Adiós, Janette
Capítulo 3
tres
Su voz llegó a través del teléfono como si de un largo túnel de diez años se tratara.
—Aquí Johann Schwebel.
Maurice sintió un nudo en el estómago. Tras diez años el miedo hizo presa de él. Se quedó sin voz.
—¿Me recuerda? —el acento alemán era casi imperceptible—. Ha pasado mucho tiempo.
—Sí —replicó Maurice—. Ha pasado mucho tiempo.
—He preguntado por la marquise, pero no estaba; entonces me han puesto con usted.
—Sí. Ella tenía una cita para almorzar.
—Tenemos que acordar una cita —dijo Johann.
—De acuerdo —respondió Maurice—. ¿Dónde está usted?
—Estoy en París.
—Permítame consultarlo con Tanya y me reuniré con usted —dijo Maurice.
—No, voy a estar muy ocupado. Si le parece, llamaré mañana por la mañana hacia las once.
—Muy bien —dijo Maurice. El teléfono enmudeció en su mano. Lo contempló unos momentos y lentamente lo dejó en la mesa. Cogió un cigarrillo e intentó encenderlo. No era fácil. Las manos le temblaban.
El doctor guardaba silencio mientras le ayudaba a sacar las piernas de los estribos de la camilla de observación ginecológica.
Se apartó de Anna mientras esta se sentaba y la blanca bata de algodón caía informe sobre ella.
—Vístase —dijo mientras la enfermera se acercaba a ayudarle—. Nos veremos en mi despacho dentro de diez minutos.
Y salió de la habitación antes de que ella pudiera preguntarle nada. La enfermera abrió el armario en que había colgado sus ropas y se movió alrededor de ella desatándole los cordones que le abrochaban la bata por detrás.
Cuando el médico llegó a su pequeño despacho, ella estaba sentada en un cómodo sillón de cuero delante del escritorio. Cerró la puerta cuidadosamente tras él y sentóse a su escritorio, frente a ella.
—Parece usted muy serio, doctor Pierre —dijo ella.
Él asintió:
—Está usted embarazada.
—¿Eso es todo? —Anna sonrió—. Por un momento me ha preocupado. Ya nos cuidaremos de eso.
—Esta vez no —dijo él sacudiendo la cabeza.
—¿Por qué no? —Su voz sonó sorprendida—. Ya lo hemos hecho antes de ahora.
—Ha esperado usted demasiado. El feto ya está plenamente desarrollado. Tiene ya unas quince semanas.
—Maldita sea —dijo ella.
—¿Por qué no ha venido antes como otras veces? Cuatro, cinco, seis semanas y no hay ningún problema.
—Estaba ocupada —dijo ella—. Además no he prestado atención. Muchas veces me faltan varias reglas y vuelven.
—Hizo usted mal —replicó él.
—He oído hablar de abortos con fetos de esa edad —dijo Anna.
—Sí, pero es muy peligroso. Además en su caso hay varios factores que lo hacen desaconsejable. Uno, que desde que la conozco, en siete años, ha tenido usted tres abortos; y esto no le ha hecho ningún bien. Dos, usted ya no es una niña. Tiene treinta y ocho años y, fisiológicamente hablando, su cuerpo ya no es tan resistente ni su útero y ovarios tienen elasticidad suficiente para sufrir un trato tan violento. Podría usted muy bien tener una hemorragia y sangrar hasta morirse antes de que pudiéramos ni siquiera encontrar qué es lo que hay que arreglar.
—¿Me da usted un cigarrillo? —dijo aspirando profundamente.
Empujó por encima de la mesa un paquete hacia ella y le dio fuego. Luego esperó unos momentos.
—El marqués estará contento.
Anna rio brevemente.
—Usted lo sabe perfectamente, doctor Pierre. Todo el mundo lo sabe perfectamente. Todos saben cómo es él. Sería el mejor chiste de París.
—No tiene usted más elección —afirmó él—. A no ser que prefiera morir.
Ella agitó lentamente la cabeza.
—Puede irse fuera una temporada —dijo él—. Tenga el niño y nadie se enterará.
—¿Cuánto tiempo tendría que estar fuera? —preguntó.
—Todavía no se le nota. —Le echó un vistazo crítico—. Con una dieta puede usted seguir delgada y si se pone ropa adecuada nadie se dará cuenta. Quizá fueran solo los últimos tres meses.
—Imposible. —Movió la cabeza enérgicamente—. Tengo demasiadas cosas que hacer. No puedo estar lejos de los negocios tanto tiempo. Supondría demasiados problemas.
—Entonces le sugiero que hable de ello con el marqués y que consideren qué se puede hacer. Estoy seguro de que entre los dos podrán imaginar una historia aceptable para la gente.
—Para la gente, quizá. —Rio—. Pero no para el mundo en que vivimos nosotros.
—Su vida es más importante que lo que la gente piense.
—Eso es cierto —asintió ella.
—¿Sabe usted quién es el padre?
—¿Por qué lo pregunta? —dijo ella mirándole.
—Nos serviría de ayuda obtener una muestra de sangre de él. Para el factor RH. Después de todo, ya han pasado casi diecisiete años desde que nació su hija y su organismo puede haber tenido muchos cambios.
Ella pensó unos momentos. Aquel mes había estado con dos hombres. Pero, lógicamente, tenía que ser el americano. Había estado regularmente con él durante las tres últimas semanas del mes en que le faltó por primera vez la regla.
—Sí —replicó.
—¿Querrá darle una muestra de su sangre?
—¿Quién sabe? —se encogió de hombros—. Ha vuelto a Norteamérica con su mujer y sus hijos. No le puedo escribir, sería embarazoso. Podría llamarle.
—Quizá sea suficiente con una llamada —dijo el doctor Pierre.
