Walter Benjamin
Capítulo 7
Acaso fuesen esas tendencias nihilistas las que le facilitaron el camino hacia una teología invertida, de orden escrupulosamente materialista y profano. Sin embargo, cuando los conceptos teológicos quedan sin el menor atisbo de referente positivo, son las imágenes míticas las que pasan a adquirir ese poder de fascinación que precisamente había conducido a su prohibición entre los judíos. Benjamin, en efecto, no acudió a su cita con Palestina. Lo que en el fondo le retuvo en Europa bien pudo haber sido esa asombrosa capacidad suya para distinguir los elementos de verdad contenidos en la falsa conciencia, en las imágenes dialécticas de la vie moderne, cuya diabólica ambigüedad las convertía en objetos idóneos para ser redimidos por el lenguaje, un lenguaje que difícilmente podía ser el hebreo. Como deplora Scholem, había en su amigo un componente demoníaco que no procedía tanto de la tradición judaica como de su estudio de Baudelaire. Fue por aquella época cuando Adorno, visiblemente inquieto, le echó en cara la peligrosa inmediatez en la que se complacía su pensamiento, detenido en un lugar embrujado, entre la magia y el positivismo, a medio camino entre una doctrina teológica fantásticamente transfigurada en materialismo y la más austera colección de evidencias, elevadas al rango de manifestaciones de una Revelación a contrapelo.
Benjamin era hombre de perfiles. Acaso la imagen que mejor definiría su figura sería la que nos lo sitúa en París, allá por los años treinta, librando una suerte de combate epistolar a tres bandas, con Adorno en Nueva York y Scholem en Jerusalén, empeñado hasta el fin en el intento de conciliar del mejor modo posible la multiplicidad de motivos procedentes de uno y otro lado, sin por ello traicionar su dedicación a Brecht, a cuya mayor gloria había resuelto entregar su pensamiento. Benjamin se había convertido en el rendez-vous de las ideas más dispares, pero todas habrían de acabar por ajustarse en una misma constelación redentora. Nosotros, por nuestra parte, podemos aventurar que su esperanza radicaba en aquel Mesías del que había afirmado un «gran rabino», que no era sino el buen Scholem, que no vendría al mundo para cambiarlo todo, sino que todo quedaría como está, solo que una pizca diferente. De manera similar podía ser concebida la Revolución, pues en esa pequeñísima diferencia, acaso imperceptible, se estaría jugando el entero destino de la humanidad.
«Amistad con los extraños», precisamente así definió Benjamin con certera oportunidad la relación que deseaba establecer con las fuerzas colectivas que actúan en la historia. Algo semejante podría decirse del testimonio que aquí nos ofrece Scholem. Ya que ambos amigos supieron estimarse desde un principio a través de sus más irreductibles diferencias y, como aquel apócrifo Mesías había de hacer, convertir sus respectivos exilios en un campo de estímulos de inusitada fecundidad.
J. F. YVARS
V. JARQUE
Julio de 1986