Adiós, Janette
Capítulo 4
—Habrá que esperar dos años —dijo Johann—. Para el año que viene es imposible. Ya tenemos comprometida toda la producción con nuestros clientes.
—Quizás eso nos convenga —dijo Tanya echando un vistazo al informe que tenía delante y asintiendo—. Tendremos más tiempo para preparar la marca y darle publicidad.
—Dispongo de varias posibilidades interesantes —comentó él—. En estos momentos están a la venta dos plantas embotelladoras. Creo que podemos comprarlas.
—Ocúpate de eso —dijo Tanya—, y mantenme al corriente.
—Otra cosa —añadió Johann—. Creo que tendremos que olvidarnos del mercado interior. Tendríamos que abrirnos camino por entre las bodegas ya establecidas, y ya sabes cómo son los franceses: esnobismo y tradición, y no les gustan los cambios. Creo que nos conviene apuntar a los Estados Unidos. Allí el mercado vinícola empieza a desarrollarse y podemos competir con buenos precios a escala media.
—Es una buena idea.
—Ya hay varios grandes distribuidores americanos interesados. Schiefflin, Bronfman e incluso Twenty One Brands. Y hablan de grandes sumas de dinero y de una campaña de promoción enorme. Creo que incluso podríamos lograr de ellos un adelanto suficientemente elevado como para financiar la adquisición de la planta embotelladora.
—No necesitamos su dinero —dijo ella.
—Es cierto —asintió Johann—. Pero siempre es mejor trabajar con capital ajeno que propio. Además así podríamos disponer más de nuestro propio dinero y comprar una maison de couture y actuar también en ese campo.
—No conozco ninguna que haga dinero, siempre tienen pérdidas. Incluso Chanel.
—Sí, pero ella se apoya en el perfume, eso ya lo sabemos. Después de todo, ni siquiera podemos servirle todas las esencias que necesita para la base.
—Antes o después, todos los couturiers se dedicarán a esto y yo quiero ser la primera.
—Eso me preocupa —repuso él—. Sufrir pérdidas en una casa de ese tipo puede ser desastroso. Y todas las personas con quienes he hablado del asunto piden el oro y el moro solo por poner su nombre.
—He estado pensando en una empresa que me parece puede ser la adecuada — dijo Tanya—. La Shiki.
—¿La japonesa? —preguntó abriendo mucho los ojos—. Sus pases de modelos fueron el mayor éxito de la temporada anterior. Y Vogue y L’Officiel solo hablan de ellos. Hasta los periódicos dicen que Shiki hace furor.
—Así es la prensa. —Tanya se echó a reír—. Las cosas de Shiki son escandalosas y eso les encanta. Pero nadie puede ponerse sus ropas. No son nada prácticas y casi no venden. Jacques Charelie dice que son extravagantes y que no ven más allá de sus narices.
—Si es así, ¿por qué te interesan?
—Por el nombre —dijo sonriendo—. Si se presta, ya encontraremos modo de sacarle partido. Habrá que darle un poco de distinción. Y no te preocupes por el dinero. Coco Chanel tampoco se preocupa. Saldrá del perfume. Si ganáramos el veinticinco por ciento de lo que deja el Chanel número cinco, haríamos dinero. Y después de eso, ¿quién sabe? Quizá saquemos toda una serie de cosméticos. —Tanya respiró profundamente y le miró—. Qué mala cosa es ser mujer. Habiendo tantas cosas que hacer, aquí estoy yo, embarazada.
—Serán solo dos meses más —asintió él comprensivamente.
—Parece una eternidad.
—De todos modos, pasarán rápidamente —dijo Johann.
Tanya se quedó callada, pensando. Por fin inspiró profundamente y dijo:
—Estoy preocupada.
—No hay de qué preocuparse —dijo él rápidamente—. Estás perfectamente.
—Nunca se sabe —dijo ella—. Ya no soy tan joven como cuando nació Janette. Puede haber problemas.
Johann guardó silencio.
—No he hecho testamento —dijo ella—. Si algo saliera mal, ¿qué pasará con Janette? O con mi nuevo hijo. Todavía estoy casada con Maurice. Se quedaría con todo.
—Según la legislación francesa —dijo Johann—, los hijos tienen sus propios derechos de herencia.
—Necesitarían un tutor o un administrador hasta llegar a la mayoría de edad — dijo ella—. Maurice adoptó a Janette y legalmente sería padre de mi otro hijo. Esto supondría, automáticamente, que controlaría no solo su parte, sino también la de mis hijos. Y no quiero que eso suceda.
Johann la escuchaba en silencio.
—Solamente puedo confiar en ti para protegerlos —añadió—. ¿Estarías dispuesto a ser mi albacea si muriera?
—Naturalmente —replicó Johann—. Pero ni tú ni yo sabemos lo que te va a suceder.
—Es mucho lo que está en juego —dijo ella—. Y no quiero correr riesgos. Ponte de acuerdo con el abogado para que venga mañana por la mañana. Quiero tener mis cosas en orden.
—Ya me ocuparé de eso —contestó. Le dedicó una mirada—. Solo hay una cosa que me sorprende. ¿Qué pasará con tu idea de coger a ese joven que trabaja en Christian Dior y lanzar una nueva empresa con él?
—¿Te refieres a Yves St. Laurent?
—En efecto.
—He abandonado la idea por dos motivos. Primero, porque Dior y Boussac no quieren dejarle ir. Segundo, porque todavía no se ha hecho un nombre propio y costaría una fortuna hacerle tan conocido como necesitamos que sea. Ya he hablado con Jacques sobre el asunto. A pesar del talento del muchacho, hasta que Dior le deje salir de bajo sus alas, no sucederá nada. El nombre de Shiki, sea bueno o malo, está en boca de todos.
—De acuerdo —dijo él dubitativo—. Espero que sepas lo que haces.
—Yo también lo espero —dijo Tanya, y le sonrió—. He dedicado años a tratar a Charelle y a aprender de él. Podrá ser codicioso, pero, temporada tras temporada, ha acertado quién triunfaría.
—¿Y qué más haría, aparte de eso?
—Director de relaciones públicas. Por el quíntuple del dinero que ganaba abandonará esos míseros gremios nuevos a que se dedica.
—Has pensado en todo —dijo Johann, y rio.
—Ha sido fácil —replicó ella. Un gesto de turbación afloró a su rostro—. Me gustaría que fuera tan fácil entender a Janette.
—¿Todavía no has hablado con ella?
—Se niega a contestar a mis llamadas telefónicas —dijo ella moviendo la cabeza.
—Ya lo hará cuando nazca el niño. Ya verás como sí.
—No lo sé —dijo ella dubitativa—. Janette es una criatura extraña. Hay algo especial en su modo de cuidar de sí misma. Tengo la impresión de que no la conozco bien.
El pequeño japonés estaba colocado y borracho al mismo tiempo. Tenía un vaso de vino en una mano y un cigarrillo de hachís en la otra.
