Aire
Capítulo 26
26
MAE, SIAO, EL SEÑOR KEN Y SUS NIÑAS FUERON JUNTOS A LA CELEBRACIÓN.
Eran un nuevo tipo de familia. El señor Ken se adelantó, engatusando y calmando a
las niñas que estaban fuera de sí, impacientes por llegar a la plaza para reunirse con
sus amigas.
Llevaba los brazos llenos de barquitos de papel, cada uno con una velita de
cumpleaños colocada dentro. Las niñas saltaban e intentaban cogerlos, como si
estuvieran llenos de chocolatinas.
—¡Con cuidado! ¡Cuidado! —dijo el señor Ken—. Las velas están sujetas solo
por un poco de cera, y estas son para la tía Mae y para Siao, también.
—Dame el mío —dijo la mayor, intentando parecer más adulta. Cogió un barco
con delicadeza del montón del padre y lo miró con ojos expertos—. ¿Qué pasa si la
vela se cae y se quema el barco?
—Ah, eso da mucha suerte, significa que tu deseo llegará al cielo mucho antes.
Mae pensó: Creo que Kuei se lo acaba de inventar.
Estaba tan guapo, con el pelo peinado, la camisa nueva que marcaba sus hombros
anchos y unos pantalones nuevos que cubrían sus piernas bien formadas.
Mae y Siao caminaban tras él, cogidos de la mano.
Siao la había visto mirarle y se rio.
—Te he descubierto —dijo, bromeando—. Sé que tienes un amante, pero no estoy
seguro de quién puede ser.
—Ah, me has pillado —dijo Mae. Siguió la broma, pero siempre le sorprendía la
capacidad inusitada de Siao de convertir las cosas más dolorosas en una broma.
—La gente dice que una vez tuviste un lío con mi hermano Joe —dijo Siao.
—¿Joe? No seas tonto. Quizá cuando era más joven y más moderno. Solo me
gustan los hombres modernos.
—Ah —dijo Siao, que llevaba el traje gris de albañil incluso para esta gran
ocasión—, eso es lo que ves en mí.
Le sonrió con su hermosa cara felina. Tenía la belleza típica del pueblo, como la
de la señora Tung. Amo a mis dos hombres, pensó Mae.
Ella caminaba, voluminosa por el embarazo y llena de contento. Me siento como
una oveja en los pastos en época de cría.
—¡Honorable señora Chung! —la llamó alguien. La señora Hoiyoo, la hermana
de Kwan, la saludaba desde lo alto de una ventana—. ¡Su vestido de fiesta es
precioso!
Era muy airoso, con bordados.
—¡Me lo ha hecho Shen Suloi! —le respondió Mae.
—Las niñas están emocionadas.
—Están como locas. ¡Nos vemos allí!
La plaza del pueblo ya estaba llena de gente. Las hijas del señor Ken vieron a sus
amigas, gritaron y echaron a correr, agarrando sus barquitos de los deseos.
La plaza del pueblo se acababa de pavimentar con adoquines de color miel.
Habían metido en vereda al antaño caprichoso riachuelo, construyendo un canal
ornamental en zigzag. El puente que se había desprendido desde su lugar original en
la calle Alta hasta la calle Baja, se había vuelto a asentar firmemente en su lugar
original, y se le habían colgado unas luces.
Antes, las luces se colgaban en El Único, y los niños se columpiaban subiendo
cada vez más alto, sobrevolando a los asistentes a la fiesta. Los niños ni siquiera
echaban de menos el árbol.
—¡Papá! ¡Necesitamos más cinta adhesiva!
Genghiz Atakoloo gritaba casi al borde del andamiaje que iba a sostener las
televisiones de todo el pueblo, para que todos pudieran verlas. Su padre, Enver
Atakoloo, se atusaba el bigote blanco. Mae recordó que la primera vez que le gustó
alguien de verdad fue el señor Atakoloo, que en aquellos días era fuerte como un
toro, tenía los ojos negros y una barba negra incipiente. El día terrible en que mató al
señor Pin y se lo llevaron a la cárcel, Mae lloró. Joe se acercó por detrás y le dijo que
tenía que acostumbrarse, porque algún día él iba a matar a alguien e iría a prisión,
también.
