Aire

Geoff Ryman · Capítulo 20 de 27

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Aire

Capítulo 19

19

 

Archivo de audio de: Señora Chung Mae

 

Fecha: 26 de diciembre

Señor Oz:

Kwan ha recibido un mensaje diciendo que el profesor Shen ha

perdido su empleo y va a ser sustituido. ¿Cómo? Las nieves han llegado. No se puede circular ni con un tractor por nuestras carreteras. ¿Va a seguir enseñando el profesor Shen sin cobrar? ¿En qué beneficia a nuestros niños que no haya escuela? Mire, estamos de acuerdo en que el profesor Shen me traicionó y causó mucho daño al Partido del Progreso, pero esto no es bueno. Por favor, escuche a su mujer, nuestra amiga Shen Suloi.

Honorable señor Oz, soy la señora Shen Suloi, la esposa del

profesor Shen. Amable señor, ha sido todo bondad con nosotras y necesitamos su ayuda de nuevo. Mi marido está equivocado respecto a la tele y a Aire; ve estas cosas como una gran inundación que lo barrerá todo, pero es un buen hombre y quiere lo mejor para los niños del pueblo. Bondadoso amigo, ha sido muy malo que el mensaje en el que lo despedían llegara a través de la televisión y después de su visita. Ha hecho que muchos hombres piensen que la tele es el enemigo. Creen que es un espía del Gobierno, que se lleva la vida entera de un hombre. Muchos dicen que no llevarán a los niños a la escuela si envían a una sustituta del Gobierno. Mi marido sigue enseñando gratis, pero está muy descorazonado. Somos pobres, señor Oz, ¿comprende? Eso es difícil de admitir, quizá algo más fácil para una mujer. Tenemos cuatro hijos y no tenemos granja. Mi marido va a la escuela con los hombros encorvados. No se peina. Se sienta por las noches junto a una vela y llora. Toda su vida se ha preparado para ser profesor. Fue un gran logro para un chico de Kizuldah, y ahora lo ha perdido; su esposa gana más dinero que él. Así que, ¿puede hablar con la gente que ha hecho esto y explicarles que no tenemos profesor? ¿Puede pedirles que devuelvan su empleo a mi marido?

 

Archivo de sonido de: Señor Oz Oz

 

Fecha: 27 de diciembre

Mae, yo también estoy furioso. Ni siquiera me lo habían dicho. La

cosa es como sigue: haces un informe y ellos van y hacen las cosas sin consultarte, aunque hayas estado allí. Es típico de la Oficina Central trabajar así. No sé por qué estoy con ellos. Nunca escuchan a nadie. No tienen aptitudes para dirigir. Me siento terriblemente avergonzado, pero no es culpa mía. ¿Qué puedo hacer?

 

Archivo de sonido de: Señora Chung Mae

 

Fecha: 27 de diciembre

No me importa nada de eso. ¿Qué va a hacer AHORA?

 

Correo electrónico de: Señora Wing Kwan

 

Fecha: 29 de diciembre

Querido secretario Goongoormush:

Soy la señora Chung. Dígales que este mensaje es de mi parte, que

soy aquella a la que hizo daño. Es en invierno cuando nuestros niños estudian, tradicionalmente. No es bueno que no tengamos profesor ahora.

Soy una socia de la señora Chung Mae. Nuestro negocio apareció

recientemente en el New York Times. Los archivos adjuntos de estadísticas y resultados financieros muestran que nuestro proyecto es uno de los mejores bajo la iniciativa Dar Alas. Mi marido es el director de Comunicaciones Golondrina, también fundada por la iniciativa.

Digo todo esto solo para demostrar que yo, junto con Chung Mae y

otros, representamos a lo que aquí llamamos Partido del Progreso. Su representante, el señor Oz Oz, informó con exactitud de que nuestros esfuerzos habían sido obstaculizados por el profesor del pueblo, el señor Shen Yoh.

Sin embargo, quitar al profesor Shen de su puesto en estos

momentos ralentizará el progreso. Su sustituto no podrá llegar por carretera en invierno. Esto dejaría a nuestros niños sin escuela en este año crucial de Dar Alas.

El profesor Shen no ha entendido las ventajas de Info, pero es un

buen hombre, y nosotros, los del partido del Progreso, solicitamos su restitución.

