Adiós, Janette

Harold Robbins · Capítulo 7 de 19

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Adiós, Janette

Capítulo 3

tres

 

A la hora de comer Jacques ocupaba su mesa habitual en una esquina, frente al Hotel Relais Plaza. Habitualmente se sentaba allí a beber vino blanco mirando desinteresadamente a los que entraban y salían del restaurante, pero aquel día tenía abiertos en la mesa el International Herald Tribune y el Vogue y los estudiaba cuidadosamente. Habían tenido lugar los pases de modelos y el veredicto era definitivo: Yves Saint Laurent. Para la prensa, era el único. Ni siquiera las fotografías del joven candidato a la presidencia norteamericana y de su mujer ante el Elysée interesaban tanto.

Habían pasado poco más de cuatro años desde que Michel de Brunhof, director de la edición francesa del Vogue, le había pedido un trabajo junto a Shiki para sí mismo o para el joven que vivía con él dedicado a la academie de couture. Pero después de ver los dibujos y bosquejos del muchacho, a Shiki no le interesó. No podía perder el tiempo con aficionados y soñadores y costaría demasiado enseñarles los aspectos prácticos del negocio.

A pesar de esto, Jacques había llevado los dibujos a Johann pidiéndole que desautorizara a Shiki, y que si no lo hacía abriera otro salón pequeño que reflejara un sentido de la couture más nuevo y más joven. Johann los estudió, pero había acabado sacudiendo negativamente la cabeza. Ya perdían suficiente cantidad de dinero en la sección de couture sin necesidad de iniciar otra operación que podría incrementar las pérdidas. Contra su voluntad, tuvo que devolver los dibujos a de Brunhof. Un mes más tarde el joven estaba en Dior. Casi de inmediato el nombre del muchacho empezó a aparecer en muchos comentarios y artículos de Vogue; el resto pertenecía a la historia. Dior tuvo un ataque de corazón y Marcel Boussac reclutó al joven como diseñador para la casa Dior.

Miró la revista. Si de Brunhof hubiera acudido a él un año antes, cuando Tanya vivía todavía… Ella lo hubiera lanzado. Aun librándose de Shiki si fuera el único medio. ¡Ay, siempre ese gran condicional, ese «si»! Pero ella ya no estaba, y el concepto que tenía Johann del negocio estaba más orientado hacia el balance que hacia las ideas.

Pero quizá no fuera demasiado tarde. Era el último pase de modelos de Saint Laurent antes de que este empezara el servicio militar obligatorio en el ejército francés. Dos años. Boussac no iba a interrumpir la marcha de la casa Dior solamente por eso. No podía permitirse desaprovechar la situación creada. Había unos cuantos nombres que se citaban como posibles sucesores de Saint Laurent, pero él ya sabía quién lo sería. El diseñador que tenía casa de costura en Londres, Marc Bohan. No era Saint Laurent, pero a su modo tenía tanto talento y personalidad como él y era fuerte. Cuando Saint Laurent volviera del ejército, Bohan ya estaría tan introducido en Dior que haría falta una bomba atómica para sacarlo de allí. Entonces Saint Laurent se vería obligado a buscar una nueva casa. Y en ese momento Jacques no estaba dispuesto a permitir que se le escapara. Aunque tuviera que despedirse él mismo y buscar dinero para establecer una nueva casa de modas.

Sorbió lentamente un trago de kir y hojeó distraídamente las páginas de la revista. Como de costumbre, se trataba de un ejemplar adelantado que no estaría a la venta pública hasta la semana siguiente. Siempre le gustaba leer a fondo la revista, tanto los anuncios como los artículos. En cierto modo, aquellos incluso eran más importantes, pues ofrecían indicaciones como las direcciones de las diferentes casas. Al llegar casi a la mitad de la revista, se interrumpió súbitamente. Miró con sorpresa y su pensamiento se negó a creer a sus ojos.

Era una fotografía en colores y a doble página de una hermosa muchacha desnuda; echada de costado, se enfrentaba a la cámara mirándose el dedo corazón de la mano, que lucía un anillo con un diamante en forma de corazón. En grandes titulares cruzaban ambas páginas las siguientes palabras: «A las mujeres hermosas les basta con vestir un simple diamante». Y en la esquina de la segunda página, bajo la fotografía y en letras pequeñas, «Janette Marie de la Beauville, por Harry Winston».

—Merde! —sus labios se movieron silenciosamente. Estaba más enfurecido consigo mismo que con la fotografía. Teniendo tantas relaciones, tenía que haberse enterado antes de que sucediera. Pero ella se las había arreglado de algún modo para enterarse de que aquello no estaba a su alcance. Entonces vio el aspecto humorístico y empezó a sonreír. Contempló la fotograba. Nunca había estado tan guapa. Llamó al camarero.

—¿Otro kir, monsieur?

—No —replicó—. Me tomaré un whisky. Con mucho hielo. —Cerró la revista. De momento, que Yves Saint Laurent se fuera al diablo. La fotografía iba a ser la comidilla de París durante la próxima temporada. El camarero dejó el whisky ante Jacques y este tomó un largo sorbo. Su mente ya estaba calculando cómo capitalizar el asunto.

 

Johann miró la revista y se reclinó hacia atrás en su silla.

—Bastante sorprendente —dijo—. ¿Por qué crees que lo ha hecho?

—Porque es más viva que nosotros dos —dijo Jacques riéndose—. Por eso. Tiene más cosas de su madre de lo que nosotros creíamos.

—Sigo sin comprender —dijo Johann.

—Imagen —afirmó Jacques—. Con una fotografía se ha creado una imagen. Algo que Shiki no ha conseguido proporcionarnos en cinco años. En cuanto esta revista salga a la calle, Janette será la nueva reina del joven haut monde parisino. La imitarán todos intentando ser como ella. Lo que haga, lo que vista, lo que diga, eso será la ley.

—¿Y en qué nos beneficiará eso? —preguntó Johann.

—Es todo un mercado nuevo. Y nosotros seremos los primeros —replicó Jacques —. Ya no estaremos luchando, como tenemos que hacerlo con Shiki, por entrar en un mercado en que solo aprovechamos las migajas que caen de las mesas de los demás diseñadores. Empezaremos a marcar una nueva línea con una nueva idea.

—¿Y qué pasa con nuestra inversión en Shiki?

—Terminado —dijo Jacques—. Se acabó. Nunca haremos dinero con él. ¿Por qué seguir alimentando a un caballo muerto?

—Pero Tanya creía…

—Tanya murió —le interrumpió Jacques—. Ahora tenemos a Janette. Si Tanya estuviera viva, sería la primera que me daría la razón.

—¿Has hablado con Janette? —dijo Johann tras unos momentos de silencio.

—Todavía no. He querido hablar antes contigo.

—Eso supone anular cincuenta millones de francos —dijo Johann—. La mitad del dinero ahora es de ella, lo cual significa que la decisión será en parte suya. Yo soy el único responsable de la parte de Lauren y como administrador no puedo permitirme aceptar semejante pérdida para mi pupilo.

—A lo mejor se pierde todo. Shiki no lo conseguirá nunca. Le hemos dado todas las oportunidades que ha querido.

—No lo sé —dijo Johann—. En este aspecto del negocio no me siento a mis anchas. Nunca acabo de comprenderlo. Nada tiene sentido. Nadie parece saber qué se venderá y qué no se venderá. Los negocios vinícolas son algo distinto. Produces tanto, vendes tanto y siempre sabes lo que va a pasar. Hasta la empresa de perfumes tiene un mercado estable. No es muy grande, pero siempre se puede prever lo que va a pasar. Couture, zero. Se gasta una fortuna diseñando un estilo, exponiendo, anunciándolo, y a los dos días se ha ido todo a la basura y no puedes ni presentar los muestrarios. Siempre he lamentado que nos metiéramos en esto, pero Tanya no quiso escucharme. Tenía sus propias ideas.

—¿Por qué no hablas con Janette? —dijo Jacques—. Quizás ella también tenga alguna idea.

—¿Realmente lo crees? —dijo Johann mirándole.

Jacques asintió.

—Estoy empezando a conocer a esa dama. Nunca hace nada sin un propósito concreto.

Cuando Jacques salió del despacho, Johann se quedó en la mesa mirando la revista. La Janette que le miraba seductoramente desde la fotografía era una muchacha muy diferente de la que tres años antes le había dicho que iba a cambiar de aspecto. Pero había cambiado algo más que su apariencia. Había sucedido alguna otra cosa.

