Walter Benjamin

Gershom Scholem · Capítulo 12 de 18

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Walter Benjamin

Los primeros años de la posguerra (1920-1923)

LOS PRIMEROS AÑOS DE LA POSGUERRA

(1920-1923)

 

Tres meses habían transcurrido, desde mi regreso a Alemania, antes de que volviese a tener noticias de Benjamin. Había comenzado entretanto mis estudios en Munich, donde me consagraba a las obras y manuscritos cabalísticos de la Biblioteca del Estado. También Agnon se hallaba en Munich durante aquel invierno, de modo que nos veíamos con frecuencia. El 15 de septiembre, desde Klosters, Benjamin me escribió a Berlín: «A causa de un cierto sentimiento de opresión que cabe atribuir a una adversidad que no lleva trazas de remitir, y acaso también a un porvenir que se presenta sumamente incierto, no me encuentro propiamente en condiciones de reanudar nuestra correspondencia, de modo que lo que desearía hacer con estas páginas es más bien, justamente, dejarlo en sus manos… Mañana nos vamos de aquí. Antes de abandonar Suiza queremos pasar todavía unas semanas en Lugano. Ojalá Dora recupere allí, por fin, su alegría y su vigor. Nadie debe enterarse de esto. Se lo confío únicamente porque aún me resultaría más difícil escribirle ocultándole el lugar donde nos hallamos, que rogarle de nuevo se atenga a la absoluta discreción que me imponen mis actuales condiciones de vida. Con ello debería bastar. Nos sentimos verdaderamente felices ante la perspectiva de este viaje: desde Thusis hasta Mesocco a través de St. Bernhardin en correo postal, y desde allí en tren hasta Lugano. Ayer y anteayer estuvo nevando por aquí; había solo unos pocos grados sobre cero. Hoy luce de nuevo un sol magnífico y las cumbres de las montañas aparecen todas cubiertas de nieve. Dora ha comenzado con bastante brío su novela policíaca. Desde hace una semana me ocupo intensamente en la lectura del libro de Bloch, y tal vez ponga de relieve (al hombre, no al libro), a ser posible públicamente, lo que merezca ser elogiado. Por desgracia, no todo, ni mucho menos, me parece genuino. De vez en cuando incluso me invade la impaciencia. Lo más probable es que por sí mismo haya revisado ya el libro». (Briefe, I, p. 217. El pasaje central de la carta había permanecido inédito hasta la fecha).

Dejaron Suiza a principios de noviembre. Antes de hacerlo, Benjamin había visitado una vez más a Herbertz, que le hizo vislumbrar como evidente la perspectiva de una «Habilitación» universitaria, y hasta de un eventual nombramiento como profesor «extraordinario» de filosofía. «Mis padres están muy satisfechos, y en absoluto se oponen a que obtenga la “Habilitación” en Suiza —me escribió el 16 de noviembre—, pero no pueden todavía comprometerse financieramente. Mi proyecto más inmediato es otra tesis doctoral, y ello probablemente sobre un tema específico de teoría del conocimiento. Tengo la intención de comenzar aquí mismo la preparación de esa tesis». Entretanto había realizado una corta visita a sus suegros en Viena, para después pasar con Dora una temporada en Semmering, en un sanatorio que pertenecía a una tía de esta última. Allí permanecieron, con breves desplazamientos a Viena, desde el 9 de noviembre hasta mediados de febrero aproximadamente. A comienzos de marzo retornaron a Berlín, y nuevamente se desencadenó entre nosotros un bastante intenso intercambio de correspondencia.

 

Nuestras relaciones adquirieron, tras el retorno a Alemania, un tono de serena armonía, y ya nunca más volvieron a producirse tensiones como las que se habían dado en la época de Suiza. ¿Era quizá la distancia física lo que protegía nuestra amistad, cuya curva se hallaba de nuevo en ascenso, de toda clase de perturbaciones, posibilitando que los días de nuestros encuentros personales, en adelante mucho más raros, discurrieran de una forman tan positiva? ¿O se trataba acaso, como alguna vez me ha parecido bajo una mirada retrospectiva, de que tres jóvenes apasionados y dotados como entonces éramos nosotros, todavía en busca de la madurez y casi exclusivamente dependientes cada uno de los otros dos, no podían sino terminar chocando en la esfera privada? ¿O tal vez, en fin, existían en ese «triángulo», a nuestro despecho, inclinaciones y defensas que necesitaban verse descargadas y de las que, no obstante, como consecuencia de nuestra «ingenuidad», es decir, de nuestra falta de experiencia psíquica, no podíamos percatarnos? Todavía hoy me resulta imposible responder a todo ello.

En enero de 1920, Benjamin me informó de que estaba trabajando en una pormenorizada reseña del libro de Bloch. Todavía poseo mi respuesta a este propósito (fechada el 5 de febrero):

Estos últimos días estuve leyendo algunas secciones fundamentales del

Espíritu de la utopía. Espero mucho de su reseña, y confío también que me

pondrá de manifiesto con la mayor claridad las cualidades de este libro. No

dudo que tales cualidades existen, pero confieso que creo haber percibido en

él algunas cosas sumamente discutibles. Puesto que usted no pretende tratar

sino tangencialmente los defectos del libro, tal vez me sea permitido presentar

abiertamente mis quejas, con el fin de asegurarnos de que pensamos lo mismo

al respecto. A continuación me referiré esencialmente al fragmento «Sobre los

judíos», así como al capítulo «Sobre la figura de la cuestión inconstructible»,

textos que yo, en la medida en que creo haberlos comprendido, rechazo del

modo más enérgico. Tengo la impresión de que Bloch se adentra aquí, de la

peor manera y con instrumentos inapropiados, en un terreno que debería haber

sido muchísimo mejor delimitado en la obra. Con el gesto del mago (pero ¡ay,

yo conozco bien cuáles son las fuentes de esa magia!), se extiende en

explicaciones sobre las historias del judaísmo, sobre la historia y el judaísmo,

que llevan en sí de manera manifiesta el horrible estigma de Praga [cosa que

en mi lenguaje significaba: Buber]; no hay al respecto la menor duda: incluso

la terminología proviene de Praga. No existe esa generación judía que Bloch

ha imaginado: solo existe en el dominio espiritual de Praga. De ningún modo

se le puede tolerar que se sirva de un método histórico-filosófico en el que son

invocados testigos y testimonios (y el propio autor no es aquí, después de

todo, sino un testigo que declara con mayor énfasis), no sobre los demonios y

la demonología [de los judíos], sino sobre el corazón viviente, claroscuro, de

las cosas; testigos y testimonios que provienen de los judíos alemanes y de la

germanidad judía y que, justamente por ello, solo dan pruebas relativas a su

esfera originaria. Una y otra vez, no es sino la prueba ontológica de la

existencia del diablo la sola cosa que de esta manera se consigue.

Manifiestamente, Bloch parece despreciar la filología; ahora bien, que lo haga

sin satisfacer ni las más mínimas y evidentes exigencias de esta última en sus

consideraciones histórico-filosóficas (¡¡separación de fuentes!!), eso es ya

sumamente discutible. Y todavía más me parece que se imagine poder

prescindir de la filología para llevar a cabo sus fines, permitiéndose mezclar

los testimonios sin discriminación. Con una falta de contextualización rayana

en la extravagancia, las categorías judías son esgrimidas en una polémica que

les es totalmente inapropiada, de modo que provocan, como es natural, tantos

malentendidos como ellas mismas han sido, a su vez, mal comprendidas: por

ejemplo, la Kiddusch haschem (en su acepción más lamentablemente falsa,

proveniente del Buch vom Judentum), o bien el nombre, o los nombres de

Dios, por no hablar de otras muchas cosas. Pero todas estas interpretaciones

no son, desde luego, sino destellos emanados de la cristología central que se

nos pretende introducir aquí subrepticiamente. Por mi parte, no me es posible

concebir el Corpus Christi, en un sentido cualquiera, como la sustancia de

nuestra historia; en vano busco testimonios fidedignos que manifiesten una

atenuación del «tradicional recelo» del judaísmo frente al fundador del

cristianismo, dejando aparte, como queda sin duda justificado, los testimonios

procedentes de los medios híbridos. A las explicaciones de Bloch,

cualesquiera que sean, por lo demás, las cualidades que posean, les falta lo

que en estos capítulos sería lo más importante: la justeza. Todo está

virtualmente dislocado; pero lo cierto es que tan virtuales dislocaciones en el

seno de la historia judía desembocan siempre, y es esta una antigua verdad, en

el cristianismo en tanto que lábil estado de indiferenciación. Existe una suerte

de legalidad mecánica espantosa en todas las perversiones histórico-

filosóficas, y yo me temo, tanto como desearía que se me demostrase lo

contrario, que también en este libro se despliega, a despecho de toda su

profundidad, esa misma legalidad mecánica. Acaso todo lo que aquí escribo le

resulte a usted evidente o incluso demasiado periférico; en ese caso, tanto

mejor. Pero no puedo sentirme satisfecho con una obra que aborda un asunto

tan importante para luego concebirlo según una visión tan dudosa.

Ciertamente, el universo de Bloch no está cabeza abajo, pero existen indicios

de que es un mundo aparente, revestido de aquella apariencia que no difiere

de la realidad sino de un modo infinitesimal (y dicha apariencia no parece ser

aquí un producto del lenguaje). Este inaprensible carácter de la distancia

constituye, si me está permitido decirlo, mi objeción moral contra lo que

conozco del libro.

La respuesta de Benjamin, en la que explica su pleno acuerdo con mi crítica, ha sido publicada (Briefe, I, pp. 134 y ss.).

Tras una «desavenencia total» de Benjamin con sus padres, él y Dora, que ya a comienzos de abril habían considerado la posibilidad de establecerse en los alrededores de Munich, se instalaron, en circunstancias bien difíciles, en Grünau-Falkenberg, cerca de Berlín. Allí se alojaron en la casa de Erich Gutkind, una increíblemente abigarrada mansión construida por Bruno Taut. Fue entonces cuando Benjamin intentó por vez primera, bajo la guía de Gutkind, mi antiguo alumno, aprender hebreo. Dora, que acababa de encontrar un puesto en una oficina de telégrafos como traductora de inglés, no pudo participar de ello, en contra de su deseo. Me pidió que le enviase un manual de hebreo semejante al que Walter había recibido de Gutkind, para aprender en secreto y de tal modo ofrecer a Benjamin una sorpresa el día de su aniversario. Declaró que Walter era ya capaz de hacer juegos de palabras en hebreo, y que había dado el nombre de Melech Hagoyim (rey de los goyim) a un tal Adolph Otto, que era el fundador y el hombre más influyente de la colonia Falkenberg. Allí permanecerían al menos tres meses, durante los cuales recibieron la visita de los padres de Dora, que acudieron a Berlín con la idea de mediar ante la familia de Benjamin. Fue entonces cuando Benjamin y Dora conocieron personalmente a Agnon. Con vistas al aniversario de Walter, y todavía en primavera, Dora había adquirido una pintura de Paul Klee, Presentación del milagro, que a partir de entonces colgó en su alcoba, pero de la cual no he conservado recuerdo alguno. Con el fin de conseguir dinero, Benjamin había decidido incluso recurrir a sus habilidades para la grafología, que eran en efecto considerables. En Berna le mostré, en cierta ocasión, una carta del que por entonces era mi más próximo amigo en el movimiento de la juventud sionista, de cuyo carácter creía yo poseer la imagen más exacta. Echó a la carta una mirada breve, pero penetrante, y dijo en un tono vehemente: «Honesto hasta la estupidez», sin añadir la menor explicación ulterior, como si este tipo de hombre le resultase particularmente irritante. Y en efecto, honestidad era precisamente lo que este hombre irradiaba.

