Aire
Capítulo 5
5
POR LA MAÑANA, JOE TENÍA RESACA.
No paraba de quejarse y se sujetaba la cabeza. Mae fue brusca con él. Le retiró el
plato del desayuno frío; no lo había tocado.
—Vas a tener un dolor de cabeza mucho más largo que el de ahora; tendrás dolor
de cabeza toda tu vida, cuando te hayas convertido en el esclavo del señor Haseem.
En los ojos de Joe se leía el miedo, además del dolor.
—Tendremos que conseguir dinero. Podríamos comprar cabras y hacer queso.
—No deberíamos gastar nada —dijo Mae—. Así lo único que tenemos que
conseguir son los intereses.
—¡Los intereses! —gruñó Joe, sujetándose la cabeza—. No acordamos ningún
interés.
—Entonces diremos eso, y le daremos solo los cien.
Joe estaba asustado.
—Dirá que es del cincuenta por cien. Siempre dice lo mismo.
—Entonces será mejor que te pongas a trabajar —le dijo.
Joe se marchó, sintiéndose culpable y Mae se quedó a solas con todos los terrores
del adulterio.
Si Joe era culpable, entonces ¿qué no dirían de ella? El pueblo no perdonaba a
las mujeres que cometían un desliz. Dirían que el señor Ken era viudo, que tenía sus
necesidades. ¿En qué estaba pensando? No se puede ser una perdida y consultora de
belleza a la vez; los maridos no la dejarían ni entrar en casa. Quedaba la esperanza
de que le echaran la culpa a Aire. ¿Quién le iba a comprar ropa a una loca con la
cabeza llena de Aire, que iba persiguiendo a los hombres con cuchillos? ¿Qué iba a
hacer?
Bueno, Mae, entre otras cosas, tienes que conseguir dinero. Toda la vida lo has
hecho yendo por delante del pueblo. Será mejor que veas esa tele y averigües qué es
lo que todo el mundo ha estado viendo.
Sin más cavilación, se levantó y salió al patio.
En el patio, el señor Ken se tambaleaba cargado con una carretilla de paja y barro.
Genial.
—¡Buenos días tenga usted, señor Ken! —gritó Mae para que la gente del pueblo
pudiera oírla, y apretó el paso para huir. Para su horror, el señor Ken bajó la carretilla
y caminó hacia ella con una expresión perpleja, incluso seria. Por lo menos esta vez
estaba vestido.
Mae apresuró el paso aún más. Quería evitar cualquier habladuría en sitios
públicos tales como su casa. Él sonrió ligeramente y caminó más deprisa.
Estaba justamente en la entrada, vaya por Dios. Aún esbozaba una sonrisa en su
rostro maduro, pero fue directo:
—¿Lamentas lo de anoche?
—No —se le escapó. Quería huir.
—¿Quieres continuar?
Mae sintió algo parecido al pánico; quería que se quitara de la puerta, que hablase
más bajo. Parecía su marido y su hijo a la vez.
—Sí —contestó con rapidez.
Así que era amor. Ken Kuei se quedó de pie ante ella, que no podía casi mirarlo.
Se sintió vieja y en baja forma a su lado. Era su niño, veía en él la hermosura y la
tristeza de generaciones pasadas. Ken era un amplio corredor en el que ella podía
gritar y oír resonar el eco como unas voces tristes. Era el pasado perdido, las
oportunidades perdidas.
No era de extrañar que nunca se hubiera enamorado. Mae se daba cuenta ahora de
que lo había estado evitando. El amor duele. Sabía en su interior que el amor le
retorcería las tripas, que le haría llorar. Quería estar con Ken Kuei; le dolía no
encontrar las palabras adecuadas con él, le dolía que su situación fuera tan mala, que
tuvieran que escabullirse y esconderse, hacerlo por los rincones como si fuera algo
sucio. Le dolía más que parir, más que cualquier otra cosa.
El señor Ken dijo:
—Te veré cuando pueda. —Apretaba la mandíbula para no decir más de la cuenta
—. No quiero que tengas problemas.
Mae se llevó las manos a la frente. Oh, qué amable. Problemas, ¿qué problemas
podría tener, solo por follar con un hombre que no era su marido? El panorama era
desastroso.
—Yo soy viudo, nadie puede culparme —dijo mirando al suelo.
—Hemos estado hablando demasiado tiempo y en tono muy serio —murmuró, y
dibujó una sonrisa convencional, amable y distante.
Mae levantó la voz para que las paredes la oyeran.
—Ha sido una desgracia, lo de su mujer, lo siento muchísimo —dijo—. Si
necesita cualquier cosa, por favor, pídasela a mi marido.
El señor Ken sonreía.
—Nadie te está escuchando.
Se sintió tonta, asustada, pero no podía evitarlo. Recordaba las luces que parecían
tener oídos la noche anterior.
—Sin problemas. Hable con Joe. —Creyó que iba a llorar de miedo—. ¿Cuándo?
¿Cómo? —preguntó—. Esta noche saldré de casa —susurró—. Podemos ir a los
campos, a los juncales, digamos, ¿a las tres de la madrugada? Aquella luz firme y
antigua se veía en sus ojos de nuevo. Cambiaba constantemente de niño a hombre.
Ahora parecía mayor. Asintió una vez: bien. —Esto acabará bien— le prometió él.
Ella sacudió la cabeza con recelo, y lo dejó. Así que había quedado reducida a ser una
adolescente, corrompida por el amor y no por el dinero. El amor te atrapa si intentas
darle de lado, pensó. Quería estar con él ahora. Quería lamerle los pezones. Todo esto la sorprendía, la trastornaba. Era como un barco en plena tormenta.
