Ático

Gabi Martínez · Capítulo 11 de 78

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Ático

Pantalla 1

 

Desde la terraza se tiende un puente hacia un ático frondoso de plantas exuberantes, incluso hay una palmera. Se escucha algo. Kazuo aparta un par de hojas grandiosas. En un jergón entre los matorrales, un hombre folla con una mujer colocada a gatas.

—Oh, disculpad —dice Kazuo.

—¿Eres un fisgón? —pregunta él.

—No, no. Soy el vecino de enfrente y busco la forma de bajar al suelo. Ya no me gustan las alturas. Pero parece que estoy atrapado.

—¿Te importa que acabemos? —dice ella.

—Adelante, adelante —responde Kazuo, que suelta las hojas y se retira.

(—Pasar esto es fácil. Todo el mundo dice lo mismo.

—Pues mi padre se ha quedado dos veces ahí. Dice que vaya juego de porquería, que sólo salen guarradas.

—¿Dos veces?

—Es que no puede soportarlo. Cuando ve a la pareja en pelotas empieza a gritar y a insultar a saco, que si depravados, cerdos y tal. Y le eliminan, claro.

—Hay que ver cómo gime la perra, ¿eh? Hay que ver.

—El creador no es tonto, no. Sabe que el sexo engancha y ha empezado por ahí.

—Ya ves, qué lince.

—Vaya crack, el Eduard.

—Joder si engancha.)

Cuando termina, la pareja sale de la maleza. Están desnudos.

—¿Quieres beber algo? —pregunta ella mirando a Kazuo.

—Sí, gracias.

La chica trepa a la palmera, desengancha un coco. Abajo lo abre con una piedra y entrega la mitad al jugador, que simula beber.

—¿Quién eres?

—Kazuo Tanaka, nací en Japón, donde siempre he vivido.

—¿Y dices que buscas…?

—Una forma de bajar al suelo.

—¿Una llave?

—Lo que sea. Yo sólo quiero bajar.

La pareja se mira, sonríe y aúlla. Le felicitan. Cada uno le agarra una mano para conducirle a través de su pequeña selva. Hay tiestos enormes donde han medrado helechos descomunales, buganvillas frondosísimas. Caminan sobre tierra. Entre la maleza, Kazuo detecta dos perros, una cabra, pájaros pequeños, serpientes y un halcón.

—Vaya terraza inmensa —observa Kazuo, que de pronto salta a un lado porque acaba de ver a un hombre vestido. En seguida comprende que se trata de un espejo y entonces ríe. La pareja desnuda también lo hace, a carcajadas. La selva está llena de espejos.

(KAZUO TANAKA: Ahí me pregunté si estaríamos dando vueltas en torno al mismo lugar, si el espectáculo de aquella grandiosa selva no sería más que un juego de espejos.)

Cuando llegan al baobab plantado en una esquina, los anfitriones le indican que trepe a la copa con ellos. Kazuo sube.

(—El paisaje de la ciudad es bestial, lo más alucinante que he visto.

—Y por la noche… yo opté por empezar con pantalla nocturna y, no sé, era como ver el futuro.

—Desde las cumbres todo resulta más sencillo. Y más impresionante.

—Es usted un poeta, señor.

—Vaya pringao.

—Tú no hables que no has pasado de la tercera pantalla.

—A la mierda, ese tío es un pringao.)

A la luz ámbar del crepúsculo, la ciudad se define perfecta. El trazado rectilíneo de las calles es lo más llamativo, aparte de donde se juntan cielo y mar.

—Nunca ha habido más comienzo que el que hay ahora —dice el hombre desnudo—. Impulso, impulso, impulso. El trío contempla el horizonte.

Pasa el tiempo.

(—¿Por qué no decías nada?

Kazuo mira al chico que le ha preguntado. Sin decir nada.)

Durante un buen rato manda el silencio en la copa del baobab.

(—¿Y no pensabas que el tiempo iba corriendo? Joder, yo no podría.

KT: Entonces mejor que no juegues.)

—Por más lejos que mires existe un mundo sin límites, más allá —dice el hombre.

—Pero ese mundo no os importa —responde Kazuo.

