Buena suerte
Capítulo 13
Al día siguiente los tres hombres estaban comiendo en el garaje mientras fuera caía una fina lluvia, cuando, para su sorpresa, vieron aparecer una camioneta de policía cruzando el puente. El vehículo recorrió el camino de acceso y aparcó a veinte pasos de la casa.
—¿De qué diablos va esto? —masculló Bart.
—Ni idea —dijo Cole—. Yo no he hecho nada malo. ¿Tú, Teddy?
—Ni por asomo. En mi vida me han puesto una multa, ni por exceso de velocidad. Que yo sepa, tampoco he hecho nada —respondió Teddy, con una sombra de culpa en su voz—. Quiero decir, espero que no, vaya.
El sheriff bajó del vehículo y, un momento más tarde, un hombre de unos treinta años abrió la puerta del copiloto bajo la llovizna.
—Buenas tardes —dijo el sheriff.
Los tres socios se pusieron de pie, limpiándose las manos en los pantalones y con algunas servilletas de papel.
—Oh, no se preocupen, no quiero molestarles. Este caballero se dejó una herramienta por aquí y, dado el acuerdo de confidencialidad que tuvo que firmar con la que es ahora la jefa de ustedes, pensó que sería más conveniente subir escoltado. No le culpo.
—Cómo me alegro de haberme largado de este sitio —dijo el hombre.
—¿Una herramienta? —preguntó Cole con suavidad.
—¿Alguno de ustedes ha visto un taladro inalámbrico Milwaukee, con dos baterías? —preguntó el sheriff.
—Pues sí, ahora que lo dice —dijo Bart—, lo tenemos por aquí. Nos preguntábamos quién había podido dejarse una herramienta tan buena.
Se levantó de la pila de tablones sobre la que estaba sentado y tras revolver en una pequeña caja de cartón sacó el taladro y se lo dio al albañil.
—Oye —le dijo Cole—, si no te importa, ehm… ¿hay alguna posibilidad de que nos cuentes qué pasó aquí? ¿Por qué tuvisteis que dejar el trabajo a medias?
El hombre soltó una risa sarcástica.
—¿Qué es esto? ¿Una puta broma? Si os cuento lo que pasó y vais corriendo a decírselo a ella, nos cruje, malditos esquiroles. Ni de broma. Os agradezco lo del taladro, pero no pienso abrir la boca.
Y tras decir eso, el hombre se llevó un dedo a la visera de la polvorienta gorra de béisbol como único saludo y volvió a meterse en la camioneta. Al poco, sin embargo, la puerta se abrió de nuevo y el tipo salió otra vez.
—Espera —dijo, apoyándose contra el vehículo— una cosa sí os voy a decir. No os envidio para nada, cabronazos. Estáis trabajando para el mismo diablo. Y ni siquiera lo sabéis —añadió, antes de volver a subir y cerrar dando un portazo.
—Señores —dijo el sheriff, dándoles la espalda y dirigiéndose hacia el coche.
—Espere un momento —dijo Cole—. Puede que él haya firmado lo que sea, pero usted no. Explíquenos, sheriff. ¿No cree que tenemos derecho a saber algo?
El agente se detuvo, dio media vuelta y se quedó contemplando la casa un buen rato antes de responder a Cole.
—No tienen ni idea, ¿verdad?
Ellos negaron con la cabeza.
—Aquí murió un trabajador —dijo el sheriff—. Estaba empalmando jornadas de veinticuatro horas. Una noche estaba currando ahí arriba, subido a lo más alto de una viga, y se cayó. —El sheriff hizo un gesto con la mano, como si fuera un pájaro cayendo del cielo y estrellándose contra el suelo—. Se rompió la espalda por varios sitios. Murió prácticamente en el acto. También se fracturó el cráneo, una hemorragia masiva. Yo vine al día siguiente para interrogar a los testigos, pero no había mucho que indagar. Nadie era responsable. Había sido un accidente. Un accidente estúpido, que podía haberse evitado, pero nadie presentó ninguna denuncia, así que no hubo nada. Supongo que su jefa habló con la familia del fallecido y pagó al resto de los trabajadores a cambio de su silencio.
