Aire

Geoff Ryman · Capítulo 9 de 27

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Aire

Capítulo 8

8

 

EL MARIDO DE SUNNI ANUNCIÓ AL PUEBLO QUE IBA A TRAER OTRA TELEVISIÓN.

 

—Bueno, mujer, tu amiga Kwan por fin tiene un rival —exclamó Joe alegremente.

Acababa de regresar de resolver unos asuntos en el salón de té. Por «asuntos»

entendía beber té y jugar al ajedrez hasta la hora de cenar.

Mae estaba sirviendo la sopa en los cuencos de Siao y del anciano señor Chung.

Se paró para considerar lo que había dicho.

—No sé por qué dices «rival».

—Venga, no te hagas la tonta conmigo. Sabes bien que los Wing y los Haseem

son rivales.

—Rivales a la hora de robarles las granjas a sus vecinos —añadió Siao mirando

su sopa.

Como si lo hubieran pinchado, Joe se volvió hacia Siao, pensando que tenía su

apoyo.

—Sí, mujer. Tu amiga Kwan no es mejor que Faysal Haseem.

Mae le sirvió sopa a su esposo.

—Salvo que no les debemos dinero a los Wing.

Siao dijo:

—Haseem tiene que utilizar la cuenta de los Wing por lo cual, naturalmente, paga

una renta, como por el agua. Así que Wing se enriquece a costa de Haseem. Por eso

es el más listo.

Siao era un bicho raro. Parecía que sabía más que Joe. Mae había notado hacía

tiempo que era él quien realizaba todo el trabajo, yendo cada mañana con el anciano

señor Chung a trabajar en las tapias y quien llevaba las cuentas de la casa. Entonces,

¿por qué se conformaba con dormir en el desván?

No había duda de que dos televisores en el pueblo levantaban expectación.

Cuando Mae y An iban a hacer sus entrevistas, hablaron de la situación. ¿Qué

conseguía el señor Haseem teniendo un televisor? Prestigio, sí, pero ¿cómo lo iba a

usar para sacar dinero? Quizá había pensado cobrar por ver la tele, pero como Wing

no lo hacía, él tampoco podía.

A medianoche, Mae volvió a casa de Kwan para trabajar con su televisión. Estaba

aprendiendo a usar el paquete de cuentas. Había llegado a la conclusión de que la tele

estaba bien, mientras no quisieras conectarte.

Mae se encontró al señor Doh, al señor Alí y al señor Ho viendo una película

policíaca. El servicio de vigilancia informatizada tenía acorralados a unos traficantes.

Mae pensó: Así que son leales a Wing. ¿Quién está viendo la tele en casa de Sunni?

Kwan estaba pensando lo mismo. Les servía té, tratándolos como invitados. No lo

había hecho durante días. Mae comenzó a recoger las tazas para ayudarla, y fue

recompensada con una hermosa sonrisa. Esperaron a estar cerca del barreño de plástico que hacía las veces de pila para hablar.

—Me pregunto qué horrores estará poniendo el señor Haseem en su televisor.

—Cómo invadir pueblos, a lo mejor —dijo Kwan.

—Yo creo que quiere ser otro terrateniente, como en los viejos tiempos. Quiere

que todos trabajemos para él. Si tuvieras hijas, intentaría que uno de sus hijos se

casara con ellas, para formar una alianza política.

Kwan se dobló por la mitad en una carcajada silenciosa.

Los ojos de Mae se entrecerraron, felices.

—A lo mejor se cree que él tiene el televisor macho y tú la hembra.

Kwan tuvo que soltar una taza para reírse.

—¡Estás de lo más aguda, últimamente!

—Odio al honorable marido de Sunni —dijo Mae, encogiéndose—. Ojalá lo

hubiera matado.

—Va a ser muy interesante cuando lo entrevistes para tu mapa de preguntas.

—No creas, estoy deseando hacerlo. Estoy esperando el día en que él intente

hacer uno por su cuenta.

Kwan aún sonreía, pero, de repente, con suavidad, le apretó la punta de la nariz a

Mae.

—No seas demasiado atrevida, Mae.

—He oído que tengo más de un enemigo.

—Shen —dijo Kwan con voz helada—. No entiendo cómo ha cambiado ese

hombre.

