Adiós, Janette
Primera Parte: Tanya
Primera Parte
TANYA
uno
Estaba nervioso. Ella lo notó en su manera de moverse por la habitación, acercándose en ocasiones a la ventana y retirando la cortina para mirar la lluviosa calle ginebrina. Se volvió y la miró.
—Todavía no ha llegado el francés —dijo él con su áspero acento bávaro.
—Ya vendrá —replicó ella sin levantar la mirada de su labor de punto.
Él se acercó al aparador y se sirvió una copa de schnapps, que bebió de un trago.
—En París no era así. En aquellos tiempos bastaba con que chasqueara los dedos para que viniera corriendo.
—Hace tres años de eso —dijo ella tranquilamente—. Y entonces iban ganando los alemanes.
—Nosotros nunca hemos ido ganando —dijo él—. Solo nos lo parecía. En el momento en que los Estados Unidos entraron en guerra, todos supimos en nuestro fuero interno que aquello era el final. —Desde el piso de abajo llegó el tenue sonido del timbre de la entrada—. Aquí está —añadió.
Ella se levantó y dejó su labor en la mesa que había junto a su silla.
—Le haré subir directamente.
Bajó por las escaleras hasta el vestíbulo. Ya había entrado y el criado le había cogido el abrigo. Se dio la vuelta al oír los pasos de ella y, cuando la vio, le mostró sus pequeños dientes blancos en una sonrisa.
Se acercó a ella y le tomó la mano, llevándola a sus labios. Ella sintió que su fino bigote le pinchaba el dorso de los dedos.
—Bonsoir, Anna —dijo—. Está usted tan hermosa como siempre.
—Y usted es tan galante como siempre, Maurice —dijo ella devolviéndole la sonrisa y hablándole en el mismo idioma.
Él rio.
—¿Qué tal la niña?
—Janette ya tiene cuatro años. Ha crecido tanto que ya no la conocería.
—Y será tan bella como su madre.
—Ella dispondrá de su propia belleza —dijo Anna.
—Muy bien —replicó Maurice—. Entonces, ya que no lo consigo con usted, la esperaré a ella.
—Tendrá que esperar mucho —replicó Anna riéndose.
Él la miró con extrañeza.
—Hasta entonces tendré que contentarme con lo que pueda conseguir.
—Wolfgang le espera en la biblioteca —dijo—. Sígame.
Esperó a que la precediera algunos escalones antes de seguirla. Y hasta que llegaron a lo alto de las escaleras fue fijándose en los sensuales movimientos de su cuerpo, que se dibujaba bajo el ceñido vestido de seda.
Los dos hombres se dieron la mano; Wolfgang entrechocó los tacones inclinando la cabeza; Maurice, muy francés, solo inclinó ligeramente la cabeza. Hablaron en inglés, idioma neutral que ambos creían hablar mejor que su interlocutor; además ninguno de los dos quería ceder la ventaja de hablar su propio idioma.
—¿Qué tal París? —preguntó Wolfgang.
—Muy americano —contestó Maurice—. Chocolate bars, cigarrillos y chicle. Ya no es lo mismo.
Wolfgang guardó silencio unos momentos.
—Por lo menos los rusos no están allí. Alemania ya no existe.
Maurice hizo un gesto de simpatía con la cabeza y no respondió. Anna, que se había quedado mirando, se dirigió a la puerta.
—Traeré el café.
Esperaron a que la puerta se cerrara tras ella. Wolfgang se acercó el aparador.
—¿Schnapps? ¿Coñac?
—Coñac.
Wolfgang sirvió una copa de Courvoisier y se la entregó; a continuación se sirvió un schnapps. Le señaló un sofá y se sentaron uno frente al otro con la mesita de café en medio.
—¿Ha traído usted los papeles? —preguntó. Maurice asintió y abrió la pequeña cartera de piel que llevaba consigo.
—Aquí están todos. —Hizo tres montones sobre la mesita de café con los documentos de color azul que llevaban el cuño oficial del notaire—. Creo que lo encontrará todo en orden. Todas las empresas han sido puestas a nombre de Anna, como usted había solicitado.
Wolfgang tomó uno de los papeles y lo estudió. Era el acostumbrado galimatías jurídico, siempre carente de sentido, cualquiera que fuese el idioma en que estuviera escrito. Maurice le miró.
—¿Está seguro de querer hacer eso? Podemos quemar los papeles y todo seguirá siendo como si nunca hubieran existido.
Wolfgang exhaló un profundo suspiro.
—No puedo escoger —dijo—. No hay modo de que los franceses me permitan conservar estas empresas, por más que las adquiriera legalmente durante la ocupación. Los judíos se me echarían encima gritando que les obligué a vendérmelas.
—Bastardos desagradecidos —dijo Maurice asintiendo con un gesto—. Le hubiera ido mejor de no haber sido tan honrado. Hubo otros que no solo se quedaron con las empresas sino que además los mandaron a los campos de concentración. Usted por lo menos les permitió conservar la vida. —Hubo unos momentos de silencio. Maurice le dedicó una mirada—. ¿Qué planes tiene ahora?
—Sudamérica —dijo Wolfgang—. Mi mujer y mis hijos ya están allí. No podré quedarme aquí mucho más tiempo. Mi nombre aparecerá, es solo cuestión de tiempo, y querrán juzgarme en Alemania. Y entonces los suizos repentinamente me considerarán persona non grata.
—¿Ya lo sabe Anna?
—Ya se lo he contado. Lo comprende. Además, me está agradecida por haber salvado su vida y la de su hija. Cuando la conocí, en Polonia, ya iba camino de los campos; su marido, el joven conde, había muerto en el campo de batalla y el resto de la familia cayó en los bombardeos.
Hizo una pausa para recordar el día en que la vio por vez primera, hacía ya casi cinco años.
Era una casa pequeña en la zona residencial elegante de las afueras de Varsovia. Resultaba pequeña comparada con las casas que habían escogido la mayoría de los demás altos oficiales alemanes para ocuparlas durante su estancia; pero Wolfgang no era de su misma casta. No tenía motivos de disgusto consigo mismo ni necesitaba afirmar su importancia, pues provenía de una vieja e impecable familia industrial y aristocrática. Su preocupación principal no era militar ni política; era su trabajo: hacer que la industria local fuera integrada en la industria bélica del Reich. Su labor en Varsovia consistía principalmente en una operación de limpieza, estudios preliminares y supervisión de la labor realizada. Le habían encomendado tomar una decisión definitiva sobre la disposición e integración de las diferentes empresas e industrias. Calculaba que le costaría entre un mes y seis semanas cumplir su misión; luego volvería a Berlín a esperar un nuevo encargo. Aunque solo tenía treinta y cinco años, le habían otorgado provisionalmente el rango de general-major para que pudiera tratar al mismo nivel con sus colegas de la Wehrmacht. A su secretario personal, Johann Schwebel, le habían hecho sargento para que pudiera acompañarle.
