Aire
Capítulo 23
23
EL SUDOR DESPERTÓ A MAE.
Se sentó en la oscuridad, sintiéndose muy despierta y jadeando. Había estado
soñando con la inundación; había oído el sonido del agua y de las piedras extenderse.
Escuchó. Todo estaba en silencio, tranquilo, pero ella estaba empapada en sudor.
¡El aire! Estaba caliente, tanto como en verano, tanto como esas noches en las
que tienes que dormir fuera. Oyó un susurro en el alero, algo parecido a una
respiración.
Erjdha Nefsi.
Apartó las mantas y se levantó, para escuchar. Muy débilmente, bajo el sonido del
aire en movimiento, sonaba como si estuvieran haciéndoles cosquillas a las montañas.
Encendió la luz y miró la tele.
Cuarenta y cinco grados centígrados.
—Despierta —le dijo Mae al televisor. Se puso unos vaqueros viejos, las botas de
goma y un abrigo ligero. Ató una mochila llena de mantas y latas de comida. Corrió
el cierre de la trampilla y dejó caer la bolsa al suelo de la cocina.
—¡Siao! —lo llamó—. Siao, ¿estás ahí?
No hubo respuesta. Si Siao había ido montaña abajo y estaba en una casa o un
café, estaría bien. Si estaba de camino cuando comenzara… Mae no tenía tiempo para
andarse con imaginaciones. Se dio la vuelta y envió un fichero de sonido.
—Bedri. Tenemos cuarenta y cinco grados centígrados, el Erjdha está respirando
y se oye cómo se funde la nieve. No sé si es la inundación o no, pero, por favor, avise
a la gente: si nos ponemos en lo peor, vamos a necesitar ayuda. Ahora son las cuatro
treinta de la madrugada y necesito ahorrar batería, así que le envío esto y me voy. No
se moleste en responder, no estaré aquí. Si se pone feo, estaré en casa de Kwan.
Mae apagó el aparato y bajó por la trampilla, arañándose el antebrazo. Oía su
propia respiración sonar como los dados de un jugador. Se dejó caer al suelo y corrió
las cortinas de la habitación de Siao.
El anciano señor Chung dormía apaciblemente, sonriente. Olía a vino de arroz.
Mae lo llamó, sacudiéndolo.
—¡Honorable señor Chung! ¡Señor Chung!
Lo agarró; él parpadeaba por el sueño.
—Está aquí, señor Chung, está aquí, la inundación ¡Levántese!
Se había acostado completamente vestido. Mae se arrodilló y le ató los zapatos.
—¡Vamos, señor Chung, vamos!
Lo sacó traqueteando de la casa al patio, bajo las estrellas.
El viento cálido había limpiado el cielo de nubes; todo era templado y limpio. Le
explicó al señor Chung que Siao aún estaba montaña abajo y que tenía que ir a la
casona del señor Wing.
Entonces Mae llamó a la puerta de los Ken.
—¡Kuei! ¡Kuei! Anciana señora Ken, ¡levántense! ¡Levántense! ¡Erjdha Nefsi!
La ventana superior se abrió de golpe y la madera chocó contra el muro. En la
pared encalada se perfiló la madre del señor Ken, chistando.
—Vete de aquí, loca. Mi hijo está durmiendo. Lárgate con tus fantasías.
—¡Sienta el viento! ¡Sienta el aire! Está caliente, casi quema. ¡Es… está… aquí!
—Mae pensó: no tengo tiempo que perder con usted—. ¡Señor Ken! ¡Ken Kuei!
¡Despierta!
Ha llegado, dijo una voz, fue exactamente así.
Mae empezó a sentir algo parecido al pánico.
—¡Ken Kuei! ¡Dijiste que me ayudarías!
El aire es como el fuego y el agua mueve la tierra.
El señor Chung dijo de repente:
—Vuelvo enseguida. —El anciano corrió con las piernas arqueadas hacia el
granero.
—¡Señor Chung, tenemos que irnos!
La voz del señor Chung adquirió un tono inesperado.
—¡No puedo dejar las herramientas!
¡Oh, no! Mae se cogió la cabeza. Les gritó a todos:
—¡Tenemos que marcharnos todos de aquí ahora mismo! Nuestro patio está en
muy mal lugar. Las rocas y el agua lo arrastrarán todo. ¡Que no se quede nadie!
Súbitamente, la anciana señora Tung habló, llamando a la señora Ken por su
nombre de niña:
—¡Ting! ¡Haz lo que se te dice! ¡No más tonterías! Incluso de pequeña querías
quedarte siempre metida en casa. Te he contado muchas veces lo que pasó la última
vez. La inundación ha llegado. Querida hija, ¡tienes… que… salir de esta casa!
En la ventana, la anciana señora Ken la miraba incrédula. El viento cálido batía
las contraventanas.
Alguien le tocó el brazo a Mae, trayéndola de vuelta a la realidad.
—Estoy aquí —dijo el señor Ken.
Mae jadeó, volviendo en sí.
—Está conmigo. ¡Está usando mi voz!
El señor Ken la rodeó con su brazo y la besó en la cabeza.
—Yo pondré a salvo a tu suegro —le prometió.
—Y a tu madre y a los Okan. —Mae se subió un poco la bolsa sobre el hombro.
El señor Ken sonrió divertido.
—¿Algo más? —Empezaron a andar hacia la puerta.
—Sí. Empieza a gritar.
—¿Feliz Año Nuevo?
Mae lo vio sonriente, la luz de la luna lo hacía parecer más joven y alegre. Vale,
admitió. Le quiero.
El anciano señor Chung volvió con su saco de herramientas. Se inclinó y saludó
al señor Ken con dulzura.
—Feliz Año Nuevo.
Ken le abrió la puerta a Mae. Su sonrisa se hizo más amplia y empezó a gritar,
jugando:
—¡Feliz Año Nuevo! ¡La inundación está aquí!
Mae se unió.
