Adiós, Janette
Capítulo 4
cuatro
Harvey se levantó de la colchoneta expuesta al ardoroso sol de agosto y fue a refugiarse bajo la sombrilla.
—¡Hijo de perra! —exclamó.
Lauren volvió la cabeza hacia él.
—¿A qué viene eso?
—Treinta francos por una colchoneta y una sombrilla —dijo—. Es un robo.
Lauren se echó a reír.
—Estamos en Francia.
—¿Y si lo que quieres es echarte sobre la arena? ¿Sin nada?
—¿Dónde? —preguntó ella, indicando con un gesto la abarrotada playa totalmente cubierta de colchonetas.
—He visto una playa un poco más abajo. La gente llevaba sus propias toallas y sombrillas.
—Puedes hacerlo si quieres. Es la playa pública —dijo ella.
—¿Por qué no lo hacemos? —preguntó él—. Por lo menos, no nos sentiríamos estafados.
—Podemos ir mañana —dijo ella.
—Es el mismo sol, la misma arena, el mismo mar.
—De acuerdo —dijo ella—. Mañana.
Él la miró.
—Se te están friendo las delanteras.
Lauren se incorporó y sacó una loción solar de su bolsa.
—Me pondré un poco más de esta porquería.
Él la miró fijamente.
—Supongo que aún no he tenido tiempo de acostumbrarme. En mi vida había visto tantas delanteras. Jesús, me pregunto qué hacen con todos los sujetadores de biquini que nunca usan.
—No lo sé —contestó Lauren.
—Quizás alguien tendría que dedicarse a comprarlos. —Harvey sonrió de repente —. Piénsalo. Puedo abrir un puesto en el mercado de los sujetadores de biquini.
Ella se echó a reír.
—¿Qué harías con ellos?
—No lo sé —dijo él—. Tengo que pensarlo. —Miró la botella de aceite solar que ella tenía en la mano—. Espera un momento. Yo tengo algo mejor. —Rebuscó en el interior de su bolsa y extrajo un tarro de arcilla. Sacó el tapón de corcho y se lo alargó —. Toma, pruébalo. Pero primero tienes que remojarte.
—¿Qué es? —preguntó Lauren, mirando el tarro.
—Arcilla de Humboldt, mezclada con un poco de aceite de jojoba. Los indios lo utilizaban para curarse las heridas. También acelera el bronceado e impide que te quemes.
Ella olfateó el tarro abierto.
—Huele mal.
—Es natural —dijo él—. Todas esas porquerías que compras llevan perfume.
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó ella.
—Hay mucho por los alrededores de la granja. La madre de Johnny lo mezcla ella misma. Lo usan para todo. Cortes, insectos, picaduras, lo que sea.
—¿De verdad va bien? —preguntó ella con escepticismo.
—Yo lo uso —dijo él—. Solo hace dos días que llegué y estoy más moreno que tú.
—De acuerdo —dijo ella, poniéndose en pie—. Me zambulliré un momento en el agua y después me lo pondré.
Harvey se apoyó en un codo y la observó mientras se dirigía hacia el agua. Aquí le parecía distinta. Era extraño oírla parlotear en francés. En California, nunca había asimilado el hecho de que fuera francesa. Era como todas las demás muchachas americanas. Pero había cambiado mucho durante el mes que llevaba en Francia. Incluso andaba de otro modo. Más erguida, moviendo más las caderas. Antes andaba a grandes zancadas, ahora lo hacía como si tuviera las caderas unidas a las piernas en vez de a la cintura.
Y estaba más delgada. Tenía la caja torácica más definida y los huesos de la pelvis más salidos, de modo que la curva de debajo de su vientre parecía ondear entre sus piernas en un montículo que parecía nacer en sus muslos. De repente se dio cuenta. Comprendió lo que era. Más erótica. En California era una niña. Aquí era una niña-mujer.
Automáticamente metió la mano en la bolsa para sacar un cigarrillo de marihuana. Después se acordó. Esto era Francia. No podía fumar marihuana en la playa. No solo la ley era estricta sino también la gente. Nadie decía una palabra si te emborrachabas hasta perder el sentido o te volabas la tapa de los sesos, y tampoco les importaba. Del mismo modo que no les importaba si eras homosexual o no. Pero si querías drogarte, debías hacerlo a escondidas.
