Capitán de navío

Patrick O'Brian · Capítulo 5 de 16

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Capitán de navío

1799"?

Estas palabras fueron acogidas con una expresión perpleja, aunque amable y cortés, y un segundo después Jack se volvió a Christy-Pallière y le preguntó:

–¿Cómo se dice en francés "tengo un vívido recuerdo de la valiente acción de guerra del capitán Penhoët frente a Ushant en 1799"?

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El capitán Christy-Pallière dijo esto en otra clase de francés –

aparecieron de nuevo las sonrisas, ahora mucho más cálidas, y hubo otro apretón de manos británico- y añadió:

–Pero podemos hablar todos en inglés. Mi colega es uno de nuestros mejores traductores. Vengan, comeremos enseguida. Están cubiertos de polvo y cansados, casi exhaustos. ¿Qué distancia han recorrido hoy? ¿Soportan bien el calor? Un calor fuera de lo normal en el mes de mayo. ¿Ha visto usted a mis primos en Bath, Aubrey?

¿Podré disfrutar de su compañía durante un tiempo? ¡Cuánto me alegro de verle!

–Esperábamos que usted vendría a comer con nosotros -dijo Jack-. Hemos reservado, livré, una mesa.

–Pero están ustedes en mi país -dijo Christy-Pallière en un tono que no admitía réplica-. Después de ustedes, queridos amigos, por favor. Será una comida sencilla, en una pequeña posada fuera de la ciudad. Tiene un emparrado de uvas moscatel, aire fresco, y el mismo dueño hace la comida. El doctor Ramis -se volvió hacia Stephen, que ahora iba detrás de él por el largo pasillo- está de

nuevo en el país. Volvió de permiso el martes. Le pediré que venga a reunirse con nosotros después de la comida -no soportaría vernos comer- y podrá darle a usted noticias sobre el brote de cólera y la aparición de un nuevo tipo de viruela en Egipto.

–El capitán Aubrey nos hizo llevar a cabo una persecución muy difícil -le dijo al capitán Penhoët, mientras colocaba trozos de pan representando los barcos de la escuadra del almirante Linois-. Él iba al mando de la Sophie, ese pequeño bergantín con alcázar.

–Lo recuerdo.

–Y al principio él tenía ventaja sobre nosotros. Pero fue empujado hacia la ensenada. Aquí estaba el cabo, y el viento soplaba así, era un viento caprichoso. (Reprodujo la batalla escena por escena.) Y entonces la caña del timón viró como un relámpago, las alas se desplegaron como por la acción de un conjuro y él cruzó nuestra línea pasando cerca del almirante. ¡El muy astuto sabía que yo no podía arriesgarme a darle al buque insignia! ¡Y sabía que el Desaix era más bien lento al virar! Él cruzó, y con un poco de

suerte…

–¿Qué es "suerte"?

–Chance. Habría podido escapar. Pero el almirante hizo la señal que ordenaba la persecución, y el Desaix, con los fondos muy limpios porque había salido del astillero hacía sólo una semana y con la ligera brisa por la aleta, en poco tiempo… Yo habría volado su barco con mi última andanada si usted no hubiera corrido como una liebre.

–Lo recuerdo muy bien -dijo Jack-. Tenía el alma en un hilo desde que vi que usted comenzaba a orzar. O tal vez desde mucho antes, cuando vi que usted navegaba al doble de la velocidad que yo sin haberse molestado en desplegar las alas.

–Fue una gran proeza cruzar la línea -dijo el capitán Penhoët-. Estaba deseando que los disparos le alcanzaran; y luego le habría disparado yo, en cuanto el buque del almirante hubiera adelantado mi barco. Pero ustedes, los británicos, tienen como norma llevar demasiados cañones, ¿no es cierto? Demasiados para navegar velozmente con un viento así, demasiados para poder

escapar.

