Capitán de navío
Capítulo 1
Para Mary, con amor.
NOTA A LA EDICIÓN ESPAÑOLA
Esta es la segunda novela de la más apasionante serie de novelas históricas marítimas jamás publicada; por considerarlo de indudable interés, aunque los lectores que deseen prescindir de ello pueden perfectamente hacerlo, se incluye un archivo adicional con un amplio y detallado Glosario de términos marinos.
Se ha mantenido el sistema de medidas de la Armada real inglesa, como forma habitual de expresión de terminología náutica.
1 yarda = 0,9144 metros
1 pie = 0,3048 metros – 1 m = 3,28084 pies
1 cable =120 brazas = 185,19 metros
1 pulgada = 2,54 centímetros – 1 cm = 0,3937 pulg 1 libra = 0,45359 kilogramos – 1 kg = 2,20462 lib 1 quintal = 112 libras = 50,802 kg.
CAPÍTULO 1
Al amanecer las ráfagas de lluvia ya se habían alejado hacia el este del Canal, y podía verse que la presa había cambiado de rumbo.
La Charwell había seguido su estela casi toda la noche, a una velocidad de siete nudos a pesar de tener los fondos sucios, y ahora ambas embarcaciones se encontraban a poco más de milla y media de distancia. El navío que iba delante viraba poco a poco para colocarse con el viento en contra, y cuando todos a bordo tuvieron ante su vista las dos filas de portas, el silencio en las cubiertas de la fragata se hizo más profundo. Ahora lo veían claramente por primera vez desde que el serviola, en la oscuridad, había llamado a cubierta para informar que se divisaba un barco en el horizonte, a un grado por la amura de babor, aunque aún no se veía su casco. El barco se dirigía al nornoreste, y la opinión general en la Charwell era que se trataba o bien de un miembro de un convoy francés que se había dispersado o bien de un barco americano que trataba de romper el bloqueo y llegar hasta Brest al amparo de la noche sin luna.
Dos minutos después de aquella primera llamada, en la
Charwell se largaron la juanete mayor y la de proa. No se hizo un gran despliegue de velamen, pues la fragata había realizado un largo y fatigoso viaje desde las Antillas, sin avistar tierra en nueve semanas, con la jarcia a punto de romperse a causa de las tempestades en la línea equinoccial, y había pasado tres días al pairo en el golfo de Vizcaya en horribles condiciones; era comprensible que el capitán Griffiths quisiera ahorrarle esfuerzo. A pesar de tener pocas velas desplegadas, la Charwell alcanzó la estela del barco desconocido en un par de horas, y al sonar las cuatro campanadas de la guardia de mañana la tripulación hizo zafarrancho de combate. El tambor llamó a todos a sus puestos, rápidamente se llevaron los coyes a cubierta y se amontonaron en la batayola formando barreras, y luego se sacaron los cañones. Los hombres de guardia, sonrosados y soñolientos, que habían permanecido observando todo esto durante más de una hora bajo la fría lluvia, estaban calados hasta los huesos.
Ahora, en medio de aquel silencio, pudo oírse cómo un artillero de brigada del combés le decía a un hombrecillo que estaba junto él
mirándolo con ojos desorbitados:
–Es un navío francés de dos puentes, compañero, de setenta y cuatro u ochenta cañones. Nos enfrentamos a un poderoso enemigo, compañero.
–¡Silencio! ¡Que Dios os condene! – gritó el capitán Griffiths-.
Señor Quarles, anote el nombre de ese hombre.
En aquel momento la lluvia arreció. Sin embargo, ya todos en el abarrotado alcázar sabían lo que había detrás de aquel grisáceo velo informe y movedizo: un navío de línea francés con las dos filas de portas abiertas. Y nadie había dejado de notar el ligero movimiento de la verga trinquete, que indicaba que el navío iba a ponerse en facha para esperarles.
La Charwell era una fragata de treinta y dos cañones de doce libras, y si se acercaba lo suficiente para poder usar las pequeñas carronadas del alcázar y el castillo junto con los cañones largos, podría hacer una descarga de doscientas treinta y ocho libras de metal. En cambio, un navío de línea francés podría hacer una descarga de al menos novecientas sesenta libras. Así que no era
posible un enfrentamiento, y habrían arribado y emprendido la huida, sin que esto supusiera una deshonra, de no ser porque detrás de ellos, en algún lugar no visible, estaba su compañera, la potente fragata Dee, de treinta y ocho cañones de dieciocho libras. Ésta había perdido un mastelero en el último temporal que había soportado, reduciéndose su velocidad; pero al anochecer había podido verse con claridad y había respondido a la señal del capitán Griffiths, que era el capitán de más antigüedad, para que se uniera a la persecución. Las dos fragatas en conjunto, no obstante, tenían una artillería mucho menos potente que el navío de línea, pero sin duda podrían capturarlo; el navío trataría de mantenerse de costado hacia una de las fragatas y causarle un daño terrible, pero la otra fragata podría pasar a proa o popa de éste y abrir fuego, disparando certeramente a lo largo de las cubiertas sin dar apenas tiempo a responder. Esto podía hacerse; se había hecho. En 1797, por ejemplo, la Indefatigable y la Amazon habían destruido un navío francés de setenta y cuatro cañones. Pero la Indefatigable y la Amazon llevaban entre las dos ochenta cañones largos y el Droits de
l'homme no había podido abrir las portas de la cubierta inferior, pues había una fuerte marejada. Ahora, sin embargo, había poco oleaje; y por otra parte, la Charwell, para enfrentarse al desconocido debía aislarlo de Brest y entablar combate, pero ¿cuánto tiempo lucharía sola?
–Señor… señor Howell -dijo el capitán-. Suba al tope con un catalejo e infórmeme sobre la posición de la Dee.
El zanquilargo guardiamarina ya estaba a mitad de camino de la cofa del palo de mesana cuando el capitán terminó de hablar, y su respuesta llegó a través de la lluvia que caía oblicuamente.
–Sí, sí, señor.
La fragata fue alcanzada por una ráfaga de viento y lluvia, y ésta era tan copiosa que desde el alcázar los marineros apenas podían distinguir el castillo y el agua salía a chorros por los imbornales de sotavento. Cuando la ráfaga había pasado y la pálida luz del día brillaba de nuevo, se oyó el grito:
–¡Cubierta! Señor, está a sotavento y ya puede verse su casco. Tiene reparado…
–Baje a informar -dijo el capitán en voz alta con tono inexpresivo-. Avisad al señor Barr.
El tercero de a bordo dejó su puesto y se dirigió presuroso a popa. Cuando subía al alcázar, el viento empujó hacia atrás su capa, que chorreaba agua, y él se llevó rápidamente una mano a la capa y la otra al sombrero.
–Quíteselo, señor -gritó el capitán Griffiths poniéndose rojo-
. Quíteselo inmediatamente. Usted conoce las órdenes de lord Saint Vincent, todos ustedes las han leído, usted sabe cómo se saluda…
De repente enmudeció; y después de un momento dijo:
–¿Cuándo cambia la marea?
–Le pido disculpas, señor -dijo Barr-. Diez minutos después de las ocho, señor. El periodo de la marea muerta está a punto de finalizar, señor, con su permiso.