Lauren salió del agua y se dejó caer en la colchoneta.
—¿Qué hago? —preguntó—. ¿Me lo echo directamente?
Él negó con la cabeza.
—Ponte un poco en las manos, frótalas una contra otra hasta tener una pasta fina, y después aplícatela. Espárcela mucho. Cunde bastante.
—De acuerdo —dijo ella.
Él la contempló un momento.
—Yo me encargo de ponértela en las delanteras.
Ella se echó a reír.
—Lo haré yo misma. Pero, si quieres, puedes ponérmela en la espalda.
—Hay personas que se empeñan en renunciar a los placeres de la vida —gruñó él —. Caramba, tengo hambre. ¿Cuándo vamos a comer?
—Patrick llegará en cualquier momento —contestó ella—. Dijo que comería con nosotros.
—No llegará a tiempo —dijo Harvey—. Tal como estaba cuando le dejamos anoche, tendrá suerte si se despierta este fin de semana.
—Llegará —rio ella—. Pero sigo creyendo que no debiste darle un número ocho.
—Él me lo pidió —dijo Harvey—. Se empeñó en afirmar que ninguna de nuestras porquerías podía compararse con su hachís marroquí. —Se echó a reír—. ¿Te fijaste en su cara cuando había dado dos pipadas? Estaba en otro mundo.
Ella prorrumpió en carcajadas.
—Desde luego. Nunca le había visto así. Pero se levantará y esnifará unas cuantas líneas. Llegará a tiempo. —Dio media vuelta—. Ahora úntame la espalda.
Patrick se despertó. Abrió los ojos lentamente y paseó la mirada por el oscuro camarote. Ni un rayo de luz se filtraba a través de las gruesas cortinas que cubrían las portillas. Alzó la mano y apretó el botón situado junto a la gigantesca cabecera circular de su cama. La luz empezó a introducirse lentamente en el camarote mientras las cortinas corrían sobre sus guías eléctricas.
Se sentó y giró la cabeza. Lo único que vio fue el trasero desnudo de la muchacha que dormía junto a él. Le dio una suave palmada.
—Despiértate, Anne.
El trasero se movió y una voz surgió de debajo de la sábana.
—No soy Anne, soy Meg.
Él dio otra palmada en el trasero.
—De todos modos, despiértate. —Alargó la mano hacia el teléfono de la mesilla de noche.
—Buenos días, milord.
—Buenos días. ¿Qué hora es?
—La una, milord.
—Tráigame un té —dijo.
Oyó la voz de Meg, aún sofocada por la sábana.
—Yo quiero un jugo de naranja y un café.
—Y jugo de naranja y café —añadió Patrick.
—Sí, milord. En seguida.
Patrick colgó el auricular y se quedó mirando el trasero de la muchacha.
—Caramba, tienes unas bonitas posaderas.
La muchacha se movió, dio la vuelta, y después se sentó en la cama junto a él. Movió la cabeza y sus largos bucles de cabello rojizo cayeron sobre sus hombros. Incluso su sonrisa delataba su ascendencia irlandesa, formando pequeñas arrugas en su pecosa cara de piel blanquísima y las comisuras de sus ojos azules.
—Esto es lo que dijiste anoche, pero después te quedaste dormido antes de que yo saliera del lavabo.
Él se echó a reír.
—Ese amigo americano de Lauren me dio una bomba de relojería.
—Fue culpa tuya —dijo ella—. No hacías más que repetir que querías una pipada.
—No me acuerdo —replicó él—. ¿Qué fue de Anne?
—Se ha levantado temprano. Ha dicho que quería ir a la playa.
En aquel momento llamaron a la puerta y el camarero entró con la bandeja del desayuno.
—Buenos días, milord. Buenos días, señorita. —Colocó la bandeja en la cama, entre los dos.
Patrick levantó los ojos hacia el hombre.
—¿Algún recado?
—Sí, milord. Ha llamado la señorita Janette. Ha dicho que llegaría al aeropuerto de Niza en el vuelo de las seis con una amiga y que si tiene usted la amabilidad de enviar el helicóptero a recogerla.
Patrick asintió.
—Encárgate de ello. —Alargó la mano hacia la tetera—. Di al capitán que lleve el barco a Maurea Beach. He quedado allí con unos amigos a las dos.