–Los míos los tiré por la borda -dijo Jack-, pero reconozco que tiene usted razón. En cambio, ustedes tienen como norma llevar demasiados hombres, sobre todo soldados, ¿no es verdad? Recuerde el Phoebe y el Africaine…

La comida sencilla tuvo un final aún más sencillo, con una botella de coñac y dos vasos. El capitán Penhoët, cansado de esforzarse, había vuelto a su despacho; Stephen se había pasado a la mesa del doctor Ramis, donde se bebía algo más saludable, agua gaseada de un manantial sulfuroso. El cabo Sicié tenía ahora un tono púrpura, destacándose entre las aguas color violeta, y los grillos llenaban el cálido aire con su incesante y omnipresente canto.

Tanto Jack como el capitán Christy-Pallière habían bebido mucho; ahora se estaban contando los problemas que tenían en su vida profesional, y asombrosamente, cada uno reconocía que el otro tenía razones para quejarse. Christy-Pallière tampoco había subido en el escalafón, pues aunque era capitaine de vaisseau, cargo muy similar al de capitán de navío, no tenía "verdadero valor la

antigüedad en la Armada francesa, tan llena de sucias intrigas, donde los aventureros con intereses políticos triunfaban y los auténticos marinos eran arrinconados". Aunque él no había hablado abiertamente, por las conversaciones que ambos habían mantenido un año atrás y por las indiscreciones de sus primos ingleses, Jack sabía que era un republicano poco entusiasta, que detestaba al advenedizo Bonaparte por su vulgaridad y su total ignorancia sobre la Marina, y que, siendo partidario de una monarquía constitucional liberal, estaba irritado, pues era un hombre entregado a la Marina y, desde luego, a Francia, pero descontento con sus gobernantes.

Mucho tiempo atrás él había hablado, con profundo conocimiento del tema, sobre el caso de los oficiales irlandeses de la Armada real y su dilema moral debido a que su lealtad a diferentes causas era origen de conflicto; pero en este momento, aunque cuatro tipos de vino y dos de coñac le habían llevado suavemente hasta la zona de la indiscreción, sólo estaba interesado en sus propios problemas inmediatos.

–Para usted es muy sencillo -dijo-. Usted, sus amigos y los

lores y caballeros que usted conoce forman un grupo con un interés común, y es posible que en las elecciones parlamentarias haya un cambio de ministros y sus evidentes méritos sean reconocidos. Pero,

¿qué pasa en nuestro país? Hay influencia monárquica, intereses republicanos, católicos, francmasones y consulares o, como se llamarán dentro de poco según los rumores, imperiales, encontrados unos con otros, formando una maraña. Será mejor que terminemos esta botella. ¿Sabe una cosa? – continuó tras una pausa-. Estoy muy cansado de estar todo el día en un despacho con el trasero en la silla. La única esperanza, la única solución -su voz iba apagándose- es una…

–Me parece que sería perverso rezar para que haya guerra –

dijo Jack, cuyos pensamientos habían seguido el mismo curso que los de él-. Pero, ¡me gustaría tanto estar navegando!

–¡Oh, sí! Sería perverso, sin duda.

–Sobre todo porque la única guerra que valdría la pena tendríamos que hacerla contra la nación que más nos gusta, pues los alemanes y los españoles no pueden competir con nosotros ahora.

No deja de extrañarme, cada vez que pienso en ello, que los españoles construyan tan bien sus barcos -grandes y muy hermosos- y, sin embargo, los gobiernen de una manera tan rara.

En la batalla de San Vicente…

–La culpa es del Almirantazgo -dijo Christy-Pallière-. Todos los Almirantazgos son iguales. Le juro por los restos de mi madre que nuestro Almirantazgo…

Un mensajero le interrumpió cuando casi estaba a punto de cometer alta traición, y él, disculpándose, se apartó a un lado para leer la nota. La leyó dos veces, mientras los vapores del coñac iban disipándose en su cabeza y él volvía rápidamente al estado sobrio.

Era un hombre corpulento como un oso, no tan alto como Jack, pero más robusto, ancho de hombros y un poco cargado de espaldas, y no se le subía el alcohol a la cabeza. Tenía los ojos marrones y una mirada bondadosa e inteligente. Cuando volvió a la mesa, con una taza de café, su mirada era grave y penetrante. Se bebió a sorbos el café y, después de unos instantes de vacilación, habló por fin.