—¡No es broma! ¡La nieve se está derritiendo!
Él la miró a la cara.
—Lo sabes, ¿verdad?
Que la quería.
—Sí —dijo—. Sí, sí, lo sé, ¡ahora vámonos!
Mae giró a la izquierda y bajó la calle Baja.
—¡Lleva a todo el mundo a casa del señor Wing! —les gritó a ambos otra vez, y
empezó a correr.
El aire tenía pulso, como si hubiera algo enorme, caliente y vivo respirando detrás
de su cuello. Mae gritaba al correr:
—¡El Aliento del Dragón! ¡Despertad, despertad!
El agua ya corría por la cuesta adoquinada de la calle Baja. Los pies chapoteaban
y las botas resonaban sobre las piedras desiguales. Tropezó y se golpeó la muñeca
contra una pared de la casa del señor Kemal.
Su plan era llegar hasta la mezquita y usar la megafonía para advertirlos a todos.
Subió la cuesta hacia la casa de Sezen.
—¡Inshallah! —jadeó Mae.
A la luz de las estrellas lo vio: la nieve ya se había fundido en esta zona de la
parte baja de la montaña.
Mae corrió montaña arriba, resbalando en la superficie brillante de barro y
musgo. El suelo sonaba a agua como un barril rebosante. Donde no se le resbalaban
hacia atrás los pies, se le hundían en el barro.
Caminó con cuidado por los lados de una escorrentía. Tal como esperaba, todo
estaba cubierto de grava, arrastrada desde otro lugar. El agua que corría le cubría ya
hasta los tobillos. Mae se abrió paso colina arriba, contra la corriente.
—¡Sezen! —gritó—. ¡Sezen, inundación!
Delante de ella en la cuesta, se encendió una luz. La ladera húmeda reflejaba la
luz eléctrica como un campo de espejos rotos.
La puerta se abrió.
—¿Señora Chung? —dijo una voz vacilante. Hatijah se asomó a la puerta y tras
ella, su marido.
Mae se paró e intentó recuperar el equilibrio con los brazos, aguantando la
corriente.
Hatijah le gritó:
—Sezen se ha ido ya. Ha ido a despertar a la gente del Pantano.
—¡Oh! Es una buena chica —dijo Mae.
—Ahora es una buena chica —corrigió Hatijah.
—¡Ustedes! ¿Qué están haciendo? ¡Vayan donde Kwan! ¡Muévanse ahora
mismo! ¡Esas terrazas se van a llenar de agua y las paredes se vendrán abajo!
—Queríamos esperar a Sezen.
Mae sintió una puñalada de desesperación que le resultó familiar. Luchó por salir
de la zanja.
—¡Hatijah! Sezen no es su madre, por el amor de Dios; tiene otros hijos,
¡sáquelos de aquí, ya, ya, ya! Sé que Sezen ha empaquetado sus cosas. ¡Cójanlas y
váyanse!
Hatijah estaba llorando.
—No podemos dejar a la cabra —dijo.
Inshallah. Mae se ablandó.
—Claro que no, es toda la riqueza de vuestra familia. Pero Edrem, por favor,
dígale que la vida es más importante que el dinero. Deje que la cabra se vaya, a lo
mejor puede salvarse sola.
La silueta de Edrem, alta, delgada y lenta, le murmuró a su mujer:
—Debemos irnos.
Mae luchó por llegar más arriba, hasta la casa de los Shen. Al caminar, les
gritaba:
—¡Edrem, confío en ti! Lleva tú a los niños y tu mujer las bolsas, ¿vale? ¿Vale? Y
deja las luces encendidas. ¡Todos vamos a necesitar luz!
Mae subió la colina, apoyándose en las manos. La ladera estaba cubierta de agua,
una sábana ondulante sólida sazonada con diminutos trozos de pedernal cortante. Las
piedras crepitaban contra sus dedos como la grasa en un fogón. ¡Dios mío, la colina
entera se está moviendo!
Alrededor de ella, suspendido en el aire, había un sonido parecido a un suspiro,
un murmullo de agua corriendo en cien mil torrentes. Era un sonido terrible, enorme
y suave a un tiempo, vasto como el mundo, al que Mae creía estar oyendo por
primera vez.
Ahí está, ese es el sonido.
De pronto, el suelo se aplanó y Mae se cayó hacia delante. Estaba en la escuela.
El patio polvoriento era ya un lago brillante, que reflejaba los columpios de los niños.
El agua caía a cántaros de una de las esquinas de la escuela.
Llegó con dificultad a la puerta y llamó.
—¡Profesor Shen! ¡Profesor Shen!
La puerta se abrió de golpe.
Mae notó otra bocanada caliente, pero no del Dragón. Suloi apareció tras la
puerta, afectada; tenía la cara cubierta de lágrimas.
—No va a venir, Mae —dijo, y empezó a sollozar.
Mae abrazó a su hermana del Círculo.
—¿Qué quieres decir?
Una voz surgió de la oscuridad y, como la oscuridad, gruñó:
—No va a haber ninguna inundación. Eso es una estupidez.
—Oh, Shen, no me crea a mí, pero crea al agua. ¡Mire el suelo! ¡Shen, por favor,
venga!
Algo enrollado, sin piernas, se movió en la oscuridad.
—No va a haber ninguna inundación.
Suloi retrocedió.
—No quiere irse.
Mae le suplicó:
—¡Shen! ¡Salga fuera! Se puede oír, ¡la nieve se está fundiendo!
—Y la nieve desaparecerá como lo ha venido haciendo durante dos mil años.
¿Crees que esos aparatos tuyos pueden cambiar el mundo?
—¿Cree que usted puede detener una inundación? ¿Cómo? ¿Enseñándole
aritmética? —La voz de Mae se quebró de rabia.
La oscuridad y la desesperación finalmente se desenredaron y se pusieron en pie.
Levantó un rifle. El arma hizo un clic en la oscuridad.
