Walter Benjamin

Gershom Scholem · Capítulo 13 de 18

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Walter Benjamin

Confianza desde la lejanía (1924-1926)

 

Los años que transcurrieron entre nuestra separación y la muerte de Benjamin se encuentran documentados esencialmente, en lo que a nuestras relaciones concierne, en las pormenorizadas cartas que intercambiábamos a propósito de su trabajo y sobre diversos aspectos de su vida; estas cartas, cuyos más relevantes fragmentos figuran en la ya citada edición de su correspondencia, se distinguen, salvo raras excepciones, por una franqueza sin reservas cimentada sobre la confianza mutua. Yo me había establecido en Jerusalén, me había casado y había encontrado trabajo en la Biblioteca Nacional Judía. Me hallaba ya lejos, por tanto, de la esfera en la que se desarrollaría su vida en el curso de los años siguientes; dejé de estar implicado en sus peripecias, y esto contribuyó a que me abriese su corazón como apenas lo haría con ningún otro. Tan solo sus relaciones con las mujeres quedaron prácticamente excluidas en sus informaciones, si bien pude aún colegir alguna idea al respecto en diversas alusiones, muy vagas por lo demás, así como a partir de lo que más tarde oí contar a algunas de sus amigas. Ocasionalmente, en períodos de fuertes requerimientos afectivos o de sobrecarga de trabajo, se pasaba meses sin escribirme, pero en otras épocas se sucedían las cartas a un ritmo rápido, como por ejemplo durante los seis meses que pasó en Italia en 1924, tras la estabilización de la moneda alemana. Este viaje, que habría de procurarle una liberación de la cada vez más insoportable tensión que significaba la situación en Alemania, había estado considerándolo ya durante todo el otoño y el invierno, y sus cartas a Rang se encuentran repletas de alusiones al tema. El padre de Benjamin enfermó gravemente en ese otoño, habiendo de someterse a la amputación de su pierna derecha. Por otro lado, las relaciones con Dora se hicieron un tanto más difíciles, y Benjamin se mantuvo retirado durante largo tiempo en una habitación alquilada.

De manera sorprendente, las perspectivas de una «Habilitación» universitaria en Frankfurt se hicieron más favorables; existían allí ciertas expectativas de cara a la presentación de su estudio, que él mismo había propuesto, sobre el drama barroco alemán. Sus cartas reflejan la transformación que este trabajo supuso en su espíritu. Los dos años que empleó en su redacción se cuentan entre los más agitados de su vida. A poco de mi emigración apareció el volumen de sus traducciones de Baudelaire, cuyo prefacio, Über die Aufgabe des Übersetzers, representa un punto culminante del período en que se orientaba manifiestamente hacia la teología en materia de filosofía del lenguaje. Confería un valor particularmente grande a estas páginas, en las que veía algo así como su credo. Por cierto que contenían todos los ingredientes que habrían de darle la fama de escritor incomprensible. El completo silencio con el que fueron acogidas supuso su primera desilusión en el plano literario. La única excepción estuvo representada por una frase ridícula e insignificante de Stefan Zweig, de la que Benjamin se quejó amargamente. El 13 de junio de 1924 me escribió:

… estos días he sido víctima de un amargo disgusto. El señor [Siegfried]

