Buena suerte
Capítulo 10
Al día siguiente, la explosión que despertó a Teddy por la mañana provino de la propia Britney, quien lo despojó de las sábanas de un tirón enérgico — como si quitara el mantel de una mesa puesta, sin tirar la vajilla ni una sola copa—, antes de abrir las cortinas con la misma virulencia. La luz lo deslumbró, brillante y áspera.
—Anoche llegaste a casa oliendo a cerveza —dijo, modulando ligeramente su tono enfadado para añadir—: Venga, levántate. Ayúdame a preparar a las niñas.
Él estuvo a punto de contestar «solo me bebí una», pero se lo pensó mejor. Se incorporó y estiró los miembros. Sintió el cuerpo menos machacado que de costumbre y se preguntó si el baño de aguas termales podría tener algo que ver.
—¿Qué cenasteis anoche? —preguntó, rascándose la barriga.
—Hice pollo —dijo ella.
—Nuggets de pollo —especificó la mayor de sus hijas, gritando desde el pasillo, camino de la ducha.
—Hola, tigresa —la saludó Teddy, acercándose a ella para darle un abrazo, pero la niña lo esquivó colándose por debajo de sus brazos para meterse en el baño y echar el pestillo en un solo movimiento.
Teddy levantó a las otras tres hermanas y bajó a la cocina a preparar los cuencos de cereales. Unos minutos más tarde, las tres estaban sentadas a la mesa, engullendo su desayuno antes de salir disparadas de nuevo como si nada.
—Pero ¿por qué tanta prisa? —preguntó su padre—. ¿Adónde vais todas? Creía que era sábado. ¿No ponéis los dibujos como otras veces?
—Tenemos clase de natación a las ocho —dijo Kendall— y luego Kylie tiene clase de español antes de comer.
—Y yo tengo clase de danza esta tarde —dijo Kodi.
—¿Dónde está vuestra hermana? —preguntó Teddy—. ¿Sigue arriba todavía?
—¡Teddy! —gritó Britney—. Saca a tu hija del baño.
Teddy subió las escaleras y dio varios golpes en la puerta del baño.
—¡Oye! —gritó—. Preferiría que no te encerraras.
—Ya casi estoy —respondió Kelly, todavía en la ducha.
—¡Venga, vas a llegar tarde! —le dijo su padre, aunque ya había olvidado a qué iba a llegar tarde exactamente.
Britney apareció de repente a su lado, terminando de hacerse una coleta y con expresión inequívocamente contrariada.
—Tenemos que hablar —dijo—. Esta noche, ¿de acuerdo? Y por favor, no vuelvas a llegar tarde.
Le dio un beso en los labios, lo que animó algo a Teddy, pues le hizo pensar que tal vez no estuviera tan cabreada.
—Lo siento mucho, Britney —dijo—. Siento mucho haber llegado tarde y…
—Está bien, no pasa nada. Lo entendemos. Pero todavía tienes una familia de la que ocuparte y necesitamos tu ayuda. Yo necesito tu ayuda.
—Lo sé —respondió Teddy.
—Y tú necesitas lavarte los dientes —añadió ella, arrugando la nariz—. Te huele el aliento a rayos.
Teddy tenía un mensaje de Cole en el móvil, de hacía una hora, preguntándole si quería que pasara a recogerlo. Teddy le respondió que iría por su cuenta y que se veían en un rato en la obra.
Aunque no solía beber café, paró un momento en su gasolinera favorita a comprar un Mountain Dew y un sándwich y lo devoró a toda velocidad. Había perdido peso en los últimos meses y los pantalones le estaban anchos. Cole y Bart podían trabajar una jornada entera sin probar bocado apenas. Les bastaba con dos o tres descansos de cinco minutos en los que mordisqueaban un poco de tasajo, se metían un puñado de cacahuetes en la boca y se bebían un litro de agua helada como si estuvieran corriendo una maratón. Y volvían al tajo. Todavía estaban a mitad de otoño, sí, pero, en aquellas montañas el invierno era siempre una amenaza, como si esperara ya agazapado tras las nubes que envolvían las cumbres, listo para caer sobre ellos y aprisionarlo todo en su abrazo antes de que la primavera regresara a escena. Aunque Cole no era un hombre religioso, le había asegurado a Teddy que estaba rezando para que aquel otoño suave se prolongara todo lo posible.