—Echo de menos a Joe —le dijo Mae a Siao.
—Lo sé —dijo Siao, y le apretó la mano.
Mae tosió bilis, y se puso el pañuelo en la boca.
Dawn vino dando saltitos, tirando de su madre, la señora Ling.
—Mi madre dice que ya no eres guapa —se rio Dawn.
—¡Eh! —exclamó la madre.
—Dice que te has convertido en imán. —Dawn se tronchaba de risa—. ¿Dónde
tienes el turbante? —siguió bromeando.
—Mae —dijo Ling, disculpándose.
—Está bien que te llamen imán —dijo Mae encogiéndose de hombros.
En ese momento, Kwan llegó con Sunni, y las mujeres se dieron un rápido
abrazo. También abrazaron a Ken, a Siao y a las niñas.
—¡Bueno! —suspiró Kwan—. Aquí estamos todos.
—No todos —dijo Mae.
Pensó en Sezen, en Kai-hui, en la señora Tung, en la anciana señora Kowoloia.
En la radio de un coche estaban poniendo Lectro de Balshang.
—Oh —dijo Kwan—. Desde luego. —La canción estaba terminando y una
talento celebraba la llegada de Aire sin cesar, era el Aerodía, y el aire estaba a 27
aerogrados.
La comida le llegó a Mae andando, en los brazos de los hijos de Pin. La gente se
colocaba el cuello para saludarla.
La joven señorita Doh se acercó, deseosa aún de amor.
—Este es tu día —le dijo a Mae.
—¡Tenemos tanta suerte! —respondió Mae.
—¿Suerte? ¿Kizuldah? —dijo la joven señora Doh.
—Estamos muy arriba, así que tenemos lluvia, no vivimos en el desierto. Nuestra
gente tuvo que luchar para quedarse aquí, ya lo sabes. Este es el mejor
emplazamiento. —Mae miró las colinas arrasadas—. Hemos estado a salvo de la
locura hasta el mismo final.
Mae miró a la señorita Doh y vio que no se sentía afortunada, aislada en las
montañas, pero era importante que lo entendiera.
—Somos los últimos, ya lo verás —dijo Mae—. Los últimos seres humanos.
Después de esta noche todos seremos diferentes en todas partes.
El salón de té tenía una marquesina nueva, y había puesto mesas y sillas sobre el
nuevo adoquinado. Los hombres jugaban a las cartas o al dominó, algunas mujeres
hacían punto. Mae notaba una agitación constante en el vientre. De pronto se sintió
mal y se encogió ligeramente.
—Vamos a sentarnos un poco, ¿eh? —sugirió Sunni.
El señor Alí se levantó y le cedió la silla. Mae se colocó, sujetando aún la mano
de Siao. Kwan chispeaba como un cuchillo al que estuvieran afilando. Miró a Sunni y
esta se levantó para ir a buscar algo o a alguien.
—Me pregunto… —empezó Mae. Había mucho que preguntarse: dónde estaba
Joe ahora y qué estaba haciendo; qué haría Sezen con Aire si estuviera viva; qué le
pasaría al pueblo de Mae después de Aire.
Suloi cogió una silla, luego la señora Pin y la señora Doh hicieron lo mismo. El
Círculo se reunió rápidamente, con un ruido de arrastrar sillas. Sacaron las pipas de
arcilla y el tabaco. Siao se apartó y le ofreció un cigarrillo a Kuei.
La charla era ligera y distante, acerca de Soong Chang, que iba a casarse con uno
de los chicos Pin. La señora Pin debe estar emocionada. ¿Seguían adelante los
planes?
Siao se levantó y estiró el cuello intentando que alguien lo mirara.
—No debería haber comido nada —dijo Mae. Dejó el plato.
La comida era fuego, le quemaba el estómago ulcerado.
