Buena suerte
Capítulo 34
Cole no volvió a la ciudad. No se fue a cenar a ningún restaurante elegante. No pasó de la caravana, de hecho. Ni siquiera recordaba haberse arrastrado hasta la estrecha cama, después de encender la pequeña estufa, donde se hizo un ovillo bajo la pila de mantas y cerró los ojos inyectados en sangre.
Se despertó dos días más tarde envuelto en un caos de sábanas malolientes y sacos de dormir. Al asomarse al borde de la cama vio lo que parecía una garrafa de leche de tres litros llena de meados amarillos; su hedor era inconfundible.
Lo primero que se le vino a la cabeza no fue la casa, ni Teddy o el pobre Bart, quien seguía en algún hospital de Utah. Su primer pensamiento, su primer impulso, fue cómo conseguir el siguiente subidón. Su cuerpo se estaba rebelando contra él, podía notarlo, como una enfermedad, no tanto fluyendo por sus venas como okupándolo, como si fuera un fantasma que habitaba ahora su piel instándolo a meterse más y más y más.
Se incorporó del camastro temblando y, tambaleándose, fue hasta la cómoda donde Bart guardaba el grueso libro de Stephen King con el alijo. Empezó a rebuscar en los cajones cada vez con más ferocidad. Nada. ¡Joder! Ni la pipa ni el cristal estaban allí, ¡nada! Buscó en la mininevera. Nada. Salió de la caravana. La noche era fría y la nieve caía formando remolinos. Las luces de la casa estaban encendidas; en cada ventana brillaba una luz. Incluso desde la caravana podía escucharse el rumor de risas en el interior. Risas alegres, música y amenas conversaciones.
Cole dudó si seguía dormido, si soñaba. Los haces de luz dorada procedentes de la casa y el vapor ascendiendo por la ladera de la montaña… todo ello parecía una alucinación. Solo al darse cuenta de que estaba pisando la nieve helada y tenía los calcetines empapados, que estaba temblando de frío en mitad de aquel aire gélido, aterrizó en la realidad, aferrándose los codos con las manos y pestañeando bajo los copos.
En la casa también había niños corriendo; reían y bailaban. Podía atisbar sus cabecitas a través de algunos de los ventanales. Le llevó unos momentos identificar la música que escapaba a través de la puerta abierta del garaje: el puto Bing Crosby.
Volvió la cabeza hacia el camino de acceso, más allá del puente, hacia el aparcamiento y la zona de giro, y le pareció distinguir las siluetas de varios vehículos oscurecidas por una espesa capa de nieve. Echó a andar hacia la casa, con los dientes rechinando de frío, mientras una marejada tóxica se agitaba bajo su piel. El fantasma que lo habitaba estaba empezando a arder, sentía como si su piel fuera papel quemándose y su esqueleto, una mecha quebradiza empapada en queroseno.
Dentro del garaje se topó con al menos treinta pares de zapatos pulcramente alineados, como si fuera la entrada de un templo japonés. Junto a ellos, dispuestos sobre varias mesas plegables, había gran cantidad de recipientes con comida: tiras de cerdo, judías con tomate, macarrones con queso, cuencos de ensalada de patata y de repollo, bolsas de patatas fritas, botes de pepinillos y neveras portátiles llenas de botellas de agua y de refrescos. Varias mujeres departían animadamente, pero interrumpieron de pronto su conversación, como si les hubieran cortado la garganta, y se quedaron paralizadas con los ojos muy abiertos al ver a Cole, quien, sin decir una palabra, pasó junto a la comida esbozando una débil sonrisa y alzando la mano sin mucha convicción como único saludo. Al subir las escaleras y llegar al piso principal, Cole comprendió que Teddy debía de haber invitado a casa a media congregación mormona, probablemente con motivo de una «fiesta de la pintura», una costumbre habitual cuando una pareja joven se mudaba a una casa nueva y necesitaba una mano con la ingente tarea de pintarla entera.