–Todas las armadas tienen estos problemas -dijo despacio-.

El colega que se ocupa de ellos está de permiso; yo le sustituyo.

Aquí tengo una descripción de un hombre con una chaqueta negra que estaba esta mañana en el monte Faron observando nuestras instalaciones con un telescopio. Es delgado, de mediana estatura y ojos claros, lleva peluca de pelo rizado y calzones grises y habla francés con acento del sur. Estuvo hablando con un comerciante de Barcelona, un tipo extraño que tiene dos faluchos en la dársena.

–¡Oh! – exclamó Jack-. Ese tiene que ser Stephen Maturin, no me cabe duda. El tiene un telescopio, un Dolland, uno de los mejores que hay. Seguro que subió a Faron esta mañana, antes de que yo me levantara, para ver sus queridos pájaros. Me había mencionado algunos muy raros que habitan aquí, como los paros y el pitpit. Dudo -se rió de buena gana-que haya subido hasta la fortaleza y haya preguntado cómo se usan las piezas de artillería.

¡Oh, no! Es la persona más sencilla del mundo, le doy mi palabra de honor, aunque es muy instruido, conoce todos los bichos del universo y le cortaría a usted una pierna en un instante. Sin embargo, no se le debería permitir salir solo. Y respecto a los

asuntos navales, no sabe distinguir babor de estribor o una boneta de un trozo de sayal, aunque se lo he explicado mil veces y se ha esforzado por entenderlo, el pobre. Estoy seguro de que es él, porque ha dicho usted que hablaba con ese comerciante de Barcelona, y apuesto a que lo hacía en la lengua de éste. Ha vivido por esas tierras durante años y habla la lengua de allí como un…

como un… bueno, como un nativo. Nosotros nos dirigimos hacia allí, a una casa que él posee. Apenas acabe su visita a Porquerolles para ver unos raros arbustos que solamente crecen en esa isla, seguiremos nuestro camino. ¡Ja, ja, ja! ¡El bueno de Stephen, el pobre, arrestado por espía…! ¡Ja, ja, ja! – se reía estruendosamente, divertido.

No había ninguna posibilidad de resistirse a su evidente buena fe. La mirada de Christy-Pallière se suavizó y éste, con una sonrisa de alivio, dijo:

–Entonces, ¿me da su palabra de que es una persona fiable?

–Le hablo de corazón -dijo Jack poniéndose la mano en el pecho-. Estimado amigo, sus hombres tienen que ser personas muy

simples para que hayan sospechado de Stephen Maturin.

–Ese es el problema -dijo Christy-Pallière-. Muchos son estúpidos. Pero eso no es lo peor; hay otros servicios de información y vigilancia, la gendarmería, los hombres de Fouché y todos esos de tierra adentro, como usted sabe, y entre ellos hay algunos que no son más listos. Así que dígale a su amigo que sea más prudente. Y

escúcheme, mi querido Aubrey -su tono era grave y expresivo-, sería mejor que no fueran ustedes a Porquerolles sino que siguieran enseguida hacia España.

–¿Por el calor? – preguntó Jack.

Christy-Pallière se encogió de hombros.

–Sí, tal vez por eso -dijo-. No le diré nada más.

Cruzó la terraza, pidió otra botella y volvió junto a Jack.

Entonces continuó en un tono muy diferente, informal:

–Así que vio usted a mis primos en Bath.

–¡Sí, sí! Tuve el honor de visitar Laura Place la primera vez que fui y ellos tuvieron la amabilidad de pedirme que me quedara a tomar el té. Estaban todos en casa: la señora Christy, la señorita

Christy, la señorita Susan, madame des Aguillières y Tom. Son personas encantadoras, muy amables y agradables. Hablamos mucho de usted; ellos esperan que vaya usted a visitarles pronto y, por supuesto, le envían muy afectuosos saludos… y las chicas le mandan besos. La segunda vez me invitaron a un paseo y un picnic, pero lamentablemente yo ya estaba comprometido. Estuve en Bath dos veces.

