Adiós, Janette
Capítulo 2
dos
Carroll abrió la puerta para dejar entrar a Jacques en la suite del hotel.
—Le he estado esperando —dijo.
—He venido en cuanto me ha sido posible —explicó Jacques—. Aquello era una casa de locos. Las últimas cuatro horas han sido decisivas. —Se acercó al bar y se sirvió un whisky con hielo—. Necesito un trago.
Carroll le contempló mientras tomaba un sorbo.
—Y, ¿cuál ha sido la decisión?
—Ha desechado la colección de Philippe y están empezando desde el principio — contestó Jacques, con el vaso en la mano.
—No lo conseguirá a tiempo para las presentaciones —dijo Carroll.
—Usted no la conoce —replicó Jacques—. Lo conseguirá.
Carroll le miró un momento.
—Necesitará dinero. ¿De dónde piensa sacarlo?
Jacques le miró a su vez.
—De usted.
La voz de Carroll era ecuánime.
—¿Y si no se lo doy?
—Bidermann le va detrás —mintió Jacques—. Se volvería loco solo con que ella le sonriera.
Carroll guardó silencio. Volvió al sofá y se sentó con expresión pensativa.
—La haute couture no significa nada para mí —dijo.
—Ella ya lo sabe —contestó Jacques—. Ha estado trabajando en una colección de prêt à porter diseñada por ella misma.
Carroll se mostró interesado.
—¿La ha visto?
Jacques asintió.
—Me ha enseñado los dibujos. Y son muy buenos. Realmente buenos. Además, creo que llevará a Philippe en esa dirección, pues le he oído decir que no hay razón para esperar que la Séptima Avenida los copie, si puede hacerlo ella misma, más deprisa y mejor.
—¿Cree que querrá hablarme del asunto esta noche? —preguntó Carroll.
—Me parece que por eso le ha invitado a cenar —dijo Jacques—. El mayor problema con que deberá enfrentarse es Johann. Ella se muestra reacia a asociarse otra vez con él. Tiene miedo de que intente hacerse cargo de todo.
—Johann me deja llevar mi propia tienda —dijo Carroll con irritación—. Lo único que le interesa son los beneficios.
—Eso es muy propio de él —comentó Jacques—. Siempre ha sido así.
—No tendré problemas con él —dijo Carroll—. Sabe que ando tras ella desde nace mucho tiempo.
Jacques volvió a llenarse el vaso. No habló.
Carroll alzó los ojos hacia él.
—¿Cuál es el motivo de la cena de esta noche?
Jacques tomó un sorbo del vaso.
—Es una fiesta para dar la bienvenida a su hermana.
—¿Se refiere a Lauren? —Una nota de estupefacción se reflejó en la voz de Carroll.
Jacques asintió.
—Hace diez años desde que…
—La conozco —dijo Carroll—. La he visto varias veces en casa de Johann. Siempre había tenido la impresión de que Johann quería mantenerlas separadas. No se parece en nada a Janette.
—¿Cómo es? —Jacques sentía curiosidad.
—Muy americana, muy californiana. Rubia, bronceada, ya sabe, tejanos, hierba, vino, muy liberada, como todos los jóvenes de hoy día. Creen que son la primera generación en haber descubierto la juventud.
Jacques se echó a reír.
—¿Por qué se ríe? —preguntó Carroll.
—Ahora estoy ansioso por verla —contestó Jacques—. La última vez que la vi tenía siete años.
—Entonces, prepárese para una sorpresa —dijo Carroll.
—No me gusta ese Harvey —dijo Heidi cuando Johann se sentó a desayunar.
Él la miró, sorprendido, mientras alzaba la taza de café.
—¿A qué viene eso ahora?
—Apenas hacía veinticuatro horas que ella se había marchado cuando el muchacho ha llamado para preguntar su número de teléfono en París.
Johann sonrió. Cogió una tostada y empezó a untarla de mantequilla.
—No veo nada malo en eso.
La voz de Heidi estaba llena de reproche.
—Johann, ¿sabes que ese Harvey se droga?
—¿Y qué? Esto no significa nada. Por lo que he oído decir, los hijos de todo el mundo se drogan.
—Encontramos drogas en la habitación de Lauren cuando fuimos a limpiar —dijo Heidi.
—¿Qué drogas? —preguntó Johann.
—Marihuana, píldoras. No sé qué son. Creo que las consigue a través de Harvey.
—¿Te da la impresión de que tu hija es una drogadicta, mamá? —preguntó él en broma.
—No, pero…
—Entonces deja de preocuparte. Lauren es una chica lista. Sabe cómo cuidarse.
—Supongo que sí —dijo ella—. También encontré esto. —Le enseño una caja pequeña.
—¿Qué pastillas son esas? —preguntó él.
—Pastillas anticonceptivas —contestó Heidi.
Él se echó a reír.
—Entonces yo tenía razón. Sabe cómo cuidarse.
—Solo tiene diecisiete años.
Johann dejó la taza sobre la mesa.
—Vamos, no te preocupes. No le pasará nada.
—No me gusta la idea de que esté con Janette —dijo ella.
—Lo que no te gusta es la idea de que se haya ido sola. El pajarillo empieza a dar signos de querer dejar el nido. Es normal a su edad. ¿No me dijiste que tú habías hecho lo mismo?
