Aire

Geoff Ryman · Capítulo 12 de 27

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Aire

Capítulo 11

11

 

A LA MAÑANA SIGUIENTE, EL SEÑOR OZ Y MAE SE ENCONTRARON CON DOS GRUPOS DE HOMBRES ARMADOS EN EL PATIO DE LA SEÑORA WING.

 

De un lado estaban el profesor Shen, el señor Koi y el señor Masud. Eran todos eloi o

musulmanes.

Frente a ellos estaban el señor Mack, el señor Pin, el señor Alí y el anciano señor

Doh.

Shen dijo:

—Vamos a detener esto.

Mae interpretó la situación: el señor Alí era del partido de Sunni y estaba aquí

para salvar el televisor de Kwan. ¿Una alianza tan rápida contra Shen? El señor Alí

había traído su propia pistola, lo que significaba que Shen ya había amenazado al

señor Haseem. Se oyó un clic. El señor Wing, delgado, moreno y de aspecto duro, se

apostó en lo alto de la escalera. Llevaba un rifle ruso con el percutor levantado. Dijo:

—Eso no le pertenece, Shen.

Desde detrás de él, Enver Atakoloo dio un paso al frente. También tenía una

pistola.

Mae se adelantó, se inclinó hacia ambos grupos en señal de respeto y le dijo con

calma a Shen:

—¿Detener qué, profesor?

Shen señaló la televisión.

—No queremos eso en nuestro pueblo.

—Estoy segura de que es a los hombres a quienes corresponde decidirlo —dijo

con dulzura. Tenía una voz que usaba con los hombres solo en ocasiones, como hacen

los gatos con los humanos—. Pero, profesor, piénselo. No podrá evitar que Aire

comience a emitir.

El Hombre de la Central consideró que había llegado el momento de intervenir y

hacer valer toda su autoridad.

—La señora Chung tiene razón. La televisión los ayudará a prepararse para el

próximo abril.

Mae quería sonreírle y llorar al mismo tiempo. Pobre chico, esto está pasando

porque tú has venido. Serás invisible para ellos, como un ángel. Intocable, sí, pero

también invisible.

La respuesta de Shen fue simplemente caminar hacia la televisión alzando la

culata para destrozarla.

El cielo se abrió. Las armas le sonaron como los petardos, una explosión y un

chasquido. Siempre la había sorprendido lo pequeñas que eran.

Ahora, el sonido de un disparo atrapado en el patio retumbó en el recinto. Mae

saltó, con las orejas tapadas. Dios, por favor, que nadie esté herido. Miró hacia arriba. Las pistolas apuntaban al cielo. En todos los alrededores los pájaros revolotearon

asustados, chillando y graznando.

Todos permanecieron inmóviles en el patio; el aire se heló.

Mae soltó:

—Por lo menos ahora ya no hay pájaros en los arrozales. —Fue lo primero que se

le ocurrió.

El señor Doh, el señor Alí y el señor Mack estallaron en carcajadas.

—Es verdad —añadió Mae, confusa. El señor Mack asintió: sí, era verdad.

Shen se quedó de pie, temblando, con el rifle aún levantado.

El señor Wing le advirtió:

—No se convierta en un vándalo, Shen. El hombre del Gobierno es testigo,

acabará en los tribunales, y no será porque nadie lo haya traicionado, ¿eh? No sea

loco.

Shen apuntaba, pero era difícil saber si le apuntaba a Wing o a Kwan.

—¡Tú… aléjate… de mi mujer! —exigió.

Las risas cesaron. ¿Qué?

Wing estaba perplejo.

—¿Qué nueva locura es esa, profesor?

Silencio. Desde el extremo este del pueblo llegaba el rugido de una moto.

Kwan se levantó de su diván y fue hacia el descansillo.

—Se refiere a mí —dijo—. Suloi y yo estamos trabajando juntas en un proyecto.

Mae sintió celos. ¿Kwan y la esposa de Shen? ¿Cuándo? ¿Qué estaban

haciendo?