Anna asintió lentamente y se puso en pie.
—Lo haré.
—La enfermera le dará un ejemplar de la dieta adecuada —dijo levantándose de su silla—. Sígala cuidadosamente y podrá mantener el peso. Dispondrá también de una lista suplementaria de vitaminas y minerales que ha de tomar cada día para mantenerse fuerte y sana. Volveré a verla dentro de un mes.
—¿Está seguro de que no puedo abortar? —preguntó mirándole.
—Se puede hacer, pero yo no lo recomiendo —dijo. La miró a los ojos—. Y no haga locuras, porque tiene nueve posibilidades sobre diez de morir.
—No pienso hacer locuras, doctor Pierre —replicó—. Se lo aseguro.
—Muy bien. —Sonrió—. Y envíeme la muestra de sangre si la consigue. —Dio vuelta a la mesa y la besó en la mejilla—. Y no se preocupe, Tanya. Hemos pasado cosas peores.
Ella asintió. Durante la guerra él había estado en un campo de concentración. Todavía conservaba el número tatuado en los brazos. Se salvó de la cámara de gas por ser médico. Impulsivamente, ella también le besó en la mejilla.
—Es cierto, doctor Pierre —dijo—. Gracias.
Janette plegó cuidadosamente la blusa, la metió en la maleta y retrocedió. Era la última del equipaje. Miró cuidadosamente su habitación. Una vez segura de que no había olvidado nada; cerró la maleta y dando vuelta a la llave la colocó en el suelo junto a otra maleta. Por la mañana siguiente, a las siete y media, estaría en el tren camino de Suiza y del colegio.
Se dirigió a la mesa, junto a la ventana, y llamó a su amiga Marie Thérèse. El teléfono sonó unas cuantas veces antes de que Marie Thérèse lo descolgara. Como de costumbre, su voz sonó sofocada.
—Sí.
—Ya he terminado de hacer el equipaje —dijo Janette.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó Marie Thérèse—. Yo todavía no he empezado.
—¿Quieres que vaya a ayudarte? —preguntó Janette.
—Claro que sí. —Marie Thérèse soltó una risita—. Pero entonces no acabaremos nunca. Como la noche pasada.
Janette recordó. Habían ido por la tarde a los Champs Elysées a ver una película americana, «Rebelde sin causa», con una nueva estrella americana, James Dean. Habían visto la película cuatro veces; y trataba de jóvenes americanos de su edad. Sus padres no les comprendían. Y en James Dean había algo que las sobrecogía por dentro. Les bastaba con cerrar los ojos para ser Natalie Wood y sentirse fuertemente estrechadas entre los brazos de James Dean.
Aquella vez, al salir del cine, Marie Thérèse compró un póster de James Dean. Aparecía con unos viejos pantalones vaqueros ceñidos, las caderas salientes, las piernas ligeramente encorvadas, el rostro hosco y airado, la mirada aguda y desafiante bajo un mechón de cabello color castaño claro que le caía sobre los ojos. Lo quería para ponerlo sobre su cama, en el colegio.
Cuando llegaron, Marie Thérèse sacó una maleta del armario y la puso sobre la cama. La abrió y guardó en su interior el póster, todavía plegado.
—Tengo que empezar a hacer el equipaje —había dicho.
Janette asintió:
—Yo ya he empezado. Ya he terminado con un bulto y solo me falta otro.
—Me gustaría ser como tú —dijo Marie Thérèse mirándola—. Eres muy ordenada. Yo siempre tengo que acabar las cosas deprisa y corriendo en el último momento.
—Pero siempre te las arreglas para hacerlas —dijo Janette riéndose.
—Sí. —Marie Thérèse soltó una risita—. Pero no sé cómo lo hago. —Abrió un cajón del armario y sacó una brazada de ropa interior que arrojó sobre la cama, junto a la maleta. Empezó a separarla en montones: sostenes, bragas, combinaciones. Los miró con disgusto—. ¿A que son feos?
Janette se encogió de hombros. Eran de algodón blanco y tostado.
—Es el reglamento —dijo—. Lo exigen en el colegio. No podemos escoger.
—Los odio —dijo Marie Thérèse—. Estoy segura de que a Jimmy Dean no le gustarían, ¿verdad?
—Yo qué sé lo que le gustaría —dijo Janette riéndose.
—Pues se las enseñamos y así sabremos qué opina. —Marie Thérèse se echó a reír de repente. Sacó el póster, lo desplegó y lo fijó a la pared con un par de chinchetas. Desde allí miró a las dos chicas con aspecto airado; Marie Thérèse cogió un sujetador y unas bragas y los sostuvo ante sí sobre su ropa—. ¿Te gustan, Jimmy? —preguntó. A continuación se volvió hacia Janette—. ¿Ves? Ya te he dicho que no le gustarían. Mira a ver si le gustan otros.
Janette eligió un par y repitió lo que Marie Thérèse había hecho. Marie Thérèse la miró, miró luego el póster y sacudió la cabeza.
—No hay nada que hacer. —Volvió a echar las prendas sobre la cama—. Maldito colegio.
Janette dobló la ropa cuidadosamente y la devolvió al montón del que la había cogido; a continuación se volvió para quitar el póster de la pared.
—No —dijo rápidamente Marie Thérèse—. Quizá no le gusten porque nos los hemos puesto por encima de la ropa. —Se quitó el vestido velozmente sacándoselo por la cabeza y se quedó en sujetador y combinación; poco después la combinación se unió al vestido que yacía en el suelo. Se quedó frente al póster; sus pechos henchidos tensaban el sujetador de algodón color beige—. ¿Está mejor así, Jimmy? —Se volvió hacia Janette—. Quítate el vestido.
—Eso está mal. —Janette sintió que el calor del cuerpo le afloraba a la cara.
