Walter Benjamin
París (1927)
Cuando nos volvimos a encontrar en París, en 1927, se dio, por tanto, bajo unas circunstancias nuevas que habían transformado nuestras vidas en direcciones opuestas. Se me había concedido un permiso de seis meses para estudiar los manuscritos cabalísticos en Inglaterra y Francia. El proyectado reencuentro con Benjamin había despertado en mí grandes expectativas. Cuatro años, en efecto, eran mucho tiempo en la vida de dos hombres jóvenes. Pasamos juntos los últimos días de abril, antes de mi partida hacia Londres, e intercambiamos nuestras experiencias de aquellos años. Me dijo que la atmósfera de París le complacía tanto que deseaba fervientemente establecerse del todo en dicha ciudad, pero que le resultaba, en su situación, algo prácticamente imposible. No había ningún lugar, me dijo, ya fuese en una revista o en una editorial, donde se le pudiera proporcionar un encargo de «corresponsal literario» para asuntos franceses. Además, era en extremo difícil para un extranjero entablar un contacto verdaderamente estrecho con los franceses. Como es natural, no faltaban escritores dispuestos a conceder entrevistas para la Literarische Welt o alguna otra revista, prestos incluso a hablar de la manera más cordial acerca de temas literarios o acaso, por qué no, acerca de los proyectos y los intereses de un literato foráneo; pero esto, tal como enseguida se había hecho patente, quedaba luego sin consecuencias. Yo no sé si este juicio de Benjamin era válido de forma general, o bien no reflejaba sino sus particulares experiencias personales, pero él volvía al tema de manera reiterada. Como única excepción me mencionó a Marcel Brion, redactor de los Cahiers du Sud, muy estimado por Benjamin. Pasamos una velada en compañía suya, y pude constatar que se hallaba manifiestamente fascinado por la personalidad de mi amigo. Otra tarde fuimos a un restaurante chino, que frecuentaba mucho y que colmaba de elogios.
Yo le llevé a ver a Robert Eisler, una de las más asombrosas figuras del mundo de la erudición, a quien ya le había presentado una vez en Munich, en la época en que yo mismo le veía bastante frecuentemente. Eisler era uno de los más imaginativos historiadores de la religión, y uno de los más sabios, al menos si se consideraba, absteniéndose de verificarlo, el increíble tesoro de citas eruditas que figuraban en sus libros. Para todos los grandes problemas irresueltos tenía él preparadas las más sorprendentes soluciones, tan geniales como falsas; era de una ambición indómita y hacía prueba de una actividad infatigable, pero poseía un carácter bastante inestable. Benjamin se interesó por él durante mucho tiempo, y yo le refería a menudo los lances de su aventurerismo científico, gravado por multitud de citas, cuyos esfuerzos habían llegado a causar un notable revuelo en ciertos momentos, pero que discurrieron finalmente sin éxito. Hacia 1925, por intercesión del gran filólogo inglés Gilbert Murray, había sido nombrado director de la Section de Coopération Intellectuelle de la Sociedad de Naciones, cuya sede se encontraba en París, sin previa consulta al gobierno austríaco, de cuyo Estado era súbdito. A mi llegada a París, Benjamin me contó el escándalo que había resultado de ese nombramiento, que, en efecto, había provocado la elevación de una protesta oficial por parte del gobierno austríaco, en tanto que Eisler, con las miras puestas en el cumplimiento de sus futuros deberes de representación, había alquilado una enorme vivienda en la rue de Lille. La visita que le rendimos en aquellos salones lujosos, pero desiertos —los «oficiales» le habían dado ya la espalda—, nos llenó de desasosiego, mientras Eisler, por su lado, peroraba alegremente acerca de sus descubrimientos concernientes a la personalidad y el papel de Jesús como cabecilla de una revuelta política, tema sobre el cual acababa de impartir un cours libre en la Sorbona. Estaban por entonces tomando forma en él las ideas que luego expondría en su extensa obra Jesus Basileus ou Basileusas. Fue aquella una escena fantasmal que a Benjamin, dotado de una especial sensibilidad para tales situaciones, le dejó fascinado. Asistimos también a algunas sesiones de aquel curso, que era frecuentado por los discípulos y amigos de Salomon Reinach. Las hipótesis en absoluto cristianas de las que se servía para hacer suyas, de una manera insólitamente ingeniosa y decidida, las teorías de Kautsky sobre el origen del cristianismo, y que parecía tratar de apoyar con inesperadas interpretaciones a partir de diversas fuentes igualmente inesperadas, halló no poca aprobación entre los librepensadores del «Cercle Ernest Renan». Pero a nosotros se nos hacía evidente que estábamos siendo testigos de una triste peripecia en la vida de un hombre excepcional.