En ese año, Walter y Dora reanudaron un estrecho contacto personal con Ernst Schoen, un amigo de la escuela de Benjamin, que había llegado a ser discípulo de Debussy. Me lo presentaron con ocasión de mi retorno a Berlín hacia el final del verano. Su distinción personal, que se apoyaba en su carácter reservado, me produjo desde el primer momento una profunda impresión, que incluso se vería reforzada por su manera de hablar, levemente tendente al tartamudeo. Era el único miembro del grupo de los antiguos compañeros de escuela con el que Benjamin seguía manteniendo lazos de amistad, y en diversas ocasiones me habló de la época en que habían intimado, entre 1910 y 1915.

Después de la débâcle con Erich Brauer, el único amigo a quien llevé a ver a Benjamin fue Gustav Steinschneider. Durante mis tiempos militares había estado conmigo en Allenstein, en la misma compañía que yo, de modo que su suerte me interesaba muy particularmente. Benjamin se sintió muy atraído por este hombre singular. Su situación familiar era muy semejante a la mía, particularmente en relación con mi hermano. Su hermano primogénito era comunista, su otro hermano un resuelto sionista y uno de los primeros pioneros alemanes que acudieron a Palestina, en tanto que él mismo vacilaba, por lo demás de modo muy sereno y reflexivo, entre ambas opciones. Benjamin y él se comprendieron a la perfección. También a Dora, en particular, le resultaba agradable, de manera que le invitaron a menudo. No carecía de la distinción y musicalidad que adornaban a Ernst Schoen, el amigo de Benjamin, pero se hallaba por completo desligado del mundo y era incapaz de hacer cualquier cosa de carácter «práctico». Hablaba muy lentamente, dilatando melódicamente sus palabras; manifestaba una cierta tendencia hacia la hipocondría, y su rostro enjuto, de aspecto algo fatigado, traicionaba al filósofo potencial. A mí me fascinaba el contraste que ofrecía con su abuelo, Moritz Steinschneider, uno de los más significados eruditos judíos del pasado siglo. Yo era en muchos aspectos un gran admirador de este hombre, y en esa época, desde el momento en que mis estudios me pusieron en estrecho contacto con sus escritos, se lo citaba a Benjamin con frecuencia, presentándoselo como una de las más esenciales figuras del grupo de eruditos liquidadores del judaísmo. Yo cavilaba angustiado en aquel entonces sobre lo que se me presentaba como el suicidio del judaísmo en la llamada «ciencia del judaísmo», y en 1921 proyecté escribir un artículo al respecto en la revista de Benjamin, Angelus Novus.

Pensaba en aquella época que el giro que habría de conducir a Benjamin a ocuparse intensamente en el estudio del judaísmo se hallaba en puertas. No obstante, me resultaban igualmente evidentes los obstáculos que a todo ello se oponían, y en mis cartas le conminaba a no desaprovechar el momento oportuno y favorable (Briefe, I, pp. 248 y ss.). Walter y Dora se habían vuelto a instalar entretanto, ya no recuerdo en qué condiciones, en casa de sus padres. Dora interpretaba al piano obras de Mozart, Schubert y Beethoven. En febrero de 1921 me escribió ella una carta sumamente cariñosa: «No nos deje usted de su mano. Espero de todo corazón que antes de lo que pensamos volveremos todos a encontrarnos en el ámbito judío. Todos mis esfuerzos no son sino una lucha por hallar el medio». Pero los restantes trabajos no cesaban de impedir a Benjamin, incluso en este período de acercamiento particularmente intenso, su entrada en el universo del judaísmo. Es característico de esta época el breve fragmento que Adorno publicaría bajo el título, que no procede de Benjamin, de Fragmento teológico-político, y que dataría erróneamente en el año 1938. Todo, en estas dos páginas, corresponde exactamente a su momento intelectual y a su terminología peculiar de 1920-1921.

El día 4 de noviembre de 1920 me habló, por carta, de sus esfuerzos para procurarme los escritos de Scheerbart que me faltaban. Se había matriculado en un curso de hebreo en la universidad. «Seguimos la gramática de Strack. El profesor encargado del curso es sin duda mucho menos que mediocre en todos los aspectos, salvo quizá desde el punto de vista pedagógico. Solo asistimos alrededor de unas quince personas. Mañana voy a solicitar mi admisión en el seminario de Troeltsch sobre la filosofía de la historia de Simmel, con el fin de poder utilizar la biblioteca del seminario. Prefiero este seminario a uno de Erdmann sobre psicología del pensamiento y a uno de Riehl sobre Platón, por diversas razones, entre las cuales el propio señor Troeltsch aparece solo en último lugar».

 

Ese año nos vimos en octubre, e incluso durante las vacaciones de Navidad, cuando fui a Berlín. Con ocasión del reencuentro me manifestó la mayor y más calurosa cordialidad. Sentía no haber cumplido, con aquel primer impulso, ni las promesas que me había hecho ni sus propias intenciones de aprender hebreo. Con todo, su reacción al respecto no era tanto de acrecentada irritación como más bien de particular franqueza. En la perspectiva de sus estudios proyectados, ese año había adquirido en las tiendas judías de antigüedades un gran número de libros sobre el judaísmo. Le hablé del cambio de tema de mi disertación sobre la Cábala. En efecto, la lectura de las obras cabalísticas escritas en lenguaje místico, en particular las de Abraham Abulafia, me había inducido a optar por un tema menos complejo, según me parecía, que la teoría del lenguaje de la Cábala. Por cierto que me equivocaba, y mucho, tal como se desprende del hecho de que no sería sino hasta cuarenta años más tarde cuando pude, en efecto, presentar la introducción que había de acompañar al viejo texto que a la sazón traduje al alemán, a partir del manuscrito, para luego comentarlo. Todas las noticias que le proporcionaba sobre esos asuntos eran muy particularmente apreciadas por Benjamin, cuyo interés por la filosofía del lenguaje le ocupaba entonces intensamente, en el contexto de su proyecto de tesis doctoral sobre teoría del conocimiento. Todo ello, por lo demás, desempeñó igualmente un importante papel en la reanudación de sus contactos personales con el lingüista Ernst Lewy, por el que seguía conservando una alta estima.

Benjamin siguió llevando a su regreso una vida considerablemente retirada, si bien comenzó a dejarse ver otra vez en los círculos de sus antiguos y nuevos conocidos. Con todo, no había publicado ni una sola línea desde hacía años, y no fue sino a partir de 1920-1921 cuando dio los primeros pasos para salir de esta oscuridad literaria.

 

El año 1921 supuso un punto de inflexión en su vida. Esto es algo que no ha quedado del todo manifiesto en las cartas publicadas, pese a las abundantes informaciones que proporcionan, por lo demás, sobre el momento espiritual por el que atravesaba en este período. Había conocido, por mediación de su amiga Jula Cohn, al poeta Ernst Blass, que publicaba la revista Die Argonauten. Fue así como trabó igualmente relación con el editor Richard Weissbach, que se interesaba por la publicación de sus traducciones de Baudelaire. Se inició entonces entre ambos una animada correspondencia acerca del proyecto; pero estas cartas de Benjamin no han aparecido sino tras la publicación de las Briefe. Fue por esa época cuando escribió su artículo «Para una crítica de la violencia», que inauguraba la serie de sus trabajos «políticos», y en el que, en el marco de una evidente confrontación con Sorel, ponía en juego todos los motivos que le habían preocupado en la época de Suiza, es decir, sus ideas sobre el mito, la religión, el derecho y la política. Pero los Weißen Blätter, para los que había sido escrito, lo rechazaron, de modo que finalmente apareció, en 1921, en una revista sociológica, entre cuyos artículos se encontraba el de Benjamin un tanto fuera de lugar. Se esforzó también con verdadero ahínco en publicar su recensión al libro de Bloch, de la que me envió una copia. Lo cierto es que al final no lo consiguió, probablemente debido a que se trataba de un artículo bastante largo, y expuesto además de un modo tan esotérico que hasta la propia toma de postura del crítico, que era no obstante lo que interesaba a los redactores, apenas se dejaba entrever.

Tras mi retorno a Munich asistí a una conferencia de Rudolf Kassner cuyo tema, a saber, unas consideraciones sobre la fisionomía, me resultaba en principio interesante. Pero luego no pude sino lamentarme vivamente, en una carta a Benjamin, de lo que yo calificaba de la «perspicacia incontrolada» de Kassner. Tal apreciación fue todavía superada por la de Benjamin, en tanto llegó a referirse al «desmesurado desacierto» de sus escritos. Fue asimismo en esa época cuando esbocé mis primeras reflexiones acerca del aspecto filológico de un estudio de las ideas y los textos místicos, tanto sobre lo positivo como sobre lo problemático que había en ellos, a propósito de lo cual escribí a Benjamin una larga carta. Para mi sorpresa, por su respuesta me enteré de que también él, pese a no tener propiamente nada de filólogo, hacía tiempo que venía reflexionando sobre tales asuntos.