—También tengo que hablar con él —suspiró Mae. Comprendió que no estaba

haciendo solo un mapa de preguntas. Estaba formando un partido. Se dio cuenta de

que, en cierto modo, era el partido del señor Wing.

 

JOE SE FUE A BALSHANG A BUSCAR TRABAJO EN LA CONSTRUCCIÓN.

 

Se tardaba tres días en llegar hasta allí. Siao, Joe, el anciano señor Chung y el señor

Doh irían en la furgoneta del señor Haseem para unirse al grupo de trabajo que se

estaba reclutando en Yeshibozkent. Saldrían ese mismo día.

—Es una buena oportunidad —dijo Joe—. Están construyendo una granja

industrial con muchos edificios. Hay todo un campamento para los trabajadores que

están contratando.

—¿Cuánto pagan? —preguntó Mae.

Él resopló, agobiado.

—No lo sé.

—Todos los hombres del país estarán allí, con la esperanza de trabajar.

—Pero el señor Doh dice que es trabajo del Gobierno, así que intentan repartirlo

por todo el país. ¿Quién sabe? Es una oportunidad y es mejor que quedarse aquí

sentado.

Mae se alegró; esto quería decir que su marido se daba cuenta del problema que

tenían.

—Te haré un paquete con comida y con las camisas —dijo. Era el deber de una

buena esposa. Él asintió, complacido por su actitud, y dio una calada a su fino

cigarrillo. Mae le dobló las camisas. Aunque pagaran cuatro riels a la semana, era un

trabajo de cuatro semanas; eso serían dieciséis riels. Si Siao y el anciano señor Chung

hacían lo mismo, ¡entonces se acababan sus problemas! Después de tapar algunos

agujeros, aún quedaba un total de treinta y dos riels.

Siao echó un último vistazo a las cuentas de la casa.

Miró a Mae a los ojos un momento.

—Esto llega justo a tiempo, ¿eh?

Mae asintió en silencio, con alivio.

La furgoneta del señor Haseem apareció frente a la entrada y pitó. Mae no quería

que aquel hombre la viera, así que le dio la comida y la cesta con la ropa a su marido.

—Adiós, esposo, cuídate, ten valor, vuelve rico…

Las palabras salían de sus labios automáticamente, igual que un estornudo.

Siguió una pausa. Él la miraba, esperaba algo más; se amaban cuando eran

jóvenes y había tenido tres hijos con ella.

Él tiró de ella hacia sí y la besó, y ella lo abrazó, apretando su cara contra la de él.

Sería libre en cuanto se marchara. Siao lo llamó desde el otro lado de la tapia de

entrada.

El señor Haseem tocó el claxon otra vez y ella le dio unas palmaditas.

—Ve, o tu buen amigo te dejará en la estacada —dijo.

Unas lágrimas espontáneas asomaron en sus ojos. Esto le venía muy bien, así que

procuró que él las viera. Sentía algo de miedo de que la dejaran sola, miedo de perder

a Joe, su compañero de casa.

—Veré a Lung y a nuestra hija —dijo—. Te traeré noticias de él. —Su hijo, el

militar atlético y triunfador. Joe lo adoraba.

—Eso será lo mejor de todo —dijo ella—. ¡Venga, corre, corre!

Joe sonrió como un niño y echó a correr. Le dijo adiós desde la entrada otra vez.

Cree que lo quiero, pensó. Cree que, después de todo, todavía somos marido y

mujer. Lo recordó a los dieciséis años, tan guapo, cuando era el cabecilla de los

jóvenes del pueblo.

Joe nunca creció. Oyó la puerta del coche, las voces de los hombres, el parloteo,

un grito. Lo recordaba con el pelo aceitado y un palillo siempre en la boca, y las

insignias de coches, robadas en el valle, pinchadas a la espalda de su cazadora. Oyó

la furgoneta rechinar por la carretera, montaña abajo.

Escuchó el sonido de la soledad, el sonido del polvo. La casa del señor Ken

estaba allí, al igual que él, siempre presente, siempre cerrada, con una puerta que

podía tanto abrirse como ocultar.