—No voy a consentir que una basura escandalosa como tú le diga a mi familia lo
que tiene que hacer —dijo Desesperación, antes conocido como Felicidad.
—Vete, Mae —le susurró Suloi, y le dio un empujoncito cariñoso.
Shen rugió:
—Nos quedamos aquí, este es nuestro lugar.
Mae apretó a Suloi contra ella, abrazándola, y le susurró al oído:
—Corre en la oscuridad. —Luego se retiró y corrió, gritándole por encima del
hombro—: ¡Vive!
Las montañas se reían.
Había un sonido de risitas, miles de risas ahogadas a medida que el agua chocaba
contra las rocas, al bajar por las torrenteras. Se abría camino abofeteando las piedras
de las terrazas.
Mae bajó a saltos la colina hasta el edificio cuadrado de la mezquita, cuyo sistema
de megafonía estaba montado en el alero. Llegó hasta la puerta y llamó. Sonó a
hueco. Estaba cerrada.
¿A quién se le ocurre cerrar una mezquita? ¡Nunca había estado cerrada! Mae lo
había calculado todo: sabía que tardaría tres horas en llamar casa por casa. Estaba a
punto de llorar. Había tenido en cuenta todas las posibilidades, pero nunca se le
ocurrió que la mezquita pudiera estar cerrada.
Tendría que ir corriendo a buscar al señor Shenyalar, el muecín. Él tendría las
llaves.
Por lo menos era cuesta abajo. Se volvió y dejó que el agua y la gravedad la
arrastrasen.
Mae se tambaleó y se deslizó colina abajo. Pasó dando saltos entre las casas de
los Alí y los Doh. Se enredó entre los muelles oxidados de un somier que alguien
había tirado, y que hicieron un ruido divertido al liberar los pies de ellos. Estuvo a
punto de caerse sobre los adoquines de la calle Alta, y rodó en las tierras cóncavas de
la casa de la familia Doh.
Mae les gritaba a las ventanas cerradas:
—¡Anciana señora Doh, todos, despertad, despertad, hay una inundación, hay una
inundación! —Había bailado con ellos solo unas horas antes—. ¡Por favor, despertad!
—Año Nuevo, todo el mundo estará durmiendo, borracho, exhausto y feliz.
Mae rodó hasta el puente. El riachuelo rugía, envolviendo el arco en una bruma
que le golpeó la cara y le entró danzando alegre en los pulmones. Sobre la
balaustrada, los rápidos iluminados por la luz de la luna corrían blancos, calientes y
fieros por la torrentera. Mae recordó a los patos y a los gansos. No quedaba rastro de
ellos. Abajo, la plaza del pueblo parecía un mar de olas centelleantes.
Al otro lado del puente había un lodazal enorme. Incluso aquí, en la calle Alta, se
había inundado un bache de la carretera. Mae se zambulló desde el puente y el agua
se le metió por las botas. A pesar de todo, el pueblo seguía dormido, en la oscuridad.
—¡Inundación! ¡Inundación! —Gritaba. De repente una linterna brilló al doblar la
esquina de la parte trasera de la casa del Haj.
—Mae, por aquí —dijo una voz. Era su hermano.
—Hemos llevado a nuestra madre a casa de los Wing. Acabo de bajar a la calle
Baja.
—¡Ju-mei! Necesito llegar a casa de los Shenyalar.
—Bueno, vamos por aquí.
Mae se abrió paso hasta él; el agua le llegaba por encima de las rodillas. Ju-mei se
adelantó y la agarró por el brazo. Juntos, bajaron por el hueco rocoso que separaba la
casa del Haj y la de sus vecinos. El callejón era como un jardín acuático con helechos
y cascadas. Mae y Ju-mei cayeron en la calle Baja como el que se lanza a un río.
La corriente casi los arrastró, daba la vuelta a la casa de Ju-mei, arrugándose
como la ropa de cama, blanca como las sábanas.
Al otro lado de la calle estaba la casa alta de piedra del muecín, que tenía una
placa de bronce. Agarrados, Ju-mei y Mae cruzaron el torrente. Avanzaron a
trompicones, empujados por la corriente como dos bailarines. Se escurrieron dentro
del porche de la casa de Al Gamas, para recuperarse. Agarrándose a las paredes
rugosas, lucharon por avanzar a contracorriente, como si escalaran un acantilado.
Algo crujió. Mae se giró y vio la caseta de paja del Haj girando en la corriente en
dirección a la plaza. La plaza era un lago. La farola del pueblo brillaba dorada en
ondas al mecerse el agua contra la puerta principal de los Kosal y los Masud. El
tejado de la caseta, como un sombrero de paja, daba vueltas en el agua, cuya
superficie se movía dando la sensación de estar infestada de serpientes.
Ju-mei tiró de Mae hasta la puerta de los Shenyalar y llamó; Mae gritó.
—¡Muecín! ¡Muecín Shenyalar! Por favor, por favor, abra. Por favor, ¡despierte!
¡Oh! ¡Muecín! ¡Muecín!
¿Por qué? ¿Por qué no se movían? Eran unos karz muy religiosos, no bebían, no
celebraban el Año Nuevo, ¿por qué no la oían?
—Hay una inundación, muecín, por favor, ¡despierte!
Desde alguna parte del valle subió un estrépito tremendo que se extendió como si
alguien hubiera dejado caer un aparador lleno de porcelana. El ruido del estropicio
rodó, luego se aquietó y finalmente se detuvo del todo.
Las terrazas pequeñas que quedaban bajo el pueblo se estaban cayendo,
derrumbándose en la corriente.
Las casas de los Pin y de los Chu. ¿Dónde estaba Sezen?
El terror empujaba a Mae.
—Shenyalar, ¡despierte! Por favor, ¡despierte!
Una contraventana se abrió.
—¿Quién es?
—Señora Shenyalar, soy Chung Mae. Escuche, ¿ha oído ese ruido?