Aquella mañana, cuando llegaron a la obra, Bill, el cantero, ya estaba allí. Su camioneta, una austera pickup Ford azul marino, estaba aparcada delante del garaje y cargada hasta los topes de rocas. José había empezado a descargarlas, tomando en sus brazos cuantas podía para después subirlas lentamente por la escalera de obra hasta la segunda planta, donde las iba apilando en el lugar en que habría de ir la chimenea. Bill estaba allí de pie, estudiando cada piedra como si inspeccionara la escena de un crimen. Su pecho parecía tan ancho como dos bloques de cemento. Tenía el pelo moreno y ondulado y sus manos eran cuadradas y ásperas. Aunque un poco más bajo que Bart, el cantero era tan corpulento como un herrero medieval y el bigote negro azabache, similar a un gran cepillo, que ocultaba parcialmente su boca hacía imposible saber si sonreía o más bien todo lo contrario.
—Buenos días —dijo Bill, girándose para saludar a los socios.
Teddy tuvo la impresión de saludar a un gran oso gris. Estaba acostumbrado a toparse con hombres físicamente imponentes en el gremio de la construcción, pero el cantero lo era especialmente.
Los cuatro hombres se quedaron callados un rato, formando un extraño grupo, frotándose las botas contra el sustrato de madera contrachapada. Daba la impresión de que, de haber sido por Bill, podrían haberse quedado así, sin hablar, el día entero, mientras su ayudante seguía subiendo piedras y apilándolas junto al vano del hogar.
—Parece que Gretchen y tú os conocéis desde hace bastante… —dijo Cole, reuniendo el coraje para romper el silencio.
Bill se limitó a asentir.
Lo cierto es que se conocían desde hacía casi veinte años, desde el proyecto de Taos. Su relación se había estrechado después de que uno de los contratistas de aquel proyecto hubiera tomado la costumbre de acosar insistentemente a Gretchen, a pesar de que ella le había dejado bien claro que no tenía ningún interés en él y nunca lo tendría. Un día, aquel constructor arrinconó a Gretchen en el baño de su propia casa y le puso las manos encima. Ella se zafó de él propinándole un rodillazo en sus partes y gritó pidiendo ayuda. Fue Bill quien apareció y quien arrastró al acosador fuera de la casa en obras, añadiendo un derechazo que le rompió la nariz, antes de meterlo en su furgoneta y decirle que se largara y no volviera a aparecer por allí.
Poco después del incidente, Gretchen y Bill entablaron una amistad que no tardó en convertirse en algo más. Ambos disfrutaban discutiendo de arquitectura y de diseño, y a los dos les gustaban los espacios naturales salvajes y abiertos. En última instancia, sin embargo, sus vidas se probaron incompatibles. En cierto modo, ella estaba casada con su trabajo en San Francisco y él con su finca en el desierto de Reno y con varios proyectos de construcción en el remoto Oeste americano. Pero por encima de todo ninguno de los dos era muy capaz de comprometerse, así que, si bien se prodigaban afecto y respeto y seguía habiendo atracción sexual y una genuina amistad, ambos eran demasiado independientes para mantener una relación de exclusividad a distancia, no digamos ya para casarse.
—¿Cómo fue trabajar con ella en los otros proyectos? —preguntó Bart.
—Bien —respondió Bill.
—Parece buena gente —dijo Teddy afablemente.
Bill volvió la cabeza y dirigió la vista hacia la ventana.
—Tengo que recuperar mis herramientas —dijo, y saludó a los tres socios con una inclinación de cabeza antes de bajar por las escaleras hasta el garaje y salir de la casa.
Cole, Bart y Teddy se quedaron en el extremo sur del segundo piso, contemplando el paisaje a través del enorme ventanal que se abría desde el suelo hasta el techo. Vieron a Bill caminar despacio hasta su camioneta, abrir la puerta de la cabina y hurgar en el interior hasta encontrar lo que parecía una caja de herramientas llena de martillos y cinceles.
—Es como un puto monolito —murmuró Bart.
—A mí me cae bien —dijo Teddy.
—A ti todo el mundo te cae bien —bromeó Bart.
—A quién le importa, mientras haga bien su trabajo, ¿no? —dijo Cole antes de volverse hacia Teddy—. Podrás trabajar este fin de semana, ¿verdad?
—Le dije a Britney que llevaría a las chicas a sus partidos de fútbol.
