis ideas sobre Kafka, en conexión con una nota que pensaba redactar a propósito de la obra póstuma del autor, Construyendo la muralla china, que por entonces acababa de aparecer; y en fin, me había solicitado asimismo mi opinión acerca del congreso sionista que había tenido lugar en Basilea, en el verano de 1931, y que había discurrido en un clima sumamente tormentoso. El original de mi respuesta se ha conservado entre sus papeles, dado que, en razón del particular interés que le atribuía, había separado esta carta del resto de nuestra correspondencia y la había puesto entre sus diversos apuntes sobre Kafka. Así pues, el primero de agosto de 1931 le escribí:

Querido Walter:

Ante mí se encuentra tu última carta, de la que, para mi alegría, puedo extraer cuando menos alguna información biográfica sobre tu persona; encarecidamente te ruego comprendas que todo lo que hagas a este respecto nunca será demasiado para mí, y que la notoria oscuridad y la problemática de la metafísica y de sus ciencias hermanas, la política y la moral, pueden verse complementadas de la manera más grata a través de la claridad de tu propia biografía. No dejes de tomarte en serio todo esto, y escríbeme diciéndome cómo y dónde vives. Tu información confidencial acerca de un nuevo acercamiento, siquiera sea todavía embrionario, entre Dora y tú me ha dejado verdaderamente conmovido. Como sin duda puedes comprender, sería para mí uno de los más felices acontecimientos de mi propia vida que la terrible y caótica oscuridad en la que finalmente se había hundido vuestra relación se iluminase, al menos, con una cierta cordialidad. Nadie que haya sido testigo de vuestros años felices puede creer que todo esto resultase inevitable. Por mi parte, no concibo que las cosas pudieran nunca llegar a ensombrecerse tanto entre vosotros hasta el punto de arrastraros sin remedio en ese degradante juego de animosidad recíproca. Esta ha sido la sola cosa que me ha hecho lamentar en estos años no haber estado en Alemania; creo que yo habría sido capaz de hacer que vuestra separación, si es que era necesaria, se hubiese producido acompañada de unas circunstancias menos catastróficas.

En cuanto a la bancarrota de Rowohlt, ha sido solo a través de tu testimonio como me he enterado. Aquí ya no llega la Literarische Welt, y no conozco sino algunos resultados más o menos tenebrosos de la reacción alemana. No obstante, me sorprendería bastante que no pudieras publicar tus ensayos en otras editoriales. Supongo que dedicarás a la memoria de Gundolf el primer volumen de tu recopilación de reflexiones críticas. En todo caso, deberías redactar la noticia sobre Kafka que tienes prevista, de modo que encuentre un lugar en el libro; ya que es propiamente impensable desde un punto de vista moral que publiques un libro de contenido crítico que no incluya a Kafka entre su temática. Puesto que me solicitas una «indicación» sobre el asunto, solo puedo decirte que no poseo todavía ese volumen póstumo, y no conozco de él más que un par de fragmentos, de suma perfección. Obviamente, sin embargo, también he realizado ya, por mi cuenta, «reflexiones particulares» acerca de Kafka, pero estas no conciernen, por supuesto, a la posición de Kafka en el conjunto de la historia de la literatura alemana (en la que no ocupa posición alguna, sobre lo cual, por lo demás, no abrigaba él mismo ni la menor duda; como sabes probablemente, era sionista), sino en el de la literatura judía. Yo te aconsejaría comenzar cualquier investigación sobre Kafka a partir del libro de Job o, cuando menos, por una discusión sobre la posibilidad de tratar en una obra poética [!] el juicio de Dios, que a mi modo de ver representa el único tema de la producción literaria de Kafka. En mi opinión, tales son asimismo los puntos a partir de los cuales puede ser descrito el universo lingüístico de Kafka, que por su afinidad con el lenguaje del juicio final representa, sin duda, lo prosaico en su forma canónica. Las ideas que he expresado hace muchos años en mis tesis sobre la justicia, que tú conoces, se me revelarían, en su relación con el lenguaje, como el hilo conductor de mis consideraciones sobre Kafka. Sería para mí incomprensible que tú, en tanto que crítico, te aplicases a la tarea de hablar sobre el universo de este hombre sin poner en el centro la doctrina de aquello que Kafka denomina la «Ley». Tal debería ser, y no otra, la forma que habría de adoptar, si fuese posible (¡¡he aquí una hipótesis en verdad temeraria!!), la reflexión moral de un adepto de la Halacha que se propusiese ensayar una paráfrasis lingüística del juicio divino. De lo que se trata en este caso es de dar expresión al mundo en el que la redención no puede ser anticipada —¡ve y explícales esto a los goyim!—. Creo que tu crítica resultará, en este punto, tan esotérica como su objeto: en ningún otro lugar, hasta la fecha, ha brillado la luz de la Revelación de un modo tan inmisericorde como aquí. Este es el misterio teológico de la prosa perfecta. Aquella frase grandiosa, que afirma que de lo que se trata en el juicio final es, más bien, de la aplicación de una ley marcial, proviene, si no me equivoco, del propio Kafka.

