Ático
Capítulo 16
Al final de una tarde, mientras programaba la segunda pantalla, Eduard husmeó la fragancia de la menta. Se incorporó del escritorio, corrió al cuarto de baño, frente al espejo se revolvió un poco más el pelo, fue a la nevera, sacó una cerveza y de un brinco superó los tres escalones hasta la azotea, donde entre aromas de tierra húmeda y jazmín imperaba el olor de la menta que Faridza todavía regaba.
Eduard inspiró hondo, aunque no mucho, estiró levemente la espalda, giró el cuello a izquierda y derecha, adelante y atrás, y caminó hasta el filo del murete encarado a la uralita.
—Hola, Faridza —dijo.
La mujer levantó unos centímetros la manguera, el agua manó más lenta. Le miró arrugando la frente. Algunos fanales ya iluminaban las azoteas cercanas. Eduard destapó la cerveza.
—Me lo dijo tu abuelo.
Ella siguió regando. Sin mirarle, respondió:
—También me ha contado tu locura.
Eduard bebió un trago. Buscó entre las casas el ático en llamas, pero aún no era noche cerrada. Los costureros faltaban en la penumbra de la sala.
—Es un experimento —dijo él.
—Es un peligro.
El señor Ahmed la llamó con un grito seco.
—¿Te interesa? —preguntó Eduard.
—¿Tienes e-mail?
—¡Faridza!
—Te lo doy mañana —respondió él cuando la mujer ya caminaba de vuelta con la manguera a rastras.