—Schaparelli, Balmain y Maggy Rouff lo fueron todo. Y ahora siguen cortando trajes de baile para viudas caducas que ya son demasiado viejas incluso para ponerse un sudario. Hasta Dior lo sabe, y admite que Yves hizo más de la mitad de su última colección. Hoy día las mujeres quieren ropa más animada. Va a aparecer todo un nuevo mundo y quieren ser los primeros.
El anfitrión, Juan Delgado, estaba incomodísimo. Su largo vestido de Schaparelli se arrastraba tras de sí.
—Y supongo que vosotros seréis los únicos que lo consigan —observó sarcástico.
—Pues sí, maldita sea —replicó Shiki.
—¡Y una mierda! —soltó Juan—. Ni siquiera tienes dinero para pagar un billete de metro.
—Sabes demasiadas cosas —repuso Shiki con aire de superioridad—. Precisamente esta mañana he firmado unos documentos que me independizarán para el resto de mi vida.
—Sí, ahora te diré yo qué documentos —exclamó Juan.
—Lo demostraré —dijo Shiki paseando una mirada por la estancia. Vio a Maurice y a Jerry Johnson junto al bar—. Ven conmigo.
Juan cruzó la habitación tras él. Shiki se detuvo ante Maurice.
—Juanita no cree que hemos hecho un trato. Cuéntaselo.
—¿Qué trato? —Maurice estaba sorprendido.
—Ya te he dicho que eres una maldita mierda —se carcajeó Delgado—. Ni siquiera sabes de qué estas hablando. Me parece que estás tan colocado que no te enteras de nada.
—Nunca he estado colocado hasta ese punto —dijo Shiki encaramándose a su dignidad en la medida en que se lo permitía su metro y medio de estatura. Se dirigió a Maurice—: Esta mañana he firmado los documentos ante tu representante. Schwebel. Se trata de una de tus empresas. Tanya Parfums o algo así.
—Es una de las empresas de mi mujer —dijo Maurice—. No tengo nada que ver con ella. Es asunto suyo. —Observó a Shiki con curiosidad—. ¿Y dices que has estado firmando documentos con Schwebel? ¿Y dónde estaba Tanya?
—Creí que lo sabías —dijo Shiki con sorpresa—. Ayer noche fue a la clínica para que naciera tu hijo.
—¿Ayer noche? —dijo Maurice con incredulidad—. Todavía le faltaban dos semanas.
Delgado se echó a reír. Dio una vuelta a la habitación anunciando en voz alta:
—Nuestro buen amigo el marqués va a tener un hijo y su mujer ni se ha molestado en informarle. —Hizo una breve pausa—. Pero ¿por qué había de hacerlo? Tampoco se molestó nunca en decirle que estaba haciendo un niño cuando follaba con el americano.
—¡Eres un hijo de puta! —dijo Maurice encolerizado—. ¿Por qué no me chupas la polla?
Juan cayó de rodillas en el suelo ante él. Unió las manos en una oración burlesca.
—Gracias, Dios mío —dijo volviendo los ojos al cielo—. Has hecho que mis sueños se convirtieran en realidad.
Maurice le dio un empujón y Juan rodó por el suelo riéndose a carcajadas. Maurice, seguido por Jerry, abandonó la fiesta enfurecido.
Eran ya las dos de la mañana cuando descendió del coche ante la pequeña clínica particular. Cruzaron la acera desierta para llamar al timbre. Maurice, impaciente, empujó la puerta. Estaba cerrada. Apretó el timbre y no retiró el dedo.
Poco después un concierge soñoliento abrió la puerta.
—Monsieur, monsieur —protestó—. Paciencia. Aquí no hay personas enfermas. —Miró tras ellos—. ¿Dónde está ella?
—¿Ella? —preguntó Maurice—. ¿Quién?
—La paciente —respondió el concierge—. Esta es una clínica de maternidad. Solo llaman así al timbre por la noche los padres que esperan un hijo.
—Mi mujer ya está aquí —dijo Maurice abruptamente—. Quiero verla.
—Imposible, monsieur. —El concierge empezó a cerrar la puerta—. A las diez en punto termina el horario de visitas. Vuelva por la mañana.
Maurice metió un pie por la puerta impidiendo que se cerrara.
—Quiero verla ahora. Insisto. Soy le marquis de la Beauville.
—Como si fuera usted Charles de Gaulle —dijo el concierge—. Vuelva usted mañana por la mañana.
En la mano de Maurice apareció un billete de banco.
—Si tuviera la amabilidad de hablar con la jefa de enfermeras —dijo con voz más reposada—, sabría agradecérselo.
El billete desapareció en el bolsillo del concierge tan rápidamente como había aparecido.
—Si monsieur tiene la amabilidad de esperar, volveré en seguida.
La puerta se cerró; Maurice y Jerry esperaron.
—Quizá debiéramos volver por la mañana —dijo Jerry.
—No. La veremos esta noche —dijo Maurice con voz tensa.
La puerta volvió a abrirse. Esta vez apareció junto al concierge una enfermera de cabellos grises vestida con un uniforme muy almidonado.
—Lo siento, monsieur —empezó a explicar—. Pero las normas…
—Ya conozco las normas, hermana —le interrumpió Maurice—. Pero, por favor, tenga compasión de un pobre hombre que acaba de regresar a París y solo anhela ver un momento a su mujer y a su hijo.
El segundo billete de Maurice desapareció en el bolsillo del uniforme almidonado.
—Muy bien, monsieur —dijo la enfermera haciéndoles pasar al vestíbulo—. Pero no hay que hacer ruido.
La siguieron por un largo pasillo que olía a hospital y se detuvieron ante una puerta. La enfermera se volvió hacia ellos.
—Madame la marquise ha tenido un parto muy difícil. Le hemos puesto un sedante muy fuerte y está durmiendo. Puede mirarla desde la puerta; pero no entre, por favor.
Maurice asintió. La enfermera abrió la puerta. En la habitación había una luz muy tenue. La miró. Tanya yacía en la cama con los ojos cerrados. Aunque había poca luz, Maurice pudo ver su cara pálida y ojerosa. Retrocediendo, se volvió hacia la enfermera.
—¿Y el niño? —susurró.
—Sígame, monsieur —dijo la enfermera cerrando la puerta cuidadosamente.
Caminaron hasta el fondo del pasillo girando luego a la derecha. Se detuvieron ante una amplia ventana. Mirando a través del cristal pudieron ver siete u ocho cunas con ruedecillas, cada uno con un niño.
—¿Cuál es el mío? —preguntó Maurice mirando a la enfermera.
—Espere un momento, monsieur —dijo la enfermera—. Entraré en la habitación y la sacaré para que pueda verla.
—¿Verla? —preguntó Maurice con voz incrédula—. ¿Quiere decir que es una niña?
—Sí, monsieur —sonrió la enfermera—. La niña más bonita que na visto en su vida. Tiene el pelo rizado y rubio como el sol; sus ojos son tan azules que brillan como aguamarinas, y serán azules durante toda su vida. Espere un momento, la verá usted mismo.
Les dejó para entrar en el cuarto de los niños. Pero cuando se acercó a la ventana con la niña en brazos, ya se habían ido.