—Estoy perdida —dijo, dirigiéndose a la anciana señora Tung. Ella le respondió:
Cuando yo tuve problemas, monté una escuela. Mae siguió andando en dirección a la
televisión.
HABÍA UNOS HOMBRES DEL PUEBLO VIENDO KUNG-FU A ESAS HORAS DE LA MAÑANA.
Allí estaba Joe.
—¡Lo sabía! —exclamó—. ¡Sabía que te encontraría aquí! ¡Inútil! ¡Vago!
Joe movió los pies mirando a los otros, haciendo una mueca por la resaca y la
vergüenza.
—Mamarracho —le dijo, con más frustración, tristeza y cariño que otra cosa.
El joven señor Doh, el anciano señor Doh, el señor Alí…, todos se rieron.
—Tu mujer vuelve a estar bien, por lo que veo —dijo el joven señor Doh.
—Y he oído que tiene buena mano con los cuchillos, también —dijo el anciano
señor Doh, y todos se rieron.
Así que sabían que había perseguido al señor Haseem hasta echarlo de su casa.
¿Lo sabía Joe? Seguía riéndose, confundido.
Mae necesitaba que los hombres se fueran. Tenía que ver la televisión. —¿Qué
vamos a hacer con vosotros, jovencitos?— dijo, sacudiendo la cabeza—. ¿Eh? Tenéis
familia, campos, obligaciones, ¿qué estáis haciendo aquí?
—¿Ver la película? —Se encogió Joe. Más risas.
—Joe, eres un idiota —dijo simple y llanamente. Los hombres se rieron otra vez.
—Genio de esposa —añadió el joven señor Doh. Era una forma de decir que la
mujer tenía razón. Se inclinó y apretó algunos botones—. Vale, he guardado la
película. ¿A qué hora?
Los hombres fruncieron el ceño y vacilaron. Murmuraron algunas horas, pero el
anciano señor Doh ejercía de líder. —A las ocho en punto— dijo.
Con un gesto, su hijo programó el reloj a las ocho.
Mae sintió una puñalada con algo frío en el pecho. ¿Se puede hacer eso? ¿Volver
a ver la película? La imagen se había congelado y desapareció en una carpeta rosa.
Mae pensó: ¿El señor Doh sabe cómo hacerlo? ¿Y yo no?
Los hombres se levantaron con un murmullo e intercambiaron cigarrillos. Se
despidieron de Mae con un gesto.
La dejaron sola en el patio.
En la pantalla solo se veía una puerta.
Se sentó frente a la pantalla. Tocó la puerta, que chirrió y se abrió.
Había dibujos con palabras debajo, pero Mae no sabía leer. En la pantalla salía un
reloj de arena, que se escurría hacia abajo como su propia vida, y había filas de
dibujos: libros, lupas y cosas sin sentido para ella. Vio el dibujo de una presentadora.
Las noticias estarían bien. Tocó el icono y emergió una pantalla de palabras.
Demasiadas palabras, muy complicado. Este cacharro daba mucho por sentado:
que entendías el significado de los signos, que sabías leer, que podías adivinar lo que
había detrás de cada puerta o de cada palabra. Estaba descorazonada.
Entonces vio el dibujo de una oreja.
—Toca la oreja —dijo una voz de mujer. Era Kwan, que estaba detrás de ella.
Llevaba un tocado plegado, típico del atuendo de su minoría étnica. Nunca lo
había llevado antes. Estaba de pie junto a Mae.
—Vamos —le dijo.
Mae lo hizo.
La tele repuso:
—Ha elegido la opción «audio». —Mae sintió alivio y vergüenza. Kwan sabía
que la consultora de belleza no sabía leer bien.
—Es bueno que aprendas —dijo Kwan, tranquilizadora—. Es bueno que no le
tengas miedo.
¿Miedo? Bueno, sí, todo esto era nuevo.
La televisión siguió hablando.
—La lista de temas disponible es muy larga. Será más fácil si me dice qué quiere
saber. —Parecía que la televisión estuviera habitada por un fantasma. Como el de la
anciana señora Tung.
—Moda —dijo Mae.
Y por alguna razón, en un impulso o por cariño, Kwan había apretado los
hombros de Mae.
—Así que vas a luchar —dijo Kwan.
Mae se detuvo.
—Lo sabes —suspiró.
—¿En este pueblo? No hacen más que hablar.
Mae estaba avergonzada, sorprendida y furiosa.
—¡Hay mucho que hacer!
Mae se sorprendió a sí misma por la pasión, incluso el frenesí que nacía de ella.
—El pueblo es como un ganso sin cabeza, que sigue pataleando. ¡El mundo
entero se ha muerto y tenemos un año para aprender a vivir otra vez!
Se giró para mirar a Kwan, que parpadeaba sorprendida.
La televisión dijo con una voz almibarada:
—Puede elegir entre ver la colección de primavera de París, el Festival Cultural
de Pekín o el canal Vogue.
—¡No puedo quedar sometida a ese perro de hombre! ¡Tengo que hacer esto!
—Pausa —le dijo Kwan al aparato. Se oyó un zumbido—. Mae, nosotros
podríamos dejaros el dinero para devolvérselo. ¿Qué interés os pidió?
—¡Joe estaba tan borracho que ni se lo preguntó! —Se agitó abrumada por la
responsabilidad.
—Nosotros no te cobraríamos intereses —murmuró Kwan.
Mae sintió muchas cosas a la vez: gratitud, alivio y desconfianza. Temía que un
crédito sustituyese al otro. Tú y Wing os enriquecéis igual que Haseem, pensó, solo
que sois más amables. Aunque quería a Kwan, no confiaba en ella totalmente.
