Buena suerte
Capítulo 9
Un viernes de finales de octubre decidieron hacer una barbacoa y tener la clase de gesto que hubieran agradecido cuando trabajaban como subcontratistas, pero que ningún constructor había tenido nunca con ellos. Cole señaló que la barbacoa también podía ayudar a estrechar cualquier vínculo que hubieran sido capaces de trabar con los empleados de cara a los rigores del ya inminente invierno. Compraron cajas y cajas de cerveza y, a las cinco de la tarde, encendieron una parrilla de gas para hacer cantidades industriales de perritos calientes y hamburguesas con queso, mientras confraternizaban con los demás obreros y departían sobre el avance de la obra. Aunque estaban acostumbrados a cuestionar las decisiones de los propietarios, en esta ocasión todos estuvieron de acuerdo en que aquella era la mejor casa en la que habían trabajado: ni excesivamente grande, ni tampoco impostadamente modesta —como acostumbraban a ser algunas casas acuciadas por una culpa progre—. No, aquella era una casa proyectada con inteligencia, bien pensada y diseñada, construida con materiales resistentes y atemporales con el fin de que se integrara en su entorno natural como si fuera invisible.
Las cervezas caían deprisa. Bart no tardó en hacer una hoguera con restos de madera sobrante y algunos de los hombres comenzaron a liar porros. No había nada malo en ello, estaban solos en plena montaña y, al menos por ese día, habían acabado su trabajo.
Uno de los albañiles de más edad sacó una guitarra. Otros llevaban consigo violines y un banjo. Así que se reunieron todos en torno al fuego, pasándose los cigarrillos de mano en mano, mientras los músicos tocaban y cantaban y el eco de sus voces se perdía hacia el cañón, reverberando entre las escarpadas paredes de los riscos y filtrándose entre las últimas hojas, de un amarillo verdoso y dorado, que se aferraban con fuerza a las ramas de los árboles. ¡Dios, qué noche americana tan bella! Después de trabajar tan duro, codo con codo con tus hermanos; de haber cargado pesos enormes sin una sola queja, de haber solventado problemas y ayudado a construir una vivienda tan elegante y sólida. Teddy sentía que el corazón no le cabía en el pecho. Incluso Cole, siempre preocupado y no muy proclive a relajarse, se soltó un poco con la cerveza y se unió a los cánticos de los obreros, golpeando las palmas de sus manos contra los muslos y moviendo los pies para llevar el ritmo. Todo iba bien. Por sus narices que iban a terminar aquella casa antes de Navidad y, con un poco de suerte durante los siguientes dos años, se convertiría en un nuevo rico.
Cuando uno de los múltiples porros que circulaban llegó hasta él, Bart dio una calada larga e intensa. Sintió la agradable punzada del humo en sus pulmones y cómo se relajaban sus músculos, y fue entonces cuando se percató de que no solo estaba a gusto, sino también completamente exhausto. Llevaban trabajando catorce horas al día, o más, desde que habían cerrado su acuerdo con Gretchen, y no se habían tomado un solo respiro en siete semanas.
—Joder, estoy roto —dijo, sin dirigirse a nadie en particular.
—¿Necesitas un tirito?
Quien había hablado así era Reuben, uno de los albañiles encargados de enyesar. Un paleto cubierto siempre de mugre. Tenía el pelo lleno de polvo de yeso y los brazos plagados de tatuajes desvaídos y amateurs. Era enjuto y fibroso a más no poder. Estaba sentado junto a Bart, descalzo, con una camiseta de Phish y unas gafas de sol baratas, aunque no había mucha luz de la que protegerse a aquella hora, salvo la de la hoguera que ardía frente a ellos. En los descansos podía vérsele pulular por la obra dándole patadas a una pelotita de hacky, como si estuviera de vacaciones en una playa de Malibú.
—No me vendría mal —dijo Bart—. Vamos a dar un paseo.
Caminaron tranquilamente un rato, hacia el río, pasándose el porro de tanto en tanto.
—Este sitio es la hostia, hermano —dijo Reuben—. No tengo ni puta idea de cómo conseguisteis este encargo, cabrones, pero me alegro por vosotros.
—¿Llevas algo, entonces? —preguntó Bart.
—De todo, tío. ¿Qué quieres?
—Un poco de coca. Un pollo va bien.
—Habéis estado trabajando a destajo, ¿verdad? De sol a sol —dijo Reuben pasándole la droga.