—No fue exactamente lo mismo. Yo me marché para ir a la universidad.
—Heidi —dijo Johann con suavidad—, tranquilízate. No le pasará nada.
—Prometió telefonear en cuanto llegara —dijo Heidi.
—Hay ocho horas de diferencia entre París y California. —Consultó su reloj—. Aquí son las ocho de la mañana, de modo que allí deben ser las cuatro de la tarde. Apuesto a que está descansando del viaje y te llamará cuando se despierte.
—Si a las diez no me ha llamado, la llamaré yo —dijo Heidi.
—No, de ninguna manera —replicó Johann con firmeza—. Ya es una señorita. No la hagas sentir como una niña.
El teléfono que había a su lado de la mesa empezó a sonar y él lo descolgó.
—¿Sí? —dijo—. De acuerdo, póngame en comunicación con él. —Tapó el micrófono con la mano—. Es Carroll, que llama desde París. —Retiró la mano—. Hola, Joe. No, no te preocupes. Estoy desayunando. Desde luego, puedes hablar.
Heidi le observó mientras él escuchaba la voz del teléfono. En aquel momento entró una doncella y dejó una fuente de huevos con jamón encima de la mesa. Heidi cogió un plato vacío y lo colocó invertido sobre la fuente para que se mantuviera caliente hasta que él terminara de hablar.
Finalmente Johann colgó el teléfono y, mirando hacia el otro lado de la mesa, le sonrió.
—No hay por qué preocuparse —dijo, levantando el plato que cubría la fuente—. Ha llegado sana y salva y Janette da una pequeña cena en su honor esta noche.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Heidi—. Ni siquiera tiene un vestido decente que ponerse. Le dije que se llevara uno, pero ella me contestó que no lo necesitaría.
Johann se echó a reír.
—Yo tampoco me preocuparía por esto. Estoy seguro de que Janette no la dejará bajar a cenar desnuda.
Lauren abrió los ojos. Miró a su alrededor con extrañeza y tardó un momento en darse cuenta de que no estaba en su casa. Dio media vuelta en la cama y vio a Janette sentada en un sillón, contemplándola. Se incorporó sobre las almohadas y se desperezó, sin intentar cubrir su desnudez.
—Me he quedado dormida —dijo, como si quisiera disculparse.
Janette sonrió.
—Es normal. El cansancio del viaje. Parecías dormir tan bien que me preguntaba si debía despertarte.
—¿Es tarde?
—No. Tenemos tiempo de sobra. Los invitados no empezarán a llegar hasta dentro de dos horas.
Lauren saltó de la cama y se dirigió hacia el cuarto de baño.
—Vuelvo en seguida. —Cuando volvió llevaba un albornoz, que había encontrado en el cuarto de baño. Se sentó en el borde de la cama, delante de Janette, y encendió un cigarrillo—. ¿Has pasado un buen día? —preguntó.
Janette se encogió de hombros.
—Comme çi comme ça. Siempre hay problemas.
Lauren se rio entre dientes.
—Es lo que papá —Johann— dice siempre.
—¿Trabaja mucho? —Tal como Janette lo dijo, era una pregunta.
—Muchísimo —contestó Lauren—. Incluso de noche y los fines de semana. Siempre lleva un maletín repleto de papeles que tiene que estudiar. Creo que a veces incluso se los lleva a la cama.
—¿Y Heidi? ¿Qué hace?
—Tiene muchas cosas con las que mantenerse ocupada. Ya sabes, asuntos sociales y caritativos, además de las casas. Y casi siempre acompaña a Johann en los viajes de negocios.
—No entiendo por qué no han tenido hijos propios —dijo Janette.
—Heidi tuvo dos abortos —explicó Lauren—. No estoy muy enterada. Ocurrió cuando yo era una niña.
—Lástima —dijo Janette, pensativa—. Siempre he creído que Johann habría sido un buen padre.
—Lo ha sido —repuso Lauren—. Para mí.
—Antes le has llamado papá. ¿Llamas mamá a Heidi?
—Sí.
Janette asintió.
—Me parece muy bien.
—Esto es lo que son para mí —dijo Lauren.
—No creo que haya nada malo en ello —se apresuró a declarar Janette—. Se lo merecen. Te quieren mucho.
—Y yo les quiero a ellos —dijo Lauren. Después se rio entre dientes—. Aunque sean un poco anticuados.
—No te comprendo —dijo Janette.
—Aún actúan como si yo fuera una niña —explicó Lauren—. Se preocupan demasiado.
—¿Tienen razones para preocuparse?
—Creo que no —contestó Lauren—. Me las arreglo bien. —Volvió a bostezar y se desperezó—. No consigo despertarme del todo.
—Una ducha de agua fría y caliente te dejará como nueva —dijo Janette.
—Creo que una línea será más efectiva —replicó Lauren.
—¿Una linea?
—Una esnifada, cocaína, ya sabes. Dos líneas y una roja y te sientes capaz de comerte el mundo. —Se levantó de la cama y fue al tocador. Abrió un cajón y sacó una pequeña bolsa de cosméticos. Se volvió otra vez hacia Janette mientras abría la cremallera, con el albornoz desatado y abierto—. ¿Quieres animarte?
—No me iría mal —dijo Janette.
Lauren sacó un frasco de la bolsa y se arrodilló frente al sillón de Janette. Metió una pequeña paja de plástico en el frasco, la sacó y la acercó a uno de los orificios nasales de Janette.