—Sí, sí, desde luego.
—¡La inundación ha llegado hasta aquí! Señora Shenyalar, ¿puede venir su
marido conmigo y abrirme la mezquita, para que podamos usar los altavoces?
—Espere, señora Chung —dijo la esposa.
Ju-mei empezó a gritar a las otras casas:
—¡Señor Al Gama! ¡Señor Haj! ¡Señora Nan!
—¡Señora Nan! ¡Levántese, coja sus cosas y váyase! —le gritó Mae a la luz.
La puerta de los Shenyalar se abrió.
—¡Muecín! —gritó Mae aliviada.
—Inshallah —suspiró el muecín. Se había entretenido poniéndose la ropa
ceremonial, el muy insensato. Vio el río, la corriente emergente y el lago que se había
formado a los pies de la farola. Oyó el rugido. Se volvió y miró a Mae y con sus finos
rasgos, el hombre delgado le indicó en silencio: tenía razón.
—Tenemos que decírselo a todo el mundo —dijo.
Parsimoniosamente, el muecín volvió a entrar en casa.
—¡Esposa! Coge a los niños, algo de comida y ve a casa de la señora Kwan.
Su mujer gritó:
—¿No es demasiado pronto para preocuparse?
—Es demasiado tarde. Te lo ordeno, mujer, ¡salid de esta casa y marchaos al
caserón de los Wing!
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó su mujer.
Hubo un frenesí de pisadas en las escaleras.
—¡Cumplir con mi obligación!
En ese momento, el pueblo entero quedó sumido en la oscuridad. La luz se fue.
—¡Inshallah!
—¡Esposo!
—¡Vete donde los Wing! ¡Me marcho! —gritó el señor Shenyalar.
Mae metió la mano en su mochila y tocó la superficie de goma de una linterna a
prueba de agua.
—Tengo dos —dijo, y le dio una. La luz se reflejaba en las paredes húmedas y,
como el hada de una obra de teatro, bailaba alrededor de ellos.
Mae se volvió hacia su hermano y lo besó en la mejilla.
—Gracias —dijo—. No vayas hacia abajo. La calle Baja está inundada. Sube a
casa de los Soong, a la de los Ping y a la del señor Atakoloo, ¿vale?
—Mi sitio está contigo —dijo Ju-mei.
—Siempre ha estado conmigo, hermano, pero también con tu mujer y tus vecinos.
Por favor, vete.
Ju-mei se detuvo y entonces, de forma evidente, le dedicó a su hermana una larga
inclinación de respeto.
Luego se volvió hacia ella, gritando:
—¡Ve a donde los Wing, no vayas a la calle Baja!
Mae era la que tenía que gritar, ya que el muecín no podía perder las formas hasta
ese extremo.
—¡Todo el mundo arriba! ¡La inundación ha comenzado! ¡Todos arriba!
Ambos lucharon contra la corriente al remontar de nuevo el pasaje entre las casas
del Haj y de los Nan. Arriba, las estrellas brillaban alegres mientras las colinas
rugían, produciendo un efecto cómico. La gente sin importancia se daría cuenta ahora
de quién era su amo.
La corriente en la calle Alta había cobrado más fuerza. Ahora sonaba como una
cascada, el pequeño lago había entrado ya en la casa del señor Ping, y la superficie
formaba olas a medida que se abría paso entre las casas.
El muecín se levantó la túnica, dejando ver unas piernas largas y sin pelos. Llegó
hasta donde estaba Mae y corrió, levantándose los faldones como una corista. Las
estrellas se reían. Las piedras daban vueltas alrededor de los pies, como pedazos de
cacharros rotos.
El muecín corrió por los adoquines hasta el puente. Abajo, a través de los pesados
ojos del puente, el río hacía un ruido como el de un bebé borboteando con su saliva.
El señor Shenyalar y Mae lo cruzaron por la parte superior.
El muecín, todo de blanco, se zambullía en las cascadas que barrían los dos lados
de la casa antigua de los Doh como lo haría un semental. Se le salieron las sandalias.
Tuvo que andar a saltitos sobre las piedras con los pies desnudos. «Ay, au, oh, ay».
Las estrellas se retorcían, entrecerrando los ojos, llorando de risa.
Más adelante vieron que algo se movía y Mae encendió la linterna.
Era el señor Ken, que llevaba a cuestas a la señora Okan como en una fiesta, los
brazos de ella alrededor del cuello. El señor Okan resoplaba a su lado, agarrado al filo
del vestido de su mujer y murmurando.
Detrás venían las hermanas de Sezen, Edrem, cargando con su hijo menor; y
Hatijah, con la cabra en brazos, que lo miraba todo aterrorizada.
El muecín dijo:
—Deprisa, a casa de Kwan. El puente no va a resistir.
—La corriente es terrible —dijo el señor Ken—. Mae, ven con nosotros.
—Todavía no.
—Mae, no seas tan insensata, ¡por favor!
Mae dijo, en lugar de responder:
—Déjale tus zapatos al muecín.
Tras un momento de pausa, y comprendiéndolo, el señor Ken se quitó los
chanclos.
—¿Se ha ido tu madre?
Kuei movió la cabeza.
—¡Mi madre está empaquetando cosas! —El muecín se sostuvo sobre una pierna
y se puso el zapato.
—¡Empaquetando! ¿Cree que se va de viaje?
—¡Ya lo sé! —El señor Ken empezó a correr para coger el impulso necesario para
subir con la señora Okan a cuestas el puente inclinado—. ¡Tengo que volver por ella!
—gritó.
La cabra parpadeó y pataleó en brazos de Hatijah. Mae y el muecín corrieron.
Se chocaron con el somier oxidado, que había ido a parar a la carretera. A ciegas,
se balancearon y rebotaron sobre los muelles. En la colina a la luz de la luna, se
adivinaba la casa de Sunni, a oscuras.