De la otra Janette todavía quedaba algo infantil, una sofisticada ingenuidad. Pero ahora la ingenuidad había desaparecido. Se trataba de una mujer. Consciente de sí misma, de su cuerpo, de sus necesidades, intereses y ambiciones. Pero en su aspecto total el cálculo quedaba oculto; lo que surgía era la rotundidad de su feminidad, y desde la raya de su cabello negro-rojizo brillante hasta las uñas de los dedos de los pies, pintadas de color rosa casi metálico, resultaba un prototipo de la moda vigente; los defectos concretos se perdían en la visión general.

 

Pasaron casi cinco meses hasta que Janette volvió al despacho. Entonces nadie la reconoció, ni siquiera la secretaria, que la conocía desde hacía muchos años y que le había preguntado su nombre cuando iba hacia su despacho; cuando la anunció por el teléfono, su voz denotaba claramente la impresión.

Johann la reconoció en cuanto levantó la vista del escritorio y la miró. Janette se quedó inmóvil durante unos momentos; a continuación giró lentamente hasta dar una vuelta completa y entonces, mirándole a él, le sonrió y dijo:

—Bien, Johann, ¿qué te parece?

Johann guardó silencio, se levantó de la mesa y la besó en ambas mejillas.

—Eres perfectamente hermosa —dijo sinceramente—. Pero ¿te conozco?

—No lo sé —replicó ella con una media sonrisa—. Pero tampoco yo sé si me conozco a mí misma. Voy a tener que encontrarme.

—¿Cuándo has pensado volver al trabajo? —dijo él volviendo a su escritorio y sentándose.

—No —dijo ella—. Todavía tengo muchas cosas por descubrir. Sobre mí misma y sobre nuestros negocios. Y creo que durante cierto tiempo aprenderé más trabajando en algún otro sitio.

Johann pensó en los cien mil luises de oro que había en el banco suizo y en el aviso que le había dejado Tanya en una de las cajas de seguridad.

Querido Johann:

Una tercera parte te pertenece porque amaste a Wolfgang, igual que yo.

El resto, que pongo bajo tu administración, es para Janette y Lauren y será

empleado solo en caso de necesidad. Te quiero, confío en ti y me disculpo por

cargar este nuevo peso sobre tus hombros. Sé bueno con ellas, amigo mío,

porque en definitiva mis hijas, como yo misma, no tienen a nadie más.

Tanya.

Levantó la vista hacia Janette, que seguía en pie ante su mesa. Su primer impulso había sido contárselo, y la había telefoneado desde el banco. Pero ella no estaba preparada para recibirle en la clínica. Ahora comprendía por qué. Lo que ella había hecho iba mucho más allá de una mera dieta. Pero quizá todo fuera para bien. No se había presentado la necesidad mencionada por Tanya. Y Janette tenía ideas propias sobre la dirección que le interesaba tomar.

—¿Entonces a qué te vas a dedicar? —preguntó Johann.

—Ya lo estoy haciendo —replicó ella—. Tengo un trabajo de maniquí con Yves Saint Laurent.

—¿Quién es? —El nombre le sonaba vagamente pero no conseguía situarlo.

—El nuevo diseñador de Dior. Cuando Dior murió, dejó la casa y ya está trabajando en su primera colección. Considera que soy el tipo exacto que necesita.

—Muy bien —replicó él, y repentinamente sonrió—. Tan bien que no dejaré que Jacques se vaya.

—Tienes razón —dijo Janette—. Ahora sé que nunca podría hacer su trabajo tan bien como él. Además yo quiero algo diferente.

—¿De qué se trata? —preguntó Johann.

—De lo que quería mi madre. Mi propia casa de modas. Pero costará algún tiempo. Todavía no estoy preparada. —Janette se acercó al escritorio y tomó la fotografía que había encima. La volvió hacia sí—. ¿Es tu mujer?

—Sí, es Heidi.

—Es encantadora —dijo ella sosteniendo todavía la fotografía—. ¿Cuándo la conoceré?

—Esta noche a la hora de la cena, si quieres.

Janette asintió devolviendo la fotografía al escritorio.

—En casa a las ocho. Haré que Henri prepare algo especial.

—Allí estaremos.

—Haré que os espere Lauren. Adora a tu mujer. Solo habla de ella.

—Heidi la quiere mucho —sonrió Johann. Janette le devolvió la sonrisa.

—Eres un hombre afortunado; debe ser una mujer encantadora, los niños tienen un instinto extraordinario. Son como animales. Olfatean lo bueno y lo malo. Y si Lauren la quiere, solo puede ser buena.

 

Hacía ya más de dos años de esta conversación. Desde entonces habían tenido lugar otros cambios. Seis meses después de que volviera Janette de Suiza, Heidi le había propuesto la idea de llevarse a Lauren a vivir con ellos.

—No lo sé —había respondido ella pensativamente.

—¿Por qué no? —preguntó Heidi—. Vive en esa enorme casa prácticamente sola. Solo ve a los criados, raramente ve a su hermana. Necesita algo más. Tiene derecho a algo más. Es una niña cariñosa y preciosa que no tiene a quien querer.

—¿Y te parece que Janette no es suficiente para ella?

—Johann, tú no eres tonto —dijo Heidi un poco exasperada—. Lo sabes perfectamente. Janette está demasiado ocupada viviendo su propia vida. No tiene tiempo para dedicarlo a la niña, aunque quisiera hacerlo.

—A ti no te gusta Janette, ¿verdad? —preguntó Johann mirándola.

—Eso no tiene nada que ver con mi sugerencia. —Heidi evitó de momento contestar—. Lo de menos es que me guste o no. A mí me preocupa Lauren.

—¿Y qué te parece si tenemos un hijo nuestro? —preguntó Johann.

—Eso no cambiaría las cosas. Yo seguiría queriendo dar un hogar a Lauren. La quiero, y ella me quiere a mí.

—Si ella se viene a vivir con nosotros —dijo él tras unos momentos de silencio —, eso puede suponer que no podremos ir a Estados Unidos tan pronto como habíamos planeado.

—Ahora me doy cuenta de que, venga o no venga ella a vivir con nosotros, tenemos que quedarnos aquí. Tu trabajo está aquí, aquí están tus responsabilidades. O sea que las cosas no cambian.

—De acuerdo —asintió—. Mañana hablaré con Janette.

En cierto modo a Johann le pareció notar un sentimiento de alivio en Janette cuando habló con ella. Heidi encontró un apartamento más grande en el Bois de Boulogne y dos meses más tarde Lauren se fue a vivir con ellos. Lo primero que hizo Heidi fue despedir a la niñera y ocuparse de la niña personalmente; y lo hizo a fondo. Lauren floreció, prosperó y las sombras oscuras de sus ojos desaparecieron; ahora estaba siempre feliz y reidora.

Aquella noche Johann se llevó la revista a casa y después de cenar enseñó el anuncio a Heidi. Esta lo miró unos momentos y luego le miró a él.

—Es guapa.

—Jacques ha dicho que ha llegado el momento de iniciar toda una nueva couture que gire en torno a ella —dijo Johann.

—¿Y ella qué dice? —preguntó Heidi.

—Todavía no hemos hablado.

—¿Qué opinas tú?

—Es arriesgado —replicó—. Con Shiki no ganamos dinero. Pero por otra parte no estamos perdiendo. Jacques tiene la impresión de que Shiki ha dispuesto de todas las oportunidades e indudablemente nunca lo conseguirá. Pero no sé, hay cien millones de francos en juego y si se pierden, dañaré gravemente la herencia de la pequeña.

—¿Y qué pasa con Janette?

—De hecho, yo ya no soy responsable de su parte. Ella es mayor de edad y puede tomar sus propias decisiones si así lo desea.

—Pero hasta el momento ha dejado todo en tus manos, ¿no es así?

Johann asintió.

—Me pregunto por qué —inquirió Heidi.

—No lo sé —replicó él—. Ella conoce sus derechos.

—Si ella se ocupa de sus propios asuntos, ¿podríamos ir a los Estados Unidos, como habíamos planeado?

—Quizá sí —dijo él—. Si consigo garantías adecuadas de que Lauren quedará protegida contra cualquier cosa que pueda ocurrir.

—Mi padre ha dicho que empieza a pensar en el retiro. Le gustaría que fueras tú y conocieras sus negocios. Cree que tú podrías arreglártelas bien allí.