Antes de darse cuenta, ya estaba andando. Tengo que estar en los campos a media tarde, pensó, o la gente hablará. Aún era la hora de comer. Los niños estarían

echando la siesta en la escuela del señor Shen, la madre de Ken estaría durmiendo un

poco antes de volver a los arrozales. Si no, siempre podía decir: «¿Quién le va a

quitar la mala hierba, señor Ken? Las mujeres del pueblo y yo podríamos ayudarlo».

Entró en la cocina del señor Ken. Él estaba sorbiendo la sopa que tenía para el

desayuno. La miró, aún sudoroso tras quitar las malas hierbas de sus campos.

—Joe se ha ido —dijo con calma—. Y su hermano.

—Voy para allá —dijo.

Volvió a su casa temblando, como la camioneta del señor Haseem, traqueteando

por la carretera. Esto es una locura; si llama cualquiera nos encontrará. Corrió los

visillos de las ventanas y las pesadas cortinas de la puerta. Bajó su sombrero, el

jersey, el delantal para recoger el abono y los zuecos de suelas altas. Los escondió

bajo la cama; así su ausencia indicaría que ella no estaba allí. Todo tenía que decir:

«la señora Chung está fuera, trabajando». ¿Y cómo es que las cortinas estaban

echadas? Volvió a abrirlas.

Se acostó en la cama, que aún olía a Joe. Olía a Joe, pero ese olor ahora iba a ser

desplazado por el del señor Ken. La sola idea parecía aflojar los corsés de su vientre.

Lo oleré a él cuando duerma por la noche.

Oyó el picaporte. Contuvo el aliento. Nadie la llamó por su nombre. Volvió a oír

el picaporte al cerrarse la puerta de nuevo. El corazón le latía. Esto es una locura. ¿Y

si no es él? ¿Cómo lo explico? Diré que me ha dado mucho el sol y que me encuentro

mal. Las cortinas de cuentas sonaron al apartarlas.

Era él y sonreía. Ya no sudaba. Se había bañado.

Estaba desnudo bajo el mono que se quitó y lanzó a un lado, y pronto estuvo

encima de ella. Su piel era tan perfecta como la de un melocotón.

 

AL DÍA SIGUIENTE, MAE VOLVIÓ A LAS TIERRAS DE SU MARIDO.

 

Los Chung tenían un arrozal en el valle y dos terrazas largas en la parte de arriba de

la montaña. Mae las había descuidado un poco desde que las sembró. Las malas

hierbas empezaban a brotar entre las cebollas y el arroz.

Comenzó la larga caminata subiendo por los senderos. Las golondrinas la

sobrevolaban cazando insectos en el aire. Las terrazas vibraban con los zumbidos y el

canto de los grillos. El agua en los charcos estaba templada como la sopa.

En su terraza el aire era caliente y pesado. El calor hacía bailar al aire; solo los

milanos que volaban en círculos en lo alto parecían estar frescos.

Mae se puso manos a la obra arrancando las malas hierbas. La espalda le dolió

enseguida. Las gotas de sudor caían al suelo. Este arroz tan delicioso, pensaba, va a

estar sazonado con mi propia sal.

Los zuecos se le hundían en la tierra a cada paso, dentro del barro que succionaba

y se le agarraba como un amante. El sombrero alto y ancho le protegía el cuello, los hombros e incluso las manos del sol. Con las moscas y los mosquitos no tenía tanta

suerte. Ven, amiga golondrina, aquí hay un festín, líbrame de estas moscas. Agitaba

las manos pero volvían a hacerle cosquillas y a pegársele a la piel, que estaba como el

arroz hervido, pegajosa y humeante.

Mae se levantó. Se veían los arrozales verdes abajo, en la llanura. El cielo se

reflejaba en sus aguas. Más allá, vagamente, casi difuminados bajo la brillante luz del

día, estaban los amarillos, los beis y los grises de las montañas lejanas.

—¿Era así en sus tiempos, señora Tung?

No.

La voz era como el viento.

De repente, se tambaleó y comenzó a caer, a la vez que se hacía más pequeña. El

mundo a su alrededor se vino abajo, desinflándose. Estaba en algún otro lugar.

La pequeña señorita Hu fue izada del suelo, sobre los arrozales, sujeta a un gran

brazo de madera. El brazo era parte de una bomba para llevar agua montaña arriba.