Fuera, en la pendiente desnuda, todos los caminos habían desaparecido. Las
estrellas resplandecían en el agua. Delante de ellos, las paredes blancas de la
mezquita relucían.
Llegaron a la puerta. Mae esperó, jadeando. El muecín de repente se palmeó la
frente.
—Me he dejado la llave —dijo.
—¿Que ha hecho qué? —Mae se sintió desfallecer, rota, como arrastrada por las
aguas.
El muecín se echó atrás, levantó una pierna y le dio una patada a la cerradura. Era
un pastor alto y fuerte. La puerta se abrió en una carcajada de astillas y de madera
sacudida.
El suelo estaba inundado. Se agarró al pasamanos de madera del sitial de oración,
chapoteó hasta la escalera y subió corriendo los escalones hasta la torre. Mae corrió
detrás de él. La linterna recorrió ansiosamente los altavoces hasta llegar a la batería.
El señor Shenyalar se agachó y la besó, saboreándola para ver si aún funcionaba. Le
dio a un interruptor y se oyó una crepitación amplificada. Empezó a cantar con una
voz grave y baja.
Mae lo agarró por el brazo.
—Muecín, ¡por favor!
La linterna la enfocó con enfado.
—Lo siento, honorable muecín, pero la mayoría de la gente sigue durmiendo
mientras llama a la oración.
Pausa.
—Se dan la vuelta en la cama.
Pausa.
Su voz, potente y profunda, dijo:
—La inundación ha comenzado. Por nuestros pecados y nuestro ateísmo, la
inundación ha caído sobre nosotros. —Era extraño. Mae oía cómo su voz, tan
próxima a ella, rodaba y caía por todo el valle.
Entonces dijo:
—Seguid el consejo de la señora Chung. Coged comida y mantas e id a casa del
señor Wing. No vayáis a la calle Baja. Ya no podréis pasar. Id a la calle Alta. Ahora
mismo. La inundación ya está aquí.
Se volvió.
—Váyase —le dijo el muecín.
Ella no se movió. En cierto modo se había imaginado a sí misma llamando a los
fieles.
—Debe ir y despertar a la gente. Yo me quedo aquí.
—No por mucho tiempo —le avisó Mae.
—Tengo una responsabilidad —dijo el señor Shenyalar—. Váyase. —Le devolvió
la segunda linterna. Se volvió y la voz del muecín se impuso al sonido del agua—. La
inundación ya ha llegado.
Mae se tambaleó por los escalones y tuvo que inclinarse. Los ácidos le subían
como un veneno desde el estómago hasta la boca. Los humos eran acres y respiraba
con dificultad. Notaba la garganta irritada y áspera. Se arrodilló. Cogió un poco de
agua y la bebió.
¿Dónde podría ser de más utilidad? Sezen habría subido a la planicie, las casas
del extremo sur. Sunni era la que más lejos estaba; era un lugar alto, pero estaba junto
al río. Tendría que bajar hasta el puente para cruzarlo. Mae miró y vio la casa de
Sunni, alta y aislada. Parpadeó y le pareció que los cimientos se movían.
Así que Mae corrió a salvarla.
La colina entre la gran mezquita y la casa alta ya no estaba inundada. El barro
había sustituido al agua y se le pegaba como las gachas, pero unas gachas con
dientes, porque estaba lleno de piedras. Me voy a rendir pronto, pensó Mae; tengo
que ponerme a salvo.
Ya.
Otra voz habló, espontáneamente:
Las colinas se disuelven como el azúcar en el té, lo que mina las terrazas y hace
que se caigan. Las casas se llenan de barro o quedan aplastadas por las rocas.
Más adelante, el río brincaba, blanco e intrincado. Se había convertido en una
especie de dragón, encabritándose sobre las orillas, saltando desafiante y abriendo las
fauces.
Mae pensó en Sunni, en su charla delicada en la heladería, en cuando se peinaban
la una a la otra. Las piedras le mordisqueaban los tobillos y el barro tiraba de ella
juguetón. Se le salió una bota. Mae avanzó contra lo que se estaba convirtiendo en
una marea de barro.
El escalón de entrada de Sunni era ya un islote, a pesar de ser muy alto. Mae
golpeó la puerta. Gritó. El río hacía más ruido que ella.
La puerta no estaba cerrada con llave. Corrió en la oscuridad de la casa. Parecía
todo tan normal, tan tranquilo, que daba la sensación de estar a salvo, aquel estante de
los cacharros de cocina, una mesa de billar nueva en la sala de estar.
—¡Sunni! ¡Sunni! ¡Señor Haseem! ¡Despertad!
Mae corrió escaleras arriba, unas escaleras estrechas, inclinadas y desconocidas.
Nunca había subido. Se golpeó la cabeza con la viga. Había muchas puertas, ¿cuál
sería? Entró en un dormitorio invadido por los ronquidos y la peste a alcohol. La luz
de las estrellas entraba por la ventana y caía sobre la cama, dibujando un tablero de
ajedrez.
—¡Despertad! ¡Despertad! —gritó Mae.
Sunni se movió y se sentó, gimiendo. Se cubrió con la ropa de la cama; en su
rostro se reflejaba el miedo.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Sal! —sollozó Sunni.
Su marido roncaba, completamente vestido, con las botas puestas.
—Sunni, ha empezado la inundación.
—¡Sal de mi habitación!
—Sunni, por favor, escucha. La nieve se ha fundido. Escucha al río.
—¡Estás loca!
Sunni estaba furiosa. Intentó encender la luz. Nada, se había ido. Se levantó, se
puso una bata y se acercó colérica a Mae, empujándola.
—¡Fuera de aquí, estás loca!
Mae la empujó también.
—¡Ay! —gritó Sunni, escandalizada—. Marido, despierta, ¡nos va a matar a los
dos!
—¡Serás burra! ¡No sé por qué me molesto con una mujer que tiene serrín en
lugar de cerebro! —Mae estaba furiosa, agarró a Sunni por la muñeca y la sacó de la
habitación.