Maurice condujo salvajemente por las calles desiertas.
—¡La muy puta! —Maldijo enfurecido—. ¡La muy puta! ¡Ni siquiera eso ha hecho bien!
—Tómatelo por las buenas —dijo Jerry—. Si no, os mataréis el uno al otro.
—Lo menos que podía haber hecho es tener un hijo. —Maurice seguía enfurecido —. Alguien que pudiera conservar el apellido. ¡Pues no, otro maldito coño! Y además rubia y con los ojos azules. Todo París se va a partir de risa. En los setecientos años de historia de mi familia nunca ha habido un rubio con ojos azules.
—¿Y qué más da? —preguntó Jerry—. De cualquier forma, todo el mundo sabe que no es hijo tuyo.
—Lo cual es peor todavía —dijo Maurice—. Todo el mundo sabe que el único motivo por el que seguía con ella era para tener un hijo.
Cruzó el corto puente sobre el Sena que llevaba a la isla de San Luis y circuló por las estrechas callejuelas hasta que se detuvo ante su apartamento. Salió del coche y cerró la puerta violentamente, lleno de furia.
—¡La muy puta! —volvió a maldecir—. Esto me lo pagará, ya verás.
El doctor Pierre entró en la habitación. Se detuvo junto a la cama y la miró.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó con una sonrisa.
—Cansada —dijo ella.
—Es normal —dijo encogiéndose de hombros. A continuación comprobó rápidamente el corazón, las pulsaciones y la tensión—. Está usted bien.
—¿Y mi hijo? —preguntó Tanya.
—Perfectamente —repuso el médico—. No se puede pedir más. ¿Le ha dado de mamar esta mañana?
—Sí.
—Muy bien. Le daremos un biberón a la hora de la comida. Durante unos cuantos días alternaremos el biberón con el pecho, y cuando se haya acostumbrado, le retiraremos el pecho del todo.
—¿Durante cuánto tiempo se lo daré? —preguntó ella.
—Tres o cuatro días.
—No quiero que los pechos se me hagan demasiado grandes —dijo Tanya.
—No se preocupe por eso —sonrió él—. Le daré una serie de inyecciones que cortarán la producción de leche y sus pechos volverán a la normalidad de inmediato.
—¿Cuánto tiempo tendré que estar aquí?
—Más o menos una semana. Luego podrá volver a casa.
—Tengo muchas cosas que hacer —dijo ella.
—Eso puede esperar. Su salud es más importante. Pero esta tarde ya podrá empezar a andar un poco. Tenga cuidado de no cansarse. —Cerró su maletín de médico—. Volveré esta noche antes de la hora de dormir.
—Gracias, doctor Pierre.
En cuanto salió el médico, entró en la habitación la jefa de enfermeras de noche.
—Bonjour, madame la marquise —dijo sonriendo.
—Bonjour, soeur.
—Solo venía a ver cómo está usted.
—Estoy bien, gracias.
—Por cierto —dijo la enfermera—. ¿Le ha dicho alguien que su marido estuvo aquí?
—No. —Tanya estaba sorprendida—. No me lo ha dicho nadie. ¿Cuándo?
—Hace dos noches —dijo la enfermera—. Debían ser las dos de la mañana. No le he dicho nada porque ayer era mi día libre.
—¿Vio a la niña?
—No. Es curioso, pero resulta que cuando se la fui a enseñar, ya se había ido.
Tanya guardó silencio.
—No se preocupe por eso —dijo la enfermera en un tono que creyó consolador —. Muchas veces pasa esto con los maridos. A los franceses siempre les molesta tener una hija en vez de un hijo. Pero ya verá usted como vuelve.
Tanya asintió obligándose a sonreír. La enfermera consultó su reloj.
—Bueno, ahora tengo que irme a dormir un poco. Ya la veré esta noche.
—Gracias, soeur.
La puerta se volvió a cerrar. Tanya contempló su habitación. Las flores que había en la cómoda las había mandado Johann. Había otro florero lleno de rosas, regalo de Jacques. Así que Maurice había estado allí. Era extraño que no le hubiera dicho nada; aunque no esperaba que le mandase flores. Alguien llamó otra vez a la puerta.
—Entrez.
Johann entró en la habitación seguido de Jacques. Ambos le traían más flores. Sonrieron al acercarse a la cama.
—Tienes un aspecto maravilloso —dijo Jacques.
—Calla, calla —dijo ella—. Tengo un aspecto lamentable y además lo sé perfectamente.
—No, de verdad que no —dijo Johann—. Estás encantadora.
—¡Ay, me miráis con buenos ojos los dos! —dijo Tanya riendo. Les contempló—. ¿Qué os trae por aquí a los dos tan temprano?
—Tenemos dos problemas —dijo Johann—. Antes de hacer nada necesitamos tu decisión.
—Bien —dijo ella—. ¿Cuál es el primero?
—Tenemos que anunciar públicamente nuestro acuerdo con Shiki. Él quiere hacerlo inmediatamente. Por diversos motivos yo quiero esperar por lo menos un mes. Para empezar, tú has de estar en forma cuando aparezcas con él en la rueda de prensa. Creo que es muy importante establecer de inmediato tu presencia en la empresa. Además, dentro de un mes estaremos mucho más cerca de los pases de otoño y esto supondrá un enorme volumen de interés público y de propaganda por saber con qué vamos a salir exactamente.
—Estoy de acuerdo con tu plan —dijo Tanya con voz clara—. Dile a Shiki que lo haremos público más tarde. ¿Cuál es el segundo problema?
Se miraron mutuamente y a continuación dijo Johann:
—Otra vez se trata de Maurice. Jacques me ha dicho que va diciendo por todo París que pedirá el divorcio por adulterio.
Tanya miró a Jacques. Este asintió:
—Eso es lo que he oído. Y no solo una vez, sino muchas.
Tanya se quedó pensativa unos momentos.
—No sé qué tiene que ver eso —dijo ella—. Al fin y al cabo, al principio era yo quien quería el divorcio. Si lo solicita, se lo concederé.
—Las cosas pueden complicarse —dijo Johann—. Maurice también va diciendo que le has privado de modo fraudulento de los beneficios de las empresas haciéndole aceptar la empresa de agua mineral.
—¿Has hablado con los abogados? —preguntó Tanya.
—No puede demostrarlo, pero nos puede causar problemas —dijo Johann después de asentir a la pregunta de Tanya—. Al menos desde el punto de vista de las relaciones públicas.
—¿Crees que podrás controlar la situación? —preguntó ella dirigiéndose a Jacques.
—No podré evitar que salga en los periódicos —dijo Jacques—. Pero creo que podré conseguirte muy buenas defensas. Al fin y al cabo, él no está muy limpio. Si le hacemos saber que estamos planeando sacar los trapos sucios, quizá cambie de opinión.
—De acuerdo —asintió ella—. Asegúrate de que Maurice se entere de que vamos a hacerlo. Mientras tanto, dile a mi abogado que solicite el divorcio acusándole de pederastia y que lo tenga todo preparado para esgrimirlo en cuanto él actúe judicialmente contra mí.
