Aire
Capítulo 4
4
ERA DE NOCHE Y MAE ESTABA MEDIO DORMIDA CUANDO OYÓ QUE JOE VOLVÍA A CASA.
Volvía del salón de té y chistó riendo a su hermano Siao. Había alguien más con
ellos.
—Bueno, ¿dónde está la mujer? —preguntó un hombre. Mae reconoció la voz:
era el marido de Sunni, que había venido con ellos.
Joe murmuró algo educado, por compromiso.
—¿De vuelta al trabajo? ¿En el negocio de la moda?
Joe se rio diciendo algo entre dientes; el marido de Sunni también se rio.
—Es bueno volver a ser el hombre de la casa, ¿eh? ¡Ja, ja!
Joe le pidió a su hermano que trajese el güisqui. Siao gruñó, harto de que Joe
hiciese siempre el papel de hermano mayor.
—¡Ah, no! ¡Algo bueno para el señor Haseem! —dijo con algo de frustración.
Los vasos entrechocaron. Joe acabaría con la cara roja por la noche y los ojos rojos
por la mañana. Era peor cuando bebía, se convertía en un mentecato. ¿Por qué el
marido de Sunni no le deseaba ya su pronta recuperación y se iba?
Porque, pensó Mae, no la deseaba. Se quedó muy quieta y escuchó.
—Yo puedo ayudarles —dijo el marido de Sunni. Mae casi podía oír el ruido de
la billetera abriéndose. Apartó las sábanas a patadas y se puso una bata. Entonces
pensó: No. No es bastante. Tenía que parecer una consultora de belleza.
Todo estaba en su contra, la oscuridad y el aspecto desaseado del dormitorio.
Intentó moverse en silencio; quería hacer una entrada teatral, lo justo para decir: «no
necesitamos su ayuda, honorable esposo de Sunni».
—¡¿Cuánto?! —exclamó Joe asombrado.
Mae buscó como pudo su mejor vestido en la oscuridad. Su mano topó con una
percha y notó el vestido. El cuello parecía estar bien. Se lo puso rápidamente y se
atusó el pelo enredado. Tanteó el alféizar y encontró una horquilla. Sacudió las manos
con prisa, se estiró el pelo y se lo recogió con ella.
Todo parecía torcido: la cara, la horquilla… El vestido le quedaba holgado en los
hombros pero le apretaba en la barriga. Los zapatos. ¿Dónde estaban los zapatos?
El señor Haseem arrastraba las palabras con lentitud.
—Suficiente para limpiar el granero, construir un establo, comprar unas cabras…
¿Eh? Ja, ja.
No, Joe, no seas tonto, así es como lo hace, presta mucho dinero y acepta la
granja en pago. Sandalias. No son apropiadas para el vestido, pero venga. Me siento
como si fuera parte de la granja, pensó Mae. Retiró la cortina con suavidad.
Alrededor de la mesa, el marido de Sunni estaba repantigado, como en casa, con
los pies en una silla y una botella de güisqui de arroz abierta y medio vacía.
—¡Esposa! —la llamó Joe, demasiado contento de verla. Siao la miró con la melancolía de un borracho.
Faysal Haseem la recibió entrecerrando los ojos, con una sonrisa.
—Es un honor —dijo el marido de Sunni, ofreciéndole un vaso de güisqui en su
propia cocina—. Se ha puesto su mejor vestido para nosotros.
—¡No encontró otro! —Joe pensó que había dicho algo muy divertido y se rio,
abriendo la boca como un pato.
Mae dijo:
—Es usted muy amable por ofrecernos su ayuda.
—¿Verdad que sí? —dijo el marido de Sunni, y alzó el vaso.
—¡Nos ha prestado ya cien riels! —dijo Joe.
—¡Oh! —dijo Mae—. Entonces tienes que devolvérselos.
—Naa —refunfuñó el marido de Sunni, y se enjuagó la boca con el güisqui—.
¡Cien riels, mujer! ¡Un granero nuevo! ¡Cabras! Seremos ricos.
—El señor Haseem es demasiado amable. —Mae se sentó, intentando que su
mente de negociante volviese a actuar. No estaba en forma para ser astuta—. Pero
¿cómo vas a devolvérselo, marido?