El envío anunciado de los Ensayos de Becht no ha llegado aún. Espero que si tienes la suerte de conseguir todavía un ejemplar del nuevo volumen de la traducción de Proust, tendrás a bien dedicármelo. Por mi parte, la semana pasada te he remitido un artículo en alemán, de contenido algo intrincado, junto a la crítica de un libro. En este momento tengo multitud de cosas en vías de edición en diversas revistas, casi diez pliegos; pero las cosas tardan bastante en ser publicadas. Un extenso trabajo en hebreo, más bien un libro casi, sobre la historia de un terminus technicus de la Cábala, se encuentra desde hace seis meses en manos de una revista cuatrimestral de la universidad; con seguridad aparecerá, pero la cosa lleva su tiempo. Me he hecho seriamente el propósito de escribir más en alemán, dado que ningún historiador de las religiones está capacitado para leer el hebreo. Mientras tanto, inversamente, mis incondicionales de Jerusalén no pueden degustar mis revelaciones sino en hebreo.

Tu tímida interpelación, que planteas al final de tu carta, acerca de cómo enjuiciar el último congreso sionista, solo se puede abordar, por desgracia, a través de una exposición de la situación, en extremo insatisfactoria, en la que el propio congreso nos ha dejado. A decir verdad, la divergencia radical existente entre mi concepción del sionismo, que oriento hacia una renovación del judaísmo y que finalmente consentiría en verla calificada de tendencia místico-religiosa, y el sionismo empírico, que toma como punto de partida una imagen distorsionada, tan irrealizable como provocativa, de una presuntamente política «solución de la cuestión judía», se ha hecho evidente tras el cariz que las cosas han ido tomando en los últimos dos años, hasta culminar en las resoluciones del congreso. Ahora bien, no cabe duda de que, en tanto que movimiento, el sionismo ha sido siempre esencialmente más que una forma empírica de organización; sin embargo, en el curso de todos estos años subsistía, para personas como yo, una posibilidad de promover nuestra causa —una causa que, bien lo sabe Dios, nada tiene que ver en su origen con los ingleses ni con los árabes— en el seno de esa organización. O más precisamente: todo esto era indiferente para nosotros (al menos desde 1920), puesto que el efectivo advenimiento histórico del sionismo estaba en cualquier caso garantizado en cuanto a su legitimidad. Pero desde el momento en que, a lo largo de los últimos años, las fuerzas de la pura reacción se han hecho sentir a su manera en el sionismo, tanto política como moralmente, y en este congreso se ha llegado incluso a resoluciones que conciernen directamente a este aspecto del asunto, ello ha traído consigo, tanto para mí como para muchos otros, una fuerte agudización de la crisis en nuestras relaciones con el movimiento sionista. No creo, desde luego, que exista nada semejante a una «solución de la cuestión judía» en el sentido de una normalización de los judíos, ni creo tampoco en absoluto que esa cuestión, así entendida, pueda ser resuelta en Palestina —lo único que me parecía y me sigue pareciendo desde siempre evidente es que Palestina es necesaria; y con esto tenía suficiente, cualesquiera que pudieran ser los resultados que se esperasen: al respecto, ningún programa sionista ataba las manos a nadie. Pero en esta ocasión las cosas han sido diferentes. Como consecuencia de la exigencia, formulada y apoyada por el pequeño círculo de Jerusalén al que yo pertenezco, de una más clara orientación del sionismo, cuya concreta piedra de toque habría de ser la cuestión árabe, pero cuyo punto de partida era, como es natural, una visión de las cosas totalmente diferente, que nada tenía que ver con la política exterior; y por otra parte, como consecuencia de la fabulosa campaña difamatoria, que debo suponer desconoces