Buena suerte

Nickolas Butler · Capítulo 40 de 45

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Buena suerte

Capítulo 40

 

 

Siete semanas más tarde San Francisco (California)

Abby estaba sentada en la sala de reuniones, sola, mirando por la ventana. El silencio en la estancia era tal que podía escuchar el crujido de los hielos del vaso que tenía delante. Un hombre joven, con pinta de ratón de biblioteca, entró en la habitación portando un archivador bajo el brazo. Se dieron la mano y él se desabotonó la chaqueta del traje antes de sentarse y limpiarse los cristales de las gafas.

—Señorita Saunders, mi nombre es Aarav Reddy y soy el abogado encargado de ejecutar el testamento y la herencia de Gretchen Connors. Sé que nos hemos comunicado antes por teléfono y por correo electrónico, pero quiero que sepa que lamento mucho su pérdida. Ahora… bueno, tal vez no estuviera al tanto, pero Gretchen fue bastante metódica en lo que respecta a los documentos de la herencia y le estaba increíblemente agradecida por su ayuda, sobre todo durante sus últimos días.

Abby asintió.

—Fue la mejor jefa que he tenido nunca —dijo, mirando por la ventana.

—Bien, señorita Saunders, me alegra informarle de que la señora Connors la incluyó como beneficiaria en su testamento. Le ha legado doscientos cincuenta mil dólares y su Range Rover, que está estacionado en el aeropuerto de Jackson Hole, cerca de la casa que usted visitó.

Abby seguía mirando por la ventana con expresión ausente.

—¿Entiende lo que acabo de decir? —le preguntó el abogado transcurridos unos momentos—. ¿Señorita? ¿O es señora? No estoy seguro…

—Su vida entera significó tan poco al final, ¿no es así?

—¿Cómo dice?

—Durante treinta años fue de su ático al trabajo, cada día. Se tomaba tan solo un par de semanas de vacaciones al año, el mínimo. Probablemente para que no se notara tanto que no hacía otra cosa que pensar en el trabajo. Ni siquiera vivió lo suficiente para ver terminada esa casa suya. Lo único que hizo fue acumular dinero y… ¿para qué?

Reddy permaneció en silencio.

—¿Tenía parientes?

El abogado se aclaró la garganta.

—Yo… bueno, no suelo estar autorizado para compartir esta clase de información, señorita Saunders, pero viendo que usted no era solo la asistente de Gretchen sino también su amiga, le puedo decir que tenía un primo y también una tía abuela. Ambos heredarán una parte significativa de su patrimonio. El resto se dividirá entre varias organizaciones benéficas. Y lo de usted, por supuesto.

El abogado sacó de la carpeta un pequeño sobre de papel manila y lo deslizó sobre la mesa para pasárselo a Abby.

—Esas son las llaves del Range Rover —explicó—. Y esto —dijo, pasándole otro sobre—, es su regalo para usted.

Abby sostuvo las llaves en la mano.

—Ojalá estuviera viva todavía —dijo—. Eso es lo que querría. No era la persona más cariñosa del mundo, precisamente, pero… ¡Dios, qué desperdicio!

El silencio se apoderó de nuevo de la sala de reuniones.

—¿Y cuáles son sus planes, si, ejem, no le importa que le pregunte? — dijo Reddy—. ¿Va a regresar a ese sitio?

—Creo que sí —contestó Abby—. Sí. En una semana o así, probablemente. Me gustó aquello. Me gustó la montaña.

Reddy permaneció en silencio, haciendo tamborilear los dedos levemente sobre la mesa. Su trabajo allí había terminado.

—¿Trabaja usted mucho? —le preguntó ella.

—¿Yo? Tengo una niña pequeña de diez meses —respondió—, debo cien mil dólares en préstamos de másteres en Derecho y otros cuarenta mil de la carrera. ¿Qué puedo decir? —Añadió, encogiéndose de hombros—. Estoy pillado en la rueda.

Abby se levantó de la mesa, agarrando con fuerza las llaves y el sobre.

«Estás corriendo, muy bien», pensó, «pero no vas a ninguna parte».

 

Alquiló un bungalow a varios kilómetros de Jackson, a un lado de la carretera, pero próxima a un riachuelo para amortiguar algo el ruido del tráfico. Al principio no conocía a nadie y se sentía muy rara conduciendo por la ciudad el Range Rover de Gretchen, cuyo cuentakilómetros marcaba menos de ocho mil kilómetros. Tan solo tres días después de haber recibido el coche, un gran tráiler había levantado contra el parabrisas una piedra de la carretera, dejando el cristal lleno de grietas. A la mañana siguiente, al llegar hasta el coche, Abby sintió el deseo repentino de patearlo con todas sus fuerzas y eso fue lo que hizo, dejando una abolladura considerable en la zona del guardabarros trasero derecho. Para culminar la faena, rayó con la llave la pintura de la puerta del asiento del copiloto. Un día después se arrepintió de la abolladura y de la rayadura porque se dio cuenta de lo que debería haber hecho en realidad.

—Mierda —suspiró.

Condujo el Range Rover hasta un concesionario de coches de segunda mano y preguntó al dueño, un hombre mayor con bigote cano y un sombrero de cowboy con manchas de sudor, cuánto podía darle por él.

—¿Este vehículo es robado? —preguntó, pronunciando «vehículo» como «vículo».

—No, señor —respondió Abby—. Tengo los papeles. Está todo en orden.

—De primeras, no parece usted la clase de persona que tiene un Range Rover —dijo, echando un vistazo a sus vaqueros gastados, la camisa de franela, el cinturón de cuero, el pelo revuelto y la piel tostada por el sol.

—Digamos que lo heredé.

—Bueno —resopló—, es toda una belleza. No me costará mucho colocarlo.

Rodeó el todoterreno para examinarlo y profirió un silbido tanto de admiración como de incredulidad.

—Tiene una abolladura aquí —dijo, señalándola—. Y una rayadura terrible ahí. Hay que cambiarle el parabrisas, además.

—Puede arreglar todo eso en cuestión de horas —respondió Abby—. Apenas tiene kilómetros. Todavía huele a nuevo. Así que vamos a dejarnos de tonterías. Si trata de ofrecerme menos de lo que vale, me largo.

—De acuerdo, de acuerdo, señorita —dijo él, atusándose el bigote—. Dios, no intento estafarla, solo digo lo que hay. Ahora, cuénteme, ¿qué clase de coche anda buscando?

Abby salió de allí conduciendo una camioneta, una Chevy Custon DeLuxe de 1988, y con un cheque de cinco cifras en el bolsillo. Los amortiguadores estaban algo flojos, pero el radiocasete funcionaba y en la guantera encontró una solitaria cinta. La metió en el reproductor, subió el volumen y escuchó complacida los primeros acordes de «Folsom Prison Blues». Al mirar por el retrovisor mientras salía del aparcamiento vio al viejo vendedor quitarse su clásico sombrero de diez galones, rascarse la cabeza y, luego, nada más darle la espalda, saltar en el aire haciendo chocar los tacones de sus botas de cowboy.

Abby sonrió y sintió como si acabara de enderezar algo que estaba mal puesto en el universo. Como colocar recto un cuadro torcido en una galería de arte.

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