Aire
Capítulo 12
12
EL MUNDO SE DETUVO, COMO UN CAMIÓN QUE DA UN FRENAZO.
—¿Qué es qué? —balbuceó Mae, mirando atrás y adelante, entre los dos hombres.
¿Qué hago, qué digo? ¿Lo niego? ¿Finjo no tener ni idea?
Shen, como un reptil, la miraba con ojos verdosos. Parecía hecho de cobre verde
manchado, como las estatuas de generales olvidados de la ciudad. Lo odiaba; sabía
por qué lo había hecho. Había decidido destruirla.
—Ya lo sabes, mujer —dijo Joe y, dando un paso, abofeteó a Mae.
La carne de su mejilla fue como un estanque al que se arroja una piedra. Se alzó,
se onduló y se humedeció a la altura de los ojos. Mae sintió su nariz ceder a punto de
romperse.
Se dejó caer hacia atrás. Aterrizó y se quedó quieta, simulando estar inconsciente
para ganar tiempo para pensar.
—Joe, Joe —le oyó decir a Shen, frenándolo suavemente.
—¡Despierta, mujer! —le exigió Joe. Estaba inclinado sobre ella, olía su aliento
—. ¡No finjas conmigo! —Se le quebró la voz. La sacudió. Mae dejó la cabeza
fláccida.
—Eso… eh… eso ha sido muy precipitado —dijo Shen—. Ahora no puede
contestar nada.
—Está fingiendo. Conozco a esta lagarta —dijo Joe.
—Mira el moratón —dijo Shen.
La mente de Mae iba a toda prisa. Shen solo había visto unos zapatos y una
sombra a través de las cortinas de su habitación. ¿Puedo minar su historia? Es un
hombre poco convincente y sentirá que me hayan pegado. ¿Puedo hacer que se
retracte por la culpabilidad?
¿Y Joe? Joe también es débil, pero estará dolido. Seguro que ha vuelto sin
dinero.
Mae gruñó. Dejó que la carne lacerada y su moratón hablaran por ella. Gimió y
empezó a llorar, sujetándose la mejilla. Se sentó en los adoquines del patio, veteados
de barro, y lloró. Los dos hombres estaban de pie sobre ella, uno sujetaba al otro
ahora.
Joe gritaba.
—¡Bien puedes llorar! ¡Bien puedes llorar!
Lloraba por la felicidad, la felicidad que había sido suya hacía justo un minuto.
Lloraba por su matrimonio, por su amor por Ken, por su negocio. Al final, lloraba por
la muerte. Muchas cosas morirían ahora, pequeñas posibilidades que había estado
acariciando. Así era la vida. El perro se come al perro.
—Joe, no puede contestarte gran cosa —dijo Shen. Se volvió y trató de ayudarla a
levantarse—. Vamos, Mae. Hay que analizar esto.
¿Qué cartas iba a jugar? Podía mentir, intentar disfrazarlo, hacer el papel de
esposa herida y confundida, pero había un problema. La verdad estaba de parte de
Shen y lo sabía. Lo vio en sus ojos. Por muy consultora de belleza que fuera, su
capacidad de disimulo no estaba en su mejor momento. No tenía valor para ello.
Sintió que reunía fuerzas en su pecho, notó una tensión. Había decidido ser fuerte
diciendo la verdad.
No aceptó la mano de Shen. Así que, Shen, esperabas que mi marido, un pobre
granjero, reaccionara como un profesor, ¿no? Destroza vidas, pero evita que salpique.
¿Eso es lo que creías que podías hacer?
Mae se apartó y se sentó en los adoquines, cerca de la tierra, nutriéndose de ella.
Solo miraba a Shen.
—¡Lo que estás haciendo es malvado! —le dijo.
Shen la advirtió:
—No soy el único que ha hecho daño aquí.
—Estás haciendo esto porque quieres acabar con el aparato —dijo Mae
fatigosamente—. A ti no te importa Joe, lo destruirás a él y me destruirás a mí.
Adelante.
—Es verdad, Joe —dijo volviéndose a Joe.
Silencio estremecedor.
—Puta —murmuró Joe.
—Las putas lo hacen por dinero. Yo lo he hecho por amor. —Seguía sentada en el
suelo.
—¿No te da vergüenza? —A Joe le fallaban las fuerzas.
—Un poco. Vergüenza de que me hayan cogido. Soy la única mujer del pueblo a
la que han pillado. —Se acariciaba la mandíbula. Estaba hecha un cuadro.
Los dos hombres se balanceaban ligeramente.
Ella siguió adelante mientras aún tenía fuerzas.
—¿Qué haces tú cuando estás fuera, Joe? ¿Eh? Cuando estás borracho y pareces
un payaso. Te vas con mujeres.
Él tenía un aspecto cómico, con el pelo ladeado y los ojos llenos de sorpresa y
tristeza. No la perdonaría tan fácilmente el haberle hecho quedar como un tonto.