por completo, desencadenada desde 1929 contra nuestra postura, se ha adoptado finalmente una resolución, abiertamente dirigida contra nosotros, acerca del llamado «fin último» del sionismo, en virtud de la cual, si fuese entendida al pie de la letra, dejaríamos automáticamente de ser genuinos «sionistas» a los ojos de la organización. Por supuesto que, de buena o de mala gana, se hará la política exterior preconizada por nosotros (este «nosotros» está constituido por apenas veinte hombres, veinte «intelectuales desarraigados», como aquí se dice, que han ejercido en verdad, sin embargo, una influencia extraordinaria), aun cuando se hará, por desgracia, demasiado tarde, y negando nuestra autoría; y en fin, comoquiera que no se corresponderá con una actitud interior, que es a fin de cuentas lo único que importa, todo esto quedará en agua de borrajas. Por otro lado, como te he dicho, contra Magnes y los profesores de la universidad que sostienen, digámoslo brevemente, la bandera de Ahad Haam, se ha adoptado una resolución increíblemente reaccionaria, mediante la cual se nos pretende hacer callar de una vez por todas (por cierto no sin una encarnizada resistencia, en tanto que los socialistas, con los que nos encontramos en grave conflicto, puesto que les reprochamos su política árabe reaccionaria y no nos pueden ni ver por ello, les pareció que aquello era ya pasarse de la raya); por lo demás, esa resolución no tiene ninguna significación real, salvo, en todo caso, que cualquier antisemita alemán podrá remitirse a ella, con éxito, cada vez que quiera exigir una «depuración» de teóricos molestos en las universidades. (Aquí, por otra parte, el congreso sionista no posee autoridad alguna sobre la universidad). ¿Cuáles son propiamente las fuerzas que están a punto de provocar el hundimiento del sionismo? En verdad que no es difícil responder, pero quién sabe si me vas a comprender: el sionismo muere de haber vencido. Ha anticipado sus victorias en el plano espiritual y ha perdido así el poder de conseguirlas en el terreno material. Ha cumplido en efecto, y por cierto que al precio de un enorme esfuerzo, una función que en absoluto había previsto. Hemos vencido demasiado pronto. Nuestra existencia, nuestra triste inmortalidad, que al sionismo le ha sido dado estabilizar de manera incuestionable, se ha asegurado de nuevo en el tiempo para las dos próximas generaciones, pero al precio más terrible. Pues antes incluso de haber impuesto y llevado a cabo, tanto en la vida del país como en la vida del lenguaje, el restablecimiento de la continuidad con el pasado, hemos perdido nuestras fuerzas en un campo en el que jamás habíamos pensado tener que combatir. Desde el momento en que el sionismo venció en Berlín, en el vacío, por tanto, si atendemos a la que era nuestra tarea, ya no podía vencer en Jerusalén. La exigencia que la historia nos planteaba ha quedado satisfecha desde hace tiempo, solo que no lo hemos notado; y justamente ahora se ve que la tarea histórica del sionismo era diferente por completo de la que este mismo se había impuesto. La desesperación del vencedor es, desde hace años, el verdadero demonio del sionismo, que acaso representa, en la historia universal, el más significativo ejemplo de la misteriosa ley que rige los efectos de la propaganda (la médula de nuestra derrota). Las montañas de artículos mediante los que nuestros intelectuales han documentado nuestra victoria en lo visible, antes de que estuviese decidida en lo invisible, y sobre todo en el tema de la renovación del lenguaje, son el verdadero Muro de las Lamentaciones de la nueva Sión. Ahora, por cierto, no se trata ya de salvarnos —el consuelo por una victoria ilegítima, en efecto, se encontraría solo en el olvido—, sino de saltar sobre el abismo abierto entre nuestro triunfo y la realidad.