Los niños, bien educados, jugaban a deslizarse en calcetines sobre el reluciente parqué nuevo, pero su diversión también se cortó de manera abrupta cuando advirtieron la presencia de Cole, de pie junto a la chimenea, con los calcetines mojados, la ropa mugrienta, el rostro chupado y embozado por la barba de varios días y el pelo completamente desaliñado.
Aun así, Cole siguió explorando la casa con paso moroso. En el amplio salón de la primera planta había tres mujeres decorando un árbol de Navidad de dos metros con luces y adornos que debían de proceder de sus propias casas. Sentado en el suelo, un bebé jugaba con una estrella de madera pintada de amarillo. En el radiocasete sonaba ahora Nat King Cole cantando villancicos populares. Las mujeres que estaban decorando el árbol interrumpieron su tarea para mirar a Cole. Él pudo detectar en sus ojos algo parecido al miedo.
—¿Teddy? —Logró vocalizar con esfuerzo, mientras trataba de aplacar la volátil mezcla de ansiedad, mono intenso y cabreo. «Tranquilízate», se dijo a sí mismo, «por lo que más quieras, tranquilízate». Notó cómo se le crispaban los puños.
Una de las mujeres señaló las escaleras que conducían a la siguiente planta.
Cole trató de enderezarse un poco y de alisarse la camisa. Al volver la cabeza, advirtió que iba dejando tras de sí un rastro de huellas sucias. Una de las mujeres había cogido un rollo de servilletas de papel y estaba a cuatro patas, tratando de limpiar el desaguisado.
Al llegar al segundo piso escuchó las risas jocosas de varios hombres adultos y creyó reconocer la voz de Teddy. Se detuvo un momento en el marco de la puerta y descubrió con un sobresalto que habían terminado de pintarlo todo. La casa estaba… perfecta. Y, en general, terminada. Solo faltaba colocar los electrodomésticos, que según les habían dicho llegarían la mañana de Nochebuena.
—Eh —dijo Cole, saludando al grupo de hombres con gesto manso.
—¡Cole! —gritó Teddy, antes de reparar del todo en el lamentable estado de su amigo.
Por un momento la sonrisa de Teddy desapareció de su rostro y una tensión palpable se apoderó de la estancia. Los amigos de Teddy tenían un aspecto saludable y estaban en forma; eran padres de familia, aficionados al ciclismo y a las carreras de montaña; hombres que nunca en su vida se habían acercado a las drogas, que en el caso de algunos de ellos ni siquiera habían probado una cerveza light ni dado una sola calada a un cigarrillo. El silencio y la tensión duraron menos de dos segundos, pero fueron agudos y perceptibles, hasta que finalmente una luz en el interior de Teddy lo hizo sobreponerse a su propia turbación y acercarse a Cole para darle un abrazo fuerte y sentido.
—Lo conseguimos —murmuró al oído de Cole—. Lo conseguimos, hermano.
Erguido allí, desprovisto de vigor, Cole se dejó envolver por el abrazo de su socio. Había entrado en la casa en busca de la pipa y de más cristal, anhelando el siguiente chute, y de repente se veía rodeado de todas aquellas caras extrañas, caras que lo miraban con una empatía forzada, cuando no con una repulsa apenas velada. La casa estaba caldeada y la iluminación era perfecta. Miró las molduras relucientes y los vastos muros inmaculados; miró a través de las ventanas, hacia la oscuridad total de la noche ahí afuera. A sus pies, los niños reían y las mujeres charlaban animadamente. La música de los villancicos se mezclaba en la atmósfera con la fragancia del abeto recién cortado y el aroma de la comida preparada con amor.