Hay algo que mi amiga Kwan no ha querido decirme.

El ruido de motocicleta aumentaba. El novio de Sezen entró en el patio montado

en la moto, llevando a Sezen detrás. Otro chico malo del pueblo desecado de

Kurulmushkoy los seguía, en una moto negra y grasienta. El novio gordinflón de

Sezen se bajó de un salto. Llevaba un trozo de tubo y amenazó:

—El aparato se queda.

Shen estaba en minoría. Miró a los ancianos del grupo.

—Mirad la clase de elementos que resultan de esa cosa. —Shen empezó a llorar

—. ¡Miradlos! Creen que están en una película de Hong Kong. ¡Pistolas y

motocicletas! Así es como será el mundo a partir de ahora. Mujeres corriendo

desenfrenadas con ideas locas. Chicos salvajes que viven sin control.

Una división se abrió paso en la cabeza de Mae; la sangre había encontrado una

nueva forma de fluir. Recordó al pequeño Shen cuando se dejaba llevar por la ira. Lo

veía como un angelito necesitado de protección. Los ojos se le nublaron como si los

tuviera llenos de leche, se le hizo un nudo en la garganta y la voz se le volvió

cavernosa.

—Siempre ha sido así —se escuchó a sí misma decir. Tuvo la sensación de estar

sentada escuchando a otra persona.

La voz que surgía de su interior habló.

—Un gran cambio siempre ha sucedido a otro, pero nos gusta creer que el mundo

que conocemos es permanente. Shen, mi pequeño, tan inteligente. Tu mundo

comenzó cuando los rusos barrieron a los chinos. Antes de que nacieras, los eloi

estaban en guerra contra los chinos. La guerrilla invadía nuestras casas. Fusilaban a

nuestros maridos acusándolos de rebeldía, por apoyarlos. Teníamos que darle el grano

a la Guardia Roja, y antes de ellos estaba el terrateniente. No hay forma de volver

atrás, Shen. Mi niño brillante. ¿Eres aún demasiado joven para verlo?

Shen la miraba como a un fantasma. Las lágrimas se le habían congelado en la

cara, al volverse espesas por la sal a la luz del sol.

Mae empezó a sentirse mareada, separada de su propio cuerpo. Los dedos se le

habían dormido.

—No puedes traer el pasado al presente. ¿Cuál de los mundos del pasado traerías?

El Hombre de la Central la miraba. Mack, Doh, todos se miraban los zapatos.

La frente de Mae se cubrió de gruesas gotas de sudor. Se le oscurecía la visión, se

volvía arenosa.

—Tengo que sentarme —dijo, y se desmayó.

 

MAE SE DESPERTÓ EN LA HABITACIÓN DE INVITADOS DE KWAN, RODEADA DE COJINES.

 

Con expresión ceñuda, Kwan le secaba la frente.

—Hemos salvado la televisión —dijo.

El negocio siempre presente. Mae respondió:

—Tenemos a la gente de Sunni de nuestro lado.

Kwan asintió animadamente.

—Lucho contra mi hermano hasta que mi primo le ataca.

—El Hombre de la Central los ha asustado.

—Todo los asusta —dijo Kwan con verdadero desprecio—. Los profesores no me

inspiran ningún respeto.

Mae se rio.

—Lo disimulabas bien en el colegio.

Kwan se encogió de hombros.

—Eran los que mandaban.

—¿En qué andáis la señora Shen y tú?

Kwan se detuvo, torció la boca.

—Debería habértelo dicho —dijo.

Mae se lo esperaba. La infoavidez hacía que la gente ocultara cosas.

Kwan suspiró.

—Suloi y yo hemos puesto pantallas en la Red.

Mae no entendió lo que quería decir.

—Ponemos pantallas acerca de nuestra gente. En la tele.

Mae se sentó, asombrada.

—¿Que habéis hecho qué?