—Eso son prejuicios —dijo Johann—. Además, él quiere tener a su hija en casa.

—Puede ser —dijo ella—. Pero sucede que yo opino que mi padre tiene razón. Tú estarías bien en Estados Unidos. —Hizo una breve pausa—. ¿Sabes si podemos hacerlo, puede venir Lauren con nosotros?

—Es posible. Yo sigo siendo su tutor legal y si no surgen complicaciones, no habrá problemas.

—Janette es la única que puede poner objeciones —dijo Heidi.

—También cabe la posibilidad de que Maurice haga algo. No lo sé, pero sobre el papel él es su padre. Séalo o no en realidad, es lo de menos.

—Maldito lo que me importa Maurice —afirmó ella.

—Si creyera que puede sacar dinero, lo haría. —Johann la miró—. Pero nos estamos adelantando a los acontecimientos, ¿no te parece? Todavía no ha pasado nada.

Heidi contempló la fotografía y dijo con tono pensativo:

—Quizá no falte mucho. Janette no haría algo así si no tuviera algún plan importante en la cabeza.

—Jacques opina lo mismo —dijo Johann con una sonrisa.

—Jacques tiene razón —dijo ella, y contempló de nuevo la fotografía—. ¿Cómo será de grande el diamante que lleva en el dedo, qué te parece?

—No tengo ni la menor idea —replicó él.

—Debe tener por lo menos treinta kilates —dijo Heidi mirándole—. Una chica que posa desnuda con un diamante de treinta kilates ha de disponer de buenas ideas.

 

Louise entró muy excitada al vestuario de las maniquíes, que estaba detrás del atelier. Fue directamente a donde estaba sentada Janette, ante su tocador, maquillándose para la tarde.

—El viejo está enfurecido —dijo—. Acaba de ver tu fotografía.

Janette levantó la vista y la miró a través del espejo. La muchacha rubia estaba casi sofocada.

—Seguramente esto le hará cambiar —dijo.

—Yo estaba en el despacho de Yves —dijo Louise—. Y llegó gritando. Se puso a caminar arriba y abajo ante la mesa de Yves chillando que era por su culpa, diciéndole que cómo se había atrevido. Se trataba de un golpe de timón para la casa Dior, para el arte de la couture y para toda la industria.

—¿Y qué ha dicho Yves?

—Nada —explicó Louise—. Se ha limitado a mirar la fotografía y sonreír.

—No creo que le importe nada —dijo Janette riendo—. Él sabe que tiene que ingresar en el ejército y que de un modo u otro Boussac le joderá.

—Pero ¿qué vas a hacer tú? —preguntó Louise—. Yves se va la semana que viene y el viejo te quiere despedir.

—No, nada de eso —dijo Janette—. Ya he arreglado lo de mi despido. Esta es la última semana que paso aquí. El jueves, después de la fiesta de despedida de Yves, me iré y no volveré.

—¿No? —Louise abrió la boca sorprendida.

—Sí.

—¿Crees que Yves ya lo sabe? —preguntó la muchacha rubia mirándola.

—Si no lo sabe, ya lo sabrá —replicó Janette—. El lunes entregué mi carta de renuncia en el departamento de personal. Hace ya dos días.

—¿Tienes otro trabajo?

—No. —Janette sacudió la cabeza.

—Entonces, ¿qué vas a hacer?

—Lo primero, tomaré una buena comida sin preocuparme por el peso. He observado detenidamente la fotografía y tengo las caderas demasiado huesudas. Un kilo más no me hará daño. Luego me cogeré unas vacaciones. Quizá vaya a pasar unas semanas a los Estados Unidos. Nunca he estado allí. —Terminó de maquillarse y se puso en pie—. Tendré que darme prisa, tengo una cita para un cóctel.

—¡Qué suerte tienes, Janette! —dijo Louise mirándola con envidia.

—¿Por qué dices eso? —inquirió Janette.

—Puedes hacer todo lo que quieres —dijo Louise—. Mientras yo tengo que quedarme y aguantar toda esta mierda. Ya me han organizado una cita para el jueves con ese cliente tejano. Seguramente se pasará la noche manoseándome y cuando volvamos al hotel estará demasiado borracho siquiera para follar, y tendré que tirármelo para hacerle feliz.

—¿Ah, sí? —Janette rio—. ¿O sea que te lo joderás tú?

—Podría ser agradable, para variar —dijo Louise—. Pero parece que todos esos quieren que se la chupen.

—C’est la vie —afirmó Janette.

—Tú no tienes que aguantar eso —dijo Louise—. Tú eres rica.

Janette se detuvo y la observó pensativamente por unos momentos.

—Es cierto, soy rica. —Entonces se inclinó y besó a su amiga en la boca—. Y tú también lo eres, Louise, a tu manera.

Louise contempló silenciosamente cómo Janette se acercaba a la puerta.

—Bonsoir, Janette.

—Ciao, nena. —Janette le sonrió desde el umbral. Por algún motivo extraño, las lágrimas le corrían por las mejillas. Lentamente, empezó a perder el maquillaje. Janette aparcó el mini ante el grisáceo edificio de apartamentos de la isla de San Luis, frente al Sena. Llamó al timbre de la puerta.

Un viejo concierge se arrastró hasta la puerta y la abrió. Mirándola, dijo:

—Madame!

—Monsieur Fayard.

El portero arrugó la nariz con desaprobación mientras le abría la puerta.

—Le penthouse —dijo el portero señalándole la escalera.

—¿Y qué pasa con el ascensor? —preguntó ella.

—C’est mort —informó el portero encogiéndose de hombros.

—Merde —dijo ella, y empezó a subir los seis tramos de escaleras. En el rellano superior había una sola puerta. Llamó al timbre. Oyó el eco de una campanada al otro lado de la puerta del apartamento.

La puerta se abrió y apareció un hombre joven con una hermosa cabellera despeinada, camiseta y pantalones vaqueros que parecían una segunda piel. Sus ojos la miraron sin expresión.

—Hola, Janette —dijo en inglés.

—Marlon —dijo ella, y su mirada descendió un momento hacia el prominente bulto de sus pantalones vaqueros.

Él dio un paso atrás dejándola entrar en el apartamento; a continuación cerró la puerta tras de sí.

—¿Vas buscando? —gruñó.

—No —replicó ella—. Solo quiero curiosear. ¿Es todo tuyo o te has metido media docena de pañuelos?

—Es todo mío —dijo él riendo—. ¿Quieres tocarlo para comprobarlo?

—No, gracias —dijo ella riéndose a su vez—, te creo. —Miró el interior del apartamento. El salón estaba vacío—. ¿No está Philippe todavía en casa?

—Está en casa desde la hora de comer —dijo Marlon—. No ha comido. Se ha metido en su habitación y todavía no ha salido. —Se notó en su voz un acento de preocupación—. ¿Algo va mal? ¿No habrá perdido su trabajo?

—¿Qué te hace pensar eso?

—Le he hablado de comprar un aparato de aire acondicionado para la alcoba. El sol calienta el tejado irresistiblemente. Entonces se ha enfadado y ha dicho que no podemos permitírnoslo, que no habrá dinero para nada, que tendremos suerte si tenemos dinero para comer.

—Y si eso fuera cierto —dijo ella mirándole—, ¿qué harías tú?

—Empezaría a hacer el equipaje —dijo con tono tranquilo—. No he hecho el viaje hasta París para acabar en la misma esquina callejera que dejé en Los Ángeles.

—Tú eres un verdadero gigoló, ¿no? —Janette le sonrió amablemente moviendo la cabeza.

—Nunca he pretendido ser otra cosa —dijo él, encontrando su mirada—. También follo bastante bien.

—No lo pongo en duda —dijo Janette riéndose—. Pero no tienes las cosas tan mal como para empezar a pensar en eso. Ahora, dime, ¿por dónde se va a la alcoba?

Le señaló una puerta que había en el fondo del salón y la siguió hacia allí. Janette se volvió a mirarle mientras levantaba la mano para llamar a la puerta.

—Dime —preguntó ella—, ¿verdaderamente te llamas Marlon?

—No —replicó él, y se rio—. Saqué el nombre del actor de cine. A todos los tipos les gusta más que Sam.

Ella rio y llamó suavemente a la puerta. Desde el interior de la habitación surgió una voz apagada.

—¿Quién es?

—Janette —replicó ella—. Estábamos citados para tomar una copa, ¿recuerdas?

—Vete —dijo Philippe a través de la puerta—. No me siento bien.