Poco después de mi partida, a mediados de mayo, recibió la visita de Dora. Walter la acompañó durante algunos días de paseo por la ciudad. Dora me escribió al respecto una tarjeta postal, en la que trataba de imitar la caligrafía microscópica de Walter, que me la glosó como un «importante fragmento de la nueva Cábala». Luego se fue con ella a la Riviera y acudió algunos días al casino de Montecarlo, donde ganó tanto dinero que pudo permitirse, gracias al éxito, un viaje de una semana por Córcega. En julio, a su regreso, me escribió: «Como habrás podido ver por la pequeña tarjeta postal, he estado en Córcega. Ha resultado un viaje maravilloso, y me ha sentado muy bien. El único contratiempo ha sido que he perdido una carpeta de manuscritos irremplazables, en l’espèce unos estudios preliminares sobre “Política”, el original de la Einbahnstraße, que a decir verdad no contiene casi nada que no se encuentre también en la copia, así como diversos allotria. Como creo haberte escrito ya, en el viaje de vuelta desde Córcega a Antibes he utilizado el avión, de modo que me hallo al corriente de los medios de transporte más recientes. Me congratulo de lo provechosas que están siendo tus vacaciones en Inglaterra, pero lo que ya no me alegra tanto es el aplazamiento de tu retorno hacia aquí. En este momento me encuentro casi completamente solo, y dentro de un par de semanas lo estaré totalmente. Por lo pronto, estoy dedicando todas mis renovadas energías a un informe, que hace un año debía de haber llevado a cabo, sobre las obras de Keller, a propósito de las cuales me puedo vanagloriar de haber cortado el paso a ciertas ideas que ya tiempo atrás andaban vagando por los desfiladeros de mi cerebro. Presumiblemente, en la Literarische Welt encontrarán este trabajo demasiado largo — cuento en todo caso con esa posibilidad—, así que de nuevo habré de afrontar las miserias del publicista».
A mediados de agosto regresé otra vez a París, y pasamos juntos varias semanas, hasta mediados o finales de septiembre. Antes de mi llegada, entre el 12 y el 16 de agosto, había emprendido un corto viaje a Orléans, Blois y Tours, por los castillos del Loira. En un principio había acordado hacerlo en compañía de una amiga de París a quien había conocido unas cuatro semanas antes, y de la que se había enamorado, cosa que en aquellos años le sucedía con bastante facilidad y cierta frecuencia. Pero ella le dejó plantado, y se fue solo, «si bien el tormento de la soledad, que me sobreviene especialmente en los viajes», según decía, le ponía melancólico. Había vacilado entre hacer o no hacer el viaje, pero —tal como él mismo escribió— «si Scholem no hubiese llegado hoy, probablemente no lo habría hecho. Sin embargo, he huido. Ahora no podría soportar su a menudo algo ostentosa seguridad en sí mismo». Hacía cuatro años que no me veía y no podía saber que tras mis experiencias en las tierras de Israel, que me habían afectado profundamente, esa «seguridad en uno mismo» no iba demasiado lejos. Pero cuando nos encontramos, el 17 de agosto, Benjamin se comportó con una amabilidad impecable tanto hacia mí como hacia mi mujer. En efecto, también ella había venido a París, por una semana, en viaje de regreso desde Hamburgo a Palestina, de modo que tuvimos ocasión de vernos los tres numerosas veces. Incluso en una ocasión le visitamos en el miserable Hôtel du Midi, Avenue du parc Montsouris, 4, donde ocupaba una habitación igualmente miserable, diminuta y fea, que apenas contenía una cama de hierro y poco más. Nos encontrábamos casi siempre en los cafés de la zona del bulevar Montparnasse, sobre todo en el Dôme y en la Coupole. Yo me pasaba el día, desde la mañana hasta bien entrada la tarde, sobre los manuscritos de la Bibliothèque Nationale, pero al atardecer y los fines de semana solíamos reunimos y pasar juntos la mayor parte del tiempo. Muchas veces íbamos al cine, dado que Benjamin sentía una particular admiración por el actor Adolphe Menjou y no se perdía película alguna en la que este apareciese. En un par de ocasiones me arrastró asimismo al Grand-Guignol, una suerte de espectáculo de horror que se complementaba bien con su predilección por las novelas policíacas.