—No es cierto —aseguró Marie Thérèse—. ¿Cómo podría juzgar, si no? Además no te he visto desde que terminó el curso. Quiero ver si has crecido.
Janette la miró. Marie Thérèse había crecido. Por lo menos sus pechos eran mucho mayores. Mirando a su amiga sintió un calor interior cada vez más intenso. Se despojó velozmente del vestido. La voz de Marie Thérèse denotaba su sorpresa.
—¡Seda! ¡Seda negra! ¡Qué callado te lo tenías, no me habías dicho nada! Quítate la combinación, quiero ver tus bragas.
Janette dejó caer silenciosamente la combinación al suelo y se quedó frente al póster sin mirar a su amiga. El calor interior estaba llegándole a la ingle y a las piernas.
—¡Y también bragas de seda negra! —exclamó Marie Thérèse—. ¿Dónde has encontrado esas prendas? Son bonitas y muy sexy.
—Me las ha regalado mi padrastro. —Janette seguía sin mirarla—. Dice que detesta las ropas de algodón que uso.
—¿Y cuándo te ha visto?
—En verano hace tanto calor que dejo mi puerta abierta para que corra el aire. Me vio cuando pasaba por delante. Un día entró y dejó una caja de ropa interior encima de mi mesa. «De ahora en adelante llevarás esta ropa cuando estés en casa. La otra es fea». Y se fue.
—¡Dios mío! —exclamó Marie Thérèse—. ¿Y no hizo nada más?
Janette seguía mirando el póster. Sintió que en su interior el calor se convertía en humedad.
—Después de aquello, a veces viene a mi cuarto cuando mi madre no está en casa, se sienta en una silla y me hace pasear arriba y abajo por la habitación con estas prendas ante él. Al cabo de un rato me hace quitármelas y dárselas, y entonces me hace mirarle mientras saca su cosa y se la sacude en la ropa. Cuando termina, me las devuelve, me golpea en la cara y me dice: «¡Marrana! ¡Limpia estos trapos asquerosos!» y se va de la habitación. —Se volvió hacia Marie Thérèse. Su amiga tenía la boca abierta y los ojos muy grandes y redondos. Había una cosa que no podía explicarle: la intensidad del orgasmo que la invadía cuando Maurice le golpeaba la cara, la dejaba tan fatigada y exhausta que tenía que dejarse caer al suelo hasta que sus piernas recobraban vigor para sostenerla.
—¿Eso es todo lo que hace? —preguntó Marie Thérèse—. ¿Nada más?
—Lo sabes perfectamente —dijo Janette riendo—. Es el maricón más famoso de París.
—¿Todavía? —preguntó Marie Thérèse. Habló con voz muy baja—. ¿Es verdad lo que he oído sobre el tamaño de su cosa?
—Es verdaderamente grande —asintió Janette.
—¿Más grande que la de Donald el caliente?
Donald el caliente era un muchacho inglés que estaba en un colegio que había al otro lado del lago, en Suiza, y le habían conocido en los bailes semanales. Siempre hacía salir a las chicas fuera con él para enseñársela y decirles lo grande que era. Janette volvió a reírse.
—A su lado parece un juguete.
—¡Dios mío! —exclamó Marie Thérèse. Empezó a restregarse a sí misma—. Creo que voy a correrme. Vayamos a la cama y nos lo haremos mutuamente.
Se tumbaron en la cama y empezaron a masturbarse mutuamente hasta llegar al climax. No era la primera vez que lo hacían. Pero esta vez, de algún modo, resultaba más excitante con el póster de James Dean mirándoles con mal gesto desde la pared.
—Pues entonces termina de hacer el equipaje —dijo Janette por teléfono—. Te pasaré a buscar después de cenar e iremos al cine.
—Imposible —dijo Marie Thérèse—. La noche anterior de salir para el colegio siempre tengo que quedarme en casa con mis padres.
—Bueno, de acuerdo —dijo Janette—. Nos veremos mañana por la mañana a las siete y media en el tren.
Colgó el teléfono y al volverse se encontró con Maurice, que estaba junto a la puerta abierta de su habitación. Janette miró el reloj. Las cinco en punto. Maurice había vuelto a casa temprano. Por lo general nunca volvía antes de las siete.
—¿Con quién estabas hablando? —preguntó suspicaz entrando en la habitación.
—Con Marie Thérèse. —Bajó los ojos y se quedó mirando al suelo.
—¿Cómo puedes encontrar tantas cosas de que hablar con esa estúpida? — preguntó.
Janette no contestó y siguió con la mirada baja.
—¿Dónde está tu madre? —preguntó.
—No lo sé —replicó ella.
—¿Todavía no ha vuelto a casa?
Janette se encogió de hombros.
—¿Por qué no me miras? —preguntó.
Levantó los ojos y sintió que el rubor afloraba a su cara.
—¿Ha llamado por teléfono?
—Yo no he hablado con ella.
Sus labios se estrecharon hasta reducirse a una fina línea.
—La muy puerca se habrá pasado la tarde follando con algún gigoló amigo suyo —dijo abruptamente—. Nunca está presente cuando pasa algo importante.
Janette volvió a bajar la vista. No contestó.
—Si llama y hablas con ella, dile que es importante que la vea.
Ella asintió.
—Importante. ¿Entiendes? Tengo que hablar con ella.
Janette volvió a asentir sin mirarle.
Maurice, enfurecido, le cruzó la cara.
—¡Mírame cuando me contestes!
Le miró sintiendo que le temblaban las piernas.
—Es importante. —Volvió a golpearla—. ¿Entiendes?
—Sí —susurró con voz tensa—. Entiendo.
Maurice la miró aviesamente.
—Algún día tendrás que pagar tú lo que me ha hecho esa puta. —Y volviéndose salió de la habitación; la puerta golpeó con furia a sus espaldas.