La señorita Hu quedó colgada por un momento y su risa nerviosa era una mezcla

de miedo y deleite. Había unos niños sentados al otro lado del brazo que era una bola

de barro seco enorme. La señorita Hu tomó aire y se dejó caer. El corazón se le subió

a la boca y el barro la acogió maternalmente, dándole un abrazo pastoso. La niña se

puso en pie rebozada en barro húmedo y dio un grito triunfal a los niños.

Saltaba arriba y abajo, chapoteando en el barro, sin preocuparse de la ropa de

trabajo.

—¡Otra vez, otra vez! —pidió. Los chicos bajaron el brazo y ella subió de nuevo.

Contempló el valle.

Había una línea de bombas repartidas por todas las terrazas que hundían su

cabeza en ellas como gráciles aves acuáticas. Abajo, en la ladera, no había escuela ni

mezquita.

La montaña de enfrente estaba estriada como una cebolla, en capas de arrozales.

Las terrazas ascendían en escalones, verdes y exuberantes, hasta el pueblo de

Aynalar. La estrecha calle principal subía en zigzag entre casas de piedra elegantes,

con sus muros encalados y sus vidrieras. Se divisaban una cúpula y un minarete.

Hu Ai-ling lo miraba con anhelo. Un día, se prometió, viviré en Aynalar.

Se dejó caer otra vez y Mae regresó del pasado.

Parpadeó y aquella misma montaña era ahora beis y vulgar, una masa formada

tras varios derrumbes de piedra gris. Si te fijabas, aún se podía distinguir algún que

otro resto de las tapias.

Las inundaciones habían arrastrado una terraza sobre otra, extendiéndolas en

todas direcciones. Un lado entero del valle había desaparecido. Nadie hablaba ya de

ello, nadie se acordaba. Era la cicatriz de una herida curada. El lado opuesto, que una

vez estuvo cubierto de campos, la miraba fijamente, como la cara de un anciano

ciego.

Mae recordó a la anciana señora Tung. Siempre se sentaba junto a la ventana del ático, de cara al valle, sintiendo el viento en su rostro, ciega. Miraba en dirección a

Aynalar, que aún existía para ella.

Esto es preocupante, pensó Mae. No, de verdad, es muy preocupante, la forma en

que cambia el mundo: de repente es pasado, de repente es futuro. Parece que tengo

una enfermedad en la cabeza.

Nadie dijo que pasaría esto. Nadie nos advirtió de que revisitaríamos el pasado.

No nos dijeron que nuestros amigos muertos no se irían. No entienden lo que es Aire.

Sintió el viento congelarle los brazos mojados, como el miedo.

¿Qué sitio es este?, preguntó la señora Tung.

 

MAE ESTABA DESEANDO LLEGAR A CASA Y TOMARSE SU TIEMPO PARA PENSAR, PERO EN LA COCINA LA ESPERABA SU HERMANO, WANG JU-MEI.

 

—Buenas tardes, hermana —dijo Ju-mei. Llevaba el traje de verano de color crema.

—Hola, hermano. Gracias por venir a verme —dijo con una sonrisa radiante.

Gracias por presentarte a la hora de comer, justo para que no me dé tiempo a

lavarme. Gracias por intentar dejar claro, como siempre, que la casa de Joe es como

si fuera tuya.

—¿Quieres beber algo?

—Estaría bien un té —asintió.

Puso la tetera y pensó: No, no voy a dejar de bañarme. Cogió ropa limpia y se la

puso sobre el brazo.

—No te importará si me baño, ¿verdad, hermano? —dijo con vocecita infantil.

¿O prefieres que apeste y te salpique la comida de gotas de sudor?

Ju-mei hizo un gesto con la mano restándole importancia, porque estaba

demasiado sorprendido para hablar. Si la tetera hierve y se quiere servir té, que se lo

sirva.

Mi hermano. Quiere esta casa y no acepta que no sea suya. Es comerciante de

grano, vende seguros, lleva traje y siempre tiene que poner su sello en todo.

La rabia le hizo cerrar de golpe la cortina que daba al pequeño pasaje entre las

dos casas. Tenía el ceño fruncido mientras se quitaba la camiseta sudada; todo el

placer del baño se había esfumado. Necesitaba pensar. Sin darse cuenta se dejó caer

encima agua fría del aljibe.