Janette miró a Marlon, se encogió de hombros y a continuación, abriendo la puerta, entró en la habitación. Se quedó quieta unos momentos. Philippe estaba estirado en la cama, vestido todavía. Janette cerró la puerta y se acercó a él.

—Te he dicho que te vayas —refunfuñó sin mirarla.

Ella se quedó junto a la cama, mirándole.

—¿Qué diablos te pasa?

—Él no me quiere. Nadie me quiere. —Philippe seguía sin levantar la cabeza de la almohada.

—No seas tonto —dijo ella—. Ya sabes que Marc no te quiere.

Él se sentó de golpe; las lágrimas habían corrido el rímel de sus ojos hasta sus mejillas.

—Ya sé que Marc no me quiere —afirmó con vehemencia—. No estoy hablando de él. Me refiero a Yves. He intentado hablar con él de lo que haré yo mientras él está en el ejército y ni siquiera me ha querido contestar. Bastante preocupación tiene con sus propios problemas. Y Boussac me odia, nunca me dará una oportunidad en el trabajo de Yves. Volverá a traer a Marc de Londres. Lo sé, lo sé muy bien. Y entonces será el final para mí.

—¿Por qué? —preguntó ella—. Marc parece un hombre razonable.

—¿Recuerdas la pelea que tuve con él el año pasado, cuando fui a ayudarle para la colección de Londres? Dijo que yo nunca comprendería las modificaciones que había que hacer para el gusto y la silueta ingleses. Me odia. Estoy perdido.

—De acuerdo —dijo ella tras unos momentos de silencio. Y volviéndose se dirigió hacia la puerta—. Por eso quería encontrarme contigo para tomar una copa. Yo no te odio. Yo te quiero. Creo que eres un genio. Un genio incluso mayor que cualquiera de ellos. Yves o Marc. Y yo tengo fe en ti. —Repentinamente Janette salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.

—¿Qué tal está? —Marlon seguía allí, en pie.

—Está muy bien —dijo Janette abriendo el bolso y sacando dos billetes de quinientos francos. Se los puso en la mano—. Ahora trabajas para mí. Cualquier cosa que yo le cuente será para ti la mejor idea del mundo.

—De acuerdo. —Y el dinero desapareció bajo su cinturón.

—Muy bien —asintió ella—. Después de todo, conseguirás tu aparato de aire acondicionado. A lo mejor conseguimos un coche a buen precio.

—Yo soy un hombre razonable —dijo él sonriendo.

A espaldas de Janette se abrió la puerta. Apareció Philippe. Se había lavado la cara, las huellas de rímel habían desaparecido y tenía el cabello peinado.

—¿Piensas de verdad las cosas que dices? —no podía ocultarla satisfacción que afloraba en su voz.

—No lo hubiera dicho si no lo pensara —dijo ella clavándole la mirada.

—¿Tenéis alguna idea? —preguntó él asintiendo.

—Sí. ¿Te gustaría hablar del asunto?

—Yo siempre estoy dispuesto a escuchar —dijo, y miró a Marlon—. Estoy hambriento. ¿Podrías prepararme algo para comer?

—Bocadillo de jamón y queso. ¿O huevos con jamón? —preguntó Marlon.

—El bocadillo, y también una botella de cerveza. —Miró a Janette—. ¿Quieres tomar algo?

—Me tomaré una cerveza —replicó ella.

—Ahora mismo —dijo Marlon desapareciendo camino de la cocina.

Philippe la condujo hasta una mesa pequeña que había junto a la ventana. Sentándose, Janette observó los bateaux mouche que circulaban por el Sena.

—Tienes una de las mejores vistas de París —afirmó ella.

—¿Verdad que sí? —dijo con entusiasmo—. Eso es precisamente lo que me gusta. Lástima que el tiempo no sea lo suficientemente cálido como para sentarse en la terraza. Entonces sí que se está bien.

—Lo que no está mal es eso de tener que subir seis pisos —sonrió ella.

—Lo siento. Se supone que tenían que arreglar el ascensor la semana pasada.

—Suele suceder —afirmó ella. Janette le miró por encima de la mesa—. Este jueves me voy de Dior.

—¡Pero si eres su maniquí favorita! —exclamó Philippe.

—Él ya no seguirá allí, ¿no es cierto? —Janette no esperó respuesta—. Además ya estoy aburrida. Quiero hacer alguna otra cosa. No me resulta atractivo ser maniquí.

Marlon llegó, dejó el bocadillo ante Philippe, sirvió tres vasos de cerveza, tomó una silla y se sentó con ellos.

—Está riquísimo, querido —dijo Philippe a Marlon después de tomar un bocado —. Tiene la cantidad exacta de mostaza. —Se volvió hacia Janette—. ¿Qué vas a hacer? —preguntó Philippe entre bocado y bocado.

—Quiero tener una casa de modas propia —dijo ella.

—Pero ya tienes una con Shiki —afirmó él mirándola.

—No es mía —dijo ella—. Empezó antes de que yo tuviera nada que ver con el asunto. Además, eso es cosa de ayer. Y yo quiero algo para hoy.

—Entonces, ¿qué pasará con Shiki?

—Se irá —replicó Janette llanamente—. La casa seguirá existiendo y la pondré a mi nombre. No es que el nombre de mi madre, Tanya, tenga nada malo, pero se identifica excesivamente con el passé. No me interesan las modas de ayer, sino las de mañana.

Philippe siguió comiendo su bocadillo.

—¿Y yo qué tengo que ver con todo eso?

—Tú eres mi Saint Laurent y yo soy tu Boussac.

—¿Por qué no haces tus propios diseños? —dijo Philippe tras unos momentos de silencio—. He visto algunos bosquejos tuyos en la academia de couture. Eran muy buenos.

—Eran buenos —dijo ella, y bebió un trago de cerveza—. Pero no eran excelentes. Lo que yo necesito es un toque genial. Y ahí entras tú.

Janette miró a Marlon, que inmediatamente se puso en pie.

—¡Jamás he oído idea más brillante! —su notable actuación hacía honor a su homónimo—. ¿Te das cuenta de lo que significa eso, Philippe? Tendrás nombre propio, identidad propia. ¡Ya no tendrás que chuparle el culo a nadie!

—¿Lo crees de verdad? —preguntó Philippe.

—Ya sabes que sí —afirmó Marlon con tono enfático—. Siempre te he dicho que tienes más talento en el dedo meñique que todos esos tipos en el culo.

Philippe terminó pensativamente su bocadillo. Miró a Janette.

—¿Y qué pasará si quieres librarte de Shiki?

—Me lo quitaré de encima, no te preocupes por eso —afirmó ella—. Lo que necesito saber es si te interesa o no.

—Depende de muchas cosas —dijo Philippe, otra vez pensativo—. Dinero, posición, libertad para crear siguiendo mis propias ideas.

—Todo eso se puede conseguir —afirmó Janette.

—Me parece increíble —dijo Marlon.

Philippe dedicó una mirada a Marlon para volver en seguida a Janette.

—Me interesa —dijo, y rápidamente añadió—: Pero, desde luego, tenemos que hablar más para asegurarnos de que todo está correctamente planeado.

—Claro que sí —asintió ella—. Pero se conseguirá todo. A tu gusto, estoy segura.

—¡Eso es magnífico! —dijo Marlon con entusiasmo. Levantó su vaso de cerveza —. ¡Un brindis! ¡Por Philippe Fayard, por Janette Marie de la Beauville!

—¿Con cerveza? —exclamó Philippe con voz sorprendida—. Saca la botella de champán Cristale que tenemos en la nevera.

 

Janette dejó el mini en la acera delante de su casa, lo cerró y subió las escaleras de la puerta principal. Como de costumbre, la puerta se abrió casi antes de que pudiera llegar a ella.

—Bonsoir, Henri —dijo ella al entrar.

—Bonsoir, madame —replicó respetuoso el mayordomo.

Janette se dirigió a la escalera. Se sentía cansada y extrañamente agotada. Un baño caliente le borraría la tensión. Era muy importante que Philippe deseara unirse a ella. Él era la piedra angular de sus planes; sin él, tendría que hacerlo sola y los riesgos de fracaso eran demasiado grandes. Además siempre tenía que haber algún otro para cargar con las culpas de modo que su propia reputación fuera inmaculada. Una vez que se hubiera instalado, si Philippe no funcionaba, siempre podría encontrar otro diseñador.

—Madame, ha habido muchas llamadas telefónicas —dijo Henri.