—Déjalo tranquilo —terció Bart—. Nos apañaremos.
—Seguro que sí —dijo Cole—. Pero somos socios, Bart, ¿recuerdas? Los tres lados de un triángulo. Así que no me temblará el pulso si tengo que llamaros al orden a cualquiera de los dos por no cumplir con vuestra parte.
—Venga, corta el rollo, Cole —dijo Teddy, y su voz subió de volumen al encarar a su amigo—. Sabes de sobra cómo me estoy partiendo el pecho. Y llevo haciéndolo desde mucho antes de este proyecto. Apenas veo a mis hijas, apenas veo a Britney, así que voy a descansar el próximo fin de semana, ¿estamos? Y después volveré a tope, puedes contar con ello.
—Más te vale —respondió Cole, quien sabía que lo más efectivo a la hora de extraer lo mejor de Teddy solía ser poner a prueba sus agallas y su compromiso.
Bart se interpuso entre sus dos amigos.
—Dejadlo ya, ¿vale? —dijo—. ¡Basta de mierdas!
Los tres hombres apenas repararon en Bill, que subía otra vez por la escalera de obra cargando dos sacos de hormigón seco sobre uno de sus hombros y la caja de herramientas en la otra mano. Cuando llegó arriba se detuvo y se quedó mirando un momento a los tres amigos antes de dirigirse hacia el centro de la estructura, donde habría de ir la chimenea, cuyo conducto de tiro estaba ya colocado y se elevaba hacia el vasto firmamento azul, asomándose por encima del armazón de la casa.
—¿Crees que te dará tiempo a terminarla para Navidad? —preguntó Bart, acercándose al cantero.
Bill depositó los sacos en el suelo y observó el hogar de cemento como si estudiara un lienzo.
—Me gusta escuchar a las piedras —respondió, con voz inexpresiva—. Son ellas las que me dicen dónde colocarlas. Algunas veces me lo dicen rápido… —dijo, haciendo una pausa—, y otras no tanto. Pero contando con que el techo tiene menos de tres metros… no debería haber mucho problema. Calculo que estará lista para Acción de Gracias, más o menos.
—Creo que no nos has presentado oficialmente a tu compañero —dijo Cole.
—José —dijo Bill—. Lleva conmigo desde que me fastidié la espalda en Durango. Mientras hacía una chimenea de doce metros me dio un tirón espantoso. Estaba a tres pisos del suelo, en un andamio, y me quedé completamente enganchado. Estuve meses sin poder trabajar. José era albañil en aquel proyecto y lo contraté para que me ayudara a terminar la chimenea. Está conmigo desde entonces.
Desde que los tres hombres lo conocían, nunca habían oído hablar tanto al cantero.
—¿Cuántos años tienes, Bill? —preguntó Teddy.
—Cincuenta y uno. Y las piedras cada año pesan más.
—Bueno, te dejamos con lo tuyo —dijo Cole.
Pero Bill ya se había girado de nuevo para seguir estudiando la pila de piedras, sosteniéndolas en sus manos una detrás de otra, volteándolas y observándolas desde todos los ángulos posibles.
Cole y Teddy se pusieron en marcha y empezaron a tomar medidas del espacio donde iría la isla de la cocina. Bart, sin embargo, se quedó clavado en el sitio, mirando a Bill. Algo de lo que el cantero acababa de decir, aquello de que las piedras se le hacían cada vez más pesadas, había tocado una tecla dentro de él. Lo que sus dos socios no sabían —no tenían manera de saberlo— era que cada vez estaba menos convencido de querer seguir en la construcción. Ni siquiera sabía si sería capaz de aguantar uno o dos años más.
Cinco meses atrás, mientras trabajaban en otro encargo —el desmontaje y reconstrucción de la plataforma de madera de una terraza—, Bart se había lesionado no una, sino las dos rodillas. Había sucedido una mañana gélida. Transportaba una carga de tablones de madera por el camino asfaltado de acceso a la casa cuando había resbalado. Al intentar que las tablas no se le cayeran y no rayar con ellas tampoco ningún coche, los pies le patinaron en direcciones opuestas y las rodillas se le doblaron. Pudo escuchar el crac. Supo de inmediato que se había hecho daño de verdad y se puso furioso consigo mismo. Se quedó tumbado sobre el pavimento helado, avergonzado, mientras reunía las fuerzas para levantarse. Pero fue incapaz de hacerlo, tal era el dolor que sentía.