—Ah, podemos llegar a algún tipo de acuerdo —dijo Joe, atontado, sin pensar.
—¡No hay problema por los pagos! —dijo el marido de Sunni, no tan borracho
como para no fijarse en Mae y guiñarle un ojo con malicia—. Si llega el caso, puede
pagar con su negocio de moda.
—¡Bah! —dijo Joe con desprecio—. No hará falta.
—Tú no lo tienes —dijo Mae, con una risa cansada y enferma. ¿Es que Joe no lo
veía? Mae no había trabajado durante toda la temporada de primavera.
—Tendremos un buey, dos bueyes —dijo Joe, un poco fanfarrón.
—Dos bueyes no pueden pagar cien riels. —Mae se apretó la cabeza para
mantener el cerebro de una pieza. Lo único que podía hacer era poner las cartas sobre
la mesa.
Así que se lo pidió directamente:
—Por favor, señor Haseem, no hay forma de que podamos devolverle el dinero.
Es una mala inversión para usted. —Yo creo que es muy buena— dijo, colorado,
sabiendo perfectamente lo que hacía. —¡Perderá el dinero!—. ¡Qué tonta había sido
al vestirse tan bien! ¿Para qué? ¿Para demostrarle que aún tenían un ingreso extra?
Todo el pueblo sabía ya que era improbable. Lo único que había conseguido al
arreglarse era llegar demasiado tarde. Bien por la moda. —No perderé el dinero —
dijo el marido de Sunni—, ¿verdad, Joe? —Desde luego que no— contestó,
deslumbrado. Enseñó el dinero en abanico. —Joe, estás borracho— dijo Mae con
desesperación. Miró a Siao, que daba caladas a un cigarrillo y se miraba los zapatos.
A él tampoco le gustaba la idea. —Siao— le suplicó, —díselo. ¡Esta es la casa de tu
padre! ¡Dile que no podremos devolver el dinero! Siao la miró y se frotó la cara con
la mano. Se había dejado crecer una fina barba, y alrededor de la boca se notaban
unos músculos delgados. Tiró la ceniza.
—El señor Haseem ha sido muy amable, pero todos hemos bebido. Quizá
deberíamos darle las gracias, señor Haseem, y darle una respuesta por la mañana.
—¿Una respuesta por la mañana? —dijo Joe—. Un amigo nos ofrece dinero
generosamente ¿y tú le insultas diciendo que tenemos que considerarlo? —Digo que
tal vez el señor Haseem y nosotros nos sintamos mejor por la mañana —explicó Siao.
Joe miró de reojo al señor Haseem. Tenía que parecer el cabeza de familia—. A veces
es necesario arriesgarse. Tú nunca lo has hecho, Siao. Nunca te has ido de casa. —Tú
tampoco —replicó Siao, con tranquilidad—, pero creo que a lo mejor pronto tendrás
que hacerlo. Mae habló: —Joe, tu hermano tiene razón—. Esposa, esto es entre
hombres. Mae volvió a decir: —Señor Haseem, por favor, mi marido no sabe lo que
está haciendo; por favor, coja su dinero, no hay forma de que podamos devolvérselo.
Salvo dándole la granja. Era sincera. Estaba en desventaja y no tenía armas—. Creo
que es su marido quien debe decirlo —añadió el señor Haseem. Mae se inclinó hacia
delante—. No nos quite la granja, por favor, no haga eso, soy amiga de su mujer,
piense en la amistad y no nos engulla. Por favor, ¡se lo ruego!
El terror y la confusión que siguieron a la prueba y el odio por lo que estaba
pasando la sobrepasaron. Mae se arrodilló. Sobre el polvo, con su mejor vestido
blanco de corazones, se rebajó.
—¡Por favor, no nos quite la granja! —Creo que es su mujer la que está bebida—
se rio el marido de Sunni. —¡Mujer!— rugió Joe. —Estás haciendo una escena. Estás
enferma, enferma de la cabeza. —Se apuntaba la sien con el dedo.
—¡Coja su dinero! —Lloró Mae, arrebatándoselo a Joe y apretándolo contra el
señor Haseem—. Por favor. —El dinero cayó al suelo. Lo recogió, era dinero
envenenado e intentó volver a dárselo. Él lo cogió, lo enrolló con cuidado, se inclinó
sobre la mesa y se lo metió en el bolsillo a Joe, le dio dos palmaditas, gruñó y se
volvió a sentar. Parecía satisfecho, como tras una buena comida.
