Adiós, Janette

Harold Robbins · Capítulo 16 de 19

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Adiós, Janette

Capítulo 5

cinco

 

El portero de Maxim’s abrió la puerta del Rolls y se llevó la mano a la gorra.

—Bonjour, madame —dijo, y después se apresuró a abrirle la puerta del restaurante. Janette entró y se detuvo un momento, mientras el maître se acercaba rápidamente.

—Madame de la Beauville. —Se inclinó—. Monsieur Caramanlis la está esperando. Haga el favor de seguirme.

Janette le siguió por el pasillo hasta el restaurante, deslumbrada por la brillante luz del exterior. Maxim’s a la hora de comer era muy distinto de Maxim’s a la hora de cenar. Al mediodía, todos los clientes importantes y regulares ocupaban la habitación delantera, muchos de ellos en la misma mesa todos los días, mientras que el turista y el cliente ocasional se sentaban en la habitación trasera, cuya pista de baile también estaba cubierta de mesas. Por la noche, ocurría lo contrario; los clientes importantes eran acomodados en la habitación trasera cerca de la orquesta y la música mientras que los demás ocupaban la habitación delantera.

Caramanlis era uno de los regulares. Estaba sentado solo en una gran mesa redonda junto a la ventana del extremo más alejado, no lejos de Robert Caille, el editor de Vogue, que siempre ocupaba la mesa central y ahora estaba hablando animadamente con varios hombres, por lo que no la vio cuando pasó junto a él. Caramanlis se levantó cuando ella llegó a la mesa.

Le besó la mano y le indicó su silla; después se volvió hacia el maître.

—Ya puede abrir el champaña.

Janette sonrió y se sentó mientras el maître le sujetaba la silla. Miró a Caramanlis sin hablar. Después de lo ocurrido entre ellos la noche anterior, no esperaba que volviera a llamarla.

Todo comenzó aquella mañana, cuando se sentaba a desayunar en casa. A las ocho oyó el timbre de la puerta. Al cabo de unos minutos apareció el mayordomo con una caja de rosas y la sostuvo mientras ella cogía la tarjeta y la leía. No había ningún mensaje, solo el nombre escrito a mano. Caramanlis.

Después, a las diez en punto, cuando se sentaba ante la mesa de su despacho, Robert, su secretario, entró en la habitación. Él también llevaba una caja de rosas rojas. Esta vez había un estuche de terciopelo en el interior, además de la tarjeta. Abrió primero el estuche.

En el interior, colocada sobre seda negra, había una gargantilla de esmeraldas cuadradas, montadas en oro y enlazadas por pequeños diamantes redondos de un blanco purísimo. La contempló en silencio. Al cabo de un momento, cerró el estuche con brusquedad y cogió la tarjeta.

—¿ Madame no desea ponérsela? —La voz de Robert parecía escandalizada.

—No —contestó ella—. Es demasiado griega.

Esta vez había un mensaje en la tarjeta. «Almuerzo. Maxim’s. A la una». Ningún nombre. Solo la inicial «C».

Movió la cabeza. Por un momento, sintió la tentación de devolverle la joya sin siquiera una nota, pero él no entendería la sutileza. Un ego como el suyo no tenía límites. Acudiría al almuerzo y vería por sí misma la expresión de su cara cuando se la devolviera. Miró a su secretario, que seguía allí, con la caja de flores en las manos.

—Deje de mirarme con esa expresión estúpida en la cara —dijo Janette con voz irritada—. Vaya a poner las rosas en agua.

—Sí, madame. —Robert se dirigió apresuradamente hacia la puerta.

—Y, Bobby —añadió Janette, cuando él ya se disponía a salir—, colóquelas en el mostrador de recepción. No las quiero aquí dentro.

 

El maître colocó las heladas copas de champaña frente a ellos y sirvió un poco de líquido en la copa de Caramanlis para que lo probara. Caramanlis asintió sin probar el vino. El maître se inclinó, llenó ambas copas y se alejó.

Caramanlis levantó su copa.

—Te debo una disculpa y una explicación.

Janette no tocó su copa.

—No me debes nada —dijo con calma, sacando el estuche de terciopelo del bolso y empujándolo hacia él sobre la mesa—. Y mucho menos chucherías como esta.

—Pero… pero no comprendes —dijo él, casi tartamudeando de sorpresa—. Quería que supieras… que después de anoche… no habrá más palabras duras.

—No es necesario que me lo digas —replicó ella con sarcasmo—. Ni siquiera se te puso lo bastante dura para que yo sintiera algo.

Caramanlis notó que se le caía el velo de los ojos.

—¡Perra! —exclamó con furor.

Janette comprendió que había dado en el blanco. Sonreía dulcemente cuando se levantó de la mesa.

—Adiós, monsieur Caramanlis —dijo, y se marchó.