—Pásalas a mi habitación —dijo ella deteniéndose al pie de la escalera—. Las contestaré después de bañarme.

—¿Cenará madame esta noche en casa? —preguntó respetuosamente.

Janette se lo pensó unos momentos y asintió:

—Sí, como de costumbre. Pero esta noche solo comeré una chuleta de cordero y media patata asada. Ya he bebido cerveza y champán y es suficiente. Dentro de una hora en mi habitación. Estoy demasiado cansada para bajar.

—Sí, madame —dijo el mayordomo—. ¿Quiere que coja los recados telefónicos mientras tanto?

—Sí, por favor —replicó Janette, y subiendo las escaleras se dirigió a su habitación. Se empezó a desnudar en cuanto entró en la alcoba. Tenía la ropa acalorada y sudada a pesar de que el tiempo era fresco. Para cuando llegó al cuarto de baño y empezó a llenar la bañera de agua, ya estaba desnuda. Rápidamente se frotó la cara quitándose el maquillaje; a continuación se tumbó en la cama mientras iba llenándose la enorme bañera.

Sintió la tirantez y las tensiones que hacían presa de su cuerpo y casi sin darse cuenta empezó a frotarse. Eran los momentos en que más echaba en falta a Marie Thérèse. Pero la muy estúpida se había quedado embarazada de algún estudiante idiota en su último año de la Sorbona; entonces su familia la casó con él y ahora vivía en Lyon con un hijo de un año y su marido, como cualquier otro bourgeois français.

La visión de los abultados pantalones vaqueros de Marlon se presentó a sus ojos. Le pareció ver el bulto de su polla pegado a la pernera del pantalón y se dio cuenta de que no llevaba nada bajo los vaqueros. Se preguntó si su polla sería tan grande como la de Maurice. Era imposible. No podía haber en el mundo dos como aquella. Sintió que el calor la invadía.

Súbitamente desapareció Marlon y se presentó ante ella el rostro dulce y suave de Louise cuando la besaba. Todavía sentía la suave dulzura de sus labios, fríos y en cierto modo cálidos y vulnerables. Repentinamente se dio la vuelta echando mano al teléfono.

Se había portado como una insensata. Había estado tan ocupada por sus propios pensamientos que ni siquiera reconoció la invitación cuando se la hicieron. Llamó rápidamente a casa de Louise.

—¿Has cenado ya? —preguntó.

—Esta noche no iba a comer —dijo Louise—. Estoy en mi límite máximo de peso.

—Tonterías —dijo Janette—. Tienes que comer algo. Has de darte cuenta. Escucha, esta noche voy a cenar en casa. ¿Por qué no vienes y me haces compañía? Te garantizo que no habrá nada que engorde.

—Tendré que vestirme de nuevo —dijo Louise riéndose.

—No te preocupes —dijo Janette—. Ponte unos pantalones y toma un taxi. Cenaremos juntas en mi habitación y oiremos música.

Apretó el pulsador para interrumpir la llamada y a continuación pulsó otro botón para hablar con la cocina. Contestó Henri.

—Vendrá a cenar una amiga mía —dijo—. Bastará con que ponga algunas chuletas más de cordero y otra patata asada. Cenaremos en mi habitación.

—Oui, madame —dijo el mayordomo.

—Ah, Henri —añadió rápidamente—. Haga el favor de pasarme ahora los recados telefónicos. —Antes de que Henri llegara a su habitación, ella ya había salido de la cama y estaba en la bañera.

No pasó mucho rato en la bañera, menos de diez minutos, y cuando salió sonaba el teléfono. Lo cogió mientras echaba un vistazo a los recados, que tenía en una bandeja de plata ante sí.

—¿Dígame?

—Enhorabuena. —Era Jacques—. Ya he visto el anuncio de Winston. Creo que podemos hacer algo en ese campo. Tenemos que hablar.

—También yo quiero hablar contigo —replicó Janette.

—¿Por qué no vienes a cenar? Prepararé algo fácil y tendremos toda la noche para hablar.

—Esta noche no, Jacques. Estoy demasiado cansada. Hoy hemos estado horriblemente ocupadas en el salón.

—He llamado antes —dijo Jacques—. ¿Te han dado el recado?

—Ahora mismo.

—¿Hay alguno de Johann?

—Sí. —Hojeó los recados.

—Él también quiere hablar contigo —dijo—. Pero creo que es importante que hablemos nosotros antes de que le veas.

—De acuerdo —dijo ella simulando desinterés. Aunque podía ser un aliado importante. Johann valoraba mucho la opinión de Jacques; y al ser aquel de opiniones tan conservadoras, podía plantear dificultades—. Podemos almorzar juntos mañana.

—Muy bien —dijo Jacques—. En mi mesa del Relais. A las doce y cuarto.

—De acuerdo —dijo ella.

—Ven desnuda —rio él—. ¡Tienes un aspecto maravilloso!

Cuando colgó el teléfono oyó el tenue sonido del timbre de la puerta desde el piso de abajo. Echó un vistazo rápido a los recados. El teléfono zumbó.

—Mademoiselle Louise ha llegado.

—Enséñele el camino. —Colgó el teléfono y volvió al cuarto de baño para peinarse. Entre los recados telefónicos no había nada importante. Había tiempo más que de sobra para contestar mañana. De repente olvidó su cansancio. Se sentía bien. Todo estaba saliendo exactamente como lo había planeado.

 

Cuando Janette se presentó en el Relais todo el mundo tenía allí ejemplares adelantados del Vogue. Cuando se detuvo unos momentos en el umbral antes de dirigirse a la mesa de Jacques, un murmullo repentino invadió el restaurante. Llevaba una camisa de hombre atada a la cintura y unos pantalones vaqueros holgados que no dejaban ver nada de su perfil, exceptuando lo que se apreciaba bajo las ropa al moverse por el salón; la cabellera le caía sobre los hombros encuadrando sus pómulos salientes y la cara, completamente limpia de maquillaje.

Jacques se levantó y la besó en las mejillas. El zumbido de la conversación volvió a oírse en el restaurante cuando se sentaron.

—Siento haber llegado tarde —se defendió Janette—, pero Boussac me ha retenido en su despacho. Estaba muy chillón y como loco. —Hizo una pausa para reírse—. Me ha despedido.

—Es idiota —dijo Jacques—. Pero ¿por qué te ríes?

—Él no lo sabe, pero yo ya envié mi carta de renuncia el lunes pasado, y nadie se ha atrevido a decírselo. —Louise apareció en la entrada del restaurante. Janette se dirigió a Jacques—: He traído a esta amiga. ¿Te parece bien?

—Claro que sí —asintió él levantándose de nuevo al acercarse Louise a su mesa. Janette les presentó; Jacques besó la mano a Louise y el camarero se ocupó de buscarle una silla—. ¿Qué queréis beber?

—Yo quiero una botella de agua mineral Evian —dijo Louise.

—Ya que no tengo que volver al trabajo —dijo Janette—, al demonio con todo. Me tomaré un kir royale.

—A mí también póngame un kir royale —dijo Jacques. Cassis y champán no era mala idea. Se dirigió a Janette—: ¿Ahora qué piensas hacer?

—He pensado que quizá Louise y yo podríamos hacer un viaje a los Estados Unidos. Ninguna de las dos hemos estados allí.

El camarero sirvió las bebidas.

—A vuestra salud —dijo Jacques. Bebió de su copa—. Creo que si te vas ahora cometerás una grave equivocación.

—¿Por qué? —la voz de Janette encerraba una curiosidad respetuosa.

—Es el momento de golpear, ahora que el hierro está caliente —dijo él—. Echa un vistazo a este salón. Todo el mundo te mira, todos hablan de ti. Te has hecho con una fama instantánea. Ahora puedes conseguir cualquier cosa, todo lo que quieras.

—Yo no quiero cualquier cosa. —Janette se rio—. Especialmente si se trata de otro trabajo de maniquí.

—Puedes hacer otras cosas —afirmó Jacques—. Puedes volver a los negocios, como planeaste hace varios años.

—¿Y qué hago yo allí? —Janette era emprendedora. Quería que él fuera su contrapunto. Era importante que Jacques sintiera que la idea era en parte suya.

—Estar a la cabeza de la moda —dijo él—. Puedes ser el punto central alrededor del que gire todo. Es algo que no hemos tenido desde que murió tu madre. Shiki nunca ha podido proporcionarnos eso.