Se sentó estremecida en una silla; los escalofríos iniciales del orgasmo le humedecieron los muslos temblorosos.
Jacques Charelle la vio cuando atravesaba las puertas del Relais Plaza. Era la hora del cóctel y el salón estaba lleno; el rumor de las conversaciones llenaba el salón como si pasara un enjambre de abejas. Se puso en pie haciéndole un gesto.
Tanya se abrió camino hasta su mesa respondiendo a varios saludos mientras atravesaba el salón. Jacques le besó cortésmente la mano y movió la mesa para que ella pudiera sentarse dando la espalda a la ventana y frente al salón, mientras él se sentaba ante ella.
—Querida, tienes un aspecto de lo más radiante —dijo—. Cada día eres más bella.
Ella sonrió en su fuero interno al oír esto. ¿No decían que las mujeres nunca son tan hermosas como en la primera época de su embarazo?
—Merci, monsieur —dijo—. No resulta fácil cuando se va envejeciendo.
—Algunas mujeres no envejecen nunca. —rio—. Y tú eres una de ellas. ¿Qué tal has pasado el día?
—Comme çi, comme ça —dijo tras encogerse de hombros. Luego se dirigió al camarero—: Un martini, por favor. —Se volvió hacia Jacques—. ¿Y a ti cómo te ha ido?
Señaló con gesto discreto la mesa de al lado. Ella miró y vio a uno de los directores del salón Balmain sentado con otras tres personas.
—Aquí no —susurró él.
Ella asintió. Comprendía su prudencia. De cara al público, Jacques era un periodista de modas de una nueva agrupación gremial, pero en realidad su dinero provenía de sus trabajos particulares como espía de la moda. De algún modo conseguía enterarse antes que nadie de lo que sacaría cada diseñador en la próxima temporada, quién triunfaría y quién no. Llevaba tres años en la nómina de ella y la información que le había proporcionado era incalculable.
—Podemos cenar tranquilamente —dijo ella.
—Esta noche en mi piso —dijo él—. Tengo un magnífico côté d’agneau; lo cocinaré para ti con herbes de Provence que me ha enviado esta misma mañana mi madre desde el sur.
Estaba a punto de aceptar cuando se acordó. Era la última noche que pasaba Janette en casa antes de volver al colegio.
—Esta noche no puedo —dijo ella. El camarero puso ante ella la pequeña copa de vermut—. ¿Qué te parece mañana por la noche?
—Mi editor llega mañana a la ciudad —replicó él disculpándose.
Tomó un trago de vermut y en ese momento recordó las instrucciones del doctor. Nada de alcohol. Dejó la copa.
—¡Mecachis!
Él guardó silencio comprensivamente.
—Pues me temo que tendrá que ser esta noche —dijo ella mirándole—. Pero no podré quedarme hasta muy tarde. Mi hija se va mañana al colegio y quiero estar un rato con ella.
—Estarás en casa a las diez en punto —prometió él.
El camarero se acercó a la mesa y dejó ante ella una tarjeta.
Anna miró la letra gótica en que estaba impresa la tarjeta y dijo al camarero:
—¿Dónde está el caballero que le ha dado esta tarjeta? —inquirió, y súbitamente el corazón se le aceleró.
—Acaba de irse —dijo el camarero—. Ha dicho que no quería molestarle.
Sosteniendo todavía la tarjeta en la mano, se levantó de su asiento y casi echó a correr hacia la puerta. En aquel momento un taxi salía de allí, pero no pudo ver quién iba en él y la calle estaba casi llena. No vio a ningún conocido. Volvió a mirar la tarjeta
JOHANN SCHWEBEL
FINANZEN DIREKTOR
VON BRENNER GMBH
Montevideo Munich
Uruguay F. W. C.
Dio vuelta a la tarjeta. La exacta caligrafía de Johann no había cambiado. «Estaré en este número mañana a las 09.00. Llámame, por favor. J».
Volvió lentamente al salón del Relais Plaza. Jacques estaba esperándola.
—¿Hay algún problema? —preguntó con voz preocupada.
—No, no —replicó ella volviendo a sentarse—. Ningún problema. Se trata sencillamente de una persona a quien llevaba mucho tiempo sin ver y a quien me hubiera gustado ver de nuevo.
—¿Un antiguo amante? —preguntó Jacques sonriendo.
—No, de verdad —dijo ella sacudiendo la cabeza.
—Querida, sigue mi consejo —le dijo con la típica sagacidad francesa—. No persigas nunca a un viejo amor. Cuando lo alcanzas nunca es como lo recuerdas.
Ella le miró. Repentinamente consideró que la información que deseaba de él ya no tenía importancia.
—Escucha —dijo—. Me lo he vuelto a pensar. Dejémoslo correr por esta noche. Verdaderamente, creo que es más importante que pase la velada con mi hija.
Acababan de dar las siete cuando llegó a casa. Henri le abrió la puerta.
—Bonsoir, madame.
—Bonsoir, Henri —dijo ella—. ¿Algún recado?
—No, madame —contestó—. Pero monsieur le marquis ya está en casa.
Ella asintió.
—¿Y Janette?
—Está en su habitación, madame. —Hizo una breve pausa—. ¿A qué hora quiere cenar la señora?
—A las ocho y media —dijo mientras empezaba a subir las escaleras. Caminó por el pasillo hasta llegar a la habitación de Janette. Llamó suavemente a la puerta.
Janette abrió y sonrió.
—Maman!
Tanya se inclinó, besó a su hija y pasó a la habitación. Sus ojos se fijaron rápidamente en las maletas cerradas que había junto a la puerta.
—¿Ya has hecho el equipaje?
—Ya estoy preparada —dijo Janette—. Me iré a las siete en punto de la mañana.
