Ático

Gabi Martínez · Capítulo 18 de 78

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Ático

Pantalla 2

 

(—La luz extrema me agobió en seguida, aquello era insoportable. Parece mentira que un juego te pueda dar calor pero yo sudaba, joder si sudaba. Sólo con la luz.

—Lo más misterioso de la 2 es el contraste de la colada.

—Bah, el que te lo pone crudo es el viejo. Menudo cabrón.

—Hay que entenderle, saberle tratar. Es un hombre curtido, muy vapuleado por la vida.

—Un matusalén de mierda. Eso es lo que es.

—De todos modos, Kazuo ha llegado de noche.

—Un matusalén digno de lo peor.)

En cuanto Kazuo aterriza en el terrado, la puerta del ático se cierra de golpe. En el interior del piso hay luz. Se dirige a la puerta y llama al timbre. Nadie responde. Llama de nuevo, varias veces. Golpea con el puño. Grita:

—¡He traído algo que usted desea!

Nada.

(KT: ¿La verdad? Me cagué en quien estuviera allí adentro. Venía de reventarme corriendo y por segundos me dejan fuera.

—Me acuerdo (ríe) me acuerdo de que yo también llegué después de la hora y empecé a gritar: ¡Que me abras, hostia! ¡Que abras o rompo la jodida puerta! (ríe) Me pasé un rato berreando y entonces noto un golpe en la cabeza y como si alguien tirara del casco. Me giro y ahí está mi madre, en medio de la habitación: «Que te calles de una vez, que el vecino de arriba ha venido a quejarse. ¿No te da vergüenza, tan mayor?».

Algunos de los presentes ríen.

—Lo peor es que el tiempo no se para. La sensación de estar perdiendo la noche debe ser desesperante, ¿no?)

Una cuerda con ropa tendida atraviesa la terraza en diagonal. Las paredes son de obra vista. Hay luna nueva y pocas luces alrededor. Sopla algo de viento. En lontananza se distingue un ático en llamas. Kazuo deposita el coral en el suelo y se frota los brazos, el sudor ha comenzado a secarse.

(KT: Tenía frío. Verdadero frío.)

Vuelve a coger el coral y se acerca a la colada, que aún gotea. Busca un rincón más o menos protegido, se sienta plegando las piernas, descansa el coral en el regazo e intenta dormir.

(KT: Fue una noche muy larga. No paraba de pensar.

Alguien pasa el vídeo hacia delante. La imagen siempre es la misma: Kazuo acurrucado en la esquina buscando, de vez en cuando, una posición mejor.

KT: Sólo al final conseguí dormir un poco.

La cinta se detiene cuando despunta el alba.)

Un portazo le despierta poco después de haber conciliado el sueño. Un bostezo preludia la aparición de un hombre en calzoncillos y camiseta de tirantes que hace crujir los huesos de todo el cuerpo.

Kazuo se incorpora.

—¿Y tú quién coño eres? —pregunta el hombre.

(—Yo le echo cincuenta y cinco tacos.

—Más, más.)

—El que ayer le llamaba a gritos.

El hombre vuelve a bostezar.

—Oh, vaya. Deben ser los gin-tónics, que me están dejando sordo. Pero a ver, repito: ¿tú quién coño eres?

—Mi nombre es Kazuo.

—Vale, chaval. Habla con sinceridad porque nadie más te oye y sólo dispongo de un minuto.

Kazuo le alarga el coral que sirve de contraseña. El hombre lo agarra, camina al interior de la casa y lo lanza a un baúl repleto de corales idénticos.

—¿Algo más?

Kazuo despega los ojos al límite, frunce los labios.

—Oye, mira —dice el hombre desde la tiniebla—, esta situación es estúpida. ¿No ves que no es más que un juego idiota? ¿Para qué seguir? ¿No me irás a decir que no tienes nada mejor que hacer?

Kazuo se frota el lóbulo de la oreja.