Ju-mei querrá hacer de carabina, o incluso querrá que me vaya a su casa por

decencia. Bueno, pues no. También debe de pensar que tiene derecho a dejarse caer

por aquí cuando le plazca. Joe lo conoce, por eso Ju-mei nunca aparece cuando él

está. Dios mío, va a estar aquí día y noche, con su recién nacido, y su mujer querrá

que yo le cambie los pañales. Se traerá a nuestra madre, la dejará aquí y dirá que me

toca a mí cuidarla.

Cuando lo que yo quiero es dormir en brazos de Ken Kuei.

A menos que me muestre tan grosera que se vaya y no vuelva.

La necesidad en la vida puede tener un efecto sedante maravilloso.

A menos que le diga lo que pienso. A menos que se lo diga como siempre he

querido decírselo. Sonrió. Voy a decirle lo que pienso de verdad. Al fin y al cabo,

solo soy una campesina acostumbrada al ganado y a la dura realidad. Su trajecito de

color crema no le va a servir de nada aquí.

Mae volvió a la casa, sonriendo anticipadamente. Ju-mei estaba sentado, mirando

cómo hervía la tetera.

—¡Ja, ja! Hombres. Te quedas ahí sentado mirando cómo hierve. ¿No sabes

hacerte un té tú solo?

Ju-mei se quedó sin respuesta.

—Me… habías ofrecido un té.

—Claro —dijo Mae, secándose el pelo con una toalla—. Ahí tienes. —Su mano

apuntaba al cacharro de barro donde guardaba las hojas para mantenerlas secas.

Animadamente, puso la ropa sucia en el cesto de mimbre.

—Espero, hermano, que no hayas venido con idea de que yo te haga la comida.

Tengo mis compromisos. —Le sonrió. Sus dientes nunca le habían parecido tan

grandes.

Estaba desconcertado; nada había salido como había previsto.

—Eres muy atrevida, Mae —dijo.

—¿Atrevida? ¿Por visitar a unos vecinos a los que conozco de toda la vida? Tú sí

que eres atrevido al ponerte tanto perfume. ¡Uf! Hueles más a mujer que mis clientas.

Cerró la cortina de la habitación tras ella para ponerse el traje de talento.

—Te diré otra cosa que es atrevida: presentarse en la casa de otro hombre en

cuanto desaparece y esperar que te inviten a comer. ¿Es que tu esposa ya no cocina

para ti?

—Eres una mujer sola.

—No, no lo soy. La señorita An y yo trabajamos siempre juntas, así que no

necesito carabina, y menos en casa de mi marido. —Mae ya estaba presentable con su

vestido de corazones, así que descorrió la cortina. Quería ver la cara de sorpresa que

ponía. Se puso los zapatos de talento—. No te molestes en intentar establecer ningún

derecho sobre esta casa. Si Joe muere, Siao la hereda; si él muere, el anciano señor

Chung la hereda. Si cualquiera de ellos se casa, nunca será para la familia Wang.

Él temblaba en la silla.

—¡Mae! Eres imposible. ¡Tu hermano ha venido a visitarte!

—Lo sé —replicó Mae, sacudiendo la chaqueta de su marido para abrir las

mangas. Se detuvo—. Y sé exactamente lo que significa. Quieres todo lo que tengo,

Ju-mei. Siempre ha sido así, desde que tengo uso de razón. ¿Quieres la polla de Joe,

también? ¿Quieres heredar esta casa? A lo mejor puedes heredarla si dejas que Joe te

eche un polvo. —Respiró y dejó bien claro que estaba a punto de salir. Murmuró—:

Yo creo que a los dos os gustaría.

Su hermano estaba completamente pálido. Bruscamente, como un lisiado, se puso

en pie, arrastró los pies temblando y cogió como pudo el bastón.

—¡No sé lo que te ha pasado! Hablas como una campesina, ¡como una palurda!

—Ya estaba en la puerta.

—¡Soy una campesina!

—Había… ¡había venido a ofrecerme a pagar la deuda!

Mae exclamó triunfal:

—¡Lo sé, lo sé! ¡Y así es como creías que conseguirías la granja!