Kracauer, de la Frankfurter Zeitung —tú le conocerás sin duda—, había

prometido hace meses, por mediación de un amigo, hacer una reseña

favorable a mi Baudelaire, y por fin había conseguido de Weissbach que se le

enviase un ejemplar. Pues bien, merced a un chanchullo de redacción, el libro

le ha sido sustraído a S. K., de cuya boca brotan las promesas con tanta

facilidad como se rellena la columna de un diario, para finalmente ir a parar a

manos de Stefan Zweig. Las traducciones de Baudelaire realizadas por este

autor las tengo escondidas desde hace años en un armario de mi biblioteca: en

el armario de la ponzoña. Preveo lo que va a suceder; mis protestas en la

Frankfurter Zeitung no han tenido éxito; ya no hay nada que hacer. Pero

cuando empiezo a creer que el asunto quedará sin efecto, aparece la recensión,

como recién lavada —una mañana de domingo, naturalmente, para que todo

Frankfurt pueda complacerse en ello con la mayor tranquilidad—. Con una

objetividad bien confeccionada, que excluye para un lector desprevenido

cualquier sospecha sobre el contexto del que procede. Podría incluso haber

sido, eventualmente, todavía un poco peor, pero es imposible que pudiese

haber resultado más dañina. A la gente que conoce el libro no le producirá

quizá un efecto excesivamente notable, dado que es demasiado superficial y

demasiado corta. El prefacio no es ignorado, ciertamente, sino mencionado en

una mezquina observación («como demuestra el prefacio, el autor era

consciente de sus dificultades») (¡tal es su estilo!). Mi disgusto ha sido tanto

que, nada más leerla, he traspapelado la hoja del periódico y ya no he podido

volver a encontrarla.

Cuando escribió estas líneas se hallaba en Capri desde hacía ya dos meses, en compañía de Ernst Bloch, Erich y Lucie Gutkind y algunos otros que, como él mismo, no solo buscaban una liberación a través de la atmósfera de la vida italiana y de un paisaje excepcional, sino que se proponían igualmente gozar de las ventajas de la vida inusitadamente barata que se podía llevar en Capri.

 

¿Fue únicamente una casualidad o había acaso algo más en el hecho de que solo un año después de nuestra separación se produjese en Walter el giro que le llevó, por vez primera, hacia la «idea de la actualidad de un comunismo radical» como una opción perfectamente legítima en la vida política? Sus cartas de Capri se hallaban atravesadas por crípticas alusiones a Asia Lacis, que no era jamás llamada por su nombre, sino que me la describía como «una revolucionaria rusa de Riga, una de las mujeres más excepcionales que he conocido», o bien como «una prominente comunista que trabaja en el Partido desde la revolución de la Duma». En sus cartas no decía que se hubiese enamorado de ella, pero me parecía claro como el agua. Estas primeras revelaciones sobre la «praxis política del comunismo», que ahora, «en tanto que postura comprometida», se le aparecía «bajo una luz diferente a la de antes», me dejaron sumamente perplejo. En lo relativo al problema teórico del comunismo no necesitaba, por el momento, discutir con él, puesto que todavía se encontraba harto distante de la teoría marxista y consideraba como carentes de sentido los fines del comunismo; pero acerca de la praxis del comunismo sabía yo bastante más que él, no solo a través de mi hermano, con el que antes de mi emigración había mantenido largas y bastante agrias discusiones al respecto, sino también por mis experiencias en Palestina. No disimulé en absoluto ante Benjamin mis reservas y mis temores; así, cuando me ensalzó el gran libro de Lukács, Historia y conciencia de clase, sobre el que Bloch le había llamado la atención, le recordé que precisamente esta obra había sido sometida a un violento bombardeo por parte de los portavoces teóricos del comunismo ruso, quedando estigmatizada como una recaída en el idealismo burgués. En Capri no había leído todavía el libro de Lukács, pero me escribió que lo leería tan pronto como pudiese hacerlo, añadiendo que «mucho me equivoco si en la discusión crítica de los conceptos hegelianos y las tesis de la dialéctica hacia el comunismo no se han de manifestar los fundamentos de mi nihilismo» [Briefe, I, p. 335]. Para mí, por el contrario, el comunismo representaba la posición exactamente opuesta a las convicciones anarquistas en las que tanto Benjamin como yo habíamos coincidido hasta ese momento en el plano político.

 

