Buena suerte

Nickolas Butler · Capítulo 4 de 45

Páginas del PDF

Buena suerte

Capítulo 4

 

 

Cada mañana, Teddy Smythe se despertaba con una traca de alegres explosiones. Cuatro niñas pequeñas saltaban de sus camas para meterse en la suya y jugaban a abrirle los párpados con sus diminutas manos, tirando de las sábanas, protestando, acurrucándose junto a él y desbaratando sus últimos minutos de descanso. Explosiones por todas partes: prendas de ropa apiladas en cada rincón y cada mueble o desparramadas por el suelo, mientras las pequeñas elegían su atuendo, vistiéndose y desvistiéndose y formando nuevas pilas de ropa. Luego venían las peleas por la ducha, por el privilegio de mirarse en un determinado espejo, por el secador, los cereales derramados, la leche derramada, el zumo de naranja derramado, el sonido atronador de la radio, los gritos de Britney impartiendo instrucciones maternas, el graznido de la televisión, la furgoneta fuera con el motor al ralentí y, finalmente, los «te quiero, papá», la cascada de besos y, con suerte, treinta minutos de calma antes de subir al coche y conducir hasta la obra.

Teddy amaba esa vida. Pero, aunque las cosas iban bien, podía ver un futuro aún más brillante desplegándose. Era como vislumbrar un pedacito de cielo brillando, plateado, en el horizonte; un punto en el mapa que podía distinguir y que pronto podría tocar…

Para empezar: la casa de Gretchen. La noche anterior, Teddy se había tumbado en la cama y se había quedado mirando al techo, barajando diferentes nombres en su cabeza —Aguasdulces, Casa del Vapor, Casa de las Nubes—, buscando el más adecuado y elegante para el proyecto, como los de la Casa de la Cascada o la Casa Taliesin de Frank Lloyd Wright. Se imaginó terminando la obra la mañana del día de Nochebuena y entregando las llaves a Gretchen al día siguiente, junto con una copa de champán, antes de enseñarle el interior. Se imaginó también el momento en que ella les entregaría sus muy merecidos cheques y la sensación que tendría luego, al llegar a casa y enseñárselo a Britney…

Cuánto ansiaba contemplar el orgullo pintado en el rostro de ella por haber sido capaz de cambiar la suerte de la familia. Porque, tras años de ir tirando y salir adelante con lo puesto, al fin lo hubieran conseguido, como una familia unida. Casi podía sentir las piernas de exanimadora de Britney enroscándose alrededor de su cintura, como en los viejos tiempos.

En el sótano de su casa de alquiler, Teddy tenía un mural donde proyectaba sus sueños y objetivos. El sótano era una especie de guarida secreta, oscura y húmeda, cuyo olor a pis de gato y moho mantenía alejadas a sus hijas; un lugar resguardado en el que Teddy drenaba sus frustraciones ejercitándose, haciendo pesas y saltando a la comba. Sobre la pila de un fregadero había un armarito en el que guardaba sus anhelos a buen recaudo.

En la parte interior de la puerta del armario tenía colgada la imagen del cuerpo que quería para sí: una foto de Bruce Lee en la época de Operación Dragón, hacia 1973. Junto a ella, había fotos de otros de sus héroes: Arnold Schwarzenegger en su papel de Conan, Terry «Hulk» Hogan, Clint Eastwood, Mike Tyson, Teddy Roosevelt… y una de Michael Jordan volando hacia la canasta desde la línea de tiros libres y sacando la lengua, saboreando las mieles de su sexto anillo como campeón de la NBA.

Era allí, en aquel sótano lóbrego y hasta cierto punto uterino, donde Teddy se enchufaba los auriculares para aislarse del mundo mientras se machacaba el cuerpo y donde era libre de imaginar su futuro a su antojo. Un futuro en el que él era un hombre entre hombres: físicamente fuerte, económicamente solvente y, por qué no, incluso sorprendente intelectualmente. Su particular mural de la fama estaba adornado también con fotos de casas de la ciudad y alrededores: ranchos modernos con diseños poco ortodoxos, grandes ventanales y vistas eternas a aquellas imponentes montañas blancas y dentadas que despuntaban entre las nubes como si fueran el mismo Valhalla. Teddy se imaginaba entonces un futuro en el que su familia tendría decenas de acres de aquella tierra, en el que al despertarse y asomarse por la ventana cada mañana vería ocho o nueve caballos retozando en la pradera, mientras sus hijas jugaban complacidas a perseguirlos o bien recogían flores salvajes para confeccionar un ramo; y al final del día, de nuevo en su dormitorio, él y Britney se entregarían el uno al otro, tan mutuamente fascinados como de costumbre.