Esa época se hallaba bajo una estrella inesperadamente afortunada, al menos en lo que a mí se refería. Ciertamente, algo había cambiado durante esos años en nuestra relación con el mundo. Cuando dejé a Benjamin, en 1923, me había llevado de él la imagen de un hombre empeñado, por un impulso lineal, en la construcción de su propio universo espiritual; de un hombre que seguía su genio sin desvío, que sabía adónde quería ir, cualesquiera que fuesen las complicaciones de su vida exterior. Por mi parte, me dirigía hacia un mundo en el que todo parecía todavía desordenado y confuso, y donde había de buscar, al precio de intensas luchas internas, un lugar firme que me permitiese organizar mis esfuerzos de cara a la comprensión del judaísmo en un todo de mayor claridad. Cuando volvimos a vernos, me encontré con un hombre que se hallaba preso de un intenso proceso de fermentación, cuya visión coherente del mundo había estallado en mil pedazos, y que se enfrentaba a una inminente partida —hacia unas riberas que ni él mismo podía atisbar aún—. Todavía seguiría actuando aquel impulso original hacia una visión metafísica del mundo, pero había alcanzado un estado de disociación dialéctica. La revolución que aparecía en su horizonte no había podido todavía conferir una específica conformación a esa dialéctica. Los términos marxistas que utilizaba en determinadas anotaciones de Einbahnstraße, que a la sazón me leyó, no llegaron a mí sino como el ruido de un trueno lejano.
Se encontraba en un estado de inhabitual serenidad, abierta su sensibilidad a los estímulos que se le ofreciesen. Frente a todo esto debía parecer yo el más seguro de los dos, puesto que la inmersión en los estudios judaicos me había proporcionado una brújula precisa que guiaba mi trabajo. Al tiempo, se sentía muy interesado por todo lo que tenía que contarle acerca de mis estudios y de algún que otro aspecto de mis experiencias vitales en mi nuevo país. De tal modo, en fin, aquellos días en París constituyeron un período de suma franqueza y de fecunda tensión entre nosotros.
Como regalo de bienvenida me remitió, en tanto que antiguo admirador y fervoroso lector de Anatole France, el discurso de entrada de Paul Valéry en la Academia Francesa, en la que ocupó el sillón del fallecido novelista. Benjamin me explicó la costumbre según la cual el «inmortal» que acababa de ser elegido debía pronunciar, en su discurso de entrada, una «Laudatio» de su predecesor. Valéry, empero, que despreciaba a Anatole France, había conseguido llevar a cabo la espectacular acrobacia artística de no mencionar su nombre ni una sola vez en todo su discurso. Benjamin, que tenía en la mayor estima a Valéry como pensador, como poeta y como prosista, me dio también a leer la Velada con Monsieur Teste, obra que admiraba muy particularmente, para que me familiarizase con ese fenómeno literario que era Valéry. A su admiración por Valéry se oponía totalmente, por otro lado, su ardiente interés por los surrealistas, en los que hallaba muchas de las cosas que en él mismo habían hecho irrupción en los años precedentes. Lo que trataba de penetrar y dominar mediante una fuerte disciplina espiritual se le aparecía, de manera notable, bajo la forma opuesta de un abandono sin límites a las explosiones del inconsciente, cosa que no podía dejar de estimular su propia imaginación. La desmesura de los surrealistas le atraía más profundamente que los deliberados artificios del expresionismo literario, en los que percibía un elemento de falta de honestidad y de bluff. El surrealismo era en su opinión algo así