El capitán emitió un gruñido y luego dijo:
–¿Y bien, señor Howell?
–Tiene reparado el mastelero mayor, señor -dijo el guardiamarina, que estaba de pie frente a él y que incluso con la
cabeza descubierta le superaba en altura-. Acaba de orzar.
El capitán dirigió el catalejo hacia la Dee, ahora las juanetes se veían claramente sobre la superficie dentada del mar, y cuando el oleaje elevaba ambas fragatas también se veían las gavias. Secó la lente, enfocó el catalejo hacia el lado opuesto para observar el navío francés y poco después lo cerró de golpe y miró hacia atrás, hacia la distante fragata. Permaneció apoyado en el pasamanos de estribor, completamente solo en el sanctasantórum del alcázar, de espaldas a los oficiales. Estos, aunque dedicaban mayor atención al navío francés y a la Dee, lo miraban de vez en cuando con aire pensativo.
La situación no estaba aún definida, era más potencial que real. No obstante, cualquier decisión que se tomara ahora la definiría, y a partir de ese momento se sucederían los acontecimientos de forma inevitable, unos como consecuencia de otros, primero lentamente y luego cada vez más rápido, sin posibilidad de volver atrás. Y debía tomarse una decisión, debía tomarse sin tardar, ya que la Charwell, a la velocidad que navegaba, estaría al alcance de los cañones del navío de dos puentes en menos
de diez minutos. Sin embarco, había tantos factores… La Dee no era muy rápida navegando de bolina y, por otra parte, al cambiar la marea, las olas de través reducirían su velocidad; tal vez tendría que dar otra bordada. En media hora aquel navío francés de cañones de treinta y seis libras podría destrozar la Charwell, desarbolarla y llevársela a Brest, pues había viento favorable para navegar en esa dirección. ¿Por qué no habían visto ninguno de los barcos de la escuadra que trataba de romper el bloqueo? No habrían podido alejarse con aquel viento. Aquello era muy raro. Todo era muy raro, empezando por el comportamiento del navío francés. El ruido de los cañonazos haría que la escuadra se reuniera…Una táctica dilatoria…
El capitán Griffiths estaba enfurecido porque se sentía observado por aquellos ojos a sus espaldas. Lo observaban más ojos de lo habitual, porque en la Charwell viajaban como pasajeros dos civiles, uno procedente de Gibraltar y otro de Puerto España, y varios oficiales. Uno de ellos era el belicoso general Paget, un hombre influyente, y el otro el capitán Aubrey, Jack Aubrey el afortunado, que hacía poco tiempo había atacado y apresado un
jabeque-fragata español de treinta y seis cañones, el Cacafuego, con un bergantín de catorce cañones, la Sophie. Este hecho, que había sido el tema de conversación en la flota durante algunos meses, hacía más difícil tomar una decisión.
El capitán Aubrey estaba de pie junto a la última carronada de babor y tenía en su rostro una expresión abstraída, totalmente indefinida. Desde ese lugar, como era alto, podía ver la posición de los tres barcos y cómo cambiaba con facilidad y rapidez el triángulo que formaban entre ellos. Muy cerca de él había dos figuras más bajas, una era el doctor Maturin, que había sido su cirujano en la Sophie, y la otra era un hombre vestido de negro -traje negro, sombrero negro y una capa negra chorreando agua-de frente estrecha, en la que podría haber llevado escrito agente de los servicios secretos o, simplemente, la palabra espía, dado el poco espacio que había en ella. Hablaban en una lengua que algunos creían que era latín. Hablaban animadamente, y Jack Aubrey, cruzándose con una furiosa mirada del otro lado de la cubierta, se inclinó y le susurró al oído a su amigo:
–Stephen, ¿por qué no bajas? A partir de ahora, en cualquier momento podrán necesitarte en la enfermería.
El capitán Griffiths se volvió desde el pasamanos y con forzada tranquilidad dijo:
–Señor Berry, haga la señal que indique. Voy a…
En ese momento, el navío de línea disparó un cañonazo, e inmediatamente lanzó tres bengalas azules que se elevaron y lanzaron destellos de aspecto irreal a la luz del alba. Luego, antes de que el viento se llevara los últimos destellos, lanzó una serie de cohetes, como si se estuviera celebrando la noche de Guy Fawkes en alta mar.
Jack Aubrey, frunciendo el entrecejo pensó: "¿Qué demonios quiere decir con esto?". Y un murmullo de asombro, haciéndose eco de su propia perplejidad, recorrió las cubiertas de la fragata.
–¡Cubierta! – gritó el serviola desde la cofa del trinquete-.
Hay un cúter cerca del navío, a sotavento.
El capitán Griffiths giró en redondo el telescopio.
–Recoged esas velas -dijo.
Se cargaron los puños de las velas mayor y trinquete con los chafaldetes para que él pudiera ver mejor. Entonces observó cómo el cúter, un cúter inglés, guindó la verga, la giró, ganó velocidad y comenzó a acercarse rápidamente a la fragata a través del grisáceo mar.
–Nos acercaremos al cúter -dijo-. Señor Bowes, dispare un cañonazo.
Por fin, después de todas aquellas horas de tensa espera, llegaban las órdenes, y enseguida el cañón de doce libras fue colocado cuidadosamente. Luego hubo un estallido, un remolino de humo acre se dispersó en el aire con rapidez, y se oyeron los vítores de la tripulación cuando la bala pasó ante la proa del cúter. En respuesta, en el cúter se dieron vítores y se lanzaron los sombreros al aire. Los dos barcos se acercaban a diferentes velocidades, y la suma de ambas era de quince millas por hora.
El cúter, rápido y bien gobernado -sin duda una buena embarcación para el contrabando-, se aproximó a la Charwell por sotavento y aminoró la marcha hasta detenerse junto a ella y
quedarse como una gaviota sobre el mar, moviéndose al vaivén de las olas. Desde su cubierta, una fila de rostros bronceados y sonrientes miraban con perspicacia hacia los cañones de la fragata.
"Yo reclutaría enseguida a media docena de marineros de primera entre ellos", pensó Jack mientras el capitán Griffiths llamaba al capitán del cúter, separado sólo por una franja de mar.
–Suba a bordo -dijo el capitán Griffiths, receloso-. Momentos después de que el cúter facheara y le pusieran las defensas para evitar chocar, y tras oírse los gritos "¡Con cuidado ahora! ¡Que Dios os condene!", su capitán subió por la escala de popa con un fajo de papeles bajo el brazo. Saltó ágilmente por encima del coronamiento y tendió la mano diciendo:
–Le deseo que disfrute de la paz, capitán.
–¿Paz?
–Sí, señor. Sabía que le sorprendería. Se firmó hace apenas tres días. Ningún navío en misión por el extranjero lo sabe todavía.
El cúter está lleno de periódicos de Londres y París, y de provincias.
Todos los artículos, caballeros -miraba a su alrededor-, y hasta el
último detalle. Una información que vale media corona.