Schwebel fue el primero que la vio. Estaba a la puerta de la pequeña casa cuando paró el camión ante ella y empezaron a bajar las mujeres. Se quedó quieto, maravillado de la eficacia de las S. S. Justo el día anterior habían solicitado ayuda para encontrar un ama de llaves que hablara tanto alemán como polaco, pues no querían tener dificultades idiomáticas en los asuntos domésticos; y en ese momento bajaban del camión seis mujeres para que él escogiera. Se quedaron nerviosamente en la entrada mientras el soldado de escolta, de cuyo hombro colgaba una metralleta suspendida por una correa, se acercaba a la puerta.
El soldado se detuvo ante Schwebel.
—He traído a las mujeres aquí para que escoja usted —dijo llanamente.
—¿Tiene sus papeles? —preguntó Schwebel.
El soldado asintió sacándolos de una cartuchera.
—Aquí están. —Se dio cuenta de que Schwebel miraba algo por encima de su hombro y se volvió.
La séptima chica estaba bajando del camión. En ella había algo diferente. Desde luego, no se trataba de la ropa. Todas llevaban las mismas ropas carcelarias, grises y monótonas. Pero esta tenía algo propio. Quizá fuera su manera de moverse. Era alta y esbelta. Tenía un aire de indiferencia, de orgullo. Su cabello, largo y de color castaño, limpio y brillante, le caía hasta los hombros y no había un mechón fuera de su sitio. Echó una mirada fría a su alrededor y se quedó junto al camión, esperando. No hizo ningún movimiento para acercarse a las demás mujeres, que se habían puesto a charlar nerviosamente entre sí.
—Es la princesa —dijo el soldado.
—¿La princesa?
—Es el nombre que le dan en el campo. Llegó hace diez días y creo que desde entonces no ha hablado ni una palabra con las demás chicas. Cuida de sí misma. Ya sabe usted cómo les gusta joder a las chicas polacas: en cuanto la sacas empiezan a correrse y cuando se la metes se vuelven locas. Pues esta, nada de nada. Ya nos la hemos jodido unos quince y con todos ha pasado lo mismo. Permanece hasta el final sin hacer un solo movimiento. Y a continuación se comporta como si no hubiera pasado nada. Se limpia el coño sin decir una palabra y se dedica a sus asuntos.
—¿Cuáles son sus papeles? —preguntó Schwebel—. Me gustaría verlos antes que los demás.
—El que tiene una franja roja en la esquina y una A con un círculo. Ya está en la lista de Auschwitz para la semana que viene. Aquí no necesitamos a chicas como ella. —El soldado rio torpemente—. Le aconsejo que no se ocupe de ella. Mea agua helada.
Schwebel se sentó a la mesita que había en el vestíbulo y que usaba como escritorio, poniendo la documentación ante sí. Abrió la carpeta de la franja roja.
Tanya Anna Pojarska, ap. familia Kosciusko, 7 nov. 18, Varsovia. Viuda,
marido conde Peter Pojarska, capitán ejército polaco, m enero 1940. Un hijo,
hembra, Janette Marie, n. París, Francia, 10 sep. 39. Rel. católica. Padre
profesor de idiomas, univ. de Varsovia, m. Todos sus familiares conocidos, m.
Estudios licenciatura univ. Varsovia, idiomas, 1937; licenciatura Sorbona,
París, idiomas, 1939. Dominio pol., fran., in., al., rus., ita., esp. Bienes y
posesiones familiares incautados por el Estado, 12 oc. 1939. Culpable de
traición y subversión. Archivo Gestapo Varsovia 72943/029. Sentencia campo
de trabajo 12 años. Autorización para compañía hija.
Cuando Schwebel acabó de leer, hojeó los demás expedientes. Ya había llegado a la conclusión de que era la única capacitada para el puesto. Las otras eran vulgares. Aunque tuvieran algunos conocimientos de alemán, tenían muy poco que ofrecer en cuanto a educación. Cuando levantó la vista, ella estaba ante su escritorio.
—Siéntese, Frau Pojarska —dijo en alemán.
—Dankeschön. —Ella se sentó tranquilamente. Él siguió hablando en alemán.
—Sus obligaciones consistirán en administrar la casa y tenerlo todo a punto. También se le pedirá ayuda para traducir y redactar ciertos documentos. ¿Cree estar capacitada?
—Creo que sí —asintió ella.
—Solo serán seis semanas —dijo él.
—En estos tiempos —replicó ella— seis semanas pueden ser toda una vida. — Aspiró profundamente—. ¿Puedo traer a mi hija conmigo?
Él dudó.
—No supondrá ninguna molestia —añadió vivamente—. Es una criatura muy tranquila.
—No puedo tomar esa decisión —dijo él—. Eso corresponde al general.
Su mirada se encontró con la de él por encima del escritorio.
—No la dejaré allí —dijo ella lentamente. Él guardó silencio—. Todavía puedo demostrar mi gratitud de alguna manera —añadió en voz baja.
—Haré lo que pueda —dijo él aclarándose la garganta—. Pero depende de la decisión del general. —Se puso en pie—. Espere aquí.
Le vio subir las escaleras hacia el despacho del general. Poco después salió al rellano y dijo:
—Suba por aquí.
Le abrió la puerta y ella entró precediéndole. El general, que estaba junto a la ventana hojeando su expediente, se volvió hacia ella. Su primera impresión fue de sorpresa. Era un hombre muy joven, unos treinta y cinco años; no tendría más edad que Peter.
La voz de Schwebel llegó a sus oídos:
—Generalmajor von Brenner; Frau Pojarska.
Wolfgang la miró. Sintió un tirón en las entrañas. Sintió la presencia de la mujer bajo las grises ropas carcelarias. Su voz enronqueció repentinamente.
—Schwebel opina que usted puede ocupar el puesto, pero hay un problema.
—No tiene por qué haberlo —dijo ella con voz clara. Él siguió mirándola en silencio—. Se lo aseguro —añadió. Su voz se endureció súbitamente—. No puedo dejarla morir allí.
Él se acordó de sus dos hijos, que iban al colegio en Baviera, lejos de la guerra y sin sentir sus efectos. Se giró de modo que ella no pudiera ver la expresión de sus ojos. ¿Qué había dicho ella, según Schwebel? Seis semanas pueden ser toda una vida. Eran solo seis semanas. No había motivo para no concedérselo. Se volvió hacia ella.