 

En abril de 1921, la descomposición del matrimonio de Walter y Dora se había convertido en una evidencia frente a la que tuve que habérmelas con ocasión de la visita que por entonces les hice. Entre julio de 1919 y abril de 1921, no supe nada de su situación y tampoco tenía la menor idea de hasta qué punto había comenzado ya la degradación de sus relaciones. No fue sino en el momento en que se produjo la explosión, y más tarde en conversaciones con Dora, cuando llegué a tener noticia de ello. Cuando Ernst Schoen trabó de nuevo relaciones amistosas con Walter y Dora, en los primeros meses de 1921, esta se enamoró apasionadamente de aquel, y pasó algunos meses en un estado de ánimo de total euforia. Por lo demás, Dora hablaba abiertamente con Walter acerca de esto. En abril, por otro lado, se presentó en Berlín Jula Cohn, hermana de Alfred Cohn, el amigo de la infancia con el que Walter y Dora habían establecido lazos amistosos —no sé con exactitud en qué grado de intimidad — desde la época de la «Jugendbewegung» y antes de trasladarse a Suiza. Benjamin volvió a encontrarse con Jula Cohn por primera vez después de cinco años y concibió una apasionada inclinación hacia ella, de modo que la precipitó durante cierto tiempo en una gran confusión, antes de que ella viese con claridad que no podía decidirse por Walter. Se produjo así una situación que, en la medida en que yo era capaz de comprender, correspondía a la de las Afinidades electivas de Goethe. Cuando fui a Berlín, Walter y Dora me iniciaron en tal estado de cosas y me pidieron consejo y ayuda en calidad de amigo. La situación era que ambos pensaban en un matrimonio con sus nuevas parejas respectivas. Ninguno de tales matrimonios tendría lugar, pero en virtud de la crisis entró en una fase aguda la disolución del matrimonio de Benjamin. El verano fue una época de fuerte tensión e impaciente espera. Ambos estaban convencidos de haber encontrado por fin el gran amor. El proceso que comenzó entonces duró dos años, durante los cuales Walter y Dora reanudaron esporádicamente su común vida matrimonial; a partir de 1923, esta no consistió sino en una amistosa convivencia, sobre todo a causa de Stefan, en cuya educación se interesaba Walter muy vivamente, pero también, acaso, en razón de consideraciones de tipo financiero. En los años que siguieron, la situación se mantuvo sin variaciones hasta el divorcio, interrumpida por largos viajes de Walter, así como por algunos períodos en los que tomaba una habitación aparte. Cada uno de ellos siguió a partir de entonces su propio camino, pero no dejaron de hablarse acerca de todo aquello que a ambos les concernía.

En los meses críticos en los que se inició la ruina de su matrimonio, y en la medida en que fuese capaz de juzgar a partir de mis propias impresiones, ambos se mostraban mutuamente una amabilidad tan afectuosa como conmovedora. Jamás los vi tan sumamente considerados y comprensivos el uno para con el otro como lo fueron en aquellos días de abril, al igual que durante el año siguiente. Era como si cada uno tuviese miedo de herir al otro, como si precisamente en esas relaciones en las que se hallaban, relaciones en cierta medida fantásticas, el demonio que de vez en cuando parecía esconderse en Walter, y que se exteriorizaba en actitudes y exigencias despóticas, se hubiera retirado por completo. Los encuentros que en esa época tuve con ellos y con Ernst Schoen —Dora vino con él unos días a Munich, en un viaje hacia Breitenstein, en Semmering— los cuento entre los más bellos que me es dado recordar. Dora siguió muy apegada a Walter, al menos durante el tiempo en que permanecí en Alemania, y comenzó a hablar de él en un tono diferente. No es que pusiera en duda su talento, su genio, que tanto significaba para ella, pero sí empezó a comentar de ciertos rasgos de su carácter a los que nunca anteriormente habíamos aludido en nuestras conversaciones. Me habló asimismo de su vida matrimonial. Para mi sorpresa, dado que ambos manifestaban siempre fuertes reservas contra la terminología psiquiátrica, Dora caracterizó a Walter como un hombre que sufría de neurosis obsesivas. Esto he vuelto a oírselo decir más tarde con cierta frecuencia; por mi parte, en razón de mi propia experiencia, no he podido confirmar realmente tal aseveración. Dora, que era en efecto una mujer muy sensual, decía que la espiritualidad de su marido se oponía a su Eros. Le resultaba sumamente difícil desprenderse de la esfera espiritual de Walter, en la que permaneció presa todavía largo tiempo, de forma que cuando finalmente logró desasirse de ella se produjo una radical transformación en su vida.

Más tarde he tenido todavía ocasión de hablar con diversas mujeres que llegaron a conocer muy bien a Benjamin personalmente, entre ellas incluso una a la que hizo en 1932 una proposición de matrimonio. Todas insistían en que Benjamin no había ejercido sobre ellas atracción alguna en cuanto hombre, en tanto que habían quedado fuertemente impresionadas, y hasta hechizadas, por su conversación. Una de sus más próximas conocidas me dijo que, tanto para ella como para sus amigas, Benjamin no había existido en absoluto como hombre, que de ningún modo parecía concebible que esta dimensión se hallase presente también en él. «Walter era, por así decir, incorpóreo». ¿Era acaso una cierta carencia de vitalidad, tal como a muchos les parecía, el motivo fundamental del que procedía esa impresión? ¿O bien se trataba de que esta vitalidad se hallaba en él como bloqueada, de forma que, si bien es cierto que en aquellos años se manifestaba bastante a menudo, lo hacía siempre en una dirección tan enteramente metafísica que no podía sino valerle la fama de hombre desasido de las cosas de este mundo?

 

En este año comenzó a jugar un importante papel, en nuestras cartas y conversaciones, el círculo que por entonces se había formado en torno a la extraña figura de Oskar Goldberg, y que habría de interesarnos en muy diferentes aspectos. En contraste con el buen número de publicaciones existentes acerca de los inicios del expresionismo y el Cabaret neopatético, sobre este círculo, que más tarde (a partir de 1925), bajo el nombre de «Grupo filosófico», llegaría incluso a funcionar públicamente como centro de discusión de los problemas vitales de la filosofía, se cernió un manto de silencio todavía mayor que el que le cubría en los años veinte, y en particular antes de mi marcha a Israel. Al grupo de los neopatéticos pertenecían también Oskar Goldberg (1887-1951) y Erich Unger (1887-1952), quienes eran a la sazón los representantes más destacados de este círculo. Goldberg había estudiado medicina, pero por lo que a mí me consta, no la llegó a ejercer. Hombre grueso y pequeño, de aspecto impasible, ejercía un poder de atracción siniestramente magnético sobre el grupo de intelectuales judíos que se reunían en torno de él — grupo en el que solo marginalmente había también dos o tres no judíos. Uno de ellos,

Peter Huchel, me dijo: «Yo he sido [8] shabbesgoy de Goldberg». Goldberg, que procedía de una familia muy piadosa y era un excelente conocedor de la Biblia hebrea, se había entregado, ya en su juventud, a profundas especulaciones sobre la mística de los números como explicación de la estructura de la Toráh a partir del nombre divino. Pero fue sobre todo por las visiones que a lo largo de mucho tiempo había estado teniendo, antes del despertar, en esquizoides estados de duermevela, así como por las revelaciones que pretendía haber recibido a propósito de la Toráh, por lo que llegó a erigirse en autoridad espiritual absoluta para los iniciados en ese círculo. Al margen de un escueto fascículo titulado Die fünf Bücher Mosis ein Zahlengebäude (1908), todavía no había publicado nada por entonces. Divulgaba sus teorías en cursos privados, y cuando se le preguntaba a alguno de sus acólitos por qué observaba o transgredía tal o cual punto del ritual judío, se obtenía esta respuesta: «Así nos lo ha dicho Oskar». En cuanto al propio Oskar, no se le podía interrogar, dado que se hallaba iluminado por la posesión de la Palabra revelada. No desprovisto de formación e intereses filosóficos, había construido, a partir de categorías biológicas y etnológicas, en boga por entonces en los ambientes del mundo erudito, una suerte de Cábala biológica mediante la cual se suponía demostraba el ritual de la Toráh, la Wirklichkeit der Hebräer —tal como rezaba el título de su obra principal (de 1925)— como un encadenamiento sin fisuras de magia perfecta. No carecían tales ideas de perspectivas demoníacas, ni tampoco debería ser subestimado el poder de fascinación que dimanaba de aquel comentario, de convincente apariencia, que presentaba el judaísmo como una especie de estadio de decadencia teológica del antiguo hebraísmo mágico y que no titubeaba ante ninguna consecuencia que de esto se derivara, por absurda que fuese. De lo que se trataba, según Goldberg, era de restablecer el vínculo mágico entre Dios y su pueblo, cuyo centro biológico se hallaría supuestamente representado por él mismo; en orden a tal planteamiento, todo aquello que no le parecía susceptible de actualización en nuestra época era puesto a un lado sin mayores contemplaciones. Las formulaciones de Goldberg eran de una agresividad y una petulancia inusitadas, y despedían un cierto fulgor luciferino. En un principio se había adscrito a la teosofía, pero pronto se independizó y comenzó a servirse del considerable talento filosófico de Erich Unger, quien llegó a ser su principal portavoz e intérprete. Unger y Simon Guttmann, al que ya hemos mencionado en varias ocasiones, fueron sus más próximos hombres de confianza. En la misma época en que Benjamin reanudaba sus relaciones con estas gentes que había conocido en su juventud, yo trabé conocimiento con algunos discípulos de Goldberg, quienes pretendieron inducirme a que me adhiriese a su círculo. Benjamin sentía frente a Goldberg, que solía hablar poco y era, en cuanto jefe de la secta, por así decir, intocable, una acusada antipatía, hasta el punto de que un día fue físicamente incapaz de estrechar la mano que Goldberg le tendía con la intención de saludarle. Luego me dijo que Goldberg se le había aparecido como rodeado de un aura de impureza tal que simplemente no había podido lograrlo. Por el contrario, Unger le resultaba simpático en el plano humano, y hasta muy interesante desde el punto de vista filosófico. Benjamin llamó al principio mi atención sobre las primeras publicaciones del círculo de Goldberg, por entonces aparecidas, y en particular sobre las de Unger, entre las que se contaba la titulada Die staatenlose Gründung eines jüdischen Volkes, en la que se preconizaba la fundación de una comunidad judía por medios metafísicos, en oposición a los del sionismo empírico, combatido por el círculo de Goldberg. En Lichterfelde, en casa de Elisabeth Richter-Gabo, una amiga íntima de Dora que era asimismo protectora de los partidarios de Goldberg, Walter y Dora se encontraron en diversas ocasiones con Unger, Goldberg y otros miembros del círculo.

Yo resultaba interesante a esta gente no solo porque tenía acceso a las fuentes hebraicas, sino sobre todo porque se habían enterado, a través de un antiguo amigo mío, de que estudiaba la Cábala. Ahora bien, la Cábala estaba entonces muy en boga en esos círculos no tanto en razón de sus aspectos religiosos y filosóficos, que eran los que me habían incitado a mí a estudiarla, como más bien en razón de sus implicaciones mágicas, acerca de las cuales se hacía Goldberg las ideas más extravagantes. Mi actitud totalmente negativa frente a los intentos de atraerme hacia ese círculo, y frente a la pseudo-Cábala que en nombre de Goldberg se me presentaba, puso a Benjamin alguna vez en considerables apuros, dado que si bien Goldberg no le importaba para nada, sí deseaba mantener su relación con Unger. En el curso de los años siguientes tuvimos sobrada oportunidad de discutir, de viva voz o por escrito, acerca de las publicaciones y otras actividades del círculo de Goldberg, en el cual se propagaba, entre otras cosas, la idea de una emigración masiva desde Europa hacia los pueblos «primitivos», es decir, según Goldberg, aquellos que conservaban todavía aptitudes mágicas. El rechazo del mundo burgués, al que se aplicaban, sobre todo en sus comunicaciones impresas, les conducía a las fronteras de los movimientos social-revolucionarios, cuando lo cierto es que para ellos no se trataba sino de la realización de una nueva teocracia, de la que Goldberg soñaba ser el oculto instigador universal.

