Adiós, Janette

Harold Robbins · Capítulo 6 de 19

Páginas del PDF

Adiós, Janette

Capítulo 2

dos

 

Janette salió de la ducha y, envolviéndose en la gruesa toalla, se miró en el espejo mientras sacudía el cabello quitándose el gorro de baño. Se secó los hombros con otra toalla. Mirando por el espejo vio a sus espaldas que la puerta del baño estaba abierta. Se dio la vuelta.

Allí estaba Lauren mirándola. La niña tenía unos ojos sombríos de color azul enmarcados por rizos dorados. Silenciosamente, observaba a Janette. Esta, secándose el cabello con la toalla, preguntó:

—¿Qué pasa, chérie?

—Monsieur le marquis está en la biblioteca. Le gustaría verte.

—De acuerdo, bajaré dentro de un momento —dijo volviéndose hacia el espejo. Vio en su reflejo a Lauren, que seguía esperando. Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas. Janette, volviéndose rápidamente, se arrodilló junto a la niña—. ¿Algo va mal, chérie?

—¿Qué es una medio hermana? —preguntó Lauren reprimiendo un sollozo.

—¿Medio hermana? —repitió Janette—. No sé qué quieres decir.

—Monsieur le marquis ha dicho que tú eras eso. Me ha dicho: ve a decirle a tu medio hermana que la estoy esperando. Ha dicho también que no era de buena educación llamarle monsieur le marquis, que tengo que llamarle papá. Yo le he dicho que tú no le llamas papá y me ha contestado que es porque él no es tu padre y sí el mío, y que por eso tú eres mi medio hermana. —Ahora Lauren lloraba francamente.

—Merde —dijo Janette cogiendo a la niña y abrazándola—. No le hagas ningún caso, querida. Yo soy tu hermana mayor y eso es todo. Y no tienes que llamarle papá porque no es tu padre del mismo modo que no es el mío.

—Entonces, ¿por qué ha dicho que lo es? —preguntó Lauren con descaro infantil.

—Porque es lo que le gustaría ser. Pero no lo es.

—Entonces, ¿quién es mi papá? —preguntó Lauren.

—Tu papá ya no está, igual que mi papá.

—¿Tú le conoces? —preguntó Lauren.

—No —replicó Janette—. Pero tampoco he conocido al mío.

—¿Por qué somos hermanas, entonces? ¿Cómo lo sabemos?

—Porque tenemos la misma madre —dijo Janette.

—¿Y tú la conoces?

—Sí, querida —contestó Janette.

—¿Y yo por qué no la conozco? —preguntó Lauren.

—Cuando tú eras una niña pequeñita, tuvo un accidente —respondió Janette.

—Ella está muerta, ¿verdad? —preguntó la niña—. ¿Como nuestros papás?

—Sí —respondió Janette con amabilidad. Besó a Lauren en la mejilla—. Pero no tenemos que preocuparnos. Nos tenemos la una a la otra.

Lauren se echó hacia atrás y se frotó la nariz con el dorso de la mano.

—¿Nuestra madre era una señora buena?

—Muy buena.

—¿Era guapa?

—Era una de las damas más bellas de París —dijo Janette—. Te quería mucho.

—¿A ti también te quería?

—Sí —asintió lentamente Janette.

—Me da pena no haberla conocido —dijo Lauren tras quedarse pensativa unos momentos—. A veces me gustaría tener mamá.

Janette no dijo nada.

—¿Crees que tú podrías ser mi mamá? —La niña interrogó los ojos de Janette.

—¿Cómo podría ser eso? No puedo ser a la vez tu hermana y tu madre.

—No digo de verdad, Janette —replicó la niña de inmediato—. Quiero decir jugar a ser mi madre. Alguna vez, cuando estemos las dos solas. No se lo diremos a nadie. Aunque sea de mentira estaría bien tener mamá.

Janette pensó unos momentos y luego asintió.

—De acuerdo. Pero solo de mentira, ¿te acordarás?

Una sonrisa radiante recorrió los rasgos de Lauren, que rodeando a Janette con sus brazos la besó en la mejilla.

—Gracias —le dijo.

Janette la abrazó estrechamente y luego la soltó.

—De acuerdo, nena —dijo—. Ahora vete a la cama.

—Buenas noches, mamá. —Lauren la besó de nuevo y salió corriendo de la habitación.

Janette se miró en el espejo, terminó de secarse el pelo y se lo cepilló y peinó lentamente. Hasta que llegó a la escalera no se dio cuenta de que, automáticamente, se había puesto el sujetador negro y las bragas negras que Maurice quería que vistiera.

 

Cuando Janette abrió la puerta de la biblioteca, él estaba tras ella y no pudo verle hasta que volvió a cerrarla. Antes de que Janette pudiera hablar, Maurice le abofeteó cruelmente las mejillas haciéndola caer en el suelo con las faldas por encima de las caderas.

Él se quedó unos momentos mirándola y a continuación metió violentamente una mano entre las piernas de ella. Las bragas negras estaban empapadas de humedad. Maurice le rascó el pubis con garra perversa buscando las contorsiones del dolor en su rostro mientras la humedad empapaba su mano.

—¡Puta! —dijo él; en su voz había una nota de satisfacción. Poniéndose en pie la empujó con el extremo de su puntiagudo zapato—. ¡Puta!

Janette observó en silencio cómo caminaba para ir a sentarse en un sillón frente a ella. Recuperando el aliento, se puso en pie. Sentía que las piernas le temblaban todavía.

—¡Puerca! —dijo con tono de voz normal—. ¿Qué especie de juego te traes conmigo?

—No estoy jugando a nada —su voz sonaba sombría.

—Lo he preparado todo para ir a Estados Unidos —dijo él—. Ahora me entero de que no vas a ir.

—He cambiado de opinión —dijo ella.

—¿Que has cambiado de opinión? —repitió burlonamente—. Creía que querías aprender algo más sobre tus negocios.

—Eso me aburre —dijo ella—. ¿Por qué habría de trabajar? Me va bien así. Tengo dinero suficiente.

—¿Y tienes intención de dejar que ese nazi siga sangrándote?