—Acabaríamos perdidos en un laberinto de créditos —dijo en voz baja.
—Eso es verdad —dijo Kwan con calma—, pero la oferta se mantiene si la
necesitas.
—Gracias, honorable esposa de Wing.
—No seas tonta —dijo Kwan, porque Mae se había dirigido a ella como una
sirvienta.
Mae suspiró.
—Hasta que tengamos dinero, soy la sirvienta de todos —dijo—. Tu oferta es
muy amable, no la olvidaré. París —le dijo a la tele—. Enséñame París.
—Te dejo entonces —dijo Kwan. Se dio la vuelta y se marchó.
Ha cambiado, también, pensó Mae. Todos cambiaremos.
Así que Mae vio a los fantasmas de París, pero no le fueron de gran ayuda.
Llevaban una ropa que el resto de los seres humanos era incapaz de llevar, mucho
menos las campesinas de la Provincia Feliz. La televisión hablaba y hablaba.
Explicaba por qué era una revolución enorme el llevar unas solapas tan largas que
colgaban hasta las rodillas, o que un tal Giannini se había decidido por los colores
jaspeados.
Mae ya lo sabía. Es una forma especial de hablar que suena muy grandilocuente,
pero no dice nada.
¿Qué…?, se preguntó. ¿Qué estoy intentando hacer?
Estoy intentando encontrar algo que dé dinero. Creo que el tiempo que paso con
este trasto, lo estoy perdiendo de estar con mis clientes y de intentar encontrar algo
que venderles. Pero me llevan la delantera…
El desfile parisino continuaba como diciendo: «Mira, palurda, mira lo que no
puedes permitirte ni mirar. Mira lo que tu mundo no tendrá nunca. Asume tu pobreza,
tu lejanía y tu insignificancia».
Miró a su alrededor. Dos niñas del pueblo que estaban de pie en el patio se
retorcían con timidez, traviesas.
—¿Quién os ha dicho que vinierais a casa del señor Wing? Venga, fuera.
—Queremos ver la televisión —dijo una de ellas, decidida a quedarse, con la
esperanza de que la dejaran.
—Deberíais estar en clase —dijo Mae.
No dijeron nada, pero sus ojos se iluminaron y sonrieron. Un niño pequeño corrió
hasta ellas y se quedó petrificado al ver a un adulto ante la tele. Las niñas explotaron
en un ataque de risa.
Entonces An, la hija de Kai-hui, se acercó lentamente. Abrió los ojos con sorpresa
y se inclinó levemente para saludar a Mae.
—Niños —dijo An, recién graduada—, ¡deberíais estar en la escuela!
Más risitas.
Mae buscó la forma de apagar la tele y de guardar la información. ¿Cómo lo
había hecho el joven señor Doh? Mae tocó algo y otra pantalla de palabras apareció.
Menú principal —decía la pantalla—. ¿Estaban en un restaurante?
An dijo:
—No, no, no lo cambie por mí. —Entonces usó una palabra nueva—. Deshacer
—dijo, y volvieron al desfile de moda.
El sol seguía ascendiendo y el patio llenándose de gente. La amiga de An,
Ling-so, también vino, y dijo que le había gustado más el desfile de Singapur de la
semana pasada. Luego añadió:
—La costura oriental va más con nuestros gustos.
Mae sintió que se había tragado un cubito de hielo entero. Mientras ella había
estado enferma, todo el pueblo había estado viendo la televisión. Sintió una mezcla
de pánico y de ansiedad. ¡Se había quedado tan atrás!
Se volvió con desesperación.
—¿Qué quieren los niños? —preguntó.
Sabía la respuesta: kung-fu. También comprobó cómo los chicos se habían
adelantado y le habían dado al botón.
Se sentaron boquiabiertos y vieron que el protagonista se encontraba con un
hombre que ellos sabían que era un dragón disfrazado. El dragón secreto exhaló
fuego. Por lo visto, podía volar emitiendo un silbido. Incluso An y Ling parecían
contentas. Esto confirmó su sospecha de que la gente sería capaz de ver cualquier
cosa con tal de que saliera por la tele.
Mae no miraba. Se sentó pensativa. ¿Qué hago? ¿Qué hago?
A mediodía, el señor Shen llegó de la escuela.
Estaba temblando de rabia.
—¡Todos vosotros, a clase! ¿Qué estáis haciendo aquí, cuando deberíais estar
aprendiendo? —Les dio una torta en la cabeza. Echaron a correr riendo.
El señor Shen miró a Mae.
—¿Has dejado que esta enfermedad te contagie?
Mae se sobrecogió al ver que el señor Shen se enfadaba con ella.
—Quería usarla para conseguir información… —Comenzó. Su voz le sonaba
débil incluso a ella.
—Sí, ¡es justo lo que parece! La indulgencia de Hong Kong, todo el país se está
hundiendo en ella. —Giró sobre sus talones y avanzó hacia el televisor. Lo
desenchufó. Tiró de la clavija con furia hasta que consiguió sacar los cables de los
tornillos.
—Ya está —dijo, sacudiendo los cables ante Mae. Entonces se fue, llevándose el
enchufe. Se detuvo al pie de la escalera de piedra que conducía a la casa de Wing.
—¡Señora Wing! —gritó—. Me he tomado la libertad de apagar su aparato. Le
aconsejaría que lo tuviese en su casa, fuera del alcance de mis alumnos.
Los niños se habían ido, riéndose; hojas risueñas mecidas por el viento. Shen se
marchó dando zancadas, entre el polvo, sin decir ni una palabra a Mae. Ella miró
hacia arriba y vio a Kwan que bajaba las escaleras hacia el patio. Llevaba un
destornillador y una clavija de repuesto.