La pareja se vuelve hacia él, sus rostros ya en penumbra.

—Os bastáis vosotros dos.

Un perro ladra junto al tronco del árbol. Kazuo desciende y le acaricia, lo que anima a otro perro a acercarse. Aún en la copa, la mujer habla.

—Dicen que cuando la luna se oscurece un hombre puede convertirse en mujer y la mujer en hombre. Ambos pueden traspasar los límites y pasar a ser el otro.

—¿Estás hablando de amor? —pregunta Kazuo.

—Sabes tratar a los animales —dice el hombre.

—Sí, de amor.

La pareja desciende a tierra. Los perros corretean en torno a ellos. Regresan por la selva de espejos en los que ya no se ven sino fulgores rebotados de algún ático vecino o de estrellas lejanas. Ahora la selva resulta mucho más pequeña y el recorrido más corto.

En el jergón, el hombre ordena a los perros que se marchen mientras ella prepara fuego sobre los rescoldos de una hoguera. El fuselaje de un avión parpadea arriba.

(—¡Pero si van desnudos! Es una pantalla de verano.

¿Por qué encienden la hoguera?

—Por la luz.

—¿Por qué no usan la artificial?

—Porque no es la que desean.)

Las pieles parecen lubricadas. Las llamas al bailar mueven sombras en los cuerpos.

—Desnúdate, si quieres —dice el hombre.

—No, gracias. Aunque me voy a quitar la camisa, tengo un poco de calor.

Kazuo queda en camiseta de tirantes. La mujer está arrodillada a centímetros de él.

—¿Te gustan? —pregunta levantándose los pechos con las manos.

Kazuo sonríe, los mira atónito.

(KT: Creo que son las dos mejores tetas que he visto nunca: firmes, compensadas, de pezón levemente aureolado y tamaño discreto. Dos fenómenos. Supongo que es lógico: después de todo no eran reales.)

y dice:

—Considerablemente.

Ella sonríe, se los levanta un poco más, los aprieta y se inclina unos centímetros adelante.

—Aunque recuerdo dos pechos bastante más pequeños, sí —agrega Kazuo—, pero aún más inolvidables.

La mujer retrocede, se suelta los senos, frunce el ceño.

—¿Ah, sí? —pregunta el hombre, que ha cruzado las piernas y está tocando su miembro—. ¿Te gustan las tetas pequeñas?

—El amor lo amplía todo.

(—¡Yeeeaaahhhhh!

—¡Qué bueno, cabrón!

—Una respuesta ingeniosa, desde luego.

—¡Yeaaahhhhh!)

La pareja se mira y empieza a reír. Ríen a gusto. La maleza se comba al paso de alguna bestia. Se escuchan trinos y aullidos y la voz de cualquier vecino que grita:

—¡Callaos, pervertidos!

Ríen los tres. Vuelve la calma. Las llamas que bailan. El hombre lame la espalda de la mujer al tiempo que posa una palma en su vientre. Por encima del hombro mira a Kazuo y le dice:

—Disculpa pero es que la pasión no conoce razón. Quiere mostrarse al completo.

—¿Vienes? —pregunta ella al jugador.

Las sombras bailan por sus cuerpos abrazados.

Kazuo carraspea, mira a la oscuridad, a la pareja.

—¿Así? —murmura Kazuo—. ¿A pelo?

—Somos fieras, cariño —responde la mujer—. Putas fieras.

—Me deseas porque soy extranjero y eso siempre atrae. Pero tu chico es él.

—El amor te hace más grande, tú lo has dicho. Te entran ganas de compartirlo más y más.

—Todo exceso es una locura —replica Kazuo.

—Ten en cuenta que los matrimonios se acostumbran en seguida a que todo les pase a ambos.

—No tenéis anillos.

—Bueno, a efectos prácticos funcionamos igual. Pero no te preocupes, si prefieres mirar… aunque en la pura actividad de mirar siempre hay algo de sadismo.

El hombre se tumba boca arriba en el jergón y la mujer lo monta. Con las rodillas hincadas en el lecho, se empieza a contonear. Las llamas bailan.