–¿Qué le parece Polly?

–¡Oh, una joven encantadora! Está llena de alegría y es muy amable con su anciana tía. ¿Es su tía, verdad? ¡Y qué bien habla el francés! Yo dije algunas cosas en francés y ella las entendió enseguida y se las repitió a la anciana haciendo incluso mis propios gestos.

–Es una joven encantadora -afirmó él de su prima, muy serio-. Y créame, esa chica sabe cocinar. ¡Su coq au vin…! ¡Su lenguado a la normanda! Y también sabe hacer muy bien el pudding inglés. Esa mermelada de fresas la hizo ella. Es una estupenda ama de casa. Además -miraba distraídamente una tartana que entraba

en el puerto-, tiene una pequeña fortuna.

–¡Oh, Dios mío! – gritó Jack tan enérgicamente que Christy-Pallière se volvió alarmado-. ¡Dios mío! Casi me había olvidado.

¿Quiere que le diga por qué estuve en Bath?

–Sí, se lo ruego.

–¿Quedará entre nosotros? (Christy-Pallière asintió con la cabeza.) Le aseguro que es algo que me tiene muy abatido; sólo su espléndida comida me lo ha quitado de la cabeza durante las dos últimas horas. Pienso en ello desde que salí de Inglaterra. En Bath hay una joven que conocí en Sussex, ¿sabe? Éramos vecinos, y cuando tuve dificultades con el tribunal del Almirantazgo por las presas neutrales, su madre se la llevó allí porque ya no aprobaba que nos viéramos. Antes de eso hubo casi un entendimiento entre los dos, pero por alguna razón nunca le hablé claramente. ¡Dios santo! ¡Qué tonto fui! Luego la vi en Bath, pero nunca estuve a solas con ella. Y creo que no le ha gustado mucho que yo tuviera algunas atenciones con su prima.

–¿Atenciones inocentes?

–Sí, bueno, por supuesto; pero pienso que posiblemente han sido mal interpretadas. Una joven o, mejor dicho, una mujer realmente hermosa. Estuvo casada, y a su marido le mataron en India. Tiene mucho empuje y valor. Entonces, cuando yo me consumía de dolor entre los problemas con el Almirantazgo y los prestamistas de la City, me enteré de que a ella le habían hecho una proposición de matrimonio, y se hablaba en todas partes de que ya había un compromiso. No puedo describirle con palabras cuánto me dolió. Y esa otra joven, la que se quedó en Sussex, fue muy amable y comprensiva conmigo, y siendo tan hermosa, yo… bueno, ya me entiende. Sin embargo, cuando creía que las cosas iban estupendamente con esa joven y que éramos íntimos amigos, ella me frenó, como si hubiera colocado ante mí una barrera, y me preguntó que quién diablos me creía que era yo. Para entonces yo había perdido todo mi dinero, claro, y le aseguro que apenas sabía qué contestar. Además, estaba empezando a creer que a ella le gustaba mi mejor amigo y que quizás era algo mutuo, ¿me comprende? No estaba muy seguro, pero lo parecía, sobre todo

cuando se despidieron. Pero yo estaba condenadamente deprimido –

no podía dormir, no podía comer-, y ella volvió a mostrarse amable conmigo algunas veces. Así que me acerqué mucho, en parte por resentimiento, ¿me comprende? ¡Oh, Dios mío! ¡Si tan sólo…! Y

entonces, por si fuera poco, llegó una carta de la primera…

–¿Le envió una carta a usted? – preguntó Christy-Pallière-.

Pero creí que no flirteaban, según le había entendido.

–Una carta inocente como la de un niño. No tanto como…

bueno, casi tanto como un beso. Fue algo sorprendente, ¿no le parece? Piense que estábamos en Inglaterra, ya sabe, no en Francia, y las cosas allí son bastante diferentes. Con todo, fue algo asombroso. Una carta muy dulce y sencilla sólo para decirme que eso del matrimonio no era más que un maldito chismorreo. La recibí el mismo día que salía del país.