Janette no respondió. En vez de hacerlo, dándose la vuelta se acercó al aparador que había junto a la chimenea. Sirvió un poco de pastís en un vaso y, añadiéndole el agua, lo sacudió suavemente hasta que una nube blanca y lechosa lo llenó. Lo sorbió rápidamente y se volvió hacia él sintiendo que recuperaba las energías.

—No me interesa, esto es todo —dijo.

Maurice se movió rápidamente; el vaso salió disparado de su mano casi antes de que se diera cuenta de que lo tenía encima. Janette giró la cabeza intentando evitar que volviera a pegarle, pero no fue lo suficientemente rápida. Se estrelló contra el suelo junto a la chimenea. Con los ojos llenos de pánico vio cómo se acercaba.

Giró y empuñó un pequeño atizador de hierro. Blandiéndolo con ambas manos, se alejó de él mientras se incorporaba. Con aspecto salvaje, empezó a asediarle.

Maurice se retiró en el preciso momento en que el atizador iba a alcanzarle. La miró, casi paralizado ante su salvaje violencia. Janette le escupió unas palabras:

—¡Vuelve a tocarme y acabaré lo que empezó mi madre!

—¡Tú estás loca! —dijo él—. ¡Eres como ella!

—¡Fuera! —gritó ella acercándosele—. ¡Fuera!

Maurice corrió hacia la puerta y miró a sus espaldas con la mano en el tirador.

—Escúchame —dijo—. Solo intentaba evitar que lo perdieras todo.

—Ya cuidaré yo de mí misma —dijo ella—. Tú limítate a estar lejos de mí, de esta casa y de mi hermana o te mataré. ¡Ahora, vete!

—Algún día me pedirás ayuda de rodillas —dijo él dando un portazo a sus espaldas.

Janette miró unos momentos la puerta cerrada; se le doblaron las piernas y cayó en el sofá mientras el atizador se deslizaba de su mano al suelo. Cerró los ojos entregándose a la ola de calor que surgía de entre sus muslos. Casi automáticamente deslizó una mano bajo sus bragas. Un orgasmo la traspasó casi en el momento en que tocó con los dedos su abultado y húmedo clítoris.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó enterrando la cabeza entre sus brazos; y empezó a llorar.

 

Heidi le vio en pie junto a la barandilla mientras se acercaba a la policía del departamento de inmigración. Le saludó con la mano mientras entregaba el pasaporte por la estrecha ventanilla. Él, sonriendo, le devolvió el saludo. Entonces se dio cuenta del ramillete de flores que llevaba él en la otra mano. El policía puso un sello en su pasaporte y se lo devolvió. Heidi lo recogió y casi echó a correr hacia la barandilla.

Durante unos momentos permanecieron paralizados y mirándose mutuamente; entonces él le ofreció el ramillete casi tímidamente. Heidi lo cogió, le miró a la cara y cayó en sus brazos.

—Hasta el último momento he temido que no vinieras —le murmuró Johann con voz ronca al oído. La voz de Heidi sonó temblorosa a un paso de la risa y de las lágrimas:

—Hasta el momento en que me llamaste, temí que no llegaras a pedírmelo nunca.

Se separaron. Heidi contempló el ramillete.

—Las flores son bonitas. No tenías que haberlo hecho.

Johann rio mientras cogía la pequeña maleta que llevaba Heidi.

—Vamos, recojamos el resto de tu equipaje.

En la autoroute de Orly a París la circulación era lenta.

—Es la hora punta de mediodía —explicó él.

—No me importa —respondió ella.

—¿Has dormido en el avión?

—Un poco —dijo Heidi.

—En cuanto lleguemos a casa podrás bañarte. Luego descansa un poco y te encontrarás mejor.

—Me encuentro muy bien —dijo ella rápidamente—. Estoy excitada.

—Espero que no estuvieras tan excitada como para olvidar tus papeles.

—Los he traído todos —dijo ella.

—Muy bien —replicó Johann—. Tengo un amigo en la Mairie. Me ha dicho que nos lo arreglará todo rápidamente. No costará más de diez días.

—¿Tanto? —Dijo con tono consternado—. En los Estados Unidos hubiera sido cuestión de una noche.

—Pero esto es Francia, ¿recuerdas? —y se rio de nuevo.

—No me importa —asintió Heidi, buscando su brazo—. Aunque tardara una eternidad, mientras pueda estar contigo…

—Estarás conmigo —dijo él. La miró de nuevo—. He hecho limpiar y pintar el apartamento, pero si no te gusta, puedes cambiarte a donde quieras.

—Estoy segura de que me irá bien —dijo ella—. Después de todo, será solo por dos años.

Johann guardó silencio.

—¿Piensas de verdad lo que me dijiste? —preguntó ella de improviso.

—Lo pienso —asintió él—. Creo que cuando Janette llegue a los veintiún años estará muy contenta de tenerme lejos.

—No estarás preocupado por eso, ¿verdad? —Heidi estudió sus rasgos mientras él conducía.

—De verdad que no —replicó él—. Lo único que me inquieta es la pequeña Lauren. Tendré que buscar un modo de asegurarle protección.

—Tienes dos años para hacerlo —dijo ella—. Y estoy segura de que lo lograrás —hizo una breve pausa—. Tengo ganas de conocer a Janette.

—Tendrás que esperar un mes —dijo Johann riéndose—. En estos momentos está en una clínica suiza.

—¿Y qué ha ido a hacer allí?

—Nada —contestó él—. Cree que ya es hora de tener aspecto de modelo.

—¿Está gorda?

—En modo alguno —dijo él—. Pero es como su madre, de complexión grande.

—Los niños tienen montones de ideas raras —afirmó ella.

Johann la miró y luego habló con voz pensativa:

—Janette no es una niña. Ni creo que lo haya sido nunca.

 

—Johann se casa esta semana —dijo Jacques.

—No me lo creo —comentó Maurice haciendo una seña al camarero para que le sirviera otra copa—. ¿La conozco a ella?

—No la conoce ninguno de nosotros —informó Jacques sacudiendo la cabeza. Es americana. Tengo entendido que su padre es muy rico.

—¿Es joven?

—Creo que tiene unos treinta años. El otro día se presentó en el despacho. Es muy atractiva. Me parece que sus padres son alemanes.

—¿Y a qué se dedican? —preguntó Maurice.

—No lo sé. —Jacques se encogió de hombros.