—¿Dónde se produjo la caída? —preguntó Teddy.
—En esa zona de ahí —dijo el sheriff, señalando hacia la fuente termal.
—El pobre desgraciado —murmuró Bart—. Maldito desgraciado.
—Será mejor que vayan con cuidado —dijo el sheriff—. Ese hombre murió porque lo estaban explotando. En la obra se rumoreaba que llevaba tres días sin dormir. Que tengan un buen día.
Los tres amigos se quedaron mirando cómo la camioneta del sheriff maniobraba para dar la vuelta y emprendía el camino de regreso.
—¿Vas a llamarla? —preguntó Bart a Cole—. ¿O la llamo yo?
—Ya lo creo que sí —dijo Cole—. Y por mí la llamamos ahora mismo.
Se apretujaron los tres en la camioneta de Cole y condujeron hasta la carretera general, donde había suficiente cobertura. Cole marcó el número de Gretchen en su teléfono móvil y puso el altavoz para que los tres pudieran escuchar la conversación.
—Cole —respondió ella con tono cordial—. ¿Qué noticias hay por Wyoming?
Él soltó una risa tenebrosa y miró a sus amigos.
—¿Qué noticias, Gretchen? Bueno, pues un pajarito nos acaba de contar lo que sucedió en la casa antes de que usted nos contratara. ¿Tiene algo que decir? ¿Algo que explicar sobre explotar a la gente hasta que acaba matándose?
Se produjo un breve silencio y los tres hombres se miraron mientras la lluvia seguía cayendo sobre el parabrisas y un camión maderero los rebasaba a toda velocidad.
—Ese hombre —dijo Gretchen— se saltó todos los protocolos de seguridad. No llevaba casco, por ejemplo. Y el día en que murió tampoco llevaba arnés, lo que sin duda le hubiera salvado la vida. Se sabía que a las cinco de la tarde empezaba a beber, estuviera o no trabajando. A cinco metros de donde cayó estaba tirada la última lata de cerveza Steel Reserve que se había bebido. Y no es que esto sea muy relevante, pero lo cierto es que tenía antecedentes penales: había sido detenido hasta en tres ocasiones por conducir borracho y acusado otras dos por no pagar la manutención de sus hijos. Son detalles que pueden no tener vinculación directa con lo sucedido, pero que sirven para darse cuenta de que el hombre no era ningún santo… Así pues, señor McCourt, ¿desea reformular la pregunta?
Los tres hombres se miraron entre ellos. En la cabina de la camioneta la atmósfera se había cargado de una extraña combinación de temor, remordimiento e ira.
—Bueno, hubiéramos apreciado un poco más de franqueza por su parte —dijo Cole—. No nos importa que nos llamen esquiroles, pero ahora tiene un poco más de sentido que los anteriores contratistas dejaran el trabajo como lo hicieron. Uno de ellos murió y, por lo que hemos oído, llevaba trabajando varios días sin dormir.
—¿Está puesto el altavoz? —preguntó Gretchen con frialdad.
—Sí —asintió Cole—. Estamos Bart, Teddy y yo.
—Muy bien. Señores, tienen una oportunidad. Una oportunidad de cambiar su vida y la suerte de sus familias. No busquen excusas. Limítense a hacer su trabajo. Cumplan con su obligación y el universo les sonreirá, se lo prometo.
Los hombres no supieron qué responder a aquellas palabras. No era lo que esperaban oír.
—Y ahora, si me disculpan, tengo que atender otra llamada —dijo ella —. Que tengan un buen día.
La escucharon colgar y se miraron entre ellos, resoplando.
—¿Y qué hay del pobre diablo que la palmó? —dijo Bart—. No creo que el puto universo le sonriera mucho.
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