Kwan le devolvió la mirada, un poco nublada por la culpa y por la rebeldía al

mismo tiempo. No era asunto de Mae.

—Incorpórate, ya estás bastante bien para ver —le dijo. Se puso en pie sin esperar

a que Mae la siguiera.

Mae caminó por la habitación a oscuras, siguiendo a Kwan hasta el porche.

Habían trasladado la televisión del patio al rellano. Tenía un arañazo en un lado.

Abajo, en las losas del patio se veía una mancha oscura brillante. ¿Sangre? ¿Grasa?

Los dedos de Kwan bailaban en un teclado. En la pantalla, tamborileaban unas

palabras en inglés.

—Audio. Salida karz. Entrada eloico —ordenó Kwan—. Bajar el volumen.

Entonces dio unas órdenes en el idioma de su gente. Su idioma consistía en

chasquidos y graznidos como los de los cuervos, y convertía a Kwan en otra persona,

menos considerada, más apremiante.

Una foto de bordados eloi apareció en pantalla.

La televisión susurró como si tratara de conservar un secreto.

—El pueblo eloi es una raza antigua que en la actualidad vive en la región

montañosa de Karzistán. Karzistán está en la frontera entre China, El Tíbet y

Kazajstán. Estas pantallas han sido creadas por los propios eloi.

En las pantallas se ofrecía «Arte». En «Arte» Suloi y Kwan cantaban con una voz

muy aguda. En un vídeo, contaban relatos antiguos, mientras las palabras en inglés

bailaban alrededor. Había pantallas con diseños de tatuajes. La voz paciente de Kwan

explicaba su significado y Mae reconoció la claridad y la complejidad de sus

contornos. Los había dibujado Kwan. Sus diseños, como ella, eran contenidos y hasta

cierto punto, privados.

Luego explicaban el significado de los bordados de los petos eloi. Los hombres

solteros y sus prometidas los llevaban con collares. «Vean», dijo la televisión, «que

las cuentas forman líneas rectas paralelas que simbolizan dos vidas en conjunción».

Fotografías de fuertes antiguos, cuentos de héroes eloi que lucharon contra los

cosacos, los turcos y los chinos. Una historia de guerras.

Había una sección dedicada a los «héroes», hombres que lucharon contra los

comunistas.

—Poca gente en Occidente se enteró de un conflicto que duró varias generaciones

y acabó con la derrota de los comunistas y la creación de la nueva república. Creímos

que sería para todos, no solo para la mayoría Kazirstaní.

Por debajo de la voz de Kwan, los pastores comenzaron a cantar. Cantaban al

heroísmo, a la vida en las montañas y rezaban a todos sus dioses; fumaban cigarrillos

muy finos en el viento gélido, a la luz de las estrellas. Los héroes que hicieron rodar

grandes rocas sobre la cabeza de los soldados, para descubrir después que los cuerpos

aplastados eran los de sus primos reclutados por el Ejército comunista.

Mostraban fotos fundidas en blanco y negro. Los rostros de jóvenes eloi muertos

miraban al cielo, sin barbilla. Jóvenes eloi vivos en medio de un tiroteo, en cuyos

ojos ardientes se leía un mensaje: «quizá muera, pero valdrá la pena. Somos los que

detuvieron a los chinos y a los árabes. Los Eloi somos la gran fuerza secreta del

mundo contra los tiranos».

¿De dónde había sacado Kwan esas fotos?

Entonces recordó al padre de Kwan, el querido y venerable señor Kowoloia.

El querido y venerable señor Kowoloia debía de haber sido un terrorista, por eso

Kwan tenía esas fotos. Las había guardado en secreto.

Así que por eso quería que el Hombre de la Central se fuera.

—Kwan, ¿te parece sensato? —le preguntó Mae.

—El sitio está blindado contra toda instrucción en karzistaní. Solo se puede

acceder en eloi o en inglés.

Apareció el vídeo de la mujer karzistaní en el apartamento nuevo de Balshang. La

voz grabada de Kwan se endureció.