—¿Estás deseando volver al colegio? —dijo Tanya con una sonrisa.
—En cierto modo, sí —replicó Janette—. La verdad es que empiezo a cansarme de las vacaciones; durante el verano apenas se pueden hacer cosas en París; la mayoría de las chicas están fuera.
—Quizás el verano que viene yo no esté tan ocupada. También nosotros podríamos salir.
—Quizá —dijo Janette—. Por cierto, se me olvidaba decirte que Maurice ha vuelto a casa temprano y que te estaba buscando. Me ha pedido que te diga que era muy importante que hablaras con él cuanto antes.
—De acuerdo —dijo Tanya—. Le he dicho a Henri que tenga la cena preparada a las ocho y media. ¿Te parece bien?
—Por mí, sí —dijo Janette. Miró a su madre—. ¿Cenaremos las dos solas o Maurice estará con nosotras?
—Si tú lo prefieres, estaremos las dos solas —dijo Tanya.
—Lo prefiero.
—Pues entonces estaremos solas —dijo Tanya. Y saliendo de la habitación, dijo —: Ya te avisaré cuando llegue la hora.
Atravesó el vestíbulo y se detuvo ante la puerta de Maurice. Llamó, y al oír el sonido apagado de su voz a través de la puerta cerrada, entró en la habitación.
Maurice estaba sentado en un sillón con una copa medio llena de coñac en la mano. La miró aviesamente sin levantarse.
—¿Dónde diablos has estado toda la tarde?
—¿Querías verme? —inquirió ignorando su pregunta.
—¿Qué polla has estado chupando esta tarde? —dijo pronunciando obscenamente las palabras.
—Aunque hubiera estado haciéndolo —replicó—, no sería cosa tuya. Desde luego, se trataría de alguien que decididamente no fuera de tu tipo. Ahora, ¿tienes algo importante que decirme o no? Si no, permite que vaya a bañarme.
—¿A que no adivinas quién ha llamado hoy? —su voz sonó enojada.
De repente se dio cuenta. Aunque él no se lo hubiera dicho. Pero guardó silencio.
—Johann Schwebel —soltó Maurice, y observó su rostro. Seguía inexpresivo—. ¿No estás sorprendida?
—¿Por qué había de estarlo? —preguntó ingenuamente.
—Quizá no sea la palabra exacta —dijo él—. Preocupada sería más adecuado.
—Tampoco veo motivo para eso —dijo ella—. Hemos llevado la contabilidad honradamente. La parte de Wolfgang está intacta.
—Eres idiota —le espetó—. ¿Y qué pasará si quiere volver y recuperar todo? ¿Qué haremos nosotros?
—¿Él ha dicho eso? —preguntó Tanya.
—No. Sencillamente quería concertar una cita con nosotros dos. Le he dicho que vuelva a llamar mañana a las once.
Ella le dedicó una mirada. Tenía el rostro enrojecido por la bebida y ella sabía que nunca bebía tanto durante el día a no ser que estuviera preocupado.
—Podías haberle llamado de nuevo para concertar una cita.
—Ha dicho que él estaría muy ocupado de aquí para allá y que ya nos llamaría.
—Es posible —asintió ella—. Después de todo, no sabemos qué otros negocios tiene en París. —Johann debía tener alguna razón para actuar así. A él le había hablado de una llamada a las once, y sin embargo le había dicho a ella que le llamara a las nueve. Se levantó para salir de la habitación—. Sea como fuere, mañana sabremos algo más.
—Estaba esperando para darte la noticia —dijo él levantándose—. Salgo a cenar fuera. ¿Piensas usar el coche?
—No, cógelo —dijo ella—. Esta noche cenaré en casa con Janette.
Johann salió del Hotel Georges Cinq y se quedó esperando un taxi. París no cambiaba nunca. Ni siquiera en todos los años transcurridos desde la guerra. Como los mismos franceses. Interesados, oportunos, exigentes, egoístas. Se plantaban diciendo: «Miradme, ¿no soy guapo? ¿No soy el más guapo del mundo?» Y lo turbador es que era verdad. Era verdad si tenía un precio que se pudiera pagar.
El portero abrió la puerta del taxi embolsándose la moneda de cinco francos y quitándose la gorra al mismo tiempo. Johann dijo la dirección al conductor, se recostó en el asiento, sacó una carpeta de su cartera y la abrió.
En su interior había informes crediticios sobre las empresas francesas elaborados para él por su banco. Leyó la primera página.
Eau de la Vie Minérale S. A. dir. ger. Marquis de la Beauville. Producto, agua
mineral embotellada de venta en recipientes de un litro, especialmente para
hoteles pequeños y restaurantes, muy poca venta al por menor. La direc. sigue
una política no competitiva, no publ., precio variable (30% a 40% menos que
Evian, Vittel, etc.) de venta. Benef. aumenta en 3 años, 10 m. de francos; neto,
1,5 m. de francos. Valor estimado propiedades, instalaciones, equipo e
inventario, 45 m. de francos. Sin confirmar informe o estimación de acciones
o débitos. Estimación C. O.H. en depósito, 40 m. de francos. Pagos prontos
todas facturas, de 10 a 30 días. Tasación crédito, AAAA, 25 m. de francos.
Puso la primera hoja bajo las otras y empezó a leer el segundo informe.
Domaine Marquis de la Beauville, S. A. Direc. gerente Marquis de la
Beauville. Producto, vinos de calidad media, champagne, coñac vendido a
granel a otros vinateros y embotelladores. Sin ventas al por menor ni etiquetas
propias. Estimación aprox. 3 años, 125 m. de francos; neto, 25 m. de francos.
Estimación propiedades, instalaciones, equipo e inventario, 400 m. de francos.