—No —dijo con voz débil—, yo… no. —Su voz sonó furiosa en la última
palabra.
Oh, Joe. Probablemente era verdad. Seguramente tú no. Eres aún más tonto de lo
que pareces.
—¿Quién es? —preguntó Joe.
Shen dijo: —Eso no importa—. Sujetó a Joe otra vez.
Mae habló.
—Oh, no, tú no quieres perjudicar a un hombre, ¿verdad Shen? Tú estás de su
parte. Además, no quieres más peso sobre tu conciencia.
—¿Quién es él? —preguntó Joe. El tonto de Joe furioso, con los puños apretados.
Shen suspiró.
—¿Qué más da? —Era exactamente lo que Mae iba a decir.
—Yo era tan feliz… —Joe estaba llorando. Se apretó las palmas de las manos
contra los ojos—. He buscado trabajo en todas partes, me ha llevado semanas, cuando
por fin lo encuentro surge esta estupidez y tengo que volver a casa. ¡Solo quería
volver a casa!
—Yo también era feliz —susurró Mae.
—Ah, sí —dijo Joe, agarrándose las manos—. Saltando de gallo en gallo, ¡zorra!
Las luces vigilantes del pueblo estaban encendidas. Se reflejaban en las paredes,
en las nubes.
Los ojos de Mae estaban clavados en el profesor.
—¿A quién crees que has hecho más desgraciado, Shen? ¿A mí o a él?
Shen no respondió.
—Soy yo —dijo una voz masculina.
Era Ken Kuei.
Oh, genial, estupendo. Vienes por tu parte de culpa. Para protegerme. Justo
cuando todo empezaba a tranquilizarse, cuando Joe y yo podíamos haber hablado.
¿Por qué la bondad es tan estúpida?
Allí estaban, un hombre guapo y estúpido contra un payaso patético, alineados
bajo una luz naranja que ardía como el fuego. La cara de Joe decía, horrorizada (Mae
podía leerle el pensamiento): ¿Mi vecino, Ken Kuei?
Mae oía el pensamiento de Joe: Nos veremos todos los días.
Shen se cubrió la boca, impresionado. Por supuesto, no tenía ni idea de que era él.
Mae le dijo:
—¿Estás orgulloso, Shen?
—Lo siento mucho, Joe —dijo Kuei—. Siempre he querido a tu mujer.
Ah, mucho mejor.
—¡¿Desde cuándo?! —chilló Joe, mirándolos a ambos con horror—. ¿Desde
cuándo estáis haciendo esto?
—No mucho —respondió Mae, sacudiendo la cabeza, en voz baja.
—¿Lung es mi hijo? —gritó Joe con voz aguda.
¡Esto era aún mejor! Mucho mejor de lo que ella habría soñado. Lo que más
quería Joe en el mundo era su hijo.
—Por supuesto —contestó, pero no podía hablar alto. Había empezado a temblar
en su interior. Sentía que se ponía enferma otra vez—. Lung es tu hijo —trató de
repetir.
—Cerdo —gimió Joe y se lanzó contra el señor Ken.
—¡No! —dijo Shen, e intentó detener a Joe que, para inmenso placer de Mae, le
dio un puñetazo a Shen en plena cara. Shen se volvió, sujetándose la nariz, que
chorreaba sangre.
Mae se dio cuenta de que una parte de ella quería reírse.
Esta noche había suficiente información para alimentar los cotilleos de un año en
el pueblo. Nos destruirán, perderemos posición social, dignidad, voz.
Joe intentó golpear al señor Ken, pero este le sujetó el puño.
—No quiero pelear contigo, Joe. —Ah, ¿no quieres?, pensó Mae. No tienes
mucha elección.
Joe atacó de nuevo y acertó.
—Joe, no pudimos evitar… —El señor Ken no pudo terminar, un segundo golpe
lo alcanzó.
Es como un juguete al que dejas funcionar hasta que las pilas se le acaben,
mientras lo miras.
Joe quería pelea. Joe quería morir. El señor Ken quería hablar. Las dos agendas
eran incompatibles.
Joe lanzó otro golpe, y esta vez Kuei se lo devolvió.
—Se te da bien pegar a las mujeres —dijo Kuei, y lo golpeó otra vez.
Joe iba a recibir una buena.
Bueno, pensó Mae, allá vamos.
Mae empezó a gritar. Lo hizo a propósito, casi sin emoción, para hacer que el
pueblo entero tuviese que acudir a ver qué estaba pasando. Ellos pararían la pelea. El
escándalo sería tremendo.
—¡Para! ¡Lo vas a matar! —gimió ella, escogiendo las palabras con cuidado.
Funcionó. Más allá de la entrada, se oyó el ruido de puertas que se abrían, pasos,
los hombres gritaban, las mujeres chillaban. La anciana señora Ken salió corriendo de
la casa, agarrando el albornoz. El señor Oz salió apresuradamente mientras se ponía
los pantalones a saltos, aterrado. Fue directo a la furgoneta dorada para asegurarse de
que estaba bien. La puerta se abrió de golpe y apareció el señor Kemal, con una
horca.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó el señor Kemal.