El camarero salió del camarote y Meg dejó caer la sábana con la que se había tapado.
—¿Quieres que te sirva el té?
—Por favor. —La miró mientras le servía el té y se fijó en los grandes y turgentes senos que le rozaban los brazos mientras se inclinaba sobre la tetera.
—¿Leche?
—Sí, gracias —contestó él, sin apartar los ojos de su pecho.
—¿Así está bien? —Ella le miró, con la jarrita de leche templada en la mano—. Tienes una expresión muy rara en la cara.
—Estoy un poco sorprendido —sonrió él, levantando la sábana para que ella viera su erección—. ¿Qué te parece?
Ella dejó la jarra y después le acarició ligeramente el pene.
—Me gusta —dijo.
Él volvió a sonreír.
—¿Qué tal si me das un pequeño masaje?
—Naturalmente —contestó ella—. Pero ¿no puedes aguantar un momento? No soy capaz de comer nada hasta haber tomado mi jugo de naranja y mi café.
Todo pareció cambiar en el mismo momento que Janette desembarcó del helicóptero en el jardín de la casa. El sol se ocultaba tras las montañas de Sainte-Maxime y a Harvey le pareció como si hubiera surgido repentinamente de la tierra que había a sus pies mientras la dorada luz del crepúsculo se filtraba a través del fino vestido blanco cuya falda ella sujetaba sobre sus muslos para huir del vendaval causado por las aspas en movimiento. Al cabo de un momento, casi antes de que Janette hubiera podido saludarles, pareció como si todo Saint-Tropez quisiera darle la bienvenida. Los coches empezaron a aparecer en el sendero y la gente salió de todas partes. Al cabo de una hora la tranquilidad de la villa se había convertido en un estentóreo bullicio, en el que todos gritaban y reían y nadie parecía escuchar a nadie. O quizás a Harvey se lo pareciera así porque no entendía nada de lo que decían. No hablaba ni una palabra de francés.
Se abrió paso por el salón abarrotado en dirección a las escaleras. El champaña no era su debilidad. Prefería dar unas cuantas pipadas.
Lauren le alcanzó al pie de las escaleras.
—¿A dónde vas?
—Necesito emporrarme —dijo él.
Ella miró a su alrededor y sonrió.
—Creo que yo también.
En el dormitorio reinaba el silencio cuando Harvey cerró la puerta. Lio el cigarrillo rápidamente y lo encendió. Dio una chupada y después se lo pasó a ella.
—¿Siempre es así?
Lauren se encogió de hombros, inhalando el humo hasta los pulmones.
—No lo sé. Es la primera vez que estoy aquí.
—Me gustaba más cuando teníamos la casa para nosotros solos —dijo él.
—Es su casa —dijo Lauren.
—Lo sé —contestó Harvey—. No me quejo. Tu hermana es algo especial. ¿Hay alguien en la ciudad a quien no conozca?
Lauren se rio. Empezaba a notar los efectos de la hierba.
—Creo que no.
—¿Te gusta? —le preguntó él.
—No es mi ambiente. Pero es que yo, igual que tú, solo estoy aquí de visita. —Le pasó el cigarrillo—. Es muy bueno. ¿Qué número es?
—Es nuevo. El número doce. Los efectos son fulminantes —dijo él.
—¿Qué hay del proyecto?
—No va mal —dijo él—. Cuestión de tiempo.
—¿Te queda algo de esa arcilla de Humboldt? Va muy bien y me gustaría que Janette la probara.
—Desde luego —contestó él—. ¿Se quedará muchos días?
—Tiene que ir a Nueva York el lunes. Un asunto imprevisto. Si no, se habría quedado toda la semana.
—Trabaja mucho, ¿verdad?
Lauren asintió.
—¿Quién es esa chica que ha venido con ella? ¿Stéphane?
—Una amiga.
—¿Una amiga, amiga? ¿O…?
Lauren no contestó.
—Oye, no pretendía ser curioso —dijo él.
—No importa —repuso Lauren. Se acercó a la ventana. Él la siguió y contemplaron el helicóptero posado sobre el césped—. ¿Qué opinas de Patrick? —le preguntó ella.
—Me gusta —dijo Harvey—. Está chiflado, pero me gusta.
—Quiere casarse con Janette —dijo ella.