—Tiene mi autorización para traer a la niña.
Notó que los ojos se le humedecían de repente, pero controló su voz:
—Dankeschön, herr General.
—¿Tiene usted otras ropas?
Ella sacudió la cabeza.
—Cuando me llevaron al campo me quitaron todo.
—Tendremos que hacer algo por usted —dijo él—. Tiene que estar preparada para recibir a las visitas y hacer que se sientan cómodas. Necesitaremos también a otras dos mujeres. Una cocinera y una camarera que se ocupe de la ropa y de la limpieza. Las escogerá usted.
—Jawohl, herr General.
—Schwebel redactará una nota que autorice lo de la niña y demás. A continuación irá usted de compras con él. Comprará ropas para usted y uniformes para las otras. Tendrá todo preparado para la cena de esta noche, que será a las ocho en punto. Dejo el menú en sus manos.
La puerta se cerró tras ella; él volvió a su escritorio y se sentó. ¿Qué le había contado Schwebel? Quince hombres. Era increíble. Su rostro no dejaba ver nada. Ni odio ni resentimiento ni servilismo. Se diría que no podía afectarle nada que ella no quisiera sentir.
La cena le sorprendió. Vichyssoise, Gedampftes kalbfleisch con una delicada guarnición de rábanos picantes, patatas hervidas y judías frescas. Ensalada de queso. Y para terminar, café y coñac. Una vez terminada la cena, ella entró en el comedor.
—¿Ha sido de su gusto la cena, herr General?
—Estaba muy buena.
Ella se permitió una sonrisa contenida.
—Me alegro. Muchas gracias. ¿Puedo hacer alguna otra cosa por usted?
—Esto es todo, gracias. Buenas noches.
—Buenas noches, herr General.
Ya era casi medianoche y él seguía agitándose, insomne, en su cama. Por fin dejó la cama, se puso la bata y bajó al vestíbulo. Todavía había luz bajo la puerta de Schwebel. La abrió.
Schwebel saltó de la cama llevando todavía en la mano el libro que leía.
—Herr von Brenner —balbuceó—. Quiero decir, herr General.
—La habitación de la chica —preguntó Wolfgang.
—La primera al llegar al rellano de las escaleras, en el piso de arriba.
Cerró la puerta a sus espaldas y subió el primer tramo de escaleras. Bajo la puerta no asomaba ninguna luz. Dudó un momento, luego la abrió y entró. A la tenue luz de la luna que entraba por la ventana vio cómo ella se incorporaba de súbito. Poco después se encendió la lucecita de la mesilla. Tenía el cabello largo y oscuro y le caía hasta los hombros; sus ojos estaban muy abiertos. No dijo una palabra.
Vio la cuna improvisada junto a la cama, se acercó y contempló su interior. La criatura dormía tranquilamente con un pulgar en la boca. Inclinándose sobre la cuna, le sacó con cuidado el dedo de la boca.
—Es malo para la dentadura —dijo irguiéndose. Ella seguía sin hablar—. ¿Cómo se llama?
—Janette.
—Es un bonito nombre —dijo él. Y volvió a mirar a la niña—. Es guapa.
—Gracias, herr General. —Levantó la vista hacia él—. ¿Tiene usted hijos?
—Dos —contestó.
—Debe resultarle duro estar apartado de ellos.
—En efecto.
—¿Y de su mujer?
—Sí, también —replicó. De repente se sintió incómodo. Fue hasta la puerta—. Bien, buenas noches.
Llevaba diez minutos dando vueltas en la cama cuando entró ella en su habitación; se incorporó.
—¿Sí?
—Encienda la luz —dijo ella—. Quiero que me vea.
Él apretó el interruptor de la lámpara de la mesilla. Iba vestida con un camisón blanco de puntillas y tenía el cabello suelto.
—Míreme —le dijo suavemente, y empezó a quitarse un tirante del camisón.
Se le cortó el aliento en la garganta cuando le vio un pecho, rotundo y pleno, con el pezón color de fresa que sobresalía de la aureola color púrpura; luego, cuando se bajó el camisón hasta la cintura, mostró también el otro pecho. Su mirada siguió las manos de ella, que se movían lentamente por la caja torácica hasta llegar a su vientre plano y suavemente musculoso; siguió tirando del camisón hasta que este se tensó en sus caderas cayendo a continuación al suelo en torno suyo; el cabello negro y rizado de su pubis descendía en forma de punta de flecha entre las columnas de sus piernas.
Se acercó a la cama y retiró las sábanas que le cubrían las piernas. Tiró del cordón que cerraba el pantalón de su pijama y su falo surgió libremente. Se arrodilló junto a la cama y le miró a los ojos unos momentos. Con suavidad, retiró los pliegues de la piel de su glande rojo y palpitante. Su lengua se deslizó por él como una serpiente.
De repente cerró su mano alrededor del falo presionándolo con un estrecho apretón. Levantó la vista hacia él. Su voz sonó imperiosa:
—No te corras todavía.
Él no podía hablar; se limitó a asentir con un gesto. Su rostro se inclinó sobre él.
—Yo te diré cuándo —dijo ella mientras volvía a tomarlo en su boca.
Seis semanas más tarde, cuando cogía el tren hacia París, ella y la niña le acompañaban.
Silenciosamente, Wolfgang acabó de firmar el último documento. Levantó la vista hacia Maurice y dijo:
—Creo que esto es todo.
—Técnicamente, sí —contestó Maurice—. Pero hay otros problemas.
Wolfgang se quedó mirándole.
—El permiso de residencia francés que ella tiene fue expedido por el gobierno de Pétain. Quizá no lo acepte el actual régimen.
—¿Por qué no? Era un permiso definitivo que reconocía su estatus de persona desplazada. De todos modos ella se licenció en la Sorbona antes de la guerra. Además, su hija nació en Francia antes de la ocupación.
—En muchos casos han retirado permisos por considerar que sus titulares eran colaboracionistas. Y en París hay mucha gente que conoce la relación que ella tiene con usted.
—¿Y qué podemos hacer al respecto? —dijo Wolfgang tras meditar unos momentos.
—He estado pensando en el asunto, pero no he llegado a una solución definitiva. Lo único eficaz sería que ella obtuviera la nacionalidad francesa.
—Mierda —dijo Wolfgang levantándose—. ¿Qué hacemos ahora? —Fue hasta el aparador y se sirvió otro schnapps.
Maurice se volvió y miró a Anna, que había estado sentada en silencio ante la bandeja del café mientras Wolfgang firmaba los papeles frente a ella. Levantó la cabeza de las agujas que tenía en sus manos y sus ojos se encontraron. Se miraron mutuamente durante un rato; a continuación él retiró la vista y ella volvió a su labor.