El pueblo era un barco que había izado el ancla. Mae sacudió la cabeza.
An fue elegantemente desdeñosa.
—Está asustado porque él es profesor y no sabe nada de esto.
—Uf, mis padres fingen que no ha pasado nada —dijo Ling-so, menospreciando
incluso con más estilo. Su color de labios era perfecto.
Kwan se arrodilló junto a la tele para sustituir el enchufe.
—¿Por qué no te la llevas dentro? —preguntó Mae.
—Porque queremos que el pueblo la disfrute —dijo Kwan, aún de rodillas.
—Por lo menos ahora podremos ver el desfile en paz —dijo An.
París volvió a la pantalla. Kwan volvió a subir las escaleras para seguir lavando o
barriendo. El desfile terminó y las dos chicas cambiaron al canal Vogue. Más
fantasmas envueltos en telas plateadas, y Mae se dio cuenta de que no podía decir
nada que las chicas no supieran ya. Finalmente, cuando la sombra se deslizó por la
pared y tocó la pantalla, todo se convirtió en un hechizo doloroso. Silenciosa, se
despidió de las chicas. Eran jóvenes, listas y guapas. Sabían leer. No tendrían que
hacer la comida. El mundo nuevo era suyo.
CUANDO MAE LLEGÓ A CASA, JOE LA ESTABA ESPERANDO CON EL SEÑOR HASEEM.
Ahora no parecía un idiota. Estaba muy tieso y enfadado.
—Tienes que disculparte con el señor Haseem —le exigió.
La cara del señor Haseem parecía hecha de gachas de avena pasadas; era pesada,
severa, inmóvil y miraba a Mae sin pestañear. Ella recapituló y calculó con rapidez lo
que había pasado. Alguien le había contado lo del ataque al decente y honesto Joe y
se había quedado horrorizado. No podía entender que la moral no siempre es
suficiente. Eligió una salida rápida.
—Lo siento mucho, señor Haseem —dijo fríamente—. No he sido la misma
últimamente.
Joe asintió, con sequedad. «Cierto y adecuado», indicaba el gesto.
—¡Echar a un invitado de nuestra casa, perseguirlo con cuchillos! —murmuró
Joe.
Si el mundo está cambiando, tienes que agarrarte a algo. Joe se aferraba a las
reglas. Era rígido y formal, pero digno. A Mae se le rompía el corazón. Él no se daba
ni cuenta.
—Señor Haseem, por favor —dijo Joe—. Quédese a comer.
Haseem era lento como una rana apostada en un nenúfar al acecho para lanzar su
lengua pegajosa, aún enroscada.
—Me temo, señor Chung, que mi esposa no lo consentiría. Está demasiado
molesta por lo ocurrido anoche.
—Oh —dijo Joe, incapaz de reaccionar. Se volvió y lanzó una mirada airada a su
esposa.
—Escuchó unas acusaciones imperdonables. —El señor Haseem aprovechaba su
situación de ventaja—. Acepto la disculpa por usted, señor Chung, pero debo decir
que nada en los modales de su esposa me hace pensar que su disculpa sea sincera.
Estaba tratando de reclutar a su marido para rebajarla más. No, pensó Mae. No me
vas a humillar más. Dijo:
—Era bastante sincera, señor Haseem, cuando me arrodillé y le supliqué que
volviese a coger su dinero. Si está tan ofendido, quizá quiera recuperar su generoso
préstamo.
Le mostró el dinero de nuevo.
El honorable marido de Sunni dio un respingo.
—Esto es demasiado. Dejas que tu mujer te maneje, Joe. ¡No tiene por qué
entrometerse en nuestros negocios! Tú y yo somos amigos, pero no quiero tratos con
ella.
Eso es, pensó Mae, porque somos iguales.
—Cualquier otro asunto, lo trataremos en mi casa, y ella no es bienvenida allí. —
El señor Haseem se marchó.
Joe la miró con furia, sin habla. No estaba acostumbrado a escenas de este tipo, y
menos aún en su propia cocina.
Mae se sentía despegada, con una mezcla extraña de sentimientos. Pensaba en Joe
de una forma amable y distante. El hecho de que fuera tan pequeño, tan reprimido y
tan pertinaz acerca del buen comportamiento era la mejor parte de su vida en común.
Pero esa vida había muerto.
—¿Cuál es la tasa de interés? —le preguntó a Joe en voz baja y clara.
—¿Qué? —Se llevó la mano a la frente. No se lo podía creer—. ¿Solo te
preocupa el dinero?
Ella siguió inmutable.
—¿Hay algo por escrito?
—Sí —dijo con orgullo, pensando: ¿ves como soy un hombre de negocios?
A Mae se le rompía el corazón.
—Entonces, te vuelvo a preguntar, ¿cuál es el interés?
—Dos por ciento —dijo, ladeando la cabeza e insinuando: ¿ves cómo tus temores
eran infundados?
—¿Al mes? —preguntó.
Él parpadeó. Pobre Joe.
—Eso significa que dentro de un año, tendremos que devolverle los cien riels y
además pagarle otros veinticuatro, los ingresos de un trimestre, y eso si no lo sube
mensualmente.
Dejó caer los billetes como hojas otoñales sobre la mesa.
—Aquí tienes tu dinero, Joe. Te sugiero que no gastes ni un solo riel. Ya va ser
bastante duro conseguir los otros veinticuatro.
Se volvió y empezó a hacer la comida en la olla ennegrecida, en el fogón
eléctrico. Lo miró y él estaba mirando el dinero.
—No cometas ningún error, Joe. Yo no pienso trabajar para el señor Haseem. —
Su voz era fría y segura. Mientras ella cocinaba, Joe bebía.