—Oh. —Él dio otra chupada al cigarrillo y volvió a pasárselo a Lauren—. Pensaba que estaba liado con esas dos chicas. Ya sabes, estaban las dos con él en el camarote.
—Sí —contestó ella—. No acabo de entenderlo.
—Ya somos dos —rio él—. Esto es otro mundo. Desde luego no es Paradise Cove.
Ella se rio también.
—Desde luego que no.
Parecía como si nadie durmiera jamás. Aquella noche cenaron tarde a bordo del Fantasist, el barco de Patrick, en el puerto de Saint-Tropez. La cena consistía en un bufet y la gente parecía ir y venir a voluntad. Al cabo de un rato Harvey perdió la cuenta del número de invitados. En un momento dado calculó que había más de cuarenta.
El ruido de la música que los altavoces difundían por todo el barco quedaba prácticamente ahogado por el sonido de las voces. Nadie hablaba en un tono normal. Habría sido inútil, porque nadie les habría oído.
La noche siguió su curso, y la mesa del bufet no llegaba a vaciarse nunca, pues una fuente era reemplazada por otra en cuanto la comida había desaparecido. A medianoche todo el mundo estaba muy animado, y no solo gracias al vino y el champaña. En el aire flotaba un penetrante olor a hierba que el entrenado olfato de Harvey identificó, no como el conocido aroma de la marihuana, sino como algo similar al hachís mezclado con opio.
No tardó mucho en descubrir que se estaban repartiendo unos gruesos cigarros de estilo inglés compuestos por una mezcla de tabaco y hachís. Inmediatamente cogió uno. Era bueno pero no tanto como los suyos.
A la una de la madrugada se trasladaron a una discoteca llamada Papagayo en el otro extremo del puerto. La pista de baile estaba llena de gente sudorosa que se contorsionaba con frenesí. Un grupo de moda cantaba desaforadamente al fondo del establecimiento. Aquí, también, el estruendo impedía toda conversación y todo el mundo gritaba. Harvey miró hacia la pista y no pudo distinguir a una muchacha de otra. Todas iban vestidas casi igual. Blusas transparentes que dejaban ver sus senos con claridad, ajustados shorts o faldas cortísimas, algunas con minúsculas bragas, otras sin nada, y zapatos o botas de tacón alto, y el cabello muy largo y suelto sobre los hombros y tan corto como un muchacho. En comparación, los hombres parecían casi normales, con apretados pantalones blancos o negros y llamativas camisas estampadas. Aquí, también, el olor a hachís flotaba en el aire.
Harvey no bailó. Se sentó a una mesa demasiado pequeña, frente a una copa de champaña que no le apetecía, y se dedicó a mirar. En Francia, los muchachos bailaban con muchachos, las muchachas con muchachas, o bien bailaban solos y nadie se fijaba en nadie. Observó a Lauren moviéndose en la pista de baile; parecía destacar de los demás. Los franceses seguían la música dando saltitos en el aire, como marionetas, y ella se dejaba llevar por el ritmo. Sonreía a Patrick, que bailaba con ella.
Buscó a Janette entre los bailarines. Ni ella ni su amiga estaban en la pista. Al cabo de un momento las vio saliendo de los lavabos. Janette susurró algo a su amiga, que se quedó en la pista y empezó a bailar sola. Janette fue hacia la mesa y se sentó junto a él.
—¿Te diviertes? —preguntó, levantando la voz por encima del estruendo.
Él asintió, mirándola. Janette tenía los ojos brillantes. Harvey alzó un dedo, se lo humedeció, y después lo pasó suavemente por encima de la nariz de Janette. Después se miró el dedo y sonrió.
—Malgastas gran cantidad de polvo.
Ella se echó a reír.
—¿Cómo lo has sabido?
—Cuestión de práctica —dijo él—. Si quieres, cuando lleguemos a casa, te daré algo muy especial.
—Estoy segura de ello —contestó Janette—. Lauren me ha contado muchas cosas de ti. Lo que conseguimos en Francia no es tan bueno, pero prefiero esto a nada.
—Supongo que tienes razón —dijo él—. Pero la elaboración es muy deficiente. Bajas demasiado deprisa.
Patrick y Lauren volvieron a la mesa.
—Esto se está poniendo aburrido —dijo Patrick—. ¿Qué tal si vamos a la Cave du Roi?