Bien, pensó Mae. Tienes tu préstamo e incluso has conseguido que te suplicara de
rodillas. Podía haberte negado eso, por lo menos. Sabes que lo sé, y que estoy
indefensa, pero no te daré nada más.
Mae se puso en pie y se secó las lágrimas. Le entró un dolor de cabeza horrible, y
la habitación entera le pareció sucia, sosa, estropeada.
—Cien riels no es mal precio por una granja —dijo—. Ha hecho un buen
negocio.
Joe estaba perplejo.
—Aquí tienes, marido. —Le sirvió otro güisqui—. Es mejor que estés contento
mientras puedas. Mejor olvidar. —Se sacudió el pelo encrespado, alisándolo hacia
atrás.
Él cogió el vaso con un gesto algo fanfarrón. La esposa le sirve a su hombre
güisqui, como debe ser. Mae deslizó la mano en su bolsillo y sacó el dinero. Lo
contó.
—Cien riels —le confirmó al marido de Sunni—. Está todo.
—Por supuesto —dijo el señor Haseem, recostándose—. Yo soy un hombre
honrado.
—¡Un hombre honrado! —insistió Joe, y levantó el vaso.
—La esposa es la que guarda siempre el dinero —dijo Mae, doblándolo y
metiéndoselo en el escote de su mejor vestido. Pensó: no lo voy a dejar a tu alcance
para que se lo robes a mi marido cuando se desmaye.
El marido de Sunni inclinó el vaso hacia ella en señal de saludo.
Mae no pudo soportar ver más. Salió y corrió la cortina tras ella, pero no se
acostó. Se quedó cerca, aterrorizada. Nos tiene, nos tiene, igual que atrapó a los otros,
con créditos y más créditos, con dinero que no se pudo devolver, con el embargo de
la casa y la tierra. ¡Solo la casa ya vale trescientos riels! El campo solo nos reporta
cien. Tenemos que buscar un ingreso extra para el año, más el interés.
Mae pensó en Sunni. Negocios de hombres, ¿no? Bueno, también pueden ser de
mujeres.
Ya podía encender la luz. La bombilla desnuda brillaba sobre la máquina de coser,
los objetos de aseo y sobre montones de ropa. Dejaba ver las arrugas de su cara, las
bolsas y las patas de gallo, y una boca hinchada como si su marido la golpeara. Vio el
peine y se lo pasó por el pelo. Vio la barra de labios y se los perfiló dándoles la forma
que hubiera querido tener. Se pellizcó las mejillas y encontró los zapatos que quería.
Se puso un suéter y volvió a la cocina dando grandes pasos.
—Me voy a dar un paseo —anunció y salió al patio despacio. El marido de Sunni
soltó una carcajada y la saludó.
—¡Que usted lo pasee bien, consultora de belleza!
Mae atravesó la calle Alta y luego subió la cuesta empinada que conducía a la
casa junto al río del señor Haseem. Sabía que Sunni estaría despierta, amargada,
vigilante.
Mae empujó la puerta de entrada, se dirigió a la de la cocina, se agachó y entró.
La luz estaba encendida, pero Sunni no estaba allí. Era mejor no sorprenderla, en caso
de que no estuviera presentable.
—¡Sunni, amiga mía! —la llamó—. Soy Mae, ¿puedo entrar y hablamos?
De hecho, Sunni la estaba esperando. Mae lo supo por el ruido de la cortina
contra sus anillos, por el peinado y el maquillaje impecables, pero sobre todo por la
forma en que se colocó ante ella, muy tiesa y con gesto serio.
—Es tarde para una visita —la informó Sunni.
—Lo sé, pero necesito tu ayuda.
—Desde luego. No has sido la misma últimamente. El nivel en el pueblo ha
bajado mucho.
Mae sabía en su interior que esto no iba a servir de nada, sabía cómo eran las
cosas, pero al menos algún día podría decir que lo había pedido.
—¿No me invitas a sentarme? —preguntó—. No pretendo quedarme mucho.
Como sabes, no me encuentro muy bien últimamente.