—Aspira.
Janette notó que la cocaína se introducía en su cabeza.
—Ahora el otro lado —dijo Lauren antes de que Janette pudiera hablar.
Janette aspiró de nuevo. Esta vez notó que le llegaba hasta el cerebro.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Qué demonios hay ahí?
Lauren se echó a reír.
—Lo mejor de lo mejor. Coca farmacéutica. No la porquería que sacan a la calle.
Janette la observó mientras hacía dos rápidas inhalaciones. Notó un súbito relajamiento de todos sus músculos. Las tensiones del día empezaron a desaparecer.
Los ojos de Lauren centellearon. Se puso en pie y tiró el albornoz al suelo. Abrió los brazos y empezó a bailar por la habitación.
—¡No puedo creerlo! ¡No puedo creerlo!
—¿Qué? —preguntó Janette.
—Estoy en París. ¡Estoy realmente en París! —rio Lauren—. Y estoy contigo. No sabes cuántas veces he soñado que estaba aquí contigo.
Janette se echó a reír.
—Eres encantadora —dijo—. Solo espero que ni París ni yo te decepcionemos.
El teléfono próximo a la cama empezó a repiquetear. Janette se levantó del sillón y lo cogió. Escuchó un momento, y después alargó el receptor a Lauren.
—Es un tal Harvey que llama desde California.
Lauren cogió el teléfono.
—Harvey, ¿cómo has conseguido mi número?
La voz de Harvey resonó en el aparato.
—Tu madre me lo ha dado. Parecía algo reacia. Como si no quisiera decírmelo. También se ha quejado de que aún no la hubieras llamado.
—Me he olvidado y después me he quedado dormida —contestó Lauren—. ¿Por qué llamas?
—Mi padre dice que si puedo reunir el dinero me da permiso para ir a Europa en agosto. Él me dará la mitad si yo gano la otra mitad. ¿Estarás todavía en París?
—No lo sé —dijo Lauren. Miró a Janette—. Harvey quiere venir. ¿Estaremos en París en agosto?
—Tengo una villa en Saint-Tropez —dijo Janette—. Saldremos hacia allí sobre el día diez, después de las colecciones.
—Janette dice que estaremos en Saint-Tropez —explicó Lauren al teléfono.
—¡Jesús! —exclamó Harvey—. Ahí es donde están las topless y Brigitte Bardot.
—Creo que sí —dijo Lauren.
—¿Le importaría a tu hermana que me presentara? —Hizo una pausa—. Espera un momento. No se lo preguntes todavía. Primero he de conseguir el dinero.
—De acuerdo.
—¿Está tan guapa como en aquella fotografía que vi?
Lauren lanzó una carcajada.
—Aún más.
—Caray —dijo Harvey—. ¿Toma algo?
—Lo que se tercie.
—Fantástico —dijo Harvey—. Anúnciale que si vengo, vendré preparado.
—¿Cuándo lo sabrás? —preguntó ella.
—Volveré a llamarte dentro de dos semanas —dijo Harvey—. ¿Qué tal el material que te di?
—Súper.
—Tengo un par de cosas nuevas que quiero que pruebes.
—De acuerdo. ¿Cómo va el proyecto?
—Viento en popa. Nos haremos ricos.
Lauren se rio.
—Magnífico. De todos modos, ten cuidado de no arruinarte.
—Lo tendré —contestó él—. Que te vaya bien.
—Lo mismo digo. Adiós. —Colgó el teléfono, sonriendo, y se volvió hacia Janette—. Está loco.
—¿Tu novio? —preguntó Janette.
—Algo así —contestó ella—. Es un inconsciente. Pero simpático, ya sabes lo que quiero decir. Es vegetariano. No come nada más que hortalizas crudas, germen de trigo, vitaminas y droga. Dice que será millonario antes de los veintiuno.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Janette.
—Casi diecinueve.
—No se concede demasiado tiempo.
Lauren sonrió.
—Es capaz de lograrlo. Dice que solo le faltan cuatro cosechas más y obtendrá la calidad óptima.
Janette se desconcertó.
—¿Qué cosecha?
—Hierba —contestó Lauren—. Él y un par de tipos están trabajando en Humboldt County con una especie que solo tendrá brotes, ni una sola semilla. Si lo consiguen, ganarán el dinero que quieran.
—¿No es ilegal? —preguntó Janette con voz sorprendida.
Lauren se encogió de hombros.
—Claro que sí. Pero a nadie parece importarle demasiado. —Recogió el albornoz del suelo y se lo puso—. Bobby me ha dado unas cuantas cosas de tu guardarropa. ¿Cómo crees que debo vestirme esta noche?
—Veamos lo que tienes —dijo Janette.
Lauren abrió la puerta del armario. Los dos vestidos y el esmoquin colgaban de sendas perchas. Se volvió hacia Janette.
—¿Qué te gustaría llevar? —preguntó Janette, mirándolos.
Lauren sonrió.
—El traje de etiqueta, si te parece bien. Nunca he llevado nada por el estilo.
Janette guardó silencio unos momentos. No era lo más apropiado para aquella noche. Pero si ella quería ponérselo…
—De acuerdo —dijo—. Las dos nos pondremos un esmoquin.