Vio a Shen ensangrentado, a Kuei y a Joe luchando y a una mujer golpeada en el
suelo.
—¿Qué es esta reyerta? —preguntó el señor Kemal—. ¡Profesor Shen! ¡Me
sorprende verlo envuelto en esto!
La expresión consternada de Shen hizo que casi valiera la pena. Casi.
Deberías haber seguido inconsciente, le susurró la anciana señora Tung.
MAE TUVO QUE DEJAR SU CASA E IRSE A VIVIR CON KWAN.
Habría sido imposible seguir con Joe y aún más inalcanzable el mudarse con el señor
Ken. Joe los habría asesinado en la cama.
El hermano de Mae llegó una media hora después de la pelea, exigiéndole que
fuese a vivir con él.
—No deseo hacer eso —afirmó Mae. Estaba lanzando su ropa a una bolsa mientras el joven señor Doh consolaba a Joe.
—No tienes elección —le dijo su hermano. Ju-mei la siguió todo el camino colina
arriba, con exigencias. Ni siquiera se ofreció a ayudarla con las maletas.
—No pasa nada, hermano, me he metido en un lío, ¡no esperaba ninguna ayuda
de la familia! —Se volvió y se marchó, dejándolo de pie, boquiabierto.
—Dios mío —murmuró Kwan, cuando vio la cara amoratada de Mae.
Kwan la dejó dormir hasta tarde. A mediodía le subió un té al ático y se sentó con
ella.
—¿Te vas a ir del pueblo? —le preguntó.
Normalmente, esa habría sido la solución. Mae y Ken tendrían que haber hecho
las maletas para vivir en la ciudad. Balshang, probablemente. Dios, qué destino,
cocerse en esos bloques pringosos sin dinero, sin aire y sin amigos hasta acabar
odiándose mutuamente, como solía ocurrir.
Mae movió la cabeza.
—Tengo que quedarme a ayudar.
Kwan tomó su mano.
—No estás en posición de ayudar.
Mae se encogió de hombros.
—Aun así, tengo mi escuela.
—Nadie vendrá —dijo Kwan. Sus ojos denotaban tristeza, su boca era firme.
Retuvo la mano de su amiga.
Así que Mae había perdido la escuela también. Miró la mano de Kwan. Esa mano
era el pueblo, todo lo que quedaba de él. Mae amaba el pueblo.
Los campos en los que había trabajado todos los veranos eran de su marido. Ya no
eran suyos para trabajarlos. El arroz que ella había alimentado y regado con su sudor,
tampoco.
La casa que había limpiado ya no era suya, ni las sartenes, ni el fogón, ni las
cucharas antiguas. En esa casa había tenido tres hijos. En ella había dado vueltas a la
colada y a la sopa a la vez mientras los niños se peleaban y gemían agarrados a sus
tobillos.
Su hogar.
Casi pierde también la antigua máquina de coser. El señor Wing fue por ella, y
tuvo que recordarle a Joe que legalmente le pertenecía a Kwan.
La máquina de coser ahora estaba en el rincón, junto a las maletas de Mae.
Parecían muy pequeñas en un ático tan grande. El único mueble era un diván que
Kwan y Wing habían traído con esfuerzo. El tejado tenía una ventana a través de la
cual entraba un rayo de sol. Wing había puesto plástico donde antes había vidrio.
Todo estaba cubierto de una capa de polvo fino.
A mediodía los azulejos rezumaban. En invierno, se congelaría. Las golondrinas
pedían comida desesperadamente desde los nidos bajo los aleros.
—Maldito Shen —dijo Mae—. Joe ha vuelto sin dinero y ¿quién me va a comprar vestidos a mí? Ahora ya no tengo ni el préstamo para comprar la tela. —Mae suspiró
y se sacudió—. Bueno, no es nada grave. Tengo todos los dientes. —Era la suerte de
una campesina.
—Joe ha estado emborrachándose con el joven señor Doh —dijo Kwan—. La
gente dice que ha perdido el trabajo por beber. Siao y el anciano señor Chung van a
trabajar en la construcción.
Mae gimió por él. Había vuelto sin nada, para no encontrar nada.
—¿Qué dicen de Shen?
—¿A mí? Nada. Querida, yo soy tu paladín. Hay gente que pasa por delante de mí
como si yo no estuviese.
Mae consideró la situación por un momento. ¿Cuál era su posición en esta casa?
Tendría que hacer algún tipo de contribución, tanto monetaria como de
agradecimiento por sus atenciones. ¿Cuánto podría quedarse? Necesitaba quedarse,
pero la amistad podría perderse.
—Dios, odio ser pobre —dijo Mae. La pobreza lo empaña todo, al final, todo lo
que debería ser sacrosanto. El amor, la amistad, la oportunidad de soñar, tu forma de
vivir, con quién vives.
