Adiós, Janette

Harold Robbins · Capítulo 14 de 19

Páginas del PDF

Adiós, Janette

Capítulo 3

tres

 

Janette encendió otro cigarrillo mientras el coche se acercaba a París. Se inclinó hacia delante en el asiento, y miró por la ventanilla. En cada salida de la autoroute había cuatro vallas anunciadoras. Cualquiera que fuese la dirección de procedencia, estas cuatro vallas siempre estaban allí. Y Janette las tenía todas. Y cada una de ellas tenía una historia que contar.

La primera valla se aproximaba rápidamente por la derecha, bañada por una brillante luz en la oscura noche. Grandes letras negras en la parte superior del cartel decían: JEANS JANETTE. Ella estaba debajo de las letras, de rodillas, con el trasero levantado en el aire y la cabeza vuelta hacia la cámara, apoyada en los codos y con las manos en las mejillas. En letras más pequeñas, en sentido vertical desde su cintura hasta sus piernas se leía la frase Le vrai «Far West» français.

La historia que se ocultaba tras ella era sencilla. Tuvo lugar una mañana en Nueva York después de hacer el pacto con Kensington. El presidente de la compañía fue directamente al grano.

—Hemos aceptado todas sus peticiones, madame. Tendrá usted sus tiendas, las diez, así como unidades en todos los grandes almacenes importantes de América. Pero tenemos un problema y necesitamos su ayuda.

—¿De qué se trata? —preguntó ella.

—Un excedente de un millón de metros de dril azul —dijo él—. Desgraciadamente dos de nuestros mejores clientes se han inclinado por Burlington, y si no les reemplazamos, este año nadaremos en tinta roja. Y hasta ahora no hemos encontrado ningún comprador.

—¿Y en qué puedo ayudarles yo? —preguntó ella.

—Hemos hecho un estudio de mercado. Creemos que hay espacio para tejanos de marca a precios populares. St. Laurent está en el mercado pero es muy caro y su volumen es insignificante. Hemos calculado los costos y podemos hacer un buen producto por veinticinco o treinta dólares. Lo que necesitamos es su nombre y seis diseños básicos. Nosotros nos ocuparemos de todo lo demás, desde la fabricación hasta las ventas. Ya hemos pensado un nombre para ellos. «Jeans Janette».

—¿Y cómo encaja esto en nuestro acuerdo?

—Es un párrafo aparte. Le pagamos unos derechos del diez por ciento de nuestros beneficios por cada par vendido. Usted no tiene que correr ningún riesgo, ni hacer ninguna inversión. Lo único que sacará es dinero. Y calculamos que puede ser mucho.

—¿Cuánto? —preguntó ella.

—Nunca se sabe, pero quizá llegue a un cuarto de millón de dólares anuales.

—No está mal. —Janette sonrió—. Será un placer ayudarles. —Aunque solo obtuviera el veinticinco por ciento de lo que él calculaba, no se quejaría.

Pero la verdad era que ninguno de los dos esperaba lo que iba a pasar. Los derechos que recibió por un solo año casi alcanzaron el millón de dólares. Pero lo más importante fue que esto la estableció en América.

La siguiente valla apareció a lo lejos. Esta vez ella estaba ante un mostrador de Air France alargando su billete a un empleado. Iba elegantemente vestida con un traje sastre; ligeramente realzados sobre la valla estaban los guantes que llevaba, el bolso de bandolera, los zapatos de altos tacones y la maleta con iniciales depositada a sus pies. Otra vez las grandes letras negras: POUR LE MONDE ENTIER. Debajo, en letras más pequeñas: Cuir Janette. Y al otro lado, los artículos mencionados: Les Gants, Les Sacs, Les Chaussures, Les Bagages.

Fue pocos meses después del éxito de los Jeans Janette en América. Vito Montessori, un italiano que poseía una de las mayores fábricas de cuero de Italia, acudió a ella con una interesante proposición. Debido al establecimiento de importantes firmas italianas en el Lejano Oriente para reducir los costos de la mano de obra, quería desarrollar una línea propia. También esta vez solo tendría que proporcionar los diseños o aprobarlos, y él se encargaría de la fabricación y venta. Pero si ella podía obtener la cooperación de los distribuidores ya establecidos por Kensington en América, tanto mejor. Innecesario decir que podía hacerlo y lo hizo. Esta vez sus derechos ascendieron a un quince por ciento, y el resultado fueron unos ingresos netos de casi un cuarto de millón de dólares al año.