Siempre se les había dado bien aquello —el sexo—, incluso en la época en que todavía eran adolescentes. Procurarse alivio el uno al otro con sus cuerpos. No importaba cuántos obstáculos surgieran en el camino o qué problemas perturbaran su mente. Hacían un equipo perfecto y, Teddy lo sabía, siempre sería así. Envejecerían, por supuesto, pero su amor persistiría como un latido eterno, bombeando rítmica, incesantemente hacia su futuro compartido. En el pasado Teddy había intentado escribir alguna vez un poema que capturara la intensidad de aquellos sentimientos. Una sola página que contuviera las palabras grandiosas precisas, centradas y en mayúsculas. Pero cuando se había sentado para tratar de volcar lo que anidaba en su corazón la tarea se le había antojado imposible.

Aquella era la clase de cosas que había aprendido a no compartir con Bart si luego no quería sufrir sus pullas y provocaciones constantes. Se le encogía el corazón solo con pensar en la posibilidad de que la amarga visión del mundo de Bart pudiera contaminar su despreocupado espíritu.

Aquella mañana, después de que Britney lograra meter a las niñas en la furgoneta para llevarlas al colegio, Teddy bajó al sótano y saltó a la comba durante quince minutos. Necesitaba templar su mente. Sabía que el tiempo estaba a punto de acelerarse como si lo embistiera una locomotora. Tenía que estar fuerte física y mentalmente si querían salir indemnes de aquel reto. Tenía que ser el amigo y el socio que Cole y Bart necesitaban a su lado en ese momento. Sabía que no tenía la inteligencia de Cole ni la energía salvaje de Bart, pero podía aportar la energía positiva que ambos necesitaban, como había hecho siendo niño, cuando sus padres se peleaban.

Cerró los ojos. Sintió la tensión en los músculos de los brazos y el impacto del suelo de cemento contra los pies encallecidos al saltar; y evocó en su mente el hogar en que había crecido. Recordó a su padre llegando tarde a casa, mucho después de que la cena se hubiera enfriado, su madre a punto de llorar a aquellas alturas, y recordó cómo, con tan solo doce años, se había enorgullecido de ser capaz de separarlos, de interponer su cuerpo entre ambos. Ya entonces, hacía más de veinte años, era fuerte. Fuerte por su afición a imitar las películas de kung-fu y de acción, por entrenar duro al fútbol americano y a la lucha libre; fuerte por ser capaz de absorber toda la tensión que había en casa, concentrarla en sus músculos y después canalizarla a través del deporte.

Le gustaba trabajar en la construcción por las mismas razones. Tras acabar el instituto había estado muy perdido y había encadenado trabajos de mierda: reponedor en un Walmart, vendedor de hamburguesas, repartidor o recepcionista nocturno en un Motel 6. Había sido Cole quien le había conseguido su primer empleo en la construcción y él se había adaptado enseguida. Le gustaban la camaradería entre los miembros de la cuadrilla y el exigente trabajo físico. También la satisfacción, al concluir un proyecto, de contemplarlo y tener la certeza de haber construido algo que resistiría la prueba del tiempo, que incluso podría sobrevivirlo. Le encantaban esas noches en las que, después de poner el punto final a una obra, iban todos a un bar a celebrarlo y el capataz pagaba una o dos rondas y daba las gracias a sus albañiles por el buen trabajo. Le gustaba volver luego a casa, exhausto y quemado por el sol, infinitamente agradecido por la seguridad que le brindaban su cama y el contacto fresco y confortable de su almohada.

Se pegó una ducha, engulló a la carrera un bol de avena y un vaso de zumo de naranja y salió pitando hacia el lugar en el que True Triangle estaba realizando su última chapuza: la demolición y reconstrucción de un garaje en la ciudad. Nada sexy. Los había contratado una mujer mayor y llevaban mareando la perdiz desde entonces, yendo a trabajar algunas horas de tanto en tanto y desapareciendo durante semanas enteras para trabajar en otros encargos. Sabían que la anciana estaba perdiendo la paciencia, pero habían ofertado un presupuesto muy bajo por la obra y no iban a sacar mucho por ella.

