Ático
Capítulo 14
—¡Allah-Akbar!
El grito avisó a Eduard de la hora de descanso. Guardó el documento donde había empezado a diseñar carátulas de presentación para la segunda pantalla, cogió un paquete de cigarrillos light y un mechero, subió los tres escalones, estiró la espalda, los brazos y se apoyó en el murete. En algún lugar de la ciudad detectó un ático emboscado que irradiaba una luz esplendorosa. Parecía en llamas.
—¡Allah-Akbar!
El señor Ahmed y los costureros rezaban a los pies de los caballos. Las cortinas recortaban al halcón quieto, encapuchado con su pata atada a la barra.
Después de la oración, los costureros se marcharon. Al cabo de un rato Faridza apareció en la esquina. Tardó cuatro minutos en salir a la azotea, donde, vestida de grana, desenrolló la manguera, giró el torno del surtidor y regó los geranios y gitanillas, las petunias y crisantemos que se arracimaban en aquel rincón. Continuó con los hibiscus de la pared orientada a la montaña, las enredaderas, las buganvillas y, después del jazmín, las mentas, que expandieron su perfume hasta un Eduard que observaba mudo y atento a cuatro pasos de vacío.
Faridza cortó varios tallos de menta, los empuñó y continuó regando a lo largo del murete unas plantas invisibles para Eduard, que de cualquier forma sólo atendía al cuerpo de la chamira.
Regaba lenta.
Con cuidado.
Concentración.
Siguió por las trepadoras que crecían adheridas a la pared más cercana al mar. Y se fue alejando, la menta en la mano, hasta que al final de la azotea giró el torno a la inversa, el chorro cesó, colgó la manguera en su grifo y traspasó la corredera para convertirse en sombra.
Eduard esperó. Contempló su figura al extender el mantel. Como refrescaba, se abrazó a sí mismo. De este modo asistió a la cena de dos sombras a la vera de un halcón. Desprecintó el tabaco y sacó un cigarrillo que contempló unos segundos. Llevo mucho sin fumar, pensó antes de apresarlo entre los labios, darse fuego y encenderlo. Fumó dos cigarrillos light y estiró varias veces la espalda, el cuello, mientras sus vecinos comían. Luego la vio inclinar la tetera sobre dos vasos, abrir un libro. Por la disposición en la mesa y la actitud de los cuerpos, Eduard comprendió que leía para su abuelo.