—Escuchen atentamente a la mujer eloi separada de su gente, cómo elogia los

frigoríficos. Su voz suena falsa, se lee el miedo en sus ojos. Porque lo sabe; sabe que

están destruyendo a su pueblo.

Mae miró sobre su hombro. ¿Qué pasaría si el hombre del Gobierno lo oyera?

Miró hacia atrás y vio que las manos de Kwan estaban apretadas en dos puños

pálidos; la piel sobre los nudillos era de un blanco mortecino. De rabia.

—Hacemos un llamamiento al mundo. No permitan que este pueblo grande y

hermoso desaparezca de la Historia. Solo le pedimos que muestre interés por

nosotros, como se interesaba cuando controlábamos los pasos de la Ruta de la Seda

hacia China.

—Hibernar —ordenó Kwan.

Mae respiró.

—Mantendré alejado al espía. —No me extraña que no me lo hayas contado.

Di la verdad, Mae.

—Me da envidia —dijo Mae—. Yo tengo una idea vaga sobre cómo hacer todo

eso, y tú vas y lo haces. ¿Cómo?

—Cuando te ibas —dijo Kwan.

—¿Todos los días desde las cuatro hasta las siete de la mañana?

Kwan asintió.

—Suloi y yo juntas.

—¿Wing no lo sabía?

—Le daba igual —dijo Kwan, y se puso de pie con elegancia, digna. Es eloi,

pensó Mae. Cada átomo de su alma es eloi, y yo no lo sabía, no la conocía. Está

blindada, como sus pantallas. Tienes que hablar eloi para tener acceso.

—¿Me… me enseñas a hacerlo? —Mae ardía en deseos de saber.

Kwan estaba exhausta por el esfuerzo de la confesión y el agotamiento que la seguía.

—La tele te enseñará mejor que yo —contestó. Tomó la mano de Mae y le dio

unas palmaditas, como disculpándose. No te sorprendas, querida Mae, pero al fin y al

cabo tú eres china: el enemigo.

Kwan encendió un cigarrillo. Se quitó una hebra de tabaco de la punta de la

lengua.

—Lo que interesa de verdad es saber cuál es la naturaleza de nuestra alianza con

Sunni.

Mae movió la cabeza. Todo iba demasiado deprisa.

—No muy fuerte —repuso.

Kwan se volvió a Mae.

—¿Quieres destruir a Sunni?

—Ella intenta destruirme a mí —dijo Mae.

—¿Quieres verla en la miseria?

Mae se encogió.

—No, no quiero ver a nadie del pueblo en la miseria. ¿Por qué?

Kwan estaba muy rara. Se desenroscaba como una serpiente, separándose de la

televisión.

Kwan suspiró.

—La televisión no es gratis, ¿sabes?

Mae esperó.

—Se cobra como llamadas a un teléfono móvil. Cada vez que eliges algo, pagas.

El subsidio de nuestro gobierno paga las facturas de teléfono del señor Wing para que

el pueblo entero la use, pero a los demás la compañía de teléfonos les cobra. Nosotros

lo administramos.

Kwan desdobló un papel azul que parecía oficial.

—Se lo dije a Faysal Haseem, pero ya sabes cómo es: «ah, tú me cobras el doble,

intentas engañarme, ¡no pienso pagarte!». —Kwan lo imitó a la perfección—. Así

que no se lo repetí. La factura del primer mes es de cincuenta riels.

Mae se quedó igual; o más bien el equilibrio de pesos dejó la balanza a cero.

—Lo necesitamos como aliado. Lo que pensaba hacer era dejarlo llegar hasta los

ciento veinticinco riels y entonces decirle: «La compañía de mi marido cubrirá los

costes, a pesar de que se lo advertimos, si anula el préstamo de Chung Mae».

—Eso hubiera sido muy amable —dijo Mae. Se imaginaba el gesto contenido de

Sunni, como una porcelana frágil, mientras Mae se quedaba con el dinero sin tener

que devolverlo. Ya veía a Faysal Haseem enrojecer.