—¡Fabuloso! —exclamó Lauren—. Representaremos a la perfección nuestro papel de hermanas. Voy a ducharme y vestirme. ¿Nos quedará tiempo para un porro antes de bajar?
—¿Para qué? —preguntó Janette—. ¿No nos desanimará?
—El número cinco de Harvey, no —dijo Lauren—. Es muy suave. Te pone de buen humor para escuchar con paciencia todas las idioteces de la gente sin morirte de aburrimiento.
Janette se echó a reír.
—Si realmente es así, yo también lo necesito.
—Estupendo —dijo Lauren—. Vuelve dentro de un rato y lo fumaremos juntas. Será estupendo ir a la fiesta flipadas. —Titubeó un momento—. ¿Qué te parece si doy un telefonazo a mamá? Le prometí llamarla cuando me hubiera instalado.
—Muy bien —dijo Janette. Se dirigió hacia la puerta—. Dales muchos recuerdos de mi parte.
—Va a hundirme, lo sé —dijo Philippe, colgando el teléfono y mirando a Marlon con mal humor.
La voz de Marlon fue inexpresiva al contestar:
—¿Por qué lo crees?
—Todo lo hace suponer —dijo Philippe—. En primer lugar, prácticamente me ha puesto una colección de diseños debajo de los ojos, desafiándome a que la mirase. Naturalmente, no lo he hecho. Pero alguien ha tenido que hacer esos dibujos.
—Quizás ella misma —sugirió Marlon—. No sería la primera vez que te enseñara algunas de sus ideas.
—No ha dicho que fueran suyas. Después, los fabricantes textiles. Era como si todos esperasen mi llamada. Ella se había puesto en contacto con muchos de ellos hace más de un mes. Ya tenían todas las muestras de rojo, que me enviarán dentro de un día o dos.
—Yo no daría mucha importancia a esos detalles —dijo Marlon—. Te ha pedido que hagas la colección. A ti, no a otro.
—Aún hay más —dijo Philippe—. Me han comunicado que tienen grandes existencias en todas las telas —añadió Philippe—. Nosotros nos dedicamos a haute couture, no prêt à porter.
Marlon guardó silencio unos momentos.
—Quizás haya algo de verdad en los rumores que circulan sobre ella y Bidermann.
—No se trata de Bidermann —contestó rápidamente Philippe—. Es ese americano, Carroll. Ya sabes que Schwebel es el dueño de esa compañía y tiene interés en esta. No me extrañaría que quisiera fusionarlas.
—Sigo creyendo que no hay razón para preocuparse —dijo Marlon.
—Yo no soy Karl Lagerfeld —replicó Philippe—. No me interesa convertirme en otro Chloé o Céline.
—Janette aún no ha llegado a este extremo —dijo Marlon—. ¿Por qué no te calmas y haces tu trabajo? Diseña los modelos de manera que no puedan reproducirlos a gran escala, de manera que sean demasiado caros para fabricarlos en serie.
—Eso es muy fácil de decir —repuso Philippe con pesimismo—. No sabes la maña que se dan esos tipos para copiar cualquier modelo. Y para venderlos a bajo precio.
—Si estás hundido, estás hundido —dijo filosóficamente Marlon—. Solo tienes dos alternativas. O haces la colección o te largas.
—No puedo largarme ahora —dijo Philippe—. Si lo hiciera, estaría acabado en este negocio.
—Entonces no tienes alternativa —dijo Marlon.
Philippe se animó súbitamente.
—Eso es.
Marlon encendió un cigarrillo y fumó en silencio.
Philippe se levantó de la silla.
—Tengo la tentación de llamarla y decirle que estoy demasiado ocupado para ir a su estúpida fiesta de esta noche.
Marlon negó con la cabeza.
—Sería lo peor que podrías hacer. Tienes que seguir haciéndole creer que cooperas con ella. Si piensa que te opones a sus proyectos, te destruirá completamente.
—¡La muy perra! —maldijo Philippe—. Una perra y una lesbiana, esto es lo que es.
El teléfono empezó a sonar cuando Janette entró en su habitación. Lo descolgó. Una conocida voz con acento británico resonó junto a su oído.
—¿Qué planes tienes para esta noche?
—¡Patrick! —exclamó—. Creía que estabas de safari en África. ¿Cuándo has vuelto?
—Ayer —dijo lord Patrick Reardon con su ondulante voz—. He pensado que podíamos cenar juntos y así te enseñaría mi más preciado trofeo.
—¿Conseguiste abatir al león?
—Diantre, no —rio él—. Se trata de mi nuevo sirviente. Un negro africano con un pene que le cuelga treinta centímetros por debajo del taparrabos. En cuanto le vi decidí traértelo.
—Estás loco —dijo ella.
—¿De verdad? —preguntó él, riéndose—. No puedes decir que no sé lo que te gusta, cariño. Un hombre solo puede competir con tus chicas si tiene un pene extralargo. Y no encontrarás ninguno como el de ese muchacho. Necesita cuatro orgasmos para volver a su estado natural.
—Patrick, Patrick —dijo ella—. ¿Qué voy a hacer contigo? Estás mal de la cabeza.
—¿No lo estamos todos, cariño? Vamos, ven a cenar. Me conformaré con que me dejes mirar.
—No puedo —contestó ella—. Esta noche doy una fiesta en casa. —Tuvo una idea—. ¿Por qué no vienes? Si quieres, puedo enviar el coche a recogerte.