—Tampoco a mí ha podido proporcionarme nunca nada Shiki —dijo Janette.

El camarero acudió a su llamada. Janette y Louise pidieron steak tartare y Jacques, entrecote bleu con frites. Cuando el camarero se fue, Janette se dirigió a Jacques:

—Ayer noche dijiste que Johann quería hablar conmigo.

—Sí —replicó—. Le sorprendió ver tu fotografía y tenía curiosidad por conocer tus motivos para hacer esto.

—Pensé que sería divertido —dijo ella rápidamente—. Además siempre he querido saber qué se siente llevando un diamante de un millón de dólares.

—¿De verdad? —en su voz había escepticismo.

Ella lo pasó por alto.

—Cuando me llamaste para hablar conmigo antes de que yo lo hiciera con Johann, algo tenías en la cabeza.

—Sí —replicó Jacques—. Ayer le dije a Johann que podíamos sacar adelante una casa completamente tuya. Una imagen nueva. Pero tenemos que librarnos de Shiki. Estoy de acuerdo contigo cuando afirmas que es una rémora.

—¿Y qué dice Johann?

—Ya conoces a Johann. Lo primero que se le ocurrió fue que tendríamos que desprendernos de cincuenta millones de francos si se iba Shiki, y que para iniciar la nueva línea necesitaríamos otros cincuenta millones. Y si la cosa no marcha, se pierde. Así es Johann —asintió Jacques seriamente—. Siempre contando números. Todavía no ha dicho que no esté interesado. Yo le he dicho que hable contigo antes de cerrarse en banda a la idea.

—No creo que haya nadie capaz de convencerle —dijo ella—. En lo que de mí depende, la idea puede ser divertida, pero él está demasiado anclado en su manera de hacer las cosas.

—Quizá si pensara que algún otro querría hacerlo contigo, se le podría convencer.

—Pero no tenemos a nadie.

—Yo podría conseguir algo —dijo Jacques.

—¿Has pensado en alguien? —preguntó Janette con curiosidad.

Jacques asintió.

Janette le miró sin decir palabra.

—Para empezar, tu padrastro —dijo—. Ayer estuve hablando con él. Está muy interesado.

—No me refiero a él —dijo ella con frialdad.

—Ya lo sé —replicó Jacques—. Pero eso son asuntos personales; los negocios son algo diferente.

—Además no hay modo de que ponga cincuenta millones de francos —dijo ella.

—Quizá no del todo, pero dispongo de otros que se meterían, por ejemplo un norteamericano, Joe Carolo. Tiene una de las mayores cadenas de tiendas de ropa femenina de los Estados Unidos. Ahora intenta mejorar su imagen. Y hay otros, pero todavía no he hablado con ellos; me he limitado a Maurice y a Joe.

Janette se quedó sentada meditando durante un rato y al final dijo moviendo la cabeza:

—No. Si quiero hacerlo, solo puedo contar con mi propia empresa. No quiero socios.

—Pues entonces vuelve con Johann —dijo Jacques.

—Es cierto.

Cuando el camarero llegó con la comida, comieron casi en silencio dedicado cada uno a sus propios pensamientos. Louise, en cuanto acabó echó un vistazo a su reloj.

—Dios mío —exclamó—. Llegaré tarde al trabajo.

—Coge mi coche —dijo Janette—. Ya lo recogeré yo más tarde.

Dio las gracias a Jacques por la comida y abandonó rápidamente la mesa. Jacques la observó marchar.

—Tu amiga es una chica bonita —dijo.

—Sí.

—¿Hace mucho tiempo que sois amigas?

—Hemos trabajado juntas desde que entré en Dior, pero hasta esta semana no nos hemos hecho amigas.

—Eso pasa muchas veces —asintió Jacques sabiamente—. Ves a una persona continuamente pero no te das cuenta de lo importante que es hasta que, con el paso del tiempo, desaparece.

—La verdad es que nunca había pensado en eso, pero es cierto —asintió Janette.

Jacques guardó silencio mientras el camarero retiraba los platos; pidió el café y luego dijo, dirigiéndose a ella:

—Bueno, ahora será mejor que salga toda la mierda. ¿Te interesa la casa de Tanya o no?

—¿Qué te hace pensar que me interese? —dijo ella a la defensiva.

—Ayer estuviste hablando con Philippe Fayard —dijo.

—¿Cómo lo sabes?

—En el mundo de los homosexuales no hay secretos. Tu padrastro se enteró y me llamó.

—Merde —dijo ella—. Eso significa que Shiki ya lo sabe.

—Así es —asintió Jacques—. Y apostaría a que en estos momentos está chillando en el despacho de Johann salido de madre.

Janette guardaba silencio.

—Te guste o no, ya estás comprometida. Ahora es cosa tuya escoger el camino.

—¿Qué camino escoges tú, Jacques? —dijo Janette mirándole.

—El tuyo —replicó él—. Quizá de ese modo llegue a convertirse en realidad lo que soñé conseguir de tu madre.

El camarero sirvió el café; Janette, levantando la taza, miró en su interior. La fina tacita de café estaba llena de un líquido espeso y oscuro. Antes de llevársela a los labios, levantó la mirada hacia él y asintió lentamente, cabeceando.

—Entonces vete a hablar con Johann ahora mismo.

 

Para su sorpresa, Johann estaba tranquilo y razonable. Consideró que sus ideas y planes eran excelentes y que tenía buenas posibilidades de éxito. Solo se mostró inexorable en un punto.

—Ya he discutido el asunto esta mañana con mi abogado —dijo—. Y, como administrador de la parte del patrimonio correspondiente a tu hermana, si algo saliera mal, según las leyes francesas toda la responsabilidad recaería sobre mí.

—¿Qué puede salir mal? —preguntó—. Tú mismo has dicho que te parecía una buena idea.

—Podemos perder todo el dinero —afirmó Johann—. Y yo no tengo derecho a correr ese riesgo con la parte de Lauren.

—Pero ¿y si hacemos una fortuna?

—Estaría bien. Pero no hay ninguna garantía de que vayamos a conseguirlo. —La miró por encima de su escritorio—. Lo siento, Janette. Si el plan pudiera llevarse a cabo con una inversión de un millón de francos, más o menos, todo iría bien bajo mi jurisdicción normal. Pero los cien millones pueden reducirse a cincuenta. Y semejante pérdida arruinaría a la empresa y lo perderíamos todo; no solo la casa de couture, sino también la empresa de perfumes y las bodegas vinícolas. Ya sabes que todas forman parte de un convenio y unas garantizan a las otras.

Janette, silenciosa, se quedó pensando. Al poco rato habló:

—¿Puedo comprar de algún modo la parte de Lauren?

—Supongo que sí —replicó él—. Pero costaría muchísimo dinero y además yo tendría que solicitar a un tribunal francés un certificado de que la parte de Lauren hubiera sido adecuadamente valorada y de que ella recibiría su remuneración financiera equitativa. —Johann tomó aliento—. Pero ¿por qué habrías de desear hacer semejante cosa? Solo con la empresa vinícola ya tienes garantizados buenos beneficios de por vida.

—No me interesa la empresa vinícola —dijo ella—. Solo me interesa la casa de modas. Los vinos me aburren. Son bourgeois.

—Incluso así, podríamos seguir con el mismo procedimiento.

—¿Y si yo le transmito mi parte de la compañía vinatera a modo de intercambio?

—En ese caso te dañarías a ti misma —dijo Johann—. Las bodegas ofrecen un beneficio que dobla el de la casa de modas, incluyendo la perfumería.

—¿Puedo vender mi parte de las bodegas y utilizar el dinero para comprar la couture?

—Supongo que sí. No conozco los estatutos de la empresa como para aconsejarte hacerlo. Pero sigo pensando que sería una tontería.

—Tontería o no, me gustaría hacerlo.

—También es importante a quién se lo vendes —dijo Johann—. Tengo derecho a rechazar a cualquier socio a quien no considere adecuado en relación con los intereses de tu hermana.

—En otras palabras, que no me vas a permitir hacerlo —la voz de Janette se hizo más fría.

—Yo no he dicho eso —replicó Johann de inmediato—. Me limito a explicarte cuáles son mis responsabilidades. Es lo mismo que hice en nombre tuyo a fin de proteger tu parte. Y ni tú ni tu hermana habéis resultado dañadas. De hecho, ambas estáis ahora en tan buena situación como cuando yo me hice cargo de todo.

—Pero la casa de couture está perdiendo dinero y hay buenas razones financieras para venderla.

