Ático

Gabi Martínez · Capítulo 6 de 78

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Ático

Capítulo 5

 

Caminó siete días por la ciudad. Se fijó singularmente en las casas modernistas, las vidrieras con libélulas y murciélagos, en los ancianos que se cogían de la mano, en la gente de colores y en los comercios simples y exóticos de la zona antigua. Por la noche encontró a prostitutas rusas, africanas y también a caribeñas, taxis velocísimos, hedores de orín y alcohol, vahos de tabaco, marihuana, neones que parpadeaban al ritmo de la música, avenidas desiertas, gárgolas remedando míticos animales y, al amanecer, sombrías nubes de palomas.

Caminaba con una mano en el bolsillo, meneando las llaves del nuevo piso, perdiendo la conciencia de sus pasos de tal modo que a menudo se descubría en cualquier parte pensando cualquier cosa, y se sentía bien.

Cumplidos los siete días, Eduard se mudó al fin con una piedra en forma de aleta que había encontrado en la playa y sin estar seguro de por qué había complacido a su hermana.

Al terminar el traslado, hizo un último viaje a tierra. Miró el edificio desde la acera de enfrente pero no vio más que el muro de su ático porque la calle era estrecha y faltaba ángulo. Luego contó los pasos hasta el umbral, que eran cuatro.

La vieja finca carecía de ascensor así que abordó la escalera. Subió mirándose los zapatos. Pisaba con el pie plano. Cada escalón. A media subida tuvo un escalofrío porque le agitaba la presión de lo inminente. Estaba a punto de confinarse e intuía que el mundo, un tipo de mundo al menos, iba a quedar atrás. En el rellano más alto, frente a su puerta solitaria, se asomó por el hueco de la escalera. Después inspiró hondo, encaró la puerta, encajó la llave y entró en el pequeño apartamento abarrotado de máquinas.