—Puedes quedarte el tiempo que quieras —dijo Kwan con rapidez, para zanjar el
asunto.
—Si consigo recuperar mi negocio, ¿puedo dirigirlo desde aquí?
Kwan titubeó ligeramente. Se imaginó la tela, las máquinas de coser, extraños
entrando en la casa.
—Puedo trabajar en uno de los graneros. Sé que es complicado.
Kwan se esforzó en ser honesta.
—Tengo que preguntárselo al señor Wing.
Si no… Bueno, las cosas irían mal si no. Pero las cosas siempre habían ido mal y
una mujer deshonrada en un pueblo tiene que conformarse con lo que encuentra.
—¿Podrías decirle a Joe por mí lo de los cargos de la tele y cómo regateé con
Sunni? ¿Y que el interés del préstamo se ha anulado? Quizá eso lo tranquilice un
poco.
Kwan asintió y entrecruzó sus dedos con los de Mae.
—Todavía quieres a Joe.
—Por supuesto. He vivido con él durante cuarenta años.
—¿Y el señor Ken?
—Lo más triste de todo es que había decidido terminar con él.
Kwan suspiró y le dio unos golpecitos en el brazo.
—Descansa —le dijo.
Mae también luchó por ser honesta.
—Hay algo más —dijo.
Kwan se llevó la mano a la frente, asustada. ¿Y ahora qué?
—Creo que estoy embarazada.
SEZEN VINO A VISITARLA; SEGUÍA PARPADEANDO PORQUE EL PELO NEGRO SE LE METÍA EN LOS OJOS.
Le dijo:
—¿Estás sentada en la cama? Tienes cosas que hacer.
Mae no estaba en posición de regañarla por su brusquedad. Solo el hecho de venir
a visitarla hacía que estuviera en deuda con ella.
—Empezaré a trabajar pronto —repuso Mae.
—Tienes la cara hecha un desastre, pero no hace falta que nadie te vea —dijo
Sezen—. Musa y yo podemos conseguirte la tela. No hay problema.
—No pienso hacer ropa para chicas malas —dijo Mae.
—Claro que no —replicó Sezen—. Haz con ella lo que creas conveniente.
Mae aceptó en silencio.
Sezen añadió:
—Delantales, guantes para el horno. Cosas que la gente necesita de verdad.
—¿Qué pasa contigo, Sezen? ¿Por qué no entiendo lo que quieres? ¿Por qué, por
así decirlo, te pegas a mí?
Sezen se movió bruscamente a ambos lados, enfadada inesperadamente.
—Tengo malas noticias —dijo, y los espasmos de su cuerpo revelaban su
impaciencia consigo misma por no saber cómo empezar—. Han An se ha ido a
trabajar con Sunni. Las vi a las dos andando por la calle con las carpetas; parecía que
la idea hubiera sido suya.
Mae consideró la gravedad de la información. Finalmente concluyó:
—Ese es el menor de mis problemas.
—Es una traidora —dijo Sezen, gesticulando con desprecio.
Mae pensó en defender a An, pero creyó que era mejor no molestarse.
—Sí.
Su rostro oscuro, sus imperativos ojos negros.
Mae notó su cara entumecida al luchar por esbozar una sonrisa.
—No hay dinero, Sezen —dijo.
La chica parpadeó.
Mae siguió explicándole:
—El préstamo era para mi marido. Es su dinero.
—Entonces haremos otra cosa —dijo Sezen, sacando la mandíbula.
¿Nosotras?, se preguntó Mae.
—El hombre del Gobierno, debe de estar forrado —dijo Sezen.
—¿Quieres decir que debería pedirle un préstamo? —Mae se sintió sobrepasada
por la audacia.
Sezen se encogió de hombros.
—No para de decir lo adelantados que estamos. O sea, tú. Pues pídeselo. —
Resopló y añadió—: No aguanto que te vuelvas blanda, como mi madre.
—No lo haré —dijo Mae. Era una promesa.
POR LA NOCHE, EL SEÑOR OZ VINO A VERLA.
En sus ojos se leía: «¿cómo ha podido hacerme esto?».
—Esto es un serio contratiempo en nuestro programa —dijo. Lanzó una
exclamación. La luz se reflejó en las gafas—. Contaba con usted como modelo.
—Si lo hubiera sabido —replicó Mae—, no me habría enamorado.
—Tengo que escribir el informe. —El señor Oz se tambaleó, como agobiado por
un peso—. No puedo decir nada, excepto que es un desastre en todas partes.
—¿Y cuándo no lo ha sido? —dijo Mae, y pensó: ¿Cómo han podido enviar a un
crío como tú?
Abajo, en el rellano de Kwan, los hombres se habían reunido alrededor de la
televisión. Mae oía gritar al presentador y a una multitud enardecida. Era el sonido
del jur-bol en la tele.