Cuando finalmente logró incorporarse, recogió los tablones caídos y regresó tambaleante a la obra. Durante el resto del día se movió como un inválido, poniendo excusas para quedarse cerca del porche y trabajar en aquella zona en lugar de dedicarse a recoger suministros o ir a almorzar siquiera.
Esa misma noche llamó a una exnovia, una mujer llamada Margo —de la que había llegado a estar enamorado, o casi—, quien sin embargo había sido lo suficientemente inteligente para detectar a tiempo en él una flaqueza, llámese inmadurez, llámese adicción. Margo era enfermera y trabajaba también como profesora de pilates. Cuando llegó a casa de Bart, lo encontró tumbado en la cama.
—Bart, no he sabido nada de ti en un mes —dijo, apoyándose contra el marco de la puerta del dormitorio—. Creía que habíamos dejado de hacer esto.
Bart estaba sudando profusamente y entonces Margo advirtió que el dolor contraía sus facciones. Bart era muchas cosas, pero no un quejica ni un exagerado.
—Madre mía —dijo ella, acercándose a la cama—, ¿qué te pasa?
—Las rodillas —gruñó él entre dientes, al tiempo que levantaba las sábanas.
Sus piernas estaban hinchadas de una manera grotesca. Las rótulas habían desaparecido bajo la carne inflamada y tumefacta.
—¡Dios mío! —resopló Margo—. Bart, hay que llevarte al hospital.
—No, no, no —protestó él—. No puedo hacer eso. Por favor.
—¿Qué te ha pasado?
—Me caí, nada más —respondió él—. Pensé que a lo mejor me podías echar un vistazo y decirme cuál es el problema exactamente.
—Necesitas ir a un hospital con urgencia, ¿me entiendes? No seas estúpido. Ahora dime, ¿cómo ha sido?
Bart explicó lo sucedido mientras Margo se levantaba para traerle un vaso de agua fría y un ibuprofeno antes de volver a sentarse de nuevo en un lateral de la cama.
—Gracias —dijo él—. Ya sé que hace mucho tiempo. No quería molestarte… Eres la primera persona a la que se me ha ocurrido llamar.
Ella se recostó, sorprendida por aquel último comentario, y palpó las rodillas de Bart, aplicando presión con los dedos para observar sus reacciones.
—Creo que te has roto los ligamentos —dijo ella—. No los cruzados, gracias a Dios… pero muy posiblemente te hayas lesionado los colaterales y laterales de las dos rodillas.
—¿Eso es grave?
—Pues sí, Bart, es grave. Si trabajaras en una oficina sentado delante de un ordenador… pero ¿haciendo lo que haces? Verás las estrellas. Quiero decir, tus rodillas podrían llegar a curarse solas, pero lo más probable es que no lo hagan. Déjame adivinar —suspiró—, ¿no tienes seguro médico?
Él dijo que no con la cabeza.
—¿Obamacare?
Bart la miró y frunció el ceño.
—Por cosas así no seguimos juntos —dijo ella, con una sonrisa de condescendencia y poniéndose de pie de nuevo—. Resumiéndolo mucho.
—¿Qué puedo hacer? —dijo él.
—No lo sé. ¿Reposo, tal vez? Los hippies dicen que el aceite de CBD ayuda.
—Si necesitara CBD me fumaría un porro —respondió Bart.
Margo se inclinó sobre él y lo besó en la mejilla sin rasurar, lentamente.
—Qué pena —le susurró en el oído—, salvo por esas rodillas, sigues estando bastante bueno. Hubieras sido capaz de convencerme.
El dolor era tan intenso, y su cuerpo estaba tan machacado, que aquella fue la primera vez en su vida que Bart eligió voluntariamente no hacer el amor con una mujer. Por unos momentos, mientras ella besaba su cuello, pensó en seguir adelante, y cuando Margo se sentó a horcajadas sobre él y comenzó a quitarse la blusa él trató de ignorar el dolor y de concentrarse en las sensaciones placenteras, pero las punzadas que seguían recorriendo sus piernas no remitían.
—Lo siento mucho —dijo, acariciando suavemente los hombros de Margo mientras ella se llevaba ya la mano al cierre del sujetador—, pero no puedo. De verdad, de verdad, de verdad que me encantaría. Pero no puedo. Lo siento, Margo.
Ella lo miró fijamente.
—Te duele muchísimo, ¿no? —le dijo.