Más tarde, ya instalado en Jerusalén, hice amistad con Ernst David, que era quien había financiado la impresión de la obra principal de Goldberg. Se trataba de un hombre de un aspecto distinguido, que había permanecido durante años en ese círculo bajo la fascinación de Goldberg y que solo con grandes dificultades se había desligado de él, cuando logró romper el tabú con el que Goldberg había investido la emigración a Palestina y la participación en la construcción del sionismo. Por él y por su mujer tuve ocasión de enterarme de muchas cosas concernientes tanto a los aspectos exotéricos como esotéricos de aquel grupo. En esa época escribí asimismo, tras la aparición de la Wirklichkeit der Hebräer, una larga carta abierta en la que criticaba el libro. Esa carta, cuya copia fue difundida en Berlín por mediación de Benjamin y Leo Strauss, no me granjeó precisamente la amistad de ninguno de los acólitos de Goldberg. También es cierto, por lo demás, que no faltaron quienes se sintieron impresionados, y hasta entusiasmados, por el imaginativo ímpetu de las interpretaciones de la Toráh que hacía Goldberg, e incluso, en cierta medida, por sus aspectos más bien siniestros, tal como lo demuestran no solo los escritos del paleontólogo Edgar Dacqué, sino sobre todo el propio Thomas Mann, cuyas Historias de Jacob, primer tomo de su tetralogía sobre José y sus hermanos, se basan enteramente, en sus capítulos metafísicos, en el libro de Goldberg. Por cierto que ello no habría de impedir a Mann, algunos años más tarde, hacer de Goldberg el blanco de su ironía en un capítulo particular del Doctor Faustus. En él aparece Goldberg bajo la figura del erudito de salón doctor Choïm Breisacher, una especie de supernazi metafísico que presenta su teoría mágico-racista formulándola en gran medida en los propios términos de Goldberg. Por otra parte, el interés por esta suerte de secta judía habría de acompañar a Benjamin hasta la misma época de Hitler.

 

Tras los incidentes descritos entre Walter y Dora, que tuvieron por lo demás el efecto de introducir el uso del amistoso tuteo entre nosotros tres, regresé a Munich. Yo había tratado de inducirles a que clarificasen en lo posible no solo sus verdaderos sentimientos, sino el camino que deseaban seguir, y a que se asegurasen, ante todo, de si los nuevos compromisos matrimoniales les habían de aportar realmente el cumplimiento de sus aspiraciones vitales. Por mi parte, esto me parecía posible, en efecto, aunque no demasiado probable. Yo conocía ya personalmente a Ernst Schoen, pero de Jula Cohn no sabía en aquella época sino lo que Walter me había contado acerca del encanto que de ella emanaba. A tales acontecimientos, y a algunos otros, como un nuevo encuentro entre Ernst Bloch y yo, encuentro que sería el último hasta 1968, se refería la siguiente carta fechada el 26 de mayo de 1921:

Querido Gerhard:

Espero sincera y muy vivamente que tu falta de ardor en el trabajo y tu estado de depresión hayan desaparecido y no dependan en absoluto de una clarificación de nuestros asuntos. Pues lo cierto es que aquí aún no se ha adoptado resolución alguna, y ni siquiera se puede prever con certeza cuándo llegará el momento de hacerlo. Por supuesto que es posible, tal como tú escribes, que en nuestro fuero interno se clarifiquen las cosas más pronto de lo que creemos, pero no existe la menor garantía de que, sea cual sea la solución, se manifieste enseguida como definitiva, es decir, que restablezca una continuidad en nuestros respectivos modos de vida. Pero ambos, naturalmente, estamos decididos a no dejarnos atar de ninguna manera a un permanente encadenamiento de conmociones, dudas y tormentos, sino que trataremos de consolidar progresivamente la tranquilidad que hasta ahora hemos logrado conservar. Lo peor de todo ello es el desfavorable influjo que temo pueda ejercer sobre la salud de Dora, si no encuentra sosiego. El médico le ha diagnosticado con certeza una inflamación pulmonar, que en sí misma no es demasiado grave, pero que sí la hace, cuando menos, delicada. Los síntomas externos han remitido mucho últimamente, de modo que Dora ya no tose apenas, pero esto tampoco significa gran cosa. Antes de irse visitará una vez más al médico. En cuanto a si vas a poder verla o no uno de estos días, sigue pareciéndome todavía (o nuevamente) incierto, pues, en tanto que aún no ha tomado sus disposiciones de manera definitiva, tampoco ha decidido si te visitará en el viaje de ida o en el de vuelta. Depende también de E. Sch. Pero yo creo que, pese a todo, es posible que la veas ahora. De cualquier manera, e independientemente de sus demás viajes, yo quisiera que Dora hiciese una cura de reposo de cuatro semanas en Breitenstein. En cuanto a mí, en cualquier caso también me verás este verano. Pero todavía no sé cuándo ni dónde… No entiendo qué ha podido pasar con mi artículo sobre la violencia. Sin embargo, recuerdo que a ti te entregué un ejemplar [y por otra parte Bloch ya lo conocía]. ¿Te lo ha pedido prestado otra vez? ¿Cuándo va a ir a Viena? También a él quisiera verle este verano. No es imposible que también yo vaya a Austria, aunque no por el momento, naturalmente. Creo que a Heidelberg [donde vivía Jula Cohn] solo iré por poco tiempo; con todo, antes iré con J. C. a algún otro lugar, probablemente a finales de junio, y mientras tanto seguiré aquí en casa de los Gutkind; tal vez vaya además a visitar a los Cohr [Ferdinand Cohr era un amigo de la época de la Asociación de los estudiantes libres] y a los Rang.

El asunto con S. Fischer, un hombre astuto y ansioso a la vez, sigue su trámite y depende de hasta qué punto interceda en ello mi protector [¿Moritz Heimann o Rudolf Kayser?]. Y ya sabes por qué clase de complicados mecanismos de superchería se hallan a su vez determinadas estas cosas. Gracias a Dios, el tempo ha disminuido considerablemente. En mi visita a Fischer no he causado una mala impresión; la fortuna ha venido en mi ayuda.

Para mi gran alegría y alivio, estos días he podido escribir el prólogo a mi traducción de Baudelaire, con el título de «La tarea del traductor». Está totalmente terminada, pero todavía no sé cómo la haré multicopiar.

Poco tiempo después fue el propio Benjamin quien vino a Munich a verme, de camino hacia Semmering, donde se hallaba Dora. Acababa entonces de comprar, por 1000 marcos (¡14 dólares!), la acuarela de Klee Angelus Novus. En mi artículo «Walter Benjamin und sein Engel» he informado de esto con todo detalle, profundizando incluso en su íntima relación con el cuadro. A finales de junio volvió una vez más a Munich y se alojó con nosotros en la vivienda que yo compartía con Elsa Burchardt (llamada Escha por sus amigos), la que más tarde sería mi esposa; fue allí donde Benjamin colgó provisionalmente el cuadro de Klee. Me hallaba por entonces trabajando en una pormenorizada discusión de la lírica mística judía, acerca de la cual había aparecido un libro, desgraciadamente corrompido por el expresionismo, de un hebraísta por lo demás excelente, Meïr Wiener, titulado Die Lyrik der Kabbala, que supuso un determinante incentivo para mi espíritu polémico. Le conté a Benjamin lo que el Talmud y los místicos de aquel tiempo habían sabido decir acerca de los himnos angélicos, cosas estas que hallaron en Benjamin el suelo más fértil. En aquellos días se encontraba de un ánimo excelente; Elsa Burchardt y él rivalizaron en diálogos llenos de humor e ironía. Habló de sus encuentros con Salomon Friedländer, quien, como él mismo, contemplaba desde fuera los esfuerzos de la gente de Goldberg con una dosis no pequeña de cinismo filosófico; más tarde, Friedländer se hizo un kantiano estricto en el plano ético. Me trajo como regalo el opus magnum filosófico de Friedländer, Schöperische Indifferenz, altamente apreciado por él. Fue entonces cuando por vez primera le hablé a Benjamin de la obra fundamental de filosofía de la religión de Franz Rosenzweig, Der Stern der Erlösung, que había aparecido a finales de 1920 y de la que yo había comenzado a ocuparme. A propósito de mis publicaciones en Der Jude le dije que no le faltaba sino abonarse a la revista, y enviamos una solicitud de inscripción a su nombre.

Alrededor de una semana después viajó hasta Heidelberg para encontrarse con Jula Cohn, y el 9 de julio nos envió un humorístico diploma a título de recomendación del albergue de Escha Burchardt, en especial para el sabbat. «Dispone este de sólidas piezas, un criado de formación universitaria y camas baratas. Se dispone, previa reserva, de garaje para ángeles… Al servicio permanente de los señores ángeles se halla igualmente un anuario (“Angelología”), así como material de propaganda política (“La révolte des anges”).» Los términos principales eran representados bajo la forma de rebus, algunos traducidos en un hebreo embrionario. Benjamin firmaba «por orden de la comisión» como Dr. Nebbich, nombre que gustaba aplicarse a sí mismo en momentos de desenfado, a título irónico o de autocompadecimiento. Este rasgo chistoso afloraba en él con frecuencia cuando se hallaba de buen humor. El diploma iba acompañado de la siguiente carta:

Querido Gerhard:

En mi calidad de funcionario de servicio, es mi deber remitirle el halagador diploma adjunto. Ello no es óbice para que se mantenga intacta mi personal aversión frente a la Srta. Burchardt.

Tuyo,

DR. NEBBICH

P. S. El viaje ha sido en conjunto muy agradable, a pesar de que una vez más haya tenido que escuchar conversaciones en las que uno se queda estupefacto. Nada más llegar me he dirigido al hotel Tannhäuser, donde se me ha facilitado una habitación; por la tarde ya no quedaba ninguna libre.

El tiempo es aquí celestial, y la ciudad es mucho más hermosa de lo que yo recordaba. Ayer mismo fuimos a cenar a la taberna Wolfsbrunnen; y tengo la intención de hacer diariamente largos paseos por el valle o por las montañas, hasta que vuelva a sentirme sano interiormente. Aquí ocupo las dos habitaciones del señor Leo Blumenthal [i. e. Löwenthal], que se encuentra de viaje por unos meses. Me siento muy bien en ellas. Están en la planta baja, dan a una tranquila calle (la del Schloßberg) y disponen de un agradable escritorio, que constituye una verdadera provocación al trabajo. Así, es posible que cualquier día te ruegue me envíes la Stern der Erlösung; pero voy a contenerme todavía, para que no lo hagas en vano.