Atentamente,

Señora Wing Kwan

 

Archivo de sonido de: Señor Oz Oz

 

Fecha: 30 de diciembre

Mae, ¿está loca? ¿Una carta de Kwan? No es la persona mejor

considerada de Kizuldah. He expuesto el caso, pero mi jefe dice que depende todo de la Oficina de Disciplina y Educación, y de su propia campaña Visión 2020.

Así que ya ve cómo me impiden ayudar a cada paso.

 

Archivo de sonido de: Señora Chung Mae

 

Fecha: 30 de diciembre

Sí, ya veo qué es lo que le impide de verdad ayudarnos.

 

AL AMANECER, DESDE SU ÁTICO, MAE OÍA LA MÁQUINA DE TEJER FUNCIONANDO.

 

Emitía un zumbido que le recordaba al de los colibríes. La oía a través de las paredes cuando trabajaba. Se la imaginaba extendiendo una lengua de hermoso tejido.

La nueva televisión estaba puesta en una hamaca sujeta por la polea de Siao. Era

muy temprano y Mae estaba construyendo un sitio nuevo. No iba bien. Bueno, al

menos una pantalla funcionaba.

 

LOS COCHES ANTIGUOS NUNCA

 

MUEREN,

 

van al taller del honorable señor Pin.

 

CIRUGÍA DE COCHES DINÁMICOS.

 

También de sus primos los tractores, los remolques y las

furgonetas.

 

Todos los vehículos quedan embrujados por los cuidados

de cabecera del Cirujano de Coches y por sus manos

amables y expertas.

 

Mae había escrito cartas hablándoles a todos acerca de su nuevo servicio en la

Red. Su primer cliente, el señor Pin, se presentó dos días después.

El señor Pin no quería hablar con Madame Búho. Se sentó con Siao como si Mae

no estuviese, retorciendo la carta que tenía en la mano. No tenía ni idea de lo que se

podía hacer con la Red ni de cómo usarla para parecer más moderno. Es decir, más

moderno que su mayor y más peligroso rival, el señor Enver Atakoloo.

Siao intentaba desviarlo hacia Mae, que le dirigiera sus preguntas a ella.

Finalmente, para alivio de todos, Mae se fue arriba, al ático.

Escuchó desde allí, y se sorprendió de que Siao fuese de tanta ayuda. El señor Pin

era un hombre difícil de complacer. No entendía para qué servía la tele, y temía que

el Gobierno averiguara algo de él.

Siao se lo explicó. Le llevó horas y una botella de vino de arroz templado. La idea

de Siao era poner una lista en el aparato llamada «El provechoso servicio del señor

Pin para responder a todas sus preguntas».

En ella aconsejaría a la gente cómo revisar el coche o cómo hacer reparaciones

sencillas. El señor Pin no entendía los principios de desenrollar la estera de Info:

había que dar algo gratis. Siao sí. Le explicó que dar Info gratis le haría ganar amigos

entre sus clientes y les demostraría que era un experto. Y lo más importante de todo:

se libraría de la parte menos rentable del negocio al dar esos pequeños consejos.

Pin, borracho ya a esas alturas, lo entendió por fin.

—¡Ah, honorable señor Siao, qué cerebro tiene! ¡Debería dirigir un banco!

Siao le sonsacó al señor Pin todas las averías que un coche podía tener y si la gente podía arreglarlas por sí misma o, en caso contrario, cuánto costaría.

Después trepó por las escaleras con una lista. No demostraba ningún orgullo.

Profesionalmente, se la leyó a Mae y al aparato.

Mae utilizó la información para hacer su primer formulario de voz inteligente.

Debía hacer unas preguntas y esperar a que la víctima respondiera por el micrófono.

—¿Naturaleza del problema?

—El coche no arranca cuando…

—¿Eh? Por favor, repita la naturaleza del problema.

—Que no arranca…

—¿Eh? Si tiene problemas, por favor, concierte una cita con el señor Pin. ¿Puede

traer el coche? Responda sí o no.

—¡No!

—¿Puede traer el coche? Responda sí o no.

—¡Sí!

El formulario de voz empezó a hacer una especie de ruido y a repetir una y otra

vez.

—Responda… Responda… Responda…

—¡Boñigas! —dijo Mae, y aporreó la tele—. Alto. Guardar. —Mae arqueó la

espalda hacia atrás, estirándose—. Crear correo electrónico para

sloop@karzphone.co.kz. Adjuntar archivo de programa formulario-Pin Tres.