Ven, oscuridad, ven, tres de la mañana, rezó.
EN EL PATIO DE LA CASA DE LOS WING, KWAN TENÍA EL AIRE DE QUIEN LIMPIA TRAS UNA FIESTA, RECOGIENDO LAS COLILLAS.
—¿Kung fu? —preguntó Mae, pesarosa.
—¡Uf! —suspiró Kwan.
—¿Empiezas a lamentar tu generosidad? —dijo Mae.
—¡Empiezo a lamentar que la gente no se aburra! —respondió, y se desplomó en
una silla.
—Ya, ya —dijo Mae, entrecerrando los ojos para mostrar su acuerdo—. Yo ya
estoy aburrida.
Kwan miró a su alrededor, inquisitiva.
—¿Hay algo en esa cosa aparte de moda y kung-fu? ¿Basura para mujeres, basura
para hombres?
—Pídelo —respondió.
—Pero ¿pedir qué?
—Ah —dijo Kwan—, esa es la cuestión. Cuando se es una campesina ignorante,
no se sabe ni qué pedir.
La mente de Mae daba vueltas al formato como una polilla a una lámpara.
—Buscar —le dijo a la televisión.
La televisión respondió:
—Por favor, dígame qué palabra o palabras clave.
—Eloi —dijo Mae. El nombre de la minoría nacional de Kwan. Kwan se sentó,
tomando aliento de golpe.
—Ah, eso no te aburre. —Mae pensó: esta noche estoy afilada como un cuchillo.
La televisión preguntó:
—¿Qué aspecto de los eloi le interesa?
Kwan intervino.
—Historia, política.
La televisión emitió un zumbido.
La televisión dijo:
—Hemos encontrado dieciséis entradas cuya palabra clave es historia o política
de la minoría eloi.
La cara de Kwan se relajó.
—Creí que no encontrarían nada.
—Catorce de estas entradas se hallan en nuestros registros académicos o
profesionales. Si es usted suscriptor profesional o académico, diga «sí». Diga «no» si
no lo es.
Para entrar en las páginas interesantes había que pagar. Para pagar necesitabas
tener una cosa llamada «tarjeta inteligente», que confirmaba tu credibilidad.
Kwan dijo que era la directora de Comunicaciones Golondrina.
—Lo sentimos. Su cuenta cubre el acceso a entretenimiento y documentación,
pero las búsquedas completas deben pagarse mediante suscripción corporativa. Por
favor, diga «sí» si quiere suscribirse y recibir su tarjeta inteligente…
Mae preguntó:
—¿Qué es una tarjeta inteligente?
Kwan parecía desalentada.
—Tienes que ir al banco. Tienes que tener pasaporte. Tienes que tener dinero.
Más de lo que tenemos.
—¡Pero tú pagas! ¡El Gobierno paga!
Kwan suspiró.
—No lo bastante. Veremos las dos entradas gratis.
La primera eran archivos oficiales del Gobierno karzistaní. Mostraba una foto de
gente muy moderna y feliz. Una modelo daba vueltas llevando el traje típico.
—¡Moda! —exclamó Mae, y empezó a reírse.
La modelo, una belleza de Balshang, tenía la elegancia angulosa típica de Pekín y
llevaba la cara cubierta con capas de pintura y polvos. Mae pensó que no había visto
nunca nada tan divertido.
—¡Mujer… eloi… tradicional! —Mae tomó aire—. Fresca, recién llegada de
limpiar el establo y de preparar boñigas para el fuego.
Kwan se quedó helada.
Había un vídeo del Gobierno de una mujer eloi moderna, realojada en un
apartamento en Balshang. La mujer era una eloi auténtica, pero estaba envuelta en
una camisa blanca holgada, pantalones azules y un pañuelo colocado en la cabeza
para apaciguar a los musulmanes de la ciudad. Mostraba muy orgullosa su baño
nuevo y su nevera.
Mae no pudo evitar reírse otra vez. ¡Qué valor! Ni una montaña, ni un poni, ni un
campo en terrazas, ni un niño hambriento. Nadie había destruido el templo budista.
Los eloi eran muy modernos.
—Mmm —dijo Mae—, lo llaman «información», pero el nombre no se ajusta a la
verdad.
Kwan se detuvo un momento y, súbitamente, miró a su alrededor.
—¿Tienes un amante? —le preguntó.
El corazón de Mae se detuvo.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando una mujer se vuelve atrevida y descuidada, tras haber cruzado un
umbral, cuando se vuelve más dura, más cínica y más ingeniosa…; bueno…
Mae también lo adivinó:
—Entonces, ¿tienes un amante? —Mae pensó en la hermosa Kwan y en su
marido, diez años mayor que ella.
—Hace mucho tiempo —dijo Kwan, y pulsó la pantalla para elegir otro artículo.
—¿Quién? —preguntó Mae, inclinándose hacia ella.
Kwan miró hacia atrás.
—¿Quién es el tuyo? —preguntó.
—El tuyo fue hace mucho tiempo y ya no cuenta. El pasado está muerto.
La siguiente entrada gratuita estaba en alemán, era de un museo. Trataba de una
exposición o un espectáculo en Berlín que se cerró hace tiempo. Kwan bajó por el
menú, esperando encontrar algo más.
—Era un pastor eloi, arriba en las montañas.
Mae estaba fascinada.
—¿Era guapo?
Los hombres eloi eran muy guapos, como las mujeres. Algunos tenían tatuajes
que parecían medias en las piernas desnudas, llevaban pulseras y tenían una melena
de semental salvaje.
—A mí me lo parecía —dijo Kwan. Parecía mayor a la luz amarillenta; mayor,
pero en el buen sentido, guapa, con arrugas y una sonrisa incansable—. Era tuerto.