como el primer puente tendido hacia una valoración positiva del psicoanálisis, pero no se hacía ninguna ilusión acerca de las debilidades de ambas escuelas. Leía las revistas donde Aragon y Breton proclamaban unas ideas que en algún punto confluían con sus más profundas experiencias. Sucedía con ello algo similar a lo que había ocurrido en su encuentro con lo que él denominaba comunismo radical. Benjamin no era «extático» en absoluto, pero los éxtasis de la utopía revolucionaria y de la inmersión surrealista en el inconsciente eran para él como sendas llaves con las que abrir la revelación de su propio universo, para el que trataba de hallar formas de expresión estrictas y disciplinadas, por completo diferentes de aquellas. La novela de Louis Aragon, Le paysan de Paris (1926), le dio el impulso decisivo para su proyectado trabajo sobre los pasajes parisinos, algunos de cuyos esbozos me leyó en aquellas semanas. Tenía previsto escribir acerca de esto un ensayo de unas cincuenta páginas impresas, donde pensaba proyectar —todavía al margen por completo del materialismo dialéctico— su fisonomía histórico-filosófica de París, en un plano que debía igualmente reflejar sus experiencias metafísicas, o cuando menos su dinámica, en el contexto del proceso de disolución anteriormente descrito. En aquella época esperaba concluir este trabajo en el curso de los meses siguientes. No sospechábamos entonces que ese proyecto iba a entrar en conflicto, tan penoso como, a fin de cuentas, insoluble, con aquel otro que surgía a menudo en nuestras conversaciones. Este otro proyecto era el de reemprender sus estudios hebraicos, que le habían de proporcionar, en su opinión, un punto de partida totalmente diferente a partir del cual encontrar una expresión legítima de sus intenciones metafísicas. Me dijo que, una vez concluido su trabajo sobre los pasajes, ya no habría motivo alguno para seguir dando largas al asunto del hebreo.
Yo le planteé, evocándosela en mis cartas, la cuestión del comunismo, así como su confrontación con las ideas y métodos marxistas, y no fue pequeña mi sorpresa al constatar lo esquivo que se mostraba respecto a cualquier discusión que tratase de profundizar realmente en esos temas. Decía que las cosas no estaban aún del todo maduras. No veía, sin embargo, contradicción alguna entre la forma en que las perspectivas revolucionarias radicales podían resultar fecundas para su trabajo y, por otro lado, su manera de ver las cosas hasta ese momento, a condición siempre de traducirla en términos dialécticos. Me dijo también que necesitaba textos de importancia canónica, para así, comentándolos, poder desplegar adecuadamente su pensamiento filosófico. Todo lo demás no podía representar sino una etapa preliminar.
Por mi parte, le hablé de los progresos de mis investigaciones sobre el desarrollo de la mística judía, investigaciones que absorbían completamente mis energías y pensamiento, si bien es cierto que en los trabajos filológicos mis ideas quedaban en amplia medida sin expresión. Hablamos sobre la angelología y la demonología de los cabalistas, que había comenzado a estudiar en textos manuscritos. Por cierto que Benjamin fue el primero a quien conté el descubrimiento, muy sorprendente para mí, de la teología sabbatiánica, es decir, un antinomismo mesiánico desarrollado en el seno del judaísmo a partir de conceptos estrictamente judíos. Hice este descubrimiento en los manuscritos del Museo Británico y de la Biblioteca Bodleiana de Oxford, y posteriormente habría de conducirme a investigaciones de considerable alcance.