Bart se volcó un poco en el dorso de la mano y la esnifó de inmediato.
Notó el efecto rápidamente y, en un instante, se sintió transportado exactamente a donde quería estar. Un vigor renovado se apoderó de sus músculos, de sus manos. Uauuuuuu. Qué bien sentaba aquello. Esnifó otro poco y después botó suavemente sobre sus pies, sobre los dedos de los pies, como un boxeador profesional justo antes de empezar un combate. Ladeó el cuello a un lado y a otro, haciéndolo crujir, y miró hacia arriba, hacia las estrellas. De alguna manera, brillaban aún más puras, como si fueran pedazos rotos de un hermoso cristal.
—Mucho mejor —dijo—. Ya lo creo. ¿Cuánto te debo?
—¿Tienes cien?
—Aquí tienes —dijo Bart—. Por cierto…
—Dime.
—Me va a interesar pillar más, creo. Al menos hasta que finiquitemos esta obra.
—Ya, me imagino… Estoy intentando dejar de pasar —dijo Reuben—, pero ¿conoces a Jerry, en la ciudad? Él te puede ayudar.
—Conozco a Jerry —respondió Bart, asintiendo—. Es un puto degenerado.
—Lo es, lo es, pero tiene mierda de la buena —dijo Reuben, guiñándole un ojo.
Los dos hombres regresaron hacia la obra y vieron a Teddy, que caminaba hacia ellos con una lata de cerveza de Bud Light en la mano y una sonrisa de oreja a oreja en la cara. Teddy no era lo que se dice un bebedor. «Sale muy barato sacarte por ahí», solía tomarle el pelo Bart.
—¿Qué está pasando aquí? —les espetó Teddy, bromeando, antes de alzar la vista hacia las estrellas—. ¿No os parece increíble este lugar?
—Tíos, me tengo que pirar o me caerá una buena bronca de mi señora —dijo Reuben, chocando el puño con los otros dos.
—Venga, nos vemos el lunes —dijo Bart, con un tono de voz que sonó repentinamente profesional—. Por cierto, ¿cómo vamos con esos paneles?
Reuben miró a Bart como si fuera un alumno tentado de vacilar a un profesor.
—Vaya, vaya —dijo finalmente, riendo—, te has convertido en un verdadero jefe, muy serio y profesional. Los paneles van de puta madre, tío. Estarán acabados cuando estén acabados.
Y tras decir eso alzó una mano haciendo el símbolo de la paz con los dedos y desapareció en dirección al puente, avanzando sigilosamente en la oscuridad con los pies descalzos.
—Nunca me gustó ese tío —dijo Teddy con semblante serio—. Es un maldito drogadicto.
—Es majo, no hay ningún problema con él —respondió Bart—. Venga, volvamos ahí, la gente está empezando a marcharse.
Caminaron de nuevo hasta la hoguera. Ya no había música y algunos hombres daban las últimas caladas, todavía hablando de la casa, mientras otros se despedían y se dirigían hacia sus camionetas. Al poco, comenzaron a encenderse faros en la oscuridad y los vehículos maniobraron para salir. Un rato después, solo quedaban allí Cole, Bart y Teddy, los tres de pie junto a las ascuas del fuego. Bart todavía daba saltitos, boxeando con su sombra y lanzando alguna que otra piedra hacia la oscuridad.
—¿Sabéis qué, chavales? —dijo Cole, apoyando la cerveza que se acababa de abrir y quitándose la camisa—. Desde el primer día que llegamos aquí he sentido mucha curiosidad por esas fuentes termales, y creo que este es el momento de probarlas.
A continuación, se quitó las botas y los calcetines y se despojó de todo hasta quedarse en calzoncillos, cogió la cerveza y caminó descalzo, cautelosamente, hasta el borde de la piscina, metiendo primero los dedos, luego los pies y las pantorrillas.
—¿Cómo está el agua? —preguntó Teddy con un punto de excitación.
Cole avanzó hasta sumergir todo el cuerpo. Su cabeza desapareció unos momentos bajo el agua antes de volver a emerger a la superficie. Se apartó el pelo mojado de la cara y sonrió, con la perilla chorreando en la oscuridad.
—Está muy buena. Venga, animaos.