En la tercera valla anunciadora había, no una, sino tres fotografías suyas. Agrupadas de modo que parecía una sola fotografía, ella estaba tendida en biquini sobre la arena, apoyada en la cadera y el codo, mirando directamente a la cámara; en la segunda se hallaba en pie, enfundada en un ajustado traje de buceador, sonriendo hacia el sol; y finalmente luciendo un traje de baño de una sola pieza que dejaba al descubierto más de lo que ocultaba. También aquí las letras grandes: MAILLOTS DE BAIN JANETTE. Debajo y en letras más pequeñas: Pour le Soleil, Pour la Mer, Pour la Plage. Y después, en una línea que ocupaba la valla de un extremo a otro: Pour l’Eté Eternel.

Esto fue idea suya. Compró una industria en bancarrota del sur de Francia y firmó otro acuerdo de distribución con Kensington. Fabricados a precios populares y dirigidos al mismo mercado que los vaqueros, estos productos constituyeron otro éxito inmediato. Los ingresos netos de esta división ascendían a casi medio millón de dólares anuales.

La última valla anunciadora había sido el negocio más arriesgado de todos. Esto también fue idea suya. Durante muchos años había dado vueltas a este proyecto, pero fue el enorme éxito alcanzado por Yves St. Laurent al lanzar su nuevo perfume, Opium, durante los últimos dos años, lo que finalmente la convenció para introducir su propia marca en el mercado.

Analizando cuidadosamente los resultados de un estudio comercial, descubrió varios hechos asombrosos. De todos los perfumes en venta, y había cientos de marcas conocidas, solo dos eran lo bastante conocidos para ser identificados como perfumes por el nombre por el público en general. El primero era Chanel N.º 5 con un factor de identificación del 88 por ciento, y el segundo era Arpège con un factor de identificación ligeramente inferior. Todos los demás se hallaban muy por debajo de estas cifras, pero el más próximo resultó ser Opium, con un factor de identificación del 29 por ciento, y eso, como señalaba el estudio comercial, se debía a la importante e ininterrumpida publicidad y promoción. Otros dos hechos interesantes salieron a la luz. Tanto Chanel N.º 5 como Arpège fueron creados en los años veinte y pertenecían al grupo de aromas de aldehídos florales, mientras que Opium, un perfume moderno lanzado en 1977, estaba firmemente enraizado en el grupo oriental, y se derivaba de Tabú, lanzado por Dana en 1931, y Youth Dew de Lauder, desarrollado en 1952. Aunque Tabú se había convertido en un perfume clásico, ninguno de los dos había logrado el reconocimiento de Opium. Pero quizá fuera porque, cuando se introdujeron en el mercado, no existían las modernas técnicas publicitarias para crear la difusión que hoy podía darles la televisión.

Otro hecho esencial revelado por el estudio era la importancia que tenía el diseño del envase, tanto la botella que contenía el perfume como la caja en la que se vendía. Esto y el perfume en sí tenían que contar su propia historia. Y la historia tenía que estar englobada en el nombre del perfume. Debía ser sencillo y, al mismo tiempo, poseer un factor de identificación rápida.

Janette creyó tener el nombre. Soie. La palabra francesa equivalente a seda. El tejido más íntimo y sensual que podía llevar una mujer también podía aplicarse a su perfume. El otro problema no fue tan fácil de resolver. El aroma original resultó demasiado oriental y Janette pensó que podría ser considerado como una imitación de Opium. Trabajando estrechamente con los «olfatos», como se les apodaba en la fábrica de perfumes, logró combinar los aromas del grupo de aldehídos florales de Chanel N.º 5 y Arpège y la sensualidad del grupo oriental. El resultado fue una fragancia extremadamente femenina, sensual y fresca. Y la primera decisión que tomó fue no llamarlo perfume. Soie sería una fragancia, algo que formaba parte de una mujer, no un perfume que llevaba.

Esta última valla anunciadora era quizá la más atrayente de todas. Al ver la rutilante botella con la estatua de una muchacha desnuda en cristal tallado igual que el tapón, uno no se daba cuenta en el primer momento de que en las sombras del fondo había otro retrato de Janette desnuda. Pintado muchos años atrás por Dalí, el artista había captado y plasmado las numerosas facetas eróticas de su cuerpo y personalidad. La intangible expresión de sus ojos oscuros, el prominente labio inferior, el abultado pezón de sus turgentes senos, la curva de su vientre sobre las sombras del pubis, casi perdido entre sus blancas caderas y muslos. Solo después se daba uno cuenta de que el retrato de la muchacha había sido transferido a la estatua de la botella. El nombre estaba grabado en letra inglesa sobre el cristal de la botella, Soie. Debajo de él, en letras casi demasiado pequeñas para poder leerse, «de Janette». Como en las demás vallas, el mensaje publicitario iba de un lado a otro. Le plus intime. Le plus sensuel. Le vrai aromate de la femme. Soie. L’Aromatique de Janette.

