Ático

Gabi Martínez · Capítulo 56 de 78

Páginas del PDF

Ático

Capítulo 47

 

No podía dormir. Le molestaba la zona alta de la columna y las costillas de un costado entero, hasta el riñón. Al principio no supuso un incordio muy agudo pero conforme fue adquiriendo conciencia de que le estorbaba para el sueño el dolor aumentó, o eso creyó. Se colocaba de distintas formas, pretendía pensar en nada o en un partido empatado que él deshacía en el último minuto con un gol de volea, y ni eso funcionaba.

Esto no es normal, pero bueno, una noche mala la tiene cualquiera, pensó levantándose para a tientas caminar hasta la cocina, donde se amorró al grifo y bebió. Se secó los labios con el brazo y a través de la ventana vislumbró en la noche el ático en llamas. No tenía idea de la hora pero estaba claro que en Illinois era de día así que caminó en penumbra hasta el escritorio, acarició la aleta de piedra casi sin verla, descolgó el auricular, marcó los números de cobro revertido y poco después charlaba con su hermana, que le dijo:

—Ahí debe ser de madrugada, ¿no?

Eduard respondió que había trabajado hasta tarde, que no se preocupara y que estaba de acuerdo con ella en que siempre había un temporal a punto de llegar. Explicó los estragos de las olas en la playa, las riadas simultáneas que mataron a seiscientas personas en Argel y comenzaba a desarrollar una tesis improvisada sobre las repercusiones del calentamiento global cuando su hermana le interrumpió para decir que,

—Por cierto, lo de la espalda es un reflejo, me he estado informando. Lo que tú tienes es un simple agarrotamiento cervical. Suele ocurrir por sentarse en mala postura, mira que te lo tengo dicho, cuidado con la columna. El daño se localiza alrededor del cuello pero si es muy intenso puede repartirse por los riñones y la espalda, que después de muchas horas queda como si te hubieran atizado bien, ¿no?

—Exactamente.

—Vigila tu posición ante el ordenador porque si no vas a terminar destrozado y llegará un día en el que no te podrás levantar. Procura ponerte recto, los glúteos cerquita del respaldo, los pies bien planos en el suelo, recuerda no despegarlos, y mantén una distancia prudente de la pantalla o acabarás por no ver ni las fotos que cuelgas detrás del ordenador.

Eduard agradeció los consejos, aseguró que al menos lo iba a intentar, y añadió que el otro día una amiga le había enviado un texto sobre Fátima Mernissi, una escritora marroquí muy importante que entre otras cosas decía que la espina dorsal es la espina del alma. Al pronunciar esta frase en voz alta, Eduard percibió algo singular, como si esas palabras tuvieran la facultad de suspenderse en el aire y volver. Un poco como Diblú,

la espina dorsal es la espina del alma,

la espina del alma,

del alma.

Entonces se interrogó por la forma de aquella espina y, calladamente, se formuló algunas otras cuestiones sin respuesta para de pronto reparar en que lo que estaba oyendo desde hacía un rato bastante indeterminado era el viento de Illinois.

El viento.

—Pues entonces mi espina también debe estar tocada —dijo por fin la hermana.

—¿Te duele?

—¿Qué más dice esa Fátima?

Eduard habló de los días del harén. Del teatro de mujeres. Del interés por las galaxias. Y, al final, preguntó:

—¿Tenéis terraza en la casa?

Escuchando de nuevo aquel ulular remoto, Eduard pensó que quizá sólo fuera una alucinación auditiva con tendencia a repetirse o que todo se debiera a las ondas electromagnéticas que, al surcar el océano, convertían la nada en viento.

Viento.

El ulular.

—Ahora que lo pienso —respondió la hermana—, no.