No había motivos para dudar de él. Todos en el alcázar se quedaron perplejos. De los animados artilleros de las carronadas, la palabra fue pasando en un murmullo de un lado a otro de la cubierta, y ahora en el castillo pudo escucharse un viva. El capitán dijo automáticamente:
–Anote el nombre de ese hombre, señor Quarles.
Pero a pesar de ello, los vivas se propagaron hasta el palo mayor y luego a toda la fragata, convirtiéndose en agudos gritos de alegría ante la idea de la libertad, el reencuentro con esposas y novias, la seguridad y los placeres de tierra firme.
En cualquier caso, el tono del capitán Griffiths no era realmente feroz; y en lo más profundo de sus ojos tan juntos, alguien que lo mirara de cerca podría descubrir el éxtasis, por una parte, porque sus preocupaciones habían desaparecido, se habían desvanecido como una bocanada de humo, y por otra, porque nadie en este mundo sabría nunca qué señal había estado a punto de hacer. Y a pesar de que controlaba mucho la expresividad de su
rostro, su tono era excepcionalmente cortés cuando invitó a comer con él esa tarde a los pasajeros, el oficial y el guardiamarina de la guardia y el primer oficial.
–Es estupendo comprobar lo sensible que es la tripulación, cómo aprecia las ventajas de la paz -dijo Stephen Maturin al reverendo Hake en tono afable.
–¡Ah, sí! Las ventajas de la paz. Sí, claro -dijo el capellán, que en tierra no recibiría una pensión, ni tenía fortuna privada de la cual vivir, y que sabía que en cuanto la Charwell llegara a Portsmouth la tripulación sería despedida.
Inmediatamente abandonó la sala de oficiales, dejando solos al capitán Aubrey y al doctor Maturin, y comenzó a pasearse por el alcázar, silencioso y pensativo.
–Pensé que se mostraría más satisfecho -dijo Stephen Maturin.
–Eres un caso raro, Stephen -dijo mirándolo afectuosamente-. Has estado navegando durante bastante tiempo,
y nadie podría decir que eres tonto, pero sabes tanto de la vida de un marino como un niño nonato. Recordarás que todos en esta guerra siempre se han puesto tristes ante el peligro de una paz inminente. Y en la comida habrás notado, sin duda, que Quarles, Rodgers y todos los demás estaban taciturnos.
–Lo atribuí a la angustiosa noche que habían pasado, muy tensos, vigilantes, faltos de sueño y, sobre todo, temerosos del peligro. Sin embargo, el capitán Griffiths tenía un excelente estado de ánimo.
–¡Oh! – dijo Jack, guiñando un ojo-. Eso es muy diferente, desde luego: él es un capitán de navío. Tiene sus diez chelines diarios e independientemente de lo que ocurra seguirá subiendo en la lista de capitanes a medida que los más viejos mueran u obtengan un buque insignia. Es bastante viejo, tendrá cuarenta años o incluso más, pero con suerte morirá siendo almirante. En realidad, los que me dan pena son los otros: los tenientes con media paga, que tienen muy pocas probabilidades de enrolarse y ninguna de obtener un ascenso, y también los pobres guardiamarinas que,
desafortunadamente, no han recibido un nombramiento ni lo recibirán nunca y que no tienen esperanza de participar en una misión ni tendrán ninguna paga, por supuesto. Sólo les queda la marina mercante o limpiar zapatos a la entrada del parque Saint James. ¿No has oído esta vieja canción? Te cantaré una estrofa.
Tarareó la melodía y luego cantó en tono bastante grave: Dice Jack: "Hay buenas noticias, hay paz en tierra y mar, los cañones ya no se usarán, pues
desmantelados están".
Dice el almirante: "Esas son malas noticias". Dice el capitán:"Mi corazón se va a partir".
El teniente grita: ¿Qué voy a hacer? No sé qué camino seguir". Dice el doctor: "También yo soy un caballero, un caballero de gran categoría;
Me iré a alguna feria de pueblo y allí ejerceré de charlatán".
Eso va por ti, Stephen. Ja, ja, ja!
Dice el guardiamarina: "No tengo oficio; algún oficio tengo que escoger".
Me iré a la entrada del parque Saint James y allí zapatos limpiaré, y allí todo el día me quedaré para atender a todos los que me quieran llamar,
y a quienes pasen por allí les diré: "¿ Quiere que le saque a sus zapatos un brillo sin igual?"
El señor Quarles se asomó a la puerta, reconoció la canción y aspiró aire profundamente. Y puesto que Jack era un invitado, un oficial superior, nada menos que un capitán de corbeta con una charretera en su hombro y, además, alto y corpulento, el señor Quarles exhaló el aire en un suspiro y cerró la puerta.
–Debería haber cantado más bajo -dijo Jack.
Aproximó la silla a la mesa y continuó en voz más baja:
–En verdad, son esos hombres los que me dan pena. También estoy apenado por mí mismo, naturalmente, pues hay pocas posibilidades de que pueda conseguir un barco y, desde luego,
aunque lo lograra, no hay ningún enemigo que capturar; pero eso no es nada en comparación con lo suyo. Nosotros hemos tenido suerte con el dinero de los botines, y si no fuera por ese condenado retraso en nombrarme capitán de navío, me sentiría muy contento de pasar seis meses en tierra. Cazaría, escucharía buena música, iría a la ópera. ¡Podríamos incluso ir a Viena! ¿Eh? ¿Qué te parece, Stephen?
Pero debo reconocer que esa tranquilidad me irrita profundamente, aunque eso no es nada en comparación con lo suyo, y no dudo que se solucionará muy pronto.
Cogió el ejemplar de The Times y echó un vistazo a la London Gazette por sí se hubiera saltado su nombre al leerla las tres veces anteriores. Luego, dejándolo a un lado dijo:
–¿Te importaría pasarme el que está encima de la taquilla? El Sussex Courier.
Y añadió cinco minutos más tarde:
–Esto está bien, Stephen. El señor Savile reunirá su jauría el miércoles 6 de noviembre de 1802, a las diez, en Champflower Cross. Yo fui con ellos una vez cuando era niño; el regimiento de mi
padre estaba acampado en Rainsford. Una zona de caza de siete millas, un lugar extraordinario si uno tiene un buen caballo. Escucha esto: elegante residencia para caballero, en terreno calizo, se alquila por años a precio moderado. Dice que tiene capacidad para diez personas.
–¿Tiene salones?
–Por supuesto que sí. ¡Qué cosas tienes Stephen! No sería una elegante residencia para caballero si no los tuviera. Y diez dormitorios. ¡Dios! Es una casa de excelentes características, no demasiado lejos del mar, en un buen lugar.
–¿No habías pensado ir a Woolhampton, a casa de tu padre?
–Sí…sí. Pienso hacerle una visita, desde luego. Pero estará mi madrastra, ya sabes. Y si te digo la verdad, no creo que salgan bien las cosas.
Hizo una pausa tratando de recordar el nombre del personaje clásico que lo había pasado tan mal con la segunda mujer de su padre. Y es que el general Aubrey se había casado hacía poco con la lechera, una hermosa joven de ojos negros y manos húmedas que
Jack conocía muy bien. ¿Era Acteón, Ajax, Arístides? Le parecía que su caso y el de ese personaje eran muy similares, y que nombrándolo daría a entender cuál era la situación; pero el nombre no acudía a su mente, y después de unos instantes volvió a los anuncios.