En casa de la señorita Cohn he encontrado entera la nueva novela de Agnon, en números sucesivos del Jude. Por desgracia, debo comunicarte que ella ha aprobado vivamente mi suscripción forzada a esa revista.

El señor Blumenthal [Löwenthal] ha tenido la atención de dejar aquí a mi disposición su pequeña biblioteca, selecta y muy cuidada. Ya ves, pues, que he cambiado una amable estancia por otra que no lo es menos, y si todo resulta, todo me irá muy bien. Cordiales saludos para los dos.

WALTER

Leo Löwenthal, aquí mencionado, era un ardiente sionista en su época de estudiante; más tarde, en la emigración, trabajó junto a Benjamin como uno de los principales colaboradores del Instituto para la Investigación Social.

 

Benjamin permaneció hasta mediados de agosto en Heidelberg, donde comenzó los trabajos preliminares para su gran artículo sobre las Afinidades electivas. En este período de elevado tono vital e intensa productividad celebró su aniversario en compañía de Jula Cohn, con ocasión de lo cual le envié mi poesía «Gruß vom Angelus», sobre la pintura de Klee, que durante tanto tiempo había tenido la oportunidad de contemplar. El día 4 de agosto me comunicó la gran noticia: el editor Weissbach le había propuesto publicar, a partir del primero de enero de 1922, una revista totalmente orientada según sus ideas, que llevaría por nombre el título del cuadro de Klee. Benjamin veía mi colaboración como una condición indispensable para el éxito de dicha revista, y deseaba visitarme en Munich cuanto antes para discutir acerca de la nueva situación. Las esperanzas que Benjamin abrigaba respecto a mi colaboración me pusieron en una tesitura no poco embarazosa. Yo no podía ocultarle, en efecto, que no sentía la menor vocación de participar de un modo particularmente activo, tal como él parecía desear, en una revista alemana, cuando mis aspiraciones se dirigían hacia otros asuntos y otros derroteros, cosa que él mismo, por otra parte, no podía ignorar. Surgieron por consiguiente dificultades y decepciones, que se reflejan en nuestra correspondencia de esa época, e incluso en algunas cartas satíricas que Dora me envió. En respuesta a su perentorio ruego, le escribí enseguida ofreciéndole mi disposición de ayudarle, pero sin ocultarle tampoco mis objeciones. Su respuesta del 8 de agosto arroja alguna luz sobre la situación. (Entretanto mi amiga, de camino hacia Munich, había pasado con él dos días de visita).

Querido Gerhard:

El domingo por la mañana, tras marcharse la señorita Burchardt, y una media hora antes de dirigirme a casa de Weissbach para firmar el contrato, llegó tu carta. Cualesquiera que sean tus reservas, mi confianza en ti se mantiene incólume, y sin esta confianza difícilmente habría podido aceptar el asunto. Tendrás ocasión de hablar con la señorita Burchardt antes que conmigo, de modo que será ella quien te dé las primeras explicaciones. Te adjunto, no obstante, el proyecto de contrato, que coincide en todo con el contrato firmado, para que puedas hacerte una idea de los detalles que yo esperaba poder comunicarte de viva voz. El plan, ideado totalmente por mí, consiste en fundar una revista que no manifieste la menor complacencia para con el público solvente, al objeto de poder así servir tanto más resueltamente al público intelectual. Por esta razón, el número de suscriptores con el que ha de contar el presupuesto debe ser fijado tan bajo como sea posible, ya que carecería totalmente de perspectivas el intento de construir una revista como la que me propongo en razón de un gran número de suscriptores (deberían ser cuando menos 1000) pagando un precio moderado (ca. 5 marcos anuales). El público que puede «sostener» una revista no acepta que se le regale, y muchos, acaso la mayor parte de aquellos a los que se dirige, no podrían tampoco sostenerla, aun cuando solo costase 30 marcos. Por ello, la única posibilidad que queda es concebir la «suscripción» como una institución de mecenazgo, de tal modo que la revista no tuviese que bailar al son marcado por su público. Si cien ejemplares no alcanzan para el público auténtico, el que no paga, puede aumentarse el número de ejemplares gratuitos. No habría dificultad en ello, porque los ejemplares gratuitos llevarían la indicación de «ejemplares de prueba». Nada se diría, en principio, acerca de la relación de la revista con el título del cuadro de Klee.

Espero haber disipado con esto una parte importante de tus reservas. Ahora vienen las mías. Las 480 páginas anuales estipuladas en el contrato las entiendo solo, ciertamente, como un límite superior, de modo que el volumen total puede ser menor; pese a ello, no tengo la perspectiva de contar con abundancia de prosa realmente interesante. Ahora bien, la señorita Burchardt me ha confirmado, a una pregunta mía, que Agnon vería probablemente con buenos ojos la publicación en el Angelus de las versiones alemanas de sus textos, primero porque serían gratuitamente accesibles, y segundo porque incluso podría resultarle más satisfactorio verlos impresos en una revista no estrictamente judía. Si ello es verdad, yo desearía publicar en el primer número Die neue Synagoge [en realidad Die alte Synagoge]. De modo que te ruego hagas todo lo necesario para que esto se pueda llevar a efecto. Por lo demás, sería importante para mí que me permitieras publicar tu carta a los editores del Buch vom Judentum. ¿No podrías enviármela? Asimismo, por lo que puedo recordar, también la carta que hace muchos años escribiste a Siegfried Lehmann merecería ser impresa.

Hoy he escrito a Lewy y le he anunciado igualmente tus proyectos de visitarle; por mi parte, he añadido que me gustaría mucho poder asistir a vuestras entrevistas. Le he hablado asimismo del Angelus y le he solicitado de todas las maneras su beneplácito. Si me respondes pronto, probablemente tu carta me llegará todavía aquí. En todo caso, esta dirección es válida hasta nueva orden. En lo que concierne a tu propuesta para septiembre, estoy de acuerdo. Cordiales saludos.

Tuyo,

WALTER

Te hemos comprado aquí un diccionario alemán-hebreo… para uso de los comerciantes hebreos, elaborado por C. G. Ewert, ministro sagrado, Reutlingen, 1822. Ha costado seis marcos. Lleva un prefacio a la manera de Dukes.

En 1920-1921, yo había traducido al alemán diversas pequeñas narraciones de Agnon, que me parecían sencillamente perfectas, y se las había leído a Benjamin, que quedó totalmente fascinado por ellas. Agnon era un gran maestro en las historias cortas, aspecto este en el que tenía muchos puntos de afinidad con Benjamin. El 1920, los responsables del libro Vom Judentum, aparecido en Praga en 1913, habían concebido el plan de publicar bajo las nuevas circunstancias un segundo volumen con el mismo título, invitándome a colaborar en él. A ello había respondido yo con una violenta invectiva contra el elemento pseudorreligioso y pseudorrevolucionario del sionismo de Praga, texto que le había leído a Benjamin. En cuanto a las cartas a Lehmann, que había escrito en el otoño de 1916 tras un tormentoso debate en el Jüdischen Volksheim, dirigido por él, apuntaban ya en la misma dirección y culminaban en una contraposición entre Buber y Ahad Haam, en favor de este último; Benjamin las acogió con viva aprobación cuando se las leí a comienzos de 1917. Diré de paso que a ese debate con Lehmann se refiere la prometida de Kafka en una carta dirigida a este último, carta en la que, tal como tuve ocasión de leer para mi gran sorpresa más de cincuenta años después, respondía aprobatoriamente a las exigencias y propuestas «del señor Scholem». En cuanto a Leopold Dukes, se trata de un erudito judío del siglo XIX, que enlazaba la más curiosa erudición sobre la antigüedad con un encarnizado y, en el límite, patológico estilo lapidario. Yo había descubierto sus escritos y le había leído a Benjamin, en una de sus visitas a Munich, el largo prefacio a uno de ellos, que sonaba como una voz procedente de otro planeta.

 

Nuestra visita a Ernst Lewy tuvo lugar merced a la coincidencia de dos circunstancias de diferente índole. Por una parte, estaba el deseo de Benjamin de convencer a Lewy para que colaborase en la proyectada revista; pero también concurría, por otro lado, mi propósito de visitar a una joven pintora con la que había trabado amistad en los días de Jena, Leni Czapski-Holzman, quien tras su matrimonio vivía, junto a la familia de Lewy, en una aldea perdida de Wechterswinkel-in-der-Rhon, y que me había invitado a ir a verla. Allí estuvimos desde el 8 hasta el 10 de septiembre, y pasamos dos jornadas memorables en una hermosa y vieja mansión, situada en una especie de inmenso jardín encantado, con un estanque de nenúfares. La totalidad del inmueble había sido un día propiedad del obispo de Bamberg. Lewy, que seguía siendo «Privatdozent» en Berlín, acudía allí únicamente durante las vacaciones. Su mujer, que no hablaba sino poco y lentamente, tenía algo de siniestro, de inquietante y de atrayente a la vez que evocaba la magia de una orquídea y la indefinible amenaza que emana de una enredadera. Nos hablaron de su hija, de unos doce años de edad, que era sonámbula. La señora Lewy dominaba a su marido de una manera curiosamente silenciosa. La atmósfera era mágica y todos nos sentíamos envueltos por ella. Pronto supimos que los Holzman sufrían desde tiempo atrás bajo ese ambiente, y deseaban irse. Michael Holzman era primo de Oskar Goldberg, y en su juventud, bastante antes de la Primera Guerra Mundial, había convivido temporalmente con él en una habitación, y había sentido en las propias carnes su esquizofrénico carácter y sus ya entonces manifiestas pretensiones de dominio sobre los demás, de todo lo cual nos habló largamente la primera tarde. Para nosotros, que habíamos estado discutiendo recientemente sobre Goldberg, esto nos resultó tan sorprendente como revelador.