—No necesitas eso —dijo Johann mirándola—. Bastantes cosas tienes que hacer.
—No podemos hacer otra cosa —afirmó Tanya—. Son las cosas de la vida.
—Sí, supongo que sí —replicó—. ¿Ya has hablado con Janette?
—Sigue sin atender a mis llamadas —dijo ella moviendo la cabeza—. Le he pedido a su amiga Marie Thérèse que le diga que tiene una hermana.
—¿Ya has decidido el nombre de la niña?
—Sí —afirmó ella—. Le pondré… Lauren.
—¿Lauren? Es un nombre extraño.
—Así se llamaba mi abuela, la madre de mi padre. Era americana, y siempre me gustó ese nombre. Cuando era pequeña yo solía decir que me llamaba Lauren.
—La directora quiere verte —dijo Marie Thérèse entrando en su habitación.
—¿Para qué? —dijo Janette levantando la vista del libro.
—No me lo ha dicho. Solo me ha dicho que vayas inmediatamente.
Janette cerró el libro y lo dejó a un lado. Dijo:
—Voy a ver qué quiere esa vieja mandona y en seguida vuelvo.
Janette llamó a la puerta del despacho y entró. La directora estaba sentada en su escritorio. Frente a ella estaba sentado un hombre dando la espalda a la puerta. Cuando la puerta se abrió, este se levantó y se volvió hacia Janette.
—Bonjour, Janette —dijo Maurice.
Janette le miró unos momentos y a continuación inclinó levemente la cabeza, como exigía el protocolo colegial.
—Bonjour, papá.
La directora sonrió. Se sentía agitada, como siempre que estaba en presencia de los padres.
—Tu padre ha venido para llevarte a París; allí verás a tu madre y a tu nueva hermanita. ¿No estás contenta?
Janette miró primero a uno y luego a la otra.
—No quiero ir. Tengo que estudiar mucho.
—Pero tu madre quiere verte —dijo Maurice—. Todavía está en la clínica.
—No quiero verla —dijo Janette desafiante.
—Esa no es manera de hablar a tu padre —dijo con tono cortante la directora.
—No quiero ir —repitió Janette empecinada.
Maurice se levantó velozmente. Su mano voló rápidamente y le dio una bofetada en la mejilla. Por un momento Janette le miró a los ojos; a continuación bajó la vista hacia el suelo. Notó que el rubor afloraba a su mejilla y sintió como una cálida irradiación. Permaneció totalmente inmóvil.
—Ahora sube, recoge cuatro cosas y vuelve aquí dentro de diez minutos —dijo Maurice con tono autoritario.
Janette no levantó la cabeza y siguió con la mirada baja.
—Sí —musitó; se dio la vuelta y salió del despacho.
Maurice se dirigió a la directora y sonrió disculpándose:
—Lamento la escena, madame, pero hoy día los niños necesitan mano dura. No son como éramos nosotros a su edad.
—Comprendo, monsieur le marquis —masculló la directora—. No creería usted las cosas que tenemos que aguantarles.
El revisor recogió los billetes y se los devolvió a Maurice.
—Muy bien, monsieur le marquis —dijo—. El vagón restaurante abrirá a las seis en punto. Si puedo hacer algo para que su viaje sea más cómodo, haga el favor de avisarme.
—Merci, monsieur —dijo Maurice dándole un billete.
El revisor lo guardó velozmente y salió del compartimento cerrando con cuidado la puerta tras de sí. Se sentaron frente a frente junto a la ventana. Maurice sacó un periódico y la miró.
—Ya puedes ponerte cómoda —dijo—. No llegaremos a París hasta medianoche.
Janette miró por la ventanilla. El tren empezaba su recorrido a través de las montañas. Aunque eran las tres de la tarde, apenas había luz. Era un día apagado, con nubes y chaparrones ocasionales. Janette sacó un libro, lo abrió y empezó a leer. Pero su mirada resbalaba por las páginas y no encontraba sentido a las palabras. Al cabo de un rato dejó de esforzarse y simuló leer.
Estuvieron durante casi una hora en silencio. Finalmente Maurice dejó el periódico y se levantó. Se acercó al pequeño cuarto de baño y abrió la puerta. Sin molestarse en cerrarla, levantó la tapa del retrete para orinar.
Janette le miró por encima del libro. La parte interior de la puerta del baño era un espejo y la puerta hacía ángulo de modo que pudo ver brotar la orina de una especie de manguera gigantesca. En aquel momento Maurice volvió la cabeza y la miró a los ojos a través del espejo. Ella retiró la vista inmediatamente y sintió que se le ruborizaban las mejillas. Cuando él volvió y se sentó frente a ella, Janette clavó la mirada firmemente en las páginas del libro.
Maurice sacó un cigarrillo de su pitillera de oro sin decir palabra, lo encendió y se dedicó a observarla. Janette vestía todavía la blusa blanca y la falda azul del uniforme del colegio. Llevaba medias hasta las rodillas y unos zapatos negros completaban su atuendo. Pero allí, bajo la luz tenue del compartimiento, resultaba incongruente. Janette tenía ya un cuerpo de mujer y parecía intentar esconderlo bajo ropas infantiles.
—Janette —la voz de Maurice sonó cortante—. ¿Llevas la ropa interior que te regalé?
—No —replicó ella sin mirarle.
—¿Por qué no? —preguntó él—. ¿No te dije que la llevaras siempre que estuviera contigo?
—Pero está en contra de las normas del colegio.
—Ahora no estás en el colegio —dijo él—. Tendrías que habértela puesto.
—No me has dado tiempo —replicó ella mirándole—. He tenido que prepararme en diez minutos.
—¿La llevas contigo?
—Sí, en la maleta —asintió ella.
—Póntela.
—¿Ahora? —preguntó Janette.
—Ahora —replicó Maurice.
Ella se levantó, bajó la maleta del portaequipajes y la abrió. Sacó la ropa interior negra y se dirigió al cuarto de baño.
—No. —La detuvo—. Quiero que te la pongas aquí, delante de mí.
Janette le observó en silencio y desvió la mirada hacia las ventanillas del compartimento.
—Puedes correr las cortinas —dijo él leyéndole la mirada—. Y cierra la puerta.
Janette no se movió.
Maurice levantó una mano amenazadora. Ella corrió inmediatamente las cortinillas que daban al pasillo y cerró la puerta. Se volvió hacia él.
—Ahora —dijo él.
Janette fue soltando lentamente los botones de la blusa y se la sacó por encima de los hombros; a continuación desabrochó los botones laterales de la falda y la dejó caer al suelo. La blancura del sujetador y de las bragas de algodón blanco brilló amarillenta bajo la descolorida luz del cielo. Levantó las ropas del suelo, las dobló cuidadosamente y las dejó en la maleta abierta. Dándole la espalda, empezó a soltarse el sujetador.
—¡Date la vuelta y mírame! —ordenó Maurice.