—No sería mala idea enterarse —comentó Maurice—. Johann no es tonto. Tiene que existir alguna relación con sus planes empresariales.

—Ya veré si me entero de algo —dijo Jacques—. ¿Has conseguido descubrir dónde está Janette?

—Nada de nada —replicó Maurice—. Parece haber desaparecido; me pregunto si lo sabe alguien.

—Johann lo sabe —dijo Jacques con tono de confidencia—. Es el único que no tiene curiosidad. Pero no dice nada.

—Eso lo puede fastidiar todo —afirmó Maurice—. Será mejor que tengamos los ojos abiertos o perderemos el asunto.

—¿Crees de verdad que aún tenemos alguna oportunidad? —preguntó Jacques.

—Ahora que Johann se casa, quizá tengamos más oportunidades que antes. A Janette quizá no le guste la idea de que él tenga más intereses que los referidos a ella misma. Si Janette tiene la impresión de que Johann se preocupa por otros asuntos, quizá se vuelva hacia nosotros.

 

Janette se bajó de la báscula dirigiéndose al médico:

—Solamente cuatro kilos —dijo—. No es mucho.

—Estoy satisfecho —dijo sonriendo el doctor Schnidler—. Es algo más de un kilo por semana. Si intentamos ir más rápidos, perderemos la tersura de la piel rápidamente y aparecerán pliegues.

—Mis pechos ya están colgantes —dijo ella.

—¿Ya hace usted los ejercicios que le dije? —y uniendo las palmas de las manos ante su propio pecho, tensó los músculos del torso hasta que ella pudo verlos moverse a través de la camisa.

—Me paso el día caminando y haciendo eso como una idiota —replicó ella—. Creo que no funciona.

—Cada cosa requiere su tiempo —sonrió él—. Hay que tener paciencia. —Tomó notas en una tarjeta—. Tenemos que ser muy cuidadosos para no desarrollar músculos que luego puede ser imposible ocultar.

—Merde. —Janette se dejó caer en una silla, al otro lado de la mesa—. Otra cosa. Estoy todo el día nerviosa, inquieta.

—Suprimiré inyecciones. A partir de ahora serán solo dos por semana en vez de un día sí y otro no. ¿A que ya no siente hambre?

—No —dijo ella sacudiendo la cabeza.

—Muy bien —asintió el médico—. Le recetaré dos masajes diarios y alargará sus sesiones de natación; en vez de media hora, una hora entera.

—Todo esto se me hace muy aburrido.

—Janette, no pretendemos que esto sea un lugar de diversión —dijo él sonriendo —. Este es un asunto serio. Usted ha acudido a nosotros para que le ayudemos a solucionar su problema e intentamos hacerlo lo mejor posible.

—No estaría mal que proporcionaran algunas diversiones por la noche para que la gente pudiera relajarse un poco.

—¿Por ejemplo?

—Películas, música, algo. No sé lo qué. Algo que nos aparte de la cabeza la monotonía de la rutina.

—Es una buena idea —asintió—. Nos ocuparemos de ello.

—De ese modo los pacientes no se sentirían como si estuvieran en una especie de cárcel. Además, ¿cuántas conferencias dietéticas y gimnásticas se pueden aguantar?

—Tiene usted razón —rio el médico—. Nunca se me había ocurrido.

—Así, además podría hacer más negocios —dijo ella—. Especialmente si consigue que parezca algo divertido.

—¿Qué tal duerme? —dijo él asintiendo y escribiendo algo en la tarjeta.

—No muy bien —contestó—. Como ya le he dicho, estoy inquieta.

—Puedo darle una pastilla —dijo él—. Pero uno de sus posibles efectos secundarios sería la retención de líquido, y eso sería perjudicial.

—Me arreglaré —dijo ella sonriendo—. La masturbación es el mejor tranquilizante natural.

—¡Qué grande es ser joven! —rio el médico. Se levantó—. Lo está haciendo usted muy bien. Persevere, solo serán cinco semanas más. —La acompañó a la puerta del despacho—. Le garantizo que quedará satisfecha.

—Me consideraré feliz si no me cuelgan los pechos hasta el vientre —contestó Janette.

—No se preocupe por eso —dijo él—. No sucederá. Pero aunque sucediera, también tenemos un tratamiento adecuado.

 

—Es una cuestión de rutina, herr Schwebel —dijo el banquero a Johann; su voz llegaba lejana y crepitante por los cables telefónicos desde Suiza—. Madame la marquise nos dejó instrucciones de que si no teníamos noticias suyas en un período de tres años, nos pusiéramos en contacto con usted para pedirle instrucciones referentes a las propiedades que tiene depositadas en nuestra caja de seguridad.

Johann se quedó en silencio unos momentos. En todos aquellos años Tanya nunca había mencionado que tuviera propiedades o cualquier otra cosa en un banco suizo.

—¿Tiene usted alguna idea de la naturaleza de los bienes? —preguntó en tono circunspecto y usando un prudente lenguaje; aunque estuvieran hablando en alemán, nunca se puede saber si hay alguien que escucha la conversación.

—No en cuanto al contenido —repuso el banquero—. En lo que a nosotros nos concierne, se trata de seis grandes cajas de seguridad dejadas por la marquise en 1944 y durante un período de veinte años. El precio del alquiler fue pagado por adelantado.

—Ya veo —dijo Johann pensativo. 1944. Era el año en que fueron a Suiza—. Así que de momento no hay ningún problema urgente, ¿no?

—Ninguno —dijo el banquero—. Como ya le he dicho, es mera rutina. Nos limitamos a seguir instrucciones.

—¿Tienen ustedes un duplicado de la llave? —preguntó Johann.

—No —replicó el banquero—. Madame tiene la única llave.

—Naturalmente, usted sabrá que madame murió.

—Sí —contestó el banquero—. Pero, siempre siguiendo órdenes, no nos hemos puesto en contacto con usted hasta que ha transcurrido el plazo estipulado.

—Naturalmente —dijo Johann. Todos los banqueros eran iguales. Concedían más importancia a la rutina que a los hechos—. Permítame que vuelva a revisar los papeles de madame para ver si dejó algunas instrucciones concretas al respecto y le volveré a llamar.

—Gracias, herr von Schwebel —dijo el banquero.