Sunni le indicó que se sentara a la mesa de la cocina, no en las habitaciones
principales, pero ella prefirió quedarse de pie.
Mae anunció:
—Voy a seguir con el negocio de la moda.
Sunni inclinó la cabeza.
—Esta es la primera vez que te escucho admitir que es un negocio. Antes siempre
decías que dabas consejos de amiga.
—Y la verdad es que aconsejaba gratis muchas veces. Por amistad —dijo. Su voz
sonaba triste, estaba triste—. Se sabe quiénes son tus amigos en la adversidad. —
Sunni, Sunni, sé lo que eres, pero puedes ser mejor. Sunni no decía nada.
Mae siguió:
—Tu marido, claro, está en el negocio inmobiliario.
Sunni seguía sin moverse. Todo esto, hasta el momento, se lo esperaba; sabría que
les iba a ofrecer el préstamo. Quizá había intentado disuadir a su marido, pero ahora
mismo, en lo que a ella respectaba, la decisión estaba tomada.
Sunni tardó en responder.
—Es mejor que ser un granjero, es una forma de prosperar. Una prosperidad que,
por supuesto, revierte en los negocios de belleza.
—Tu marido ha emborrachado a Joe, le ha llenado la cabeza de pájaros y le ha
prestado cien riels.
—Más bien, tu marido ha emborrachado al mío para sacarle esa cantidad.
—No podemos pagar, Sunni, sabes tan bien como yo que así es como tu marido
se enriquece. Te estoy pidiendo como amiga que utilices tus buenas artes para que tu
marido acepte quedarse con el dinero. O, claro. —Mae buscó en su vestido—, que lo
aceptes tú de mí ahora mismo. Que abogues por nosotros y le pidas que nos deje
vivir.
Mae sacó el dinero. El retrato del presidente Kublai Khan estaba impreso en ellos.
Sunni titubeó.
—¡Por favor, Sunni! —dijo Mae, sintiendo que la debilidad de la enfermedad se
apoderaba de ella de nuevo, hacía temblar la voz y aflorar las lágrimas—. Si no, lo
perderemos todo.
—Esa historia del préstamo —dijo Sunni—, es cosa de hombres, cosa de mi
marido. No puedo intervenir.
—Sunni, ¡nos destruirá!
—No te puedo ayudar —volvió a decir.
—Sunni, si alguna vez has sido mi amiga… —Mae se puso en pie, sin pedir
permiso, en la casa de un millonario.
Había cortinas bordadas, cojines bordados, dorados y verdes, todo muy
recargado; la habitación misma era agobiante, toda llena de objetos de cristal, cúpulas
y un juego de bolas de billar sin mesa.
—¡No es asunto mío! —dijo Sunni, con más fuerza. Se puso la mano en el vientre, como intentando controlar unos espasmos. De pronto, se giró—. En cuanto a
lo de ser amigas, eras mi empleada, ¿lo entiendes? Pagué por tus servicios, tu…, tu
consejo, tu, tu adulación. Lo pagué todo y lo sabes.
Sunni, Sunni, odias tanto lo que está pasando que te hace parecer torpe.
—Claro que eran negocios, las dos lo sabíamos. —Mae se estaba enfadando—.
Pero no se puede hacer negocios sin tener una relación, y la nuestra era directa y
buena, sin malentendidos. Eso no tiene por qué cambiar, ¡pero solo si «esa historia
del préstamo», como tú muy bien has dicho, pasa a la historia!
Sunni parecía arrinconada. Le temblaba la cabeza ligeramente. No, no, no.
Mae comprendió.
—Le tienes miedo.
—¡Qué tontería! ¿Cómo te atreves?
—Claro que estás asustada. Yo también le tengo miedo. Es un bruto, Sunni.
Las dos mujeres se miraron. El dinero estaba entre las dos. Mae lo miró, pensando
en su poder.
—Pero. —Mae suspiró— gracias a él eres rica. Por eso te casaste. No te interesa
cuestionar cómo consigue el dinero. Como tú dices, luego lo inviertes en moda.
Volvió a meterlo en el vestido.
La cara de Sunni se arrugó y frunció los labios con rencor. Quería vengarse de
una descripción tan fría y tan clara.