Wolfgang sorbió su schnapps, llenó la copa de nuevo, se acercó al sofá y se dejó caer pesadamente.
—Quizá no merezca la pena tomarse ese trabajo. Quizá debamos contentarnos con vender las empresas y deshacernos de ellas.
—Ahora no conseguirá sacar nada —dijo Maurice—. Los franceses están en bancarrota. De aquí a cinco años, cuando se normalicen las cosas, valdrán una enorme cantidad de dinero.
—Cinco años —dijo Wolfgang—. ¿Quién diablos sabe dónde estaremos de aquí a cinco años?
—Si para entonces estamos muertos, no tendrá importancia —dijo Maurice—. Pero si estamos vivos, la tendrá.
—De todos modos, si anulan su permiso lo perderemos todo. Se quedarán con las empresas.
—Tenemos que correr ese riesgo —dijo Maurice.
Anna habló suavemente sin levantar la mirada de su labor.
—Si yo estuviera casada con un francés, lograría automáticamente la nacionalidad.
Wolfgang le dedicó una breve mirada y luego se dirigió a Maurice:
—¿Es cierto eso?
Maurice asintió.
—Entonces hay que encontrar a alguien en quien podamos confiar y Anna se casará con él.
—Usted no está casado.
—Sería demasiado peligroso —replicó Maurice sacudiendo la cabeza—. Todavía hay muchos gaullistas que sospechan de mí. Después de todo, yo no pasé el canal hasta el último momento.
—Pero usted les vendió su historia. Así como la información que les proporcionó y la explicación de que se quedó con el propósito oculto de ayudarles.
—Es cierto. Pero cuando eso sucedió todavía se estaba librando la batalla. Ahora empiezan a surgir las preguntas.
—Estoy seguro de que su tío puede ocuparse de eso —dijo Wolfgang.
—Mi tío ha muerto. Murió hace cuatro meses.
—Entonces, ¿quién es ahora el marqués de la Beauville?
—Nadie. Murió sin descendencia.
—¿Y qué pasa con sus propiedades?
—Pasarán al Estado a no ser que alguien pague los impuestos sobre la herencia; alguien de la familia, claro está.
—¿Cree que lo hará alguien?
—Yo soy el único descendiente —contestó Maurice sacudiendo la cabeza—. Si viviera mi padre, que era su hermano, le hubiera sucedido en el título. Pero ahora se perderá todo… título, propiedades, todo.
—Si usted paga los impuestos —insistió Wolfgang—, ¿puede reclamar el título?
—Si el Estado acepta mis pagos, supongo que sí —dijo Maurice tras pensar unos momentos.
—¿Cuánto supondría?
—Muchísimo dinero. Cinco millones de francos. En realidad nadie lo sabe, las exigencias del Estado son desesperanzadoras.
—Déjeme meditar unos momentos —dijo Wolfgang levantándose; estaba excitado.
Le observaron mientras paseaba arriba y abajo por la estancia; finalmente se detuvo ante Maurice.
—Si esas empresas formaran parte de la herencia, ¿sería válida la propiedad de las mismas?
—Por completo —dijo Maurice—. Nadie se atrevería a poner en duda la integridad y lealtad de mi tío. Después de todo, fue uno de los pocos franceses que se atrevió a quedarse en Francia desafiando la autoridad de Pétain. Y no se atrevieron a ponerle la mano encima, aunque permaneció prácticamente prisionero en su residencia campestre.
—Entonces ya está —dijo Wolfgang con una sonrisa satisfecha—. Todos nuestros problemas están solucionados. Usted y Anna se casarán. Yo me ocuparé de que disponga usted del dinero para pagar los impuestos y reclamar el título. Entonces traspasaremos las empresas al patrimonio y todo quedará en orden. —Sorbió un poco de schnapps y lo bebió de un trago—. Yo te armo marqués de Beauville —dijo golpeando suavemente los hombros de Maurice.
Maurice miró a Anna. Le pareció ver en sus labios una tenue sonrisa mientras mantenía la vista baja en las agujas de hacer punto que volaban en sus manos. Era la misma sonrisa enigmática de la primera vez que la vio en París, en otoño del año 1940.
Subió el corto tramo de escaleras que iban desde la calle hasta la puerta de la pequeña casa, comprimida y casi perdida entre los enormes edificios de apartamentos de la avenida de Jena, y tocó el timbre.
Una camarera de uniforme le abrió la puerta y le miró:
—Monsieur?
Él sacó una tarjeta del bolsillo y se la entregó.
—Tengo una cita con el general von Brenner.
—Entrez, m’sieur —dijo ella tras echar un vistazo a la tarjeta.
La siguió por el vestíbulo y esperó mientras ella desaparecía en una habitación de la casa. Miró las paredes a su alrededor. Estaban desnudas y todavía se apreciaban en los muros manchas decoloradas en los lugares en que habían colgado cuadros. Se preguntó inútilmente qué infortunada familia francesa habría sido arbitrariamente despojada de su casa para hacer sitio a los conquistadores prusianos. ¿Y los cuadros que habían adornado en otro tiempo sus paredes? ¿Habrían conseguido los franceses salvarlos o estarían ahora en la residencia alemana del general?
Oyó a sus espaldas los pasos de un hombre. Se volvió. Un soldado con uniforme de sargento de la Wehrmacht le saludó con la mano alzada:
—Heil Hitler.
—Heil Hitler —replicó Maurice alzando la mano a su vez.
—El general le atenderá dentro de poco. —Schwebel abrió una puerta—. ¿Tendrá la amabilidad de esperar en el salón?
—Avec plaisir. —Maurice entró en la habitación y la puerta se cerró tras él. En aquella estancia los muebles parecían haber sido respetados y en las paredes había cuadros. En la chimenea ardía un pequeño fuego.
Se acercó al fuego para calentar sus manos ante él. Aunque estaban a principios de otoño, época en que en París se solía disfrutar todavía de un clima templado, parecía haber un gélido viento norteño en el ambiente húmedo. Los franceses estaban seguros de que la culpa era de los alemanes.
Oyó abrirse la puerta y se volvió, esperando ver al general. Pero se encontró con una mujer joven y alta; tenía la larga cabellera de color castaño cuidadosamente peinada hacia atrás y recogida en un moño que acentuaba sus pómulos salientes y sus grandes ojos oscuros. Llevaba un elegante traje de tarde oscuro que acentuaba su rotunda figura pretendiendo al mismo tiempo ocultarla.
—¿Monsieur de la Beauville? —le preguntó con acento parisino.
Él asintió.