–¡Vaya! Entonces, todo es perfecto, ¿no? Esto, en una mujer seria, es una confesión. ¿Qué más puede usted pedir?

–Bueno -dijo Jack con una mirada tan apenada que a Christy-Pallière, que hasta ese momento le había considerado un zopenco

porque se preocupaba por tener dos mujeres a la vez, se le encogió el corazón y le dio palmaditas en el brazo para animarlo-. Bueno, está esa otra, ¿no comprende? Sinceramente, estoy muy unido a ella, aunque por otro tipo de sentimiento muy diferente. Y está el problema con mi amigo.

Stephen y el doctor Ramis estaban encerrados en un estudio lleno de libros. El gran herbario, que había servido como tema, entre otros, de la correspondencia que ambos habían mantenido durante más de un año, estaba abierto sobre la mesa, y doblado dentro de él había un detallado mapa con la nueva situación de las defensas españolas en Puerto Mahón. El doctor Ramis acababa de llegar de Menorca, su isla natal, y le había traído diversos documentos a Stephen, pues era el contacto más importante de éste con los autonomistas catalanes. Los documentos, después de ser leídos y confiados a la memoria, estaban ahora convirtiéndose en oscura ceniza en la chimenea, y los dos hombres habían cambiado de tema y hablaban en general de la humanidad y de que el hombre no era apto para la vida del modo en que se vivía.

–Este es, precisamente, el caso de los marineros -dijo Stephen-. Los he observado atentamente y me parece que son menos aptos para la vida de lo que comúnmente se cree, en comparación con hombres de cualquier otra profesión. Creo que la razón de esto es la siguiente: el marinero, al estar en la mar (su elemento natural) vive en el presente. No puede hacer absolutamente nada por el pasado y, considerando lo variable que es el omnipotente océano y el tiempo, puede hacer muy poco por el futuro. Esto, lo digo de paso, explica la imprevisión del marinero.

Los oficiales se pasan la vida luchando contra esta actitud de sus hombres, persuadiéndoles de que deben tensar y amarrar cabos y hacer otras cosas frente a una vasta serie de contingencias. Pero los oficiales, influidos por la vida en la mar como el resto, no realizan esa tarea con total convicción, lo cual les provoca desasosiego. Y de ahí derivan sus extravagancias en el desempeño de la autoridad. Los marineros podrán tomar precauciones contra una tormenta mañana o dentro de quince días, pero para ellos las posibilidades más remotas seguirán siendo teóricas, irreales. Viven en el presente,

como le he dicho, y basándome en esto he llegado a una serie de conjeturas parcialmente formadas. Le agradecería que me diera su opinión sobre esto.

–Pienso como usted, si esto puede servirle de algo -dijo el doctor Ramis recostándose, mientras le observaba con una expresión aguda, inteligente en sus negros ojos-. Aunque ya sabe usted que soy enemigo de la especulación.

–Si consideramos los diversos trastornos que tienen su origen en la mente, tanto en la mente perturbada como en la inactiva, enseguida recordamos los falsos embarazos, la histeria, las palpitaciones, la dispepsia, los eczemas, algunos casos de impotencia y muchos otros. Pues bien, según mi limitada experiencia, estos trastornos no los encontramos a bordo de un barco. ¿Está de acuerdo conmigo, querido colega?

El doctor Ramis frunció los labios, y luego dijo:

–Le diré que me inclino a estarlo, aunque con reserva. No obstante, no me comprometo.

–Supongamos que trasladamos a uno de nuestros marineros a

tierra, donde se ve obligado a vivir no en el presente sino en el futuro, con referencia al porvenir. La alegría, las ganancias y la prosperidad tan ansiosamente deseadas, en las que piensa tanto, espera conseguirlas el próximo mes, el próximo año o incluso en la próxima generación. No más aguachirle comprada por el contador, no más comida asegurada, servida a intervalos fijos. ¿Y qué encontramos?

–Sífilis, embriaguez, la espantosa pérdida de todos los principios morales, una excesiva ingestión de alimentos y el hígado destrozado al cabo de diez días.

–Indudablemente, indudablemente; pero también algo más.