—¡Marido! ¡Me asaltan! ¡Socorro!
Mae sacó fuerzas del pánico y de la ira, y arrastró a Sunni hasta una ventana del
pasillo.
—Ahí tienes —dijo Mae.
Fuera, el río estaba a rebosar, plateado. Llenaba la torrentera y se derramaba alrededor del puente. Se dejaba caer sobre los muros altos de la calle Baja y
descendía formando una cascada. Bajo la luna brillante, vieron el valle entero.
Centelleaba como el mar.
—Dios mío —murmuró Sunni.
—¿Lo ves? ¿Lo ves? —gritó Mae rabiosa—. Ahora, ¿quién está más loca?
—Es terrible.
—¡Has estado a punto de morir! La colina entera sobre la que está la casa se está
moviendo.
Se oyó un suspiro angustiado. Sunni se volvió en la oscuridad y unas briznas
blancas se arremolinaron tras ella. Fue a donde dormía su marido.
—¡Despierta! ¡Despierta! —Sunni sacudió la cara enrojecida de su marido
cogiéndolo por las orejas. Miró a Mae.
—Lo conozco cuando se pone así. No se va a despertar —dijo.
—Déjalo —dijo Mae.
—Sabía que ibas a decir eso. Tú lo odias.
Mae se acercó cojeando.
—No, Sunni, pero es demasiado tarde para todo lo que no sea ponerse a salvo.
¿Quieres morir con él?
Sunni la miró, inexpresivamente.
—Esto es lo que hay. Si no se despierta ahora mismo, o bien le amas tanto como
para morir con él, o te vienes conmigo ya. ¡Pero ya!
—¿La has oído? ¿La has oído? —gritó Sunni. Abofeteó a Faysal con fuerza. Él
siguió roncando.
—¡Despierta! —Lo abofeteó otra vez. Él se dio la vuelta. Sunni le dijo a Mae—:
Vale, vámonos.
Mae se volvió y bajó los escalones.
—No te des con la cabeza en la viga —le dijo Sunni. Demasiado tarde. Los ojos
de Mae se llenaron de lágrimas por segunda vez.
Sunni cogió dos latas de comida al pasar volando por la cocina.
Salieron fuera, a la luz de la Luna.
—Vale, estamos juntas —dijo Sunni—. Si nos arrastra a una de las dos, la otra
intentará ayudarla mientras le sea posible. Es una promesa. Nos ponemos a salvo a
nosotras mismas, pero antes intentamos ayudar.
—Vale —dijo Mae—, pero yo voy a la calle Baja.
—¡Estás loca! —dijo Sunni otra vez.
—¡Tengo que ver si Siao ha vuelto, si el señor Chung ha salido y si Sezen está
bien!
—Muy bien, pues yo no voy contigo —dijo Sunni.
—Al menos eres sensata.
—Todo un cambio, lo reconozco —dijo Sunni. La tierra en movimiento se volvió
inestable. Las dos se cayeron en el barro. Lucharon por ponerse en pie, y se ayudaron mutuamente.
—¡La linterna! —dijo Sunni.
—La tengo, está cubierta de barro. —Mae la limpió con el abrigo, y la luz brilló
débilmente otra vez.
Apuntó con ella hacia delante.
A un lado de la casa de los Doh, el río había crecido. Al otro, el barro se estaba
amontonando como un amante no deseado. Tenían que pasar por el callejón entre los
Doh y los Alí; no había otra forma de bajar. El barro y el agua las llevarían hasta la
calle Alta.
La llamada del muecín había dejado de oírse.
—Zeynap —jadeó Sunni, pensando en su amigo Zeynap Alí. Llegaron
tambaleándose a la calle. Mae encendió la luz. La puerta de entrada de la casa de los
Alí estaba abierta.
—Han salido —dijo Mae.
Desde el interior de la casa de los Doh salían gritos y llanto. Mae gritó:
—¡Familia Doh! Tengo una linterna. —Corrió. En la cocina, la joven señorita
Doh estaba metiendo comida en bolsas entre migas y vasos sin fregar.
—¡Suba y baje a mis padres! —le gritó con furia la señorita Doh, como si Mae
fuera estúpida, ahí de pie, plantada.
Mae se volvió y corrió escaleras arriba. En el pasillo, la anciana señora Doh se
giró hacia el haz de luz de la linterna, moviendo las manos para apartar telarañas
imaginarias.
—¡Por aquí! —le indicó Mae.
—¿Quién es? —gimió la anciana.
—Chung Mae.
—¿Qué está usted haciendo aquí?
—Intento ayudarla. Aquí están los escalones. Venga.
La señora Doh se sentía como una ramita sacudida por un vendaval. Temblaba.
—Qué —dijo. Ni una pregunta. Mae se la pasó a Sunni al pie de la escalera.
—Ya estamos, cariño —le dijo Sunni, como si aquello fuera una fiesta.
Mae se volvió y recorrió las habitaciones a toda velocidad. Oyó el rugido del río.
Oyó un chasquido en las paredes, en las vigas de madera, y sintió el peso del barro
apoyado sobre la casa.
—¡La casa se mueve! —gritó para que todos la oyeran. Fue habitación por
habitación. El hada buena de la linterna bendijo las paredes de cada dormitorio.
En el último, el anciano señor Doh estaba de pie, llorando. Intentaba abrocharse
la camisa, pero no podía.
Mae imitó a Sunni.
—Ah, buen señor Doh. Soy la señora Chung. Es hora de irse.
Él le dio la mano, llorando aún, mientras seguía intentando abotonarse su mejor
camisa.
—No, no —le dijo con suavidad, y se rio—. Está usted muy elegante. Baje ya.
—Mi mujer —dijo, ofuscado.
—Está esperándolo.
Toda la casa crujió y se fue hacia delante.
—¡Mae! —gritó Sunni, desde la calle. Mae lo cogió y tiró de él.