Johann sonrió para sus adentros. Ahora que el banquero estaba seguro de que él se hacía cargo del asunto, le ascendía del mero herr Schwebel al herr von Schwebel. El dinero y la autoridad eran una combinación irresistible.

—Tengo pensado ir a Suiza dentro de unas semanas —dijo—. Quizá podamos reunirnos para tratar del asunto.

—Estoy a su disposición, herr von Schwebel —dijo el banquero—. Mientras tanto, si tuviera la amabilidad de escribirnos una carta reconociendo que nos hemos puesto en contacto con usted según las instrucciones, nuestros expedientes estarían al día.

—Enviaré la carta inmediatamente —dijo Johann. Se despidieron educadamente y Johann devolvió el teléfono a la horquilla. Leyó las notas que había tomado en el cuaderno. Allí estaba toda la información. El banco y el nombre del banquero. Todo. Repentinamente rasgó el papel y lo guardó cuidadosamente en su cartera. A continuación arrancó las cinco páginas siguientes del cuaderno y las tiró a la papelera. Iba a llamar a su secretaria para dictarle la carta destinada al banquero, pero cambió de opinión. Escribiría la carta él mismo y la echaría al correo. También estipularía que a partir de entonces el banquero se pusiera en contacto con él en su casa. No tenía ningún interés en dejar el menor indicio de este asunto en las proximidades del despacho.

Miró su reloj. Heidi ya tenía que haber vuelto al apartamento. Con una novia preocupada por el futuro, había estado de compras ocupándose de su traje de boda. Un traje, había señalado cuidadosamente, no un camisón. Heidi cogió el teléfono.

—¿Has encontrado algo? —preguntó.

—Sí. Es bonito —su voz sonaba excitada.

—¿Dónde?

—En Maggy Rouff —replicó—. Y he conseguido un veinte por ciento de descuento porque he dicho tu nombre.

—Magnífico —rio él—. ¿Cuándo podré verlo?

—No antes de la boda —replicó ella—. Al novio le trae mala suerte ver a la novia vestida de boda antes de tiempo.

—De acuerdo, esperaré —dijo él—. ¿Sabes algo de tu padre?

—Sí, hace unos minutos —dijo—. Vendrá para la boda.

—Muy bien. Estoy deseando conocerle.

—El también —dijo ella.

—¿Has estado alguna vez en Suiza? —preguntó él.

—No.

—Conozco un hotelito encantador en las montañas, no lejos de Ginebra —dijo Johann—. ¿Te gustaría pasar allí nuestra luna de miel? Es muy pequeño y tranquilo. Y hay posibilidades de que estemos solos.

—Me apetece tanto que no puedo esperar —dijo ella.

—Entonces haré las reservas —concluyó Johann—. ¿Dónde te gustaría ir a cenar?

—Sería agradable que esta noche cenáramos en casa —dijo ella—. Después de todo ni siquiera sabes si sé cocinar.

—Es verdad —contestó él—. Pero la verdad es que nunca se me había ocurrido pensarlo. Me interesaban más otras cosas.

—Bueno, pues también sé cocinar —rio Heidi—. Ya lo verás.

Johann colgó el teléfono. Seis grandes cajas de seguridad. Desde 1944. Cerró los ojos intentando recordar todos los sucesos de aquel año, pero no encontró nada que pudiera indicarle cuál era el contenido de las cajas. El caso es que allí estaban.

Y lo que allí había tenía suficiente valor y era suficientemente importante para Tanya como para que esta hubiera procurado su seguridad durante veinte años. Además, quizá fuera lo único que nunca había contado a nadie, ni siquiera a él.

Respiró profundamente. Al día siguiente iría a su banco, volvería a sacar todos los papeles de Tanya y los revisaría. En alguna parte tenía que estar la clave de todo aquel asunto. Y también tenía que estar en algún sitio la llave de la caja de seguridad.

 

—Tiene una cervecería —dijo Jacques.

—¿Quién? —inquirió Maurice sorprendido.

—El padre de la prometida de Johann —informó Jacques—. Es muy rico. Las cervecerías Mayer de Minneapolis.

—Johann lo ha hecho muy bien. —Maurice estaba impresionado—. Ya conozco esas cervezas. Twin Cities Beer. Son muy populares en los Estados Unidos. Ya me imagino cómo la conoció.

—Ella estuvo casada anteriormente y se divorció. Luego trabajó durante varios años comprando diseños de modas para unos grandes almacenes del Medio Oeste y venía aquí cuatro veces al año. Su secretario le contó al mío que se conocieron en uno de los pases de modelos de Shiki.

—¿Ha hecho Shiki negocios con ella?

—Que yo sepa, no —dijo Jacques sacudiendo la cabeza—. Shiki no ha trabajado en Estados Unidos.

—Muy bien —dijo Maurice—. Siempre hay ocasiones. El pesado, monótono y aburrido Johann se ha hecho con un patrimonio de más de veinte millones de dólares.

—¡Bromeas! —dijo Jacques con tono incrédulo.

—No, nada de eso —replicó Maurice.

—Me pregunto si Johann lo sabría cuando la conoció —inquirió Jacques.

—Ahora, eso es lo de menos —dijo Maurice riéndose. Bebió un trago de su copa —. Johann… —dijo moviendo la cabeza con estupefacción.

—También he oído que su padre vendrá la semana que viene para asistir a la boda —dijo Jacques—. Al parecer, es hija única y por ese motivo viajará a Europa por primera vez en más de treinta años. Johann le ha reservado una suite grande en el Hotel Georges V.

—Esto está cada vez mejor —dijo Maurice.

—No comprendo —dijo Jacques.

—Johann debe estar haciendo sus propios planes —dijo Maurice mirándole—. De aquí a dos años Janette será mayor de edad. Entra en el negocio como dueña, mientras que él sigue siendo solamente fideicomisario y empleado. Hará algo. Lo presiento. —Bebió otro trago—. Me pregunto si Janette se dará cuenta.

—No lo sé —dijo Jacques—. Nadie sabe todavía dónde está. La noche pasada incluso fui a La Coupole, por donde suelen andar sus amigos. Ni siquiera Marie Thérèse sabe dónde está ella. Y eso que son inseparables desde niñas, en el colegio.