El rastrero de su hermanito. Él ocultó la cara. Mae se rio. Lo cogió del brazo y lo

llevó hasta la puerta de fuera.

—Venga, venga, hermano, no es para tanto; todas nuestras peleas acaban igual,

solo que esta vez he decidido abreviar.

Mae se acordó de la tetera. Fue corriendo a la cocina para quitarla del fuego y

cuando volvió, él ya se había ido.

 

DURANTE ALGUNAS SEMANAS, LOS DÍAS TRANSCURRIERON APACIBLEMENTE PARA MAE.

 

Limpiaba la casa por la mañana temprano y trabajaba en los campos hasta el

mediodía. A la hora de comer o a lo largo del día, encontraba tiempo para estar con el

señor Ken. Por la tarde, Mae y An visitaban a los vecinos con su mapa de preguntas y

bebían té hasta muy tarde.

Después de acompañar a An a casa, Mae aprendía a usar la televisión. Vio que

había cientos de cosas que podía hacer con la tele. Podía usarla para vender o

comprar, como teléfono, para hablar con alguien o para dejar mensajes de voz. En un

año, sería capaz de usarla para crear material para aeroemisiones.

Las aeroemisiones eran algo parecido a las películas, pero estaban traducidas al

formato. Iban directamente a la cabeza de la gente. O sea, que habría versiones en

aeroemisión de películas.

Y versiones en aeroemisión de anuncios, pensó Mae. Todos los anuncios, si los

mirabas bien, tenían algo llamado «protección de intimidad». Así que Mae empezó a

preguntarse: ¿cómo se hace eso en Aire, si está dentro de tu cabeza?

Intentó comprar piezas de tela en línea, pero necesitaba algo llamado «tarjeta de

credibilidad», y habría sido aún más fácil si hubiera tenido la «tarjeta inteligente».

Kwan le frotaba los hombros.

—El mundo ahí fuera se ha hecho más grande. En realidad, hay dos mundos: uno

que puedes ver y otro que la gente se ha inventado, más grande aún que el real. Lo

llaman «info».

Y Mae sintió nacer la ambición.

La ambición de pertenecer a ese mundo, de saber cómo funcionaba, la ambición

de saber cómo usar la televisión y la Red, y de ver cómo Aire le daría alas a todo eso.

Con un deseo rayano en la desesperación, quería ser la primera, quería saberlo todo,

quería ser la dueña de todos sus secretos.

Aprenderé, se prometió a sí misma.

Kwan se fue a la cama y Mae siguió aprendiendo y repasando cómo hacer que el

sistema de cuentas funcionara. Hacía preguntas equivocadas, la máquina se atascaba

por su forma de decir algunas cosas, se le olvidaba todo el tiempo lo que era «for mu

lah», y cómo entrar allí, pero sabía que significaba que los números se sumarían

solos. Se acordó de Siao, el hermano de Joe, y se preguntó qué pensaría de todo esto.

Aprendió que podía guardar imágenes de la Red o del vídeo. Aprendió que podía

cambiarlas de color. Aprendió que podía usar la cámara para copiar cosas del mundo

real y cambiarlas.

Sobre todo, se dio cuenta de que no necesitaría nunca saber leer o escribir.

A las tres de la mañana, cruzando los pies uno delante de otro al caminar, volvía a

casa sudando, como si hubiera estado limpiando el arroz de malas hierbas toda la

noche.

Encontró una nota escrita por su madre en la puerta que decía: «tu madre ha

estado aquí. Se pregunta dónde pasa el tiempo su hija y quiere saber si te dignarías

visitarla». Mae se prometió a sí misma que lo haría. Cuando tuviera tiempo. Siempre

caía rendida en la cama. El señor Ken estaba allí a veces, roncando suavemente, y

ella lo besaba.

Más frecuentemente, dormía sola, y entonces se ponía la almohada que olía a él

entre las piernas.

Y soñaba siempre con el pasado, con hermosas tartas de agradecimiento que no se

entregaban hasta que estaban rancias, o con un vestido digno de un premio olvidado

en un tendedero hasta que el sol lo decoloraba. La sensación de desasosiego persistía

cuando se incorporaba. El día, largo y cálido, comenzaba de nuevo.