–Tiene muchas ventajas estar en las proximidades de Rainsford: hay tres o cuatro jaurías en la zona, Londres está a un día de camino y hay docenas de elegantes residencias para caballeros, todas en terreno calizo. Podríamos compartir los gastos, Stephen, y traer a Bonden, Killick, Lewis y, tal vez, a uno o dos hombres más de la antigua tripulación de la Sophie, y también podríamos pedirle a algunos de los cadetes que vinieran a quedarse con nosotros. Nos divertiremos mucho, será como estar en Fiddler's Green.
–Ese es, precisamente, el lugar que me gusta -dijo Stephen-
. No importa lo que digan los anuncios, el caso es que el suelo de la zona es calizo y en los downs hay algunas plantas y escarabajos muy curiosos. Y estoy ansioso por ver una charca formada por el
rocío.
Polcary Down bajo el cielo de invierno; un penetrante viento del norte pasaba sobre las vegas, atravesaba el terreno arado y subía hasta la amplia pradera flanqueda en la parte más baja por un bosquecillo que llamaban el tojal de Rumbold. Una veintena de figuras con chaqueta roja se encontraban cerca del tojal; y mucho más abajo, en medio de la ladera, inmóvil tras su yunta de bueyes de Sussex al final de un surco, un labrador miraba cómo los perros de caza del señor Savile se abrían paso entre los tojos y los restos parduzcos de los helechos.
Avanzaban lentos, inseguros, rastreando de forma irregular, de modo que los cazadores tenían mucho tiempo para beber de los frascos, soplarse las manos y observar el paisaje a sus pies: el río que serpenteaba a través de un mosaico de campos, las torres o los campanarios de Hither, Middle, Nether y Savile Champflower, las seis o siete casonas diseminadas por el valle, la hilera de colinas calizas redondeadas, como lomos de ballena y, a lo lejos, el plomizo mar.
Era un campo pequeño, y casi todos se conocían. Había media docena de agricultores, algunos caballeros de Champflower y las parroquias vecinas, dos oficiales del ejército procedentes del campamento de Rainsford; estaba el señor Burton que, con la esperanza de ver a la señora Saint John, había salido de casa a pesar de su terrible resfriado, y también el doctor Vining, con el sombrero prendido a la peluca y ambas cosas sujetas por un pañuelo que llevaba atado debajo de la barbilla. Él se había desorientado en las primeras vueltas -no podía resistir el sonido del cuerno- y se sentía molesto cada vez que veía desaparecer poco a poco la pista.
En medio del gélido viento, miraba de vez en cuando hacia la distante Mapes Court, donde la señora Williams le estaba esperando, mientras pensaba: "No le ocurre nada. Mis conocimientos médicos no servirán de nada; pero como verdadero cristiano debería hacerle una visita. Y voy a hacérsela, por supuesto, a menos que ellos encuentren de nuevo la presa antes de que cuente cien". Se puso el dedo sobre el pulso y empezó a contar. Al llegar a noventa se detuvo y miró a su alrededor tratando de retrasarse, y al otro lado del
bosquecillo vio a una figura que no conocía.
–Ese es el médico del que me han hablado, no cabe duda –
dijo-. Lo más correcto sería ir a su encuentro y saludarlo. Un tipo raro. ¡Ya lo creo que es raro!
El tipo raro estaba subido a una jaca, algo insólito en un terreno de caza. Pero aparte de que llevara la jaca, él mismo tenía un aspecto extraño por el color pizarra de su ropa, la palidez de su rostro y, sobre todo, de su cabeza rapada (su sombrero y su peluca estaban atados a la silla de montar), y el modo en que mordía un trozo de pan frotado con ajo. Le gritaba a su compañero, en quien el doctor Vining reconoció al nuevo inquilino de Melbury Lodge.
–Te lo digo, Jack -gritaba-, te digo que…
–¡Eh, señor! ¡El de la jaca! – gritó furioso el señor Savile-.
¿Quiere dejar que los endemoniados perros sigan con su trabajo?
¿Eh? ¿Cree que esto es un maldito café? Dígame, ¿es ésta una condenada sociedad que organiza debates?
El capitán Aubrey frunció los labios con expresión grave y montado en su caballo recorrió las veinte yardas que los separaban.
–Dímelo después, Stephen -dijo en voz baja, llevándose a su amigo hacia un lugar del bosque donde el dueño no pudiera verlo-.
Dímelo después, cuando ellos hayan encontrado el zorro.
Aquella expresión grave resultaba extraña en la cara de Jack –
ahora roja como su chaqueta a causa del tiempo- y tan pronto como estuvieron al amparo de un espino que el viento azotaba, se volvió animosa y alegre, como era habitual en él. Entonces Jack observó atentamente los tojos, desde donde se escuchaban jadeos y crujidos indicando la presencia de la jauría.
–¿Es un zorro lo que están buscando? – dijo Stephen Maturin como si los hipogrifos fueran las piezas de caza más corrientes en Inglaterra. Luego volvió a quedarse ensimismado y continuó comiéndose el pan lentamente.
El viento seguía soplando hacia lo alto de la colina; nubes remotas cruzaban por el cielo con regularidad. De tanto en tanto, el enorme caballo de caza de Jack, una reciente adquisición, levantaba las orejas en actitud atenta. Era un caballo bayo, de constitución fuerte, muy adecuado para las doscientas veinticinco libras de Jack,
pero le gustaba poco cazar y, como muchos otros caballos castrados, se sentía descontento y pasaba mucho tiempo lamentándose de la pérdida de sus testículos. Si los pensamientos que se sucedían en su cabeza se hubieran transformado en palabras, éstas habrían sido:
"Pesa demasiado; se sienta demasiado adelante cuando saltamos una cerca; ya he cargado con él bastante tiempo por hoy; me lo voy a quitar de encima enseguida, ya verá. Estoy oliendo una yegua.
¡Una yegua! ¡Oh!". Le temblaron las anchas aletas de la nariz y comenzó a piafar.
Jack miró a su alrededor y vio a unas personas que llegaban al campo. Una joven y un mozo de cuadras subían apresuradamente por la parte donde estaba el terreno arado, el mozo iba montado en una jaca y la joven en una pequeña yegua alazana de raza. Cuando ya estaban cerca de la valla que separaba el terreno de caza del resto de la colina, el mozo comenzó a cabalgar a medio galope y se aproximó a un portillo para abrirlo, pero la joven dirigió la yegua hacia la valla y saltó por encima con gran habilidad. Justo en ese momento, en el bosque se oyó un quejido y luego un intenso clamor,
presagiando algo importante.
El ruido cesó; un perro pasó al campo, buscando algo con los ojos. Stephen Maturin salió de atrás del tupido espino para seguir con la vista el vuelo de un halcón, y la yegua alazana calzada de blanco, al ver la jaca, empezó a mover nerviosamente las patas y a sacudir la cabeza.