No encontramos falsos embarazos, desde luego, pero sí todo lo demás: ansiedad, hipocondría, añoranza, melancolía, estreñimiento, estómagos delicados… los males de los comerciantes de la ciudad aumentados diez veces. Conozco un caso interesante de un sujeto que gozaba de muy buena salud en la mar -un protegido de Higia-, a pesar de todos los excesos y de las circunstancias más adversas, que al poco tiempo de estar en tierra recibiendo cuidados

domésticos e ilusionado con un matrimonio -siempre en el futuro, como ve- ha perdido catorce libras, tiene retención de orina, las heces son escasas, de color negro y compactas y tiene un eczema rebelde.

–¿Y cree usted que todo esto es resultado de que el sujeto tiene tierra firme bajo sus pies? ¿No de algo más?

–Es el embrión de una idea, y yo lo trato con cuidado -dijo Stephen, levantando las manos.

–Ha mencionado usted la pérdida de peso. También lo encuentro a usted delgado o, mejor dicho, esquelético, si me permite hablarle de médico a médico. Respira usted con dificultad; su pelo, que ya era poco hace dos años, ahora es sumamente escaso; eructa usted con frecuencia; tiene los ojos hundidos y apagados. Esto no se debe sólo a que abusa usted del tabaco -que el gobierno debería prohibir, pues contiene una sustancia nociva- y del láudano. Me gustaría mucho ver su excremento.

–Lo verá, querido amigo, lo verá. Pero ahora tengo que dejarle. No se olvidará de mi tintura, ¿verdad? La abandonaré por

completo cuando haya llegado a Lérida, pero hasta entonces la necesito.

–La tendrá -dijo el doctor Ramis con una seria mirada-. Y es posible que le mande una nota muy importante a la vez; no lo sabré hasta dentro de unas horas. Si es así, estará en el código tres. Pero, por favor, déjeme tomarle el pulso antes de que se vaya. Débil, intermitente, tal como yo pensaba, amigo mío.

"¿Qué habrá querido decir con eso?", se dijo Stephen, refiriéndose no al pulso sino a la hipotética nota. Pensó otra vez, con cierto pesar, en lo sencillo que era hacer tratos con simples agentes mercenarios. Los motivos de éstos eran muy claros; eran leales a las personas y a sus bolsillos. Sin embargo, la complejidad de los hombres honestos, sus repentinas reticencias, el conflicto que provocaba su lealtad a diferentes causas, su personal sentido del humor, lo hacían sentirse viejo y cansado.

–¡Vaya! ¡Por fin has llegado, Stephen! – exclamó Jack saliendo bruscamente de su sueño-. Me quedé hablando con Christy-Pallière.

Espero que no hayas estado esperándome.

El tema de la conversación que ambos habían mantenido afloró a su mente y le quitó la alegría, pero después de estar mirando al suelo unos momentos, levantó los ojos intentando que su expresión fuera alegre y dijo:

–Has estado a punto de ser detenido por espionaje esta mañana.

Stephen, que en ese momento caminaba hacia el escritorio, se quedó inmóvil, en una postura poco natural.

–¡Cómo me reí cuando Christy-Pallière me leyó tu descripción muy serio y preocupado! Pero yo le di mi palabra de honor de que tú estabas buscando águilas de dos cabezas y él se quedó satisfecho. A propósito, hizo un extraño comentario, dijo que si él estuviera en nuestro lugar proseguiría el viaje a España y no iría a Porquerolles.

–¿Ah, sí? ¿Eso dijo? – preguntó Stephen en tono tranquilo-.

Vuelve a dormirte, amigo mío. Me parece que él no atravesaría la calle para ver la Euphorbia praestans y mucho menos cruzaría un brazo de mar. Tengo que escribir unas notas, pero no te molestaré.

Duérmete. Nos espera un largo día.