—¡Oh, oh! —decía él, forcejeando con la oscuridad. Lo llevó hacia las escaleras.
Las paredes se partieron y se inclinaron hacia adelante, y de la unión con el
entarimado del suelo salió una bocanada de polvo. Todo se movía bajo los pies. Lo
bajó por las escaleras, él perdió pie y resbalaron juntos en la oscuridad, golpeados
vengativamente por unos alegres escalones de madera, hasta acabar en la cocina.
—¡Déjeme! —protestó él, y empezó a forcejear con Mae haciendo que la luz se
moviera alocadamente por las paredes. Alguien entró, lo agarró y tiró de él. Salieron
todos fuera, chocándose con las sillas y resbalando en el aceite que se había
derramado de las botellas, como si todos los enseres de la casa estuvieran boca abajo.
En la calle, las Doh los esperaban.
—Os dije que no estaba fuera —les gritó a los demás la señorita Doh, enfurecida
—. Ha tenido que ser Chung Mae, como siempre. —La señorita Doh empujó al
anciano, se volvió en la oscuridad, agarró a Mae y le dio un beso con lengua.
—Por si acaso una de las dos muere —dijo la señorita Doh, y echó a correr.
Todo el mundo corrió alocadamente, como la luz; las estrellas amenazaban con
caerse.
Sobre el sonido del agua, Mae oyó un fragor de molienda. Se volvió y vio las
luces de un vehículo que subía por la carretera. A contraluz, vio cómo el agua salía a
borbotones al chocar contra las ruedas.
Siao, pensó. Quizá sea Siao.
—Continuad —le dijo Mae a Sunni.
—¿Dónde vas, insensata?
—Vuelvo a casa.
—Vale. —Sunni se puso delante de ella repentinamente—. Mae, tú tenías razón
—admitió. Mae empezó a moverse. Sunni la agarró—. Me has oído lo que te he
dicho, ¿verdad? ¡Tenías razón!
—Sunni, sí te he oído. ¡Vete!
—¡Vete! ¡Y vuelve pronto!
No dijeron nada más.
Mae pasó corriendo tras las casas de los Ho, los Matbahsuluks y los Kemal. Se
detuvo en la esquina de la casa del señor Kemal, se retorció y entró con dificultad en
la calle Baja.
Un ruido de aplausos. Si lo oyes sobre ti, estás muerta.
Ya está bien, Mae; compruebas la casa y te vas.
Su casa resplandecía, blanca como una tarta bajo las estrellas. Delante estaba una
de las furgonetas viejas del señor Pin, vacía y oscura. La puerta del patio estaba abierta. Mae entró corriendo.
El barro le llegaba hasta las rodillas en el patio.
—¿Siao? ¿Siao?
Mae encendió la linterna. La puerta del granero estaba firmemente cerrada, el
barro la había dejado atrancada. Sobre la superficie del barro fluían arroyuelos de
agua. Si no había nadie, saldría corriendo.
Desde dentro de la casa del señor Ken, alguien gimió:
—¡No puedo salir! —Era la anciana señora Ken.
Sobre ellas, algo siseó, como el agua en una cacerola.
—¡Las terrazas se están desprendiendo! —gritó Mae, y notó un clic.
Ya he estado aquí antes, pensó.
La señora Ken empezó a golpear el interior de la puerta de la cocina, atascada por
el peso del barro.
—La ventana, ¡rompa la ventana! —le aconsejó Mae. Se adelantó en el barro. Un
peligro lento, pesado, que le lamía los pies y la retenía como el pegamento. No podía
avanzar—. No me puedo acercar más.
Una silla atravesó el cristal, que brilló como la nieve en el aire sobre la tierra
líquida.
—¡Mae! —la llamó alguien, desde la puerta del patio. Mae se volvió; era Kuei. Él
avanzó a través del barro que le llegaba hasta la cintura—. ¡Madre! ¡Madre! —Se
retorcía, vapuleaba el barro, se balanceaba a ambos lados para poder llegar hasta la
ventana rota. En ese instante, el barro lo lanzó hacia adelante, levantándolo del suelo.
Por primera vez Mae pensó: Es demasiado tarde. Podríamos morir.
Una cabeza, unos hombros y luego unas piernas asomaron por la ventana de la
cocina.
—Oh, ¡Kuei! ¡Ayúdame!
El barro agarró a Kuei y lo arrastró. Su madre quedó fuera de su alcance.
—Kuei —gritó otro hombre—. Camina sobre esta tabla.
¿Siao? Mae se volvió. Tres hombres traían la tapa de la carbonera.
Era Siao.
Y allí, ayudándolo, estaba Joe. ¡Joe! ¿Dónde? ¿Cómo?
Los tres lanzaron la amplia tapa de contrachapado sobre el barro bajo la ventana.
—Salte sobre ella. Quizá pueda aguantar su peso lo bastante. Intente caminar
hacia nosotros.
—Madre —dijo Kuei—, déjate caer. Yo te cogeré.
La anciana señora Ken, sin decir palabra, se dejó caer con suavidad a través del
marco de la ventana rota sobre la balsa salvavidas. Se inclinó en el barro y poco a
poco se acercó a las manos de su hijo. Kuei la agarró y tiró de ella. Joe y Siao se
inclinaron hacia delante y tiraron de ella también. Kuei abrazó a su madre, que emitió
un solo quejido.
—¡Mae! —le preguntó Siao—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—¡Intentaba encontrarte!
Una corriente de lodo que parecía un ser vivo, una babosa, los empujó alejándolos
de la puerta del patio.
—¿Cómo atravesamos esto para salir? —gritó Joe desesperado.
Mae recordó que la cuerda del tendedero atravesaba el patio.
—Por aquí —dijo, enfocando la cuerda con la linterna de hada buena. Entonces se
agarró a ella y empezó a tirar de sí, a través del barro.
El señor Ken dijo:
—Vale, mamá, tira como dice Mae.