Con ello se inició en Benjamin una dualidad que en un principio se mantuvo apenas perceptible y que durante los cinco o seis años siguientes no se manifestó en sus escritos sino de un modo marginal, pero que luego, con la aceptación de las ideas teóricas procedentes del acervo marxista, confirió a sus trabajos esa apariencia de ambigüedad que unos años más tarde le achacaría yo en cierta importante carta. El conflicto entre sus modos metafísicos de pensar y los marxistas, en los que trataba de transformar aquellos, comenzó a determinar su vida espiritual desde 1929 en adelante, marcándola de una manera absolutamente inconfundible. Pero de ello hablaré más tarde. El libro sobre el Trauerspiel, en cuyo período de incubación la perspectiva comunista no se hizo valer sino como un elemento retardatario, no contiene la menor referencia ni el concurso de tales ideas. El trasfondo filosófico que confirió al libro, así como los temas en él desarrollados sobre la dialéctica del fenómeno del «Trauerspiel», permanecen en el ámbito metafísico del que provienen y al que se mantienen encadenados incluso en su ejecución. No hay el menor vestigio de categoría marxista alguna. Por cierto que este libro fue concluido en un período en el que Benjamin se planteaba seriamente la cuestión de si debía ingresar en el Partido Comunista Alemán, una pregunta que no dejó de hacerse sino hasta comienzos de 1927, en Moscú, cuando a la postre, tras la ponderación de los pros y los contras, respondió negativamente. Pero esa dualidad de su pensamiento se hizo sentir ya en esta primera época de su encuentro con las ideas comunistas, de igual modo que luego marcaría sus escritos de forma cada vez más acusada, hasta terminar atravesándolos por entero. Las referencias a la naturaleza experimental, heurística, de este trato con el universo ideológico o, como él suponía, con la praxis del comunismo, volverían a surgir una y otra vez, desde su regreso a Berlín hasta el final de su vida, en las cartas que me dirigía y en las conversaciones que aún mantuve con él. En absoluto era este un proceder meramente táctico mediante el cual pretendiese eludir ciertas objeciones de principio, sino que respondía precisamente, tal como lo evidencia la totalidad de su producción literaria hasta los últimos días, a una convicción efectiva que no le permitía en ningún momento hacer cruz y raya con su pensamiento anterior para, desde un punto arquimédico recientemente conquistado, volver a elaborar uno nuevo. Más bien subsistiría, de un modo frecuentemente enigmático, una suerte de yuxtaposición, o una interna imbricación de ambas formas de pensar, la teológica-metafísica y la materialista. Es justamente esta mutua imbricación, que por su propia naturaleza no podía desembocar en ningún equilibrio estable, la que confiere a aquellos trabajos de Benjamin que fueron inspirados por tal actitud ese efecto tan significativo suyo y ese profundo esplendor que, de manera impresionante, los hace destacar sobre la mayor parte de los productos del estilo de pensamiento y de la crítica literaria materialistas, que se distinguen por su carácter extraordinariamente aburrido. Este nuevo enfoque produjo en su pensamiento una fermentación para la que durante mucho tiempo no encontró una expresión adecuada, cosa que le indujo a aplazar para más adelante las explicaciones escritas de una más precisa naturaleza. Estas se iniciaron con la carta del 22 de diciembre de 1924 (publicada), tras haberle pedido yo que determinase con mayor exactitud los motivos que habían provocado su giro vital de Capri. En esta carta no hablaba sino de los «guiños comunistas» que, tal como explicó en una fórmula tan brillante como enrevesada, eran «presagios de un cambio que ha despertado en mí la voluntad de no seguir ya, como he venido haciendo hasta ahora, enmascarando en lo ancestral los aspectos actuales y políticos de mi pensamiento, sino de desarrollarlos, y esto a manera de ensayo, hasta el extremo». La continuación de la carta demuestra hasta qué punto pretendía subrayar aquí la expresión «a manera de ensayo». En efecto, habla en ella de la prosecución de sus trabajos exegéticos, cuyo alcance reduce a la defensa de «lo auténtico contra las adulteraciones expresionistas», adscribiéndole por tanto un carácter a la vez conservador y conservatorio, incluso en el contexto de la inminente aparición de su dialéctica metafísica; ya que por lo pronto, según decía, le sería vedado «abordar, en la actitud de comentador que me es connatural, unos textos de una significación absolutamente distinta y en el marco de una totalidad por completo diferente». En el contexto de nuestras charlas y discusiones de los seis años precedentes, esta observación se refiere inequívocamente a los textos hebraicos de la literatura judía, cuyo comentario representaba para él una suerte de punto de fuga de carácter utópico. Entretanto, opinaba, sus reflexiones en el plano político, aquí netamente diferenciado del plano teológico, habían producido en su propia posición intelectual, esto es, en su pensamiento no materialista, el inesperado efecto de haber «renovado en distintos puntos el contacto con una teoría bolchevique radical» [Briefe, I, p. 368].