—Estoy en Londres —dijo él.
—Entonces, ¿cómo esperabas que fuera a cenar?
—Pensaba enviar el avión a recogerte —contestó él.
—Entonces, ¿por qué no vienes tú del mismo modo? —sugirió ella—. Tendré a René esperándote en Le Bourget.
—¿A qué hora es esa cena?
—Empezaremos a tomar el aperitivo a las ocho y media. No nos sentaremos a la mesa hasta las nueve y media o las diez. Ahora son las siete. Puedes llegar a tiempo.
—No lo sé —dijo él con indecisión—. Sé cómo son tus cenas parisinas. Un aburrimiento.
—Quizás esta sea mejor —dijo ella—. Mi hermana menor acaba de llegar de California. Hacía diez años que no nos veíamos. Es una especie de reunión.
—¿Se parece a ti? —preguntó él.
—Nada. Es tu tipo. Bronceada, rubia, y preciosa, como esas chicas escandinavas con las que siempre sales. Y solo tiene diecisiete años.
—Siento curiosidad —dijo él—. Ya que tú no quieres casarte conmigo, quizás ella sí.
—Entonces, ¿vendrás?
—Que René esté en el aeropuerto a las nueve —dijo él.
Lord Patrick Reardon, heredero del título y una de las mayores fortunas de Gran Bretaña, no se interesaba absolutamente por nada más que su casi religiosa forma de hedonismo. Janette le había oído decir a menudo que nada le motivaba a trabajar e incrementar la fortuna que le habían legado, ya que no podría vivir los años suficientes para gastar todo lo que ya se había acumulado, aunque intentara por todos los medios dilapidar su dinero. Y los albaceas testamentarios no se opusieron a sus deseos cuando les comunicó sus intenciones en la primera reunión de la junta de administradores tras la muerte de su padre. No pedían otra cosa que poder hacerse cargo de todo, y realizaban de buen grado todas las operaciones financieras necesarias para que él estuviera satisfecho y ellos pudieran conservar el control del negocio.
Sin embargo, si ella se casaba con Patrick, y él le permitía continuar en su negocio, no tendría que hacer pactos como el que las circunstancias le obligaban a hacer con Carroll. Patrick financiaría su negocio durante un año con un talón por una suma algo superior a los ingresos que recibía cada semana. Pero esto no era lo que él quería. Él quería disponer de ella el ciento por ciento de su tiempo, sin ninguna distracción, a fin de no dedicarse a otra cosa que lo que él llamaba sus caprichos, aficiones y fantasías.
Janette abrió el grifo de la bañera y agregó el aromático aceite de almizcle que hacían especialmente para ella en la parfumerie de Grasse. Se metió en la bañera y se relajó, dejando que el agua cayera sobre su cuerpo. Le encantaba el aroma y el modo en que el aceite se adhería a su piel, suavizándola hasta que parecía de seda. Soie. En aquel momento se le ocurrió la idea. Algún día lo sacaría al mercado. Todos los grandes modistos habían lanzado su propia marca de perfumes. Dior, St. Laurent, Givenchy y el resto. Era un mercado enorme. Pero tendría que hacerlo pronto; si esperaba demasiado, sería tarde. Soie. Seda. No había otro tejido, artificial o natural, que tuviera un tacto tan sensual sobre la piel. Soie. Pronto lo haría. Quizá después de presentar esta colección tendría tiempo para dedicarse a ello.
El teléfono volvió a sonar cuando estaba saliendo de la bañera. Esta vez era Stéphane.
—Quería saber lo que te pondrás esta noche —le preguntó su amiga íntima.
—Me pondré el esmoquin —contestó Janette.
—De acuerdo. Yo haré lo mismo.
—No —se apresuró a decir Janette—. Sería demasiado. Mi hermana también se pondrá un esmoquin. Ponte ese precioso vestido amarillo que te regalé la semana pasada.
Stéphane se quedó callada unos instantes.
—Está bien —contestó finalmente.
Janette detectó la vacilación.
—¿Qué pasa?
—Estoy celosa —confesó Stéphane—. Antes solo tú y yo llevábamos esmoquin.
Janette se echó a reír.
—No seas tonta. No hay razón para estar celosa. Al fin y al cabo, es mi hermana.
—Esto no tiene nada que ver —dijo Stéphane—. Mi primera aventura fue mi hermana mayor. Estuvimos enamoradas muchos años.
—Esto es una estupidez —replicó Janette.
—¿Puedo quedarme a dormir? —preguntó Stéphane—. Quiero hacer el amor contigo.
Janette empezó a irritarse.
—No —dijo con brusquedad—. Te lo advertí antes de que llegara. Mientras ella esté aquí, hemos de tener cuidado.
—Pero se quedará todo el verano —repuso Stéphane—. ¿Qué vamos a hacer?
—Ya se nos ocurrirá alguna cosa —dijo Janette—. Ni siquiera ha pasado una noche aquí.
—¿Es guapa? —preguntó Stéphane.
—Sí —dijo Janette—, pero no es más que una cría.
—Yo también lo era cuando empecé con mi hermana.
—Si continúas portándote como una idiota —advirtió Janette—, no es necesario que vengas a cenar.
—Te amo —dijo Stéphane—. No hay nada malo en querer estar contigo.