Mae envió el formulario a Sloop, el ingeniero de telefonía de Yeshibozkent que

había intentado explicarle lo que era la televisión por primera vez. Él la ayudaba con

las codificaciones difíciles. Por una tarifa. ¿Cómo iba a ganar dinero con esto?

Mae suspiró y pensó en el desayuno.

Bajó y se sorprendió de que Siao y el anciano señor Chung estuvieran en pie y

desayunando tan temprano. Entonces, miró la hora. Eran las ocho y media de la

mañana. Siao tenía la cabeza entre las manos.

Le extendió un papel.

—Tu hermano —dijo, sacudiendo la cabeza.

—¿Qué ha hecho ahora? —Mae estaba decidida a tomarse a la ligera a su

hermano. Era un incordio, como las gachas quemadas o una sartén que hubiera que

rascar.

Siao apretó los labios con rabia.

—No te lo vas a creer. Reclama tu negocio.

—¡Qué! ¿Cómo puede hacer eso? —Mae puso la misma cara que ponía al

espantar a los mosquitos de los ojos, bizqueando y sacudiendo la cabeza.

Siao le leyó la carta. Era de un abogado de la ciudad.

 

De la sección 99.54 del Acta de Propiedad Mundial se deduce que la señora Chung

Mae, al haber abandonado a su marido, no tiene derecho a reclamar propiedad familiar

alguna. Tras haberse vendido la propiedad de Patio Inferior 2, en la calle Baja, solo

quedan los intereses del negocio de la familia. Dado que el señor Chung Joe tiene su

residencia en Balshang, el negocio familiar de moda, diseño de páginas web y producción

de ropa ha quedado a cargo de su mujer, que al haberle abandonado ya no tiene derecho

legal a él. La señora Chung ha mostrado una constante falta de juicio y un

comportamiento extraño desde el desafortunado incidente que resultó de la prueba de

Aire. Esto está totalmente documentado en las actas notariales del doctor Bauschu, quien

certifica una esquizofrenia inducida como consecuencia de la prueba.

El comportamiento errático de la señora Chung incluye el ataque a un anciano del

pueblo armada con dos cuchillos, el abandono de su marido, una relación ilícita y un

rechazo total de su familia materna, que ha causado a su anciana madre un gran

sufrimiento.

Como cabeza de familia, reclamo por tanto el control inmediato de todos los intereses

del negocio para salvaguardarlos y protegerlos, poniéndolos bajo la dirección adecuada…

 

El odio brotó en Mae. Odio puro y devorador. Se sentó de golpe. Ju-mei tenía

mucha suerte de no estar en la habitación, porque sin duda habría vuelto a coger los

cuchillos.

—No me lo puedo creer. ¿Puede hacerlo?

—Es una ley antigua que impedía a las mujeres tener propiedades, pero está en

vigor.

—¡Lo mataré!

—Lo único que conseguirás será acabar en la cárcel.

Siao encendió un cigarrillo y miró a Mae a los ojos. —¿Confías en mí?— le

preguntó.

Mae pestañeó, por lo inesperado de la pregunta.

—No lo sé. Nunca he tenido que confiar en ti, Siao.

Él asintió, y su mirada se volvió hacia dentro, hacia su interior, por un momento.

Nunca antes se había mostrado tal como era.

—Podemos decir que es un negocio de la familia Chung y, por lo tanto, el señor

Wang no puede meter la nariz.

Mae comprendió la pregunta.

—Sí, podríamos decir eso.

—Desconfió. Tampoco quería que Siao o Joe se apoderaran de su negocio.

—Podría decir que es un negocio de la familia Chung, y que Ju-mei puede ser el

cabeza de su familia, pero no lo es de la nuestra. Podríamos decir que si estás en

condiciones o no, no es asunto ni de él ni de su abogado.

El anciano señor Chung sacudió la cabeza.

—Se lo llevan todo.

—No, si no los dejamos, padre —dijo Siao.

—Necesitaremos un abogado —dijo Mae—. Los abogados conocen gente, saben

cómo funciona el Gobierno. ¡Inshallah! —Puso también la cabeza entre las manos—. Oh, ¿por qué tiene que pasar esto? Te lo advierto, ¡esto me va a volver loca!