Cole se derrumbó entre los brazos de Teddy y comenzó a sollozar. No quedaba nada por hacer y no sabía qué decir. Si aquello era el cierre, le producía al mismo tiempo una sensación de infinito alivio y de absoluta falta de sentido. Durante los últimos cuatro meses no había hecho otra cosa que vivir en aquella casa y respirarla. Había matado por aquella casa. Se había enganchado a una droga por aquella casa y, ahora, todo se le venía encima como una avalancha de emociones precipitándose desde la cima de una montaña. No podía dejar de llorar, a pesar de cómo le ardía y le dolía el cuerpo, de cómo le picaba, clamando con todas sus fuerzas que necesitaba más cristal.
—Ven —le dijo Teddy—. Deja que te enseñe cómo ha quedado.
—Espera un momento —le susurró Cole—. Deja que me recomponga un poco. Estoy hecho una mierda.
—Lo sé —dijo Teddy—. Tenemos que conseguirte ayuda.
—¿Podemos quedarnos así un momento, por favor? —le pidió Cole—. Déjame que… ya me entiendes… que deje de llorar.
—Claro —dijo Teddy con voz queda—. Tómate tu tiempo.
Cole se limpió la nariz con el brazo, inspiró profundamente varias veces y después asintió con la cabeza, indicándole a Teddy que ya estaba listo, o, al menos, todo lo listo que podía estar en aquellas circunstancias.
Los dos hombres recorrieron entonces cada una de las habitaciones, admirados de lo que True Triangle había construido, de cómo aquella visión al fin había logrado materializarse. Los amigos de Teddy también estaban asombrados y no dejaban de hacerse fotos para sus cuentas de Facebook y de Instagram. Muchos de ellos posaban en el baño, junto a la ducha cerámica con formidables vistas a las fuentes termales y las montañas. Teddy no tenía coraje para decirles que no postearan aquellas imágenes. Al fin y al cabo, era muy poco probable que Gretchen y aquellas personas compartieran contactos en las redes sociales.
—Estaba agobiado pensando que no llegábamos —explicó Teddy—, así que pedí algunos favores. Hoy hemos terminado de pintar. En algunos momentos ha llegado a haber sesenta personas trabajando.
Fueron hasta el baño principal y se apoyaron contra el marco de la puerta.
—Ayer llegaron todos los apliques y el fontanero estaba aquí a primera hora de la mañana —explicó Teddy.
Los dos socios se quedaron contemplando un pequeño retrete blanco.
—¿Ves ese inodoro de ahí? Siete mil dólares —resopló Teddy—. Tiene tres de esos. Más de veinte mil dólares en meaderos. El espejo ha costado tres mil, más el envío desde Italia. Esta piedra que ves aquí viene de Turquía, no he visto ni la factura todavía. El lavabo, otros cinco mil. Entre el alicatado y el mobiliario, solo el baño probablemente ha costado… — Hizo una pausa y alzó la vista hacia el techo mientras calculaba la larga lista de gastos—. No lo sé. ¿Sesenta mil dólares? Tal vez ochenta.
—Y todo para una sola persona —murmuró Cole.
Su cuerpo seguía rugiendo, rogando más metanfetamina. Se estiró y volvió a encorvarse, tratando de contenerse y de concentrarse en mantener la discreción.
Se quedaron un momento así, maravillados por la rutilante elegancia del pequeño cuarto.
—La primera vez que la vi —masculló Cole, temblando de forma incontrolable—, creí que me había enamorado. Nunca una mujer tan inteligente y tan guapa me había hecho… ya sabes, ni puñetero caso. — Pasó la mano sobre los azulejos—. Pero ahora me doy cuenta de que todo este tiempo ha estado engatusándonos. Utilizándonos.
—¿Crees que en algún momento llegó a pensar de verdad que podíamos acabar a tiempo? —preguntó Teddy.
—No lo sé —gimió Cole.