Inolvidable para mí habría de ser la velada que pasé, tras la partida de Escha, en el café du Dôme en compañía de Benjamin y de Franz Hessel. Era patente que Benjamin y Hessel se entendían a la perfección. Hessel tenía cierta soltura de hombre de mundo. El contraste entre sus fisonomías respectivas era considerablemente llamativo, y todavía quedaba subrayado por el hecho de que Benjamin lucía una cabellera espesa, en tanto que Hessel era completamente calvo. Fue solo al constatar el apasionado interés que ambos manifestaban ante mis comentarios acerca de Cardoso y Berdyczewski cuando caí en la cuenta de que también Hessel era judío, cosa en la que no se me había ocurrido pensar en absoluto. En los escritos de Abraham Miguel Cardoso en defensa de la herejía sabbatiánica, de los que les hablé todavía bajo la impresión de mis investigaciones en Oxford, ardía una especie de brasa viva cuyas chispas me habían tocado y saltaron también a mis dos primeros oyentes. La eterna cuestión acerca de qué es propiamente el judaísmo, problema que a partir de mis estudios había tomado, al menos para mí, un sentido absolutamente nuevo, se engarzó en la conversación de aquella tarde con una larga explicación sobre Micha Josef Berdyczewski (1865-1921), la más curiosa figura de la «modernidad» judía, uno de los más influyentes escritores en hebreo y en yiddish, pero que había publicado sus obras eruditas, en particular las Sagen der Juden y Der Born Judas, en lengua alemana; se trataba de un hombre para el que, por muy profundamente que se hallase enraizado en la tradición judía, el judaísmo no estaba destinado, en el fondo, sino a ser estudiado. ¿Era el judaísmo algo todavía vivo como herencia o como experiencia, era incluso capaz de mantenerse en evolución, o bien no existía sino como mero objeto de conocimiento? Esta era la pregunta que parecía imponerse entonces en la confrontación de aquellas dos figuras, Cardoso y Berdyczewski, y para la que solo esperaba hallar solución en mi nueva vida en la tierra de Israel —y fue, de hecho, una cuestión a la que seguí dando vueltas durante muchos años, con acentos bien diferentes—. Fue aquella, en fin, una velada memorable, y Benjamin volvería luego a evocarla en numerosas ocasiones como punto culminante de nuestro encuentro en París.
Otro momento cumbre, si bien de una índole por completo diferente, lo constituyó algo más tarde el encuentro con Judah Leon Magnes, rector de la Universidad Hebraica de Jerusalén. En esta ocasión fue Benjamin el que tomó la palabra. Al hablarme de su disposición actual para el estudio del hebreo, yo le había comentado el proyecto, por entonces todavía vago, de construcción de una facultad de ciencias humanas en Jerusalén, en la que tal vez pudiese encontrar el entorno receptivo que se le negaba en Europa. Se mostró muy interesado por esta posibilidad, de modo que le propuse concertar un encuentro con Magnes, quien precisamente se hallaba en París en ese momento. Fui a ver a Magnes y le expliqué lo mucho que estimaba el talento de Benjamin, y cómo Jerusalén podía acaso representar para él una fructífera solución al dilema espiritual que le atenazaba. Magnes era un hombre generosamente abierto a todo lo que había de vivo en el judaísmo, que tenía tras de sí una polifacética carrera de rabino y de personaje público, en tanto que dirigente oficial de la comunidad judía americana, antes de que decidiese trasladarse a Jerusalén, en 1922, y entregarse en cuerpo y alma a la causa de la Universidad Hebraica. Era justamente el hombre que podía entusiasmarse con una persona como Benjamin.