—Sí, Margo. Me duele la hostia.
Ella volvió a abrocharse la blusa y, antes de irse, le dio otro beso en la mejilla.
Durante las semanas siguientes Bart fue a trabajar cojeando y casi siempre drogado con algo. La oxicodona ayudaba, pero las náuseas que la acompañaban le hicieron volver a la hierba, que terminó por ser lo único que le procuraba cierto alivio. Se despertaba muy temprano y se quedaba tendido en la cama, fumándose un porro mientras veía la previsión del tiempo en la tele, temiendo el momento de arrastrar sus maltrechas piernas de debajo de las mantas y poner los pies en el suelo. El solo hecho de levantarse requería un esfuerzo heroico.
Después, por la noche, cuando regresaba al apartamento, quitarse las botas y desvestirse le llevaba diez o doce tortuosos minutos, tras los cuales caminaba desnudo y con dificultad hasta la bañera, donde se sumergía durante una hora, fumando y escuchando a Bob Marley hasta que el agua jabonosa se enfriaba y el porro desaparecía, convertido en un montón de ceniza empapada. Entonces se incorporaba de nuevo para secarse, se arrastraba hasta la cocina y calentaba una lata de sopa Camp-bell. El sueño, cuando llegaba, lo golpeaba como si fuera un mazo recubierto de terciopelo y se quedaba KO de forma casi instantánea, como si se desplomara cientos de metros por el pozo de una mina hasta ser engullido por la oscuridad absoluta. Había noches en las que el único momento de felicidad de Bart se reducía a la pequeña fracción de segundo que tardaban en cerrársele los ojos, cuando la promesa del sueño lo envolvía como las oscuras alas de una gárgola, precintando el mundo hasta el día siguiente.
—¡Dios, ya no sé ni en qué día vivimos! —Solía decir Bart algunas veces después de la hora del almuerzo, mientras descargaban una nueva camioneta llena de tablones y listones.
—Ni yo —dijo Cole—. Tengo como cuatrocientos correos electrónicos sin abrir, veinticuatro putos mensajes de voz pendientes y mi futura exmujer quiere quedar para una especie de cena de despedida… Me ha enviado unos treinta mensajes hasta que le he respondido.
—¿Cuándo es eso?
—El sábado por la noche —respondió Cole—. Espera, ¿eso no es hoy?
—Estás preguntando al hombre equivocado —dijo Bart.
—¡Teddy! —gritó Cole.
Teddy estaba sentado en la cabina de la furgoneta, mirándolos por el retrovisor.
—¿Qué? —dijo.
—¿Qué día es hoy?
—Veinticuatro, creo. Kodi tiene reunión con el grupo de acción juvenil esta noche.
—Joder, papá Teddy, me refiero a qué puto día de la semana es hoy.
—Sábado, ¿recuerdas? Te pasas el puñetero día metiéndome caña para que curre el fin de semana y cuando llega el sábado no sabes ni a qué día estamos. No me lo puedo creer.
—Mierda —dijo Cole—. Mierda, mierda, mierda, mierda.
—Mira quién se va a escaquear antes de tiempo al final —dijo Bart, con una sonrisa malévola.
Esperaron a que los pocos obreros que también habían ido a trabajar aquel día recogieran sus herramientas y se fueran y luego limpiaron la obra entre los tres, cerraron la «puerta principal» provisional —que daba paso a un zaguán-vestíbulo— y bajaron la cuesta camino de sus camionetas.
—¿Bill ha vuelto a hablar con alguno de vosotros? —preguntó Bart—. Quiero decir, después de saludarnos esta mañana.
—Ni una sola palabra —respondió Cole—. Se ha dedicado a seguir apilando piedras dentro de la casa.
—Maldito espía —dijo Bart—. Está vigilándonos. Cada movimiento que hacemos. Tal vez convenga advertir a los albañiles, para que se anden con cuidado a la hora de encenderse un porro en la obra o, qué diablos, incluso de abrirse una cerveza. La barbacoa fue algo excepcional, pero me apuesto lo que sea a que ese malparido no aprueba convertir la diversión en un hábito.
Cole y Bart subieron a la camioneta del primero.
—Joder —dijo Cole—, qué pocas ganas tengo de lo de esta noche.
—Venga, va a ir genial —dijo Bart, riéndose—. Al menos no te tocará pagar la cuenta, ¿no?
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