—Entonces cálmate. Todo se arreglará —dijo Janette. Se le ocurrió una idea—. Voy a ponerte al lado de Joe Carroll. Sé muy amable con él. Tengo algo muy importante que proponerle.
—¿Quieres que me vaya a la cama con él? —preguntó Stéphane.
—Si él quiere, sí.
—Lo haré. Pero solo por ti —dijo Stéphane—. Solo para demostrarte lo mucho que te amo.
—Así está mejor —dijo Janette—. Sigues siendo mi fiel compañera.
—Siempre lo seré —contestó Stéphane.
Lauren se hallaba delante del espejo, intentando alisar la pechera de la camisa sobre sus senos para que no continuara saliéndose de los pantalones, cuando Janette entró en la habitación, todavía en bata.
—He venido para ver si necesitabas ayuda.
Lauren la miró, sonriendo tristemente.
—Creo que no resultará. Tengo demasiado pecho.
—Lo que necesitas es un sujetador —declaró Janette.
—No tengo ninguno —contestó Lauren—. Nunca he llevado.
—Quizá te vaya bien uno de los míos —dijo Janette—. Ven.
Lauren la siguió hasta su dormitorio. Janette fue al vestidor y abrió uno de los cajones. Revolvió en su interior, y finalmente encontró lo que buscaba. Se dirigió hacia su hermana.
—Quítate la camisa y pruébate este.
Lauren se quitó rápidamente la camisa. Janette sostuvo las copas del sujetador sobre los senos de Lauren.
—Puede servirte. Pruébatelo.
Lauren metió los brazos en los tirantes y se abrochó el sujetador. Después se miró al espejo.
—Apenas puedo respirar.
—Te queda sensacional —dijo Janette.
—¿De verdad? —preguntó Lauren con inseguridad.
Janette se echó a reír.
—Póntelo. Haremos muy buena pareja.
Lauren volvió a mirarse unos segundos y después sonrió.
—De acuerdo, pero ¿seguimos teniendo tiempo para fumar un porro?
—No llegará nadie hasta dentro de media hora —contestó Janette.
—Entonces, adelante —dijo Lauren, dirigiéndose otra vez hacia su habitación.
—¿Por qué no lo traes aquí? —preguntó Janette—. De este modo, podremos disfrutarlo mientras me maquillo.
Cuando Lauren hubo liado el cigarrillo y regresó al dormitorio de su hermana, Janette estaba sentada ante el tocador, con la bata encima de la silla, aplicándose cuidadosamente el rímel en las pestañas. Lauren cogió una silla pequeña, se sentó a su lado y encendió el pitillo. Aspiró el humo, y después lo pasó a Janette.
—Da chupadas pequeñas. No conviene hacer inhalaciones profundas.
Janette obedeció. Después de dar unas cuantas chupadas, se lo devolvió a Lauren.
—Aún no noto nada.
—Dale tiempo. —Lauren sonrió y volvió a fumar—. Tarda unos minutos en hacer efecto.
—¿Cómo sabes cuándo lo ha hecho? —preguntó Janette.
Lauren se rio entre dientes.
—Yo me doy cuenta por mis pezones. Se me ponen salidos y duros como si alguien estuviera tocándomelos o como cuando te das una ducha de agua fría. — Volvió a reírse, mirando a Janette—. Ya empieza a hacerte efecto. Mírate.
Janette se miró, y después miró a Lauren.
—Pero sigo sin notar nada. ¿Te ha hecho efecto a ti?
Lauren asintió, abriéndose la bata.
—Puedes verlo por ti misma. —Los pezones de sus senos ya empezaban a alzarse sobre la rosada aureola que los circundaba. Pasó nuevamente el cigarrillo a Janette—. Pronto notarás un zumbido en la cabeza. Eso desaparecerá en seguida y te sentirás muy bien. Realmente bien.
Janette fumó con lentitud. Bajó la mirada hacia su pecho. Sus oscuros pezones ya empezaban a sobresalir. Miró a Lauren y se rio.
—Creo que esto funciona.
Lauren la miró.
—Claro que sí —dijo—. Dios mío, tienes unos pezones enormes. Los míos no son nada comparados con estos.
—Los tienes muy bonitos —dijo Janette. Se rio, empezando a notar el zumbido en la cabeza—. Prefiero los tuyos a los míos. Son más estéticos.
—Pero los tuyos son más eróticos —declaró Lauren, tomando el cigarrillo de manos de Janette—. Harvey opina que tienes uno de los cuerpos más perfectos que han existido en este mundo.
—¿Tu novio? —se rio Janette—. ¿Cómo lo sabe?
—Ha visto fotografías tuyas —dijo Lauren—. Creo que es por eso que quiere venir.
—Tendrá una decepción si lo hace —dijo Janette—. En las fotografías parezco mejor de lo que soy en realidad.
—No lo creo así —dijo Lauren—. No creo que te hagan justicia. —Volvió a pasar el porro a Janette y se levantó—. Me siento muy bien.
Janette dio una chupada al cigarrillo.
—Yo también. Es muy agradable.
Lauren se echó a reír.
—¿Agradable? Es fantástico. Estoy en plena forma. Es como si volara.
Janette se rio.
—Con tal de que no vueles encima de la mesa durante la cena… No sabría cómo explicar a todo el mundo qué hacías ahí arriba.