Finalmente mantuvimos con Magnes una entrevista de dos horas, en la que Benjamin, que parecía haberse preparado bien para la ocasión, le expuso mediante elocuentes formulaciones su situación espiritual y su deseo de abordar, a través del medio cultural hebreo, los grandes textos de la literatura judía, no como filólogo sino como metafísico. Le explicó y precisó su disposición para, dado el caso, trasladarse a Jerusalén, ya fuese de manera temporal o para establecerse allí definitivamente. Magnes se había doctorado en Heidelberg veinticinco años antes y hablaba el alemán con bastante fluidez, de modo que no hubo dificultad alguna de comunicación. Recuerdo muy bien el tenor de las explicaciones de Benjamin. A través, dijo, de sus reflexiones sobre temas filosóficos y literarios, de los que se venía ocupando durante quince años, se había visto inducido a la cuestión de determinar en qué punto y a propósito de qué objetos podrían desplegarse de la manera más legítima las ideas que se había formado. Añadió que finalmente había comprendido que sus concepciones sobre la filosofía del lenguaje no podrían hallar su desarrollo natural en las literaturas que le eran accesibles, es decir, la alemana y la francesa. Cada vez le resultaba más evidente, merced sobre todo a su amistad conmigo, que el punto neurálgico residía para él en el estudio del hebreo y de la literatura hebraica. Igualmente, habló a Magnes de sus estudios consagrados a los escritores románticos, a Hölderlin y Goethe —del que ciertamente había estudiado solo un aspecto parcial, pero con gran intensidad—, así como de su fascinación por Baudelaire y Proust, de los que había llevado a cabo algunas traducciones. Era precisamente esta labor de traducción la que le había conducido, según dijo, a reflexiones de orden filosófico y teológico, cuya solución esperaba alcanzar en el marco de lo hebreo. Precisamente en estos temas había ido tomando una conciencia cada vez más clara de su esencia judía. Era en su calidad de comentador de textos básicos de la literatura alemana como había compuesto los suyos, y al respecto habló también de su libro sobre el drama alemán. Pensaba que solo a través del comentario de textos hebreos podría alcanzar una dimensión verdaderamente nueva. Su posición no había encontrado prácticamente repercusión alguna en Alemania, de modo que se proponía dedicar su trabajo productivo al universo judío. Es cierto que sus conocimientos en materia de pensamiento judío eran bastante escasos, pero lo que de todo ello conocía le había interesado profundamente: tanto la Biblia como los fragmentos de literatura rabínica con los que había tenido la oportunidad de familiarizarse, así como Moses Hess, Ahad Haam, Hermann Cohen y Franz Rosenzweig. Por su parte, según dijo, contemplaba el universo religioso del judaísmo como un objeto central de su propio trabajo. Su actitud frente a las tareas de construcción que se llevaban a cabo en el país de Israel era íntimamente positiva en el plano espiritual, aun cuando no se hubiese sentido particularmente identificado o preocupado por los aspectos políticos del sionismo.
Yo mismo quedé sorprendido por la forma resuelta y positiva en la que Benjamin presentó esas ideas que, naturalmente, ya antes habían aflorado de un modo u otro bastante a menudo en nuestras conversaciones, y en las que yo mismo había tomado parte hasta cierto punto. Se trataba de una viva profesión de fe en la idea en la que yo, junto a tantos otros, había puesto mis esperanzas, es decir, en la posibilidad de un renacimiento del pueblo judío y del judaísmo, que en absoluto podían entonces considerarse separados, en la tierra de Israel, y solo en ella. Nunca anteriormente había adoptado Benjamin a este respecto una posición tan decidida, y nunca después volvería a hacerlo. Habló también de su viaje a Rusia, y prometió a Magnes enviarle su artículo Moskau, recientemente aparecido en la revista Die Kreatur, publicada por Buber y por Victor Weizsäcker. Magnes, hombre profundamente religioso, que políticamente se hallaba situado bastante a la izquierda y había tenido que afrontar dolorosas metamorfosis, tanto en sus posiciones políticas en general como en lo concerniente al judaísmo, quedó muy impresionado por la figura de Benjamin y por sus declaraciones, tal como todavía me lo habría de reiterar cuando volví a verle al día siguiente. Le preguntó a Benjamin cómo pensaba llevar a cabo su preparación de cara a tales planteamientos. Benjamin respondió que, en el caso de que recibiese los medios financieros necesarios, le gustaría ir a Jerusalén para quedarse por espacio de un año, durante el cual se dedicaría exclusivamente al estudio de la lengua, para así averiguar si podría llegar a encontrarse en condiciones no solo de penetrar en las fuentes, sino también de expresarse en hebreo lo bastante bien como para enseñar en la universidad. Magnes prometió reflexionar sobre el asunto; estuvo de acuerdo con él en que ese período de prueba debía preceder a una decisión definitiva. Le preguntó igualmente si podría contar con algunas autoridades científicas y literarias de alto rango que se hallasen dispuestas a redactar en su favor una recomendación escrita. Ambos acordaron mantenerse en contacto, tanto directamente como por mediación mía. También Benjamin quedó muy impresionado por Magnes, y entusiasmado por la perspectiva que este encuentro le había abierto. Me expuso sus planes para conciliar esta perspectiva con sus diversos compromisos literarios, planes entre los que se encontraba incluso una antología jamás realizada de los escritos de Humboldt sobre filosofía del lenguaje. Pensaba ir a Jerusalén en verano u otoño de 1928; mi mujer, que poseía excepcionales cualidades para la enseñanza, le serviría de guía y le prestaría apoyo en su aprendizaje. La entrevista con Magnes constituyó, sin duda alguna, el punto culminante de nuestro encuentro en París.