Sin confirmar informe o estimación acciones o débitos. Estimación C. O.H. en
depósito, de 250 a 325 m. de francos. Pagos prontos todas facturas, de 10 a 30
días. Tasación crédito, AAAA, 200 m. de francos.
Buscó un cigarrillo, lo encendió y pasó al último informe.
Parfum Tanya, S. A., direc. gerente Marquis de la Beauville. Producto,
perfumes, colonias, bases para perfumes, esencias, vendidos al por mayor a
varias empresas para su envase e incorporación a cosméticos con etiqueta
propia. Sin ventas al por mayor ni etiquetas propias. Estimación propiedades,
instalaciones, equipo e inventario, 110 m. de francos. Estimación aproximada
ventas totales, 100 m. de francos; neto, 45 m. de francos. Sin confirmar
informe o estimación acciones o débitos. Estimación C. O.H. en depósito, de
350 a 400 m. de francos. Pagos prontos todas facturas, de 10 a 30 días.
Tasación crédito, AAAA, 100 m. de francos.
Cerrando la carpeta contempló pensativo por la ventanilla el tráfico callejero. En muchos aspectos, ninguna de las empresas era dirigida a la manera típicamente francesa. En mayor o menor medida, y por los motivos que fueran, las empresas francesas no solían pagar sus facturas a tiempo. Y ninguna empresa francesa mantenía un balance de caja con semejantes excedentes anuales. Tenía que tratarse de Tanya. Maurice nunca lo hubiera logrado. Hizo algunos cálculos mentales rápidamente. Desde luego, era Tanya. El dinero seguía ahí porque ella se había ocupado de todo en nombre de von Brenner. El cincuenta por ciento del balance de beneficios le correspondía a él.
El taxi se detuvo y descendió del mismo. Miró su reloj. Las nueve menos cinco. Pagó al conductor y se apresuró a subir al despacho del abogado. Su presentimiento había resultado cierto. Estaba contento de haberle pedido a ella que le llamara allí. Le daba la impresión de que querría verla a ella antes de encontrarse con Maurice.
Él abrió la puerta respondiendo a la débil llamada y se echó a un lado para dejarla pasar al recibidor de la suite del hotel.
Cerró suavemente la puerta a sus espaldas y se volvió para mirarla. Durante unos prolongados momentos se observaron silenciosamente; a continuación él carraspeó:
—Los viejos amigos no deben encontrarse en restaurantes ni en despachos de abogados.
Ella asintió sin hablar. El vio brillar las lágrimas en sus ojos y sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Le tendió la mano. Ella no hizo caso. Y dijo con voz ronca:
—Los viejos amigos no se limitan a darse la mano. Entonces él abrió los brazos y ella se le acercó. La besó en la mejilla y sintió la sal de sus lágrimas. Ella se quedó con la cabeza apoyada en su pecho.
—Querido Johann —murmuró—. Mi querido y buen amigo.
Él le levantó la barbilla para mirarle los ojos.
—Anna —vaciló—. Tanya…
—Tanya —sonrió ella.
—Me alegra verte —dijo él afirmando con la cabeza.
—Ha sido muy largo —dijo ella—. Diez años sin saber nada. Creí que nos pondríamos en contacto mucho antes.
Él la miró con expresión perpleja. No comprendió por qué había ella creído eso.
—Vamos —dijo él—. Permite que te dé algo de beber.
Le siguió hasta el sofá y se sentó.
—La verdad es que no quiero nada, muchas gracias.
—Pediré café —dijo él pulsando el timbre del camarero. Pocos minutos después, con una taza de café en la mano, dijo alegremente—: Ahora háblame de Janette. Ya debe ser una chica mayor.
—Dieciséis años —explicó Tanya sonriendo—. Acaba de salir hacia Suiza, al colegio, esta mañana. De hecho, esta mañana te he llamado por teléfono desde la estación de ferrocarril.
—Lamento que se haya ido —dijo él—. Me hubiera gustado verla. Si sigue los pasos de su madre, llegará a ser muy hermosa.
—Ya lo es —dijo Tanya—. Pero a su manera, no a la mía.
—Supongo que te preguntarás por qué estoy aquí —inquirió Johann.
—Solo me pregunto por qué te ha costado tanto venir —dijo ella—. Encontrarás la contabilidad en orden. Y el dinero en una cuenta separada.
—¿Para qué? No hay dinero que pertenezca al von Brenner Gesellschaft. —Y en ese momento se dio cuenta de todo. Se quedó mirándola con comprensión repentina —. Wolfgang… —Empezó, pero su voz le traicionó.
—Eso es —sonrió ella—. He metido la mitad de los beneficios en una cuenta especial para Wolfgang, tal como le prometí.
—¿No lo sabes? —Su voz era forzada y extrañamente atormentada.
—¿Qué? —La expresión de sus ojos introdujo un viento helado en su corazón. Entonces se dio cuenta. Se llevó el puño apretado a la boca para evitar un grito—. Wolfgang ha muerto. ¿Cuándo?
Él dejó la taza de café con manos temblorosas y dijo:
—Hace diez años. Creí que lo sabías.
—No lo sabía —intentaba controlar su voz—. ¿Cómo fue?
—Fue asesinado por los rusos cuando le iban a detener. Siempre dijo que no permitiría que le cogieran vivo para juzgarle como criminal de guerra. Nunca perteneció al partido nazi.
—Se suponía que estaba a salvo en la zona francesa. ¿Cómo le cogieron los rusos?
—La verdad es que nadie lo sabe —dijo Johann—. Al parecer, fue a una reunión en zona soviética.
Tanya guardó silencio durante unos momentos.
—Maurice lo sabía —dijo ella—. Lo sabía todo.
—Lo ignoro —dijo él.