—Yo soy Mme. Pojarska —dijo ella acercándosele—. El general me ha pedido que le ponga cómodo. Quizás esté más ocupado de lo que creía. ¿Quiere que le pida un café o algo para beber?
—Un café estaría muy bien.
—Y quizá también algo de pastelería. Nuestro patissière es uno de los mejores de París.
—Madame, ha descubierto usted mi debilidad —sonrió él. Era cierto. Desde la llegada de los alemanes a París no se podía encontrar en ningún sitio algo de pastelería decente.
Poco después estaba sentado en el sofá con una taza de verdadero y aromático café ante sí y hurgando con un tenedor el crujiente hojaldre de un millefeuille.
—Está delicioso —dijo.
—Hay cosas en Francia que nunca cambiarán —dijo ella; y una leve sonrisa curvó las comisuras de sus labios.
Él la miró con sorpresa. No era el tipo de observación que podía esperarse en casa de un general alemán.
—¿Ha vivido usted antes en Francia, madame?
—Estudié aquí —replicó ella—. En la Sorbona. —Le puso otro millefeuille en el plato—. Mi hija nació aquí poco antes de la guerra.
—Entonces su hija es francesa —dijo él.
—Polaca. Mi difunto marido y yo somos polacos.
—Según la legislación francesa su hija tiene derecho a la nacionalidad francesa siempre que sus padres no hubieran notificado otra cosa a las autoridades.
Ella meditó unos instantes.
—Entonces es francesa, pues mi marido volvió a Polonia el mismo día que estalló la guerra y no la registramos.
—¿Su difunto marido? —dijo levantando una ceja interrogante.
—Murió defendiendo su país —dijo ella.
—Lo lamento —le contestó.
—Estaba escrito —replicó ella tras quedarse unos momentos pensativa—. No soy la única viuda que ha causado esta guerra ni seré la última. Tampoco ha sido Polonia el único país que ha caído ante los alemanes ni Francia será el último.
Maurice guardó silencio.
—Pero la gente sobrevive… aunque esto suponga aprender a vivir bajo un orden nuevo —continuó ella.
—Es cierto —asintió él—. Los círculos del poder no están a nuestro alcance. Tenemos que aprender a vivir con ellos, no ellos con nosotros.
Llamaron a la puerta; el sargento se presentó en el umbral.
—El general ya está libre. Ha pedido que lleve usted a monsieur de la Beauville a su despacho.
La siguió por el vestíbulo vacío hasta otra estancia. Ella se detuvo, llamó a la puerta y la abrió sin esperar respuesta.
El general von Brenner era un hombre mucho más joven de lo que había supuesto. Por lo menos no era mayor que el propio Maurice: treinta y siete años. En vez de dirigirle el saludo habitual, le tendió la mano:
—M. de la Beauville. Ya tenía ganas de conocerle. —Hablaba un francés teñido de fuerte acento alemán. Maurice le contestó en su alemán con acento galo:
—Es un honor para mí, general.
Los dos hombres se miraron mutuamente y el general rio de improviso:
—Mi francés es tan malo como su alemán.
—No tanto —sonrió Maurice.
—¿Habla usted inglés?
—Sí.
—Entonces hablaremos en este idioma. Así ninguno de los dos se sentirá molesto. Y si tenemos problemas para entendernos, Anna, aquí presente, nos ayudará.
—De acuerdo —contestó Maurice en inglés.
—Ahora empecemos a trabajar —dijo el general—. El ministerio de Industria francés le ha nombrado a usted para trabajar conmigo a fin de adecuar mejor la industria al esfuerzo bélico contra nuestro enemigo común. Naturalmente, daremos prioridad a la industria pesada, que puede ser utilizada para la manufactura de armas y material.
—Soy de la misma opinión y, con su permiso, ya he preparado varios expedientes que en estos momentos están en camino hacia aquí en manos de mensajeros especiales. Estoy a su disposición para empezar a trabajar de inmediato.
Pero a lo largo de los tres años que duró su colaboración durante la ocupación, ambos observaron que empezaban a aparecer otras oportunidades. Se trataba de negocios que nada tenían que ver con la guerra y que empezaban a surgir: bajo el nuevo orden muchos de ellos no resultaban rentables. Unas bodegas muy conocidas, una empresa que embotellaba agua natural, otra, en el sur, dedicada a la manufactura de productos básicos para perfumes y cosméticos. Y todo a precio de ocasión. Los bajos costos y los visados fáciles habían permitido a los anteriores propietarios de dichas empresas buscar la libertad en otro sitio. Las leyes francesas que regulaban las sociétés anonymes, que nunca daban información pública sobre los propietarios verdaderos, permitían ocultar la propiedad real de estas empresas. Aunque hubiera que tomar decisiones relacionadas con las empresas, el propietario no tenía por qué hacerse público. Para evitar cualquier crítica, Wolfgang puso en el registro de la propiedad todo a nombre de Anna. Se trataba de empresas tranquilas que durante la guerra trabajaron a pequeña escala. Wolfgang había comprado dichas empresas con vistas al período de posguerra; época en que aumentaría la demanda de tales productos y se ampliaría su mercado.
Casi dos años más tarde, en un húmedo día veraniego de 1943, Wolfgang volvía de una reunión en el Cuartel General Oeste. Ella notó que estaba preocupado, pero guardó silencio hasta que él estuviera dispuesto a hablar. Ese momento no llegó hasta después de la cena, cuando, sentados en el despacho, él fumaba su cigarro y tomaba café.
—Tengo que volver a Berlín —dijo él gravemente.
—¿Para cuánto tiempo? —preguntó Anna mirándole.
—De modo permanente —contestó—. Mi misión aquí ha terminado. Hay problemas de producción en la patria y quieren que me dedique a ellos.
Ella guardó silencio unos momentos.
—Empezaré a hacer el equipaje inmediatamente.
—No. —Su voz sonó cortante—. No vendrás conmigo.
Ella le miró sin decir palabra.
—No puedo llevarte a Alemania —le dijo embarazado—. Mi familia…
—Comprendo —replicó rápidamente. Aspiró profundamente e intentó sonreír—. No tengo quejas. Al principio solo se trataba de seis semanas, ¿recuerdas?
—Esto no es el final —dijo él—. Tengo planes.
—No quiero que te pongas en peligro —dijo ella.
—No habrá peligro —replicó—. He pedido a Maurice que venga mañana a almorzar con nosotros y entonces te lo explicaré todo.
—¿Cuándo tienes que irte? —preguntó tras guardar silencio largo rato.
—El viernes.
Ella le miró intensamente a los ojos.
—Estamos a martes —dijo levantándose—. Vamos a la cama. No podemos perder el tiempo.