—Ya sé quién es Marie Thérèse —dijo Maurice—. Y si ella no lo sabe, no lo sabe nadie. De todos modos, me gustaría saber qué opina Janette al respecto.

—Bueno, solo tenemos que esperar a que vuelva —dijo Jacques.

—Supongo que sí —comentó Maurice pensativo—. Este fin de semana yo me voy a Nueva York. Estaré en el Pierre. Mantenme informado de lo que pase.

—Desde luego. —Jacques sonrió—. Si sucede algo interesante, serás tú el primero en saberlo.

 

El doctor miró el peso por encima del hombro de Janette.

—Siete kilos —dijo con tono satisfecho—. Ya vamos llegando. —El médico volvió a su escritorio sentándose en el borde frente a ella—. ¿Cómo se encuentra usted?

—No me gusta mi aspecto —replicó ella.

—¿Algo va mal? —preguntó.

—A pesar de todos los ejercicios mis pechos cada vez están más fláccidos y empiezan a colgarme las nalgas. Y al tener la cara más delgada, la nariz parece más larga.

—Son solo cinco semanas —dijo él—. Su cuerpo está acostumbrándose todavía. En cuanto lleguemos al peso que nos interesa, empezaremos a preocuparnos de lo demás.

—¿Cuánto habrá que esperar todavía? —preguntó Janette.

Cogió el gráfico y lo estudió unos momentos; a continuación sacó una cinta métrica.

—Quítese el traje de baño.

Janette se quitó el ceñido traje de baño, lo dejó caer y retiró los pies. Él le señaló una pequeña plataforma situada en una esquina de la habitación y Janette subió a ella. Rápida e impersonalmente empezó a tomarle las medidas empezando por el cuello. El pecho por debajo de los brazos, los pechos a la altura de los pezones, ambos brazos, la cintura, la cadera a la altura de la pelvis, el centro de las nalgas, las partes alta y baja de los muslos y, por fin, las pantorrillas y los tobillos. Tras cada medida tomaba notas. Al final dejó sobre la mesa la cinta métrica y el gráfico. Poniéndose ante ella, la miró con ojo crítico.

—Estire los brazos por encima de la cabeza todo lo que pueda uniendo las palmas de las manos y poniéndose de puntillas.

Janette hizo silenciosamente lo que le pedía. El médico le dio la vuelta lentamente parándose de nuevo frente a ella. Janette solo pudo ver en su rostro el juicio profesional.

—Ahora ponga los brazos en los costados y quédese en posición normal —dijo.

El médico volvió a caminar lentamente a su alrededor.

—Con su permiso, me gustaría comprobar la respuesta muscular.

Ella asintió en silencio.

Con rostro siempre impasible, colocó una mano bajo cada sobaco situando los pulgares en lo alto de sus pechos, sobre los senos. Movió lentamente los pulgares subiendo y bajando sus pechos.

Janette sintió que sus pezones empezaban a endurecerse y a agrandarse, y rio nerviosamente.

—No se sienta molesta —dijo él rápidamente—. Es normal.

—No lo dudo —rio ella—. Es lo más divertido que me ha pasado desde que llegué aquí.

Él rio también poniendo una mano abierta sobre el estómago de Janette.

—Intente tensar el músculo todo lo posible apretándose contra mi mano. —Unos momentos después volvió a decir—: Está muy bien. Ahora haga lo mismo con cada nalga cuando le ponga las manos sobre ellas.

El médico se puso a sus espaldas, Janette sintió la palma de una mano contra sí y tensó el músculo. Entonces sintió que su dedo apretaba la nalga por abajo con firmeza y la subía lentamente. Poco después repitió el proceso con la otra nalga. Terminó y volvió a su escritorio, sentándose.

—Ya puede volver a ponerse el traje de baño.

Janette se lo puso y se acercó a la mesa.

—¿Qué le parece, doctor?

Este terminó de tomar algunas notas en el gráfico y levantó la vista hacia ella.

—Siéntese —dijo.

—¿Algo va mal? —preguntó ella en cuanto estuvo sentada.

—Nada va mal —dijo él tranquilizadoramente—. Estamos cumpliendo todo lo que nos habíamos propuesto. Precisamente en este momento de la operación hemos de examinar algunas posibilidades que se le ofrecen.

—No comprendo —dijo ella.

El médico se recostó en su silla y habló con tono casi profesoral:

—Lo que pretendemos es prácticamente una reestructuración completa de su cuerpo. De natural es usted de una manera, y la estamos convirtiendo en algo más satisfactorio. La mayor parte del éxito que perseguimos depende de la capacidad de su cuerpo para ajustarse a las nuevas exigencias que le planteamos. Entrenamos a ciertos músculos para que trabajen más y se equilibren con los otros. Unas veces esto no se consigue tan rápidamente como quisiéramos; otras, simplemente no se consigue, los músculos mismos no son capaces de cubrir las exigencias que le planteamos. Ahora nos hallamos en el momento en que hemos de decidir hasta qué punto queremos llegar.

—¿Quiere decir que no puedo equilibrar la pérdida de peso? —preguntó Janette.

—No digo eso —corrigió él—. Estoy seguro de que sus músculos pueden hacerlo, pero costará tiempo. Antes de conseguir los resultados óptimos que usted pretende, los músculos han de desarrollarse durante un período de varios años. — Echó un vistazo a su gráfico—. En estos momentos ha perdido usted el setenta por ciento del peso propuesto; sus medidas varían en varias partes de su anatomía entre un ocho y un catorce por ciento menos que cuando llegó aquí. Todo esto es muy satisfactorio y llegados a este punto creo que no debemos intentar pasar más allá en la pérdida de peso o en la reducción de formas. De todos modos, me preocupa la compensación de los factores de apariencia externa. A pesar de los ejercicios y tratamientos, los músculos no responden a las exigencias que se les hacen tan rápidamente como sería de desear. Por eso debemos tomar en consideración otras opciones que están a nuestro alcance.

—¿Qué opciones? —preguntó ella.

—Cirugía menor correctiva —replicó el médico—. Le evitará años de esfuerzo por su parte y conseguirá de inmediato lo que desea.

—Pero dejará cicatrices —dijo ella de inmediato.

—Muy finas —dijo él—. Y resultarán invisibles a no ser que se las busque. Trabajamos en los pliegues naturales y arrugas del cuerpo de modo que queden completamente escondidas.