Visto retrospectivamente, este episodio se me aparece mucho más fantástico de lo que en su momento nos pareció a los dos. Al lector actual de los escritos posteriores de Benjamin ha de resultarle propiamente increíble lo que en aquella época nos parecía factible y natural, es decir, la opción de Benjamin por una carrera y un porvenir en el seno del judaísmo. Con todo, Benjamin se sentía extraordinariamente satisfecho de su punto de inflexión, caso de que condujese a resultados prácticos. Su actividad socialista era todavía embrionaria, y así continuaría siéndolo, en la medida en que puedo juzgar, durante años. Puedo citar, al respecto, un ejemplo del que fui testigo en París. La tarde del 23 de agosto de 1927 le acompañé a la gran manifestación que tuvo lugar en los bulevares del norte y del noroeste, durante horas, contra la ejecución de Sacco y Vanzetti, que había de cumplirse en Boston esa misma noche. Hubo un considerable escándalo. Benjamin llevaba, por vez primera que yo sepa, una corbata roja y un traje pasablemente usado. Dijo que era inconcebible dejar de acudir a aquella manifestación. A mi pregunta sobre lo que pensaba acerca de su legitimidad, es decir, sobre la inocencia o culpabilidad de ambos condenados, me respondió que aun cuando hubiesen cometido el asesinato, sería inaceptable ejecutarlos por esa acción siete años después. El hecho de haber pasado tantos años a la espera de la muerte debía excluir el cumplimiento de la ejecución. No tenía ideas firmes sobre la legitimidad de la pena de muerte. En su opinión, la decisión dependería totalmente de las circunstancias históricas y no de unos principios filosóficos. La tarde fue tumultuosa. La policía, en parte a caballo, cargó sobre los manifestantes. Fuimos arrastrados por un torbellino humano y solo a duras penas, junto al bulevar de Sebastopol, conseguimos ponernos a salvo de las porras de los flics, huyendo por una bocacalle. Benjamin estaba muy excitado, y fue aquella tarde la única vez, que yo pueda recordar, en la que, con el propósito de tranquilizarle y en contra de mi costumbre, estuve en su compañía bebiendo vino en dosis harto generosas.
Benjamin tenía en aquella época dos libros en curso de impresión; sin embargo, no aparecerían sino a comienzos del año siguiente. Se trataba, por una parte, de su libro sobre el Trauerspiel y, por otra, de la colección de notas de carácter aforístico, no injustamente calificada por Ernst Bloch como «filosofía en forma de revista», que tras varios cambios de título aparecería finalmente como Einbahnstraße. Todavía no había recibido las pruebas de ese libro, y estaba bastante enojado con el editor Rowohlt a causa de la demora. Me leyó toda una serie de fragmentos extraídos de sus notas manuscritas. El maravilloso fragmento «Kriegerdenkmal», sobre Karl Kraus, me lo leyó en un tono inimitablemente elevado, con una solemnidad casi al estilo de George. Produjo en mí una profunda impresión, y todavía hoy considero esas páginas entre las más bellas que jamás haya escrito. Estuvimos charlando durante toda una tarde, en el Café des deux Magots, sobre el sentido de los símbolos. Tratábamos de precisar nuestros conceptos, y recuerdo que la conversación nos llevó mucho más allá de las formulaciones del libro sobre el drama alemán, de las que Benjamin había partido. De hecho, esa conversación supuso en cierto modo una continuación de la exposición que había hecho ante Magnes, sobre cuyo significado le había preguntado. Al separarnos me instó a que redactase una especie de protocolo de nuestra conversación, puesto que habíamos alcanzado a formular la cuestión en una dimensión que sobrepasaba con creces los términos en que la había presentado en su libro, y que se proponía aprovechar para ulteriores reflexiones. Así lo hice, en efecto, y en diciembre de 1927 le envié mis anotaciones. Desgraciadamente, no he conservado ninguna copia, y mis propios apuntes se perdieron en 1933.