Wolfgang esperó a que el mozo retirara los platos del almuerzo y saliera de la habitación para hablar. Maurice y Anna se sentaron ante la mesita.
—Alemania ha perdido la guerra —les dijo llanamente.
Ninguno de los dos hizo comentarios; continuó:
—La guerra es como los negocios. Cuando se deja de avanzar, se pierde ímpetu. Y entonces se pierde el control. El Führer ha cometido un error crítico. En vez de impulsar el cruce del Canal hacia Inglaterra, se ha vuelto hacia Rusia. Y en ese momento se ha perdido todo.
Maurice y Anna seguían en silencio.
—Ahora ya solo es cuestión de tiempo y tenemos que hacer planes. Después de la guerra habrá muchas oportunidades y nos convendrá disponer de ventajas. —Miró a Maurice—. Empezaremos contigo. Si queremos conservar los bienes que hemos adquirido en Francia, tendrás que cambiar de lado. Atraviesa el Canal de la Mancha y únete a los gaullistas.
—¡Imposible! —protestó Maurice—. En cuanto me vean me tirarán a matar.
—No si sigues mi plan. Yo pondré a tu alcance ciertas informaciones de valor incalculable para los aliados. Información sobre créditos de manufactura y producción de los que hasta el momento no han oído hablar. Acudirás a tu tío, el marqués, cuya reputación está fuera de duda, y le contarás que has estado trabajando secretamente con nosotros a fin de tener acceso a dicha información. Una vez que la tengas, necesitarás su ayuda para pasarla al otro lado del Canal. Estoy seguro de que él tiene contactos, y con mi ayuda te garantizo que pasarás sano y salvo el Canal antes de un mes.
—Será peligroso —dudó Maurice.
—Más peligroso será quedarse. Cuando vuelvan los franceses, te fusilarán por traidor y colaboracionista.
Maurice guardó silencio; entonces Wolfgang se dirigió a Anna:
—Mi familia tiene desde hace muchos años una casita en Ginebra. Ya he preparado un permiso de residencia suizo para ti y Janette; figuras como mi ama de llaves. Cuando yo me vaya, tú te quedarás aquí todavía durante un mes. A continuación te trasladarás a Suiza. Schwebel se quedará contigo para ayudarte a preparar los expedientes y documentación que llevará a Ginebra. La excusa será que Janette está enferma y el doctor le recomienda tratarse en los Alpes. Cuando estés a salvo en la casa, él volverá a Alemania para reunirse conmigo.
—¿Y qué harás tú mientras tanto? —preguntó Anna fijando en él su mirada.
—Haré planes para sacar a mi familia de Alemania. Debido a mi posición, todos nosotros seremos blanco de la venganza de los aliados.
—¿Adónde irán?
—En Sudamérica hay varios países que nos ofrecen asilo; a cambio de una cuota, naturalmente, pero al fin y al cabo solo se trata de dinero.
—¿Y qué te sucederá a ti?
—En cuanto vea que estáis a salvo, me reuniré en Ginebra contigo.
—¿No se puede hacer otra cosa? —preguntó ella tras unos instantes de silencio.
—No se puede hacer otra cosa —dijo él negando con la cabeza—. El final llegará de aquí a un año, dos, quizá tres. Pero llegará, créeme.
Guardaron silencio unos momentos, cada uno embebido en sus pensamientos.
—Merde! —exclamó de súbito Maurice. Se dirigió a Wolfgang—: He alimentado sueños absurdos de llegar a ser un hombre rico algún día.
—Haz lo que yo diga y seguirás pudiendo ser un hombre rico —contestó Wolfgang con una sonrisa.
Cuando Maurice se fue, Wolfgang se levantó.
—Acompáñame a mi despacho.
Anna le siguió hasta la pequeña habitación que empleaba como despacho particular. Cerró la puerta y dio vuelta a la llave.
—Voy a enseñarte una cosa que no conoce nadie en el mundo, ni Maurice, ni Schwebel ni mi familia. Nadie. Solamente yo, y ahora, tú.
Ella le observó en silencio mientras separaba su silla del escritorio y retiraba la alfombra del suelo. Su mano buscó una tablilla de madera en el entarimado; la encontró y la presionó. Se abrió una trampilla de unos treinta centímetros de ancho. Hurgó en su interior y sacó lo que parecía ser una caja metálica de seguridad; la puso sobre la mesa. Manipulando la cerradura, la abrió y le hizo una seña:
—Mira.
Ella se acercó al escritorio y, en pie junto a él, miró. La caja estaba llena de brillantes monedas de oro. Enmudeció.
—Luises de oro —le dijo con semblante grave—. Tengo aquí cuarenta cajas como esta. En total hay cien mil.
—¡Dios mío! —dijo conteniendo el aliento—. No tenía ni idea. ¿Cómo…? — añadió fijando su vista en él.
—Nada de preguntas —le replicó—. Las tengo, y eso es todo. Y tú las llevarás a Suiza.
—¿Cómo? —preguntó ella—. Ya sabes que cuando se cruza la frontera registran todo el equipaje.
—Ya he pensado en eso —sonrió él. Le hizo una seña y ella le siguió hasta la ventana. Señalando el Mercedes limusina que había a la entrada, añadió—: Es como cualquier otro coche, ¿verdad?
Ella asintió.
—Pues no lo es —dijo él—. Los paneles laterales de las puertas y de los costados han sido vaciados y forrados con material insonorizante para que las monedas no suenen ni hagan ruido. Lo he mandado hacer de encargo.
—¿Y qué sucede si hablan los hombres que lo han hecho?
—No hablarán —contestó—. Eran judíos. Y hace ya tiempo que no están.
—¿Muertos?
No contestó. Volviendo a su escritorio, devolvió la caja al escondite, volvió a cubrirlo con la alfombra y puso de nuevo la silla en su sitio.
—Tendrás que hacer el traslado tú sola —le dijo sentándose en la silla—. Te enseñaré cómo tienes que manipular los paneles. Pero nadie tiene que verte hacerlo. Nadie. Si alguien te ve, tu vida y la de tu hija no valdrán nada. Es innecesario explicar lo que está dispuesta la gente a hacer por semejante cantidad de dinero.
Ella asintió. Por mucho menos se han cometido asesinatos.
—Tendrás que disponer las cosas de modo que cada noche te quedes sola en casa una o dos horas. No es cosa que pueda hacerse en una noche. Tienes todo un mes. Cuando todo esté colocado, estarás preparada para partir.
—¿Será Schwebel el único que venga conmigo?
—No. Habrá otro hombre con él. Un ex paracaidista. Un hombre duro y asesino experimentado. Si surge algún problema, él sabrá desenvolverse.
—¿Y qué haré yo cuando llegue allí?