—Yo no diría esas cosas durante un tiempo —dijo Siao.

Mae fue al aparato y le envió un correo de voz a Kwan. Esta le dio el nombre de

un abogado y sugirió que sería buena idea que ella misma le escribiera la carta.

—Mae, cuando te enfadas, a veces dices cosas…

—No quiero volver a ver a nadie de mi familia en la vida.

—A eso me refiero.

Kwan escribió un borrador en su propio nombre, como miembro del Círculo. Era

la expresión perfecta de lo razonable, del refinamiento al exponer una situación en la

que ella también estaba involucrada. Por lo visto, el negocio pertenecía a todas las del

Círculo, incluida Kwan.

Espero, pensó Mae, no tener problemas con ella también.

Siao estaba pensativo.

—Esa es otra línea para abordar el asunto, quizá mejor aún que decir que el

negocio es de la familia Chung, pero piénsalo. Quizá Ju-mei no haga esto para

quedarse con el negocio, sino para conseguir una parte.

—Quiere una parte, muy bien, le daré una parte. No sabe nada de Info, no sabe

nada de Aire, no sabe nada de nada, tiene celos, siempre los ha tenido.

—Sí, tienes que aceptarlo. No puedes cambiar a tu hermano. —Siao sabía algo

acerca de soportar hermanos difíciles.

Mae se calló. Siao dijo:

—Mae, no creo que quiera el dinero. Creo que quiere respeto. Por eso lleva

siempre el abrigo y el sombrero de los domingos, por eso es un agente de seguros

aquí, en las montañas, donde ninguno de nosotros puede permitirse tener un seguro.

Mae estaba furiosa.

—Nunca volveré a hablarle. Para mí ha dejado de existir. Un sapo despierta más

mi interés que ese abrigo de los domingos andante, pretencioso y envidioso.

—Tú y tu hermana llevabais la familia —dijo Siao—. Él te ve como una hermana

autoritaria que siempre, siempre va por delante de él y le gustaría, por una vez, ganar.

Yo diría que lo que quiere es que lo necesites.

—¡Bah! ¿Él? Eres muy amable, Siao. Ju-mei quiere vencer y el botín.

—Lo que un hombre desea más que nada en el mundo, Mae, es que lo necesiten.

—La voz de Siao era calmada—. Si un hombre siente que no lo necesitan hace una de

estas dos cosas: se rinde y se vuelve silencioso y malhumorado, o se enfurece y se

vuelve gritón y malhumorado. Las dos son lo mismo. —Los ojos de Siao decían: «Yo

lo sé muy bien».

Mae pensó: Se refiere a él mismo.

Ella dijo:

—Ju-mei tiene a su esposa y a su hijo que lo necesitan.

Siao se encogió de hombros.

—No será bastante si le haces sombra.

—Entonces, ¿qué aconsejas que hagamos?

—Propongo no gastar dinero en abogados. Eso es lo que quiere que hagas, así

puede llevarte a los tribunales y humillarte. —Siao pensaba—. Puedes disculparte.

—¡¿Qué?!

Siao no pudo evitar sonreír.

—Ajá, ¿lo ves? A ti también te gusta llevar la razón. Sois de la misma familia.

—¿Disculparme por qué?

—Por mentirle.

—Nunca le he mentido.

—¿Le contaste tus planes para el negocio?

—¿Qué? ¡No! ¡Claro que no!

—Ah, así que no le contaste la verdad a tu propio hermano, ¿y qué es no decir la

verdad, Mae?

Mae estaba pasmada.

—Pero, pero, es, es, es, es…

Siao empezó a reírse.

—Ocultaste la verdad. Ocultar la verdad es mentir.

—¡Pero no es como decirle que no estaba montando mi negocio! ¿A él qué le

importa?

—Es tu hermano. Está utilizando la ley para reforzar su posición. Sí, quiere

hacerlo de forma que te duela, pero eso es porque tú le has hecho daño antes, y piensa

que lo has hecho a propósito. Ya lo sé, no has hecho nada para herirlo

deliberadamente, pero lo has hecho. ¿Qué es lo que busca? Ser el cabeza de su

familia y ser tu hermano. Sabe en el fondo de su corazón que te has casado y que ya

no eres una Wang.

—Bah. Lo que sabe en el fondo de su corazón es que quiere dinero.