—¿Puede seguir con la escuela? —le preguntó el señor Oz—. ¿Aún puede
enseñar a los demás?
Mae sopesó cuánto necesitaba a este jovencito. Quería regañarlo.
—Mi mayor preocupación en estos momentos, señor Oz, es mi propia vida. He
perdido un hogar y un marido.
Él lo entendió, hizo una mueca de dolor y se frotó la parte de atrás del cuello.
—Señor Oz, ¿quiere ayudarme?
Él la miró ávido, como un cachorrito.
—¡Es lo que he venido a hacer!
—Entonces enséñeme a hacer pantallas para que pueda vender mis artículos. —
Mae se incorporó en la cama—. Quiero especializarme y ampliar el radio de acción.
Quiero hacer cosas para venderlas fuera, en mercados especializados, cosas que
expresen el interés del comprador por los asuntos del Tercer Mundo. Quiero vender
los artículos en Nueva York, Singapur, Tokio…
El hombre del Gobierno oía música celestial. El pulso se le aceleró, los ojos le
brillaban; esto era lo que había anhelado encontrar para el informe.
—Sí, sí, lo haré… Sé hacerlas, puedo enseñarla. Le explicaré cómo hay que
decirle a la gente dónde encontrar las pantallas…
Mae asintió.
—Pero ahora soy una mujer pobre, sin dinero para invertir. Usted es del
Gobierno. ¿Sabe si hay alguna forma de que el Gobierno me ayude?
Él se paró a pensar.
—Yo solo no puedo, pero… Sí que puedo ayudarla, sí. Buscaré los formularios y
la ayudaré a rellenarlos. Aunque ya sabe, tendremos que justificar la solicitud de
subsidio.
—Tengo una justificación —dijo Mae.
El Hombre de la Central, en su propio beneficio, estaba dispuesto a hacerlo.
—Vamos —dijo, radiante.
Estaba fresco como una lechuga.
—Señor Oz, soy una mujer sin honra. ¡No puedo ir y decirles a todos esos
hombres que se larguen del televisor!
Abajo, los rugidos de la multitud iban en aumento.
—¡No! —gritó uno de ellos. Su equipo iba perdiendo. Estarían de mal humor.
—No pasa nada, podemos usar el mío —dijo el hombre del Gobierno,
entusiasmado y distraído—. Mi furgoneta tiene un ordenador.
Tenían que atravesar el rellano. El ruido de los hombres, borrachos, ascendía
como el olor de un estofado.
Mae bajó por la escalera apoyada en la pared del ático hasta la escalinata y desde
allí hasta la zona enmoquetada del diván que conducía al rellano. Tenía un nudo en el
estómago por los nervios. Sentía que le habían quitado una capa de piel.
Los hombres se apiñaban en el estrecho rellano, nada más pasar el arco de piedra.
Sus gritos habían cesado y una música alegre se extendía por el recinto. El partido
acababa de terminar.
¡Alá! ¡Haz que decidan irse a casa!
Los hombres bostezaron. Las sillas arañaron el suelo. El señor Oz empezó a
andar. Mae se agarró de su manga y él la miró sorprendido. Comprendió que estaba
asustada.
—Vale, ahora, ¿una película? —dijo alguien. Las sillas se arrastraron de nuevo y
de repente, sonó música Bollywood. Mae asintió con la cabeza mirando al señor Oz.
Intentó ser invisible. Intentó flotar como un fantasma a través del rellano.
Los hombres rodeaban la televisión. Mae vislumbró entre ellos al señor Alí, al
señor Pin, al anciano y al joven señor Doh. Joe no estaba allí. Intentó deslizarse por
detrás del respaldo de las sillas. El aire parecía hecho de masa de pan a medio cocer,
espeso para ralentizarla.
—Ja —se rio uno de ellos, con cierto asco. Mae no miró—. Hay un olor raro —
dijo el señor Alí—. Kwan no debería tener cerdos en casa. El señor Pin estuvo de
acuerdo. —Deberías tener los cerdos abajo. Les gusta rebozarse en la mierda. Los
hombres se rieron. Mae estaba casi en la parte de arriba de las escaleras.
Sería fácil empujarla por ellas. —El calor de sus cuerpos calienta la casa— dijo el
señor Alí. —Parece que las cerdas calientes se follan incluso a los hombres del
Gobierno—. Hay que matar a las cerdas en celo —dijo el anciano señor Doh. El aire
se estremecía. Mae tuvo que volverse a mirarlos, por si acaso había llegado el
momento de echar a correr.
El joven señor Doh tenía la mano sobre el brazo de su padre. Miró a Mae
alarmado y señaló la puerta con la cabeza: ¡Sal de aquí, corre! Mae pensó: Eres el
mejor amigo de Joe, y aún así eres el único que me trata como a un ser humano.