Y en cierto modo era este perfume lo que la había llevado a su situación actual. Decidida a vencer a St. Laurent en el mercado, había comprometido más de cinco millones de dólares en efectivo para lanzar el perfume en los últimos seis meses, agotando virtualmente las reservas de sus propias compañías. Solo la publicidad televisiva en América había absorbido más de tres millones, y el resto fue destinado a revistas y periódicos. Y este dinero no incluía los descuentos e incentivos dados al comercio minorista para obtener su apoyo. Sus cálculos habían dado como resultado que tardarían al menos dos años en recuperar la inversión y tres años en conseguir beneficios. Por fortuna, los resultados fueron más alentadores de lo que creyeron en un principio. La aceptación casi inmediata del mercado les había llevado a una revisión de las cifras, que redujeron el tiempo de reembolso a la mitad.

Sin embargo, esto no fue suficiente. Había ocurrido lo inesperado. Una compañía japonesa, ansiosa de introducirse en el mercado americano, había ofrecido unos beneficios enormes al Grupo Reardon por controlar sus intereses en Kensington Mills y ellos habían aceptado.

En cualquier otro momento esta habría podido ser la mayor oportunidad que ella había tenido en la vida. Porque, en la cláusula insertada en el último momento por su sagaz abogado americano, Paul Gidin, tenía la opción de comprar sus contratos y acuerdos con el Grupo Reardon por el valor escriturado en la hoja de balance si ellos vendían o cedían sus intereses en Kensington. Y los diez millones de dólares escriturados suponían menos de la mitad de las ganancias anuales. Una cifra equitativa sería diez veces las ganancias anuales. Pero por muy barato que fuera, ella no disponía de ese dinero. Todo el efectivo que tenía en sus compañías había sido invertido en el perfume. Ahora volvía a tener problemas monetarios. Era como si nada hubiese cambiado. La independencia resultaba tan esquiva como siempre.

Maurice fue a abrirle la puerta de su apartamento. Estaba visiblemente excitado.

—Yo tenía razón —dijo—. Siempre he sabido que tenía razón.

—¿De qué demonios hablas? —preguntó ella—. No entiendo nada.

—El dinero del banco suizo —explicó él—. Quizás ahora no tengas que acostarte con el griego para conseguirlo.

—No sé de qué estás hablando.

—Ya lo verás —dijo él, tomándola del brazo y conduciéndola a la biblioteca—. Ya lo verás.

Abrió la puerta y un hombre joven sentado en el interior se puso en pie. Maurice les presentó.

—Monsieur Thierry, mi hija, madame Janette de la Beauville. —Miró a Janette y precisó—: Monsieur Thierry trabaja en el Banco de Crédito Suizo de Ginebra.

Janette alargó la mano.

—Encantada, monsieur Thierry.

El joven banquero le besó cortésmente la mano.

—Es un honor, madame. Cuando solicité esta entrevista no sabía que iba a conocer a una mujer tan famosa.

—Gracias, monsieur —dijo Janette—. Ahora, si me permite preguntárselo, ¿por qué quería verme?

El joven banquero miró a Maurice. Parecía muy turbado.

—Lo siento, monsieur le marquis, pero las instrucciones del banco son muy explícitas. Debo hablar con madame en privado.

—Lo comprendo —dijo rápidamente Maurice—. Naturalmente. —Se dirigió hacia la puerta y la cerró tras sí.

—¿Y bien, monsieur? —inquirió Janette, mirando al banquero.

—Si me permite, madame —dijo Thierry, sacándose un papel del bolsillo y dándole un vistazo. Su voz adquirió un tono formal—. De acuerdo con las instrucciones dadas al banco por su difunta madre, estamos en la obligación de informarle, al término de un período no inferior a veinticinco años después de su fallecimiento, que el 10 de octubre de 1944 alquiló un cierto grupo de cajas de seguridad contenidas en la bóveda de nuestro banco. —Dejó de leer y le alargó los papeles—. Hay dos copias de este informe. Si es tan amable de firmar la copia superior declarando que ha recibido el informe según las instrucciones, habremos concluido nuestro asunto.

Janette cogió el papel y lo releyó. Era exactamente lo que acababa de oír. Miró al banquero.

—¿Esto es todo?

—Sí —asintió él.

—¿Significa eso que tengo acceso a las cajas?

—Si tiene la llave en su poder, desde luego. Si no… me temo que no.

—Entonces, ¿cuál es el objeto de esta notificación?

—No lo sé, madame. Nos limitamos a seguir instrucciones.

—Entonces, ¿quién tiene la llave? —preguntó Janette.

Él se encogió de hombros.

—Las leyes de la banca suiza respecto al carácter confidencial de nuestras relaciones con los clientes me impiden darle esta información.

—Entonces, ¿qué debo hacer para reclamar estas cajas y su contenido, puesto que evidentemente mi madre deseaba que las tuviera?

—Puede presentar una demanda ante el Tribunal Testamentario de Suiza, bajo cuya jurisdicción están los asuntos de herencias.