La próxima moda de temporada no debía estar lista hasta después de la cosecha,

en octubre. Para entonces, ya sabría cuánto habían ganado Joe y Siao. Podía posponer

la decisión sobre su negocio hasta ese momento.

Mae creía que hacía todo lo que podía.

 

ENTONCES SUNNI DECIDIÓ ENTRAR EN EL NEGOCIO DE LOS VESTIDOS ELEGANTES.

 

Mae llegó a casa de los Kosal para entrevistarlos.

—Oh, la señora Haseem acaba de visitarnos para hacernos las mismas preguntas

—le dijo la señora Kosal—. Mire. Nos ha dejado un folleto.

Fue a buscarlo para enseñárselo a Mae; su cara atenta y sonriente no era del todo

compasiva.

Mae se puso enferma. Lo que más temía, acababa de ocurrir. El enemigo estaba

usando su conocimiento y sus ideas, antes de haber tenido la oportunidad de

completarlos.

Además, Sunni era más rica, tenía más tiempo y una televisión para ella sola.

Mae se quedó de pie en la calle, mirando el folleto, alarmada y descorazonada. A

su lado, An le daba pataditas a la gravilla.

—No puedo soportar leerlo —dijo Mae, y se lo pasó. ¿Sabía An que ella no sabía

leer? Quizá sí. Lo leyó en alto.

 

Moda Genuina para Damas de Verdad

Después de descubrir que ciertos individuos mienten en sus consejos, abrimos

camino a la verdad y a la belleza.

La señora Haseem redefine el modelo de belleza. Al no perder de vista lo que ocurre en el mundo, sabe exactamente lo

que la moda propone. Visite la enfermería de la Doctora en Moda cuando tenga un momento. Vea lo que puede ofrecerle en

vestidos de gala. Están

HECHOS PROFESIONALMENTE POR LAS MEJORES CASAS DE MODA

La doctora la visitará para escucharla con una visión clara y objetiva. No malgaste sus palabras como el grano que se

siembra en tierra estéril. Solo la señora Haseem puede hacer que florezcan en verdes campos.

 

Sunni trataba de destruirla. Mae se esforzó por controlarse delante de An. Miró a las

golondrinas que aún volaban en el cielo de siempre y se calmó un poco.

—Nunca antes había habido un folleto en el pueblo —dijo—. Tengo que

admitirlo, es un golpe arriesgado, muy halagador. Les dice a las clientas: «Usted es

tan importante como la gente rica de la ciudad. Este folleto se ha imprimido solo para

usted».

Era el trabajo de un redactor profesional, pero Mae consideró que eso era malo

por varias razones.

—Ha cometido un error —dijo, manteniendo el tipo delante de An—. Se dirige a

nosotros como lo haría un patrón, y ¿quiénes son esas damas elegantes a las que se

dirige? ¿La señora Wing? Es la única y creo que todavía es amiga mía.

—Sí, ya lo veo —dijo An, pero seguía dando pataditas a la gravilla—. An,

¿puedes ayudarme esta noche? ¿Puedes quedarte hasta más tarde? An se sentó a la

mesa de su cocina y escribió treinta y tres cartas con su hermosa caligrafía en páginas

arrancadas de los libros de ejercicios de Mae, que se encargó de que todas fueran

diferentes.

 

Querida señora Pin,

 

Su marido da de comer a sus hijos arreglando coches y furgonetas. ¿Imagina cómo se

sentiría si un hombre rico escribiera a todo el mundo diciendo: «no llame al señor Pin,

no sabe arreglar nada»?

Sería grosero e injusto. Sunni se da muchos aires y se llama a sí misma

«honorable señora Sunni Haseem». Quiere que se dirija a ella como a una jefa.

A mí puede llamarme Mae, como llamaría a su empleada, porque trabajaré sin

descanso para conseguirle el mejor vestido de gala.

 

A su servicio,

Mae

 

Querida señora Doh:

 

No soy rica y no tengo dinero para pagar a alguien que me escriba las cartas. No me

puedo permitir imprimirlas en la ciudad.

Soy una persona sencilla, a quien le gusta la ropa bonita y quiere que sus amigas

estén guapas. No hace falta que me llame «honorable». Siempre he hecho vestidos

elegantes para mis amigas y los seguiré haciendo.