—Yo lo sé. —Sus miradas se encontraron—. Se dio cuenta de que si yo me enteraba de la muerte de Wolfgang, no querría seguir casada con él.
—¿Y ahora qué?
—Se acabó. Me divorciaré.
—¿Y las empresas? ¿No pertenecen al patrimonio Beauville?
—No —sacudió la cabeza—. Las he conservado a mi nombre. Tenía la impresión de que si las traspasaba, el primer defraudado sería Wolfgang.
—Fue una suerte —dijo él. Y repentinamente sonrió—. Ahora eres una mujer rica. Lo tienes todo. Todo te pertenece a ti. No debes nada a nadie. Y creo que eso es lo que Wolfgang hubiera querido.
—Sí. —Recordó los luises de oro que había en una caja, en Suiza. Incluso después de haber vivido juntos allí, él nunca le había pedido que se los diera. Ni que inscribiera su nombre en la tarjeta de la caja. Había querido que los conservara ella. Sintió que los ojos se le humedecían. Pobre Wolfgang.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Johann preocupado.
—Ya estoy bien —dijo ella levantando la cabeza. No le extrañaba que Maurice estuviera preocupado por la llamada de Johann. Era como si hubiera llegado el día del juicio—. Vamos, dime por qué querías verme.
Johann asintió.
—Hay una empresa interesada en comprar el negocio vinícola por una elevada suma. Quieren dedicar la empresa a la venta al por menor.
—¿Me conviene vendérsela? —preguntó.
—Desde luego, eso es cosa tuya. Pero yo no lo haría.
—¿Pues qué harías tú?
—Lo que pretenden hacer ellos. Y ganar diez veces más de lo que gana ahora la empresa.
—Pero nosotros nos hemos quedado deliberadamente apartados de la curiosidad pública. Pensamos que cuanto menos llamáramos la atención, mejor sería.
—Eso era hace diez años. Ahora a nadie le importa.
—Estoy embarazada —dijo mirándole a los ojos—. Dentro de seis meses, en marzo, tendré un hijo.
—Entonces no podrás divorciarte hasta entonces.
Había un eco de sorpresa en su voz.
—Me voy a divorciar ahora —dijo con voz firme—. No quiero que un hijo mío lleve su nombre. En cuanto me divorcie, me iré a Estados Unidos para tener al niño. El padre es norteamericano.
—¿Te vas a casar con él?
—No es eso —dijo ella—. Pero yo no soy capaz de llevar los negocios sola, sigo necesitando un hombre.
Él guardaba silencio.
—¿Y tú, Johann? —preguntó ella—. Tú hiciste lo mismo por Wolfgang. Y no era precisamente un trabajo, tú eras un compañero.
—No lo sé —dijo él dubitativamente—. Yo no sería el hombre adecuado para ti. Soy básicamente un contable. Y tú necesitas algo más.
—Podemos alquilar a cualquier persona que necesitemos —dijo ella—. Pero la confianza no se puede comprar. La confianza solo llega con el tiempo.
—¡No! —La voz de Maurice era estridente. Estaba casi histérico—. ¡No te concederé el divorcio! He trabajado tanto como tú en estas empresas. ¡No pretenderás pagarme y que me largue! Y solo porque sabes que puedes quedarte con todo.
—Me haces sentir enferma —dijo ella con voz fría y despectiva. Se levantó de su asiento—. Con divorcio o sin divorcio, estás fuera de las empresas.
Maurice la miró desde su escritorio. Su voz se había tranquilizado.
—No te resultará tan fácil. Según el derecho francés, las propiedades de la mujer pasan automáticamente al control de su marido. Organizaré un pleito que durará veinte años. Y para entonces las empresas se habrán reducido a la nada.
—¡Al diablo con ellas! No las necesito.
—Llevas un tren de vida al que ya te has acostumbrado —dijo él astutamente—. No podrás seguir permitiéndotelo. Y ahora no eres tan joven como antes. Hay mujeres más jóvenes, más frescas. Todavía puedes conseguir un hombre que te joda, pero no encontrarás un hombre que te mantenga. Y cuando llegue ese momento, Tanya, todo se habrá acabado.
—¿Qué intentas decirme? —dijo ella mirándole.
—Quiero decir que podemos considerar el asunto razonablemente, con calma. Como dos adultos sensatos, sin irnos de las manos y destruirnos a nosotros mismos en el proceso.
—¿Y qué entiendes tú por considerar el asunto de modo razonable?
Maurice respiró profundamente.
—Lo primero, nada de divorcio. Seguiremos casados. En cuanto a eso, no hay problema. Tanto a ti como a mí nos va bien. Solamente con dinero no podrías comprar tu entrée en el mundo en que vives si renunciaras al título. Tanya, marquise de la Beauville, es mucho más que Tanya Pojarska, aunque decidieras usar el título de tu anterior marido, que al presente ya emplean por lo menos otras tres personas. En París no dan un sou por una docena de títulos polacos. ¿Crees que habrían aceptado en el colegio suizo a Janette si no fuera por el apellido Beauville?
Ella guardó silencio. Maurice continuó:
—Tú estabas dispuesta a darme el veinticinco por ciento del total neto de todas las empresas en metálico. Sería una cantidad entre cien y ciento veinticinco millones de francos. En vez de darme el dinero, renuncia a una empresa a favor mío; a cambio yo renunciaré a las otras dos en tu favor. De este modo nuestros derechos de propiedad quedarán claros y fuera de toda duda. Y para demostrarte que no soy codicioso, aceptaré la empresa más pequeña de todas. La de agua mineral. Su monto neto es mucho menor que lo que me darías en metálico.
—¿Cómo eres tan generoso? —Le preguntó escépticamente, dirigiéndole una mirada.