Aparcó la camioneta enfrente de la casa. Hacía una mañana soleada y se sentía contento y esperanzado. Habían recibido un pedido de una losa de granito y se acercó a inspeccionarla. Si se lo curraban, podían tener acabada la estructura y el tejado en uno o dos días y, después, colocar la puerta del garaje sería pan comido.

Escuchó cómo se abría la puerta de la casa y vio aparecer a la dueña en el umbral, vestida con una bata y sosteniendo el mando de la tele en una mano.

—Vaya —dijo—, ya pensaba que os habíais olvidado de mí. Llevo días sin veros el pelo.

A Teddy no se le daba muy bien actuar, pero había un papel que sí sabía interpretar de manera bastante convincente cuando tocaba: el de hacerse el tonto. Percibiendo el enfado y el hartazgo de la mujer, esbozó una amplia sonrisa y se rascó la cabeza.

—Buf, hemos estado hasta arriba —dijo, caminando despacio hacia ella —, es esta maldita ciudad, hay faena por todas partes y no nos dan un respiro.

—Ajá —respondió ella—. Hace dos meses perdíais el culo por este trabajo. ¿Y el discursito que me echó tu amigo? Sobre que si erais una pequeña empresa local y lo difícil que era salir adelante y todo ese cuento. Soy una anciana y podría haber acabado esta obra antes que vosotros tres, gandules.

Teddy se miró los pies. Aquello era parte del truco: asumir más trabajo del que podían sacar por miedo a que no saliera nada más ese año, o al siguiente, y luego buscar maneras de lidiar con los clientes y de esquivar sus quejas cuando incumplían sistemáticamente todos los plazos.

—¿Hay algo que pueda hacer por usted, señora? Algún gesto para arreglar las cosas.

Ella le lanzó una mirada gélida.

—La caldera no tira bien desde mayo —dijo—. Empieza a hacer frío por las noches y quisiera tenerla arreglada antes de que empiece a nevar. ¿Por qué no entras y le echas un vistazo?

Teddy asintió amistosamente.

—Será un placer. Estamos aquí para ayudar en lo que podamos.

Por dentro, la casa estaba impoluta, nada que ver con el revoltijo de trastos acumulados que casi siempre solían encontrarse en las casas de clientes mayores: la colección de platos decorativos colgados de las paredes, las pilas y pilas de revistas y periódicos medio podridos y apoyados sobre suelos combados y mugrientos, libros de bolsillo, basura… No, aquella casita estaba impecable.

—Tiene usted esto limpio como una patena —dijo Teddy.

—Sí, señor, así es. Y por eso el follón que me tenéis montado ahí fuera —dijo ella, señalando hacia el garaje— me está matando. Los vecinos ya han empezado a murmurar y ayer pasó por aquí un promotor preguntándome si estaba pensando en vender. Deja que te diga algo, mi marido y yo compramos esta casa hace cuarenta años. Nueve mil dólares nos costó, pagados a tocateja. Por aquel entonces no había millonarios en esta zona. Solo un puñado de ganaderos y vaqueros y cuatro mineros polvorientos desperdigados por ahí.

Teddy la siguió escaleras abajo hasta un sótano frío y seco. Luego se acercó hasta la caldera y se arrodilló para examinarla.

—Señora, no sé cómo decirle esto, pero… este cacharro es muy antiguo. Con los años que tiene podría fallar cualquier cosa.

—Ya he revisado el filtro —dijo ella—, como me enseñó a hacer mi marido. Y el filtro está bien. Lo cambié hará un mes —añadió, señalando con su dedo artrítico una libreta atada a un cordel que colgaba del aparato y en la que estaba registrado cada cambio de filtro y cada vez que la caldera había sido revisada o reparada a lo largo de décadas—. También he comprobado los fusibles.

Teddy sacó una linterna de bolsillo para estudiar la caldera más de cerca. Aquella era la clase de tarea que le gustaba. Le agradaba tener contacto directo con los clientes. Pasaban tanto tiempo subidos a un tejado o dando martillazos, cubiertos de polvo y escuchando música a todo volumen, que a veces parecía que su interacción con los propietarios se reducía a discutir de dinero y de plazos. Pero en esta ocasión se trataba de algo real, tangible. Algo se había roto y había que arreglarlo. Y el cliente no era ni un niño prodigio de las nuevas tecnologías, ni un representante deportivo ni un ejecutivo de alguna farmacéutica.