 

Su amiga,

 

Mae

 

Y finalmente:

 

Querida Sunni:

 

Puede que yo no sea más que una sirvienta, pero creo que aún soy yo quien lleva la voz

cantante en cuanto a moda.

He empezado a llevar chaquetas de hombre y tú también. Estoy haciendo un Mapa de

Preguntas y tú también. El señor Wing trae una televisión y tu marido, tan original,

también.

Me sigues, lo que demuestra que mis consejos en cuanto a la moda son auténticos.

Todo el mundo en el pueblo piensa lo mismo.

Será bueno que haya dos consultoras, porque así ambas nos esforzaremos más. Me

divertiré viéndote trabajar duramente.

 

Tu sierva,

 

Mae

 

Sacudiéndose las manos con rabia, Mae dobló las cartas y las selló con pasta de

arroz.

—Te acompaño a casa —le dijo a An, y después entregó todas y cada una de las

treinta y tres cartas, incluida la de Sunni.

Mae miró a las estrellas, tan brillantes como el alma de su gente. Algo en su

interior se debatía como un pez arrastrado hacia la orilla. Al principio pensó que era

rabia, pero descubrió que era la necesidad de hacer algo más. En lugar de ir a casa,

subió la cuesta hasta la casa de Kwan.

El patio de Kwan estaba vacío, pero en la televisión estaban poniendo una película antigua que no veía nadie. Mae se sentó a trabajar y empezó a hablarle al

aparato. El perro de Kwan comenzó a ladrar. Finalmente Kwan salió, vio a Mae y se

echó a reír.

Kwan se sentó en los escalones en camisón y sacudió la cabeza.

—¡Mae! Acabas de escribirle una carta a todo el pueblo y ahora, ¿qué estás

haciendo?

—Estoy montando una escuela —dijo Mae.

Kwan seguía riendo.

—¿Qué, esta noche?

—Sí, esta noche. Siento que van a barrer el pueblo entero del mapa si no hacemos

algo ahora mismo. Ven y mira.

En la pantalla surgieron las imágenes de cinco plumas. Kwan se acercó por

detrás.

—Las he hecho yo. Son las cinco plumas que Aire te pone en la mente. Haré que

la televisión imite el programa Aire y le enseñaré a la gente a usarlas, que vean lo que

pueden hacer. ¿Qué opinas?

Kwan se quedó callada.

—Estaría muy bien.

—Llamaré a todo el mundo, cuando no estén ocupados. Les diré a los hombres

que vengan después del desayuno, y a las mujeres que vengan después de la comida.

Kwan se empezó a reír de nuevo.

—Se te acaba de ocurrir.

—He sido tonta —dijo Mae—. Todos tenemos que aprender, Kwan, o Aire

llegará y nos usará a nosotros y no al revés. —Sintió una especie de pánico. Sintió

algo semejante a volar.

—Audio. Póster. Fotografías —ordenó—. Pájaros. Golondrinas. Azul sobre

blanco. —Las palabras volaban hacia la pantalla como golondrinas. La pantalla le

devolvió la silueta de un pájaro.

—Abrimos la escuela aquí, ¿eh? ¿De acuerdo?

Kwan asintió.

Las palabras de Mae se convirtieron en un cartel.

 

Escuela Golondrina

SEA COMO UNA GOLONDRINA

APRENDA A VOLAR EN EL AIRE

 

La señora Chung Mae ha estado en las profundidades de Aire. Ha aprendido mucho sobre el funcionamiento de la televisión y quiere que sus amigos sepan usarla también. Ella les enseñará gratuitamente cómo funciona Aire por medio de mi televisión.

 

1. Los hombres vendrán justo después del desayuno.

2. Las mujeres vendrán justo después de la comida.

3. Los mocosos alborotadores vendrán después de la escuela y no antes.

Señora Wing Kwan

 

(Honorable señora Sunni, no necesita un redactor ni una imprenta para hacer un

folleto. Mae le hará uno).

 

Kwan estaba muerta de risa. —Imprimir —dijo Mae—. Treinta y tres copias. —Dos

copias se alinearon juntas en una hoja de papel. Se oyó un zumbido y Kwan sacó el

papel del aparato—. Mae —le dijo, leyéndolo—. Eres un milagro. Mae sintió el

triunfo.