—Consultora de belleza. ¿Quién te necesita? ¿Quién va a querer tu consejo,
sirvienta, cuando la televisión de tu amigo Wing nos aconseje, y mucho mejor que tú?
Palurda. ¡No eres más que la mujer de un granjero!
—Puta —dijo Mae con frialdad. Lo lamentaré, pensó. Pero ahora no aguanto
insultos—. Por lo menos yo no soy una puta, Sunni.
Sunni se quedó sin habla. Mae se dio la vuelta y se marchó rápidamente.
Sunni empezó a bramar:
—Iba a decirle algo para ayudarte. —Sunni la siguió por la cocina—. ¡Iba a
hacerlo, pero ahora ya no! ¿Cómo te atreves a insultarme? ¿«Amiga»? ¿Tú? Haces lo
que sea por dinero, ¿y tú me llamas puta?
Mae estaba de pie en la puerta de la cocina.
—Déjalo, Sunni, déjalo. Todo lo que me has dicho es verdad. Siento que hayas
vendido tu vida a cambio de esta casa. Yo habría hecho lo mismo.
Salió en plena noche, bajo las estrellas y las nubes, que son eternas. La luna
estaba casi llena.
¿Y ahora qué?, se preguntaba. Dios mío, ¿y ahora qué?
Mae regresó y se encontró a su marido y al de Sunni dormidos sobre la mesa.
Siao se había ido arriba.
—Fuera —dijo Mae, sacudiendo al señor Haseem—. Fuera, borracho. Levántate
y sal de aquí.
La miró con dificultad y sonrió.
Te conozco, pensó. No eres más que un tirano que gobierna por la fuerza.
Cortarías cabezas y las clavarías en estacas, si pudieras.
—¡Fuera de mi casa! —repitió, y lo golpeó.
—¡Eh! —protestó, buscando la ayuda de Joe. El inútil de su marido estaba muerto
para el mundo, demasiado aturdido incluso para ayudar a su enemigo.
—¡Fuera, fuera, fuera! —Es lo único que podía repetir a la vez que le propinaba
una lluvia de golpes en la cabeza. Él se empezó a reír, lo encontraba divertido.
—¡Loba! —se rio.
Sí, era la viva imagen de la esposa furiosa castigando a los amigotes de su esposo.
Verse en esa situación la enfurecía aún más.
—¡No te echo de aquí porque estés borracho! Te echo porque eres nuestro
enemigo. Porque nos lo quieres robar todo. ¡Fuera, antes de que te arranque los ojos!
Mae cogió un cuchillo grande de cocina. Él dejó de reírse y dio un salto atrás,
lejos de la mesa. Lo vio vacilar y agarró el cuchillo de la carne antes que él.
—Te mataré, así no tendremos que devolverte el dinero. Te mataré y libraré al
pueblo de un tirano.
Hablaba en serio. Le lanzó una cuchillada y él aulló de dolor y retrocedió de un
salto, gritando:
—¡Eh! ¡Estás loca! Te ha entrado aire en la cabeza y… ¡eh!
—¡Yo…! ¡Te…! —Prometía mientras avanzaba hacia él. Los dos cuchillos
brillaban—. ¡…Mato! —Su voz se convirtió en un chillido.
Él corrió hacia la puerta y agarró su abrigo; los dedos amarillentos del tabaco le
temblaban y en su cara asomaban la sorpresa, el miedo y la confusión. De repente, el
mundo estaba del revés: lo perseguía una loca con dos cuchillos. Hizo una última
exclamación de sorpresa y salió de la casa.
Mae lo persiguió por el patio, insultándolo.
—¡Corre, perro, corre! ¡Corre, burro! ¡Vete, vete, vete!
Había luces en las paredes del patio, al igual que en el resto del pueblo. El perro
del señor Ken se despertó y empezó a ladrar. Ella escuchó el ruido de los pies del
señor Haseem y el aleteo de la chancleta al otro lado de la puerta. Otros perros
empezaron a ladrar y todo el pueblo se despertó. Por la mañana, todos sabrían lo que
había pasado.
—¿Señora Chung?
Allí estaba el señor Ken en calzoncillos.
Ella empezó a llorar. Dejó caer los cuchillos que retumbaron en la piedra.
Escondió los ojos avergonzada, atemorizada. ¿Cómo habían llegado las cosas tan
lejos tan rápidamente?