Se dio cuenta de que no había probado un sorbo de agua en varios días y que tenía el cuerpo completamente seco. A mediados de octubre ya había empezado a preguntarse a qué se debía la urgencia de Gretchen. No podía estar seguro del todo, pero tenía la sensación de que no tenía marido, ni pareja de ningún tipo, ni hijos. Parecía una reina sin reino y aquella casa, su ciudadela impenetrable. Una improbable atalaya en mitad de las montañas, un feudo aislado sobre el que ejercer satisfecha su dominio.
—A veces pienso que solo quería ver hasta dónde podía estirar la cuerda. Qué pasaría, quién quedaría en pie aparte de ella.
Teddy apoyó una mano sobre el hombro de Cole.
—Bueno, pues no ha logrado quemarnos. Somos como caballos, seguimos galopando, ¿no es así, hermano?
Cole bajó los ojos y se miró los calcetines mugrientos y empapados.
—Diría que a nuestro amigo sí lo ha dejado bastante quemado, ¿no crees?
Teddy asintió, con semblante grave.
—El día después de Navidad vuelo a Salt Lake City para verlo —dijo —. Le prometí que volvería.
—Eres un buen hombre —dijo Cole.
Con cada segundo que pasaba, la sensación de ser un insecto antes de mudar la piel se acentuaba. Como si estuviera a punto de reventar y escapar de su propio cuerpo, renacido pero en carne viva. No aguantaba más.
—Esta charleta está muy bien —susurró—, pero ¿qué has hecho con mi mierda, Teddy? Lo digo muy en serio.
—La tiré —contestó Teddy sin más—. Hace dos días.
—Esa mierda era mía —dijo Cole entre dientes—. Me costó mucho dinero, Teddy…
Teddy no era muy alto, pero cambió de postura, se separó del marco de la puerta y se irguió en toda su estatura, tensando los músculos. También él había perdido peso durante los últimos cuatro meses, pero nunca había dejado de comer ni de hacer ejercicio. Su figura tenía en ese momento la definición de un gimnasta olímpico o un monitor de yoga. Algo había cambiado en su carácter, además, sobre todo desde el accidente de Bart. Ya no tenía miedo de liderar la empresa. Tan sencillo como eso. Y no podía permitir que fracasaran, porque, si lo hacían, su fracaso afectaría a su esposa y a sus hijas, algo imperdonable. Y él también tenía ideas y opiniones. Al fin y al cabo, eran un triángulo, y Teddy era uno de los vértices de la figura.
De hecho, había propuesto a sus hijas un pequeño concurso: la que diseñara el mejor logotipo para True Triangle ganaría cien dólares en efectivo, pagados a tocateja.
A tal efecto había dado a las niñas las siguientes instrucciones:
1. En lugar de un solo triángulo, quería que aparecieran tres. 2. Cada triángulo tenía que parecer una montaña. 3. Tenían que crear un eslogan que acompañase al logo.
Con Bart en el hospital y Cole perdido en el abismo de la metanfetamina, Teddy se había visto obligado a ponerse al frente de la joven empresa. Y durante las dos últimas semanas ciertamente la había dirigido. Al principio no estaba seguro de que Cole estuviera tomando cristal, y por eso había decidido empezar a vigilarlo más de cerca, sobre todo durante los descansos, cuando Cole solía retirarse un rato a la caravana, según él a echar una cabezadita. Sin embargo, al seguirlo y espiarlo a través de una de las pequeñas ventanas Teddy lo había descubierto fumando en la pipa de cristal, envuelto en aquel humo acre y tóxico semejante a un demonio que, inhalado, insuflaba una energía sobrenatural que podía mantener activo a su socio durante varios días seguidos.
Con la salvedad de que, si bien Cole podía concentrarse en pintar o en acabar las molduras con una precisión sobrehumana, otras facetas del negocio empezaban a escapar a su control: no estaba al día con los subcontratistas, no devolvía las llamadas ni seguía de cerca los envíos para que todo llegara a tiempo. Esos eran los agujeros que Teddy había entrado a tapar, para asegurarse de que todavía podían cumplir el imposible plazo al que se habían comprometido.