Mae echó a correr, los pies rebotaban en los escalones como una pelota. —
Caballeros— dijo el señor Oz, el señor Sincero—, buenas noches. Me alegro de ver
que están haciendo tan buen uso de la tele. El señor Oz se quedó de pie con las
piernas separadas en lo alto de las escaleras. Mae echó a correr.
MAE ESPERÓ EN SU ANTIGUO PATIO, TEMBLANDO EN LA OSCURIDAD.
Había atrancado la puerta y estaba en cuclillas detrás. Confiaba en que Joe no saliera.
O el señor Ken. Alguien llamó con los nudillos. —Soy yo— murmuró el señor Oz.
—¡Chsss! —dijo Mae, y levantó el postigo con más cuidado del que se tiene al
levantar la manta de un bebé.
Fueron de puntillas al granero y cerraron la puerta.
Ya en la furgoneta, el señor Oz dijo:
—Luego la llevaré a casa. Si esos imbéciles siguen allí, puede dormir en la
furgoneta.
Mae se dejó caer en el asiento. Sintió debilidad en el vientre y tuvo que sujetarse
la cabeza un momento, hasta que se le pasara la náusea.
Reconocía los síntomas. Sí, estaba embarazada.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó el señor Oz.
Mae estaba indignada. Este… este jovenzuelo acababa de darse cuenta de que la
habían pegado, amoratado y echado de su hogar.
—¡No! ¡No estoy bien! —protestó, enfadada.
Oz estaba acostumbrado a que correspondieran su amabilidad, y se quedó
confuso. Frunció el ceño.
—¡Oh, por el amor de Dios, deje de actuar como un crío y ayúdeme si lo va a
hacer!
Él se agachó y se inclinó hacia delante. Conectó unos cables y algo cobró vida.
Era una tele pequeña con una pantallita que parecía una miniatura.
—Vaya a Info y pida «Gobierno» —dijo.
El señor Oz llevó a Mae a zonas nuevas de Info. Había leyes, normativas,
consejos, ofertas de servicios, todo ofrecido por su Gobierno. Apareció un formulario
de voz.
El formulario le hizo algunas preguntas impertinentes. «¿Tiene más de
cuarenta?». «¿Cuántos hijos tiene?». «¿Todos mayores de veinte?». «¿Algún
menor?». «¿Cuáles son sus ingresos anuales?». ¡Diez mil riels! ¿Diez mil riels? No
ofrecían una cifra lo bastante baja. Mae murmuró:
—Quinientos riels.
—¿Eso es verdad? —preguntó el señor Oz quedamente—. Si dice demasiado
dinero puede perder algunas ayudas.
Así que dijo la verdad, cien riels al año. El Hombre de la Central se entristeció,
pero no cruzó su mirada con la de ella.
—De acuerdo, ya me encargo yo —dijo—. ¿Para qué quiere el dinero?
Mae se lo dijo: para comprar tela de color ocre amarillo de la que le gusta a la
gente rica, y pagar a quien la bordase con diseños eloi. Después le diría a Occidente y
a Extremo Oriente que el paño es una declaración sobre los asuntos del Tercer
Mundo. El señor Oz se rio y la miró a la cara.
Entonces le habló a la máquina, traduciendo lo que le había dicho a un lenguaje más oficial. A Mae le sonaba como una noticia tremendamente importante, como la
forma de hablar de sí mismos que tienen los ricos, pero no la conmovía ni la
emocionaba.
—Es aburrido —dijo.
Él se encogió de hombros. Mae se imaginó a alguien al otro lado, escuchando
aburrido las respuestas.
Ella alcanzó las plantillas, alcanzó los enlaces incandescentes en su cabeza y
habló con el conocimiento del kru, sin ser el kru.
—La propuesta es utilizar el poder de la Red para extender el alcance de la
artesanía local a mercados especializados, especialmente en América, Singapur y
Japón.
El señor Oz se giró y la miró parpadeando.
—No será la venta directa tradicional. Centraremos nuestros esfuerzos en
buscadores de información de diferentes tipos, en particular redes de moda o
artesanía…
Él la advirtió.
—No use la palabra eloi. Diga que es «artesanía local tradicional». ¿Tiene un
jinete?
Los jinetes de Karzistán habían comerciado durante siglos con la divisa más
móvil que existe, la carne de caballo. También llevaban noticias allí donde hubiera
escasez de caballos o de otros artículos. Los mercaderes los pagaban por ello.
Los jinetes, como las consultoras de belleza, siempre habían estado en el negocio
de la información.
Ahora los pagaban por venderla y clasificarla. En inglés se llamaban de otro
modo, pero en karz los denominaban «Infojinetes».
El señor Oz tenía nombres y direcciones preparadas.
—Tiene que darle una dirección al jinete. Si no, pensarán que no está preparada
aún.
Él añadió un informe oficial a la solicitud en un archivo independiente adjunto.
La voz validaba su identidad.