—¿Qué está pasando? —preguntó el señor Ken. Estaba de pie, frente a ella,
espantado. No quería que él pensara que estaba loca. Se calmó y se lo explicó.
—El señor Haseem le ha prestado a Joe cien riels. Lo emborrachó y él aceptó el
dinero.
El señor Ken sabía lo que eso significaba.
—Ah —dijo.
—No podremos devolvérselo nunca. ¡Se quedará con nuestra granja!
—¿No acepta que se lo devuelva? —El señor Ken se movió, dándose cuenta
ahora de su desnudez.
Ella deseaba abrazarlo. Eso la tranquilizaría, el mundo dejaría de dar vueltas,
haría que todo se detuviera.
—No, no quiere el dinero, nos quiere a nosotros y a nuestra tierra. Quiere
convertirnos en sus esclavos, lo mismo que quiere hacer con usted.
Una pausa, un latido. Las luces seguían encendidas.
—Es mejor que entre —le dijo él.
No podía moverse, estaba congelada, aún temblaba de impotencia. Él se arrodilló
para coger los cuchillos. Ella vio cómo la parte alta de su espalda se ensanchaba en
dos hombros fuertes. Vio el pliegue de la columna, enterrada en un cuerpo robusto.
Entonces él le pasó el brazo por los hombros y en silencio la condujo hacia su
propia casa.
—¡Ssssh! —le dijo.
La guio hasta su cocina. No encendió la luz. Con mucho cuidado, dejó los
cuchillos en la mesa, casi sin hacer ruido.
—¿Qué estamos haciendo los dos aquí en la oscuridad? ¿Es lo que creo?
—Mi madre estará despierta —dijo, en una voz tan baja como el sonido del agua
entre los juncos. Acababa de despertarse y su aliento olía un poco a ajo, pero a ella de
alguna manera no le resultaba desagradable.
La anciana señora Tung la guiaba. Ella sabía cómo conseguir lo que quería.
Las manos de ella estaban en los hombros de él y descendieron por su espalda
fuerte y suave. Las manos de él estaban en sus pechos, y el corazón le latía con tanta
fuerza que apenas podía respirar. Esto era peligroso, una locura, pero no le importó en
absoluto. No debería hacerlo, a los hombres hay que mantenerlos a raya y a distancia,
pero llevaba toda la vida haciéndolo y lo único que había conseguido así era a Joe.
Debía de haberse acercado a él porque de repente se encontró con su pecho
peludo. Las piernas fuertes y arqueadas y los calzoncillos sueltos, ahora tensados por
un pene duro y pequeño, se apretaron contra ella. No llevaba bragas. Un pene tan
pequeño entraría en ella con rapidez, podían hacerlo con la rapidez y la dulzura de un
beso.
Se vio a sí misma subiéndose su mejor vestido. Él la besó, ella dejó caer la ropa
interior de él y por fin, por fin, por fin, por primera vez en su vida, lo consiguió. Era
una estupidez, él la despreciaría después.
Pero después de haber intentado matar a alguien con dos cuchillos, le daba igual.
Ella sintió su espasmo y notó que algo se disparaba contra una pared en su interior.
Entonces él puso su frente contra la suya.
No había salido de su cuerpo aún. Inesperadamente, sintió una sacudida dentro de ella; algo se estremeció, humedeciéndose. No paraba de decir: «oh, oh, oh».
—¡Sssh! —dijo él, saliendo de ella.
Se tapó con el vestido. Él se desprendió de sus calzoncillos y salieron al patio.
Las luces del pueblo ya estaban apagadas; la Luna brillaba. Él estaba desnudo y azul;
nunca había visto nada tan hermoso.
Se miraron. «¿Y ahora qué?», parecían decir sus caras. Ambos sonrieron,
abrumados por la rapidez de lo que había pasado. Mañana será otro día. Él hizo un
gesto con la cabeza que significaba: «vete ya, escóndete».
Ella se dio la vuelta y caminó hacia su casa, se giró y miró la entrada de la casa de
él, oscura y vacía.
Entró, y Joe todavía estaba dormido. No eres malo, pensó, solo un poco estúpido
y no te quiero como al señor Ken. Lo dejó dormido en la mesa y ella se dejó caer en
la cama revuelta.