–Tranquila -dijo la joven con voz dulce y clara. Nunca antes Jack había oído una voz como aquella, y con gran interés se volvió para observar a la joven. Ella estaba ocupada en controlar la excitada yegua, pero poco después sus ojos se encontraron con los de él y ella frunció el ceño. Él desvió la vista y sonrió pensando en que era muy bella, realmente hermosa, con aquel color intenso en las mejillas y la espalda muy recta, llevando las riendas de su yegua con gracia y naturalidad, lo mismo que un guardiamarina llevaba la caña del timón en plena marejada. Ella tenía el pelo negro y los ojos azules, y un aire insolente que resultaba gracioso a la vez que conmovedor en una persona tan menuda. Vestía un gastado traje de montar azul con las solapas y los puños blancos, como el uniforme
de los tenientes de marina, y un llamativo tricornio con una pluma de avestruz formando un gran rizo. Llevaba el pelo recogido debajo del sombrero y de un modo ingenioso, probablemente utilizando peinetas, se había dejado sólo una oreja al descubierto; y esa oreja perfecta, como Jack pudo observar cuando la yegua se acercó a él reculando, era rosada como…
–Ahí está el zorro que buscaban -señaló Stephen, en tono despreocupado-. Ahí está el zorro de que tanto hemos oído hablar.
Aunque, en verdad, es una zorra, estoy seguro.
El zorro, de color pardo rojizo, descendió rápidamente por uno de los surcos del terreno y, pasando entre ellos, se dirigió hacia el campo arado. Los caballos y la jaca levantaron las orejas indicando su dirección, como si usaran un sistema de señales. Cuando el zorro era bien visible, Jack se puso de pie en los estribos y, sujetándose el sombrero, comenzó a sonar el cuerno tan fuerte que casi podían oírlo en alta mar; y al escuchar aquel estruendo, un cazador acudió corriendo como un loco y llegaron perros desde todas partes del tojal. Estos encontraron la pista en la abrigada hondonada y se
alejaron en medio de terribles aullidos. Cruzaron rápidamente la cerca y llegaron hasta la mitad del campo de rastrojos; formaban un grupo compacto -y muy musical- y el cazador iba con ellos. Desde el bosque fue propagándose un ruido ensordecedor por el terreno de caza; alguien abrió el portillo, y un momento después una ansiosa multitud trataba de pasar a empujones al otro lado. Jack se sujetaba fuerte y no quería empujar, pues esa era su primera salida en aquel lugar desconocido, pero el corazón le saltaba dentro del pecho y ya había decidido qué línea de actuación seguiría una vez que la presión hubiera disminuido.
Jack era un apasionado cazador; amaba todo lo relacionado con la caza, desde el sonido del cuerno, al comienzo, hasta el olor rancio de la carne desgarrada del zorro. Sin embargo, a pesar de algunos desafortunados periodos sin tener barco, había pasado dos tercios de su vida en el mar y, por tanto, no tenía tanta destreza para la caza como creía.
Todavía los cazadores estaban agolpados junto al portillo abierto, y no habría posibilidad de pasar hasta que todo el grupo no
estuviera en el otro campo. Jack hizo girar su caballo y se dirigió hacia la valla gritando:
–¡Vamos, Stephen!
Vio de reojo, fugazmente, la yegua alazana entre su amigo y la multitud. Cuando el caballo castrado se elevaba, sintió desplazarse el peso que llevaba encima, pues Jack se había vuelto para ver qué hacía la joven; pasó por encima de la valla con un salto muy alto y rápido y cayó del otro lado con la cabeza baja. Luego, con una hábil sacudida de los hombros y un empujón de la grupa hacia arriba, desmontó a su jinete.
Éste no cayó de golpe. Fue deslizándose de forma lenta e ignominiosa por el resbaladizo hombro izquierdo, con un puñado de pelos de la crin en la mano derecha, y al caballo, que se había adueñado de la situación, le bastaron veinte yardas para quedarse con la silla vacía.
No obstante, la satisfacción del caballo no duró. A Jack se le había trabado la bota en el estribo izquierdo y no podía sacarla, de modo que su corpulenta figura iba dando trompicones y recibiendo
golpes junto al caballo castrado, entre horribles rugidos y maldiciones. El caballo comenzó a mostrarse inquieto y asustado, resoplando y abriendo desmesuradamente los ojos, y atravesaba cada vez más rápido los oscuros, pedregosos e interminables surcos.
El labrador dejó los bueyes y empezó a subir torpemente por la colina agitando el aguijón. Un joven alto con chaqueta verde, del grupo de a pie, corría hacia el caballo con los brazos abiertos, gritando:
–¡So!¡So!
La jaca, la última del grupo que salía del campo, se volvió y se apresuró a pasar al otro lado para cortarle el paso al caballo castrado. Pasó casi arrastrándose por el suelo entre la multitud, dejándola atrás, se cruzó en el camino del caballo y se mantuvo firme, recibiendo el impacto. Entonces, como un héroe, Stephen desmontó rápidamente, cogió las riendas del caballo y permaneció allí hasta que, con gran ruido de pasos, llegaron el hombre de la chaqueta verde y el labrador.
Los bueyes, abandonados en medio del surco, estaban tan
excitados por este jaleo que se habían animado a hacer ellos también una travesura. Pero antes de que se decidieran a hacerla, ya todo había terminado. El labrador llevaba el avergonzado caballo hacia la orilla del campo, mientas los otros dos hombres sostenían al jinete magullado y con la cabeza ensangrentada y escuchaban muy serios sus explicaciones. La jaca iba detrás.
Mapes Court era una casa enteramente femenina: no había ni un solo hombre en ella, aparte del mayordomo y el mozo de cuadras. La señora Williams era una mujer por su propia naturaleza; pero lo era de un modo tan marcado, tan rotundo, que carecía de personalidad propia. Era, además, una mujer vulgar, aunque procedía de una de las familias importantes del lugar, que se había establecido allí desde los tiempos de Guillermo el Taciturno.
Era difícil encontrar un parecido, un aire de familia, entre ella y sus hijas y su sobrina, quienes componían el resto de la familia. En realidad, la casa distaba mucho de ser un lugar donde pudiera apreciarse un aire de familia, pues por un lado, los borrosos retratos
parecían haber sido comprados en distintas subastas y, por otro, las tres hijas eran tan diferentes en su forma de pensar como en su aspecto, a pesar de que se habían educado juntas, con las mismas personas alrededor, en el mismo ambiente de veneración al dinero y veneración a la posición social, en el que abundaban las muestras de indignación, una indignación cuya existencia no tenía necesariamente un motivo concreto sino cualquiera que se encontrara de repente; por ejemplo, el hecho de que una criada llevara hebillas de plata los domingos provocaba comentarios indignados durante toda una semana.