Y se veía a sí misma en deuda con Kwan de muchas otras maneras.

—Olvidemos la rivalidad —dijo Mae—. Al final, tendrías problemas con el

Gobierno o con la compañía de teléfonos.

Kwan sonrió, contenta.

—Eso pensaba yo.

LA TELEVISIÓN DE SUNNI SEGUÍA ENCENDIDA A LAS ONCE DE LA NOCHE.

 

Parpadeaba en el patio del señor Haseem, mostrando un desfile de moda. Mae ocultó

su sonrisa. ¿Eso era todo lo que Sunni sabía hacer con ella? ¿Elegir programas de

moda?

Solo una persona la estaba viendo. La señora Alí se giró en la silla, vio a Mae y

pestañeó.

—Buenas noches, señora Chung —dijo la señora Alí después de un momento.

—Señora Alí —se inclinó Mae—. Me gustaría hablar con la honorable señora

Haseem.

La señora Alí se lo pensó.

—Le diré que está usted aquí.

—Necesito hablar con ella a solas —añadió Mae.

La señora Alí no respondió, apartó la silla y fue a la cocina de Sunni.

En el patio, la talento hablaba.

—Parece que los colores brillantes adornan la moda occidental una vez más.

¿Quiere eso decir que los diseñadores de Valle Verde van a la cabeza?

Mae oyó voces de verdad murmurar en la cocina. Oyó la voz cavernosa del señor

Haseem, pero calculó que él se quedaría al margen a menos que hubiera alguna

discusión. Si la hubiera, la aprovecharía como excusa para insultarla. No tomaría

parte salvo que le dieran una oportunidad.

Mae no había venido a disculparse. Había venido para que ambas partes entraran

en razón y, aparte de eso, para sacar algo de provecho.

La silueta de la señora Alí se dibujó en la puerta de la cocina.

—Pase, por favor —le dijo con calma. Se apartó de la puerta y agarró al perro

quejica de Sunni cuando Mae se acercó. Mae se inclinó con cortesía y entró en la

habitación.

Una estufa moderna que rezumaba gas puro había reemplazado el antiguo

brasero. Había cortinas nuevas blancas en las ventanitas y una pila nueva de metal.

Todo sugería un gasto reciente. Sunni se sentó tras la mesa, perfecta como siempre,

con el pelo tieso por la laca, que recordaba el casco de un motorista. Parecía tensa,

insegura y arrogante. Mae sintió una lástima por ella que se reflejó en su rostro.

—Hola, Sunni —dijo.

—Espero que tenerte en mi casa sea un placer mayor que la última vez.

Mae sugirió con un gesto: «¿Puedo sentarme?». Sunni asintió, despectivamente.

—La última vez las dos estábamos enfadadas. Ambas dijimos muchas cosas. La

vida va muy deprisa últimamente y parece que aquella noche ocurrió hace años.

Sunni no respondió. Desde luego, no estaba de acuerdo.

—Después de los acontecimientos de esta mañana, creo que tenemos más cosas

en común de las que nos separan.

A Sunni se le escapó una breve mueca; era verdad, pero no le hacía gracia.

—Podríamos cooperar por el bien común. Las dos necesitamos que el pueblo esté preparado para lo que se avecina. Propongo un acuerdo. Hagamos ambas lo que

podamos por que nuestros vecinos aprendan a usar este aparato. Mientras tanto, las

dos somos libres de perseguir nuestros objetivos comerciales.

Sunni no estaba acostumbrada a este tipo de regateo. Mae era consciente de que

hablaba como un hombre. Era la única forma de evitar las trampas de las emociones

de ambas partes y mantener las cosas separadas.

—Hablas como si fuéramos dos políticas —dijo Sunni, por fin.

—¿Y no lo somos? Tú y yo valoramos el futuro. Somos rivales, sí, pero sin duda,

no queremos que destruyan las teles. Somos dos mujeres inteligentes de este pueblo

que no desean que se quede atrás.