Sus miradas se encontraron; ella bajó la vista y mirando al suelo se soltó el sujetador y se quitó las bragas. Sin decir palabra se puso el sujetador de encaje negro y las bragas de seda. Volviéndose, cogió la blusa.
—Todavía no has acabado —dijo—. ¿Dónde están los ligueros y las medias de seda?
Sin responder, Janette los sacó de la maleta. Se ciñó el liguero a las caderas y se sentó para ponerse las medias. Un momento después se levantó de nuevo para abrochar los cierres superiores de las medias. Volvió a coger la blusa.
—No —dijo él—. Vuelve a tu sitio.
—¿Así? —preguntó ella.
—Así —replicó brevemente Maurice—. Ya te diré cuándo tienes que vestirte.
—Pero hace frío —dijo ella.
—Ya te acostumbrarás —le contestó.
Janette se sentó silenciosamente frente a él. Maurice se llevó el cigarrillo a la boca y, mirándola, dejó que el humo saliera lentamente de su nariz.
—Las tetas ya te han crecido demasiado para llevar ese sujetador —dijo con tono casi coloquial—. Tienes un cuerpo de puta, igual que tu madre.
Ella no contestó.
—¡Abre las piernas! —ordenó.
Automáticamente, Janette separó las rodillas. Sintió el leve tirón de la seda y se tapó con una mano. Maurice le golpeó la mano.
—No te he dicho que hagas eso —y súbitamente se echó a reír—. También tienes un coño grande y peludo de puta. Igual que tu madre.
Sintió que las lágrimas acudían a sus ojos. Cerró firmemente la boca cuando empezaron a correr por sus mejillas.
—¿Lágrimas? —preguntó Maurice sarcásticamente.
Ella no replicó.
Se inclinó hacia adelante e inesperadamente le introdujo una mano entre las piernas. Casi dio un brinco del susto y a continuación la cálida ola de un orgasmo inmediato la dejó floja y temblorosa mientras su humedad inundaba los dedos exploradores.
Maurice se echó atrás y se apoyó en el respaldo riéndose.
—Janette, eres como tu madre. Húmeda de ojos y húmeda de coño.
Desde el pasillo llegó el sonido de la primera llamada para cenar. Maurice se levantó dirigiéndose al minúsculo cuarto de baño, donde empezó a lavarse las manos meticulosamente.
Mirando por encima del hombro, la vio reflejada en el espejo.
—Ya puedes vestirte, Janette —le dijo con naturalidad—. Tengo hambre y creo que en estos malditos trenes lo mejor es comer cuanto antes. Si esperas demasiado luego te encuentras con que se han acabado los mejores platos.
El tren llegó a París con hora y media de retraso debido a la lluvia torrencial. Jerry les esperaba en el andén. Cuando el pequeño coche se detuvo ante el apartamento de la isla de San Luis, ya eran las dos de la mañana.
—Si tenéis hambre, tengo algo de fiambre —dijo Jerry en el ascensor, mientras subían hasta el quinto piso.
—No tengo hambre —dijo Janette, y miró a Maurice—. ¿Por qué no me llevas a casa?
Maurice le cruzó la cara con la mano.
—A ti nadie te ha dicho nada —dijo—. Hablarás cuando yo te lo diga.
Ella le miró silenciosamente hasta que el ascensor se detuvo; le siguió por el rellano. Jerry manipuló con sus llaves y abrió la puerta. A Janette le sorprendió el lujo del apartamento. El edificio por fuera no parecía nada, pero por dentro tenía de todo. Los mejores muebles, alfombras e incluso aparatos americanos de aire acondicionado empotrados en la pared.
Maurice cruzó el salón y el comedor, y entrando en su alcoba, pasó a una pequeña habitación situada en un pasillo que comunicaba su cuarto con el de Jerry. La habitación pequeña carecía de puerta y los únicos muebles eran una cama pequeña y una silla; en una esquina de la habitación había un lavabo. Evidentemente, era una habitación para el servicio.
—Deja tus cosas aquí —dijo Maurice.
—¿Cuándo iré a ver a mi madre? —preguntó ella.
—Ya te diré cuándo. —Se volvió hacia Jerry—. Tengo hambre.
—Sacaré comida de la nevera —dijo Jerry.
—No —exclamó Maurice—. Enséñale a ella dónde está. Ella lo hará.
—Estoy cansada —dijo Janette—. Quiero dormir.
Maurice la abofeteó. Janette cayó tendida sobre la cama.
—Esto te espabilará —dijo Maurice—. Ahora quítate ese uniforme colegial estúpido, ven y siéntate a la mesa.
—Pero no tengo ninguna otra cosa para ponerme —se lamentó ella.
—Te pondrás lo que te pusiste en el tren —dijo él—. No necesitas nada más. — Se volvió hacia Jerry—. Espérala aquí. Luego enséñale lo que tiene que hacer. Voy a ducharme y a quitarme esta ropa. Apesta a tren.
Cuando Maurice salió de la habitación, ella se levantó de la cama. Jerry se quedó en pie mirándola.
—Dese la vuelta —dijo ella.
—¿Para qué? —rio Jerry—. De todos modos, te voy a ver.
Janette se sentó y se quedó inmóvil.
—A Maurice no le gustaría esto si le digo que vuelva —dijo.
Janette se desnudó rápidamente dándole la espalda. Cuando se volvió hacia él, Jerry soltó un ligero silbido.
—Maurice tenía razón. Eres como tu madre.
—¿Usted también ha visto a mi madre? —preguntó mirándole.
—Sí —replicó él. Se quedó unos momentos en silencio y luego dio la vuelta—. Vamos.
Ella le siguió hasta la cocina. Acababan de sentarse a la mesa cuando Maurice entró en la habitación con una bata negra de seda y babuchas de terciopelo.
—¿Dónde están las velas? —preguntó mirando la mesa.
—Las he olvidado —dijo Jerry rápidamente—. Las pondré. —Fue hasta el aparador. Poco después las velas ardían en la mesa. Apagó la luz eléctrica.
—Tomaremos un vaso de vino mientras te cambias —dijo Maurice a Jerry levantando una botella de vino. Llenó dos vasos y ofreció uno a Janette mientras Jerry abandonaba la habitación—. Toma.
—No quiero vino —dijo ella sacudiendo la cabeza.
—No te lo he preguntado —dijo Maurice—. Bébelo.
Janette tomó el vaso, se lo llevó a los labios, bebió un sorbo y volvió a dejarlo.
—Todo —ordenó Maurice.
Janette volvió a coger el vaso y lo vació; sintió que el calor del vino rojo y oscuro la invadía. Dejó el vaso. Maurice lo volvió a llenar.
—Así está mejor —dijo él—. Haz lo que yo te diga y no tendremos problemas. — Y empezó a servirse en su propio plato jamón, lengua, paté y queso. Rompiendo un panecillo, empezó a comer ávidamente—. Está bueno —dijo—. ¿No quieres un poco?
—No tengo hambre —dijo ella—. Estoy cansada.
—La comida te hará sentirte mejor —le dijo él en el momento en que volvía Jerry.