—Esto es el núcleo de un proyecto para la zona de Valle Verde/Montaña Roja —
dijo—. El proponedor ha desarrollado la iniciativa de la enseñanza del uso de la Red
y la preparación para la llegada de Aire de la gente del pueblo. Ha fundado la Escuela
Golondrina, un proyecto para enseñar a los lugareños las destrezas de Info. También
ha utilizado un mapa de preguntas correctamente elaborado para determinar la
opinión de la gente acerca de Aire. El esquema propuesto demostrará a la comunidad
el valor de la Red. Será el mejor avance posible para el propósito del proyecto Aire
de la Nah Un y de la Iniciativa Dar Alas, Declaración Conjunta del Ministerio de
Desarrollo y la Oficina Central de Informática.
Y envió el formulario.
—Creo que lo conseguiremos —dijo el señor Oz—. No se me ocurre una justificación mejor.
Parecía tranquilo, saciado; sabía lo bien que quedaría en su expediente.
O sea, que tú también sacas algo. Mira por dónde.
—¿Cómo me convierto en infojinete? —preguntó Mae.
Él la miró y por primera vez, sus ojos fueron los de un adulto.
—Necesitaría saber mucho más de lo que sabe —replicó.
—¿Puedo aprender?
Él suspiró.
—Tendría que saber cómo funcionan los cables, y tener dinero. Y un banco.
Mae adelantó la barbilla.
—Tengo mi kru.
—Y la gente. Sobre todo necesita conocer gente, tener contactos. No depende de
mí el decir si puede o no aprender.
Somos quienes somos.
—Gracias —le dijo—. Ahora, enséñeme a hacer pantallas.
El señor Oz se arrugó.
—Es tarde…
Mae lo interrumpió:
—He arriesgado la vida para venir aquí, y no puedo hacerlo con frecuencia. Dice
que quiere ayudarme, de acuerdo. Ayude. Ayudar a la gente cuesta; hay que hacerlo
aunque uno esté cansado. ¡Vamos! ¡Haga su trabajo!
El señor Oz se detuvo. Contrajo los músculos de la cara. Su gesto pareció
emerger desde la rabia hasta la superficie plácida de una sonrisa.
—Por mí de acuerdo —dijo, y sonrió.
—Bien. Las pantallas se hacen con algo antiguo llamado HTML. El XML las hace
funcionar en la televisión y el AML las hará funcionar incluso en Aire.
—No me dice nada.
—Tendrá que aprender las palabras —dijo el señor Oz. En el reino de Info, él era
el jefe.
AL DÍA SIGUIENTE EL SEÑOR KEN VINO A PEDIRLE A MAE QUE VIVIERAN JUNTOS.
Mae estaba barriendo la zona del diván, entre alfombras enrolladas. Los hombres
estaban viendo ya los resultados deportivos en la televisión. Una voz tras ella dijo:
—¿No deberías descansar?
Mae se volvió y vio al señor Ken. Tenía un aspecto horrible, desaseado y falto de
sueño.
—¿Te han dicho algo, esos? —Mae señaló con la cabeza el rellano. Ken Kuei
habría tenido que pasar entre ellos.
—Algo —dijo Kuei.
—Me imagino —añadió ella—. Cuando te vayas te preguntarán si tienes la polla húmeda.
—He venido a hablar de algo serio —advirtió.
El buen comportamiento de Kuei era encantador, pero enmascaraba la falta de
inteligencia. Era diligente, amable, callado y compasivo, pero no muy brillante. ¿Es
que los hombres eran todos estúpidos? ¿O solo los que ella conocía?
Hombros anchos y abultados, la cara redonda como un melocotón, unos labios
suaves que apetecía mordisquear. Si él quisiera empezar algo con ella ahora, aquí, en
esta habitación de invitados bañada por el sol, sobre las losas del suelo recién
barridas, si le bajase los pantalones, ella se humedecería, se abriría, lo admitiría.
Pero no, él quería una conversación seria.
Mae suspiró.
—Vale. Hablemos.
—Es imposible que nos quedemos en el pueblo —dijo.
—Me es imposible irme —respondió ella tranquilamente.
Él tosió, con suavidad.
—Te… propongo —dijo— que nos vayamos. Juntos. Nos llevamos a mis hijas
con nosotros. Iremos donde tú quieras, aunque sugiero la ciudad de Valle Verde. —
Parecía indefenso, orgulloso—. Odiaría Balshang.
—Quiero quedarme —repitió ella.
Él asintió.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo, tratando de asimilar lo que ella decía—.
Tendremos que buscarnos una casa nueva. Sería imposible vivir al lado de Joe.
—¿Qué casa? ¿De quién, señor Ken? ¿Hay alguna casa vacía por aquí? Creí que
estaban todas llenas de niños, niños y más niños. Además, vaya cambio, señor Ken,
estar a dos minutos más allá del marido de una. Pasando por delante de él en los
campos todos los días. Quitándole las malas hierbas a él en lugar de a ti, por error.
—Lo sé, lo sé —asintió Kuei.