—Una farsa, sí, una puñetera mentira. Ahí es donde estás.

—Estoy aquí para jugar.

El hombre chasquea la lengua.

—Perdona, chaval, ¿cómo has dicho que te llamas?

—Chaval.

—Perfecto, Chaval. Yo soy Diego —dice, caminando de nuevo al exterior —, señor Diego.

El sol está cada vez más alto, sin nubes. El señor Diego se rasca los calzoncillos por detrás, manosea un par de prendas de la colada y pregunta:

—¿Por qué quieres abandonar los áticos?

—Acabé una etapa —responde mirando a la ropa.

(KT: Era negra. Toda la ropa era negra. Toda. Eso intimida un poco, ¿no?)

El señor Diego señala un extremo de la terraza.

—De ahí sale el teleférico para el ático de los maricones. Cuesta un dinero. ¿Cuánto tienes?

—Nada —responde Kazuo palpándose los bolsillos—, trescientas cincuenta pesetas.

El viejo camina hasta la baranda, escupe al vacío y dice:

—Pues lo siento.

—¿Cuál es el precio del billete?

—Diez mil trescientas cincuenta pesetas.

(La audiencia ríe al unísono.

—Yo llevaba cinco duros y me dijo diez mil cinco duros pesetas.

—Más risas.

—Yo treinta mil y pidió cuarenta mil.

—Podría medirlo en euros.

—Es un viejo, tío, otra mentalidad.

—En las nuevas versiones eso ya está ajustado.)

—¿Por un billete de teleférico?

—Las vistas son excelentes, Chaval.

Kazuo cabecea repetidamente mirando al suelo, se toca el lóbulo, da vueltas por la terraza.

(—Oye, tío, ¿te pasaba algo en la oreja?

—Es un tic, imbécil. Nunca pasarás de la primera.

—¡Callaos!)

El señor Diego se ha metido en la casa y al regresar lleva puestos unos pantalones.

—¿Y puedo hacer algo por usted? —pregunta Kazuo—. No sé, ayudar en lo que sea, pagarle el dinero que falta a cambio de algún trabajo.

El señor Diego se frota la barba de tres días, se rasca una axila.

—Quiero tapiar la terraza. Una tapia de un par de metros, con algún ventanuco.

El señor Diego enciende un cigarro. Entornando los ojos observa a Kazuo entre el humo.

—Es que no tengo tanto tiempo… y nunca he trabajado en nada de ese estilo.

—Quizá se te dé bien.

—Yo sólo sé usar la cabeza.

—Mira, Chaval, una vez emprendida la marcha nunca más descansas. En este juego no hay vuelta atrás. O haces la tapia o te tiro por la baranda. No quiero basura en mi azotea.

Kazuo dice que está bien, se quita la camisa y sigue al señor Diego hasta una puerta empotrada que guarda montones de ladrillos y sacas de cemento.

—Yo te lo explico y tú ejecutas —dice el hombre.

Según las instrucciones, Kazuo mezcla la pasta con agua y remueve el engrudo con sus brazos y una rasqueta. El señor Diego ha sacado una tumbona, desde donde observa a Kazuo mientras bebe un vaso de vino tinto.

—Nada es tan agradable para un anciano como beber buen vino y charlar de lo que no le importa. Háblame de estupideces, Chaval.

El sol ya campea espléndido.

—¿Cuántos ladrillos cubrirán las diez mil pesetas? —pregunta Kazuo.

—Eso es, eso es. Más bobadas, más.

Kazuo traslada un bloque de ladrillos y el canasto del cemento junto a la baranda de la terraza. Empieza a untar bordes de ladrillo y los va acoplando. Uno a uno.

—Estoy esperando —dice el señor Diego.

—No es fácil trabajar y entretenerle —responde Kazuo malhumorado.

—Once mil pesetas. El precio del teleférico ha aumentado a once mil pesetas. Los impuestos y todo eso, ya sabes.