Algunas horas más tarde, con las primeras luces, de un tono grisáceo, Jack se despertó al oír que arañaban ligeramente la puerta. En su mente surgió la idea de que era una rata en la bodega, pero inmediatamente tuvo en su cuerpo una sensación que la contradecía. Tanto dormido como despierto, su cuerpo le indicaba si estaba navegando o no, pues en todo momento advertía el continuo movimiento ondulado del mar o a la estabilidad antinatural de la tierra. Él abrió los ojos y a la macilenta luz de una vela vio a Stephen levantarse, abrir la puerta y recibir un frasco y una nota doblada. Luego le vio volver al escritorio, desplegar la nota, descifrarla muy despacio y quemar el papel roto en dos pedazos con la llama de la vela. Y sin volverse, éste le dijo:

–¿Estás despierto, verdad, Jack?

–Sí, desde hace cinco minutos. Muy buenos días, Stephen. ¿Va a hacer calor hoy?

–Sí. Muy buenos días, querido amigo. Escucha -bajó la voz hasta que sus palabras no fueron más que un murmullo- y no grites

ni te pongas nervioso. ¿Puedes oírme?

–Sí.

–Mañana será declarada la guerra. Bonaparte está arrestando a todos los súbditos británicos.

Al norte de Carcasona, en la estrecha franja de sombra que proyectaba la muralla, un compasivo gendarme detuvo su convoy de prisioneros ingleses, entre los que había gran número de marineros de los barcos retenidos y capturados, unos pocos oficiales apresados a causa de la declaración de guerra e incluso algunos civiles, viajeros, sirvientes, mozos de cuadra y comerciantes, pues por primera vez en una guerra civilizada, Bonaparte había ordenado detener a todos los súbditos británicos. Los prisioneros tenían calor y estaban cansados y desconsolados; sus fardos se habían empapado durante una tormenta, pero no tenían ánimos para poner la ropa a secar al sol y mucho menos para aprovechar la ocasión de poder admirar la espléndida muralla, los torreones que estaban detrás y la vista de la nueva ciudad con el río pasando ante ella, o incluso para advertir la presencia del oso y su domador, que estaban

a la sombra de una torre cercana. Pero enseguida corrió la voz de que había llegado el convoy, y a la multitud que había salido apresuradamente de la vieja ciudad para verles, se unieron las vendedoras del mercado que estaba al otro lado del puente, llevando frutas, vino, pan, miel, salchichas, pâté y queso de cabra envuelto en hojas verdes. La mayoría de los prisioneros todavía tenían dinero (aquel era el principio de su largo viaje hacia el noreste), y cuando ya se habían refrescado un poco y habían comido y bebido, pusieron su ropa a secar y empezaron a mirar todo lo que les rodeaba.

–¡Vaya! ¡Mirad ese oso! – exclamó un marinero que ahora estaba muy contento, pues tenía ya un cuarto de galón de vino bajo la hebilla de cobre de su cinturón-. ¡Eh, amigo! ¿Sabe bailar?

El domador del oso, un tipo de aspecto siniestro, con un parche en un ojo y una barba de quince días, no le hizo caso.

Pero el marinero no iba a desanimarse por el malhumor de los extranjeros, y pronto se le unió un considerable grupo de amigos, pues él era el miembro más popular e influyente de la tripulación del pingue Chastity, propiedad de un comerciante que había tenido la

desafortunada idea de ir a Sète para abastecerse de agua el día que había sido declarada la guerra. Uno o dos de ellos comenzaron a lanzarle piedras a aquella enorme masa peluda para que se despertara o, al menos, para tener la satisfacción de verla moverse.

–¡No tiréis más piedras! – gritó el marinero, y su alegre rostro se ensombreció-. No querréis dedicaros a atormentar a los osos,

¿verdad, compañeros? Acordaros de Elías. No hay nada tan horrible como atormentar a los osos.

–Tú has sido un azuzador de osos, George, sabes que lo has sido -le dijo un compañero de tripulación tirando al aire una piedra y cogiéndola de nuevo en la mano, al parecer sin intención de dejarla-. Hemos estado juntos en Hockley.

–Azuzar osos es diferente -dijo George-. Los osos en Hockley tienen buena disposición de ánimo. Éste no. Creo que tiene calor. Los osos son criaturas de Groenlandia.