—Ay, todas estas emociones —dijo.
Sunni volvió con la señora Kosal.
—El baño nuevo de mi casa ya funciona, Mae, si necesitaras usarlo.
Como movidos por una señal, Siao, Kuei y Kwan se colocaron a sus pies.
—Vamos, Mae, querida, deberías ver cómo ha arreglado la casa la señora Kosal.
Mae se rio:
—Solo necesito usar el baño.
La señora Hoiyoo apareció también. La hermana de Kwan se había convertido en
una gran amiga desde la noche de la inundación. Por alguna razón, llevaba una toalla.
—Todos queremos ver la casa nueva —dijo Sunni—. Es mejor que quedarnos sentadas hasta las once en punto.
En las radios de alrededor, Yulduz entonaba una canción acerca del destino, algo
de que el destino de una nación es como el de una persona.
Así que obedientemente admiraron la pintura de las paredes de la señora Kosal,
estuvieron de acuerdo en que no quedaba rastro del desastre y Kwan se llevó a Mae al
lavabo.
—Son las 10:40 —avisó la señora Kosal. Sonrió nerviosa.
—No tengas miedo —le dijo Mae.
Kwan y Sunni simularon quedarse boquiabiertas de admiración al ver un baño tan
moderno.
—Oh, qué bien lo han hecho. ¡Mira esto!
—Tan cómodo y tan higiénico —dijo Kwan.
—Agua caliente —dijo Sunni, con aprobación.
—Voy a vomitar —avisó Mae, tímidamente. Quería que se fueran.
—Pobrecita —dijo Kwan, quedándose con ella. Le dio unas palmaditas en la
espalda. Miró a Sunni y esta echó a correr.
—Estoy bien —dijo Mae.
—¿Se está moviendo? —preguntó la señora Kosal.
Mae se inclinó hacia delante y la deliciosa ensalada de pescado de la señora Pin
salió disparada de su boca, entera y reluciente.
—Bueno —dijo Mae—. Ya está.
Sunni, sonriente, asomó la cabeza por la puerta.
—¿Podemos entrar? —preguntó alegremente. Apartó a las mujeres y Ken Kuei se
abrió paso torpemente y luego se calmó, aliviado. Siao se quedó detrás de él,
respetuosamente.
—Bah —les dijo Mae a todos—. El baño de la señora Kosal no es más interesante
que Aire. Vámonos todos fuera o nos perderemos el espectáculo. —Miró a Kwan—.
Me encuentro mejor, de verdad.
Esta vez la llevaron los dos hombres, uno de cada lado, por el brazo.
Mae preguntó:
—Kuei, ¿qué hay de las niñas?
—Están bien, con sus primas. Piensa en ti misma, por una vez.
Fuera de la casa había una multitud. Estaban de pie, en silencio, de espaldas a las
pantallas, a los faros de los coches, a las radios y a la comida. Todos miraban hacia la
casa de la señora Kosal, esperando a Mae.
—Está bien —les dijo Kwan a todos, con vocecilla cantarina.
—Y el baño de la señora Kosal es muy moderno —dijo Mae, lo que les hizo reír.
Hatijah se adelantó con un barco de papel. Había empezado a vestir con
pantalones negros, como la hija.
—Honorable señora Chung —dijo—, ¿ha pedido un deseo?
—¡Ay, no! Se me ha olvidado —dijo Mae, y cogió el brazo de la señora Ozdemir, agradecida.
—Deprisa —dijo Kwan. Parecía que toda la multitud apremiaba a Mae para que
se uniera a la pequeña corriente que formaban.
Desde la inundación, la torrentera era más pronunciada. El arroyuelo se había
canalizado con unos muros hasta el borde de la plaza, donde caía como una cascada.
Mae se arrodilló junto a él y tuvieron que ayudarla. El fuego en su interior ardía otra
vez.
—¡Quiero otro barquito! —exclamó Mae—. ¡Uno para el bebé! —Miró hacia
atrás y allí estaban todos los del pueblo. Shen se había unido a su mujer y todos los
niños Pin se agrupaban alrededor.