En esta mansión fuimos alojados en una gran habitación provista de una gigantesca cama de dos plazas. Por la mañana, al despertarnos, Walter me dijo: «Si tú ahora, al abrir los ojos, te hubieses visto como una muchacha cualquiera, yo me habría imaginado ser el obispo de Bamberg». Al día siguiente nos expuso sus ideas acerca de lo que debería ser el Angelus, en análoga dirección a la indicada en el «Anuncio» de la revista. En el ámbito de lo poético era evidente que pretendía conceder un lugar central a la obra de Fritz Heinle y su hermano Wolf. En cuanto a la prosa, su idea consistía en presentar autores que apenas hubiesen destacado en el plano literario, o solo lo hubiesen hecho marginalmente, y adoptasen frente al lenguaje una posición afín a la que en él prevalecía. Era esto lo que, de forma independiente respecto de los eventuales contenidos de las contribuciones, reunía en su espíritu a hombres como Agnon, Florens Christian Rang, Ernst Lewy y yo mismo. Lewy se sentía muy atraído por las ideas de Benjamin acerca del lenguaje, si bien estas iban mucho más lejos que las suyas, y propuso, por su parte, enviar a la revista un análisis crítico del lenguaje de los discursos de Guillermo II. Lewy poseía los cinco volúmenes de tales discursos, editados por Reclam, que hacían patente la inconfundible autoría y el personal estilo del emperador; nos obsequió con una maravillosa lectura de algunos de ellos, acompañándolos de sus comentarios. En su análisis de las metáforas y la sintaxis nos hizo percibir de manera diáfana la completa estupidez «guillermina». La idea de un artículo tal, que pretendía modestamente intitular «Observaciones a los discursos de Guillermo II», nos entusiasmó a todos. Este exposé nos condujo a una larga discusión sobre las relaciones de los judíos con el lenguaje. Hubo animadas controversias en torno a Heinrich Heine, Karl Kraus y Walter Calé (quien tras su temprano suicidio fue ensalzado como un genio eminente, cosa que no tenía en realidad demasiada justificación), así como sobre filósofos del lenguaje como Lazarus Geiger, Haim Steinthal y Fritz Mauthner. Discutimos igualmente, desde muy diferentes puntos de vista, acerca de la tesis que afirma que el vínculo particular de los judíos con el universo del lenguaje procedía de su milenaria preocupación por los textos sagrados, por la revelación como hecho fundamental del lenguaje y por su reflejo en todas las esferas lingüísticas. Debatimos con ardor acerca de Karl Kraus, de cuya actitud frente al lenguaje, marcada incluso por una especie de sumisión ante el mismo, ya había comenzado Benjamin a ocuparse por entonces. Por mi parte, había estado reflexionando desde tiempo atrás sobre la procedencia del estilo de Kraus, que yo veía en la prosa hebraica y la poesía del judaísmo medieval, en el lenguaje de los grandes autores de la Halacha y en el «estilo-mosaico», la prosa rimada en la que los retazos de lenguaje de los textos sacros se mezclan los unos con los otros a la manera de un caleidoscopio y son profanados en el plano publicístico, polémico, descriptivo e incluso erótico. Benjamin me había pedido a menudo que formulase por escrito esas ideas. Pero ni mi trabajo sobre este tema ni el análisis de Lewy sobre los discursos de Guillermo II hallaron finalmente un reflejo escrito.

Holzman, por su parte, era pintor y se inclinaba hacia la tendencia expresionista, a la sazón dominante. Benjamin y él discutieron largamente sobre pintura. Pero el carácter inquietante de la atmósfera que rodeaba a los Lewy afectó mucho a los nervios de Benjamin, que terminó por ponerse irritable y quisquilloso, particularmente la última tarde. Era muy sensible a tales cosas. Creía percibir en la mujer de Lewy una especie de reserva y una aversión no del todo disimulada, cosa que hizo aflorar cierta crispación en sus conversaciones con Lewy, echando a perder buena parte de lo que el día nos había deparado. Benjamin se olía la inminencia de un rechazo por parte de Lewy. Con todo, Holzman y Lewy le recomendaron algunos de sus amigos y conocidos como potenciales colaboradores del Angelus.

 

En efecto, Benjamin, que en septiembre y octubre permaneció en Berlín la mayor parte del tiempo, no tardó en recibir el rechazo bastante agresivo de parte de Lewy, a resultas del cual se produjo un distanciamiento entre los dos hombres, que durante largo tiempo no mantuvieron sino una relación puramente formal. Bajo la inspiración y la guía de Dora, como a menudo sucedía en tales circunstancias, Benjamin le escribía algunas cartas de tono diplomático. También yo pasé el mes de septiembre en Berlín. Fue entonces cuando, hallándome todavía bajo la impresión de los detallados informes de Holzman sobre la personalidad de Goldberg, se produjo un estallido entre este círculo y yo mismo. Esto sucedió con ocasión de la tentativa que hizo Dora Hiller, amiga de Goldberg y más tarde su esposa, de convertime a las ideas del grupo, tentativa que fue por cierto la última de la que fui objeto. La dama había comenzado por dedicarme los mayores cumplidos, para seguidamente, en cuanto le hube explicado de la mejor manera que pude, en términos realmente punzantes, mi opinión acerca de Goldberg, retirar todo lo que había dicho y salir precipitadamente de la habitación. Informé a Benjamin con todo detalle acerca de la escena, y tuve asimismo una charla sobre Goldberg con Hyne Caro, que se movía en la periferia de dicho círculo. Tras mi regreso a Munich recibí de Benjamin una carta como saludo de Año Nuevo en nombre del Ángel; en ella me describía, de un modo muy característico en él, su postura ante la crisis que yo acababa de conjurar [véase Briefe, I, pp. 273 y ss., muy abreviada]:

… Tu conversación con Dora Hiller ha precipitado una verdadera lluvia del

más bendito y fructífero granizo, y ello, en efecto, directamente sobre mi

cabeza. Realmente no sé a qué ha ido a verte esa mujer, pero puedo sospechar

que ha tratado de llevar a cabo contigo, bajo un pretexto cualquiera y a su

propio riesgo, es decir, sin un preciso requerimiento del «partido adverso»,

una pequeña entrevista de espionaje; probablemente no te habrás hecho al

respecto la menor ilusión. Ahora bien, cuáles son los hilos que enlazan esta

visita con lo que sigue, eso ya no lo sé y es además indiferente; lo más seguro

es que a ti mismo se te haya pasado por alto. El martes, día de tu partida, en

casa del Dr. Zacharias (el cuñado de Unger), Unger llamó aparte a Hyne Caro

y le preguntó cuándo era la última vez que había hablado contigo y si habías

dicho algo en contra del «círculo» (léase: Goldberg). El pequeño Caro, que

creía recordar —acertada o equivocadamente— que aquellas observaciones

tuyas en contra de Goldberg las habías hecho bajo mi advocación, y por ello

las consideraba, no sin razón, como confidenciales, se evadió como pudo…

ante lo cual Unger solamente respondió: «Es curioso». Esa misma tarde me

llevó el diablo y —de un modo bastante ostensible— omití saludar a

Goldberg. En mi siguiente encuentro con Unger, cuando nos proponíamos

hablar del Angelus, me espetó una pregunta sobre mi relación con Goldberg,

previa observación de que la suya era de lo más íntima. A este propósito, dejó

entrever de todas las maneras posibles que él, por así decir, conocía la verdad

y no esperaba de mi parte sino una declaración puramente formal en el sentido

de que a mí Goldberg me resultaba «indiferente». Pero yo, que desde mis

experiencias en Wechterswinkel, así como después de otra turbia experiencia

con Bloch, que ya te referiré, no soy ya capaz de ver un abismo semejante sin

que la angustia me lleve a precipitarme en él, lo eché todo a perder, para

espanto de uno y de otro. En resumen, la ruptura se ha consumado. Dora, que

contrariamente a mí percibió enseguida el carácter de prestigio que todo esto

encierra, le ha explicado luego a Unger, en una conversación de astucia

diabólica, que mi aversión se debía a idiosincrasias privadas, y así ha

conseguido salvar el asunto. Naturalmente, Unger conoce ahora mi verdadera

posición mucho mejor que antes, pero, tal como deseaba, ha conseguido

apaciguar su conciencia. Este largo relato debe cimentar mi ruego de que no

digas nada más acerca de mi posición frente al «círculo», así como de que no

hables a nadie sobre aquella conversación que tuviste con Caro. Si la locura

de Goldberg ha de salir un día a la luz de una manera u otra, sucederá a su

debido tiempo.

En esta época comenzaron a hacerse delicadas las relaciones de Benjamin con Ernst Bloch. En sus declaraciones al respecto, y más tarde en sus cartas, se expresaba un permanente vaivén entre atracción y repulsión frente a la persona de Bloch, entre la admiración ante la fuerza que actuaba en Bloch y ante su enorme potencia intelectual, y la profunda decepción que a menudo le deparaba su obra literaria. Entre tales decepciones habría que incluir la producida por el entonces recién aparecido Thomas Müntzer. Algunos de los artículos de Bloch, como su reseña de Historia y conciencia de clase, todavía me los seguía ensalzando considerablemente, al tiempo que muchas de sus contribuciones en Die Weltbühne le hacían montar en cólera.

En los meses siguientes se multiplicaron los esfuerzos de Benjamin por conseguir trabajos adecuados al espíritu del Angelus. Fue en esta época cuando por vez primera le expuse mis ideas críticas sobre la Wissenschaft des Judentums y sobre su función en la historia judía, que debían poner en claro el carácter problemático de esos esfuerzos burgueses de redefinir un fenómeno tan poco burgués como es el judaísmo. Benjamin trató de inducirme a presentar estas consideraciones en un artículo para la revista. Este artículo lo escribí más de veintidós años después, en hebreo, y se cuenta entre los trabajos míos que han ejercido unos efectos más duraderos. Estaba formulado de un modo tan virulento que nunca pude decidirme a presentarlo en su versión original a los lectores no familiarizados con los asuntos judíos, y no lo publiqué en alemán sino en una exposición, notablemente aguada y llena de compromisos, acerca de este tema que aún hoy me resulta irritante.

Yo debía igualmente redactar, a perentorio ruego de Benjamin, una reseña aprobatoria acerca del notable artículo de Rang concerniente a la interpretación del poema de Goethe «Seliger Sehnsucht», un trabajo en sí mismo profundo e importante, pero tan afiligranado de gnosticismo que tuve que desaconsejar a Benjamin su publicación en el Angelus.

Buen número de observaciones de las cartas de Benjamin dan testimonio de las continuas actividades de la «Universidad de Muri». En noviembre de 1921 recibí el siguiente «aviso»:

MURI

Rectorado

Honorable Colega:

En lo que se refiere a sus repetidas y perentorias exhortaciones relativas a la satisfacción de sus honorarios del pasado semestre, infórmole ya por tercera vez que su curso acerca de LA INVENCIÓN DE LA SIERRA DE MARQUETERÍA, así como su seminario sobre las INSTRUCCIONES PARA TRABAJOS DE MARQUETERÍA no han sido objeto de inscripción alguna. No obstante, tanto en un caso como en el otro, todos los estudiantes han sido animados a asistir a sus cursos.

Por lo demás, me cabe la alegría de poder participarle que, con motivo de los últimos exámenes, el estudiante Señor Martin ha sido declarado apto y podrá ser

promovido al grado de [9] Buber . La venia lebendi por este solicitada le ha sido concedida. En el plazo de un año, tiene el mismo la intención de impartir clases, que tendrán lugar diariamente de 7 a 8 horas de la mañana, a cargo de Martin Buber y acerca de Rabindranath Tagore (visitas organizadas incluidas).

Asimismo ha sido concedida por toda la Facultad, por unanimidad y cólera

general[10], la autorización para las lecciones del profesor invitado Señor Scheler. Tales lecciones versarán sobre «Vida y obras de San Juan María Farina (publ.) [el inventor del “agua de colonia”]». Igualmente, a cargo del mismo: «Ejercicios para el Cónclave» (para estudiantes avanzados).