Él no volvió la cabeza para mirarla. Notó que el rubor subía por su cuello y llegaba hasta su cara, y mantuvo los ojos bajos, mirando el estuche que continuaba encima del mantel. Estaba seguro de que el súbito silencio reinante significaba que su conversación había sido oída en toda la habitación. Cogió su copa de champaña con una mano que temblaba violentamente.

Casi tan deprisa como habían cesado, las voces reanudaron su tono normal. Caramanlis tomó un sorbo de champaña. A través de la ventana vio que el portero mantenía abierta la puerta del Rolls mientras ella entraba en el coche. Después cerró la puerta y el coche se alejó.

En aquel momento apareció un camarero y retiró la copa de champaña y el servicio de Janette. A continuación se acercó el maître.

—¿Desea monsieur Caramanlis pedir el almuerzo? —preguntó, como si nada extraordinario hubiera sucedido.

—Tomaré el lenguado a la parrilla, con limón, sin mantequilla ni patatas, y ensalada verde aliñada con limón. —El maître se alejó y él cogió el estuche de terciopelo y lo guardó en el bolsillo de su americana. Frunció otra vez los labios. Esta chuchería, como la perra lo había llamado, costaba un cuarto de millón de dólares. Por primera vez desde que ella abandonara la mesa, levantó los ojos y miró a su alrededor.

Nadie parecía estar observándole; todo el mundo hablaba con la animación habitual. Pero no se dejó engañar. A la hora del cóctel, todo París hablaría y se reiría de él.

De repente el champaña le supo amargo. Dejó la copa. Era como todas las rameras francesas que él había conocido, haciendo su juego delante de un público, convencidas de que su coño las hacía inviolables.

Pero esta descubriría que estaba equivocada. En el pueblecito griego donde había nacido sabían cómo tratar a las rameras que habían traspasado sus privilegios. Era una lección que no solían olvidar en el resto de su vida.

 

—Te estás haciendo viejo, Jacques —dijo Janette, mirándole por encima de la mesa—. En otros tiempos siempre me empujabas hacia delante; ahora lo único que te oigo decir es «más despacio». ¿Qué habría de malo en beneficiarnos de nuestro propio trabajo?

Él le devolvió la mirada, sin dejar que su cara reflejase el dolor que sus palabras le habían producido.

—Siento que opines de este modo, Janette —contestó—, pero no digo que haya nada malo en querer obtener todos los beneficios. Lo que te estoy pidiendo que consideres es si valen diez millones de dólares.

»Ahora mismo, sin ninguna inversión por nuestra parte, estamos ganando entre cuatro y cinco millones de dólares anuales y la mayor parte procede de patentes y derechos. Kensington tuvo que hacer la inversión en tiendas, inventarios, medios de producción, organización de ventas y publicidad. Nosotros solo contribuimos con nuestro nombre y nuestros diseños.

—Mi nombre y mis diseños —corrigió vivamente Janette.

—Así es —asintió—. Esta es nuestra única inversión y creo que deberíamos limitarnos a ella y protegerla. Mira lo que nos cuesta introducir Soie en el mercado. Veinticinco millones de francos duramente ganados. Y pasarán tres años antes de que podamos obtener algún beneficio. Y es una promoción muy satisfactoria.

—¿Qué me dices de la costura? Esto también nos pertenece por completo. Hacemos más negocio de lo que nunca nos habíamos atrevido a soñar. Tenemos tanto éxito como cualquiera de ellos… Dior, St. Laurent, Givenchy. Sin embargo, los gastos de la operación consiguen tragarse todo lo que ganamos. Nos damos por satisfechos si cerramos el año sin pérdidas.

—No me opongo únicamente a los diez millones de dólares que en este momento no tenemos, Janette. Es lo que hay detrás. Se necesitará más dinero para crear y poner en funcionamiento todos los servicios que Kensington ahora realiza para nosotros. Esto podrían ser otros diez millones de dólares. Y lo que digo es que aunque tuviéramos los veinte millones de dólares para hacerlo, no estamos equipados. ¿Qué sabemos de la fabricación en Sudamérica y Asia? ¿Del funcionamiento de las tiendas minoristas en América? Nada. Lo haríamos peor que unos aficionados. Incluso los profesionales tropiezan con problemas que no habían esperado. Mira a Agache-Wimot, uno de los operadores minoristas con más éxito en Francia. Hace poco tiempo compraron Korvette en los Estados Unidos, una operación que se consideró un éxito. Pero algo falló. Casi en seguida perdieron cuarenta millones de dólares, y a causa de ello, se enfrentan con la posibilidad de perder el control de su propia compañía francesa a manos de los bancos. —Hizo una breve pausa para recobrar el aliento.

—¿Has terminado? —preguntó fríamente Janette.

—No —dijo él—. Aún no. Quiero que lo oigas todo. Después podrás decidir si crees que me estoy haciendo viejo o no. —Hizo otra pausa, y después continuó sin esperar que ella contestara—. Y aunque tengamos éxito, ¿qué ganaremos?