Janette le miró. Jerry llevaba un vestido largo de tiras de gasa bajo el cual iba desnudo mostrando sus partes a cada movimiento. Se había dado maquillaje en la cara, carmín en los labios, rímel en los ojos y colorete vivo en las mejillas. Maurice vio la expresión del rostro de Janette y se echó a reír.
—¿Qué pasa? ¿No te parece que es una chica guapa?
Janette no contestó. Jerry rio con voz de falsete y se sentó en la silla a horcajadas. Las tiras de gasa del vestido se retiraron hacia sus caderas mostrando la blanca longitud de su pene.
Maurice sonrió sin dejar de comer.
—¿No te parece que tiene una bonita picha? —preguntó—. Desde luego, no es tan larga como la mía, pero es bastante graciosa.
Janette tomó aliento.
—Maurice —dijo.
—Papá —dijo este reprendiéndola amablemente con un dedo levantado.
—Papá —dijo ella, y sus miradas se encontraron.
—Así está mejor, Janette. Ahora, ¿qué es lo que querías decirme?
—¿Por qué? —preguntó ella—. No comprendo. ¿Por qué?
—No hay nada que comprender, Janette —replicó Maurice—. Tu madre es una puta. Y cuando tú salgas de aquí, serás una puta más grande que ella.
—¡No puedes encerrarme aquí! —gritó ella echando a correr por la habitación.
Dando un salto la cogió por el brazo antes de que llegara a la puerta. La hizo volver al centro de la habitación.
—Me parece, Janette, que te estás portando como una criatura. ¿Y sabes qué se hace con los niños cuando son malos? ¡Se les da una zurra!
Y sentándose en una silla la cruzó boca abajo en su regazo. Su mano subió y bajó con ritmo regular. Al principio ella sintió dolor, y luego notó un calor que le ascendía por las nalgas hasta los lomos. Sus gritos empezaron a convertirse en un gemido suave.
—¿Quieres que te zurre? —rio Maurice.
Janette sacudió la cabeza lentamente.
Maurice volvió a reírse y súbitamente introdujo una mano entre las piernas de Janette y empezó a acariciarle la vulva sin dejar de golpearle rítmicamente las nalgas. Ella empezó a boquear, incapaz de controlar sus reacciones espasmódicas.
—Mira lo que has hecho, eres una chica muy traviesa —dijo Maurice—. Has dejado a Jimmy totalmente excitado y celoso. Mira qué dura se le ha puesto.
Entonces Janette se dio cuenta de que Jimmy estaba en pie ante ella masturbándose violentamente. Janette apartó la cabeza de él.
—¡Métesela en la boca, Jimmy! —exclamó Maurice—. ¡Ahógala!
Jimmy le estiró del pelo echándole la cabeza atrás y obligándola a abrir la boca. Introdujo el pene en su boca en el momento en que empezaba a correrse.
Janette empezó a sofocarse y gimió intentando gritar; pero repentinamente se sintió en la cresta de un orgasmo tan violento, tan fuerte, que nunca hubiera imaginado que se pudiera llegar a tales espasmos de agonía, placer y dolor.
Maurice se levantó de pronto haciéndola caer de su regazo al suelo. Allí se quedó, gimiendo y llorando, incapaz de moverse. Maurice le sonrió.
—Querida niña, esta ha sido la primera lección —dijo—. Y habrá muchas más. Con el tiempo aprenderás a disfrutar de ellas, ya lo verás. Llévala a su cama —dijo volviéndose hacia Jimmy.
Jimmy la levantó, la llevó a la habitación y la dejó allí. Maurice fue tras él y la cogió del brazo. Janette oyó un chasquido. Se miró el brazo: un par de esposas la unían a la barra de la cama. Levantó la vista hacia Maurice.
—Esto es por si esta noche se te ocurren ideas raras —dijo—. Por ejemplo, intentar escaparte.
Y volviéndose, dejó la habitación seguido por Jerry. Apagaron la luz y la dejaron lloriqueando en la oscuridad.
Janette no sabía cuándo era de día o de noche. Cuando iban a sacarla de la cama, las cortinas siempre estaban cerradas; hasta las ventanas del cuarto de baño estaban cubiertas. La comida parecía ser siempre la misma: ni desayuno, ni comida ni cena. Una mesa de fiambres variados, pan y vino. En su cabeza empezaban a suceder cosas extrañas. Llegó un momento en que lo único que la hacía sufrir era estar sola y esposada a la cama en la oscuridad. Empezó a esperar los momentos en que iban a buscarla. Llegó a esperar el dolor, pues iba siempre acompañado de la exquisita agonía con que se corría.
Las palabras de Maurice daban vueltas y más vueltas en su cabeza: «Recuerda, Janette, sin dolor no hay placer. Ambos van unidos, se potencian mutuamente, colaboran para alcanzar el éxtasis total».
Siempre empezaba golpeándole las nalgas.
—¿Por qué no usas el látigo? —oyó una vez que preguntaba Jerry.
—No hay que dejar señales —contestó Maurice.
La primera vez que la llevaron a la cama de Maurice, le ataron las manos con un largo cordón de seda a la cabecera de madera de la cama.
—Tíratela tú primero —dijo Maurice—. Prepáramela.
Y le separó las piernas mientras Jerry se arrodillaba ante ella. Se masturbó rápidamente intentando obtener una erección, y a continuación se introdujo repentinamente en ella. Janette gritó al sentir un dolor rápido y cortante, pero Jerry se quedó fláccido de inmediato y salió de ella. Entonces se volvió hacia Maurice:
—¡Ya te he dicho que no puedo hacerlo con una mujer!
Con gesto airado, Maurice le apartó. Abriéndose la bata subió a la cama y se situó entre las piernas de Janette. Tenía el pene erecto.
Janette le miró, incapaz de retirar la mirada de su falo.
—¡Tengo miedo! —exclamó.
Maurice introdujo una mano entre sus piernas, la sacó y se la miró. Sus dedos estaban impregnados de humedad y tenían un leve rastro de sangre clara.
—Tu maldito coño mojado de puta desmiente tus palabras —dijo.
—¡Me vas a hacer daño!
—Recuerda, Janette, sin dolor no hay placer —replicó Maurice sonriente. Y metiendo las manos bajo sus nalgas, la levantó hacia Janette le miró con los ojos muy abiertos mientras Maurice avanzaba lentamente en su interior. Le costaba creer que tenía espacio en su interior para recibirlo. Maurice pareció detenerse unos momentos cuando sintió una obstrucción. La miró a los ojos y, sin previo aviso, dio un violento empellón.
El dolor la traspasó haciéndola gritar. Maurice le puso una mano sobre la boca atrayéndola contra sí con la otra mano. Al cabo de un momento Janette abrió los ojos fijándolos en los rasgos de Maurice y a continuación bajó lentamente la vista. Él sintió la profunda inspiración de Janette al darse cuenta de que estaba completamente introducido en ella. Janette elevó lentamente la mirada, que se le fue llenando de un embeleso extraño. Maurice la miró unos momentos, retiró la mano de su boca y soltó los cordones que la ataban a la cama liberando sus manos.