—No era tu mierda —dijo Teddy con firmeza—. Era la de Bart, y casi le costó la vida.
La respuesta de Teddy lo sorprendió, como si le hubiera soltado una colleja. Pero no pensaba soltar su presa. Ni por asomo.
—¿Dónde la tiraste, Ted?
—Necesitas ayuda, hermano, ¿de acuerdo? Déjame ayudarte. Puedo llevarte al hospit…
—Que te den, paleto, puto mormón retrasado.
Las palabras brotaron de los labios de Cole antes de que pudiera darse cuenta siquiera o echarse atrás.
—Cole.
Pero no había vuelta atrás, solo la posibilidad de huir hacia delante.
—Eres un pringado, Teddy. Un niñato. Crece de una puta vez y apártate de mi camino.
—No eres tú, Cole —respondió Teddy—. Sé qué no piensas nada de lo que acabas de decir.
Cole le dio un empujón. A sus espaldas se escuchó un coro de gritos ahogados. Cole sabía que había mujeres y niños en la casa —y lo más seguro era que la familia de Teddy también estuviera allí—, pero había perdido el control de sí mismo.
—Te quiero, hermano —dijo Teddy con voz serena, acercándose a Cole con los brazos abiertos, como si fuera a envolverlo de nuevo en un abrazo.
Cole telegrafió el puñetazo antes de soltarlo. Teddy casi pudo percibir cómo el golpe cobraba forma, cómo se hacía palpable mucho antes incluso de iniciar su trayectoria. Imitando a tantos de sus héroes, Teddy levantó una mano y bloqueó con habilidad el puño de Cole, que se desvió de su objetivo y, empujado por la inercia, acabó atravesando el tabique de yeso que había a la izquierda de la puerta del baño.
Durante un momento, el puño quedó atrapado de manera grotesca en el panel. Cuando Cole por fin logró sacarlo, sus nudillos dejaron manchas de sangre en la superficie recién pintada.
—Que le den por saco a esta puta casa —dijo, escupiendo en el suelo—. Y que te den por saco también a ti, Teddy.
Luego se dio la vuelta y propinó otro puñetazo al tabique que tenía justo detrás, dejando otro feo agujero.
—Volveré —dijo, señalando a Teddy en el pecho—. Te lo prometo. La mañana del día de Navidad.
Dos de los amigos más corpulentos de Teddy flanqueaban ahora a Cole.
—Sacadlo de aquí —ordenó Teddy.
—Tocadme un pelo —rugió Cole— y destrozaré cada pared y cada ventana que me encuentre de aquí a la puerta.
Los amigos de Teddy se apartaron para dejar pasar a Cole, como si el mismo aire que respiraba fuera nocivo, como si con solo rozar su piel o su ropa mugrienta pudieran contraer alguna terrible enfermedad.
Desde los grandes ventanales del salón orientados al sur, amparado por el cálido brillo de las luces del árbol de Navidad, Teddy contempló cómo Cole atravesaba la parcela con sus calcetines andrajosos y dejaba atrás la caravana y el puente antes de meterse en su camioneta. Luego se encendieron los faros y las luces rojas de los frenos y el vehículo arrancó y se perdió en la oscuridad.
—¿Quién era ese señor? —le preguntó a Teddy su hija pequeña, Kylie, mientras tomaba con su manita los trémulos dedos de su padre.
—Lo conoces —respondió Teddy con serenidad—. Era el tío Cole.
—¿Sí? —dijo su hija—. No parecía el tío Cole.
—Es porque está… muy muy cansado —explicó Teddy, estrechando la mano de Kylie.
—Ni siquiera llevaba zapatos —dijo ella, alzando la cabeza para mirar a su padre.
—A lo mejor tenía mucho calor en los pies —respondió Teddy.
Kylie se estrujó la nariz y rio con la ocurrencia.
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