—Eso es verdad —estuvo de acuerdo Sunni.

—Hay algo más —dijo Mae—. Algo que no he sabido hasta hoy.

—¿Qué podrá ser? —dijo Sunni con indiferencia. Quizá pensó que Mae intentaba

dárselas de misteriosa.

—Hay que pagar por usar ese cacharro. —Mae apuntó con el dedo al patio.

Desde el patio, una voz femenina incesante y aguda comentaba: «De nuevo

vemos una tendencia hacia el color. Ha llegado el momento de que las mujeres

modernas se expresen con alegría».

—Lo sé —dijo Sunni.

—¿Sabes cuánto?

Sunni se quedó en blanco.

—Estoy segura de que mi marido lo sabe.

—Siempre a la busca de un toque especial, algo original que convierta un vestido

sencillo en algo diferente, que exprese una faceta nueva de su personalidad.

—Después de un año, podría ascender a seiscientos riels. —Mae se detuvo.

Esperó.

Había que reconocer que Sunni era muy buena. No pestañeó, no hizo una mueca.

Empezó a recoger migas inexistentes de la mesa con las manos. Aún en silencio, alzó

las cejas como diciendo: «¿Y? ¿Cuál es tu propuesta?».

—Por ejemplo, este vestido expresa el interés de la modelo por los asuntos del

Tercer Mundo.

Mae se lanzó a la piscina.

—El señor Wing puede evitar que paguéis. Puede arreglarlo todo para que lo

pasen a su cuenta y que el Gobierno les pague a ellos.

El rostro de Sunni no se alteró en ningún momento.

—A cambio, quiere que el estado de guerra entre nosotras llegue a su fin.

—No hay tal estado de guerra.

—Sunni… —la advirtió Mae.

—No, no lo hay.

Mae repitió el folleto de Sunni.

—«Después de descubrir que ciertos individuos mienten en sus consejos…». Eso es lo que escribiste de mí, Sunni. Una cosa es montar un negocio por tu cuenta. Otra,

decir que soy un fraude e invitar a tus amigas a que se rían de mí.

—Te recuerdo cierto incidente con el televisor —dijo Sunni, en tono más

sombrío.

—Desde luego, no lo he olvidado. Es parte de la guerra. Debe acabar, Sunni.

Mientras nosotras gastamos estas bromas pueblerinas, el mundo está echando abajo

nuestra puerta. Nos destruirá mientras nosotras intentamos destruirnos mutuamente.

—Exijo una disculpa pública —dijo Sunni.

—Yo exijo que ambas nos disculpemos en público. A la vez. Así todo el mundo

sabrá que la gente de la televisión está unida.

—Y tengo que confirmar lo que dices de los cargos.

Mae asintió.

—Puedo traerte al hombre del Gobierno. No, Sunni, no para causar problemas,

por favor, escúchame. Puedo hacer que parezca una simple visita social, y así tú

puedes preguntárselo: «La televisión es nueva». Diré que la acabas de comprar.

«¿Qué tipo de cargos tendré que pagar?».

Más recogida de migas. Había dolor tras los ojos de Sunni.

—Una cosa más, Sunni. El préstamo. Los términos del préstamo tienen que

cambiar. Será sin intereses.

Esto no se lo había dicho a Kwan. Mae no quería estarle agradecida.

Sunni se quedó completamente quieta.

—Sabes que no puedo decidir eso yo sola.

—Quizá puedas hablar con tu marido.

—Veremos.

—Recuerda, Sunni, que la factura crece cada vez que ese cacharro se conecta.

Sunni suspiró. Ay, estar en desventaja para ella era como llevar zapatos de otro

número. No estaba acostumbrada a cortar por lo sano.

Sunni dijo:

—Siempre puedo hablar con el Hombre de la Central y mencionarle lo que sea

que estén haciendo el señor y la señora Wing.