—Quiero que esto se acabe —dijo Mae.
—No ha estado bien —admitió. La miró, con ojos que querían seguir siendo los
de un niño y que la querían a ella—, pero sería bueno si dijéramos con naturalidad:
«Sí, es verdad, pero ahora vivimos juntos, abiertamente». Podríamos hacerlo y al
cabo de un año se habrían acostumbrado.
—No lo entiendes —le dijo—. Aquella noche, oh, anteanoche, parece que fue
hace un año. Aquella noche, cuando volvía a casa, ya lo había decidido. Esto tenía
que acabar. Estaba decidida a hacerlo.
Oyó a los hombres y sus risotadas, los pájaros en los campos y el ruido suave del
río que fluía por el corazón del pueblo. Ella le miró a los ojos oscuros.
—He estado haciendo demasiadas cosas. Ahora sé lo que quiero hacer y tengo
que hacerlo, si es que quiero conseguir algo. No puedo soportar rendirme.
—Info —dijo él, casi con desprecio.
—Este pueblo —le respondió—. Lo que tu abuela me enseñó es que todo muere porque no es lo bastante bueno para vivir. Hay que entender que la muerte es algo
seguro. No solo la de las personas, sino la de mundos enteros. El nuestro va a morir.
Ya está muerto. Lo único que puedo hacer es ayudarlo a nacer de nuevo, para que
podamos sobrevivir.
Kuei jugaba a coger algo en el alféizar junto a ella.
—Madre de Dios —dijo él, con amargura.
—Si esto ocurriese en otro momento… —dijo ella.
—Si fuésemos más jóvenes… —terció él.
—Si fuese como debería ser…
—Si fuésemos los que fuimos una vez…
Él se sacudió como un perro, temblando.
—Arg —dijo con rabia, dejando salir la ira—. ¿Volverás con Joe?
Ella se detuvo para pensar, pero no le hizo falta.
—No —contestó—. Me concentraré en esto.
—¿En qué? —aulló el señor Ken—. ¿Te vas a concentrar en la soledad, Mae?
¿En una casa vacía? ¿En una habitación en casa de otros, trabajando como sirvienta
para agradecérselo?
Mae inspiró por la nariz, haciendo un poco de ruido que no llegaba a suspiro.
Estaba reuniendo fuerzas.
—En limpiar el suelo para trabajar.
Kuei la miraba, desvalido.
—¿Qué trabajo? —le volvió a preguntar. Él no tenía ni idea. Quiso abrazarlo,
mecerlo, consolarlo, porque él era uno de los muertos, pero podía malinterpretarse.
—Enseñar a todos a usar ese cacharro —dijo. Cada palabra era como un ladrillo
más y más pesado.
—¡Puedes hacer las dos cosas!
Ella alzó las manos.
—No. No puedo. No duermo, casi no como, trabajo en la casa, trabajo en los
campos y luego trabajo en eso, casi no me queda tiempo para mí. —Estaba gritando
sin darse cuenta—. ¡Estoy cansada!
Por su gesto se veía que la compadecía.
—Quizá cuando todo esto haya acabado… —dijo más tranquila, con ternura.
—Estaré esperando —dijo Kuei, impotente—. Ya he esperado antes.
¿Un año? Quizá después del cambio llegue la calma. ¿Quietud después de una
masacre?
Mae asintió, pero no dijo nada, para evitar darle muchas esperanzas. Él también
asintió, y no intentó darle un beso, pues ambos habían decidido terminar, no empezar.
Se dio la vuelta y bajó por las escaleras a la cocina. El diván estaba lleno de un fino
polvo blanco.
Ella subió corriendo las escaleras de madera para mirar por el ventanal la
descolorida luz azul sobre los tejados azules descoloridos. Miró hacia abajo y vio a Ken envuelto en una neblina. Alto, caminaba recto, sujetando la chaqueta contra el
calor, el dorso de su camiseta manchado por el sudor y los nervios; pasó entre los
hombres, que fingieron no verlo. Se volvieron riendo, para mirarle la espalda.
Allá va mi hombrecito, pensó Mae.
Solo tienes uno, dijo la voz de alguien.
Recuérdalo, recuerda su espalda ancha, porque camina hacia el pasado, a la
Tierra de los Muertos. Aunque os volváis a encontrar, ambos seréis diferentes,
extraños o amigos. Dile adiós, ya, porque no tendrás otra ocasión; dile adiós por
cada momento sin él por llegar. Al menos, lo tuviste. Por una vez, lo tuviste.
Y de nuevo la misma pregunta: Abuela, profesora, ¿por qué el amor duele? ¿Por
qué algo tan dulce y tan triste duele como una enfermedad que se nota en el
estómago como un malestar, un anhelo?
Porque siempre se pierde.
El señor Ken se detuvo en la entrada y miró a ambos lados, derecho e izquierdo,
dudando, aunque no tuviera opción. Entonces siguió andando, y ella se permitió a sí
misma llorar.