—Toma el mío —dijo Ling Dawn.
Dos barquitos de papel con velas de cumpleaños.
—Primero enciende las velas, o los barcos se irán antes de encenderlas —le dijo
Dawn.
Kwan le dio un encendedor. Mae prendió la primera vela y dejó marchar el barco.
El barquito estaba hecho a la antigua. No parecía empaparse de agua, era estable, y
partió girando, llevando fuego. Encendió el segundo, un poco intimidada con toda
aquella gente mirando, y lo soltó, algo separado del anterior.
—Ya está, se acabó el espectáculo —dijo, poniéndose en pie. Se volvió y vio
ambos barcos caer de pronto por el desnivel.
Entonces, aquello continuó.
El estómago entero se le levantó, denso como un almohadón duro. Sintió un
pellizco en la tripa y algo se rompió. Vino otra oleada; notó cómo el esófago se le
agarrotaba y se relajaba, empujando como una serpiente. Algo se contrajo y el
intestino empezó a golpearla.
—Ya viene —consiguió jadear.
En el andamio, la televisión de Kwan estaba encendida mostrando la cara
agresiva de la talento.
—Ya casi ha llegado —pregonaba la talento—. En dos minutos, se producirá la
segunda llegada de Aire. ¿Están todos contando?
Su vocecilla aguda y potente empezó a contar.
—Un minuto y cincuenta y siete segundos.
La pantalla mostró a las multitudes reunidas fuera de la Asamblea Nacional de
Balshang. El presidente estaba contando.
Mae vomitaba y vomitaba, pero nada se movía. El pecho crecía.
En Singapur un dragón danzante se movía entre la multitud.
¡Empuja!
La anciana señora Tung luchaba con ella.
El dragón interior se movía. El bulto se irguió y Mae no podía respirar.
Todo su cuerpo se alzó y luchó. Kwan gritó algo. Mae notó unas manos en sus
muñecas, estaba empapada en sudor; nadie podía oírla, tenía calor y sudaba a mares.
—Un minuto, treinta y cinco segundos.
En Nueva York, la gente se había cogido de la mano y cantaba:
—«He oído las noticias hoy, Dios mío…».
En Kizuldah, los fuegos artificiales del señor Wing estallaron, crepitando sobre
los viejos campos. El fuego azul y blanco bailaba en el aire, humeante, dejando un
rastro que parecía nieve hecha de luz. La luz también danzaba en el agua. Los campos
de regadío estaban llenos de barquitos de fuego que dibujaban la línea de las antiguas
acequias.
Mae hinchó el pecho para inspirar aire. Se oyó un ruidito seco, algo reptaba hacia
arriba y sobre la cosa que tenía en la garganta. Rugió otra vez con el sonido del
vómito y se dobló.
Cuarenta y nueve segundos.
En Japón, habían hecho un edificio nuevo de madera para celebrarlo, y los globos
oscilaban, deseando que los soltaran.
El fuego le quemó el interior de la nariz. Toda ella se tensó, empujando: su
vientre nuevamente vacío y hambriento, el esófago lastimado. Todo cambió, y algo se
le atascó en la garganta, como todo lo que Mae había querido decir siempre:
Te quiero, Kuei, te quiero, Siao.
Kwan, eres una amiga de verdad.
Sunni, lo siento. Somos amigas, ¿verdad?
Sezen, soy tu madre.
Joe, siempre serás mi marido.
Algo explotó como una burbuja.
—Solo diez segundos.
Las rodillas le fallaron; algo salió, algo que estaba encajonado. Sintió cómo se
movía con un ritmo propio; el envoltorio se rasgó y algo azucarado salió hacia fuera
súbitamente.
Kwan gritaba entre todo el ruido y le acariciaba la garganta.
—Ya viene. Está dando a luz por la boca.
Entonces llegó la inundación.