—Yo sé que en su corazón quiere mucho más que eso. Te lo digo. Déjame escribir

la carta. —Siao no pudo evitar bromear—. Las mujeres sois tan insensibles. No

entendéis los sentimientos más delicados de un hombre.

—¡Tonterías! —dijo Mae.

Siao mojó la punta del lápiz con la lengua para empezar a escribir. Le gustaba

escribir. Mae no se había dado cuenta antes.

 

Queridísimo hermano:

 

Siento haberte ocultado mis negocios. No ha sido honesto por mi parte. He perdido

mucho por ello. He perdido tu ayuda y tu consejo.

Te has convertido en mi enemigo en el momento en que más necesito tener amigos.

Tengo una idea fantástica, pero no sé si funcionará, porque no sé nada de seguros.

¡Y precisamente tengo a mano un hermano que lo sabe todo! Creo que tú y yo juntos

podríamos encontrar formas inteligentes de usar la televisión para que la gente del

pueblo entienda lo importante que es tener un seguro.

Necesito tu ayuda. Por favor, reunámonos para hablar de todo esto.

 

Tu hermana,

 

Mae

 

La actitud de Mae era desdeñosa.

—No dice nada de la demanda. ¡Ni siquiera le pide que la retire!

—Ah. Lo has notado.

—Me estás pidiendo que me tumbe y deje que me joda mi propio hermano.

—Te estoy pidiendo que cedas en algo para que él vea que también le interesa

ceder. Así estará de tu lado, como debería estar un hermano. Me apuesto lo que sea,

Mae, a que él daría cualquier cosa por eso.

Mae gruñó.

—Vale, le mandamos tu carta, ¿eh? ¡Vamos a ver la respuesta que recibimos de

mi encantador hermano menor!

 

Mae:

 

Tu idea de usar la televisión para ofrecer seguros es interesante. Por supuesto,

tendría que consultar al Guardián del Hogar de Yeshibozkent cuyos intereses

represento, pero estoy seguro de que no tendrán objeción en que las pantallas lleven su

nombre y vendan sus productos si lo hacen de acuerdo a lo establecido en nuestra

sucursal local. Necesito discutirlo con ellos antes.

Tengo ciertas dudas acerca de que podamos trabajar juntos. Tu comportamiento en el

pasado me lleva a preocuparme seriamente por tu salud mental. Sin embargo, las

familias deben ser solidarias ante la adversidad. Si estás dispuesta a permitir que mis

amplios conocimientos en el campo marquen la política de la empresa, entonces quizá

podamos considerarlo.

 

Tu hermano,

 

Señor Wang Ju-mei

 

Conquistador de Ventas de la Provincia Feliz

Guardián del Hogar de Yeshibozkent

 

Mae estaba furiosa.

—¡Mi comportamiento! ¡Mi estado mental! ¿Y qué hay del suyo, que denuncia a

su propia hermana e intenta llevarse todo lo que ella ha hecho? Siao sorbía té.

—¿Miramos lo que dice de verdad? En primer lugar, tiene serias dudas acerca de

que podáis trabajar juntos. ¿Tú no estás de acuerdo?

Mae resopló.

—Buf, sí, en eso sí.

—Entonces, ¿podemos tomarlo como una simple constatación de la realidad?

Mae encogió los hombros.

—Él me ha demandado a mí, no yo a él.

—No te ha demandado. Ha declarado su intención de hacerlo. De hecho, te ha

dado un aviso, para ser justo. ¿No es así? ¿Mae? Es así.

—Tú eres un hombre y estás de su parte.

—Tienes todo el derecho a llamarlo envidioso e intrigante. Vamos a ver qué dice

en la carta. A ver, menciona tu comportamiento y tu estado mental. ¿No has

perseguido a un hombre con dos cuchillos? ¿No has tenido un romance imprudente

con el vecino? ¿No has amenazado con matar a Ju-mei?

Esto no le gustaba a Mae. Quería luchar, pero no había nada contra lo que

hacerlo.

Siao murmuró:

—Te tiene miedo, Mae. Está aterrado. Eres su hermana mayor, grande y valiente;

sabe que has salido en el New York Times y que has perseguido al grandón del señor

Haseem con dos cuchillos para echarlo de tu casa. ¡Tiene miedo!

Hubo algo en lo que Siao decía que le hizo gracia.