Uno de los mayores lujos que hay en el mundo es bañarse en una piscina de aguas termales con una cerveza bien fría en la mano y una infinidad de estrellas brillando en el cielo, sobre la cabeza. Teddy y Bart se unieron a su amigo y los tres flotaron en el agua, con los brazos extendidos sobre el borde de la piscina, las cabezas meciéndose suavemente arriba y abajo. Solo Bart se movía de tanto en tanto, nadando de un extremo a otro de la piscina, hasta que Cole le dijo:
—Por lo que más quieras, fuma un poco más de maría y relájate, tío. No puedo creer que todavía te quede tanta energía.
A lo que Bart se encendió una colilla de porro que hizo su efecto y lo serenó lo suficiente como para que la piscina se convirtiera de nuevo en un plato y reflejara aquel cielo perfecto. De tanto en tanto, ascendían algunas burbujas y agitaban levemente la superficie, pero por lo demás la noche era de una quietud sublime, rota tan solo por el aullido lejano de los coyotes, la trayectoria de alguna estrella fugaz o el ulular de algún búho en las inmediaciones del río.
—¿Os imagináis vivir aquí de verdad? —dijo Cole, tal vez hablando para sí mismo.
—Amigos —dijo Teddy—, odio ser un aguafiestas, pero de verdad que tengo que volver a casa. Britney me va a cortar la cabeza. Ya he estado bastante tiempo fuera de casa últimamente.
—He estado pensando en eso, de hecho —dijo Cole—. Y me pregunto… sobre todo cuando empiece a nevar, si no deberíamos montar una especie de campamento aquí.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Teddy—. ¿Te refieres a dormir aquí, en la obra? ¿En el tráiler?
—Eso es exactamente a lo que me refiero —dijo Cole—. Escuchad, en lugar de perder una hora o más cada día yendo y viniendo, podríamos dormir aquí. Y trabajar hasta que caigamos rendidos.
—Ya, Cole, pero ¿y cuándo veo a mi familia? —preguntó Teddy, algo lastimeramente, con el semblante preocupado.
—Bueno, podrían venirse uno o dos fines de semana, cuando estemos solo nosotros tres trabajando. Podrían acampar aquí mismo o cerca del río. Carajo, pueden bañarse en la piscina, ir a pescar, hacer senderismo… como si fueran unas minivacaciones. Seguro que lo gozan.
—Puede —dijo Teddy, tragando saliva—. O puede que esos días tengan un festival de danza, o clase de equitación, o el cumpleaños de otra niña… o vete a saber qué, Cole. O puede que Britney tenga que poner lavadoras o que nos apetezca salir a cenar los dos solos. Quiero decir, todavía nos quedan más de dos meses de trabajo en esta obra y no puedo desaparecer de casa tanto tiempo.
Cole suspiró, con un gesto de frustración, y se limpió el sudor de la frente.
—Hablo solo por mí, pero yo estoy completamente de acuerdo en instalarnos aquí —dijo Bart—. Esto es mucho más bonito que mi apartamento. Y de todas formas nos pasamos aquí casi todo el tiempo. Hemos pagado una pasta por la caravana, además. No estaría mal darle uso. Solo hay una cama, pero probablemente quepamos dos. Otro puede dormir en el suelo o podemos colgar una hamaca o algo parecido.
Teddy salió del agua y se quedó de pie, junto al borde, con sus calzoncillos bóxer.
—Supongo que habría que pensar en traer toallas, también —dijo.
Bart iba demasiado borracho para conducir y subió a la camioneta de Cole. Hicieron el camino de vuelta detrás de Teddy, quien también tenía sus dificultades para mantenerse dentro de su carril. Ambos iban callados, con la calefacción a tope para contrarrestar el frío nocturno. Bart hacía tamborilear los dedos sobre cualquier superficie que encontrara a mano, ya fuera la ventanilla del copiloto, el salpicadero o sus muslos.
—Creo que no le he visto beber más de una cerveza —dijo Cole, refiriéndose a Teddy—, pero diría que va un poco achispado.
—Es un buen hombre —dijo Bart, rebuscando por todas partes, en sus bolsillos, en la guantera y en la cabina de la camioneta, hasta dar con su tabaco de mascar—. No puedo evitar meterme con ese puto paleto, pero le quiero más que a nadie en el mundo.
—Lo sé —dijo Cole—. Se ha partido el lomo estas semanas. Todos lo hemos hecho.
—Oye, Cole… —empezó a decir Bart—. ¿De verdad crees que podemos acabar la obra a tiempo? Para Navidad, quiero decir… ¿Crees que es posible siquiera?