Janette negó con la cabeza.
—Yo no. Jacques llegará mañana por la mañana de Londres y tenemos varios asuntos que tratar.
—Pensaba que habías venido a divertirte —dijo Patrick con reproche.
Janette sonrió.
—Me estoy divirtiendo. Id vosotros. Yo volveré a casa.
—Ni hablar —contestó Patrick—. Iremos contigo.
Cuando llegaron a la casa eran más de las tres de la madrugada y había más de quince personas con ellos. En cuanto hubieron entrado, el tocadiscos empezó a sonar y los petardos de hachís aparecieron. Había bastante humo en la habitación para drogarse con solo respirarlo. Igualmente habrían podido quedarse en la discoteca, porque los muebles fueron retirados y continuaron bailando. Al poco rato todo el mundo estaba acalorado y sudoroso y algunas muchachas empezaron a quitarse la ropa. Primero Meg y Anne, las dos acompañantes de Patrick, y después las demás, hasta que solo Lauren y Janette llevaron blusa.
La gente salió de la terraza, y de repente todo el mundo estaba desnudo en la piscina. Lauren fue hacia Harvey y se quedó a su lado, contemplando a los bañistas.
—¿Qué te parece? —preguntó.
Él la miró.
—Lo veo y no lo creo. —Ella se echó a reír—. Pareces muy envarada —añadió.
—No puedo actuar como ellos —dijo.
—Es como todo; tienes que estar acostumbrado —contestó Harvey. Miró a su alrededor—. ¿Dónde está tu hermana?
—Se ha ido a la cama —contestó Lauren—. ¿Por qué?
Él hizo un gesto.
—Su amiga está acosando a otra chica en el otro extremo de la piscina.
Lauren siguió su mirada. Guardó silencio unos momentos.
—Esto no es asunto mío —dijo.
Patrick se acercó a ellos.
—Empiezo a tener hambre. ¿Qué os parecería unos huevos con jamón en La Gorille?
—Buena idea —dijo Lauren—. Estoy desfallecida.
—No contéis conmigo —dijo Harvey—. Creo que iré a acostarme. Solo soy un campesino. No estoy acostumbrado a estos horarios.
Jacques no había perdido el tiempo. Janette estaba bañándose en la piscina a las diez de la mañana cuando llegó. Janette seguía meticulosamente su rutina, la que había mantenido a lo largo de todos los años que había pasado temporadas en el sur de Francia. Todas las mañanas recorría cincuenta veces la piscina. Vio a Jacques por el rabillo del ojo pero no salió a saludarle hasta que hubo terminado de nadar. Entonces se encaramó al borde de la piscina y envolvió su cuerpo desnudo en una enorme toalla.
—Sigues teniendo un cuerpo fantástico —dijo él.
—Mi trabajo me cuesta —repuso ella—. Los años pasan para todos.
Él se echó a reír.
—Estás en lo mejor de la vida.
Janette se acercó a la mesa y tocó la campanilla que había sobre ella.
—¿Has desayunado?
—En el avión —dijo él—. Pero tomaré una taza de café contigo.
El criado acudió a los pocos momentos y Janette pidió café. Se sentó frente a Jacques, se frotó el cabello con una toalla y después lo sacudió para que terminara de secarse al sol. Cogió la cajetilla de cigarrillos que había encima de la mesa y encendió uno.
—¿Qué tal por Londres?
—Mejor de lo que esperábamos —contestó él—. Tenemos encargos por unas cincuenta mil libras.
Ella asintió. Diez, quince mil libras era su promedio en Londres.
—Este año ganaremos dinero —dijo—, pero seguimos teniendo el mismo problema. ¿A dónde vamos ahora? Maurice quiere que hable con Johann.
—Quizá no sea necesario —dijo Jacques—. Corrí el riesgo y llamé a John Fairchild. Se excitó mucho. Como sabes, le encantó la colección. Y también le encanta ejercitar su poder. Él mismo llamó al presidente de Kensington Mills y al cabo de una hora me llamaba a mí.
El criado llevó el café y se retiró. Janette sirvió una taza para Jacques y otra para sí.
—¿Crees que están interesados? —preguntó—. Quizá solo quieran quedar bien con Fairchild.