—¡Hasta yo te tengo miedo, Mae! ¡Todo el pueblo está aterrado! Así que

Madame Búho, que es violenta y agresiva, lo odia. La gente sabe cuándo la odias,

Mae. También sabe cuándo la quieres.

Mae seguía sonriendo.

—Luego dice que hablará con su empresa, que las familias deben permanecer

unidas. ¡Mae! ¡Has ganado! Debes actuar como la vencedora.

Mae empezó a resoplar.

Siao concluyó:

—Debes ir a visitar a tu familia y hacer las paces.

 

HICIERON ESPERAR A MAE EN EL FRÍO DIVÁN.

 

Su familia quemaba el carbón en pequeñas cantidades. Dos trozos grises ardían

lentamente en el brasero. Mae se sentó en los cojines e intentó calentarse los pies y

serenar sus manos de mariposa, su estómago de mariposa. Mae, Mae, ¿por qué estás

tan asustada?

Los oyó susurrar fuera de la habitación. ¿De qué tenían tanto miedo? ¿Por qué

todos los miembros de la familia Wang se tenían miedo?

Es así para Ju-mei, pensó. Se presenta en la casa de la gente, ellos no quieren ser

descorteses y lo acompañan hasta el diván y luego comienza una pequeña lucha en voz baja tras las cortinas tratando de convencerse unos a otros para ser amables con

él. Mientras, él se sienta solo y finge que no los oye.

Pero lo menos que podríais hacer es dejar que la gente espere al calor. Si el

carbón es un lujo, quemad boñigas. Claro que la familia Wang no puede quemar

mierda; eso solo lo hacen los campesinos.

Solíamos envolver los regalos de cumpleaños en las servilletas de papel rojo que

ponían para los clientes en el salón de té. Envolvíamos algo precioso como una

naranja, y luego levantábamos con cuidado la cinta adhesiva para usarlas otra vez.

Cada regalito venía envuelto en las mismas servilletas rojas.

Pobre mamá. Todo lo que teníamos para comer era sopa, un cuenco de sopa al

día. Recuerdo un día en que tuvimos que comer un guiso de hierba, para llenarnos la

barriga. Al día siguiente, mamá fue por todas las casas y mendigó. Uno le dio las

patas de una gallina, otro le dio una cebolla, y nos hizo una sopa, casi sin nada.

Entonces uno de nosotros, jugando, derramó queroseno en ella. Mamá cayó al suelo,

llorando. Ni siquiera nos castigó. Se quedó allí, llorando.

Mae miraba las fotos de la pared. Allí estaban, todos los niños en fila con una

camisa blanca y las niñas con un vestido blanco, en la época dorada, como llamaba

mamá a la época en que papá vivía. Incluso en esos tiempos, lavaba la ropa blanca

contra las piedras bajo el puente.

Salía su padre, con cara de foto, como el bronce bruñido, en traje de domingo,

con bigote y pipa. Mae se acordaba del día en que se la hicieron. Habían bajado todos

en carro desde Kurulmushkoy, y él se había sentado muy recto y orgulloso con su

mejor traje. Era el candidato local por el Partido de la Unidad Nacional. Por eso nos

sacábamos la foto. Por eso lo mataron.

No fue tan grave para Missy y para mí porque éramos chicas, no tuvimos que

cambiar. Pero Ju-mei se había quedado sin nadie que le dijera cómo debía ser. Por

eso la foto de papá está colgada ahora en mitad de la pared.

Mae se acordó de que Ju-mei dejó de hablar durante los seis meses que siguieron

al asesinato. Se sentaba en silencio, mirándose los zapatos arañados.

Recordó que fue Ju-mei quien lo encontró moribundo en el diván. Tuvimos que

seguir usando los cojines con la sangre de papá en ellos.

De pronto, las cortinas del diván se abrieron como si Ju-mei quisiera rasgarlas.

Venía con la barbilla levantada, llevaba el atuendo festivo de los domingos y las gafas

puestas.

De repente vio la cara de su padre muerto y halló la respuesta.

Le asusta el pasado. Hace todo lo que puede por escapar de él, pero cuanto más

lucha, más atrapado está, y yo también.

Algo en Mae se partió en dos y un nudo se desató. Se relajó.

Pobre Ju-mei: no puedes dejar de luchar ni por un momento.