Sophia, la mayor, era una joven alta, de grandes ojos grises y frente ancha y sin arrugas, con una expresión muy dulce. Tenía el pelo suave, de un rubio casi dorado, y una piel exquisita. Era reservada y vivía soñando en su mundo interior, sin contarle a nadie sus sueños. Tal vez la rectitud sin principios de su madre era la que había provocado su aversión a la edad adulta; pero de todos modos, ella parecía tener mucho menos de veintisiete años. Esto no provocaba en ella afectación ni coquetería sino que le daba un aire
sublime, como el de una víctima para el sacrificio. Parecía otra Ifigenia. Era muy admirada por su belleza; siempre vestía con elegancia y sus maneras eran encantadoras. Hablaba poco, tanto en casa como fuera de ella, pero era capaz de hacer de repente una aguda observación o un comentario que demostraban que era mucho más inteligente y reflexiva de lo que cabía esperar por su rudimentaria educación y su tranquila vida provinciana. Sus comentarios tenían un gran impacto, al proceder de una persona amable, dócil, lánguida y reservada como ella, y siempre sorprendían a los hombres que no la conocían bien, hombres que hablaban animadamente de banalidades, conscientes de la superioridad de su sexo. De forma imprecisa, ellos advertían en sus palabras una fuerza subyacente y la relacionaban con la expresión de secreto regocijo que ella tenía en ocasiones, como si disfrutara de algo que no quería compartir.
Cecilia era la hija que más se parecía a su madre: un poco regordeta, de cara redonda, rubia y de ojos azules, siempre con adornos y rizos en el pelo, superficial y tonta casi hasta la
simplicidad, pero feliz, llena de una alegría estrepitosa, y sin ninguna malicia. Le encantaba la compañía de los hombres, hombres de cualquier tamaño y edad. No así a Frances, su hermana más pequeña; le resultaba indiferente la admiración de ellos. Era una graciosa joven de largas piernas, a quien todavía le gustaba silbar y tirar piedras a las ardillas que vivían en los nogales. Aún tenía la falta de piedad de la juventud y era realmente fascinante, como un espectáculo. Tenía el pelo negro y los ojos grandes, de color azul grisáceo como su prima Diana, pero la diferencia con sus hermanas era tan grande como la que existe entre personas de diferente sexo.
Todo lo que tenían en común era gracia juvenil, mucha alegría, una estupenda salud y diez mil libras cada una.
Con todos estos atractivos resultaba extraño que ninguna de ellas se hubiera casado, sobre todo porque el enlace matrimonial siempre estaba presente en la mente de la señora Williams. Esto se debía, en buena medida, a la escasez de hombres, de solteros elegibles, en la vecindad, los perjudiciales efectos de diez años de guerra y el rechazo de Sophia (había tenido varias proposiciones),
pero también al afán de la señora Williams de conseguir un buen compromiso matrimonial y al hecho de que los lugareños no desearan tenerla como suegra.
Era dudoso que a la señora Williams le fueran simpáticas sus hijas; las quería, desde luego, y "había sacrificado todo por ellas", pero no tenía mucho tiempo para pararse a pensar si le eran simpáticas; estaba demasiado ocupada en obrar con rectitud (¿Has pensado alguna vez, señora Williams, sierva mía, que no hay nada mejor en la tierra que una mujer intachable y recta?) y soportar el cansancio y el abuso. El doctor Vining, que la conocía de toda la vida y había visto nacer a sus hijas, pensaba que no le agradaban; pero incluso él, que no le tenía mucha simpatía, reconocía que velaba con verdadero celo por sus intereses. Ella podía quitarles el entusiasmo, mostrar su pertinaz desaprobación a lo largo del año, estropearles incluso los cumpleaños con sus terribles dolores de cabeza, pero peleaba como una tigresa con padres, fideicomisarios y abogados por "una adecuada dote". A pesar de todo, tenía todavía tres hijas solteras, y se consolaba pensando que esto se debía a que eran
eclipsadas por su sobrina. En verdad, la belleza de Diana Villiers y la de Sophia eran comparables, aunque de muy distinto signo. Diana, al tener siempre la espalda muy recta y la cabeza erguida, parecía bastante alta, pero sólo le llegaba a su prima hasta la oreja. Ambas poseían una gracia natural en grado superlativo, pero mientras los movimientos de Sophia eran suaves, lánguidos, casi perfectos, los de Diana eran ágiles y de ritmo rápido, y bailaba magníficamente, aunque sólo en las contadas ocasiones en que se celebraba algún baile en veinte millas alrededor de Mapes Court. Por otra parte, la piel de Diana, a la luz de las velas, parecía casi tan tersa como la de Sophia.
La señora Villiers era viuda. Había nacido el mismo año que Sophia, pero había llevado una vida muy diferente. A los quince años, tras la muerte de su madre, se había ido a India para llevar la casa de su padre, un hombre rico y disoluto. Allí había vivido con gran lujo, incluso después de casarse con un joven sin dinero, el ayudante de campo de su padre, pues éste se trasladó a su enorme y laberíntico palacio, donde la presencia de un esposo y una
veintena de criados más pasaba desapercibida. Aquel matrimonio fue una insensatez desde el punto de vista emocional -ambos eran demasiado apasionados, fuertes, obstinados y no hacían otra cosa que criticarse mutuamente- pero desde el punto de vista material fue muy importante. El matrimonio le proporcionó un atractivo esposo y podría haberle proporcionado también un parque con ciervos y diez mil libras anuales, pues no sólo su padre, Charles Villiers, estaba bien relacionado (durante toda su vida había tenido el deseo enfermizo de pertenecer a una clase alta), sino que también era inteligente, culto, falto de escrúpulos, activo y dotado para la política, sin duda el hombre adecuado para hacer carrera en la India.
Tal vez podría ser otro Clive, y ya era rico desde los treinta y tantos años. Pero su padre y su esposo murieron en un enfrentamiento contra Tippoo Sahib, el primero dejando una deuda de trescientas mil rupias y el segundo otra de casi la mitad de esta suma.
La Compañía de Indias le pagó a Diana el viaje de regreso y le asignó cincuenta libras anuales hasta que volviera a casarse y ella regresó a Inglaterra con un baúl de ropa para clima tropical,
conociendo un poco mejor el mundo y casi nada más. Volvió, en realidad, a la época escolar, o a una situación muy parecida, pues enseguida se dio cuenta de que su tía quería tenerla bajo su control para que ella no tuviera posibilidad alguna de estropear los proyectos para sus hijas. Y puesto que no tenía dinero ni ningún otro lugar donde ir, decidió integrarse en este tranquilo y pequeño mundo de la campiña inglesa, de ideas fijas y extraña moralidad.
Estaba dispuesta, e incluso obligada, a aceptar una relación de protectorado, y desde el principio determinó ser dócil, prudente y reservada; sabía que otras mujeres la considerarían una amenaza y no quería provocarlas. Pero a veces esta teoría difería mucho de la práctica, sobre todo porque la idea que tenía la señora Williams de un protectorado correspondía más bien a la de una total anexión. La señora Williams temía a Diana y no se atrevía a presionarla demasiado, pero no cejaba en su intento de triunfar moralmente sobre ella; y era sorprendente comprobar cómo aquella mujer tan estúpida, olvidando sus principios y el sentido del honor, lograba hacerle daño donde más le dolía.
Esa situación duraba desde hacía años, y las excursiones clandestinas, o al menos inconfesadas, que Diana hacía con la jauría del señor Savile tenían otro objetivo además de sentir el placer de cabalgar. Ahora, a su regreso, se encontró en el vestíbulo con su prima Cecilia, que se dirigía apresuradamente al espejo de cuerpo entero, situado entre las ventanas de la sala de desayuno, para mirarse su nuevo tocado.