Sigue pareciéndome muy curioso el hecho de que Benjamin hiciese, cuando menos ante dos hombres, Max Rychner y Theodor Adorno, hacia 1930, aquella observación según la cual el prólogo al libro sobre el Trauerspiel solo podría ser comprendido por quien conociese la Cábala —cosa que en el fondo hacía de mí, virtualmente, la única persona capacitada para comprenderlo—. Cada uno de ellos había oído esta declaración a Benjamin de manera independiente, y ambos me preguntaron, más de veinte años después, si estaba realmente justificada, y hasta qué punto. Pero a mí mismo, que por así decir era el más idóneo para ser objeto de una comunicación tal, no me hizo jamás, ni por escrito ni oralmente, afirmación alguna en ese sentido, a no ser que se entienda como una implícita alusión al respecto la dedicatoria que me escribió en mi ejemplar del libro: «A Gerhard Scholem, para que lo instale en la última Thule de su biblioteca cabalística», como si de algún modo esta obra tuviese su lugar adecuado en una biblioteca cabalística. Acaso considerase que los puntos de contacto del prólogo con las ideas de la teoría cabalística del lenguaje, aun cuando totalmente alejadas, serían para mí evidentes de una forma inmediata y no requerirían de mayores explicaciones, lo cual era verdad en cierto sentido; ¿o tal vez se permitió jugar conmigo a las adivinanzas? ¿Había cedido a la tentación de una pequeña fanfarronada, o bien pretendía cifrar de esta manera el reproche de incomprensibilidad —un reproche, por cierto, que pocas páginas de su entera producción literaria merecerían con mayor fundamento que esta introducción—, remitiéndose a algo más incomprensible todavía, como en general parecía ser la Cábala? No lo sé. Pero me viene a la memoria una observación que hice, también en los años treinta, y que mis alumnos solían citar. En efecto, en cierta ocasión les dije que para comprender la Cábala en nuestros días se debía previamente leer los escritos de Franz Kafka, y en particular el Proceso.

En todo caso, las cartas de Benjamin de los años siguientes, y no solo las dirigidas a mí, continuaron todavía reflejando enteramente la anterior línea de pensamiento. El «giro» que sobrevino se manifestó más bien, por de pronto, como un cambio virtual, pero apenas quedó plasmado en formulaciones teóricas concretas.

Ignoro si Asia Lacis llegó a acompañarle a Alemania en el otoño de 1924; en cualquier caso, la visitó hacia finales del otoño de 1925 en Riga, donde permaneció durante algún tiempo. En este año de 1925 tuvieron lugar importantes acontecimientos en la vida de Benjamin: la conclusión de su tesis doctoral y el definitivo fracaso de sus proyectos académicos, fracaso que se hallaba a su vez ligado a una profunda resistencia interna contra una carrera académica, como yo mismo le había diagnosticado en una carta anterior; fue aquel año igualmente el que vería el comienzo de su actividad periodística, al principio en la Frankfurter Zeitung y en Querschnitt, pero después, sobre todo, en la recientemente fundada Die Literarischen Welt, donde Willy Haas, y a despecho de ciertas resistencias, le abrió un campo de actuación verdaderamente holgado. Me enviaba con bastante regularidad tanto sus más importantes trabajos como sus artículos menores y las reseñas que escribía, de modo que pude establecer un archivo casi completo de sus publicaciones. Con ello iba de la mano la estrecha relación que estableció con Ernst Rowohlt, que por lo demás solo en parte mantendría luego las generosas promesas que le había hecho y las garantías que le había dado, si bien es cierto que no dejó de reconocer su talento extraordinario y el tono nuevo de su literatura crítica.

