Buena suerte

Nickolas Butler · Capítulo 32 de 45

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Buena suerte

Capítulo 32

 

 

Por más que intentaba escabullirse de la oficina, por más que trataba desesperadamente de traspasar sus carpetas y archivos y redirigir correos y llamadas, sus décadas de trabajo, su matriz de miles de clientes había terminado por convertirse en una elaborada red —cada cliente, un nodo—, un circuito de fibras irrompibles que se resistían a dejarla marchar. Algunos de aquellos socios que tan solo dos semanas atrás la habían ovacionado dejaban ahora trabajo nuevo en su mesa con la misma cháchara que podrían haberle soltado a una becaria. Gretchen llegó incluso a abrir la carpeta de correos enviados para verificar que en efecto había mandado su carta de dimisión, que en efecto había sido recibida y respondida docenas de veces.

—Nos vendría muy bien si pudieras echarle un ojo a esto —le decía uno, dejando un contrato de doscientas páginas junto al calendario de su escritorio.

O:

—La firma de lo de Zabriskie se cierra en marzo… ¿alguna posibilidad de que formes a la persona que te va a sustituir a partir del año que viene? ¿Pongamos uno o dos días a la semana, aquí en la oficina? O unas cuantas reuniones telefónicas. Nadie conoce el expediente tan bien como tú, Gretchen.

Nadie parecía advertir que se estaba consumiendo, que de tanto en tanto hacía gestos de dolor, que la ropa ni siquiera le valía ya.

Aun así, ella encaró todo aquel trabajo como siempre había hecho: llegando pronto a la oficina y saliendo tarde, cerrando una carpeta de archivos tras otra, resolviendo cada asunto pendiente y, por último, indicando a su asistente que bloqueara cualquier nueva petición y que terminara cuanto antes todo lo que estuviera ultimando.

Faltaban solo dos semanas para Navidad y, aunque hablaba mucho menos por teléfono con Cole, había firmado y aprobado la penúltima de las fases de la obra, satisfecha al comprobar que a pesar del accidente aparentemente terrible de Bart la obra progresaba dentro de plazo y de presupuesto. Cole había llegado a enviarle media docena de fotos de las habitaciones acabadas, pero Gretchen le pidió amablemente que dejara de hacerlo, pues prefería esperar y reservarse para todo ello. Quería preservar la sensación de poner por primera vez el pie en la casa terminada, similar a la de experimentar la grandeza de una vieja catedral o la de bucear a través de una red de cuevas submarinas y adentrarse en un nuevo mundo maravilloso… Quería sentir todo aquello in situ: la luz matinal bañando la casa a través de los ventanales y bailando sobre las paredes; el modo en que el vapor de las fuentes termales habría de condensarse en cierto cristal o revestimiento… Quería reservarse el placer de decidir dónde poner sus futuros halcones. ¿En el garaje? ¿O necesitaría, tal vez, construir una caseta o un cobertizo nuevos? No quería apresurarse. Y menos aún tratar de resolverlo a través del mismo medio de comunicación del que estaba intentando librarse desesperadamente, mientras contaba los días que le quedaban para dejar la empresa de una vez por todas.

Su cuerpo enfermo, sin embargo, la hacía tomar consciencia del tiempo, del poco que podía quedarle probablemente. El dolor se había instalado en ella y con frecuencia se veía retorciéndose entre sus tenazas. Había perdido el apetito, la ropa le quedaba más grande que nunca. «Esto es una maratón», se decía a sí misma, «intenta llegar hasta Navidad».

Abby era un regalo de Dios, y cuanto más tiempo pasaba con ella más abierta y comunicativa se mostraba la joven. Cada día reservaba su mesa para la cena y preparaba unos desayunos hippies a base de copos de avena instantáneos cargados de mantequilla, yogur, frutas del bosque orgánicas y sirope de arce y linaza, que metía en un tarro de cristal para que Gretchen se lo llevara a la oficina. Sabía bien. Lo suficientemente bien para que Gretchen se comiera casi medio recipiente.

Una noche, durante una de sus cenas en el steakhouse, Gretchen estaba empujando pedacitos de comida hacia el borde del plato cuando Abby le hizo una pregunta.

—Ehm… no sé muy bien cómo decir esto, pero… —Arrancó.

—Adelante —dijo Gretchen.

—¿No crees que tal vez deberías ir al hospital a que te vean de nuevo?

—No pienso volver al hospital —respondió Gretchen tajantemente.

—Pero anoche —continuó Abby, casi rogando— estabas gimiendo de dolor en la cama y…

—¿Y qué?

—Bueno, sonaba como si estuvieras… Dios, Gretchen, no sé si…

—Dilo de una vez, chica —respondió Gretchen.

—Bueno, me pareció que estabas llorando. Que sollozabas.

Gretchen asintió con la cabeza y dio un sorbo a su copa de vino. Sintió el alcohol floreciendo en su pecho como una dalia de un púrpura oscuro.

—¿Te duele? —preguntó Abby, inclinándose sobre la mesa.