–Pareces el Anticristo con ese indecoroso sombrero -dijo con voz sombría, pues los perros habían perdido el zorro y los dos únicos hombres de aspecto tolerable se habían esfumado.
–¡Oh! ¡Oh! – exclamó Cecilia-. ¡Qué palabra más espantosa!
Sin duda es una blasfemia. Te aseguro que no me han dicho nada tan horrible desde que Jemmy Blagrove me dijo aquella grosería. Se lo voy a decir a mamá.
–No seas tonta, Cissy. Es una cita literaria, de la Biblia.
–¡Oh! De todos modos, me parece espantosa. Estás cubierta de barro, Di. ¡Oh, me has cogido mi tricornio! ¡Eres muy mala!
Seguro que le has estropeado la pluma. Se lo voy a decir a mamá.
Le arrebató el sombrero, y al ver que no estaba estropeado se ablandó y continuó:
–¡Cómo te has ensuciado en el paseo! Habrás ido por Gallipot Lane seguramente. ¿Viste la cacería? Estuvieron cazando toda la mañana en Polcary, con esos chillidos y aullidos horribles.
–Les vi de lejos -dijo Diana.
–Me has asustado tanto con eso espantoso que has dicho sobre Jesús -dijo Cecilia soplando la pluma de avestruz-, que casi olvidaba darte la noticia. ¡El almirante ha vuelto!
–¿Ya ha vuelto?
–Sí. Y vendrá esta tarde. Mandó a Ned con sus saludos y el mensaje de que vendría después de comer a traerle la lana de Berlín a mamá. ¡Qué divertido! ¡Él nos hablará de esos hombres jóvenes y apuestos! ¡Hombres, Diana!
Apenas acababa de reunirse la familia para tomar el té cuando entró el almirante Haddock. No era un almirante destacado; se había retirado sin haber izado su insignia y no navegaba desde 1794, pero era la única autoridad en asuntos navales con que ellas contaban, y
lo habían echado mucho de menos desde la inesperada llegada del capitán de marina Aubrey. Ese capitán había alquilado Melbury Lodge y, por tanto, estaba en su esfera de influencia, pero ellas no sabían nada sobre él ni podían, por ser damas, visitarlo, ya que él era un hombre soltero.
–Por favor, almirante -dijo la señora Williams después de haber mirado la lana de Berlín con atención, con los ojos entrecerrados y los labios fruncidos, y de haberla elogiado sin mucho entusiasmo, diciendo que nada podía comparársele en calidad, color y precio, aunque pensando en que no servía para nada-. Por favor, almirante, háblenos de ese tal capitán Aubrey que dicen que ha alquilado Melbury Lodge.
–¿Aubrey? ¡Ah, sí! – dijo el almirante pasándose la lengua seca por los labios también secos, como un papagayo-. Lo sé todo sobre él. No le he visto, pero he hablado de él con algunas personas en el club y el Almirantazgo, y al llegar a casa busqué su nombre en el Boletín de la Armada. Es un hombre joven, sólo un capitán de corbeta, ¿sabe?
–¿Quiere usted decir que finge ser un auténtico capitán? –
gritó la señora Williams con verdaderos deseos de creerlo así.
–No, no -dijo impaciente el almirante Haddock-. En la Armada, a todo el que tiene un mando le llamamos capitán tal y tal.
Y a los auténticos capitanes, los capitanes por nombramiento, les llamamos capitanes de navío. Cuando a alguien se le nombra capitán de navío, esto significa que le han otorgado el mando de un navío de sexta clase o superior, por ejemplo, de veintiocho cañones, o de una fragata de treinta y dos cañones. Un navío de categoría, estimada señora.
–¡Ah! – dijo la señora Williams asintiendo con la cabeza y poniendo cara de entenderlo todo.
–Sólo es un capitán de corbeta, pero actuó
extraordinariamente bien en el Mediterráneo. Lord Keith le autorizó a hacer un crucero tras otro en ese viejo bergantín con alcázar que le quitamos a los españoles en 1795 y él se las hizo pasar moradas a los barcos a lo largo de toda la costa. Hubo ocasiones en que casi llenó con sus presas el canal de Lazaretto en Mahón. Le llamaban
Jack el afortunado. Debe de haber conseguido un dineral, ya lo creo que sí, un dineral. ¡Y fue él quien capturó el Cacafuego! ¡Él mismo!
–dijo el almirante triunfante, mirando los rostros inexpresivos que le rodeaban.
Hizo una pausa momentánea y, al darse cuenta del atontamiento de ellas, sacudió la cabeza diciendo:
–Por lo que parece, ustedes no han oído hablar de esta batalla.
No, no habían oído hablar de ella. Sentían mucho decirle que no habían oído mencionar el Cacafuego. ¿Era esa la batalla de San Vicente? Tal vez había tenido lugar cuando ellas estaban tan atareadas con las fresas. Habían preparado doscientos potes.
–Bueno, el Cacafuego era un jabeque-fragata español de treinta y dos cañones, y el capitán Aubrey fue por él en esa pequeña corbeta de catorce cañones, luchó hasta dejarlo fuera de combate y se lo llevó a Menorca. ¡Qué acción de guerra! Fue muy elogiada por la Armada. Y si no hubiera sido por un aspecto legal en relación con la documentación del jabeque, pues éste había sido prestado a los
comerciantes de Barcelona y no estaba al mando de su capitán titular, lo que significaba que técnicamente en ese momento no era un barco del Rey sino un barco corsario, le habrían nombrado capitán de navío y le habrían dado el mando del jabeque. Tal vez incluso le habrían nombrado caballero. Pero al final -es un asunto complicadísimo, se lo explicaré en otro momento, aunque tal vez no sea apropiado hablarle a las jóvenes de una cosa así- el jabeque no fue comprado por la Armada y él no fue ascendido ni creo que logre ser ascendido nunca. Aubrey es un repugnante y fanfarrón Tory, o al menos su padre lo es, pero aun así, eso fue vergonzoso. Puede que no sea un hombre como es debido, pero me interesaré por sus asuntos. Iré a visitarle mañana para expresarle mi opinión sobre su acción y sobre esa injusticia.
–¿Así que no es un modelo de hombre, señor? – preguntó Cecilia.
–¡Oh, no, querida! No lo es. No lo es en absoluto, según me han dicho. Puede que tenga empuje, y en verdad lo tiene, pero disciplina… ¡Quia! Ese es el problema de muchos de estos jóvenes; y
eso no se considera bueno en la Armada, no lo considera bueno Saint Vincent. Hay muchas quejas sobre su falta de disciplina, su independencia y su desobediencia a las órdenes. No hay futuro en la Armada para ese tipo de oficiales, sobre todo con Saint Vincent en el Almirantazgo. Y además, me temo que él no cumple con el quinto mandamiento como debería.