—¿Hay efectos secundarios o posibilidades de que no salga bien?

—Disponemos de técnicas desarrolladas durante la guerra. Hemos tratado a más de un millar de pacientes sin problemas.

—¿Y cuánto tiempo supone todo el proceso? —preguntó ella.

—La parte quirúrgica en sí es mínima. El período de recuperación antes de volver a la vida normal es de dos semanas. Las cicatrices se normalizarán, es decir, serán absorbidas por la piel, en unos tres meses. Pero desde el momento en que por lo general todas quedan cubiertas por la ropa, no hay ningún problema.

—¿Y si decido rehacerme la nariz?

—En un máximo de dos semanas todas las señales y bultos desaparecerán sin dejar rastro.

Janette permaneció tranquilamente sentada durante un rato.

—¿Por qué no se lo piensa? —sugirió—. No hay prisa para tomar una decisión.

—Ya la he tomado —dijo ella mirándole y con voz firme—. Ya me he hecho a la idea. Haremos la cirugía.

—¿Está segura? —la miró.

—¿Cuándo se puede hacer? —preguntó ella asintiendo.

—Me pondré en contacto con el cirujano —replicó él—. Tendrá que examinarla antes personalmente. A continuación, intentaremos inscribirla lo antes posible.

Cuando Janette salió del despacho, el médico se quedó mirando la puerta, tomó el teléfono y llamó al cirujano. Mientras esperaba que este se pusiera al teléfono, se dio cuenta de que estaba pensando en ella. En aquella muchacha había una conducta y un sentido del poder. Tenía solamente diecinueve años y ya daba la impresión de que no era la vanidad, como en sus otros pacientes, lo que la impulsaba a actuar así. Generalmente se trataba de personas mayores que querían ser más jóvenes. Los motivos de ella eran más profundos. Ella estaba creando una nueva imagen con algún propósito determinado. Cuál era este propósito, él no lo sabía. Pero fuera cual fuese, tenía solidez suficiente para hacer que ella deseara cambiar completamente su vida.

 

Henri abrió la puerta.

—Monsieur Schwebel —se inclinó—. Pase, por favor. Johann dejó que Henri pasara delante y a continuación entró él.

—Querida, te presento a Henri —dijo presentándola—. Henri, mi prometida, mademoiselle Meyer.

—Enchanté, mademoiselle. Felicitations —dijo Henri inclinándose.

—Gracias, Henri —repuso Heidi.

—Tengo todas las cajas en la biblioteca —dijo el mayordomo a Johann—. Las hemos subido del sótano. También le he limpiado el escritorio.

—Gracias —dijo Johann. Quizás estuviera allí lo que buscaba. En los informes de la empresa no había nada relacionado con las cajas de seguridad.

Cuando iban tras Henri hacia la biblioteca, se oyó una vocecita proveniente de la escalera:

—¡Tío Johann!

—Mein Schatzy! —En la voz de Johann sonó una alegría sincera cuando se giró y la niña, volando a través de la habitación, cayó en sus brazos—. Pensaba que ya estarías en la cama —dijo besándola en las mejillas.

—La niñera me ha dicho que ibas a venir y por eso te he esperado —dijo Lauren. Volviéndose, miró a Heidi—: ¿Ella será mi nueva tía?

—Sí —contestó Johann riéndose.

—Es muy guapa —dijo Lauren seriamente—. ¿Cómo se llama?

—Heidi.

—¿Puedo llamarte tía Heidi? —dijo la niña mirándola.

—Claro que sí, querida. —Heidi sonrió extendiendo los brazos hacia la niña. Recogiéndola de manos de Johann, la abrazó—. Tú también eres muy guapa, Lauren.

—Hueles muy bien —dijo Lauren—. ¿Vendrás a visitarme?

—Si tú quieres, sí —replicó Heidi.

—¿Cuándo?

—Cuando tú quieras —dijo Heidi riéndose.

—Qué bien —dijo la niña—. Ahora que Janette ha vuelto a irse al colegio estoy muy sola. —Y, todavía en brazos de Heidi, se dirigió a Johann—: ¿Cuándo volverá Janette?

—Dentro de unas semanas.

—¿Y cuánto es eso? ¿Más de dos días?

—Más de dos días, querida —dijo Johann.

—Oh —su disgusto era evidente. Se dirigió de nuevo a Heidi—: Janette es mi hermana mayor. A veces jugamos a que ella es mi madre. Pero solo de mentiras. No tenemos madre.

Heidi estaba callada. Hizo todo lo posible por evitar que las lágrimas arrasaran sus ojos. Abrazó estrechamente a la niña mientras miraba a Johann.

—A lo mejor puedo venir yo y jugar contigo hasta que vuelva tu hermana.

—Estaría muy bien —dijo la niña. Miró a Johann—. ¿Puedo enseñarle a la tía Heidi mi cuarto y mis juguetes?

—Claro que sí —replicó Johann.

Lauren se deslizó de entre los brazos de Heidi y, cogiéndola de la mano, la llevó hacia las escaleras. Johann se quedó mirando cómo subían los escalones y luego se dirigió a la biblioteca.

Más o menos una hora después Johann se levantó fatigosamente del suelo, donde había estado arrodillado mientras revisaba meticulosamente cada una de las seis cajas de embalaje que tenía ante sí. Nada. Eran todo objetos personales. La mayoría, ropa. Varios juegos de artículos de toilette, cepillos, peines, algunas joyas sin valor. Zapatos. Nada de papeles, cuadernos ni diarios. Nada que indicara que Tanya hubiera tenido más documentación que la ya revisada en las cajas de seguridad de la empresa. Llamó al timbre para que viniera el criado.

—Oui, monsieur? —dijo Henri entrando.

—Ya he terminado con ellas —dijo Johann señalando las cajas—. Ya puede hacer que las bajen.

Henri asintió.

—¿Quiere monsieur beber algo?

—Buena idea —dijo Johann—. Coñac, por favor. ¿Mi prometida está todavía con la niña?

—Sí, señor —dijo Henri con una sonrisa—. Ahora mismo vengo de su habitación. Lauren ha extendido todos sus juguetes por el suelo y están sentadas juntas viéndolos uno a uno. —Se acercó al aparador y volvió con un coñac—. C’est triste, monsieur —dijo—. La niña necesita a alguien. Y no tiene a nadie.