—De acuerdo.

—¿Y podemos vendérsela a un extraño?

—Sí.

—Pero no a mí.

—Si llevamos a cabo el proceso que acabo de bosquejarte, se te podría vender a ti. Pero como amigo y ex administrador, debo advertirte de los riesgos que correrías.

—A pesar de ello, supongamos que te propongo a ti como propietario del cincuenta por ciento del negocio; yo quiero quedarme con la casa de couture para mí sola, y si es preciso estoy dispuesta a vender mi parte en las bodegas. ¿Qué harías tú?

—Yo no podría aceptar; solo podría contratar a peritos que evaluaran el negocio para buscar un modo equitativo de hacer lo que tú dices. Una vez decidido esto, tendría que conseguir la aprobación de los tribunales para completar la transacción.

—¿Cuánto tiempo costaría?

—No lo sé —replicó Johann—. A veces estas cosas tardan incluso años.

—O sea que el único camino que se abre ante mí es encontrar un comprador que se quede con mi parte de las bodegas y que cuente con tu aprobación.

—Quizá —dijo Johann.

—Pues entonces eso es lo que haré.

—Janette, ¿a qué vienen esas prisas? —Preguntó mirándola—. ¿Por qué no esperas algún tiempo y te lo piensas? Si de aquí a un mes sigues opinando lo mismo, vuelve e intentaré ayudarte.

—En estos momentos perder un mes significa perder una temporada. Si empiezo ahora, podré presentar las colecciones de primavera del año que viene.

—Las colecciones de otoño son más importantes —dijo él.

—Para mí, no —replicó Janette—. Voy detrás de otro mercado, y si quiero conseguir algo tengo que salir en primavera con vistas a organizar las colecciones otoñales.

—Ya sé lo que quiere hacer —dijo Jacques rompiendo su silencio por fin—. Tiene muchas posibilidades de conseguirlo. Se pueden ganar millones.

—O perder millones —dijo Johann, y la miró—. Comprendo lo que sientes, pero no puedo hacer lo que me pides tan fácilmente como a ambos nos gustaría.

—No hemos llegado a nada —dijo Janette levantándose.

—Lo lamento.

Janette le miró y habló con voz fuerte y decidida:

—Voy a conseguir lo que quiero. Cueste lo que cueste. Ya lo sabes. —Y abandonó el despacho dando un portazo. Johann miró a Jacques por encima del escritorio.

—A ver si puede hacerla entrar en razón.

—¿Usted consiguió que Tanya le hiciera caso? —preguntó Jacques encogiéndose de hombros.

—No.

—¿Qué le hace pensar que es distinta a su madre? —preguntó Jacques.

 

Johann llegó a casa hacia las siete y media de la tarde. Heidi le recibió en la puerta y le besó la mejilla. Johann miró por encima del hombro de Heidi. Generalmente Lauren acudía a la puerta tras ella.

—¿Dónde está Lauren?

—Llegará de un momento a otro —dijo Heidi—. Janette ha venido y se la ha llevado a pasar la tarde.

—¿A qué hora? —preguntó Johann.

—Hacia las cuatro de la tarde. —Heidi le miró a la cara—. ¿Hay algún problema?

—No lo sé —repuso Johann pesadamente y tomando aliento. Entró en el salón seguido de Heidi—. ¿Te ha dicho algo?

—No —replicó Heidi—. Solo que hacía mucho tiempo que no veía a su hermana y que le parecía que debía dedicarle algún tiempo.

—Esto no me gusta —dijo Johann acariciándose la mejilla pensativo. Le explicó rápidamente la reunión que habían tenido a primera hora del día—. Ha dicho que va a hacer lo que quiera, cueste lo que cueste —dijo acabando su explicación. Los ojos de Heidi se llenaron de lágrimas.

—No puede ser tan cruel como para destruir la felicidad de su hermana.

—Olvidas que en muchos aspectos ella misma es una chiquilla. Una chiquilla consentida que siempre ha hecho las cosas a su manera. Y repentinamente se ha encontrado con algo que no podía conseguir.

—¿Crees que no dejará a Lauren volver con nosotros?

—No sé qué pensar —replicó Johann—. Solo hay una manera de saberlo. — Acudió al teléfono y llamó al número de Janette. Una voz respondió—. Henri, ¿está en casa mademoiselle Janette?

—Oui. Je vous passe, monsieur.

Sonó un chasquido y oyó la voz de Janette:

—¿Sí?

—Estamos esperando a Lauren para cenar. —Johann intentó hablar con naturalidad.

La voz de Janette era fría:

—No irá a cenar. Ni volverá. Se quedará en la casa que le corresponde. Por favor, haz que envíen sus cosas cuanto antes.

El teléfono enmudeció en su mano antes de que pudiera contestar. Volvió a dejarlo lentamente en la mesa.

—Se queda con Lauren —dijo con voz pesada.

Por primera vez vio a Heidi enfurecida.

—¡Qué puerca! —exclamó—. ¡Qué puerca más cruel! ¿Vas a permitirle que siga adelante? Después de todo, tú eres el tutor legal de Lauren.

—Eso significaría sacar todo a relucir. Sería un buen día para la prensa. Se remontaría a Tanya y a todas las cosas pasadas. Y cuando el asunto terminara, quedaríamos todos cubiertos de mierda, incluyendo a Lauren.

—Pues entonces dale lo que quiere. Podemos llevarnos a Lauren a Estados Unidos con nosotros y dejar que Janette se vaya al infierno divirtiéndose a su manera. ¿Qué te importa lo que le pase a ella?

—No me importa —replicó Johann—. Pero las cosas no son tan sencillas. Cualquier decisión que tome referente a los beneficios, por justa y equitativa que sea en su momento, estará sujeta a tergiversaciones posteriores. Si la couture produce mucho dinero, habré privado a Lauren de unos beneficios hipotéticos; si va mal y estamos metidos en ello, habré permitido que Lauren se vea expuesta a enormes pérdidas. Sea cual sea el camino que escoja, estoy perdido si lo hago y también si no lo hago.

—Pues entonces —dijo Heidi mirándole directamente a los ojos—, si estás destinado a perder, por lo menos protege a la niña, que es quien más lo necesita. Y más que dinero, ella necesita amor y atención; y nosotros podemos darle ambas cosas.

Johann guardó silencio.

—¿Por qué no comprar la parte de las bodegas pertenecientes a Janette? — preguntó Heidi—. Mi padre te adelantaría el dinero. Está interesado en los negocios vinícolas. Hace más de cinco años, compró en California mil acres de viñedos.

Johann la miró; en su cerebro empezaba a tomar forma el germen de una idea.

—Yo no puedo comprar. Me expondría a ser criticado. Tratándose de otro caso, yo mismo podría hacerlo. Tengo dinero suficiente. Pero si compra tu padre, será un asunto distinto. Sería una transacción que tanto los tribunales como yo con seguridad aprobaríamos. ¿Crees que puede interesarle a él?

—Creo que sí —dijo Heidi—. Le llamaremos después de cenar y lo averiguaremos.

 

—Él no cederá tan fácilmente —había dicho Maurice—. No lo hará después de disponer durante tantos años de un control total. Quién sabe cuánto habrá ganado con todo esto.

—No creo que Johann haya sido jamás un estafador —dijo Janette mirándole.

—No he dicho que lo sea —repuso Maurice de inmediato—. Pero ha dirigido sus negocios teniendo participación en los beneficios. ¿Quién podría afirmar que no ha obtenido más beneficios de lo estipulado?

Janette no respondió.

—Si realmente piensas lo que dices —afirmó Maurice—, tienes que seguir adelante. Oblígale.

—¿Y cómo lo haré? —preguntó Janette.

—Haz que le resulte tan molesto que esté contento de dejarlo. Llévale ante los tribunales, acúsale de malversación de los beneficios tuyos y de tu hermana, afirma que ha dañado vuestros derechos. Incluso puedes alegar que ejerció una influencia excesiva sobre tu madre, cuyo estado mental no le permitía controlar el patrimonio. Puedes hacer muchas cosas.

—Pero ¿cómo probarlo?

—No tienes que hacerlo. Eso es lo bueno —sonrió Maurice—. Es él quien tiene que probar lo contrario.

—No sé si podría hacerlo —dijo Janette sacudiendo la cabeza.

—Pues entonces déjalo estar. Pero pasarán años antes de que tengas otra oportunidad como esta. ¿Ya te ha dicho Jacques que no solo estoy deseando apoyarte yo, sino que hay también un americano que quiere invertir?