—Alquilarás una caja numerada en un banco suizo. Entonces sacarás el oro del mismo modo que lo fuiste metiendo. Poco a poco. Cuando el coche esté vacío, Schwebel y su ayudante me lo llevarán a Alemania.
—Por primera vez, estoy asustada —dijo Anna dejándose caer en una silla.
Wolfgang la miró fijamente.
—Yo también —dijo con lentitud—. Pero no podemos elegir. No podemos hacer otra cosa si queremos estar juntos cuando se acabe todo esto.
En ningún momento desde que estaban juntos le había dicho él que la quisiera; ni siquiera cuando su pasión reventaba y la inundaba con su simiente había hecho él algo más que gemir y temblar en la cima de su éxtasis hasta que ella temiera que la presión de su cuerpo se abriera camino profundamente en su útero. Incluso ahora, mientras estaban en el portal de la casita francesa, con la grisura de la mañana colándose por la puerta abierta, él seguía estricto y reservado.
Educadamente se inclinó y la besó formalmente en ambas mejillas.
—Cuídate —le dijo.
—Lo haré —asintió ella.
A continuación se volvió hacia Janette, que estaba junto a su madre con los ojos muy abiertos, y la cogió en brazos. Besó a la niña en la frente y en los labios.
—Auf Wiedersehn, Liebchen —dijo—. Sé buena chica y haz lo que tu madre te diga.
—Sí, papá general —asintió la niña.
Él sonrió y se la pasó a su madre.
—Hasta pronto —dijo; a continuación se dio la vuelta y salió por la puerta entrando en el coche que le llevaría al tren sin volver la cabeza.
Anna esperó a que el coche se fuera antes de cerrar la puerta y volver a la casa. Dejó a la niña en el suelo.
—¿Mamá?
Anna la miró.
—¿Papá general volverá?
—¿Por qué me preguntas eso? —dijo Anna sorprendida.
—Nana dice que se va y que monsieur Maurice será el nuevo papá.
—Nana es idiota —dijo Anna—. No sabe lo que dice.
—Pero Nana dice que papá general se va a Alemania y que nosotras no podemos ir con él. Y que ahora el encargado será monsieur Maurice.
—Nana está equivocada. Cuando no está papá general, la encargada soy yo. Nadie más. Ni monsieur Maurice ni nadie.
—Entonces papá general volverá —dijo Janette.
Anna dudó un momento y al fin asintió.
—Sí, volverá. Y ya puedes decirle a Nana que es idiota.
Dos horas más tarde, cuando Schwebel volvió de la estación de ferrocarril, ella le llamó al despacho del general y cerró la puerta. Sentándose en la silla frente al escritorio, dijo:
—Me parece que puede haber un problema.
Él guardó silencio esperando sus palabras.
—Se trata de la niñera. Habla demasiado. Ya le ha dicho a la niña que el general no volverá. Si habla así a la niña ¿quién sabe lo que dirá a otros?
Schwebel asintió.
—Una palabra dicha en un lugar inadecuado puede poner en peligro los planes del general —dijo ella.
—Me ocuparé del asunto, condesa —le contestó.
Ella le observó con sorpresa. Era la primera vez que se dirigía a ella por su título. Hasta el momento siempre había sido Frau Pojarska.
—¿Alguna otra cosa, condesa? —no hubo ningún cambio en la expresión de su rostro.
—Nada más —dijo ella moviendo la cabeza—. Gracias. Hans.
Él se inclinó educadamente y salió de la habitación. Dos días más tarde la niñera tenía su día libre. Nunca volvió a su puesto de trabajo.
Por el teléfono la voz de Maurice sonaba circunspecta:
—Tengo que verla.
Hacía tres semanas que Wolfgang se había ido de París y en ese tiempo era la primera vez que tenía noticias de Maurice.
—Ya sabe donde estoy —dijo ella sencillamente.
—No me comprende —replicó él—. Debo estar vigilado. Ahora que he establecido contactos no me atrevo a ir allí.
—¿No podemos hablarlo por teléfono?
—Hay algunos papeles que debo entregarle. Visados de salida para usted y para Janette aprobados por las autoridades francesas y alemanas. Y otros asuntos referentes a intereses comunes.
—Lo siento —dijo ella—. No tengo modo de verme con usted. Schwebel tiene órdenes de acompañarme cada vez que salga de casa.
—Merde! —dijo, y se quedó en silencio. Ella esperó que siguiera hablando.
—No hay mucho tiempo que perder —dijo él—. Tengo que irme pasado mañana.
Ella seguía callada.
—Esta noche después de las doce —dijo Maurice—. Esté en la puerta trasera de su casa. Si no estoy allí a las doce y media, no me espere.
A las doce y diez de la noche Anna oyó unos golpecitos en la puerta trasera. Se levantó rápidamente y la abrió. Él entró y empujó la puerta de inmediato.
—¿Está durmiendo todo el mundo? —susurró.
Ella asintió.
—¿Y Schwebel?
—Desde que se fue el general, pasa la noche en el apartamento pequeño del garaje.
—Necesito una copa —dijo él de improviso.
—Entre —invitó. Le condujo por la casa oscura hasta el despachito del segundo piso. Abriendo un armario sacó una botella de coñac y una copa. Rápidamente la llenó casi hasta el borde y se la ofreció.
Se bebió la mitad de un trago y suspiró profundamente. Pareció relajarse poco a poco.
—Es como si estuviera caminando por el alambre —dijo—. Preguntas, siempre preguntas y trampas en todos los rincones.
Ella no decía nada. Maurice tomó otro sorbo de coñac.
—¿Sabe algo de Wolfgang?
—No. ¿Se supone que tenía que saber algo?
—Bueno, no —dijo él levantando la vista—. De todos modos, he pensado que podía haberse comunicado con usted de algún modo.
—Decía usted que tenía algunos papeles para mí —comentó ella cambiando de tema.
—Sí. —Y abriendo su chaqueta sacó un sobre—. Los visados de salida para Janette y para usted, sellados y aprobados por las autoridades francesas y suizas.
Anna abrió el sobre y revisó los papeles. Todo estaba en orden. Los guardó en el escritorio.
—Dijo usted que había también otros asuntos.
—Se trata de cosas que no pueden ser confiadas al papel —replicó Maurice.
—No comprendo.
—El oro —contestó.
—¿Oro? —Deseó que el tono perplejo de su voz fuera convincente—. ¿Qué oro?
—En varias ocasiones he oído rumores de que Wolfgang estaba comprando luises de oro.
—Es la primera vez que oigo eso —dijo ella—. Y yo creía saber todo lo que estaba pasando.
—¿Nunca le ha dicho nada?