—¡Oh! —gruñó Mae, con hastío—. Te estoy hablando de una alianza que nos

beneficie a todos, ¡y tú me amenazas! Sunni, ¿cómo va a aprender el pueblo si tiene

que racionar la televisión? Dos aparatos son mejor que uno, ¿no lo ves? Si estamos de

acuerdo, todos ganamos. O bien, ambas perdemos, y de muy mala forma. Quizá una

de nosotras acabe en la cárcel, pero ¿a cuál de nosotras recordarán en el pueblo,

Sunni, si se sabe que has traicionado al señor Wing ante el Gobierno?

Sunni desvió la mirada.

—No he dicho eso.

—Has dicho que se lo contarías al Hombre de la Central, Sunni. Has querido

decir que podrías traicionar a Kwan y causarles muchos problemas a los Wing, ¿no?

Se quedó callada.

—Sunni, desde el principio yo no he querido ser tu enemiga. Si repasas todo lo

que ha ocurrido, verás que el primer movimiento hostil fue el de tu marido. Y yo no

soy la persona más agradable del mundo cuando estoy furiosa. Así que, sí, me he

comportado mal.

La ilusión de Sunni era ser la primera, pero Mae siempre le llevaba la delantera.

Incluso ahora había perdido, porque Mae había sido la primera en proponer la paz y

encima de tal manera que había sacado ventaja.

Sorprendentemente, fue bastante venganza.

—Habla con tu marido, Sunni. Es necesario. Los términos son simples. Somos

rivales amistosas en los negocios. Las dos trabajamos para enseñar al pueblo. Ambas

estamos contra el grupo que se opone a la televisión. Y, como gesto de buena

voluntad, el préstamo se queda sin intereses.

Todo era una representación. Mae no hablaba con tanta claridad para Sunni, sino

para el señor Haseem, quien, no tenía duda, estaba oyendo cada palabra. Mae se sentó

y esperó.

La expresión de Sunni no era exactamente de vergüenza, sino de dolor. Cómo le

hubiera gustado ser la primera dama del pueblo, la «honorable», pero siempre lo sería

Kwan. Sunni nunca sería libre, no hasta que Kwan muriese, y para entonces sería el

turno de An, o de alguien parecido. Mae sintió verdadera lástima por ella. Tenía tanto

tiempo libre y sin nada que hacer, porque su marido no la dejaba trabajar. Mae se

compadeció de su falta de aplicación. Sabía que no era tan inteligente como las

demás.

Sunni dijo:

—Tengo más instinto para la moda.

Mae sopesó el comentario un momento.

—Probablemente tengas razón, Sunni. —Probablemente tengas razón con las

damas ricas, las que pueden gastarse mucho dinero. Pero ¿sabes?, soy yo la que va a

hacer dinero. Mae se rio para sí—. Además eres más joven y más guapa.

Sunni no se reía. A ella no la amaba un hombre hermoso que cocinaba para ella,

que la había querido desde que tenía dieciséis años. ¿Cómo podría dormir con aquel

marido tan desabrido?

Es inútil tener envidia; todos somos humanos, todos sufrimos, y Sunni sufre más

que la mayoría.

Eso no le da derecho a robarme los zapatos o a pisarme los pies.

—Sunni, ya sé que estás muy ocupada. La señora Alí viene a veces a mis clases

en casa de la señora Wing. Puede que ella me diga lo que has decidido.

Ya que no quieres visitar mi cuchitril, ni te arriesgas a ir a casa de la señora Wing.

—¿De verdad es tanto dinero como dices? —preguntó Sunni. Ah, dinero, la salsa

de la vida. Al menos de la tuya. Sus ojos se encontraron al fin.

—Sí, Sunni, lo es. —Mae se levantó para irse.

Intercambiaron saludos de cortesía y se marchó.