Kazuo masculla algo ininteligible pero enseguida, mientras empalma ladrillos, empieza a contar una historia de amor.

—¡El amor no existe! —grita el señor Diego medio incorporándose y derramando algo de vino—. No me hables de amor o te parto el cráneo.

(—Puto viejo decrépito.

—¿Qué te hizo a ti?

—Me dejó cojo.

—Pero si está para el arrastre.

—Me partió un tocho en la rodilla. No te esperas que un viejo vaya a hacer eso, un jodido carcamal.)

Kazuo suda. Un ladrillo le sigue a otro.

—Si quieres agua —dice el señor Diego—, bebe. Te sumaré el precio de la botella a las once mil.

El sol diluye los colores de las cosas, excepto los de la colada ya seca que mantiene una negrura irreal, casi metálica, inmune a la carcoma ultravioleta.

—¡Habla!

Kazuo cuenta un episodio decisivo en la biografía de Eduard Montes, el programador informático que creó al señor Diego, entre otros, durante su legendario período de clausura. Omite los coqueteos con Faridza y desarrolla las conversaciones que Eduard mantuvo con el señor Ahmed, las angustias de su encierro, la huelga de basureros, el día que destrozó la televisión, las amenazas del perturbado invisible y la extraña fiesta de Ramadán además de las historias de caballos y lo que le sucedió al halcón.

—Porque todo afecta a todo, de esto te das cuenta al final.

Kazuo explica cómo Eduard absorbió aquella experiencia para, con la ayuda logística de Rashid Rasanghani Diblú, crear Ático, el mundo al que el señor Diego y su colada negra pertenecen.

—O sea que para usted él es Dios —termina Kazuo.

—¿De quién estás hablando?

—Se lo diré de otra forma: de su padre.

—¿De quién?

—Del creador omnipotente que nos ha puesto en esta tesitura.

—Chaval, me aburres prodigiosamente. —Se levanta de la tumbona—. Voy a prepararme unas tostaditas de pan con tomate.

El señor Diego se mete en la casa. Kazuo continúa adobando, pegando ladrillos. Lleva dos tercios de terraza amurallada a casi medio metro de altura. El señor Diego vuelve con una bandeja que incluye dos rebanadas de pan con tomate y jamón, unas hojas de lechuga y un porrón de vino tinto. Eleva el respaldo de la tumbona y se sienta apoyando la bandeja en los muslos.

—¡Ooooohhh! —exclama extasiado por la visión de la comida.

Engulle una hoja de lechuga y pregunta:

—Chaval, ¿qué es ser poeta?

Kazuo se seca la frente con el antebrazo que empuña la rasqueta.

—Estar siempre pensando en otra cosa.

El señor Diego sonríe y aplaude.

—Eres un chico preparado. Bien, bien. —Da un mordisco al pan con tomate—. He viajado por todo el mundo y esto no hay forma de olvidarlo. El pan y el tomate forman un dúo incomparable. Los bocadillos de pan seco no significan nada para mí.

(—En el fondo es un sentimental.

—¿Un sentimental? ¿Ese cabronazo un sentimental?)

—Si quieres come algo. Pero es tiempo que pierdes… y dinero.

El señor Diego da un trago al porrón, se pasa la muñeca por los labios, devuelve el porrón al suelo y, observando a Kazuo arrodillado ante el canasto de cemento, dice:

—Soy viajero, mercenario. Los viajes han perturbado mis ideas. En el lugar del corazón tengo un gran agujero, mi cabeza está vacía y no tengo una sola idea. Y ahora vivo días en los que, Chaval, todo me ofende. Jamás mi espíritu estuvo tan melancólico.

Kazuo ha detenido su frenético ritmo de enladrillado. Jadea mirando a la tapia.

—He visto la guerra —continúa el señor Diego—. Naves en llamas a las puertas de Orion.

(—¡¡¡¡¡Haaaala!!!!!