En aquel año, además, Benjamin estrechó los lazos de dos importantes relaciones personales. Me refiero, por una parte, a su correspondencia, conducida con un considerable tacto diplomático, pero con no menor respeto y estima por su persona, con Hugo von Hofmannsthal; y, por otra parte, a su relación con Franz Hessel, junto al cual concibió el notable proyecto de realizar una versión alemana de En busca del tiempo perdido que se hallase a la altura de la gran novela de Proust. Hofmannsthal, que tenía de él la más elevada opinión, como demuestra su correspondencia, y que a la postre sería el único escritor de alto rango y prestigio que se empleó activamente en su favor, le remitió la que fue la más delicada de sus criaturas, la primera versión de su Turm, de la que hizo Benjamin una detallada recensión. Con todo, lo que a este propósito me escribió no deja de ser revelador de la diplomática dimensión de que se hallaba investida esta relación: «No la he leído todavía. Mi juicio privado está ya establecido de antemano; y lo mismo cabe decir respecto al que voy a publicar, que será el opuesto». Benjamin estimaba mucho igualmente a Franz Hessel, más al hombre que al escritor, cuyo Spazieren in Berlin le interesó en razón de una tendencia que le resultaba afín. Hessel, que en su juventud en Munich se había encontrado próximo al círculo de George, Klages y Schuler, y que era uno de los autores del Sckwabinger Beobachter, en el que, a través del famoso asunto del «cacao» habían sido parodiados los llamados «enormes» de aquel círculo, le participó a Benjamin numerosas intimidades e instructivos detalles acerca de aquellos tiempos de Munich (1903-1904), que ninguna otra persona podría haberle proporcionado. Benjamin me contaría después, en París, bastantes cosas al respecto.

En 1925 se casó Jula Cohn con el químico Franz Radt, hermano de la primera novia de Benjamin, Grete Radt. Él continuó relacionándose todavía durante mucho tiempo con la pareja, que luego se estableció en Berlín. En compañía de Fritz Radt viajó en una o dos ocasiones a Zoppot, en cuyo casino se rendía a la pasión por el juego que de vez en cuando se apoderaba de él. En uno de estos viajes perdió todo el dinero que había llevado consigo, hasta el último céntimo, y tuvo que pedir prestado el importe del billete para el viaje de regreso a Berlín.

Un gusto innato por el viaje, una cierta desazón y una insatisfacción interior frente a las circunstancias en las que se desarrollaba su vida en tanto que homme de lettres, todo ello confluye a la hora de explicar la gran cantidad de direcciones y lugares de residencia, continuamente cambiantes, desde los que recibí cartas y tarjetas postales en el curso de los años siguientes. No bien se le presentaba una oportunidad, se iba de viaje. Es probable que la creciente distancia entre él y Dora contribuyese igualmente a ello, y acaso también la muerte de su padre en julio de 1926. Pero a partir de 1926 sería París, donde pasó la mayor parte de ese año trabajando en su versión de Proust, la ciudad que alcanzaría un lugar sólido en su corazón. Sentía una extraordinariamente viva atracción por esta ciudad, y a ella regresaba siempre que le era posible. Sus obligaciones profesionales, sin embargo, le forzaban constantemente a largas estancias en Berlín, pero las cartas que escribía desde allí portaban el sello de la inquietud, en tanto las que procedían de París eran mucho más serenas, y hasta alegres. Entretanto había leído Historia y conciencia de clase de Lukács; todavía bajo la fuerte impresión que le había ocasionado este libro, leyó asimismo el capítulo sobre el carácter fetichista de la mercancía, de la primera parte del Capital, un capítulo de lectura obligatoria para todo intelectual de coloración marxista, así como algunos análisis comunistas de la actualidad política, como el ¿Adónde va Inglaterra?, de Trotski. Buscaba ocasiones para ir a Rusia, adonde le impulsaban tanto su objetivo interés por lo que allí estaba sucediendo como la resolución personal que entretanto había tomado, a saber, la de estrechar sus lazos con Asia Lacis. Sus propósitos no se cumplieron sino tras la superación de bastantes dificultades burocráticas, que casi llegaron a hacerle renunciar a su plan de viaje. Estuvo en Moscú desde el 6 de diciembre hasta el 1.o de febrero de 1927, provisto del dinero de distintos anticipos recibidos a cuenta de los trabajos a los que se había comprometido, entre ellos un gran ensayo sobre su viaje encargado por Buber para su revista Die Kreatur. Se ha conservado el pormenorizado diario que a este propósito escribió, una extravagante miscelánea donde pueden hallarse, junto a diversas notas acerca de sus relaciones personales con Asia Lacis, que en absoluto se desarrollaban como era su deseo, apuntes sobre sus encuentros con personajes conocidos y con diferentes funcionarios culturales soviéticos, así como detenidas descripciones de la fisonomía de la ciudad y de la vida soviética con vistas al proyectado artículo. Este diario refleja con la mayor fidelidad el estado espiritual que habría de llevarle luego a la decisión de no ingresar en el Partido Comunista. Sus cartas de Moscú eran, por razones comprensibles, escasas y reservadas, escritas a veces en un papel miserable, el único que pudo procurarse en Moscú, y, en contra de lo que era su costumbre, a lápiz.