—Sí —replicó ella.

—Entonces, ¿a qué estás esperando? —preguntó—. A no ser que en realidad no estés convencida de poder conseguir algo.

—Eso no tiene sentido —repuso—. Lo haría aunque Lauren viviese con ellos.

—Pues entonces hazla volver contigo.

—¿Puedo hacer semejante cosa? —preguntó Janette—. Después de todo, él es su tutor ante la ley.

—Pero tú eres su hermana. Siempre puedes decir que te la llevas contigo porque temes que él pueda hacerle daño.

Janette volvió a guardar silencio.

—No seas loca, Janette —dijo Maurice—. Él era un soldado alemán, un boche. Nada ha cambiado. Solo que ahora, en vez de ocupar Francia, ocupa tus negocios.

Janette seguía callada.

—Janette Marie de la Beauville —dijo él suavemente—. Es un buen nombre. ¿Lo has visto en el anuncio? Suena mucho más importante que Harry Winston.

—¿Cómo haré volver a Lauren? —preguntó Janette mirándole.

—Es sencillo —explicó—. Simplemente, vete a su apartamento con una excusa y llévatela; luego, no la devuelvas.

Eso fue exactamente lo que hizo por la tarde. Mientras tanto concertó una cita para el día siguiente con el abogado de Maurice a fin de entablar los pleitos. Cuando Johann llamó por teléfono, ya eran las ocho de la noche y Lauren estaba en la cama.

Los criados le hicieron grandes alharacas durante la cena y la niña quedó encantada. Cuando le sugirieron que se acostara, se fue muy contenta. Pocos minutos después de la llamada de Johann, Lauren entró en la habitación de Janette.

—La tía Heidi siempre me cuenta un cuento antes de ir a dormir.

—De acuerdo —replicó Janette—. Vuelve a tu habitación y te contaré un cuento.

La niña se metió en la cama y se quedó mirándola.

—Cuéntame un cuento de una princesa.

—¿Qué princesa?

—Ya sabes, la que no podía dormir porque había un guisante en su cama.

—No conozco ese cuento —dijo Janette pensativa.

—Entonces, ¿qué cuento sabes?

Janette intentó recordar algún cuento de su infancia.

—Erase una vez una viejecita que vivía en un zapato…

—Ese ya me lo sé —le interrumpió Lauren—. Además no es un cuento, es una poesía.

—Oh —dijo Janette.

—Quiero que me cuentes un cuento de verdad —pidió la niña.

—Tendré que pensar alguno —replicó Janette—. Dime tú cuál. Dame tiempo hasta mañana; conseguiré un libro con todos los cuentos y te los contaré mañana por la noche.

—¿Estás segura de que no sabes ningún cuento? —Lauren la miró.

—Estoy segura.

—¿Ni siquiera uno para niños pequeños?

—Mañana por la noche —dijo Janette riéndose— te contaré una docena.

—De acuerdo —dijo la niña tras quedarse pensativa unos momentos. A continuación tendió los brazos—: Dame un beso para dormir.

—Buenas noches —dijo Janette besándola.

—Buenas noches, tía Hei… Janette. —Lauren la abrazó. Apoyando la cabeza en la almohada, cerró los ojos para volver a abrirlos de inmediato—. Se me había olvidado rezar —dijo saltando de la cama.

Arrodillándose junto a la cama, unió las manos e inclinó la cabeza.

—Ahora ya puedo dormir. He rezado a Jesús para que cuide de mi alma. Que Dios cuide al tío Johann, a la tía Heidi y a mi hermana Janette. —Levantó la mirada hacia Janette—. Amén.

Janette guardaba silencio.

—Di amén —exigió Lauren.

—Amén —repitió Janette.

La niña volvió a la cama, se tumbó y cerró los ojos.

—Buenas noches, Janette.

—Buenas noches, hermanita —dijo Janette camino de la puerta. Apagó la luz y cerró la puerta tras de sí; luego bajó las escaleras y se dirigió a la biblioteca.

El teléfono empezó a sonar. Era Jacques.

—Acabo de llamar a Johann y me ha contado lo que has hecho. Están muy preocupados.

—Lástima —dijo ella—. ¿Le has llamado?

—Sí.

—¿Por qué?

—He tenido una idea. Puede haber una aproximación práctica al problema si Tanya Couture se pone de acuerdo con Carolo para la financiación adicional. Esto haría que los riesgos fueran mínimos.

—¿Y qué ha dicho él?

—No ha tenido oportunidad de tratar el tema. Él me ha contado lo que sucede; quiere saber si yo me he enterado de algo. Le he dicho que no, pero no sé si me ha creído.

—Eso no cambia las cosas —dijo ella.

—Para mí sí que las cambia —afirmó Jacques—. Yo nunca le he mentido. No me gustaría que pensara que le estoy mintiendo. ¿Por qué diablos has hecho semejante cosa?

—No seas imbécil —replicó Janette—. Ya has visto en la reunión cuál era su actitud. Él ya había elaborado sus planes y su tozudez teutónica le impide cambiarlos.

—Pero tu hermana era feliz con ellos. No había motivos para mezclarla en el asunto.

—Ahora será feliz aquí. Y antes también estaba mezclada en el asunto. La mitad de todo pertenece a ella.

—Podíamos haber buscado otro método —dijo Jacques.

—No hay otro método —replicó ella—. Maurice me ha convencido de ello. Tenía que haberle hecho caso hace mucho tiempo, pero no lo hice.

—La única preocupación de Maurice es él mismo. Está olfateando una posibilidad de volver a los negocios. Por eso te presiona.

—¿No lo apruebas? —La voz de Janette se hizo más fría.

—No tenías por qué haberlo hecho así —repitió él.

—¿Y tú quién demonios eres para opinar? —ahora estaba enfurecida—. Te has pasado la vida chuleando y follando. Por tu trabajo, por tus cuentos, por la publicidad. Ahora tienes miedo de haber perdido el trabajo porque has llegado demasiado lejos conmigo; así que intentas echarte atrás para conseguir sus favores.

—¡Eso no es verdad! —dijo con vehemencia—. Tú no conoces a Maurice como le conozco yo. Está intentando utilizarte del mismo modo que intentó utilizar a tu madre.

—¿Y tú no? Tú follaste con mi madre y la utilizaste. Has follado conmigo y me has utilizado. ¿A cuántas otras has follado y utilizado? ¡No necesito tu maldita aprobación! Por lo que a mí respecta, puedes volver y chuparle el culo a ese nazi todo lo que quieras. —Dejó violentamente el receptor del teléfono y se sentó sintiéndose dominada por un temblor.

La puerta se abrió. Janette miró hacia allí. En el umbral estaba Lauren con los ojos arrasados de lágrimas.

—¿Qué quieres? —exclamó Janette.

—Quiero irme a casa —lloró.

—¡Pero si estás en casa! —dijo Janette con tono cortante—. Ahora, vuelve a tu habitación y métete en la cama.

—No estoy en casa. Y esa habitación no es la mía —dijo Lauren lloriqueando—. Además, no puedo dormir. Hay fantasmas.

—No hay fantasmas —dijo Janette.

—Sí, los hay —insistió la niña.

—¿Qué fantasmas?

—El marquis está a los pies de mi cama y se ríe. Y cuando abro los ojos, se va.

Janette la contempló en silencio.

—¿Tú eres mi hermana? —preguntó Lauren—. El sigue diciendo que no eres mi hermana.

Janette cruzó la habitación y se arrodilló junto a ella.

—Claro que soy tu hermana.

—¿Me quieres? —preguntó la niña mirándole a la cara.

—Ya sabes que te quiero, chérie —replicó suavemente Janette.

—¿Tanto como te quería mamá? ¿Y tanto como mamá me quería a mí?

Janette guardó silencio unos momentos; entonces sintió que las lágrimas acudían a sus ojos.

—Sí, querida.

Veinte minutos más tarde, cuando estaban ante la puerta del apartamento de Johann, este la abrió de repente. Les miró en silencio.

—La he traído a su casa —dijo Janette con voz tensa.

—¡Tía Heidi! —exclamó Lauren, y atravesó la puerta a la carrera cayendo en brazos de Heidi.

Janette empezó a marcharse. La voz de Johann la detuvo. Se volvió con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Sí?

—¿Por qué no entras? —preguntó Johann amablemente, parpadeando—. Tenemos mucho de que hablar.