—Están ansiosos —dijo enfáticamente Jacques—. Se lo noté en la voz. Si no, ¿por qué iban a proponerme una reunión de alto nivel con el vicepresidente ejecutivo, el presidente y el consejero delegado? Kensington es una gran compañía, los fabricantes de fibras artificiales más importantes del mundo después de Du Pont, y los más importantes fabricantes de algodón después de Burlington Mills. Tienen fábricas en todo el mundo y hacen desde las calidades más finas y caras hasta las más baratas. No es que quieran quedar bien con nadie. Pero lo esencial es que, naturalmente, no les interesaría asociarse con alguien que a su juicio no tuviera un gran mercado potencial para sus productos.
Ella guardó silencio unos momentos.
—Espero que tengas razón. Ayer tuve la impresión de que había llegado el fin del mundo.
—No fue así —dijo él—. Regreso a París esta misma noche. Me encargaré de prepararlo todo y nos encontraremos en Orly el lunes por la mañana.
Cuando él se hubo marchado, Janette se tumbó en una colchoneta de aire para tomar el sol. Un momento después, una sombra cayó sobre sus ojos. Los abrió. Harvey estaba ante ella.
—Buenos días —dijo Janette, sin hacer ningún movimiento para taparse.
—Buenos días —dijo él. Le alargó un tarro—. Lauren quiere que pruebes esto.
Ella se incorporó y lo cogió.
—¿Qué es?
—Arcilla del norte de California. Los indios la utilizaban para protegerse la piel y curar toda clase de heridas. He descubierto que es el mejor bronceador que existe.
Ella sacó el tapón de corcho.
—A mí me parece tierra.
Harvey se echó a reír.
—Es tierra. Y no te preocupes por el olor. Se desvanece en cuanto lo humedeces con agua y te lo pones.
—¿De verdad va bien? —preguntó Janette con incredulidad.
—A Lauren y a mí nos ha ido de maravilla —dijo Harvey—. También broncea más deprisa y evita que te quemes. Ponte un poco. Estás muy blanca. Verás qué efectos tan rápidos tiene.
—De acuerdo —dijo ella. Metió una mano en la piscina, después echó un poco de arcilla en sus manos y empezó a ponérsela en los hombros—. ¿Así?
—Incluso más esparcida. No tienes que recubrirte. También puede utilizarse en la cara. —Se incorporó—. ¿No ha bajado Lauren todavía?
—No la he visto —contestó Janette.
—No estaba en su habitación —dijo él.
Janette sonrió.
—Pareces preocupado.
—No lo estoy —se apresuró a denegar—. Es que normalmente nos encontramos temprano y bajamos a la playa antes de que esté muy llena.
—¿Fue a desayunar al puerto con los demás? —preguntó Janette.
—Sí —contestó él—. Pero salieron a las cuatro de la madrugada.
—Entonces probablemente estaba demasiado cansada para volver y se ha quedado en el barco de Patrick. Lo más seguro es que estén en la playa cuando nosotros bajemos.
Él asintió.
Janette terminó de cubrirse la parte delantera del cuerpo con la arcilla y se tendió de espaldas.
—¿Quieres ponérmela en la parte de atrás?
—Desde luego. —Harvey se arrodilló y comenzó a esparcir una fina capa de arcilla sobre su cuerpo. Se detuvo al llegar a las nalgas, las omitió y siguió restregándole las piernas.
Ella volvió la cabeza para mirarle.
—No lo hagas a medias. —Sonrió—. Esta parte de mi cuerpo también puede quemarse.
Janette tuvo razón. El Fantasist estaba anclado frente a la playa cuando ellos bajaron. Lauren, Patrick y sus dos muchachas ya estaban tumbados en las colchonetas. Lauren era la única despierta; los demás se habían quedado profundamente dormidos.
Lauren se levantó mientras ellos se acercaban. Había una nota de excitación en su voz.
—Patrick quiere llevarnos a Cerdeña en el barco.
—¿Dónde está eso? —preguntó Harvey.
—En Italia —contestó Lauren—. Patrick dice que las playas están casi vacías y el agua mucho más limpia.
—Magnífico —exclamó Janette—. Será divertido y Cerdeña es una preciosidad. Podemos encontrarnos todos allí el próximo fin de semana. Entonces yo ya habré vuelto.
Patrick abrió los ojos, y se los resguardó del sol con la palma de la mano. Miró a Janette.