Un resplandor, una caída hacia atrás y una cascada de sensaciones de sonido,
gusto e imágenes se alzó del interior de la tierra, prendiéndose fuego. Una inundación
de Aire rugió en su cabeza con un sonido de campanillas, llevándose por delante los
daños del formato antiguo.
Mae pensó: Esta vez funcionará bien, esta vez no hay peligro.
La gente recibió la impronta de nuevo.
Gracias a Mae era aún el formato de la ONU. No fue el formato lo que le hizo
enfermar, sino el programa de correo. No se necesitaba un formato diferente. Ella le
había escrito a Bugsy para contárselo, y Bugsy había escrito un segundo artículo que tuvo gran repercusión: «¿Queremos que una empresa se adueñe de nuestra alma?».
Había voces en el aire, parecidas al canto de los pájaros, y gritaban en todos los
idiomas: «¡Hola! ¡Hola! ¡Hola!».
Mae las entendió, entendió todas las lenguas; saboreó el gusto fuerte de Nueva
York, la contención y el orgullo de Japón, las olas de sal de su propia gente.
Y a Bei Toh Veng.
—¡Ven y canta el Himno a la Alegría!
Aire floreció tan suavemente como el conocimiento mismo; se aprendía un
concepto tras otro, y la ignorancia se iba curando como una herida supurante. Los
coches, los teléfonos, los reyes de Inglaterra, el yen japonés, el euro, el transbordador
espacial, las moléculas de hierro y los viejos discos de ordenador.
Los espíritus alborozados llegaban corriendo incluso cuando Mae se contraía y se
asfixiaba por última vez.
—bugsy@buenasnuevas: ¡Chica! Cariño, ¿lo has conseguido?
—¡Mi niño! ¡Acabo de tener a mi niño!
Bei Toh Veng resonaba, Bugsy hizo un baile virtual en el aire, y Mae miró hacia
abajo, bajo una luz que chisporroteaba.
—tunch@kn: Bien, Mae, usted gana. Me ha ganado incluso a mí. Todos hemos
ganado.
—chung@arm: Hola, mamá, enséñanos Kizuldah. ¡Podemos verlo con tus ojos,
mamá!
Mae miró lo que colgaba de su boca. Sunni le sujetaba una mano, Kwan la otra, y
Ken le rodeaba la espalda con el brazo.
El recién nacido era diminuto, del tamaño de una mano. ¿Cómo había encogido
tanto? Estaba ennegrecido, quemado por los ácidos. Los deditos parecían estar
fundidos, los pequeños genitales eran una sombra de carne atrofiada y los ojos
estaban quemados y cerrados.
El niño sonrió con placer, alegre, asombrado.
Habían formateado al niño.
Estaba lleno de Beethoven, de la historia de Karzistán, de las voces histéricas de
alegría de Pekín, de un nuevo frente de música Colab que se extendía por el paisaje
desde Nueva York. Una mano amorosa súbita, enorme y cálida lo envolvió. Mae le
habló a su bebé a través de Aire.
—Mi pequeño futuro. Estás ciego, pero no necesitarás ver, porque todos podemos
ver por ti, la vista y los sonidos pasaran a ti a través de nosotros. No tienes manos,
pero no las necesitarás, porque tu mente controlará los aparatos, y ellos serán tus
manos. Tus oídos también están quemados, pero oirás más en una hora de lo que
nosotros hemos oído en toda nuestra vida.
»Soy tu madre.
Entonces, Mae miró hacia arriba.
—Estás viva —dijo Kwan.
—Todos estamos vivos —dijo Mae, y cogió al niño que aún colgaba. Su padre lo
alcanzó, lo sujetó y lo meció.
—¡Quema! —se rio Kuei—. El niño quema. —Lo acunó contra su pecho.
La luz parpadeó y chisporroteó por última vez; los fuegos artificiales de Kizuldah
se redujeron a nada. Kwan le dio un tirón a Mae. Ella, Kwan, Sunni, Siao, Kuei y su
nuevo hijo, la anciana señora Tung, todos, se volvieron y caminaron juntos hacia el
futuro.
Terminaste Aire
Geoff Ryman
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