—¿Cuánto tiempo tardarían en emitir un fallo?

—Lo siento —dijo él—. No lo sé. A veces tardan años.

—¡Maldita sea! —exclamó ella, volviendo a mirar los papeles—. ¿Tiene idea del contenido de esas cajas?

—No, madame. Lo que los clientes depositan en sus cajas no es de nuestra incumbencia. Me temo que no le soy de mucha ayuda, pero no puedo hacer nada más.

—¿Y si me niego a firmar los documentos? —preguntó ella.

—Entonces no tendría derecho a reclamar las cajas porque, legalmente, no habría sido informada de su existencia y, también según las leyes de la banca suiza, ni siquiera tenemos que declararlas.

Ella sacudió la cabeza con impotencia.

—Entonces será mejor que los firme.

—Sí, madame —dijo él, alargándole una pluma.

Janette firmó rápidamente la copia y se la entregó.

—Gracias, monsieur Thierry.

—A usted, madame —contestó él.

Janette sonrió de repente.

—Es tarde y aún no he cenado. ¿Sería una violación de las leyes de la banca suiza si le invitara a cenar conmigo?

Él esbozó una sonrisa.

—Creo que es permisible, madame, pero me temo que debo rehusar. Tengo un compromiso previo.

—Pues rómpalo —rio ella.

—Le aseguro que me gustaría hacerlo, madame, pero no puedo. Mi esposa me está esperando en el hotel.

Ella se echó a reír de nuevo y alargó la mano.

—Monsieur Thierry, es usted un caballero. Espero que volvamos a vernos.

Él le besó cortésmente la mano.

—Yo también, madame —dijo, yendo hacia la puerta.

En cuanto se hubo marchado, Maurice volvió a la habitación. La miró escrutadoramente.

—¿Y bien?

—Tenías razón —dijo ella, alargándole el papel—. Pero el hecho de saberlo no me da ningún derecho sobre el dinero.

Él leyó rápidamente el papel.

—Entonces, ¿quién tiene ese derecho?

—El que tenga la llave —contestó ella—. No ha querido decirme quién era.

Maurice la miró fijamente.

—A mí no tiene que decírmelo —declaró—. Sé quién tiene la llave. Y tú también.

Ella guardó silencio.

—Tendrás que hacer algo al respecto —dijo Maurice—, si no quieres ser una mendiga y una puta el resto de tu vida.

Ella le miró sin hablar.

—Tendrás que recurrir a Lauren —dijo él.

—¿No hay más remedio? —preguntó Janette.

—Ya conoces a Johann —contestó él—. La mitad de lo que haya allí es de ella. Él no hará nada a menos que Lauren esté protegida. El único modo de conseguir alguna cosa es que las dos habléis con él.

—No lo sé —dijo ella con indecisión—. A Lauren no le importa el dinero. Nunca le ha importado.

—Ya tiene veintitrés años —dijo él—. Debe empezar a estar harta de vivir en esa estúpida playa de California con una criatura de cinco años por toda compañía.

—Es la clase de vida que le gusta.

—Entonces tienes que convencerla de que su hija se merece algo más que vegetar en una playa desierta —dijo Maurice—. Aunque Lauren no lo quiera para sí misma, no tiene derecho a despojar a su hija.

—No lo sé —contestó Janette—. A veces creo que no me he portado bien con ella.

Maurice se echó a reír.

—Oh, vamos, eso no te lo crees ni tú. Lo único que tu madre y yo teníamos en común era nuestro egoísmo. Los dos queríamos todo lo que pudiéramos conseguir. — Fue al aparador y sacó una botella de coñac—. No lamentas lo que hiciste. Tienes lo que querías, ¿no?

Janette no contestó mientras él servía el coñac en dos copas y volvía a acercarse. Sin hablar, cogió una copa y bebió un sorbo.

Maurice bebió la mitad del coñac de un solo trago, y después dejó la copa.

—Solo hay una cosa que no he entendido nunca —dijo—. Por qué empujaste a Patrick hacia Lauren. ¿No habría sido más sencillo que tú te hubieras casado con él?

—Esto es exactamente lo que me proponía hacer cuando volvieron de Cerdeña.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?

—Lauren me dijo que estaba enamorada de él.

Maurice la miró.

—No era más que una niña. Tendrías que haberla disuadido.

—Supongo que sí —contestó ella, mirándole. Tomó otro sorbo de coñac—. Quizás habría sido preferible.

En el fondo de su alma siempre había sabido que el matrimonio estaba destinado al fracaso. E incluso cuando ellos intercambiaban los anillos de boda en el jardín de la casa de la madre de Patrick en Devon y los ojos de Patrick la buscaron por encima del blanco velo de la novia, supo que sería un fracaso. Y que ella sería la causa de su destrucción.