Janette volvió a mirarle y, repentinamente, apretó sus brazos contra él atrayéndolo firmemente hacia sí. Empezó a moverse lenta, insegura, y sus movimientos fueron haciéndose frenéticos. Cerró los ojos apretadamente hasta que las lágrimas afloraron a sus párpados cerrados. En los oídos de Maurice resonó un susurro que iba convirtiéndose en grito.
—¡Papá, papá, papá! ¡Pégame en la cara! —Dijo mirándole con los ojos muy abiertos.
Maurice le cruzó la cara con la mano abierta.
—¡Otra vez!
Esta vez quedaron las marcas blancas de los dedos de Maurice sobre su mejilla. Janette sonrió.
—¿Verdad que me quieres, papá? —preguntó.
—¡Eres la pequeña puta de papá! —replicó él tras reír fuertemente.
—Sí —musitó Janette—. Sí. Y siempre lo has sabido. Es lo que siempre he querido ser.
A partir de entonces Janette no volvió a la cama de la pequeña alcoba. Dormía en la gran cama de Maurice con los dos. Una mañana, al despertar Janette, la luz del día que entraba en la habitación le hizo parpadear.
Maurice, ya vestido, estaba en pie junto a la cama.
—Ayer noche volvió tu madre de la clínica —dijo—. Haré que Jerry te lleve a casa.
—No quiero verla —dijo ella.
—Entonces tendrás que volver al colegio —replicó él.
—¿No puedo quedarme aquí? —preguntó.
—No —dijo Maurice sacudiendo la cabeza—. Si no vuelves al colegio, habrá demasiadas preguntas.
—Pero yo quiero estar contigo —dijo Janette.
—No puede ser —dijo él. Y metiendo una mano en el bolsillo, sacó un llavero—. Pero he hecho un juego de llaves para ti. El mes que viene, cuando Lleguen las vacaciones de Semana Santa, vendrás aquí y si no estamos en casa, te esperarás.
Aquella misma tarde Janette cogió el tren que la llevaba de nuevo al colegio.
Los últimos rayos del sol abrileño atravesaban la ventana; Jacques, exhausto, se dejó caer en un sofá en medio del salón atiborrado de flores. Mirando a Tanya y a Johann, dijo:
—Estoy muerto de fatiga. Me alegro de que haya terminado.
—Me parece que la rueda de prensa ha ido muy bien —dijo Johann asintiendo.
—Mi mejor idea ha sido celebrarla en tu casa —dijo Jacques a Tanya—. Me da la impresión de que a todos les ha gustado el toque personal. Están hartos de los salones y las salas de prensa de los hoteles.
—¿Crees que les ha gustado el adelanto de algunos diseños de Shiki? —preguntó Tanya.
—Según lo que he podido escuchar —replicó Jacques—, a todos les han gustado. O sea que volverán al pase de modelos a principio de temporada. Saben que tú eres seria.
—¿Shiki ya se ha ido? —preguntó Tanya.
—Sí —contestó Jacques—. En cuanto ha desaparecido el último periodista, se ha ido. —Se incorporó—. Y es lo mejor que podemos hacer. Descansad un poco. Mañana tendremos un día febril en el despacho.
—Yo también me iré —dijo Johann—. Mi enhorabuena.
—Todavía es demasiado pronto para dar la enhorabuena —dijo Tanya con una sonrisa—. Es mejor que esperemos a los pases de modelos.
—Yo ya no estoy preocupado —dijo Johann—. Todo irá bien.
Tanya les acompañó hasta la puerta; se despidieron besándole la mejilla y ella, dándose la vuelta, se fue hacia las escaleras. Henri se acercó a ella.
—Madame —dijo inseguro.
—¿Sí?
—Mademoiselle Janette está en su habitación —dijo el mayordomo.
—¡Janette! ¿Aquí? —dijo con voz sorprendida—. ¿Por qué no me lo ha dicho antes?
—Llegó en plena rueda de prensa, madame, y me dijo que no la molestara.
Sin decir palabra Tanya corrió escaleras arriba. La puerta de la habitación de Janette estaba cerrada. Llamó educadamente y entró. Janette estaba en pie junto a la ventana, mirando al exterior.
—¡Janette! —exclamó Tanya.
Janette se volvió hacia su madre. Su mirada carecía de expresión.
—Hola, madre —dijo con voz apagada.
Tanya la observó. La muchacha tenía la cara delgada y ojerosa; bajo sus ojos había dos profundos surcos azulados.
—Janette —dijo—. ¿Qué te pasa?
Janette no hizo gesto de acercarse a su madre. La miró a los ojos desafiante.
—Estoy embarazada —dijo.
—No —dijo Tanya—. No.
—Sí, madre —replicó Janette.
—Pobre nenita mía. —Tanya se acercó a ella.
—Ya no soy tu pobre nenita, madre. Nunca más.
—¿Por qué no me has llamado? Al menos podías contestar a mis llamadas — preguntó Tanya.
—¿Acaso eso hubiera cambiado las cosas? —preguntó Janette con indiferencia —. Hubieras tenido el niño de todos modos.
—Tienes una hermana, Janette.
—Y mi hermana va a tener una hermana —dijo Janette.
—No comprendo —dijo Tanya mirando a su hija a los ojos.
—No seas idiota, madre —dijo Janette—. Me ha dejado embarazada el mismo hombre que te dejó embarazada a ti.
—¡Eso es imposible! —dijo Tanya.
—¿Sí, madre? Durante la semana que pasaste en la clínica, Maurice fue al colegio a fin de llevarme a París para que te viera. Pero no me llevó a la clínica. En vez de hacer eso, pasé la semana en su apartamento y el día en que tú volvías a casa, yo regresé al colegio.
—¿Maurice? —En la voz de Tanya había una nota de incredulidad—. No puedo creer que hiciera eso.
—¿No, madre? —Janette abrió su pequeño bolso sacando un llavero. Lo arrojó sobre la mesa que había junto a ella—. Incluso me dio un juego de llaves de su apartamento para que pudiera volver en Semana Santa.
Tanya miró las llaves y luego a su hija. Las lágrimas afluyeron a sus ojos.
—¿Por qué no me dejaste hablar contigo? ¿Por qué? Te lo iba a decir. Maurice no es el padre de Lauren. No le he permitido acercarse a mí desde el día en que nos casamos.
—Eres una mentirosa, madre —dijo Janette.
—No estoy mintiendo —dijo Tanya—. Echa un vistazo a tu hermana y tú misma te darás cuenta. Rubia y con ojos azules. ¿Por qué crees si no que Maurice ha presentado demanda de divorcio por adulterio? En su familia no ha habido un niño rubio con ojos azules desde hace generaciones.
—Yo no sabía eso, madre —dijo Janette mirándola—. Nadie me lo había dicho.
Tanya aspiró profundamente. Sintió que sus entrañas se petrificaban.
—Ahora eso no importa —dijo—. Ya está hecho y no puede evitarse. Tenemos que hacer planes para el futuro. Lo primero es ir a ver al doctor Pierre.