Ella negó con la cabeza.
—Resulta extraño —dijo Maurice—. La información proviene de fuentes generalmente fidedignas.
—Será mejor que vuelva a comprobarlas —dijo ella. Hizo una pausa, y añadió como si se le acabara de ocurrir—: ¿No puede tratarse de otra trampa que le estén tendiendo a usted? Quizá para descubrir cuán cerca estaba en realidad del general.
—No lo había pensado. Es posible. —La miró con admiración manifiesta—. Ahora empiezo a comprender por qué me atraía usted tanto desde el principio.
Ella sonrió y en sus ojos se reflejó el alivio.
—Está resultando usted muy francés. Y muy galante.
—No es cierto —dijo él buscándole la mano—. Estoy seguro de que se dio cuenta de lo que sentía por usted.
Ella permitió que su mano quedara entre las de él. No quería mostrarse demasiado cortante. Poco después habló:
—Se está haciendo tarde. Sería peligroso para usted quedarse demasiado tiempo.
—No —replicó; y el rubor apareció en su rostro—. Estos momentos no volverán. Quiero que sepa usted lo que siento.
—Maurice —dijo intentando mantener la voz clara mientras retiraba su mano—. Ya no somos niños. No son el momento ni el lugar adecuados.
Él habló con tono desafiante:
—Yo no soy un general boche de un metro ochenta, pero tengo una energía que no tiene ninguno de ellos, una resistencia que me envidian todos. —Su mano desabrochó rápidamente su bragueta—. ¡Mire! —ordenó.
Ella miró y se sintió incapaz de borrar un gesto de sorpresa. Se diría que todo lo que no se había desarrollado en su delicada complexión y su pequeña talla había ido a acumularse en su falo. Era casi tan grueso como su muñeca y la mitad de largo de su muslo.
—¡Tóquelo! —ordenó—. Necesitará más de dos manos para abarcarlo entero.
—No puedo —dijo ella sacudiendo la cabeza pero incapaz de retirar su mirada de aquello.
—¿Por qué? —preguntó él.
Anna se obligó a dirigir su mirada al rostro de Maurice.
—Porque estoy con la regla. Y temo que si lo toco luego no podré detenerme.
—¿No me estará mintiendo? —le dijo escrutando sus ojos.
—No le estoy mintiendo. —Forzó una sonrisa—. ¿Quién podría mentirle ante la amenaza de semejante monstruo?
Maurice respiró profundamente y se volvió unos momentos. Cuando se giró de nuevo hacia ella, había vuelto a abrocharse.
—Ya llegará el momento —dijo él—. No podrá olvidar esto.
Una semana más tarde cruzó la frontera suiza; Schwebel y el ex paracaidista iban en el asiento delantero; ella y Janette, en el trasero. Los aduaneros les permitieron seguir adelante sin efectuar siquiera una inspección superficial de su equipaje.
Y ahora, casi tres años más tarde, cuando oía a Wolfgang disponer su extraño matrimonio con Maurice, recordó las palabras que este le dijera en aquella última noche parisina. En aquel momento ella se dio cuenta de que Maurice tenía razón. No había conseguido olvidarle. Cuanto más intentaba concentrarse en las agujas de hacer punto que tenía en sus manos, más claramente veía aquel falo monstruoso, el henchido glande enrojecido brillando húmedamente ante ella.
Wolfgang cerró de golpe la maleta y se enderezó. Se volvió hacia ella.
—Así están las cosas.
—Sí.
Estaban sentados a ambos lados de la cama.
—Será bastante tiempo —dijo él—. Años, quizá.
—Lo sé.
—No estaré aquí para asistir a tu boda —le dijo con una sonrisa extraña y forzada.
Ella no dijo nada.
Wolfgang no hizo ningún movimiento para acercarse a ella alrededor de la cama.
—Nunca te he dicho que te quiero, ¿verdad?
—No, nunca —contestó ella sacudiendo la cabeza.
—Pero sabes que es así, ¿verdad?
—Sí.
—Quizá no del mismo modo que los demás se aman entre sí, pero sí a mi manera.
—Ya lo sé —dijo ella—. Como yo te quiero. A mi manera.
—Me parece que ya es la hora —dijo él mirando su reloj.
Anna abrió la puerta e hizo una señal a Schwebel, que estaba a la espera. Este recogió la maleta y le siguieron escaleras abajo. En el rellano, ella puso una mano sobre su brazo para detenerle. Esperó a que Schwebel saliera y entonces habló:
—¿Y el oro? ¿Qué quieres que haga con él?
—Déjalo donde está —replicó—. En cuanto me instale te escribiré y te lo haré saber.
Ella seguía cogida de su brazo.
—Me gustaría que fueras a Sudamérica directamente desde aquí sin volver a Alemania.
—Todavía tengo cosas que hacer allí —contestó—. Pero no te preocupes, estaré a salvo. Me quedaré en la zona francesa, donde Maurice me lo ha arreglado todo.
—No acabo de fiarme de él —dijo ella.
—Bonita manera de hablar de tu futuro marido —intentó bromear Wolfgang.
—Eso no cambia nada —contestó ella sin sonreír.
—Él es codicioso —dijo—. Quiere el título y el dinero. Y sabe que no los conseguirá sin nosotros. Créeme, nada puede suceder.
—Yo no quiero que te suceda nada a ti —dijo ella mirándole a los ojos—. Has sido demasiado bueno conmigo.
—También tú has sido buena conmigo —dijo él, y carraspeó para vencer una repentina ronquera.
—Sea lo que fuere, ten cuidado.
—Ten cuidado tú también —dijo él, tras quedarse unos momentos pensativo—. Y acuérdate de lo que te he dicho. Por mucho que insista, después de casarte no pongas las empresas a su nombre. Limítate a nombrarle a él director gerente. Si te pregunta por qué no lo haces, dile que yo no te he dejado los papeles necesarios para la transferencia.
—Lo recordaré.
—Eso le mantendrá en su sitio —dijo él—. No se atreverá a intentar algo mientras no tenga todo en sus manos.
—Comprendo —asintió ella.
Esta vez la besó en la boca. Había cierta salobridad en sus labios. Wolfgang se apartó y la miró.
—Nada de lágrimas.
—Nada de lágrimas —dijo ella sacudiendo la cabeza.
—En una guerra suceden cosas extrañas —dijo él—. Pero tú has hecho que algunas de ellas resulten hermosas. —La besó de nuevo—. Este es para la pequeña. Dile que siento no haber podido esperar a que volviera del kindergarten.
—Se lo diré.
Llegaron hasta la puerta.
Una vez más, la besó, esta vez con cariño.
—Auf Wiedersehn mein Liebchen.