Todos agarraron la cuerda y se arrastraron hasta afuera. Mae se volvió a la puerta
y los alumbró.
Allí estaban, sus tres hombres: su marido, su amante y Siao. Miró la cara apacible
de Siao.
—Recibí un mensaje en el salón de té —dijo—. Joe había llegado al Pueblo
Desecado.
Joe miró a Mae, y luego bajó la vista, avergonzado.
¿Oyó Mae un aplauso?
Se volvió hacia la puerta abierta, sin atreverse a respirar, y miró atrás.
Las masas aplaudían desde la colina este provocando un fragor alegre. El sonido
tenía forma, la forma de una cuchilla, afilada por un lado, más ancha por detrás. Una
parte de las tapias se había caído.
—¡Ahí está! —se lamentó, con la voz apagada, anegada.
Ssssh, decían las piedras. Corrían como si fueran agua, sonaban como el agua, se
dejaban llevar por ella y por su propio peso montaña abajo, golpeándose contra las
terrazas, alcanzándolas, liberándolas.
Mae se abrió camino hasta la calle y vio cómo las rocas, brillantes bajo la luna,
fluían por el lado este de la cuenca.
Un río de rocas.
—¡Vamos! —gritó otra vez.
Miró tras de sí, sin control; Ken y Joe estaban cubiertos hasta las rodillas y
tiraban de la señora Ken para liberarla.
Mae luchó por llegar y tiró.
Entonces el aplauso empezó a oírse en la colina que estaba directamente sobre
ellos.
Era una caída muy lenta. Arriba, en la colina, la pared de una terraza se cayó de
lado, crujiendo al verse obligada a moverse por el peso de las rocas que se
acomodaban sobre ella. Todo el derrubio avanzaba hacia la escuela, hacia la casa de
Sezen.
No podrían volver a la calle Alta.
—Tenemos que ir por aquí —dijo Mae.
Todos corrieron. Mae enfocaba con la linterna. Puertas que habían dejado abiertas, puertas cerradas. Mae se dio cuenta de que ya no le importaba quién había
conseguido escapar. Sintió que le metían agujas en los oídos; era una sensación
terrible, un estremecimiento en el aire, en la tierra, algo que no era exactamente un
ruido. Era algo en su cabeza.
Se oyó otro suspiro, esta vez delante de ellos. Las montañas rugían aliviadas,
liberando la vejiga y los intestinos. Solo tres casas más y llegarían a la plaza.
El haz de luz los engañaba, mostrándoles destellos de la inundación. La plaza
había desaparecido. La mayor parte de la casa de los Kosal se había caído. La esquina
oeste seguía en pie, pero el resto estaba repartido en escombros por todo el lago. Una
silla se alzaba sobre una roca. Más allá de los escombros, el río rugía.
—No podemos cruzar —dijo el señor Ken.
—Podríamos intentar trepar por los escombros —dijo Joe.
—Justo detrás está la torrentera. Desapareceríamos en ella.
—Volvamos —suplicaba la anciana señora Ken.
—La casa estará enterrada —dijo Mae.
De nuevo se oyó ruido de molienda, como si estuvieran moliendo el mismo cielo,
como si las colinas fueran granos de pimienta. A la luz de la Luna y las estrellas
vieron el puente sobre ellos, arrancado de sus cimientos.
El puente se levantó y se venció hacia delante, resbalando por la cuesta junto con
un derrumbe de tierra y piedras que bajaba desde la calle Alta. Hubo una explosión
de agua, grandes chorros blancos de agua. Las vigas de madera giraban hacia arriba
en el aire. Surgió una maraña de raíces, enredadas, que restallaron. El Único había
caído. El puente bajaba por la colina. Por fin quedó asentado, aún de pie, aunque ya
no llevaba a ninguna parte.
Se produjo otra colisión delante de ellos. La casa de los Doh se vino abajo por
completo.
Uno de sus hombres la cogió. ¿Cuál? Todos se movían entre un velo de agua que
les golpeaba la cabeza e intentaba llevárselos hasta las ruinas de la casa de los Kosal.
Tuvieron que trepar a un muro roto de piedra. Alguien se agachó para ayudarla. Ella
lo miró a la cara. Era Joe, con aspecto cansado, guapo y triste, pero nada lento.
Rápido, delgado y tan despierto como cuando era el cabecilla de todos los jóvenes.
La levantó.
Primero se subieron al Único, encaramándose a su tronco de roble viejo, lleno de
nudos.
Luego caminaron como si nada a través del viejo puente. Una cascada retumbó
junto a ellos, llenándolos de olor a tierra y al perfume mineral de la nieve que acaba
de fundirse. Un hermoso río, enorme y verde los bañó y siguió su curso hasta el valle,
que era ya un mar. La casa de los Tui se alzaba sobre el agua, aunque solo los pisos
superiores. La parte sur del pueblo estaba totalmente sumergida. Kizuldah parecía
una auténtica localidad costera, con su rompeolas de rocas.
La calle Baja caía hacia el oeste, por debajo de ellos, y la ladera fluía a través de ella. Todo se movía: las rocas, los matojos, la tierra, como en una migración. La tierra
parecía una manada de búfalos que bajaba al lago a beber.
—¡Oh! ¡Oh! —Lloraba la señora Ken—. ¡Todo se ha perdido!
Tuvieron que saltar desde el puente, desde una altura que era dos veces la de un
hombre, al agua que pasaba rápidamente. La corriente golpeó ruidosamente a Mae,
dejándola sin aliento y sin fuerzas. Uno de los hombres la cogió; ella lo cogió a él; los
dos cogieron a la señora Ken y a quienquiera que la estuviera sujetando. Juntos
tiraron unos de otros hasta la calle, que era un torrente de agua y rápidos sobre los
adoquines, ahora tierra firme.
Habían sobrevivido. Corrieron montaña arriba hacia la casa de Kwan.