—¿Y Janette? —preguntó Johann tras beber un sorbo de coñac.

—No es lo mismo —dijo Henri sacudiendo la cabeza—. Una madre siempre es una madre, y eso es lo que necesita la niña. Y lo que realmente quiere.

—Supongo que tiene usted razón. —Johann asintió gravemente.

—Quizás el año que viene, cuando tenga edad suficiente para ir al colegio, estará mejor —dijo el mayordomo.

—Quizás. —El criado salió de la habitación y Johann se sentó pensativamente en una silla. Bebió coñac. De repente apareció a sus ojos una escena: allí estaban las dos, Lauren en brazos de Heidi. Tenían un aspecto muy parecido. Ambas rubias, ambas hermosas, ambas con ojos azules. Podían pasar casi por madre e hija. Negó con la cabeza. No, en realidad no era justo. La vida nunca se organiza de modo razonable. Todo andaba jodido, siempre.

Apuró la copa y se dirigió escaleras arriba hacia la habitación de la niña. Allí seguían las dos, sentadas en el suelo y rodeadas de juguetes y animales de trapo.

—¿Qué tal? —sonrió.

—Lauren me ha enseñado su colección de animales. Su favorito es el león —dijo Heidi levantando la vista hacia él.

—¿Y por qué? —preguntó Johann a la niña.

—Porque también era el favorito de mi mamá —replicó Lauren cogiendo un pequeño león de peluche que aparentaba muchos años de edad—. Este era de mi mamá. Janette me dijo que ella me lo regaló a mí.

—¿De verdad?

—Sí —dijo la niña tendiéndoselo—. Tócalo, es muy suave.

—Sí, es muy suave —replicó Johann cogiéndolo amablemente y palpándolo.

—Le he dicho a Lauren que podemos llevarla el domingo a comer y pasar la tarde en el zoo para que pueda ver leones de verdad —dijo Heidi.

—Sería fantástico —dijo la niña gozosa.

—Sí —asintió Johann palpando todavía el animal relleno.

De repente se detuvo y lo observó. Le pareció sentir algo en su interior. Lo apretó. Había algo dentro. Tanteó lentamente el juguete con las manos. Bajo el suave peluche que cubría su barriga había una serie de cruces cosidas por donde había sido abierta y cerrada de nuevo.

—¿Me perdonáis un momento? —y entró en el cuarto de baño cerrando la puerta tras de sí. Sacó rápidamente su navaja y cortó unos cuantos puntos introduciendo los dedos en el interior. Poco después la tenía en la mano. Una pequeña llave de caja de seguridad envuelta en un trozo de pergamino. En una cara del mismo había escritos varios números en letra pequeña. En la otra, solamente cuatro palabras: Banco de Crédito Suizo, Ginebra.

Dejó escapar el aliento. Tanya, a su modo, seguía allí presente. Lentamente se metió la llave en el bolsillo y volvió a la alcoba. Dejó el león de peluche sobre la cama.

—Creo que ya es hora de que te vayas a dormir —dijo.

Lauren se puso en pie acercándose a él:

—¿No te olvidarás de lo que me ha prometido la tía Heidi para el domingo?

—No, querida —contestó agachándose para besarla—. No lo olvidaremos.

—¿Me vas a besar, tía Heidi? —Dijo la niña mirándola—. Como haría mi mamá si estuviera aquí.

—Claro que sí, querida —dijo Heidi después de mirar a Johann y ver que este asentía imperceptiblemente. Johann se inclinó también para besar la mejilla de Lauren. Luego se incorporó.

—Esperaré abajo —y dándose la vuelta, miró de nuevo atrás antes de dirigirse a la puerta.

Cuando Lauren estuvo acostada y con las mantas a la altura del pecho, tendió sus brazos hacia Heidi.

—¿Me cuentas un cuento, tía Heidi?

Johann cerró la puerta cuidadosamente y echó a andar escaleras abajo. Una vez en la biblioteca se sirvió otro coñac y lo bebió lentamente. Por primera vez en varios días pensó en Janette. No sabía nada de ella desde que se fuera a la clínica. Repentinamente se apercibió de que ella no sabía nada de su próximo matrimonio. Suspiró profundamente. Al día siguiente la llamaría.

 

El cirujano entró en su habitación y la contempló.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó.

—Fatal —dijo ella levantando la vista.

—Me preocuparía que no se sintiera así —dijo él sonriendo—. Después de todo, solo serán tres días. Vamos, salga de la cama. Quiero echarle un vistazo.

Le tendió la mano mientras ella se sentaba y salía de la cama. La condujo a través de la habitación hasta un espejo de cuerpo entero.

—Voy a retirar los vendajes del busto y de las caderas. No quiero que se asuste cuando vea los puntos y las magulladuras. Son totalmente normales y desaparecerán pocos días después de que saquemos los puntos.

—Todavía tengo ojeras negras y azules y mi nariz sigue hinchada —dijo ella.

—También eso es normal —replicó él—. Vaya poniéndose bolsas de hielo cada dos horas. De aquí a dos o tres días desaparecerán. En cuanto a la hinchazón, desaparecerá en una semana. Quítese el camisón —dijo, y al mismo tiempo hizo una señal a la enfermera.

Esta se acercó con una bandeja de instrumentos. El médico tomó unas tijeras pequeñas de la bandeja; el camisón cayó al suelo.

—No tenga miedo —dijo él—. No le haré daño.

—No tengo miedo —dijo ella mirándose en el espejo—. Solo tengo curiosidad por ver qué aspecto tengo.

—No sé si podrá apreciar gran cosa —informó él—. Es muy pronto todavía. Solo quiero revisar los puntos y ver si todo va bien. —Cortó el vendaje bajo el brazo izquierdo y lentamente, con toda delicadeza, empezó a deshacerlo.

Janette miraba al espejo mientras iban apareciendo sus pechos. El médico retiró las últimas vendas. Ella se quedó sin aliento. Tenía los pechos horriblemente feos, cubiertos de cardenales negros y azules y sangre seca.

—No se preocupe —dijo él rápidamente—. En cuanto los limpie tendrán mejor aspecto.

