Ático

Gabi Martínez · Capítulo 23 de 78

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Ático

Capítulo 20

 

Al consultar el buzón electrónico, Eduard identificó el mensaje e inmediatamente lo abrió:

«Hay un texto del Corán que dice: “Por el tiempo, en verdad, el hombre camina hacia su perdición”. Vistas nuestras circunstancias, está claro que tú deseas perderte en la soledad y yo escribiendo sobre ella, un sentimiento que siempre me atrajo, porque la soledad es un sentimiento más que un estado, de eso no hay duda.

»Durante estos años de estudio he recaudado citas, pasajes, diálogos en los que grandes escritores abordaban la soledad. Sin proponérmelo, encuentro ahora miles de páginas subrayadas que coinciden en puntos inesperados y, entre varios autores, he descubierto coincidencias fundamentales que por su vida y, la mayoría, su obra, reflejan ese sentir de manera memorable.

»Después de conocer tu proyecto he pensado enviarte algunas pequeñas biografías de escritores inventadas por mí. Quizá sirvan para aportarte otras perspectivas sobre lo que estás viviendo. También quiero que, de algún modo, no te sientas tan solo, aunque no sé por qué, y te pido que disculpes mi intromisión. Después de todo eres libre de leerme o no.

»Del estreno se encarga Fernando Pessoa, ese portugués de principios del siglo XX que era uno pero reunía multitudes en su interior. Espero que te guste».

A continuación, Faridza había escrito En invisible compañía, un título que gustó mucho a Eduard, incluso carraspeó, giró dos veces el cuello y empezó a leer:

«Fernando Pessoa (1888-1935) nació en Lisboa y vivió bajo el peso “de su apellido, tan singularmente humano. Quizá por esta causa, Pessoa tenía una conciencia del significado de individuo demasiado depurada y le abrumaba no hallar correspondencia alrededor. Sufría la falta de interlocutores, así que se sentía solo, y por eso inventó una invisible compañía, que era él multiplicado».

Eduard se detuvo aquí suspirando, se rascó la barba de dos días, esta chica escribe muy bien, pensó, y continuó la lectura enterándose de que a esos invisibles se los llamaba heterónimos y de que Pessoa no es que viviera solo, no, sino que «se sentía aún más solo porque no creía en Dios, como la mayor parte de sus vecinos tan urbanos, eran cosas de la época».

—Ya estamos con Alá —masculló Eduard echando un vistazo a Romario —. Siempre con la religión de los huevos.

Faridza atribuía a Pessoa una inteligencia suprema y un incomparable poder de ensueño, cualidades que, carraspeando, Eduard consideró quizá ligeramente excesivas. «Era, en fin, un hombre demasiado lúcido, condenado a renunciar y contemplar, porque no se puede tener fe con la razón. Se aferró así a la belleza, y la cultivó con virtuosismo convirtiéndose en un enconado escarbador de los ángulos de la hermosura, pasatiempo y profesión que le sirvió hasta el final. Esto quiere decir que Pessoa soñaba, que vivía de soñar y del sueldo que le reportaba su empleo de oficinista, pero básicamente de soñar, porque así se distraía y porque, como también escribió, “sin ilusiones vivimos apenas del sueño, que es la ilusión de quien no puede tener ilusiones”.»

Las palabras de su vida y que definen su espeluznante soledad son dos. Una, la saudade, viene a ser la soledad entendida como una tristeza pletórica de melancolía. Y la otra palabra es desasosiego.

Ante esa palabra, desasosiego, Eduard se detuvo. A veces pensaba en ella. Era de lo más bonita, aunque algo tristona, claro que quizá fuera ese abatimiento implícito el que la hacía tan seductora.

—Vaya —dijo en voz alta, y siguió leyendo la historia del Libro del desasosiego, un libro que desde luego ya conocía por haberlo oído mencionar; una vez hasta lo hojeó en una tienda aunque, para ser sincero, nunca se habría detenido a averiguar los orígenes de un título tan angustioso.

«Éste es un libro de contradicciones, de sentimientos modificados por el paso de los años o incluso los días, pero de una potencia tan condensada que muchos lectores no lo pueden terminar», leyó Eduard, que se estaba agobiando sólo de imaginar un desasosiego tan grande.

En las siguientes líneas, Faridza afirmaba que Pessoa «fue el gran múltiplo de sí mismo», le vinculaba a los románticos alemanes, vinculación que para Eduard no significaba absolutamente nada, pero lo que sí le dejó atónito fueron los dos últimos párrafos:

«Las anotaciones dispersas dificultaron la publicación final del Libro del desasosiego, confiada a expertos que, incluso relevándose, tardaron casi veinte años en ordenar y publicar los pensamientos devastadores de aquel hombre ausente y solo, cuyo ficticio Bernardo Soares trabajaba como él en una oficina que representaba la Vida. Cuando Soares concluía la jornada, salía a la calle de los Doradores y la recorría unos metros hasta su propio edificio, subía al segundo piso y entraba en la casa que representaba el Arte porque allí, además de dormir, creaba.

»El Arte siempre está unos cuantos pisos por encima de la vida y, en consecuencia, fue la editorial Ática la que en 1942 emprendió la publicación de las obras completas de Fernando Pessoa y el séquito de autores que aún hoy conforman su invisible compañía.»

Ahí terminaba el texto. En la última línea, Faridza le enviaba un saludo cordial.

—Ática —masculló Eduard.

Luego archivó el documento, guardó la dirección de correo electrónico, se retrepó en la butaca y suspiró con una hondura que le pareció rara.