Buena suerte
Capítulo 37
—¿Dónde estabas? —preguntó Cole—. Pasé antes pero no había luz en la casa.
—Salí a cenar —respondió Jerry—. Le eché el ojo a una tía bastante guapa, pero se escabulló antes de que pudiera invitarla a algo. En fin, ¡feliz Navidad! ¿Me has traído más dinero? Porque ese es el único regalo que quiero este año.
Jerry vivía en una casa tipo chalé de tres habitaciones en un extremo de la ciudad, en un barrio construido en las faldas de una estribación más alta. La casa nunca había sido reformada ni modernizada, algo que concordaba muy bien con el propio Jerry. Las paredes estaban decoradas con pósteres desvaídos de esquiadores de principios de los ochenta y fotografías amateur de una mujer desnuda que, imaginó Cole, debía de ser una antigua novia de Jerry. La moqueta era color aguacate en algunas partes y amarillo dorado en otras. Detrás de los pósteres y las fotos de desnudos había paneles de madera de pino dispuestos en diagonal. La atmósfera estaba impregnada del olor a vainilla del vapeador, mezclado con el aroma a colonia Old Spice y a incienso de sándalo. Había acuarios por toda la casa, con peces de colores exóticos y, nada más llegar, Cole había visto dos iguanas de gran tamaño paseándose por el salón. La calefacción estaba puesta a veintisiete grados y las ventanas estaban empañadas por la condensación. La casa miraba hacia el sur y daba a un jardín con tarima en el que sobresalía un jacuzzi con vistas a la ciudad, cubierta de nieve en aquellas fechas y convertida, desde allí, en un puñado de luces blancas y doradas que brillaban suavemente en la oscuridad.
—Sí, tengo tu dinero —dijo Cole, entregándole un cheque por valor de veinte mil dólares, todo lo que le quedaba en la cuenta bancaria.
Ya le había dado a Jerry todo el dinero que la constructora tenía reservado como colchón y los pocos ahorros que él había acumulado en los años precedentes. No tenía ni idea de cómo iba a explicarle aquello a Cristina tras el acuerdo oficial del divorcio. Ya no veía salida alguna. No tenía escapatoria. ¿Qué quería él de regalo de Navidad? Cristal, solo cristal. Mientras contemplaba cómo su vida se le iba de las manos, la sucia euforia que aquella pequeña pipa le proporcionaba se había convertido en su única obsesión. No había nada más. Nada importaba ya, porque llegados a ese punto había perdido todo lo que tenía. Todo y a todos. Había apartado a Teddy de su lado y, para el caso, también a Bart. Por Dios, ahora era un asesino y la clase de tipo que iba a casa de su camello en Nochebuena en lugar de estar con sus padres, con sus hermanos o con la familia que debería haber formado con la mujer que desde hacía poco era oficialmente su exmujer.
—También quería… eh —empezó a decir, no habituado al protocolo en aquellas situaciones—. ¿Puedo pillarte algo de cristal?
Jerry estaba despatarrado en un sofá de cuero, con las amarillentas plantas de los pies apoyadas sobre una mesa baja de cristal y los brazos desplegados como un viejo cóndor.
—¿Cuánto? —masculló, mientras se metía una mano por debajo del elástico de los pantalones de chándal para rascarse.
—Ocho gramos —dijo Cole.
—Mil pavos —respondió Jerry.
—Eso es más de lo que me cobraste la otra vez —dijo Cole, aunque pudo detectar en su propia voz que no tenía fuerzas para oponerse, que lo había dicho casi gimoteando.
—¿Ah, sí? Pues que te follen —dijo Jerry soltando una carcajada—. Vete a buscar otro camello en Nochebuena y le regateas a él el precio.
A continuación, encendió un televisor de plasma con una pantalla de sesenta pulgadas, en apariencia el único objeto del siglo XXI de toda la casa.
—Y ahora, déjame tranquilo, que tengo un partido de baloncesto que ignorar.
—¿Puedo darte un cheque?
Jerry apartó los ojos del televisor y echó una mirada furibunda a Cole.
—Maldito hijoputa —dijo—. Tenemos que hablar tú y yo. Siéntate.
Cole hizo lo que le decía. Tenía tics y le picaba todo el cuerpo. Sentía como si tuviera bichos debajo de la piel y los ojos le bailaran dentro del cráneo.
—He oído que el sheriff ha estado husmeando por la ciudad, preguntando por los dos desaparecidos —dijo Jerry—. Francamente, me sorprende un poco que no me contaras nada de la visita que os hizo a la casa que estáis construyendo.
Que «estábamos» construyendo, pensó Cole lúgubremente.
—Teddy y yo lo manejamos bien —dijo Cole con seguridad—. No hay ningún problema. Vino, hizo unas cuantas preguntas y se fue. ¿Acaso tengo pinta de estar preocupado? —Añadió, levantando las manos.
—¿Y qué pasa si el sheriff empieza a atar cabos entre los cheques y yo? —preguntó Jerry, echándose hacia delante y señalando a Cole con la punta del dedo—. ¿Qué pasa entonces?
—Pues hazme una puta factura si lo prefieres —dijo Cole con serenidad — y diremos que estás trabajando para nosotros. Transportando tabiques, pintando, lo que sea. Ya lo tengo todo pensado.
Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener la tranquilidad, aunque lo único que quería hacer era gritar: «¡Dónde está mi puto cristal!».
Jerry sonrió y asintió, aprobando la ocurrencia.
—Esa idea no está tan mal, Cole —admitió—. Que sepas que de joven hice mis pinitos en la construcción.
Era cierto. Hacía más de treinta años, cuando Jerry era un jovencito de dieciocho años flacucho y con buenos contactos para pillar hierba, había terminado proveyendo al resto de la cuadrilla de obreros de cualquier vicio que necesitaran, y desde entonces había decidido aparcar lo del trabajo físico para dedicarse a algo menos fatigoso.
El camello alargó una mano por detrás del sofá y alcanzó la bolsa deportiva de nailon negro. Después de revolver un poco en su interior, sacó cuatro bolsitas de plástico y se las lanzó a Cole.
—Por esta vez aceptaré el cheque, capullo —dijo—, pero de ahora en adelante más te vale traer efectivo, ¿vale? Ahora, lárgate de aquí echando leches.
Esa noche Cole se registró en un pequeño hotel de mala muerte sobre cuya entrada parpadeaba un letrero de neón que decía HABITACIONES LIBRES. Echó el endeble pestillo y aseguró la puerta colocando una silla bajo el pomo de latón. Luego encendió el televisor —tanto para entretenerse como para sentirse acompañado—, se tiró en la cama y encendió la pequeña pipa de cristal.
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