—Me voy a vestir —dijo Lauren—. Llámame cuando estés lista y haremos una inhalación rápida antes de bajar.
Maurice llegó temprano. Insistió en dar una explicación cuando entró en la biblioteca donde las dos hermanas esperaban.
—Me ha parecido conveniente pasar un momento con mes enfants, antes de que llegaran los demás.
Janette sonrió.
—Naturalmente. ¿Qué piensas ahora de la niña pequeña?
Maurice se volvió hacia Lauren, con una expresión atenta y escrutadora.
—Ya no es tan pequeña, ¿verdad? Ha crecido mucho. Y es muy guapa.
Lauren se echó a reír.
—Merci, monsieur le marquis.
—En serio —dijo Maurice—. Estoy realmente encantado de verte. Si hay algo en lo que pueda servirte, quiero que me llames.
—Si hay algo, te llamaré —dijo Lauren.
Maurice movió la cabeza.
—Sigo pensando en ti como una niña pequeña. Pero has cambiado.
Lauren volvió a reírse.
—Tú no has cambiado. Eres tal como te recordaba. Ni un solo día más viejo.
—Eso es bueno, ¿verdad? —preguntó Maurice.
Ella asintió.
—Fantástico. Todo el mundo ha envejecido menos tú.
—Yo también envejezco —dijo él—. Pero a mi edad los cambios no son tan drásticos ni tan visibles. ¿Y tus padres adoptivos? ¿Están bien?
—Muy bien, gracias —contestó Lauren.
Maurice se volvió hacia Janette.
—He oído decir que piensas rehacer toda la colección, que has pospuesto la fecha del pase.
Janette asintió.
—Debes tener espías en todas partes. Lo hemos decidido esta misma tarde. Tenemos una idea fantástica y creemos que es mejor presentarla este año que esperar al próximo.
—Será muy caro —dijo él—. Tengo un poco de dinero disponible, si lo necesitas.
—Creo que me las arreglaré —contestó Janette—. Pero lo tendré en cuenta, por si acaso. Gracias.
—No me lo agradezcas. Al fin y al cabo, soy de la familia. Y para eso está la familia.
El amortiguado sonido del timbre llegó hasta la biblioteca. Los invitados empezaron a presentarse, y cuando Patrick Reardon llegó del aeropuerto, estaban listos para sentarse a la mesa.
La cena fue perfecta para una calurosa noche de julio. La vichyssoise fría con una pizca de pepino, el asado de ternera acompañado por una dorada salsa con sabor a hierbas de Provenza y haricots verts finamente cortados con minúsculas patatas asadas, seguido por una ensalada de lechuga fría y un Brie en su punto justo. Sin embargo, Janette no pudo reprimir un suspiro de alivio cuando se levantó después del postre y condujo a todo el mundo hasta la biblioteca para tomar el café y los licores. La mesa había estado cargada con demasiadas tensiones y matices mientras todos los invitados parecían empeñados en hacer su propio juego. Todos excepto Lauren. Ella había estado animada y sonriente, y nada de lo que Janette había sentido pareció afectarla.
Stéphane se quedó rezagada para estar un momento a solas con Janette.
—Tu hermana es muy guapa. Todo el mundo está prendado de ella.
—Me alegro —contestó Janette.
—Creo que tú también lo estás —dijo Stéphane.
Janette la miró.
—Eres idiota.
Stéphane le tocó un brazo.
—¿No podemos ir un momento arriba? Nadie nos echará de menos.
Janette la miró sin contestar, y después se alejó bruscamente para reunirse con Maurice y Jacques, que estaban hablando con la pareja de Jacques, Martine, una atractiva maniquí empleada en Givenchy.
Stéphane volvió con Carroll que, junto con Philippe y Marlon, escuchaba los relatos de Patrick sobre las aventuras de su último safari africano. Miró a su alrededor, pensando que Lauren estaría con Janette, pero a Lauren no se la veía por ninguna parte.
El mayordomo sirvió el café y los licores, y Lauren siguió sin aparecer. Pasaron más de diez minutos antes de que entrara en la habitación, y entonces Patrick había atraído la atención general con la historia de la caza de su león.
—Yo estaba sentado en el Land Rover, en medio de la maleza, cuando noté una palmada en el hombro. Era el cazador blanco, que me puso el rifle para cazar elefantes entre las manos y señaló.
»“Apunte a ese animal y apriete el gatillo”, dijo.
»El león y yo nos miramos uno a otro durante lo que me pareció un siglo.
»“¡Dispare de una vez!”, gritó el cazador blanco. “Antes de que se lance sobre nosotros”.
»Yo intenté apretar el gatillo. Pero mi dedo no se movió. Estaba paralizado. Y después empezó a temblarme el brazo y ni siquiera pude mantener al animal en el punto de mira. En este preciso momento, el león decidió cargar hacia nosotros.
Patrick hizo una pausa y alargó la copa para que volvieran a llenársela de champaña.
—Y entonces, ¿qué hiciste? —preguntó Lauren con voz entrecortada.
Patrick la miró con arrogancia.