—¿Qué pasó?
—Lo normal —dijo Kwan, divertida, fanfarroneando un poco.
—No, digo, ¿cómo acabó todo?
La resistencia de Kwan era pétrea.
—Dijo que yo era demasiado china. —Se encogió de hombros—. Tenía razón.
Me quedé con Wing. —Suspiró con preocupación—. Ten cuidado, Mae.
—¡He tenido cuidado toda mi vida! No me digas que tenga cuidado.
—No es el marido de Sunni, ¿verdad?
—¡Puagh! —exclamó Mae, fingiendo que escupía.
—Tenía que preguntar. Perseguir a un hombre con dos cuchillos podría querer
decir…
—¡Quiere decir que quería matarlo de verdad! ¡Cabrón! Intenta quedarse con
todo.
—Todo el mundo se ha reído —dijo Kwan.
—¿De verdad? No fue divertido, te lo aseguro. Creyó que estaba loca y salió
corriendo.
Kwan empezó a hablar como una talento.
—Nuestra consultora de belleza, toda ella delicada femineidad, la dulzura de las
flores, la melancolía de la bruma en la mañana, la gracia de la mariposa… —Kwan
sacudió la cabeza—. ¡Persiguiendo al capitoste con dos cuchillos!
Mae se dio cuenta. Era gracioso.
—Este año, todas las consultoras de belleza de pueblo llevarán cuchillos de
adorno. Vean a la belleza de Kizuldah, la señorita Chung, con un collar de armas
letales de verdad utilizadas contra los amigos de un marido borracho. Observen el
sutil arreglo de cuchillos en los hombros.
Kwan suavizó la risa y preguntó:
—Entonces, ¿quién es?
—El mío no es pasado aún —contestó Mae.
—Mmm —replicó Kwan. Creyó que había adivinado quién era.
Mae le dio en el brazo.
—Ten cuidado. No sabes nada.
—Y no estoy diciendo nada.
La voz se convirtió en el murmullo de un lenguaje incomprensible. El anuncio
mostraba fotografías raras de los eloi. Parecía que las hubieran tomado hacía un siglo.
Eran tan ajenas a los eloi modernos como la propaganda en vídeo. Caras
desconocidas manchadas de barro, con músculos tensos alrededor de la boca y en las
mejillas. Llevaban tocados y botas hechas de pieles de animales. Esta gente cansada
les dirigía una mirada acusadora desde la pantalla, desde el pasado.
—Alá sea alabado —dijo Mae meneando la cabeza, sintiendo el desencanto de
Kwan.
—No hay nada intermedio —dijo Kwan, moviendo rápidamente la cabeza de lado
a lado—. Para los karz, o somos ángeles desfilando con el traje típico o somos
frigoríficos.
Se habían acabado las opciones del menú. No había más. La cara de Kwan se
tensó.
—Guardar —dijo—. Imprimir.
La tele emitió un zumbido, como si estuviera cosiendo algo. Una lengua de papel
empezó a asomar. Mae vio las letras y la parte de arriba de la cabeza de un eloi.
—¿Imprime? —le preguntó casi con desesperación.
Kwan asintió.
—En occidente, los niños hacen pantallas para este trasto. Lo usan para todo.
Incluso puedes hacer películas con él para emitirlas por Aire. Eso de arriba es la
cámara. En América, los niños se inventan música Aire y la comparten con otros. Lo
llaman Ko-lah Bor.
—Estamos tan atrasados —concluyó Mae.
—Vivimos en un mundo diferente —sentenció Kwan—. A veces creo que nunca
estaremos a la altura. Ahora, con Aire, nos vamos a dar cuenta de que ellos están
listos y nosotros no. Nos vamos a sentir perdidos como niños, sin saber a dónde ir.
Kwan sacó la hoja de papel que contenía información sobre su gente escrita por
otros. De repente, soltó:
—Me voy a la cama. Sé buena.
Por fin se quedaba sola con la tele.
—Dinero —pidió.
La respuesta fue una oferta de libros o cursos que podía solicitar previo pago.
Había un curso sobre Cómo Tener una Cuenta Corriente, ofrecido por el Instituto de
la Tercera Edad de Balshang. Alguien en un lugar llamado Mil Wok Ih ofrecía
préstamos. Se veía el texto y la tele se lo leía, pero no entendía la mayoría de las
cosas.
Se produjo una avalancha: préstamos, cursos: ¡Cómo hacerse rico rápidamente!
Muchas ventanas se abrieron a la vez en la pantalla, todas parloteando. Una ventana
encima de otra, interrumpiendo a las demás antes de que acabaran.
—Alto —dijo Mae. No pasó nada.
Diga «sí» para llamar a este teléfono y tener una charla personal sobre cómo
hacer dinero. Por favor, prepare su tarjeta inteligente o su tarjeta de credibilidad.
Las llamadas cuestan dos dólares por minuto. Compre este libro, cámbiese a
nuestro banco. Solo tiene que decir «sí».
—No, no, no, no —repetía Mae.
Se amontonaban como las moscas sobre la mierda. Una ventanita se deslizaba
sobre otra, un murmullo sobre otro.
—¡Alto!
—Sobrecarga temporal —repuso la tele, y se apagó.
Una vocecita dijo en la oscuridad:
—Gracias por usar nuestra eficaz herramienta bibliotecaria. Es posible que a
veces las búsquedas en este servicio gratuito sean de pago, según sea su interés.
En medio del silencio, Mae oía latir su corazón. ¿Ya estaba? ¿Ese era el gran
mundo de la Red? ¿Esa era la Red de la que el señor Wing hablaba tanto y con tanto
entusiasmo, lo que tanto anhelaba, aquello por lo que había luchado?