—Tu hermana está chiflada —gruñó—. Esta mañana se ha despertado a las ocho.
—No tenías por qué levantarte —dijo Lauren.
—Nadie podrá acusarme jamás de ser descortés con mis invitados —dijo él. Se volvió otra vez hacia Janette—. ¿Qué es todo esto de ir a Nueva York?
—No tengo más remedio —dijo Janette—. Pero estaré de regreso para el fin de semana.
—Mierda —dijo Patrick. Se incorporó—. Creo que debería renunciar a mis esperanzas de que pases una temporada con nosotros.
Janette sonrió.
—Nunca se sabe.
Patrick la miró fijamente a los ojos.
—Después de todas las maravillas que te tenía preparadas…
Ella se echó a reír.
—¿No sois los ingleses quienes decís: «Los negocios antes que el placer»?
—Nunca lo había oído —replicó él.
—Tampoco lo habrías seguido —dijo Janette—. Vamos, sé buen chico y no te enfurruñes. Id a Cerdeña y divertíos. Mamá estará de regreso el fin de semana próximo y entonces tendremos nuestra oportunidad.
Patrick movió la cabeza.
—La semana próxima será alguna otra cosa.
Janette se rio.
—No seas tan pesimista o me convencerás de que bautizaste tu barco con un nombre equivocado.
Las dos acompañantes de Patrick abandonaron el barco dos días después de llegar a Porto Cervo. Harvey salió a cubierta a las ocho de la mañana y las vio en cubierta de popa, esperando que bajaran su equipaje a un coche aparcado junto a la pasarela.
—Eh, ¿se puede saber dónde vais? —preguntó.
—Volvemos a Saint-Tro —contestó Meg.
—¿Por qué tanta prisa? Estaremos allí el fin de semana que viene.
Anne le miró con cierto desprecio.
—Patrick ha decidido hacerse monje. Nos ha echado de su camarote.
—Además, no hemos venido aquí para morirnos de aburrimiento en el barco todas las noches. Lo único que quiere es emporrarse y hablar de filosofía con tu novia —añadió Meg.
—No he visto que hablaran tanto —dijo Harvey.
—¿Cómo ibas a verlo? —preguntó desdeñosamente Meg—. Siempre estás más flipado que ellos.
Un marinero recogió la última maleta. Anne miró a Harvey.
—Bueno, ta-ta, viejo amigo. Y si quieres un consejo, vigila a tu novia o el hermano Patrick la convencerá para que salga de tu vida.
Harvey las siguió con la mirada mientras bajaban por la pasarela y subían al coche. El coche fue hasta el final del muelle y después desapareció por una calle. Harvey volvió al salón de la cubierta principal y después entró en el comedor. Se sentó a la mesa.
—¿Huevos revueltos con bacon, señor? —preguntó el camarero.
Casi asintió antes de recordar que era vegetariano.
—Nada de bacon —dijo rápidamente—. Solo los huevos revueltos. —Ahora que lo pensaba, las muchachas no andaban muy erradas. Él había pasado la mayor parte del tiempo con ellas, mientras Lauren y Patrick estaban absortos en profundas discusiones. Se comió distraídamente los huevos. ¿De qué demonios hablarían tanto?
—Durante toda mi vida no he oído más que hablar de mi padre —dijo Patrick—. Desde que entré en Eton no dejaron de nacer comparaciones. Y ninguna era buena.
»Yo les repetía una y otra vez que no era mi padre. Era yo. Era diferente. Pero esto no les importaba. Yo tenía que ser mi padre. De modo que al final les dije que se fueran al infierno.
Lauren yacía desnuda sobre el estómago en la desierta playa de Cala de Volpe. Apoyó la cabeza en los brazos para poder mirarle.
—¿Nunca has sentido deseos de hacer nada?
—¿Qué me quedaba por hacer? —preguntó Patrick, contemplando la hermosa curva de su derrière—. Mi padre lo hizo todo.
Lauren volvió a sepultar la cara entre los brazos.
—Tiene que haber algo que quieras hacer —dijo.
—Claro que lo hay —contestó Patrick.
—¿Qué? —preguntó ella, con la voz ahogada por sus brazos.
—Me gustaría pasar la lengua entre tus nalgas, de atrás adelante y de delante atrás —declaró Patrick.
Ella se echó a reír.
—Quiero decir, en serio.
