Buena suerte

Nickolas Butler · Capítulo 8 de 45

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Buena suerte

Capítulo 8

 

 

Al día siguiente, justo antes de que amaneciera, la vieron llegar en su Range Rover, aparcar y cruzar el puente con un vaso de papel blanco en la mano. La niebla se había ido y hacía una mañana fría y despejada. A pesar de la incipiente claridad, en el cielo todavía brillaba un puñado de estrellas.

—Prefiero no tenerla rondando por aquí —dijo Bart, mientras veían cómo se acercaba al garaje.

Gretchen pasó por delante de ellos sin decirles nada, y también por delante de los albañiles que trabajaban en el vestíbulo, camino del mismo rellano junto a la cocina en el que había pasado tanto tiempo sentada el día anterior.

Fue Teddy quien la vio colocar la silla plegable sobre las dos tiras de cinta azul que había pegado en el suelo formando una X.

Justo en el momento en el que el sol se alzaba por encima de la cresta de las montañas orientales, Gretchen se levantó de la silla y miró hacia el valle. Caminó alternativamente hacia ambos lados del marco del ventanal, moviéndose por todo ese espacio sin dejar de mirar fijamente el valle, como si estuviera observando algo en concreto. ¿Era el río? ¿Algún pico o ladera? ¿Algún árbol, alguno de los álamos cuyas últimas hojas brillaban como lentejuelas, iluminadas por la temprana luz?

Media hora más tarde, Gretchen salió de nuevo al camino de acceso con un par de guantes en las manos.

—Tendremos que tirar con ese marco tan grueso, señores. Seguimos en contacto.

Los tres socios la vieron regresar a su Range Rover y marcharse. Luego subieron ellos mismos las escaleras que conducían al rellano. La silla ya no estaba a la vista y la cinta azul que marcaba la X en el suelo también había desaparecido, pero Bart detectó restos de adhesivo sobre el piso. Bajó de nuevo las escaleras y, agachándose junto a la sierra escuadradora, cogió un puñado de serrín y regresó arriba. Volvió a arrodillarse y esparció el serrín por el suelo, dejando que se aposentara antes de soplar sobre él, de modo que las virutas que permanecieron adheridas revelaron una especie de X.

—Pásame la cinta —gruñó, antes de marcar una nueva X.

Durante varios días, los tres permanecieron largos ratos allí, escrutando el valle que tenían enfrente sin saber muy bien qué buscar. Se sentaban en la silla plegable y miraban. Se sentaban con las piernas cruzadas y seguían mirando. Se levantaban y cogían unos prismáticos, pero no eran capaces de advertir nada digno de mención en aquel paisaje salvaje, muy bello, pero no particularmente interesante.

Un día, sin embargo, Teddy creyó haber avistado algo.

—Fíjate en aquella cresta —le dijo a Cole, señalando con el dedo—. ¿Ves ese pico, a tus nueve en punto? Pues baja un poco, hasta tus ocho, aproximadamente. Justo encima de esa hilera de árboles. Me ha parecido ver… una especie de luz intermitente ahí.

—¿Una luz? —preguntó Cole.

—O algo así, no sé —respondió Teddy—, como un resplandor o un destello…

Cole tomó los prismáticos y escudriñó atentamente las laderas.

—Todo lo que veo son algunas peñas brillantes —dijo, sin mucho entusiasmo—. A saber qué demonios es lo que ella mira. En cualquier caso, no tenemos tiempo. Necesito que me eches una mano con el revestimiento. Venga.

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