»Sabemos que ellos obtienen el doble de beneficios que nosotros. Pero no sabemos cómo se distribuyen estos beneficios ni de dónde salen. No olvides que hicieron este trato con nosotros porque ya tenían las fábricas y los medios para producir sus propios tejidos y mercancías. Lo fabrican todo ellos mismos desde el principio, y yo diría que la mayor parte de sus beneficios se debe a esto, no a la venta minorista. Si quieren, incluso pueden permitirse el lujo de sufrir pérdidas en el campo de la venta al por menor, porque serán absorbidas por sus beneficios de producción.

»Si no me equivoco, lo máximo que nosotros podemos ganar, si compramos nuestra participación y tenemos éxito haciendo todas las cosas que creo que debemos hacer, son unos dos millones de dólares anuales. Esto significa que tardaríamos diez años en recuperar los veinte millones de dólares que tendríamos que invertir. Y eso sin siquiera saber lo que tendríamos que pagar por los veinte millones si los obtuviéramos. Es muy posible que los cuatro o cinco millones de dólares anuales que ahora ganamos desaparezcan completamente, absorbidos por las operaciones de un negocio que desconocemos. Fue lo que ocurrió a Agache-Wimot. Puede ocurrimos a nosotros.

Volvió a tomar aliento. Ella seguía contemplándole en silencio.

—Soy amigo tuyo, Janette. Hemos librado muchas batallas juntos, codo con codo, de modo que no creo necesario tener que demostrarte mi amistad o devoción por ti. He observado con admiración cómo has luchado desde que eras una jovencita para convertirte en la mujer fuerte e importante que eres hoy, sin par en nuestro negocio. De modo que, como amigo, tengo la obligación de prevenirte. Nadie en el mundo puede tenerlo todo. Deja siempre algo para que los demás se beneficien, y tú te beneficiarás también. No permitas que tu propio ego y ambición ciega te lleven a tu propia destrucción.

Guardaron silencio largo rato, mirándose el uno al otro. Finalmente Janette habló.

—Ha sido un discurso muy largo.

Él asintió lentamente.

—Así es. No sé de dónde ha salido. No lo esperaba.

—Yo tampoco —dijo ella. Volvieron a permanecer callados unos momentos, y después ella le miró a los ojos—. ¿Hablabas en serio? Me refiero a lo de mi ego y ambición ciega.

Él se desconcertó.

—No lo sé. Supongo que sí. No sé qué otra cosa puede empujarte de este modo. Estamos ganando todo el dinero que necesitamos. Hasta ahora, todo lo que hemos hecho ha sido un reto y una diversión. Pero de repente ya no es divertido.

—¿Y si te diera otro diez por ciento de la compañía? —preguntó ella. Jacques ya tema el cinco por ciento—. ¿Sería entonces más divertido?

—Pensaba que me conocías mejor, Janette —dijo él, moviendo lentamente la cabeza—. No quiero nada más. Tengo todo lo que necesito. Lo que he dicho, lo he dicho por tu bien, no para obtener algún provecho personal.

—¿Qué dirías si te contestara que iba a hacerlo a pesar de tu consejo?

Él la miró.

—Diría, «buena suerte, Janette».

Ella le miró a su vez.

—¿Eso es todo?

Él se levantó pesadamente de la silla.

—No, Janette. También diría que necesitarías a alguien mucho más capaz y competente en estas materias que yo.

De repente ella se encolerizó.

—¡Tenía razón! —exclamó—. Te estás haciendo viejo, Jacques. Te has convertido en un cobarde, temeroso de luchar.

Esta vez la ofensa se reflejó en la cara de Jacques y resonó en su voz.

—Siento que opines así, Janette. —Se le quebró la voz y fue rápidamente hacia la puerta para que ella no viera la súbita telilla que empañaba sus ojos.

Al llegar a la puerta, se volvió y la miró. Janette le miró en silencio. Él sacudió tristemente la cabeza. Si dijera una sola palabra… No quería que todo terminara de este modo. Pero ella continuó callada. Todo había terminado.

Abrió la puerta, sin dejar de mirarla. Janette le devolvió la mirada como si fuera un desconocido.

—Adiós, Janette —dijo. Y cerró silenciosamente la puerta tras él.

Ella se quedó mirando la puerta cerrada. ¡Maldito Jacques! ¿Con qué derecho la juzgaba de aquel modo? Su furor empezó a disiparse, siendo reemplazado por el impulso de echar a correr tras él y hacerle volver. Pero esto era lo que todos los hombres querían. Que las mujeres fueran tras ellos, para rogarles que volvieran a casa.

Ella no lo haría. Esperaría. Jacques volvería. Lo pensaría y a la mañana siguiente estaría en su despacho como si nada hubiera pasado.

Pero entonces el tono irrevocable de su despedida resonó en sus oídos y comprendió que no sería así. Se sintió invadida por una extraña sensación de pérdida. No volvería jamás. En cierto modo, él era el único amigo verdadero que había tenido en su vida. Siempre había estado a su lado. Ahora estaba realmente sola.