En los rostros de las jóvenes se dibujó una expresión pensativa mientras repasaban mentalmente el Decálogo y, según su inteligencia, fueron dejando de fruncir el entrecejo a medida que pasaban de la santificación de las fiestas al mandamiento a que había aludido el almirante. Éste continuó:
–Se habló mucho de la señora… de la esposa de un alto oficial, y todos dicen que ese es el fondo de la cuestión. Aubrey es un calavera sin remedio, creo yo, y un indisciplinado, lo que es peor aún. Podrán decir ustedes lo que quieran del viejo Jarvie, pero él no soporta la indisciplina. Ni tampoco le gustan los Tories.
–¿El viejo Jarvie es el nombre que le dan en la Armada a Satanás, señor? – preguntó Cecilia.
–Es el conde Saint Vincent, querida, el First Lord del Almirantazgo -dijo el almirante, frotándose las manos.
Al oír mencionar la autoridad, la señora Williams adoptó una expresión solemne y respetuosa. Y después de una reverente pausa dijo:
–Me parece que ha mencionado usted al padre del capitán Aubrey, ¿verdad, almirante?
–Sí. Es el general Aubrey, el que armó aquel jaleo al darle una paliza al candidato del partido de los Whigs por Hinton.
–Algo muy vergonzoso. Pero, sin duda, para pegarle a un miembro del parlamento él debe de tener una fortuna considerable.
–Tan sólo moderada, señora. Tiene una pequeña propiedad de moderado tamaño cerca de Woolhampton; y está cargado de deudas, según me han dicho. Mi primo Hammer le conoce bien.
–¿Y el capitán Aubrey es su único hijo?
–Sí, señora. Aunque, a propósito, ahora tiene una madrastra; el general se casó con una joven del pueblo hace algunos meses.
Dicen que es una joven hermosa y llena de energía.
–¡Dios mío! ¡Qué terrible! – dijo la señora Williams-. Pero supongo que no habrá peligro. Supongo que el general tendrá ya cierta edad.
–No, señora -dijo el almirante-. No tendrá más de sesenta y cinco años. Si yo estuviera en el lugar del capitán Aubrey, estaría muy preocupado.
A la señora Williams se le iluminó el semblante.
–¡Pobre joven! – dijo apaciblemente-. Confieso que lo compadezco.
El mayordomo se llevó la bandeja del té, echó carbón al fuego y comenzó a encender las velas.
–¡Cómo se están acortando las tardes! – dijo la señora Williams-. Deje los candelabros de pared que están junto a la puerta. Tire de las cortinas con el cordón, John. Si se cogen por la tela se gastan mucho y no es bueno para las anillas. ¿Y bien, almirante, qué puede decirnos del otro caballero de Melbury Lodge, el íntimo amigo del capitán Aubrey?
–¡Ah, ese hombre! – dijo el almirante Haddock.– No sé mucho
sobre él. Era el cirujano del capitán Aubrey en la corbeta. Y me parece haber oído que es el hijo natural de no sé quién. Su nombre es Maturin.
–Discúlpeme, señor -dijo Frances-, pero ¿qué es un hijo natural?
–Bueno… -dijo el almirante mirando a su alrededor.
–¿Es que son más naturales los hijos que las hijas?
–Silencio, querida -dijo la señora Williams.
–El señor Lever estuvo en Melbury -dijo Cecilia-. El capitán Aubrey se había ido a Londres -no hace más que ir a Londres, por lo visto- pero el señor Lever pudo ver al doctor Maturin y dice que es muy raro, que parece un caballero extranjero. El doctor estaba cortando en pedazos un caballo en el salón de invierno.
–¡Qué desagradable! – dijo la señora Williams-. Tendrán que usar agua fría para la sangre. El agua fría es lo único que hay para las manchas de sangre. ¿No le parece, almirante, que se les debería decir que deben usar agua fría para las manchas de sangre?
–Creo que están bastante acostumbrados a quitar manchas de
ese tipo, señora -dijo el almirante-. Pero ahora que lo pienso –
paseaba la vista por la habitación- es estupendo para sus hijas que esos dos marinos con los bolsillos llenos de guineas estén en tierra y se hayan instalado tan cerca de ustedes. Cualquiera que necesite un marido no tiene más que silbar, y ellos vendrán corriendo. ¡Ja, ja, ja!
La ocurrencia del almirante tuvo una horrible acogida; ninguna de las jóvenes rió con él. Sophia y Diana se pusieron serias, Cecilia echó hacia atrás la cabeza, Frances arrugó el entrecejo y la señora Williams frunció los labios y bajó la mirada tratando de encontrar una réplica aguda.
–Sin embargo -continuó con perplejidad ante la repentina frialdad que había en la habitación-, será inútil hacerlo, completamente inútil, ahora que me acuerdo. El le dijo a Trimble, quien le propuso un encuentro con su cuñada, que había terminado con las mujeres. Parece que fue tan desgraciado en su última relación amorosa que ha terminado con las mujeres. Y en verdad es un hombre desafortunado, aunque lo llamen de otro modo: no
solamente lo ha perjudicado ese horrible asunto de su ascenso y el maldito matrimonio de su padre, tan inoportuno, sino que también tiene pendiente ante el tribunal del Almirantazgo una apelación con referencia a dos presas neutrales. Creo que esa es la razón de ese fatigoso e incesante ir y venir a Londres. Es un hombre desafortunado, no cabe duda, y tampoco cabe duda de que ha terminado por comprenderlo. Así que muy acertadamente ha abandonado la idea del matrimonio, en el que la suerte lo es todo, en verdad ha terminado con las mujeres.
–Eso es totalmente cierto -dijo Cecilia-. ¡No hay ni una sola mujer en la casa! La señora Burden, que casualmente pasó por allí, y Molly, que desde casa de su padre, justo detrás de la de ellos, puede ver todo, dicen que no hay ni una mujer en la casa. Ellos viven con un grupo de marineros que les atienden. ¡Qué extraño! Y
sin embargo, la señora Burden, que pudo ver bien la casa, no cabe duda, dice que los cristales de las ventanas brillaban como diamantes y los marcos y las puertas estaban recién pintados de blanco.
–¿Cómo es posible que piensen que pueden arreglárselas solos? – preguntó la señora Williams-. Sin duda, es una actitud obstinada y contra natura. ¡Dios mío! No puedo imaginarme sentada en esa casa. Limpiaría mi asiento con un pañuelo, os lo aseguro.
–Bueno, señora-dijo el almirante-, nosotros nos las arreglamos bastante bien en la mar, ¿sabe?
–¡Ah, en la mar! – dijo la señora Williams con una sonrisa.
–¿Qué hacen si tienen que zurcir, los pobres? – preguntó Sophia-. Supongo que se comprarán ropa nueva.
–Me los imagino remendando las medias -dijo Frances con voz chillona-, moviendo con ahínco las agujas… "Doctor, ¿podría pasarme el estambre azul? Déjeme el dedal cuando acabe, por favor". ¡Ja, ja, ja, ja!
–Seguro que saben cocinar -dijo Diana-. Los hombres pueden asar a la parrilla un filete; y siempre hay huevos y pan con mantequilla.
–¡Pero es tan extraño! – exclamó Cecilia-. ¡Y tan romántico!
Tan hermoso como unas ruinas. ¡Qué ganas tengo de verles!