Súbitamente las lágrimas inundaron los ojos de Janette.
—Oh, madre —lloró—. Lo siento.
Y cayeron una en brazos de la otra; las lágrimas se mezclaron en las mejillas de ambas. Durante un largo rato se quedaron allí, abrazadas y en silencio, hasta que la luz del sol se borró de las ventanas.
Dos días más tarde Tanya, en el pequeño despacho del doctor Pierre, esperaba que este volviera del quirófano de su clínica. En cuanto entró, ella se puso en pie.
—¿Cómo está ella, doctor Pierre?
—Todo irá bien —dijo—. Se han tomado todas las precauciones. Ahora está descansando.
—¡Gracias a Dios! —dijo ella.
—Sí, gracias a Dios —replicó él con solemnidad—. De haber tenido el hijo, hubiera podido morir.
Tanya le miró. El doctor Pierre movió la cabeza.
—No sé con qué especie de animal estuvo, pero tenía el interior completamente destrozado. Ha tenido que emplear un ariete con ella. No solo estaban destrozadas la vagina y las trompas, sino que también el ano y parte del intestino estaban desgarrados. No podía creerlo. —Miró a Tanya a los ojos—. La he arreglado lo mejor que he podido. Al menos por ese lado no habrá más problemas. —Hizo una pausa respirando profundamente.
—Hay alguna otra cosa que usted no me ha dicho —dijo Tanya con voz tensa.
Él dudó un momento.
—Janette nunca podrá tener un hijo —dijo—. He tenido que extraer todo menos parte de un ovario.
Exactamente diez días más tarde, a las dos de la mañana, un día después de que Janette hubiera vuelto al colegio, Tanya aparcaba su pequeño coche en la calle, ante el edificio de apartamentos de la isla de San Luis. Cuando salió del coche, no había nadie en la calle. Automáticamente lo cerró, guardando las llaves en su bolso, al mismo tiempo que sacaba las del apartamento. Miró el edificio. Todas las ventanas estaban oscuras. Caminó lentamente hacia el portal.
Era la llave grande, la llave grande es siempre la de la puerta de la calle. Giró suavemente corriendo el cerrojo y entró en el oscuro portal. Se detuvo dándose cuenta de que se dirigía automáticamente a encender las luces del portal. No quería llamar la atención sobre su persona. Esperó unos momentos hasta que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y entonces se encaminó hacia el ascensor.
El ruido que produjo en sus oídos el viejo ascensor chirriante al subir le pareció suficientemente fuerte para despertar a todo París. Contuvo el aliento hasta que se detuvo. Entonces, con un sentimiento de descanso, salió. En aquel piso había dos apartamentos. Dudó un momento y encendió una cerilla. Allí era. Sobre un timbre había una pequeña placa de latón. Le marquis de la Beauville.
Tanya cerró los ojos un momento y se quedó pensando. ¿Había olvidado algo? Su testamento había sido correctamente firmado y registrado. Las instrucciones al banco suizo relativas a la caja de seguridad en que estaba guardado el oro habían sido enviadas y aceptadas. Si a ella le sucediera algo, Johann se ocuparía de todo. Sus hijos quedarían protegidos.
Dio vuelta lentamente a la primera llave hasta oír el leve chasquido del cerrojo. Muy bien. Ahora la segunda llave. Sonó suavemente. Se detuvo. No oyó nada. Acabó de dar vuelta a la llave lentamente. Sonó un clic y la puerta se abrió poco a poco.
Dio un paso inseguro en el apartamento y se detuvo a escuchar. No se oía nada. Lentamente, empujó la puerta a sus espaldas y esperó mientras se orientaba.
Intentó recordar lo que había contado Janette sobre el apartamento. Pasando el amplio arco, frente a ella, debía estar el salón. A la derecha, una puerta pequeña conducía a la entrada de servicio y a la cocina. Al otro lado del salón, pasando bajo un arco más pequeño, debía estar el comedor. La habitación de Maurice se encontraba tras una puerta situada en el fondo del comedor.
Atravesó las habitaciones cuidadosamente y moviéndose con prudencia para no chocar con algún mueble desapercibido. Ya estaba ante la puerta de la alcoba. Volvió a abrir el bolso y sacó la navaja de afeitar. Naturalmente, solo podía ser la navaja de afeitar de Wolfgang. En su fuero interno ya no dudaba de que hubiera sido Maurice quien le entregara a los rusos.
Abrió la navaja y, blandiendo la afilada hoja en su mano, giró suavemente el pomo de la puerta. Esta se abrió y ella se introdujo en la alcoba avanzando silenciosamente por el suelo alfombrado. No se atrevió a cerrar la puerta.
Bajo la tenue luminosidad proveniente del alumbrado exterior que pasaba por entre las cortinas, pudo ver la cama. Se acercó a ella. Más que ver, casi sintió el bulto que se amontonaba bajo las mantas. Se detuvo sobre él, mirándolo e intentando verle. Una profunda respiración llegó a sus oídos, pero no supo distinguir si era de él o suya propia.
—¡Maurice! —dijo en voz baja.
Él se volvió empezando a sentarse. Entonces le dio. Le clavó la navaja con todas sus fuerzas en el cuerpo. Un grito estrangulado surgió de su garganta y se movió frenéticamente, alejándose de ella; con la mano, buscaba algo en la mesilla, a un lado de la cama. Le acuchilló furiosamente cuando intentó volverse. Entonces vio en su mano el brillo de algo pesado y metálico pero siguió acuchillando y golpeando.
Una detonación sacudió sus oídos y un fuego azul deslumbró sus ojos al mismo tiempo que parecía recibir un martillazo en el pecho que la tiró casi de espaldas; pero ella siguió con la navaja firme, arriba y abajo. Al fin él quedó inerte entre las sábanas.
Tanya se quedó en pie respirando pesadamente y alargó la mano para tocarlo. Sus dedos se mancharon de sangre entre las sábanas empapadas. Retiró la mano rápidamente y la navaja cayó de entre sus dedos. La intensidad del dolor aumentaba en su interior. Apretando una mano contra el pecho sintió el calor de la sangre que corría por sus dedos empapando el vestido. Entonces se dio cuenta de que le había disparado.
Lentamente se dio la vuelta y atravesó el apartamento en sentido contrario; a cada paso aumentaba el lacerante dolor. Le pareció que le costaba una eternidad llegar a la puerta del apartamento. Ahora el dolor arrollaba su cuerpo en oleadas; se sintió floja y vacilante como si se le escapara la conciencia junto con la sangre que corría por sus dedos.
Alargó la mano hacia la puerta. De súbito se encendió la luz del rellano exterior y la puerta quedó abierta en su mano. Él se quedó inmóvil, con la boca abierta; la luz, proveniente de sus espaldas, iluminó el rostro de Tanya.
Ella le miró con los ojos agrandados por el terror.
—¡Oh, no, Maurice! —gritó—. ¡Estás muerto! ¡Acabo de matarte! —Y empezó a caer mientras su conciencia le abandonaba para no volver más.