—Estoy hablando en serio —replicó él.
—Te advertí que no me gusta hacer el amor con los amigos —dijo ella—. Creo que debe significar algo más que un simple deporte.
—No me digas que nunca te has acostado con Harvey —exclamó él.
—No he dicho eso —contestó Lauren—, pero tampoco lo hacemos regularmente. Alguna que otra vez, cuando nos apetece. Pero no demasiado. Nos queremos, pero no de este modo.
—Yo tampoco pido tanto —dijo Patrick—. Solo un poquito para estar seguro de que te gusto.
Ella dio media vuelta, riendo.
—Me gustas —declaró—, pero aún no estoy dispuesta a hacer el amor contigo. Por lo tanto, no te pongas pesado y dame ese tarro de arcilla de Humboldt antes de que me fría.
—¿Por qué no te echas y dejas que yo te la ponga? —preguntó él.
Ella se rio otra vez.
—Oh, no. Solo conseguirás excitarte… y tendríamos una discusión.
—Prometo conservar el dominio de mí mismo en todo momento —dijo Patrick.
Ella le miró.
—¿De verdad?
—Palabra de honor —dijo él, levantando la mano.
—De acuerdo. —Lauren se echó en la arena y cerró los ojos. Al cabo de un momento, notó la húmeda frescura de la arcilla que Patrick esparcía cuidadosamente sobre su cuerpo. Resultaba agradable, en especial sobre sus senos quemados por el sol. Notó que el calor la invadía. Realmente era una sensación muy agradable. Muy a pesar suyo, notó que se le endurecían los pezones y el calor aumentaba entre sus piernas.
Se incorporó bruscamente y le arrebató el tarro de la mano.
—Ya es suficiente —dijo con voz resuelta.
—¿Por qué? —preguntó él, ofendido—. He mantenido mi promesa.
—Así es —contestó ella, aplicándose la arcilla a sí misma—, pero yo me estaba excitando. Y aún no me ha llegado el momento.
De repente él montó en cólera.
—Cada día te pareces más a tu hermana —exclamó—. No eres más que una calientabraguetas.
Ella se quedó mirándole, incapaz de hablar. Después notó que las lágrimas le subían a los ojos y giró la cara para que él no las viera.
—¿Es esto lo que crees? —preguntó con voz tensa y dolida.
—¿Qué quieres que crea? —Seguía furioso—. Te exhibes desnuda en mis narices como si yo ni siquiera fuese humano. ¿Cómo debo sentirme?
—Pensaba que no tenía importancia —dijo ella—. Las otras chicas también van siempre desnudas. Nadie parecía fijarse.
—Me importan un bledo las otras chicas —dijo él—. Por eso las he despedido.
—Eso es asunto tuyo —dijo ella con la misma voz tensa—. Yo no te he pedido que lo hicieras.
—No, no me lo has pedido —replicó él—. No había pensado en ello. Quizá te parezcas más a Janette de lo que yo mismo creía. Quizá lo único que te gusten sean las chicas y los penes grandes.
Ella se levantó de un salto, se puso rápidamente el biquini y echó a correr. Patrick echó a correr tras ella, la alcanzó y la obligó a dar la vuelta.
—¿A dónde te crees que vas? —preguntó.
—¡A cualquier sitio! —exclamó ella—. Lejos de ti. ¡Estás realmente enfermo!
Patrick observó el dolor y las lágrimas que llenaban sus ojos y se calmó tan súbitamente como se había enfadado.
—Lo siento. No pretendía hablar así. Estaba furioso.
Ella se desasió con brusquedad.
—Déjame en paz —gritó—. Quiero volver al barco.
—Lo siento muchísimo —dijo él—. Escucha, me gustas mucho. Más de lo que yo creía. Por favor, no te enfades conmigo. No volverá a ocurrir.
Lauren se llevó el dorso de la mano a la nariz y sorbió, mirándole.
—No pensabas lo que has dicho de mi hermana, ¿verdad?
—Claro que no —contestó él con firmeza—. Únicamente empezaba a sentirme tan frustrado contigo como con ella. Ya sabes lo que siento por Janette.
—¿Qué sientes por ella?
—La quiero —dijo él, mirándola a los ojos—. Pero no estoy enamorado de ella —añadió dulcemente—. Estoy enamorado de ti.