(El grupo observa en silencio. Ni un ruido.)

Cuando terminan, el hombre pregunta a Kazuo qué le ha parecido.

—Una maravilla. Os coreografiáis muy bien.

—Es que el sexo está supeditado al arte —dice la mujer lubricada en su sudor, jadeando—. Follar bien tiene un secreto fundamental.

—Fundamental —resuella el hombre.

—¿Un secreto?

—El secreto para follar bien es lo bien que sepas escuchar —explica ella —. Follar sólo sale bien cuando dos historias empiezan a ser la misma historia. Implica permutarse, luchar, intercambiar relatos y contar mentiras hasta acceder a la verdad.

—Ya se sabe lo que suele suceder cuando te corres —añade el hombre—; sólo quieres decir la mayor de las verdades.

—Ya —responde Kazuo.

(—¿Ya?

KT: Nunca te has corrido, ¿verdad?

—¿Crees que me chupo el dedo?

KT: Me refiero haciendo el amor a otra persona. El amor.)

—Podríamos nadar un rato —propone la mujer.

Kazuo pregunta si quiere ir a la playa a estas horas. Le hablan de una piscina en la cara opuesta de la terraza. Atraviesan las tinieblas iluminadas por la reverberación nácar de la ciudad. Andando, le preguntan si ha matado o robado alguna vez.

—Por supuesto que no, siempre hay alternativas.

—¿Y si el tiempo te acosara?

—No, no.

En cuanto llegan a la piscina la mujer se tira de cabeza por un extremo. Da cuatro brazadas y toca el borde contrario.

—Aquí tenéis un auténtico paraíso —comenta Kazuo.

El hombre, que está dando vueltas por el borde de la piscina, responde:

—Cuando aceptes el mundo como es estarás muerto.

—¿Con todo esto no eres feliz?

El hombre desnudo está al otro lado de aquella plancha líquida y gris que le refleja erguido con las manos a la espalda.

—El corazón sueña demasiado para ser feliz.

Entonces mete un pie en el agua y dice que no se baña, que está muy fría. La mujer cruza nadando, deja una diminuta estela de espuma entre los dos.

—Yo sólo quiero salir de aquí —dice Kazuo.

El hombre lo mira, echa un vistazo a la ciudad y comienza a bracear y contorsionarse. Luego se tira de cabeza. Al emerger susurra algo a la mujer y ambos se zambullen simultáneamente. Kazuo busca sus figuras bajo el agua cada vez más plana. No las encuentra. Transcurre un minuto. Dos.

(KT: Me planteé ir a por ellos, quizá debiera salvarlos. Pero eso no tenía sentido. Supuse que había cometido algún error y me iban a liquidar.)

Cuando emergen, ella esgrime un pedazo de coral rosado. Salen del agua y entregan el coral a Kazuo. Dicen que es el tesoro que le servirá para acceder al próximo ático.

(KT: No sabía cómo agradecerles…)

Kazuo se palpa los bolsillos del pantalón. Saca un mechero y un paquete de cigarros que tiende a la pareja.

(KT: Fue casi inconsciente.)

—¿Qué haces? —grita ella.

El hombre golpea el paquete, que cae al agua. Varios cigarros se desparraman y flotan.

Suena una alarma. Haces de focos móviles les apuntan desde el aire. Un aleteo de hélices satura la noche de ruido.

—¡Corre! —grita la pareja—. ¡Corre!

Kazuo empieza a correr mientras las ráfagas de metralla despedazan los matorrales alrededor. Las balas tronchan hermosas hojas. La corteza de los árboles salta en añicos. Kazuo corre, corre, corre por un espacio que parece sin fin.

(KT: Corría sin saber adónde ir pero estaba claro que no debía pararme.)

Y cuando ha empezado a gemir, a roncar involuntariamente por el esfuerzo,

(KT: Volví a pensar que estaba acabado.

—En este juego es muy fácil pensar eso.)

topa con el abismo a un paso. Pero va tan deprisa, veloz, que ya sólo puede batir con todo su impulso, impulso, impulso, para superar el vacío y, mientras suena la sintonía de pantalla superada, aterrizar en aquel ático extraño.