Pasamos también toda una tarde con Helen Hessel (la esposa de Franz Hessel) y un amigo del que previamente me había dicho que deseaba conocerme, si es que yo no tenía inconveniente. Se trataba de Hans Radt, del que no podía dejar de pensar que tenía alguna relación con Grete Radt, la antigua prometida de mi amigo. Departimos largamente en un restaurante, hablando de literatura, a propósito de lo cual surgió el tema de Joseph Roth, que por aquel entonces, y en particular en los círculos próximos a la Frankfurter Zeitung, daba mucho que hablar. Benjamin y Roth se detestaban mutuamente, si bien es cierto que Benjamin solía afirmar, en tono jocoso, que sentía de entrada una gran simpatía por los judíos de Galizia, una especie de la que Roth parecía verdaderamente constituir, acaso en una variante muy personal, un ejemplar bien representativo. Como prueba de su simpatía, Benjamin aducía que a los judíos de Galizia estaba dispuesto incluso a perdonarles su conversión al cristianismo, que tanto le repugnaba. (Esto era cierto. Todavía me acuerdo de que años antes me había mostrado una tarjeta postal en la que Ignaz Jesover, un escritor y antiguo conocido suyo que en su momento le había presentado a Erich Gutkind, y con el que mantuvo relaciones hasta 1930, le participaba, en términos solemnes, que tanto él como su mujer, en la víspera, habían «recibido el santo sacramento del bautismo». El hecho de darme a leer la tarjeta postal constituyó su único comentario al respecto). En el camino de vuelta de aquella velada me confió súbitamente, con una mirada intensa. «Ese —es decir, Hans Radt— era el cuñado de Jula Cohn». Benjamin no había vuelto a mencionar jamás a Jula Cohn en sus cartas desde 1923. «¿Mantienes todavía —le pregunté— relaciones con ella?». «Sí», me contestó, «e incluso bastante intensas», y comenzó a contarme cosas al respecto, sin dejar de caminar, manifestándose todavía visiblemente emocionado. Me habló de su matrimonio y de su carrera como escultora. Esto iba en contra por completo de lo que era su costumbre. No es que me llegase a hablar directamente de sus lazos con su amiga, pero el acento particular con que revestía sus frases acerca de ella delataba con nitidez lo que le estaba pasando. Yo evité interrogarle sobre el tema, si bien era él quien, con su información sobre Radt, había provocado deliberadamente mi primera pregunta, revelando así claramente sus deseos de hablar del asunto.
De un orden totalmente dispar fue la conversación que tuve con él, también por aquellos días, acerca del método de análisis acústicos introducido por el abogado muniqués Otmar Rutz y luego adoptado por el germanista de Leipzig Eduard Sievers, hombre que fue célebre durante cierta época. Este procedimiento se encuentra hoy olvidado, pero a lo largo de los cincuenta años precedentes llegó a desempeñar un considerable papel en las investigaciones críticas sobre la unidad de ciertas obras literarias, y suscitó grandes debates, no solo a propósito de las investigaciones de Sievers sobre textos escritos en alto alemán medio, sino también sobre su aplicación a la indagación de la autenticidad del corpus de las cartas de san Pablo en el Nuevo Testamento, así como al análisis de las distintas «voces» presuntamente perceptibles en diversos escritos de la Biblia hebraica. La idea fundamental, según la cual la reproducción escrita de discursos o documentos literarios permitiría determinar deductivamente la totalidad de las características de la voz que en ellos se había reflejado, debía de parecerle aceptable a Benjamin, al menos en principio, si se tiene en cuenta su propia práctica de la grafología y los supuestos teóricos que la fundamentaban. El tema, por tanto, le interesaba bastante; pero no llegó a formular un juicio personal al respecto, cuando menos en aquella época, y luego ya nunca volvimos a tratar del asunto.