No me extraña. No me extraña nada que la quieran reemplazar.
Los ojos de Mae se llenaron de lágrimas por la frustración y la rabia. ¿Para qué
les servía a ellos este invento? No era más que una forma de venderles cosas, de
sacarle el dinero a la gente pobre. ¿De qué te servía si no tenías dinero, ni bancos, ni
forma de conseguir tarjetas inteligentes o de credibilidad?
Tal vez Shen tenía razón y lo único que conseguíamos era ver mundos a los que
no podíamos pertenecer. Nos sentamos y miramos, engordamos, nos aburrimos y
hablamos de la moda de Singapur como si fuera cosa nuestra. Apretamos la nariz
contra el cristal y vemos a otra gente comer.
—Apagar —dijo Mae. La tele se desconectó, quedando la pantalla oscura y
amenazadora como las nubes negras en una tormenta.
¿Qué iba a hacer ahora? Se atusó el pelo. Estaba grasiento, tenía que lavárselo.
Hubiera podido hacer una sesión de belleza en ese rato, y tenía que conseguir
veinticuatro riels para el préstamo.
A ver, ¿qué tenía? Haz una lista, Mae. Apuntó mentalmente «casa», «tres terrazas de arroz». ¿No había encargos de vestidos?
Tenía los recuerdos de la señora Tung.
Tenía una enfermedad, deudas y un marido perezoso que a su vez tenía un
hermano trabajador y un padre anciano. Tenía a su propio hermano, un entrometido, y
una madre agobiada, que se instalarían en su vida si les pidiese ayuda.
También tenía la oferta de Kwan. ¿Sería tan horrible deberle dinero a Kwan?
Tenía Aire y había estado en él más que cualquiera. ¿Qué había en Aire?
De acuerdo. Cerró los ojos e intentó encontrar la forma de entrar de nuevo.
—Aire —dijo. No pasó nada. Intentó volver mentalmente al patio. Lo recordaba,
pero no podía verlo.
Empezó a distinguir algo en la oscuridad y notó un peso en su cabeza que era
como una carga. Lo sintió y trató de describírselo a sí misma. A diferencia de un
dolor de cabeza, no desaparecía cuando se describía. Al contrario, se acentuaba.
Si tuviera que compararlo con algo, diría que Aire era como un nabo. En el arroz
a veces crecía un tubérculo. Tirabas de lo que parecía mala hierba, pero no cedía, así
que buscabas entre el barro y seguías la raíz para tirar de ella, y allí, donde menos te
lo esperabas, encontrabas algo que te era de provecho.
Solo tenías que tirar de él.
Mae seguía la raíz mentalmente, más y más profundo, pero estaba bien agarrado,
no se movía. Parecía que había enraizado en el planeta entero, no solo en su parcela
de tierra.
Entonces recordó algo. Ella tenía una dirección, era su nombre.
—Mae, Mae, Mae, Mae, Mae, Mae…
Sintió que se hundía con suavidad. Flotaba en el aire como el polvo o las plumas
en un día de limpieza. Estaba en un remolino de luz y de estrellas, y se cayó
suavemente hacia delante.
Comenzó a aterrizar despacio. Todo estaba muy tranquilo. Notó que su sonrisa se
ensanchaba. El préstamo, el dinero, la casa, su marido, el señor Haseem, todos
desaparecían, quedaban atrás.
Era como irse a la cama por fin después de un duro día de trabajo en los campos,
sintiendo los hombros doloridos y pinchazos en las rodillas. No buscas tanto
descansar como estar contigo misma.
Mae seguía aterrizando lentamente. Gradualmente, consiguió reunir energías para
mirar a su alrededor.
Parecía el patio.
—Bienvenida —le dijo una voz—. No tiene mensajes de correo aéreo.
Las piedras eran azules, igual que cuando les da la luz de la luna. También
estaban hechas de polvo. Podía flotar hacia ellas y atravesarlas. Eran como dibujos en
una pantalla. ¿Hacía la televisión sus imágenes con polvo?
Pidió «Info».
Aire le habló en el tono y el acento de su gente.
—Ahora mismo no tenemos nada nuevo. Solo tenemos la demostración del
funcionamiento del programa. Puede verlo, si lo desea.
La voz era como la suya. Soy yo, hablando.
—De acuerdo. Quiero saber cómo hacer dinero.
—De acuerdo. Esta es la primera vez que usted hace uso del programa. Muchas
de las cosas que tenemos aquí parecen películas, así resultan más familiares. Pero lo
que pide es diferente. Tendrá la sensación de haberse convertido en alguien distinto
en su cabeza. Será diferente. Si no le gusta, solo tiene que decir su dirección.
—De acuerdo —dijo Mae—. No, espere. ¿Necesita mi dirección para funcionar?
—El correo aéreo y todos los servicios, excepto las películas Aire, necesitan su
dirección para funcionar.
—¿Soy la única del pueblo que tiene dirección?
Se produjo un zumbido. Por primera vez sintió que su cerebro tenía consistencia.
Notaba los cables chispear y silbar; parecía el extremo de un tapiz antes de atar los
cabos.
Aire dijo:
—La anciana señora Tung es la única que también tiene dirección. ¿Todavía
quiere acceder a nuestra asesoría financiera?
En un lugar donde ella era tan grande como la Luna, Mae asintió.
—Sí.
Eso bastó.
Este patio, pensó Mae, es el mío.
Algo que no era una voz llegó hasta ella. Sonaba lejano, como cuando hablas por
el móvil y la conexión falla. No oía palabras, pero de alguna manera entendía lo que
decía. De repente, lo comprendió.