Cuando vuelvo a leer las cartas que me escribió en el curso de los tres años que mediaron desde su viaje a Capri hasta nuestro reencuentro en París, en agosto de 1927, me produce verdadero asombro constatar en qué pequeña medida repercutió aquel nuevo cambio, anteriormente descrito, en el plano de nuestra comunicación personal e íntima. Solíamos recomendarnos mutuamente libros y artículos que nos parecían importantes o simplemente curiosos, incluso desde el punto de vista del otro. Pero sus cartas son tan pobres en recomendaciones referentes a la literatura marxista como pobre era, en lo concerniente a títulos relevantes de este género, su lista de libros efectivamente leídos hasta el final, lista que llevaba con un cuidado sorprendente. Si es que con su viaje a Moscú aspiraba también a establecer relaciones literarias con Rusia, esto no lo consiguió sino en una medida muy limitada. Ahora bien, las decepciones que en este ámbito se trajo de allí no podían propiciar un debilitamiento de la orientación metafísica de su pensamiento. En consecuencia, la inspiración que Asia Lacis le había aportado quedó todavía por desarrollar.

 

Entretanto, mi situación en Jerusalén se había modificado de una manera sorprendente. Apenas un año después de mi llegada, y gracias a las espontáneas donaciones de algunos hombres adinerados y favorables a la idea de una universidad hebraica en Jerusalén, fueron facilitados los medios que hicieron posible la fundación de un «Instituto de Estudios Judíos», como núcleo de una futura facultad de filosofía. Ello supuso un importante paso en el camino de un centro de estudios libre de orientaciones teológicas prefijadas, consagrado a una investigación viva, histórico-crítica del judaísmo, centro que podía despertar grandes esperanzas de cara a una renovación de la ciencia del judaísmo, sobre cuya situación, como ya he mencionado, abrigaba yo no pocas reservas. Por parte de las instituciones directivas se había pensado en principio en un instituto de investigación, que solo paulatinamente se habría de desarrollar como un centro de enseñanza en el que se impartirían incluso estudios formales y hasta se concederían, horribile dictu, diplomas. Es menester recordar que en los años veinte, en los que el reciclaje profesional estaba a la orden del día en los medios sionistas, ya que existía entre los judíos un numeroso «proletariado académico», los títulos y los diplomas eran considerados con cierto desprecio. No necesito hablar aquí de los esfuerzos y peripecias un tanto dramáticos que trajo consigo la creación de aquella facultad de estudios judíos. En todo caso, pocos meses después de la inauguración de la universidad, que fue celebrada con gran solemnidad a comienzos de abril de 1925, fui contratado como docente para la especialidad de mística judía, que había permanecido hasta entonces prácticamente sin investigar; de este modo pude en adelante —yo contaba a la sazón veintiocho años— dedicar toda mi energía y capacidad de trabajo a ese ámbito de investigación, profesión esta que mi padre, por entonces recientemente fallecido, había deplorado en cierta ocasión, calificándola como una «habilidad que no da de comer».

Así pues, el comienzo de mi carrera universitaria, que de manera tan inesperada se acababa de inaugurar, coincidió con el fracaso de los esfuerzos llevados a cabo por Benjamin a lo largo de los seis años precedentes. Sencillamente, yo tuve más suerte. Ya que no es exagerado afirmar que el gremio que me llamó comprendía exactamente tan poca cosa de mis trabajos como aquellos que rechazaron el trabajo de Benjamin. Gottfried Salomon, que tanto se había esforzado en su favor, me contó después que Hans Cornelius y Franz Schultz, a los que correspondía el voto decisivo en la valoración de la tesis de «habilitación» docente de Benjamin, le habían explicado que no entendieron ni una palabra de su libro, y ello, por cierto, sin que por su parte existiese elemento alguno de mala voluntad respecto de Benjamin.