—Claro que me duele —le espetó Gretchen—. Es un cáncer.

—Tienes que dejar de ir a la oficina —dijo Abby en voz baja, acercándose aún más a ella—. No tiene ningún sentido. Tenemos que conseguir que te quedes en casa. Es ahí donde deberías estar.

—No puedo —suspiró Gretchen.

—¿Por qué no?

—Porque yo soy así —se limitó a responder Gretchen.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Abby, recostándose de nuevo contra el cuero del asiento del reservado.

—Es imposible de explicar —dijo Gretchen, haciendo un esfuerzo deliberado por pinchar un poco de ensalada y llevársela a la boca, aunque no tenía nada de hambre.

¿Cómo podía expresar que para ella el trabajo era una compulsión, un arte, casi una forma de religión; un código al que había entregado toda su vida, a pesar de saber que la empresa solo prometía dinero como recompensa, no una vida en el más allá, ni un legado moral, ni siquiera algo de consuelo o de calor humano? Y, aun así, había dignidad en desempeñar un trabajo de manera ejemplar, en levantarse cada mañana, ponerse el traje y parecer pulcra, elegante y profesional, preparada un día más para buscar la excelencia. Sin duda, aquello también debía significar algo.

—Me apetece un postre —dijo Abby.

—Por supuesto, puedes pedir lo que quieras —dijo Gretchen—. Aunque ya lo sabes, espero.

—Tú también deberías pedirte algo.

—Abby… —comenzó a decir Gretchen—. No… no tengo tanta hambre, lo siento.

—Confía en mí —dijo Abby—. Por favor. Pídete algo. Lo que sea. Y diremos que nos lo pongan para llevar.

 

Una hora después estaban sentadas en la terraza del ático de Gretchen, envueltas en unas mantas Hudson que les cubrían los pies, compartiendo un porro, bebiendo té y picoteando los exuberantes postres que les habían puesto para llevar: tarta de queso y albaricoque para Abby y ganache de chocolate para Gretchen. Ella Fitzgerald sonaba en un altavoz inalámbrico mientras contemplaban las luces de la ciudad y la bahía nebulosa que se extendía más allá.

—Oh, he perdido práctica —dijo Gretchen, riéndose.

—¿Te sirve para calmar el dolor? —preguntó Abby.

—Mmmm… —respondió Gretchen, cerrando los ojos y tarareando la música—, no mucho.

—¿Puedes trabajar desde casa, por lo menos? —Planteó Abby con dulzura.

—Tendría que considerarlo —dijo Gretchen sin abrir los ojos—. Todavía quedan algunas reuniones que no me puedo saltar. Y firmas de contratos. Esas cosas.

—Yo te cuidaré —dijo Abby, alargando la mano para tocar el hombro de Gretchen—. Haré café y prepararé el desayuno. Y si me dices qué hacer, tal vez pueda echarte una mano con eso, como si fuera tu asistente de la oficina.

El tenedor de plástico blanco de Gretchen cayó sobre el suelo de basalto azul, pero ella ni siquiera se inmutó. Había reclinado la cabeza sobre el hombro y tenía la boca ligeramente abierta. Abby se levantó enseguida para comprobar si su jefa estaba bien. Por un momento se temió lo peor, pero no tardó en darse cuenta de que se había quedado dormida. La joven dio una última calada al porro, chafó la punta cenicienta y se metió la colilla en el bolsillo. Luego recogió los platos y los cubiertos y los dejó en la cocina. Al regresar a la terraza, se sorprendió a sí misma levantando a Gretchen en brazos, un gesto que la hizo sentir increíblemente empoderada y digna de confianza, pero que al mismo tiempo le rompió el corazón. Gretchen no debía de pesar más de cuarenta y cinco kilos, pensó mientras la transportaba hasta el dormitorio principal y la arropaba con dulzura. Tal vez menos.

 

A la mañana siguiente, Gretchen no se levantó hasta las nueve y media, despertándose con un chillido de pánico y metiéndose en la ducha a la carrera.

—¡Llego tarde! —gritó.

—Gretchen —le dijo Abby con serenidad, tocando con delicadeza en la puerta del baño—, ya he llamado a tu asistente. Le he dicho que hoy trabajarías desde casa, al menos por la mañana. Está todo bien.

La puerta se abrió menos de tres centímetros, dejando ver el huesudo hombro desnudo de Gretchen, que estaba de espaldas a Abby. La ducha ya estaba abierta y el vapor comenzaba a llenar el pequeño cuarto de baño.

—Abby —dijo Gretchen, girándose finalmente para mirar a la joven a los ojos—, déjame que te aclare una cosa: eres tú la que trabajas para mí. ¿Lo entiendes?

—Sí —dijo Abby.

—En treinta y pico años que llevo ejerciendo como abogada, ¿cuántos días crees que he trabajado desde casa?

Abby consideró más prudente guardar silencio.

—Cero —dijo Gretchen, cerrando la puerta—. Ni uno.

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