Con destino a la biblioteca ha sido adquirida una nueva obra, de Arthur Kutscher: «Dominio y servidumbre». La fotografía de la Srta. Burchardt, tan amablemente remitida por usted para la colección de pinturas, se le devuelve con nuestro agradecimiento, pues esta última se encuentra en proceso de total renovación.

 

¡Salve!

 

El bedel El rector I. KAUT MAGNIFICUS

 

Benjamin solía contar con particular predilección un chiste que circulaba acerca de Hermann Cohen, el jefe de filas de la escuela neokantiana de Marburgo. En aquella universidad incluso los farmacéuticos, para obtener su diploma, debían someterse, aun cuando no fuese sino formalmente, a un examen de filosofía. Un día, uno de tales candidatos le fue enviado a Cohen, que le preguntó, con su característico énfasis: «¿Qué sabe usted sobre Platón?». El candidato jamás había oído tal nombre. «¿Puede usted decirme algo sobre las principales teorías de Spinoza?». Silencio. Cohen, ya al borde de la desesperación: «¿Puede usted decirme quién es el más importante filósofo del siglo XVIII?». El rostro del farmacéutico se iluminó y comenzó a mostrar excitación. Cohen le animó vivamente. El candidato dijo al fin: «Kaut, Señor Consejero Privado». Al parecer, Cohen habría prorrumpido en lágrimas.

Durante las vacaciones de Navidad de 1921 estuvimos ambos en Berlín. Sin embargo, yo disponía de poco tiempo para hablar con Walter y Dora, ya que asuntos familiares me retenían (se seguía un proceso político contra mi hermano Werner) y, por otra parte, estuve ocupado en el dictado de mi tesis. Benjamin me envió una invitación colmada de alusiones para que fuese a vivir con ellos, en forma de un «fragmento arameo» de los «Cimelien de la Bibl. Berol.», intitulado «Del varón Gerschom, que vivía entre las hijas de Balaam en las riberas del Buber». Al dorso había escrito Dora: «Ven, ven, ven,/ Lugar habrá, y bienvenida. / También con Ernst podrás estar, / Si el Angelus te fuese de aquí a echar».

 

En el transcurso de los meses que siguieron, entre noviembre de 1921 y febrero de 1922, Benjamin redactó en Heidelberg su trabajo sobre las Afinidades electivas, que dedicó a Jula Cohn. Trató también de anudar relaciones en los círculos universitarios, con vistas a sondear la posibilidad de una «Habilitación», para la cual vislumbraba entonces algunas perspectivas, y tomó parte en las veladas filosófico-sociológicas que tenían lugar en casa de Marianne Weber. Allí leyó, sin el menor éxito, una breve exposición acerca de la poesía lírica, que procedía probablemente del prefacio a su proyectada edición de las poesías de Fritz Heinle, y que chocó con la completa y perpleja incomprensión de los asistentes. En cualquier caso, allí tuvo ocasión de establecer unas relaciones bastante cordiales con Karl Mannheim, uno de los más dotados discípulos de Max Weber. En Heidelberg, Benjamin vio una vez a Stefan George durante un paseo por el Schloßberg, causándole su porte una fuerte impresión. Los lazos de Jula Cohn con la escuela de George, en cuyo círculo había ingresado en 1916 por mediación de Robert Böhringer, mantuvieron vivo en él durante largo tiempo un cierto interés hacia la figura de George.

 

Yo estaba ocupado en el final de mi tesis y la preparación de los exámenes. A últimos de enero de 1922 me escribió Walter desde Berlín: «Me parece que, a juzgar por nuestro mutuo y prolongado silencio, ambos estamos bastante al corriente el uno del otro, es decir, ambos sabemos que nos faltan manos para hacer lo que tenemos que hacer». Y acerca de sí mismo añadía: «He trabajado mucho, pero con todo, bien sea realmente a causa del ruido, o bien a causa de la inmensa fatiga provocada por la concentración intelectual, he atrapado de nuevo mi psicosis del ruido, de modo que me encuentro completamente deprimido, y cualquier voz, pero particularmente las del “oeste” [?], me pone frenético, así que debo hacerme a la idea de trabajar exclusivamente por las noches, lo cual no deja de suponer un considerable fastidio. ¿Tienen propiamente los demás tranquilidad, o no la tienen…? Entretanto ha quedado ultimado el anuncio del Angelus. Cuando esté lista la copia mecanografiada, la recibirás. Ahora me ocupo en la terminación, en breve tiempo, de la crítica de las Afinidades electivas. Se trata de un trabajo del que hablo con respeto. Me absorbe completamente. Si es que no conoces el libro, te rogaría que lo leyeses antes de examinar mi trabajo. —Recientemente, Herbertz me ha escrito una carta (sobre el asunto del divorcio, sobre la situación financiera y acerca del artículo sobre la violencia) hasta tal punto conmovedora que he propuesto la moción de nombrarlo miembro corresponsal de la Academia de Muri. Por contra, los esfuerzos de algunos señores en el sentido de nombrar al diputado Scholem [mi hermano], tras su feliz liberación, decano de la Facultad de Bacteriología, han chocado con serias resistencias—. A partir de mañana voy a dar clases de grafología, a 30 marcos la lección, a una pollita de Grunewald que vive aquí al lado. Me he comprado en la KDW [Kaufhaus des Westens] una varita mágica. Espero con tal ayuda poder ir tirando durante una buena temporada…

Salud

y cálidos recuerdos os envía

Walter, aquejado de melancolía

GOETHE.

Walter y Dora me reprocharon que no les hubiese entregado todavía mi contribución para el primer número de la revista, pese a que no sería impreso hasta la primavera, cosa que ciertamente no sucedió, merced al rápido ritmo con que se aceleraba la inflación. Walter me escribió que el primer número incluiría treinta páginas con el título: «Gerhard Scholem: Las promesas incumplidas».

 

Con el trabajo sobre las Afinidades electivas se inició un nuevo giro en la vida espiritual de Benjamin, a saber, el paso de un pensamiento orientado hacia el sistema a otro constituido como comentario. Esto tuvo que hallarse profundamente enraizado en él. En efecto, estoy muy lejos de creer que las conversaciones que mantuve con él a lo largo de aquellos años, sobre todo desde la época de Suiza en adelante, acerca de la importancia central del comentario en la Escritura judía, desempeñasen un papel más que indirecto en ese giro vital. Por mi parte, en aquellos años continuaba estudiando casi diariamente un pasaje del Talmud, en particular en Munich, con el rabino de la pequeña sinagoga ortodoxa, el doctor Ehrentreu, talmudista excelente y todo un sabio al estilo antiguo. Yo solía ensalzarle a Benjamin las virtudes de los comentadores, pero muy especialmente las de Raschi (Rabbi Schlomoh Iizchaki de Worms, del siglo IX), cuya obra representa, en la tradición judía, la cumbre de todo lo que se ha llevado a cabo en manera de comentarios. Con frecuencia, en broma, le decía a Benjamin: «Eres tú quien propiamente debería convertirse en el nuevo Raschi». Su actividad literaria se deslizaba sensiblemente en la dirección del comentario de textos particularmente significativos, en torno a los cuales pudiese cristalizar su pensamiento. Su talento especulativo no se orientaba a la concepción de pensamientos nuevos, sino a la penetración de lo ya dado, de lo preformado, para interpretarlo y transformarlo. Con seguridad no era este giro un acto consciente, cuando menos al comienzo, de modo que no dejó de entregarse a reflexiones que se dirigían más bien hacia la consolización de un sistema. Solo paulatinamente fue haciéndose claramente consciente de esta tendencia, que más tarde, en 1927, encontraría en él ya plenamente conformada.

 

A comienzos de marzo hice mi examen de doctorado, y mis dos principales profesores, el semitista Hommel y el filósofo Bäumker, me sugirieron de inmediato que abordase un trabajo que me permitiera obtener en Munich la «Habilitación» en estudios judíos (cosa que por entonces habría constituido un auténtico Novum en la universidad alemana). Aun sin tomarla seriamente en consideración, esta perspectiva me permitió jugar frente a mis padres la baza de la culminación de mis estudios (mediante el examen de licenciatura en matemáticas) y la preparación de la emigración a Israel, lo que me colocaba en mejor posición que Benjamin frente a los suyos. Así, en la primavera de 1922 nuestras respectivas situaciones en lo relativo a la «Habilitación» se presentaban bajo bien diferentes augurios. Ambos nos hallábamos ante una encrucijada. Benjamin perseguía todavía la idea de realizar una carrera académica como «Privatdozent». Abrigaba a este respecto una clara ambición, y trataba de obtener de sus padres los medios de satisfacerla, cosa que provocaba constantes fricciones en sus relaciones con ellos. En cuanto a mí, sin embargo, desde el instante en que había adoptado la resolución de emigrar a Palestina, cosa que pronto habría de llevar a efecto, había renunciado en lo esencial a toda ambición. Quien en aquella época decidiese instalarse en Palestina no podía pensar seriamente en una carrera, y el hecho de que yo terminase haciéndola no estaba previsto en absoluto. La universidad hebraica de Jerusalén todavía no existía, y nadie creía que pudiera hacerse realidad en un futuro previsible. Ciertamente, yo había publicado algunos artículos en alemán que no dejaron de causar cierta impresión, así como un libro que nadie habían de leer. Debía contar con que en el ámbito de los estudios judíos habrían de existir especialistas dotados de una erudición infinitamente más profunda que la mía, siendo así que yo me encontraba entre los primeros de mi generación que habían emprendido esos estudios de manera independiente y sin la menor intención de convertirse en rabinos. Pienso que había en esta decisión un elemento moral que contribuyó grandemente a granjearme la confianza con la que luego Benjamin me seguiría honrando durante mucho tiempo.