—Lo tengo —dijo finalmente Teddy, extrayendo un bucle de goma roto, negro y endurecido—. Se ha roto la correa del soplador.

—¿Cómo de grave es eso? —preguntó ella.

—Esta caldera tiene más años que yo, pero dentro de lo que cabe diría que no son malas noticias. Puede comprar otra nueva en la ferretería y son bastante baratas.

La mujer tomó la pieza y lanzó a Teddy una mirada de aprobación, no exenta de ciertas reservas.

—¿Quieres un café? —ofreció.

Teddy miró a su alrededor: varias estanterías con botes de pintura perfectamente ordenados, una mesa de carpintero con tablero de herramientas, una vieja diana para jugar a los dardos y, colgando de una de las paredes, un calendario de Budweiser que seguía contando los días de diciembre de 1999.

—No soy muy cafetero —dijo Teddy—, pero me tomaría un vaso de agua encantado.

En la estrecha cocina, se sentaron a una pequeña mesa redonda y la mujer le ofreció unas tostadas de pan blanco con mantequilla y mermelada casera de moras. Le habló de la casa, de cómo había criado allí a una familia de siete hijos a pesar de contar solo con un par de dormitorios: niños durmiendo en literas, niños durmiendo en los armarios empotrados y en el sótano, compartiendo un único baño. Teddy miró por la ventana mientras masticaba una tostada. Sus socios llegaban tarde y empezaba a preguntarse si aparecerían siquiera.

—En las casas que se construye la gente hoy en día —siguió diciendo la mujer— cabrían diez como esta. ¡Dios mío!, esta casa cabría entera en el garaje de algunas de ellas. Es una aberración, ¿no crees?

Teddy irguió la cabeza, no muy seguro de cómo responder.

—Bueno, señora, tenga en cuenta que una de esas casas que usted dice da trabajo a mucha gente también, y durante mucho tiempo.

—Si te soy sincera —respondió ella—, creo que es un verdadero desperdicio. Con tanta gente ahí pasando hambre y sin techo. Piensa en la cantidad de cosas que podrían hacerse con ese dineral.

—Sí, pero esto es América, y a la gente no le gusta que le digan cómo tiene que gastar su dinero. Ni siquiera a los sin techo.

Teddy se levantó de la mesa y se acercó a la ventana para echar un vistazo mientras se bebía el vaso de agua fría. Ni rastro de Cole y Bart. Miró el teléfono móvil para ver si tenía mensajes y vio que tenía uno de Cole:

Estamos ya en la casa nueva. ¿DÓNDE ESTÁS?

Teddy tecleó rápidamente una respuesta:

Pensaba que hoy veníamos al garaje de la anciana.

A su espalda, la mujer seguía parloteando:

—Una casa de dos mil quinientos metros cuadrados para vivir allí ¿cuánto?, ¿dos semanas al año? Y haciendo subir los precios, además. En cinco años ya no podré permitirme vivir aquí.

El teléfono de Teddy vibró de nuevo:

Olvídate de la vieja. Te necesitamos aquí. YA.

Teddy regresó a la mesa y se dejó caer pesadamente en la silla, sintiendo los ojos de ella posándose en los suyos.

—Tus compañeros no van a venir, ¿verdad?

Teddy se miró las botas.

—La madera que estábamos esperando no ha llegado —mintió, antes de acabarse el vaso de agua y golpear la mesa con los nudillos—, pero la semana que viene nos pondremos sin falta.

—He criado siete hijos —respondió ella con voz serena—. Y sé cuándo me están mintiendo. Y tampoco soporto que me tomen el pelo.

Teddy volvió a levantarse y dejó el vaso y el plato en el fregadero.

—¿Sabe qué le digo? —dijo—. Deme veinte minutos y vuelvo con una correa nueva. Le dejaré la caldera lista y funcionando otra vez.

—Hijo, tengo ochenta y dos años. Como no me arregléis pronto ese garaje, a lo mejor no estoy aquí para pagaros cuando acabéis, no sé si me entiendes. Se me acaba el tiempo. Y deprisa.

Él la miró desde la puerta, sentada en su cocina, mordisqueando la tostada, y no le creyó. Una mujer así, pensó, podría sobrevivir a las mismas montañas.

OceanofPDF.com