En la calle, Mae sintió una alegría desbordante, como cuando era una estudiante y

lanzaba su cartera al aire. ¡Se había librado de los intereses del préstamo! ¡Le

devolverían veinticinco riels al año, y usaría el dinero como capital! Podía usarlo para

comprar tela o Joe podría invertirlo en la granja. Joe traería más dinero y vivirían

cómodamente y felices.

Volvió a pensar que debería distanciarse del señor Ken. De otro modo el tejido de

su vida se rasgaría. Le diría a Ken que siempre lo amaría, pero que era imposible

continuar. Siempre llevaría su recuerdo con ella, como las flores secas escondidas en

los libros, al igual que la inteligente señora Tung y su amor secreto. Iba a enseñar la

televisión y a sonsacar al Hombre de la Central.

También aprendería a poner una pantalla, como Kwan, que se preguntaría cómo

había aprendido tan rápido.

¿Una pantalla de qué?

¿De moda? Por supuesto, el mundo entero estaba deseando que le hablasen de la

moda que se lleva en lo más alto de una montaña de Asia central. Era justo lo que

estaban esperando. Mae se rio de sí misma y empezó:

—¡Ueeeeeee! —Y al girar, vio las pantallas de bordados eloi de Kwan.

De repente empezó a ver la pantalla ligeramente distinta. Ahora ofrecía bordados

eloi a la venta, con el eslogan más original del año en el mundo de la moda: «Expresa

el interés de la modelo por los asuntos del Tercer Mundo».

La sonrisa de Mae iba desapareciendo. En su lugar, la emoción le atenazaba el

estómago.

Bordados nativos eloi, imposibles de encontrar excepto en este mercado

exclusivo.

«O bien amplía lo que hace, o extiende su radio de acción», le había susurrado el

kru.

Se podían enviar vídeos gratis a los grandes almacenes. Podía contarles algo

sobre la moda eloi y, si les gustaba, compraría la tela y las cuentas.

«Reduzca el riesgo a la menor oportunidad».

«Solo se hacen previo pago».

«Diseñado personalmente para satisfacer sus necesidades».

¡Ja! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Su descaro la hacía reír. Vender en Singapur, Tokio, Taiwán

y quizá en París y en Nueva York. Las llamadas serían gratis desde la mágica

televisión gratuita del señor Wing. Mae les enviará su producto con unas fotografías

bonitas, pero no será moda lo que ofrezca. Ofrecerá algo real, algo de la montaña,

algo de una gente hermosa olvidada por mucho tiempo.

Amor e ideas, ¡cómo amaba la vida en estos momentos!

La visión de sus pantallas le bailaba en la cabeza. Veía a Kwan y a Shen Suloi dar

vueltas llevando sus bordados; oía estas palabras: «Dos bellezas nativas eloi nos

muestran los trajes típicos de su gente».

«Este es el diseño tradicional de boda. Los signos amarillos prometen fidelidad, los azules, comprensión para las debilidades».

La cabeza de Mae nadaba en el aire, que era un río con corrientes. Sintió que la

levantaban flotando a pocos centímetros de la carretera y repentinamente vio las

pantallas con toda claridad.

Las vio de verdad. Estaba viendo la televisión en una habitación en la casa de

Kwan, en un futuro cercano. La luz del sol entraba por la ventana; las pantallas

nuevas brillaban. En un vídeo, Wing Kwan desfilaba mostrando un cuello bordado

eloi.

Este futuro iba a ocurrir.

Entonces, ¿por qué estaba sentada en esa habitación del futuro? ¿Se sentía mal

por alguna pérdida? ¿Por qué estaba viviendo con los Wing?

Mae tembló y aquel futuro lleno de promesas y pérdidas desapareció.

Entró en su patio.

Había dos hombres a la entrada. Un foco le apuntó a la cara.

—Ahí está —dijo una voz.

—¿Quién es? —preguntó Mae, parpadeando. Vio movimiento y supo quiénes

eran por la forma de moverse.

Joe había vuelto. Shen estaba con él.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Joe—. ¿Qué es todo eso de un hombre?