Trabajó activamente con algodón y alcohol. En pocos segundos desaparecieron la sangre seca y las costras y solo quedaron las leves señales en forma de cruz de los puntos. El médico dio un paso atrás y la miró.

—Muy hermoso —dijo—. Se está recuperando mejor de lo que esperaba.

—¿Hermoso? —dijo Janette enfurecida—. No me dijo usted que habría puntos alrededor de los pezones.

—La aureola —dijo él—. Cuando redujimos el tamaño de sus pechos, vimos que sus pezones quedaban demasiado laterales. No hubiera parecido natural, y por eso los trasladamos a su ubicación adecuada. Pero no habrá cicatrices, quedarán absorbidas por los pliegues naturales de la aureola.

—¿Puedo tocarme los pechos? —dijo ella después de observárselos en silencio.

—Sí —replicó él—, pero con cuidado.

Delicadamente, Janette los tomó en sus manos. Le parecieron más pequeños, más ligeros.

—¿Cuál es mi talla?

—Treinta y cuatro B —contestó el médico—. Antes era treinta y ocho C.

—¿Y las cicatrices que tienen debajo y bajo mis axilas?

—Se curarán y desaparecerán también absorbidas por los pliegues naturales de su cuerpo.

—¿Y cuánto tiempo costará?

—Varios meses —contestó—. Pero de aquí a unas pocas semanas le resultará difícil verlas, y si no le gusta el aspecto que tengan hasta ese momento, siempre puede taparlas con un poco de maquillaje.

Janette dejó caer las manos a los costados y giró para verse de lado en el espejo. Asintió lentamente. El aspecto estaba bien. Parecía más delgada, algo así como más graciosa.

—¿De acuerdo? —preguntó él.

—De acuerdo —replicó ella.

Volviendo a coger las tijeras, cortó las vendas que le rodeaban la parte alta de los muslos y las nalgas. Esta vez Janette ya esperaba los moratones y la sangre seca, y no dijo nada hasta que él hubo acabado de limpiarle la piel. Volviéndose, se miró en el espejo por encima del hombro. No prestó atención a la fina línea de puntos que corría por el pliegue de la carne situado entre el muslo y la nalga. Asintió de nuevo. Sus nalgas parecían más pequeñas y un poco más altas y firmes.

—¿Qué talla? —preguntó.

—Treinta y cinco —dijo—. Y todavía está hinchada. Bajará hasta la treinta y cuatro. Y antes tenía casi la treinta y nueve.

—Es como un milagro —dijo ella volviéndose hacia él.

—No es un milagro —sonrió el médico—. Es la cirugía moderna. Pero hemos contado con una ventaja.

—¿Cuál? —preguntó Janette.

—Es usted joven —explicó—. Generalmente, cuando hacemos estos trabajos nuestros pacientes son mucho más viejos y sus cuerpos no tienen la capacidad de recuperación para sanar y reponerse que tiene el suyo.

—¿Y desaparecerán todas las cicatrices? —dijo ella mirándose de nuevo en el espejo.

—No desaparecerán —contestó el médico—. Pero se taparán ellas mismas y de aquí a unos meses necesitará una lente de aumento para encontrarlas.

—Me alegro de haberlo hecho —comentó ella.

—Me agrada que esté contenta. Volveré a ponerle las vendas para asegurarme de que no se estropee algo usted misma mientras duerme. Creo que dentro de tres o cuatro días podremos sacar los puntos. No tiene por qué quedarse en la cama, puede moverse a su gusto. Basta con que se acuerde de no inclinarse, ceñirse o levantar cosas pesadas. —Hizo una señal a la enfermera, que se acercó con otro camisón. El médico le ayudó a ponérselo y la acompañó a la cama—. Ya le veré a finales de semana.

Mientras él caminaba hacia la puerta, el teléfono empezó a sonar. Janette lo cogió.

—¿Hola?

—¿Janette? —Reconoció la voz de Johann.

—¡Johann! —exclamó. Era la primera llamada que recibía desde su llegada a la clínica—. ¿Desde dónde me llamas?

—Desde Ginebra.

—¿Y qué haces allí?

—Estoy pasando mi luna de miel —replicó él riéndose.

—No te creo.

—Pues es cierto —dijo—. ¿Recuerdas lo que me dijiste en la oficina? Pues decidí seguir tu consejo.

—¡Fantástico! —exclamó Janette—. ¿Conozco a la novia?

—No. Pero estoy deseando que la conozcas. Me parece que podríamos acercarnos a verte.

—Oh, no —replicó ella rápidamente—. No quiero que nadie me conozca aquí por vez primera. Estoy en pleno tratamiento.

—¿Estás bien? —preguntó—. Tienes una voz extraña.

—Tengo las narices hinchadas, pero estoy bien, de verdad. Háblame de tu mujer.

—Es americana; y es hermosa. Estoy seguro de que os gustaréis. ¿Qué más puedo contarte?

—¿La conoces desde hace mucho tiempo?

—Tres años —repuso.

—Johann, estoy muy contenta —dijo Janette—. Felicidades; estoy deseando conocerla. Lo digo de verdad y lo haré en cuanto vuelva.

—¿Y cuándo será eso? —preguntó Johann.

—Estaré aquí un poco más de lo que pensaba. Más o menos otro mes.

—Lástima —dijo él tras unos momentos de silencio—. Lauren te echa en falta. Se encuentra muy sola en esa casa tan grande.

—No puedo hacer nada. Pero incluso cuando estoy en casa no solemos vernos mucho. Cuando yo llego, ella ya suele estar acostada.

—Heidi y yo la llevamos al zoológico el domingo pasado —dijo Johann—. Heidi la adora. A lo mejor intentamos hacerle un poco de compañía hasta que tú vuelvas.

—Oh, eso está muy bien —dijo—. Agradéceselo a tu mujer de mi parte, por favor.

—No tiene importancia —replicó él—. Estoy deseando verte, ver qué aspecto tienes.

—Creo que te quedarás sorprendido. —Se rio—. Pero hay que esperar. Al fin y al cabo, es vuestra luna de miel.

—Es cierto. —Johann rio.

—Un beso muy grande para ti y para tu mujer. Y espero veros a los dos en París.

Janette colgó lentamente el teléfono. Johann casado. Curiosamente, se le hacía difícil creerlo.