—No soy generoso. Me limito a ser práctico. Necesito trabajar en algo y tengo que guardar las apariencias. Y con las ganancias de esa empresa puedo vivir cómodamente. En cuanto lo hagamos, nos separaremos. Yo seguiré mi camino y tú el tuyo. Todo seguirá siendo como hasta ahora: un matrimonio de conveniencia.
—Déjame que lo piense —dijo ella.
—¿Acaso hay algo en qué pensar? —Ahora se sentía más seguro—. En estos momentos estás furiosa por Wolfgang y por muchas otras cosas. Por haberte quedado estúpidamente embarazada.
—¿Cómo lo sabes? —su voz sonó sorprendida.
—En París los secretos dejan de serlo a las veinticuatro horas —dijo—. Por eso estás furiosa y criticas al único que tienes a mano. A mí. Pero no te das cuenta de que al mismo tiempo perjudicas a tus hijos. A Janette y al niño que todavía no ha nacido.
Siguió callada. Maurice se levantó.
—Tanya —dijo con voz serena—. ¿No sería preferible para tu hijo ser un Beauville de nacimiento en vez de ser hijo ilegítimo?
Tanya seguía en silencio. Maurice le dedicó una leve sonrisa y se encogió de hombros a la francesa.
—¿Quién sabe? Si tienes un hijo se convertirá automáticamente en el próximo marqués de la Beauville.
Por primera vez desde que Janette iba al colegio, su madre no acudió a la estación de ferrocarril a recibirla cuando volvió a París. René, el chófer, la esperaba en el andén; se defendía del frío navideño levantándose el cuello del abrigo.
—¿Dónde está mamá? —preguntó al bajar del tren.
—No se siente bien, mademoiselle Janette —dijo recogiendo su maleta—. La está esperando en casa.
—¿Qué le sucede? —preguntó bajando del estribo.
—Nada importante —contestó evasivamente y lanzándole una mirada de curiosidad. Janette le siguió hasta el exterior de la estación. El Rolls-Royce negro estaba aparcado en un lugar prohibido en la seguridad de que ningún gendarme se atrevería a deshonrarlo con una multa. El conductor le abrió la puerta. Janette entró en el coche; René dejó la maleta en el asiento delantero junto a sí, y puso en marcha el automóvil.
Era una hora punta y las calles estaban llenas de gente que volvía del trabajo; como de costumbre, el tráfico se detenía en cada esquina. El conductor la miró por el retrovisor y la vio inclinada hacia adelante, contemplando los escaparates.
—Todo el mundo está haciendo las compras de Navidad —dijo.
—Sí —replicó ella—. El méteo ha dicho que nevará. En Suiza está nevando desde la última semana de octubre.
—¿Ha ido usted a esquiar? —le preguntó.
—Desde luego —dijo ella—. No tenía otra cosa que hacer.
El conductor dejó de charlar y estuvieron callados hasta que el coche se detuvo ante la casa. Antes de que René pudiera abrirle la portezuela, Janette saltó del coche, subió las escaleras y llamó al timbre. Henri le abrió la puerta; ella pasó rápidamente a su lado con un bonjour y fue escaleras arriba hacia la habitación de su madre. Ante la puerta cerrada, se detuvo y llamó.
—Entrez —contestó la voz de su madre.
Janette abrió la puerta y entró en la habitación.
—Maman! —exclamó. Súbitamente se detuvo con la boca abierta por la sorpresa.
Tanya vio la expresión de su rostro e intentó comportarse con naturalidad.
—La verdad es que todavía no estoy tan gorda. Estoy solo de seis meses.
—Pero no me habías dicho nada —en la voz de Janette había un acento de estupefacción.
—No había nada que decir —afirmó Tanya—. Son cosas que pasan.
—Ya no soy una niña. Podías habérmelo dicho —dijo Janette enfurecida.
Tanya, sorprendida por la ira de Janette, no contestó. Janette buscó la mirada de su madre.
—Te violó. Por eso no me lo has dicho. Te daba vergüenza.
—No, Janette —replicó Tanya—. De ninguna manera.
—¿Quieres decir que le dejaste que te lo hiciera? —en la voz de Janette se introdujo una nota de repulsión.
Tanya guardó silencio. Por primera vez, no sabía qué decir a su hija. Por fin recuperó la voz.
—Quizá sea mejor que te vayas a tu cuarto y te des un baño tranquilo y relajante. Ya hablaremos luego.
—En una ocasión me dijiste que no querías tener más hijos —dijo Janette, y apretó los labios.
—Haz lo que te digo, Janette —la voz de Tanya era más segura—. Vete a tu habitación. Ya hablaremos más tarde, cuando te hayas tranquilizado.
Janette se dio la vuelta dirigiéndose al pasillo que comunicaba las dos habitaciones. Tanya le detuvo:
—Por ahí, no. He mandado decorar de nuevo la habitación de Maurice para ti.
—¿Y quién ocupa mi cuarto? —preguntó enfurecida Janette—. ¿Maurice? cuatro
—No —repuso Tanya—. Maurice ya no vive con nosotros. La habitación será para el niño.
Janette miró a su madre y las lágrimas afluyeron a sus ojos.
—¡Felices Navidades, mamá! —exclamó amargamente; se dio la vuelta y abandonó la habitación llorando.
Tanya se quedó mirando la puerta cerrada. Oyó los pasos de Janette, que corría hacia el vestíbulo. Por un momento pensó en seguirla, pero se dejó caer desmayadamente en una silla. Janette volvería a pensárselo. Más tarde, cuando se hubiera tranquilizado, hablarían y Tanya le explicaría lo que había sucedido.
Pero Tanya se equivocaba. Janette no esperaba explicaciones. En vez de volver a su cuarto, abandonó la casa, se fue en taxi hasta la estación de ferrocarril y volvió en el tren de la noche a su colegio de Lugano.