—Qué pasa, el cine también ha dado frases inolvidables. En los guiones hay una gran literatura.

—Venga ya. ¡Qué topicazo!

—Hay que comprender que el viejo es un clásico.)

—Y he aprendido que la codicia, el odio y la pasión dominan el mundo — prosigue el señor Diego, como recitando—. Bajo todos los rasgos humanos se distinguen los rasgos de la bestia.

—¿Por eso construye esta tapia? —pregunta Kazuo aplastando un ladrillo contra otro.

No hay respuesta. Cuando Kazuo se vuelve, descubre al señor Diego postrado boquiabierto. Un brazo le cuelga fuera de la tumbona, junto al porrón. En la otra mano tiene una hoja de lechuga entre los dedos.

(KT: Fijaos en mi cara. Es feroz.

—¿Lo mataste? ¿Había que matarlo?

—Tú estás zumbado, tío. ¿De dónde te han soltado?

—Que te calles, guarra.

—¿Vamos a tener que soportar a este imbécil toda la sesión?

El aludido se lanza contra la mujer. En la sala se forma un alboroto que no llega a más. Kazuo rebobina la cinta hasta el plano de la lechuga entre los dedos.)

Empuñando la rasqueta, Kazuo se acerca sigiloso a la tumbona.

(—Impresionante. Está todo calculado. La escenografía es magistral, con ese sol implacable, la ropa negra brillando, el viejo y la comida en la tumbona…

—… y un tipo en las últimas que necesita la pasta hipnotizado por la cartera que sobresale del bolsillo.

—Cuando todo es tan obvio se debe desconfiar.

—Pero estás desesperado, debes intentar algo, lo que sea.

—Vale, tío, a ver, ¿tú que hiciste en esta pantalla?

—Mi situación fue otra.

—¿Qué hubieras hecho ahí? El tiempo está corriendo. Ese maldito muro parece que no se terminará nunca. ¿No intentarías robarle la pasta?

—No sé. Bueno. Quizá sí. Sí.)

Kazuo está junto al señor Diego, que ronca dulcemente. La cartera despunta del bolsillo. El brazo cuelga por ese lado. Kazuo agarra el vértice de cuero. De pronto algo impacta contra su rostro.

(KT: Sentí una especie de punzada en el ojo que era casi dolor.)

Un objeto velocísimo se ha incrustado en su órbita izquierda proyectándole hacia atrás. Grita. Está en el suelo, aturdido, empapado en sudor, vociferando con las manos en la cara. Se ha levantado una ligera brisa caliente, debe ser caliente a tenor del sol que hace. La colada aletea en su cuerda.

Cuando abre los ojos, sólo uno ve. El señor Diego blande el porrón, cuya punta más fina está ensangrentada.

—Si quieres dar —dice el viejo—, da el primero y con fuerza.

(—La impresión es tan fuerte que se parece al dolor.

—Pero todo es mental, mental. Interpretas de tal modo tu papel…

KT: Ahora me siento ridículo, viéndome ahí…

En el grupo varios recuerdan cuando perdieron una oreja, los brazos o un pie y todos coinciden en haber sentido, de algún modo, auténtico dolor.

—Es como un sueño, lo sufres en realidad.

—Eso forma parte de su encanto.)

—Deberías aprender artes marciales —recomienda el señor Diego—. Educan el instinto. Anda, vuelve al trabajo.

Kazuo encara de nuevo la tapia. El anfitrión sigue comiendo pan con tomate y jamón.

—No se puede uno quedar dormido, menuda juventud —dice. Y se ríe—. Chaval, estás feísimo con ese hueco en el ojo.

(La audiencia se carcajea.)

—Va, coge el parche de la cuerda.

Kazuo descubre estupefacto que hay un parche en el tendedero. Quita la pinza y se lo acopla.

(KT: El problema es adaptarse a tu carencia en tan poco tiempo. ¿Cómo asumes de repente la invalidez? ¿Cómo?)