—Sí, quieren ayudar a la gente pobre y quieren hacer una demostración del
programa, así que me necesitan.
Era como tener a otra señora Tung.
No era una persona completa. Se movía rápido y en círculos. Era parte de una
persona, una actitud ante algo. Eran las mil cosas que una persona sabía entretejidas
como los hilos en una alfombra.
—Así que, por supuesto, dije que sí. Dinero. ¿Qué quiere saber?
Casi podía verlo, un diminuto espíritu con aire triunfal, seguro de sí, divertido, y
enamorado del dinero, los negocios, las inversiones y los fondos de inversión.
¿Fondos de inversión? Se sintió muy segura. Mae sabía algo de fondos de inversión,
era algo que no se aprendía en los libros. Era como montar en bicicleta o como
caminar en la llanura empantanada en primavera saltando por los juncos.
—Los bancos retienen su dinero y le pagan por poder usarlo…
—¡Alto! ¡Alto! Quiero ofrecerle a la gente algo nuevo.
—Bien, entonces debe averiguar primero lo que quieren. Una forma de hacerlo es
con un Kues Tio Nah Rio. Un mapa de preguntas.
Mae vio uno; era un papel con un montón de líneas en inglés. Estaba viendo los
recuerdos de alguien.
—Hay que buscar gente del tipo que le interesa. Normalmente es tan difícil que se
necesita un procedimiento más técnico, pero en su caso puede preguntarle a todo el
mundo. Así obtiene una muestra del cien por cien. Solo debe asegurarse de que los
tiene a todos.
Mae vio unas bolas negras que formaban una columna. Era una lista, una forma
de recordar llamada «lo que debo y lo que no». También vio un nombre, y se dio
cuenta de que era el de su yo mental. Captó una palabra.
Era kru, que en su idioma significaba «gran maestro». Una palabra «kru» para
designar algo que no se podía pronunciar, pero que tradujo por «desenrollar la estera»
en karzistaní. Eso era lo que los mercaderes hacían en la plaza: desenrollaban la
estera y extendían los rábanos. A Mae le gustaba, porque le parecía real.
—No haga preguntas guía, es decir, preguntas que inducen en la mente de las
personas una respuesta que seguramente no hubieran dado. No haga preguntas que
puedan responderse con un sí o un no. Haga la misma pregunta dos o tres veces de
forma distinta para ver si le responden lo mismo…
—Espere, espere, ¿cómo voy a recordar todo esto?
El flujo de conocimiento balbuceó. «¿Quién ha dicho eso?», preguntó alguien, en
algún lugar. El espíritu triunfalista se asustó.
¿Qué tengo en la cabeza?, se preguntaba.
—Nada, nada, dijo Mae, y se quedó quieto, haciéndose pequeñito. Comenzó a
pensar otra vez en este nuevo tren. Qué ruido hacía el tren del pensamiento. El
conocimiento llegaba desde dentro, como si fuera suyo. Las ideas eran cercanas y
personales.
Esta cosa estaba deseando compartir para justificar su existencia haciendo algo
tan grande. Mae empezó a ver a un diminuto hombrecillo blanco, de ojos brillantes.
Vaya. Así que son capaces de copiar krus y de ponerlos en nuestra cabeza. Este
kru era un gran kru desenrollador de esteras, tan grande y tan bueno que podía
permitirse ofrecer su mente a cambio de nada. Nos manda su sabiduría desde el cielo
para ayudarnos, porque siente compasión.
Hay una palabra para él: bodhisattva.
¿Dónde más podrías encontrar una emanación de Buda, si no es en el cielo?
Pero nunca, nunca esperes que el gran regalo de la sabiduría entre en tu cabeza
como un globo que se deshincha llenándote a ti de aire.
Era un regalo excelente, sin duda. Mae sintió que sonreía y notó cómo su cuerpo
sólido unía las manos en señal de respeto.
También tuvo una idea malvada. Tengo dirección. Nadie más en Kizuldah la
tiene.
Se sentó en una montaña desierta bajo el cielo, con las manos juntas en señal de
respeto, y aprendió todo lo que pudo acerca de mapas de preguntas y de desenrollar su estera.
Las estrellas giraban lentamente. Mae se sintió cansada ante aquella mente
brillante, inmutable y duradera. En algún lugar, su cuerpo gigantesco se inclinó para
despedirse. El espíritu de Mae volvió como había venido. Recitó:
—Mae, Mae, Mae, Mae, Mae…
Sintió que un viento soplaba, y la levantaba en el aire dando vueltas. Parecía que
volvía bailando al mundo real.
Se encontró sentada junto a la tele apagada. Tenía los ojos muy abiertos y llenos
de lágrimas, como si hubiera llorado de felicidad. No había parpadeado en todo el
tiempo en que estuvo en Aire.
Se levantó y echó a andar, sabiendo lo que tenía que hacer.
Iba a hacer un mapa de preguntas para preguntar a todas las mujeres del pueblo lo
que querían, y eso sería lo que ella les daría. Tendría al kru para entender cómo
funcionaba la magia del dinero, porque estaba claro que el dinero venía de los dioses;
era uno de sus aspectos. Hasta que los reyes y los presidentes se lo robaron. Las
monedas deberían llevar la efigie de Buda.
Y volvería para aprender más. Si en la Red todo era codicia, ella aprendería cómo
aprovecharse de ella para extender su estera. En la vida, ella estaría entre los que
triunfan a través del trabajo y la virtud.
Aire era nuevo. Aire era fuerte. Aire la llevaría a lo más alto. Notó la raíz
profunda y lo comprendió. Ella estaba enraizada en el mundo, pero el mundo había
echado raíces en Aire.