Cole mantuvo la vista fija en la carretera.
—Sí, lo creo —respondió—. Si continuamos a este ritmo, puede que hasta nos sobren una o dos semanas.
Siguieron la camioneta de Teddy hasta la puerta de su casa y lo vieron cargar con el cinturón de herramientas al hombro hasta la entrada, donde una luz solitaria brillaba aguardándolo. Britney salió a recibirlo, vestida con una bata rosa, pero no saludó a Cole y a Bart. Se limitó a abrir la puerta lo suficiente para que Teddy entrara y volvió a cerrarla. La luz de la entrada se apagó y Cole y Bart siguieron su camino.
—¿Una última cerveza en mi casa? —preguntó Bart.
—Venga —respondió Cole—. No tengo ninguna prisa por llegar a casa.
—¿Las cosas con Cristina siguen…? Lo siento, he estado preocupado por ti, pero no sabía cómo preguntarte…
—Retomó el contacto con alguien del instituto, parece. El tipo es un puto cirujano plástico de Las Vegas, creo. No deja de colgar fotos en Instagram conduciendo en un descapotable por el desierto, bebiendo cócteles de frutas en la barra de un bar, junto a una piscina; saliendo por la noche… Supongo que eso es lo que quiere. No hacíamos ninguna mierda de esas cuando estábamos juntos.
—No me extraña que estés tan empeñado con lo de acampar en la obra.
Cole deslizó el dedo por la pantalla del móvil mientras conducía y, después, tras meterse en la cuenta de Instagram en cuestión, le pasó el teléfono a Bart.
—Joder, y para colmo está muy guapa. Lo siento, amigo.
—¿Qué piensas de Gretchen? —preguntó Cole—. ¿Crees que está casada?
Bart dejó escapar un profundo suspiro.
—Tienes que dejar esa idea loca, hermano. No hay forma de que eso suceda.
—Ya, ya lo sé —dijo Cole—. Mejor me centro en conseguir la prima.
El apartamento de Bart era un verdadero cuchitril: un dormitorio, una cocina diminuta, un saloncito —por llamarlo de algún modo— y un baño cutre y sucio. Bart tiró las llaves sobre la encimera, sacó dos cervezas Coors de una nevera prácticamente vacía y le pasó una a Cole, quien se dejó caer sobre el sofá.
—¿Cómo están tus rodillas? —preguntó Cole—. ¿Has ido al médico a que te echen un vistazo?
—Tengo que ir —dijo Bart, haciendo una mueca—. En cuanto acabemos iré a ver si me las pueden arreglar.
Cole echó un vistazo al apartamento. Hacía meses que no pasaba por allí.
—Joder, este piso es una pocilga.
Bart se encogió de hombros.
—No recibo muchas visitas. Solo necesito un sitio donde dormir. Y una dirección a la que me llegue el correo.
Los dos hombres permanecieron en silencio durante un rato, dando sorbos a sus botellas de cerveza en la penumbra claustrofóbica del triste apartamento.
—¿Estás saliendo con alguien, Bart?
—Colega, lo único que quiero es sobrevivir a estos tres o cuatro meses que tenemos por delante. Ni siquiera puedo pensar en mujeres ahora mismo. Sobrevivir a estos cuatro meses y después, me importa una mierda lo que penséis Teddy y tú, irme de vacaciones un tiempo a un sitio donde haga sol. Esos son todos mis planes ahora mismo.
Cole apuró lo que le quedaba de cerveza, se quitó las botas y se tumbó en el sofá.
—Y ¿adónde te irías? —preguntó.
Bart se dejó caer pesadamente sobre un viejo sillón reclinable medio roto y apoyó los pies.
—A Panamá —dijo finalmente.
—¿A Panamá?
—Sí.
—¿Y eso?
—No lo sé —bostezó Bart—. Simplemente me gusta cómo suena.
—Panamá, Panamá, Panamá… —murmuró Cole—. ¿Hay mujeres guapas allí?
Pero Bart se había quedado dormido, completamente reclinado en su sillón, y ya estaba roncando. Nada impidió a Cole hacer lo mismo. Tres horas más tarde, Bart se levantó del sillón y, después de tratar de despertar a su amigo, lo tapó con una manta antes de retirarse a su habitación y cerrar la puerta. Allí se acostó en su cama y durmió de un tirón, sin soñar con nada.
OceanofPDF.com