Mae estaba de pie y se inclinó respetuosamente ante su hermano. Incluso ella

estaba asombrada. No sentía el más mínimo resentimiento.

—Hermano —murmuró.

—Hermana —refunfuñó lacónicamente, y sacudió la cabeza arriba y abajo. Fue

más un intento de golpearla con ella que un saludo respetuoso.

No sabía qué decir. Se miraron durante un momento.

—¿Puedo sentarme? —preguntó Mae.

—Me sorprende que tengas que preguntarlo —gruñó en respuesta. Pensó que ella

intentaba demostrarle lo que son las buenas formas. Lo que significaba, claro está,

que sabía que había sido un maleducado al dejarla sola tanto rato.

Mae se sentó y miró las paredes, pensando el equivalente en karz de «al infierno

con todo». Dejó de intentar nada.

—Esas fotos me recuerdan tanto los viejos tiempos, cuando vivíamos aquí con la

tía.

—¡Bah! Estoy demasiado ocupado para pensar en el pasado.

—Yo también estoy bastante ocupada. Pero ¿sabes?, no todo fue malo. Me gusta

recordar cómo se afanaba mamá en tenernos limpios y en alimentarnos, y cómo

trabajábamos todos.

—Resulta agradable oír que reconoces algo bueno de mamá.

Mae no se molestó en discutir.

—Siempre será nuestra madre. Fue muy difícil para ella porque se apoyaba en

papá para todo. En aquellos tiempos se pensaba que si eras una mujer no tendrías que

madurar nunca. Solo tenías que seguir haciendo lo que te mandaban, y de golpe…,

puuf…, no hay nadie que te lo diga.

—Nunca se ha recuperado de la muerte de nuestro padre.

—Ninguno de nosotros. Estamos tan lejos de conseguirlo que no tenemos ni idea

de lo que supondría eso de recuperarse. No podemos ni imaginarnos quiénes

habríamos llegado a ser si papá no hubiese muerto. En el fondo, creo que seguimos

pensando que algún día llegaremos a ser esa familia.

Ju-mei se puso de pie de golpe.

—¿Qué quieres? —le preguntó con brusquedad. Mae no sabía si estaba enfadado,

amenazador, impaciente, aburrido o triste.

También podría contestarle de verdad. Se sentó, pensó un momento y la respuesta

le llegó por sorpresa.

—Un poco de paz y serenidad.

—Bah, hay pocas posibilidades de conseguirlas cuando tú andas cerca.

Y probablemente había algo de verdad en eso.

—Quizá por eso necesito un poco.

Ju-mei se puso aún más tieso.

—Estamos aquí para discutir una proposición.

A Mae le pesaban los ojos. Tenía una opción. Podía darle la pelea que buscaba, o

podía ceñirse a lo que Siao le había mostrado, que era algo nuevo. Mae pensó que

hacía esto por Siao. —«Seguros» es una palabra muy grandilocuente para unas personas que se fabrican ellas mismas las velas— dijo—. Tienen que verlo por sí

mismos para entenderlo. Tu empresa tendrá algo llamado Dah Thos, que es la

información que la compañía usa para calcular las respuestas a las preguntas de los

seguros. Puede que la empresa tenga vídeos, o bien información acerca de las

personas a las que ha ayudado.

Era como un fuego que se avivaba en su interior. Mae se echó hacia delante.

—Así que lo que tenemos que hacer es reunir todo ese material y mostrarlo. Para

ello tenemos al «Experto Número Uno»: tú. Podríamos montar un espectáculo en el

patio de la señora Wing, hacer una presentación. Quizá en primavera. Comida, flores,

de todo y en abundancia. ¡Ah! Entonces vienes tú y se lo explicas. Les enseñas unas

películas y además, invitas a la gente a que le hable a la televisión para que esta les

busque las respuestas más adecuadas para ellos.

Había hecho algo mal. La cara de Ju-mei se encerraba en sí misma.

—He vendido seguros en este pueblo durante muchos años, Mae. No necesito que

me digas cómo hacerlo.

He cometido un error. Aquí me tienes, la hermana mayor, diciéndole lo que tiene

que hacer.

—Yo… me he dejado llevar por el entusiasmo —dijo—. Está claro que todo

dependería totalmente de ti.

—Tú nunca has contratado un seguro —le dijo.