En abril de 1922 retorné a Berlín por espacio de un año, y pasamos juntos los tres meses siguientes. Walter y Dora, que por entonces vivían juntos muy pacíficamente, me habían pedido que hiciese lo necesario para que pudieran tomar parte en un Seder, fiesta hogareña de la víspera de la Pascua judía, celebrada conforme al tradicional ritual judío estrictamente ortodoxo. Así pues, le pedí a mi amigo Moses Marx, hermano de la mujer de Agnon, que les invitase junto a mi hermano Werner, quien era a la sazón el más joven diputado del Parlamento alemán y que, junto a la mayor parte de los socialdemócratas independientes, se había pasado a los comunistas. Aquel heterogéneo grupo, reunido en torno al antiguo ritual, pasó una velada sumamente gozosa. Walter y Dora se sentían bien en la enorme biblioteca, y quedaron cautivados por la personalidad de Moses Marx, que representaba una por entonces no del todo rara mixtura de carácter judío y actitud prusiana. Marx compartía con Benjamin la pasión del coleccionista de libros. El hecho de que este comerciante y coleccionista, tal como previamente le expliqué a Benjamin, apenas fuese realmente capaz de leer y comprender las obras judías que con tanto celo cuidaba y que tan maravillosamente hacía encuadernar por el mejor encuadernador de Berlín, confería a la escena un carácter casi «scheerbartiano». En lo sucesivo, Walter y Dora volvieron a visitar a Marx con cierta frecuencia. En el verano de 1922 conocí, asimismo, en casa de Walter y Dora, a Lotte Wolff, una joven estudiante de medicina que había trabado amistad con ellos. Dora la caracterizaba como una amiga suya particularmente íntima. Se trataba de una mujer poco atractiva, de aspecto pronunciadamente masculino, muy delgada, extraordinariamente despierta y de una gran vivacidad, que había quedado manifiestamente impresionada por Benjamin. Lotte Wolff tenía, por entonces, muy vivos sentimientos judíos, y sin duda había oído hablar a Benjamin de mis estudios al respecto. Charlamos acerca de ello en numerosas ocasiones. Era la época en la que también Benjamin subrayaba de cara al exterior una afinidad con lo judío singularmente intensa. Cuando conoció a Franz Hessel, lector primero de la editorial Rowohlt, Benjamin y Lotte Wolff publicaron traducciones de Baudelaire en la revista de Hessel, de vida efímera, Vers und Prosa. La imagen de Benjamin que ella esbozaría más tarde en algunas páginas de sus memorias, Innenwelt und Außenwelt (1971), da testimonio de su mirada lúcida y su inteligencia, aun cuando algunas cosas se le hayan distorsionado y desfigurado en su memoria. Este relato es la única imagen de Benjamin que, para los años anteriores a 1924, ha sido trazada hasta la fecha.

Las relaciones de Dora y de Walter con Ernst Schoen, al que todavía vería en su casa con cierta frecuencia, así como con Jula Cohn, a quien Walter había pedido inútilmente la mano el año precedente, se extinguieron en parte, y en parte se tornaron imperceptibles. Que Walter seguía pendiente de Jula Cohn, a quien solo vi una vez en aquellos años, en el verano de 1921 en Berlín, con ocasión de que Walter me la presentase, era algo para mí evidente. Dora me habló alguna vez de ello. Su carta de despedida de 1932 y las notas tituladas Agesilaus Santander, que luego he reproducido en Walter Benjamin und sein Engel, constituyen, todavía diez años después, una confesión de ese amor. El propio Benjamin, empero, casi nunca volvió a referirse al tema en sus conversaciones.

En el otoño de 1922 se fueron finalmente a pique tanto el proyecto de la revista, del que el editor Weissbach se retractó en octubre, como las débiles perspectivas de la «Habilitación» en Heidelberg, en la medida en que hubiesen existido realmente. Por el contrario, las amistosas relaciones con Rang se desarrollaron con particular intensidad a partir de 1921. La muerte de Wolf Heinle a comienzos de 1923 y la de Rang a finales de 1924 supusieron duros golpes para Benjamin. Rang, en quien Benjamin veía encarnado el auténtico carácter alemán, representaba, de una manera noble y eminente, aquellas cualidades que eran las opuestas a las suyas. Es probablemente esta polaridad la que cimentaba la mutua atracción entre ambos. Rang era un hombre indómito, fogoso e impulsivo. Impaciente y máximamente exigente incluso en la vida diaria, era a fin de cuentas un cristiano gnóstico. Buber y Benjamin, a los que se sentía ligado por igual, representaban para él encarnaciones del auténtico judío, y le resultaba difícil concebir las reservas insólitamente fuertes que mantenían distantes al uno del otro. La creciente dureza de los juicios de Benjamin sobre Buber se oponía a su no menos creciente admiración por el carácter férreo de que Rang hacía prueba a través de todos los azares. Honraba la lava literaria que las sacudidas y erupciones dejaban tras de sí, y se hallaba, para su propia sorpresa, y más allá de las diferentes concepciones religiosas y metafísicas, justamente en el más elevado plano de lo político, en profundo acuerdo con Rang. La aprobación que tributó, de forma conmovedora, al escrito político de Rang, Deutsche Bauhütte. Ein Wort an uns Deutsche über mögliche Gerechtigkeit gegen Belgien und Frankreich und zur Philosophie der Politik, permite sopesar toda la envergadura de la tan enteramente opuesta resolución que un año más tarde adoptó, o al menos admitió como posible perspectiva, en favor de una política bolchevique radical.

 

A principios de 1923 comenzaron sus esfuerzos por conseguir una «Habilitación» en Frankfurt, esta vez en historia de la literatura alemana moderna, bajo los auspicios del profesor «extraordinario» de sociología Gottfried Salomon, que se esforzaba con elocuencia en su favor ante un grupo de influyentes colegas «ordinarios». Tuve ocasión de seguir de cerca esos primeros pasos, ya que estuve con él en Frankfurt buena parte de los meses de primavera y verano. Benjamin sabía que yo había decidido emigrar de Alemania en otoño y dar a mi vida una nueva orientación o, para mejor expresarlo, que por fin iba a poner en práctica la idea que había estado abrigando desde años atrás. Por su parte, precisamente ese año en el que la catastrófica evolución de la inflación y el deterioro general de las relaciones humanas agudizaba la perspectiva de la emigración, seguía manteniendo reservas frente a Palestina. «En lo que a Palestina se refiere, no existe de momento para mí ni la posibilidad práctica ni una necesidad teórica de ir allá», escribió en noviembre a Rang, cuando yo me encontraba ya instalado en Jerusalén [Briefe, I, p. 311]. Su existencia material en 1922 y 1923 fue en buena medida posibilitada por Dora, que había encontrado un puesto como periodista y traductora de inglés. Quien a la sazón cobraba en divisa extranjera, tal como era, al menos en parte, el caso de Dora, podía mantenerse a flote a pesar de la vertiginosa caída del marco.

No quise abandonar Alemania sin estudiar por última vez los manuscritos cabalísticos de la gran colección de la biblioteca municipal de Frankfurt, de modo que me desplacé a esta ciudad durante cuatro meses. Diariamente «estudiaba» durante una hora del Talmud, y me divertía leyendo, en el marco del «Instituto libre de estudios judíos» de Rosenzweig, junto a algunos otros jóvenes como Ernst Simon, Nachum Glatzer y Erich Fromm, textos del Sohar, del Libro de Daniel y narraciones de Agnon. Ernst Simon me citó un día unos versos que circulaban como «oración de la pequeña K. J. Ver» (la organización de los estudiantes sionistas), acerca de su amigo Erich Fromm, quien entonces se mantenía aún anclado muy estrictamente en la tradición ortodoxa de sus padres:

Hazme piadoso como a Erich Fromm,

para que entre en el reino de los cielos.

Más tarde, Erich Fromm y Benjamin serían colegas en el Instituto para la Investigación Social, cuando Fromm se había convertido en uno de los más influyentes defensores del engarce del psicoanálisis con el marxismo. En esa época, Agnon había tomado una vivienda en Bad Homburg, que compartía con una serie de importantes escritores hebraicos, como Ahad Haam y Bialik. Yo acudía allí a menudo, y también llevé a Benjamin en una o dos ocasiones. Poco tiempo antes de mi emigración encontré con la mayor frecuencia, en casa de Agnon, a Fritz Cternberg, que más tarde formaría parte del circuito que rodeó a Brecht, al que introdujo en el marxismo a partir de 1925, y que luego trataría de cerca igualmente a Benjamin. Vivía en Homburg y trabajaba ya en su primera gran obra, Der Imperialismus (1926). Poco antes se había desligado de Buber y de los «socialistas populares» sionistas, de los que había sido dirigente desde 1918 a 1922, y durante tres o cuatro años estuvo todavía buscando, en el «Poalei Zion», una vía marxista al sionismo. Aún se le tenía como una de las mentes mejor dotadas de la joven generación del sionismo. Como yo mismo, era un gran admirador de Agnon, y se interesaba vivamente por mis proyectos de futuro en Palestina; había escrito numerosos trabajos sobre la construcción del socialismo en este país. Algunas veces, inmediatamente después de haber visto a Benjamin, iba a casa de Agnon, donde me encontraba con Sternberg y su esposa Genia. No podía en absoluto imaginarme entonces que Benjamin, que en esa época no tenía el menor interés por los trabajos de Sternberg, se volvería a encontrar con él al cabo de pocos años, en circunstancias por completo diferentes, y Sternberg se convertiría en uno de sus mentores marxistas. Ya nunca más volví a verle, ni tampoco supe nada de él, y me sentí muy sorprendido cuando Benjamin, estando con él en París en 1938, en respuesta a una pregunta mía acerca de la posición del círculo de Brecht y del Instituto para la Investigación Social frente al Partido Comunista, mencionó en passant a Sternberg (que no quería tener nada que ver con el KPD). Sorprendido, le pregunté: «¿Te refieres al Fritz Sternberg del Imperialismo?». «Naturalmente», respondió. «¿Le conoces, entonces?». «Naturalmente», repuso, «a través de Brecht». «Podría haberle conocido unos años antes, en casa de otro gran poeta», le dije.

En una ocasión, Benjamin me llevó a visitar a Siegfried Kracauer, de la Frankfurter Zeitung, que se encontraba hospitalizado a causa de una leve enfermedad, y tuvo lugar una polémica charla en la que Kracauer, pese a toda su estima respecto a Benjamin, puso de manifiesto claras reservas frente a su «ontología». Todos nosotros teníamos cabezas bastante bien dotadas para la discusión filosófica. Mucho más tarde me ha contado Adorno que él mismo, por entonces joven estudiante, estuvo también presente en esa visita, y fue allí donde me vio por vez primera.

El abismo en el que se hallaba Alemania en 1923, así como el grado de desesperación que exasperó a Benjamin en la contemplación de la situación alemana, se expresó plenamente en el regalo de despedida que me remitió a Berlín poco antes de mi partida, en forma de un rollo manuscrito sin título, de apretada caligrafía: un «análisis descriptivo de la ruina alemana», según lo calificó. Ligeramente corregido, este texto aparece bajo el título de Reise durch die deutsche Inflation, en su libro Einbahnstraße, que redactó cuatro años después. El manuscrito original mostraba todavía los vestigios del horror del presente entonces vivido. Ese texto fue el primer escrito de Benjamin sobre la actualidad social y política —texto cuya dedicatoria alude a un emigrante, yo mismo, a quien se le desea «un feliz viaje»—. Era difícilmente comprensible para mí que un hombre capaz de escribir tal cosa pudiese permanecer en Alemania. Pero él deseaba, como demuestra su tentativa frankfurtiana, agotar hasta el final todas las posibilidades de una carrera universitaria que acaso hubiera podido procurar a su espíritu cierto apoyo material. Cuando nos despedimos, se mostraba bastante confiado a este respecto. Aún no sabía que, por decirlo con la infame y cínica frase de Erich Rothacker referida a Benjamin, el espíritu no puede ser «habilitado».