—Lo que cualquier inglés sensato haría en un momento de peligro. Me eché al suelo entre el asiento y el salpicadero y grité al negro que sacara el maldito coche de allí. Justo cuando lo ponía en marcha, el animal saltó sobre nosotros. En ese momento se me enredó el dedo en el gatillo y el arma se disparó. Oí un rugido espantoso y levanté la cabeza. Vi al león revolcándose por el suelo; después se levantó y desapareció entre la maleza, con la cola y las patas traseras cubiertas de sangre. — Hizo una pausa y tomó un sorbo de champaña—. «Le ha arrancado las pelotas de un balazo», dijo el cazador blanco. En este momento, en algún lugar de África, hay un sanguinario león, preguntándose qué demonios ha pasado con su vida sexual y merodeando por la selva mientras intenta averiguar por qué prefiere tumbarse a dormir al sol que cazar o aparearse.
Todo el mundo se echó a reír excepto Lauren. Sus ojos estaban húmedos.
—Lo encuentro muy triste.
Patrick la miró un momento.
—Iré a buscarte una copa de champaña.
Los demás se dividieron en pequeños grupos.
—No, gracias. No bebo, solo me drogo —dijo Lauren.
—¿Está usted drogada, señorita? —preguntó Patrick con burlona severidad.
—Sí —contestó ella.
—Yo estoy borracho —dijo él.
—Me parece muy bien —repuso ella, sonriendo.
—Salgamos al balcón que da al jardín —sugirió él—. Quizás un poco de aire fresco nos haga bien a los dos.
—De acuerdo. —Lauren le siguió a través de las puertas abiertas y apoyó los brazos en la barandilla. Aspiró profundamente.
—Se huele bien aquí fuera. A algo dulce y limpio.
Él tomó un sorbo de la copa de champaña que aún tenía en la mano.
—¿Es la primera vez que vienes a París?
—Nací aquí —contestó ella—, pero no había vuelto en diez años. Vivo en California.
—Me encanta California —dijo él—. Allí todo es fácil.
—Es muy liberal —dijo ella.
—¿Qué piensas de todo esto?
Ella se encogió de hombros.
—Es distinto. Todas las cosas y todas las personas son muy complicadas; están muy metidas en sí mismas. No sé si entiendes lo que quiero decir.
—No estoy seguro de entenderlo —declaró él.
—Yo tampoco lo estoy.
—¿Llevas bragas? —preguntó él.
—No —contestó Lauren, mirándole—. ¿Por qué lo preguntas?
—Me gustaría saber si Janette te ha sugerido que te pusieras un esmoquin.
—No. ¿Por qué?
—No sirve de nada. De todos modos, te huelo —dijo él—. Tengo un olfato muy fino.
Ella se echó a reír.
—Me estás tomando el pelo.
—No. De ningún modo —contestó rápidamente él—. Debes comprender que estoy familiarizado con ciertos olores. ¿Te gustan los penes grandes?
—¿Se puede saber a qué viene eso?
—Pura curiosidad —dijo él—. Creo que si yo tuviera un pene grande Janette se casaría conmigo.
—¿Quieres casarte con ella?
—Sí —dijo él—. Pero siempre me rechaza.
—Tiene que haber otra cosa —dijo ella, pensativa—. No creo que el tamaño de tu polla sea la razón.
—Tu hermana es la mujer más hermosa y excitante del mundo —declaró él.
Ella se volvió y buscó a Janette con la mirada. Su hermana estaba hablando seriamente con Jacques y Joe Carroll en el fondo de la habitación. El rostro de Janette expresaba animación y energía y parecía empeñada en demostrar una teoría. Lauren se volvió otra vez y miró a Patrick.
—Eres el segundo hombre que conozco que lo dice —manifestó—. Seguramente los dos tenéis razón.
Marlon se reunió con ellos en el balcón, seguido de Philippe y Stéphane.
—Philippe quiere que te pregunte si te gustaría ser maniquí —dijo Marlon.
—¿Por qué no me lo pregunta él mismo? —inquirió Lauren.
—Está un poco avergonzado porque no domina el inglés.
Ella sonrió y, volviéndose hacia Philippe, le habló en francés.
—Lo siento. No quería ser descortés. No se me había ocurrido que todo el mundo hablaba inglés en atención a mí.
Una repentina sonrisa iluminó el rostro de Philippe.
—He pasado toda la noche queriendo hablar contigo, pero temía que no me entendieras. Quería decirte que te encuentro guapísima y que estarías fabulosa con algunas de mis creaciones. Tienes el estilo que he estado buscando desde hace mucho tiempo. Nueva, fresca, con una inocencia sofisticada. Me gustaría que pasaras algunas de mis creaciones en la colección.
—Nunca he trabajado como modelo —contestó ella—, pero me halaga que hayas pensado en mí.
—No es difícil —dijo Philippe—. En una semana habrías aprendido todo lo necesario.
—Pero ¿no soy demasiado grande? —preguntó ella.
—Esto no es problema —dijo él—. Tendrías que perder dos, quizá tres kilos.
—Entre cuatro y seis libras —dijo Marlon.
—No sé —titubeó ella—. Nunca lo había pensado.
—¿Crees que tu hermana se opondría? —preguntó Philippe.
Lauren se echó a reír.
—No sé por qué.
—¿Puedo preguntárselo?
—Si quieres —contestó ella—, pero no estoy segura de querer hacerlo.
—¿Qué es lo que te gustaría hacer? —preguntó Stéphane.
Lauren se volvió hacia ella.
—La verdad es que nunca me he parado a pensarlo. Esperaba hacerme mayor primero.