¿Qué? ¿Debería gastarme un dineral solo porque eres mi hermano? Mae tuvo

que reprimir la rabia que iba en aumento. Después de todo, Mae, su mujer te

compraba vestidos. En las familias, se compran cosas unos a otros por solidaridad.

—Eso fue decisión de mi marido —dijo Mae.

—¿Joe? Joe nunca ha tomado una decisión.

Ju-mei está siendo más honesto en este encuentro que tú, Mae.

—No creí que lo necesitáramos —dijo Mae.

Hasta ahora. Lo necesitaban ahora, y por una razón.

—No espero que me creas, Ju-mei, pero acabo de darme cuenta de lo que quiero

sacar de esto.

—Dinero —dijo rotundamente, hosco, sin esperanza.

—Quiero que asegures a todo el pueblo contra las inundaciones. —Reflexionó un

momento—. Y quiero recuperar a mi familia. —Notó que se le llenaban los ojos de

lágrimas.

Mae pensó que no serviría de nada. El encuentro acabó como una reunión de

negocios, con la promesa de Ju-mei de considerar su proposición. Antes de darse la

vuelta y marcharse, miró la casa. Había alfombrillas finas en el suelo, y una foto

recortada de una revista enmarcada. Las estanterías estaban vacías excepto por la

enciclopedia que Ju-mei había comprado de segunda mano para la educación de sus

hijos. La habitación estaba absolutamente limpia y ordenada; era fría. Su madre no se

asomó.

Mae llegó a casa y decidió contratar un seguro contra inundaciones. Hizo té y

subió las escaleras hasta el ático de Madame Búho. Tenía un mensaje de correo.

 

Hermana:

 

He hablado con la familia y hemos decidido aceptar tu proposición. Pensamos que sería

mejor si hiciéramos la presentación aquí, en nuestra propia casa. Mamá está hablando ya

de la decoración y la comida. ¿Podríais tú o la señora Wing dejarnos la televisión?

Te había malinterpretado. No había comprendido cuánto de lo que haces es por el

pueblo. Creí que lo hacías por dinero. Vistes mal, tienes mal aspecto y he pensado que

ahora tienes otro aire, otro encanto, creo que te has convertido a ti misma en algo

diferente. No se me ocurrió pensar que todo lo hacías sin pensar en ti.

Creo también que me alegro mucho de unirme a tu proyecto.

Juntos, aseguraremos Kizuldah.

 

Tu hermano,

 

Ju-mei

 

—¡Siao! ¡Siao! —lo llamó, alborozada—. ¡Siao! ¡Ven a ver esto!

 

MAE Y SLOOP, EL INGENIERO DE YESHIBOZKENT, PREPARARON LA DEMOSTRACIÓN.

 

Siao y Ju-mei llevaron con esfuerzo la televisión a casa de la familia Wang. Desde

luego hubo flores, pero invernales, de papel, y mesas llenas de comida. Vino alguien

de cada casa del pueblo. Las rejillas tenían montones altos de carbón y sirvieron vino

de arroz.

Ju-mei se puso de pie ante todos ellos y les enseñó cuánto dinero podían cobrar y

cómo podían pagar, un poquito todas las semanas. Las caras de unos campesinos en

la pantalla les decían: «están comprando protección». No eran vídeos; el Guardián del

Hogar de Yeshibozkent había creado enlaces en directo. Unas caras arrugadas y

curtidas como las suyas respondían a las preguntas de los granjeros: «Oh, sí,

perdimos todas las ovejas, pero la compañía nos compensó las pérdidas».

El director del Guardián del Hogar participaba también en uno de estos enlaces.

Le dijo a Ju-mei que su presentación era un ejemplo de cómo acercar la cruzada de

los seguros a la gente.

Siao estaba allí y compró un seguro para la familia Chung. Tuvo el detalle de

pagar el seguro de la tejedora de Mae.

Mientras duró el evento, Mae estuvo sentada en silencio en un rincón, ataviada

con su mejor vestido blanco.

Después de los apretones de manos, de las buenas noches, y de ver la sonrisa

alegre de su hermano, Mae subió a su ático y se fue a la cama sola. Entre sus brazos no había nada más que el recuerdo de la fiesta. Lo acunó toda la noche, junto con la

forma abultada de su niño.

Pero se sorprendió pensando en los brazos suaves de Siao.