En la vana pasión de una vocación proclamada públicamente, nosotros mismos hemos conjurado las potencias de la destrucción. A partir del momento en que la vocación se echó a perder en su profanación, cuando la comunidad renunció a desarrollarse en su legítima oscuridad y la traición a los valores secretos que nos atrajeron se convirtió en un aspecto positivo de la propaganda demoníaca, entonces comenzó la catástrofe. El hacerse visible de nuestra causa la ha destruido. El encuentro con la Bella Durmiente del Bosque tuvo lugar ante demasiados espectadores para que pudiese terminar en un abrazo. El sionismo ha despreciado la noche; la procreación, que debería haberlo sido todo para él, ha quedado desplazada a un foro público donde brilla el sol en demasía, donde la codicia de lo viviente degeneró en una prostitución de los últimos restos de nuestra juventud. No era ese el lugar que nosotros vinimos a descubrir, ni ese el fuego en el que podíamos inflamarnos. Entre Londres y Moscú, nos hemos extraviado en el camino de Sión para encontrarnos en los desiertos de Arabia; nuestra propia hybris nos ha cortado el camino que conduce al pueblo. Así pues, solo nos queda la productividad del que se está hundiendo y lo sabe. En ella he permanecido encerrado desde hace años, ya que, a fin de cuentas: ¿dónde se habría de ocultar el milagro de la inmortalidad, sino aquí? ¡Pero esto nos llevaría de nuevo a Kafka!

Recibe mis más cordiales saludos y perdona mi brevedad en un tema que es propiamente infinito; y si no puedes o no quieres contestar, envíame al menos una tarjeta postal ilustrada con tu foto y con tu autógrafo.

Tuyo,

GERHARD

La segunda parte de la carta correspondía, en una más incisiva formulación en alemán, a ideas que por esa misma época había presentado yo con mayor detalle en un artículo en hebreo. Tal como su respuesta (publicada) pone de manifiesto, Benjamin quedó muy conmovido por esa carta; consideraba, a este respecto, que «a través de esas cuestiones podríamos llegar a alcanzar un inesperado entendimiento mutuo en todos aquellos puntos restantes que desde hace algún tiempo nos separan y que no les son extraños sino muy aparentemente» [Briefe, II, p. 540]. Lo cierto es que esta esperanza no se cumplió, ni podía tampoco cumplirse, habida cuenta de mi rechazo de la teoría de la lucha de clases como clave para la comprensión de la historia. Por lo demás, Hitler se encargaría luego de hacerla estéril, al menos en muchos de sus más importantes aspectos. Benjamin, con todo, me hizo un gran cumplido: «En cualquier caso, considero esas páginas tuyas como una especie de documento histórico». Incluso a mis frases sobre Kafka reaccionó de una manera sorprendentemente positiva, y hasta me escribió que en esa misma época le habían venido a la cabeza ciertas ideas que se correspondían estrictamente con las mías.

De hecho, poco antes había redactado su conferencia sobre Kafka, que no sería publicada sino hasta hace diez años, y que surgió de las largas reflexiones a las que se aplicó a contrapelo de sus estudios sobre Bachofen. En tanto que aquí recurría, entre otras, a las categorías judías de la Aggada y la Halacha, a las que también yo me había referido parcialmente, quedó muy sorprendido por «la actitud extremadamente positiva de Brecht frente a la obra de Kafka» [Briefe, II, p. 539], actitud que le había manifestado aquel en el transcurso de las conversaciones que mantuvieron a principios de junio en Le Lavandou. Claro está que Brecht, como Benjamin anotó el 6 de junio de 1931, tras una de aquellas charlas, veía en Kafka «el único escritor auténticamente bolchevique». Entre semejantes polos se desarrollaba entonces la discusión sobre Kafka, en la medida en que entraba en el horizonte de Benjamin, antes de que se extendiesen las interpretaciones existencialistas y psicoanalíticas, en las que ni él ni yo fuimos capaces de encontrar el menor estímulo.

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