Seguramente el oso tenía calor. Estaba tumbado sobre la poca hierba que había podido encontrar y parecía estar completamente desfallecido. Ya se había difundido el rumor de que allí había un oso

y se habían acercado tripulantes de otros barcos que querían verlo bailar, pero el domador, adelantándose, trató de hacerles comprender que el animal estaba indispuesto, que sólo podía actuar de noche.

–Tiene el pelo muy espeso, mister. Se ha comido él sólo una cabra entera, le duele el estómago.

–¡Ahí tenéis! Ya os lo había dicho yo, compañeros -dijo George-. ¿Os gustaría bailar bajo este sol envueltos en una piel de pelo espeso?

No obstante, los acontecimientos habían escapado al control de George. Un oficial de marina inglés, deseando impresionar a la señora con la que viajaba, había hablado con el sargento de gendarmería, y ahora éste silbaba para llamar al dueño del oso.

–Su documentación -dijo-. Pasaporte español, ¿eh? Y, por cierto, bastante mugriento. ¿Duerme usted con el oso, amigo? Joan Margall, nacido en… ¿qué lugar es éste?

–Lérida, señor sargento -dijo el hombre con la servil humildad de los pobres.

–Lérida. Profesión: domador de osos. Muy bien. Un oso amaestrado debe saber bailar, es lógico. Debo tener una prueba; tengo la obligación de ver el oso bailar.

–Sí, señor sargento, enseguida. Pero los caballeros no deben esperar mucho de Flora. Es una osa y…

Le susurró algo al oído al gendarme.

–¡Ah! ¡Así que es eso! – dijo el gendarme-. Bueno, que dé sólo uno o dos pasos, pero yo tengo que cumplir con mi obligación.

Halada por la cadena, soportando los golpes de su amo que hacían salir el polvo de su peludo lomo, la osa comenzó a andar arrastrando las patas. El hombre sacó un caramillo del pecho y empezó a tocarlo con una mano; con la otra sujetaba la cadena y levantaba la osa. La hizo erguirse sobre sus patas traseras y ésta se tambaleó en medio de un murmullo de desaprobación por parte de los marineros.

–Estos extranjeros son tipos muy crueles -dijo George-.

Mirad su pobre nariz, con esa… enorme anilla.

–¡Señores ingleses! – dijo el hombre en tono afectado, con

una mirada perspicaz-. ¡Escuchen el caramillo!

Comenzó a tocar una melodía reconocible con el caramillo. La osa dio algunos pasos, tambaleándose y cruzando las patas delanteras, y enseguida se echó de nuevo. Sonaron las trompetas de la ciudadela, al otro lado de la muralla, cambió la guardia en la puerta de Narbona y el sargento empezó a gritar:

–En route, en route, les prisonniers!

Con la insistencia y la desfachatez de un ávido negociante, el domador recorrió apresuradamente la fila de arriba abajo.

–¡Recuerden el oso, señores! ¡Recuerden el oso! N'oubliez pas l'ours, messieurs-dames!

Silencio. El polvo que levantaba el convoy se iba depositando en el solitario camino. Los habitantes de Carcasona se fueron a descansar; incluso desaparecieron los niños que, desde las almenas, habían estado tirándole argamasa y terrones a la osa. Silencio y un tintineo de monedas.

–Dos livres y cuatro sous -dijo el domador de osos-. Un

maravedí, dos monedas de la zona este del Mediterráneo, aunque no sé exactamente su procedencia, y un groat escocés.

–Cuando un oficial de marina está al borde del abismo, siempre hay otro cerca dispuesto a empujarlo -dijo la osa-. Es un viejo proverbio marinero. Espero que Dios me permita tener un día a ese jodido cabrón bajo mi mando. Le haré bailar al son del caramillo, le encantará el caramillo. Stephen, colócame las mandíbulas de manera que se mantengan un poco más abiertas, por favor. Si no es así, creo que dentro de cinco minutos estaré muerto. ¿No podríamos ir al campo para quitarme esto allí?

–No -dijo Stephen-. Te llevaré a una posada tan pronto como se acabe el mercado y te meteré en una fresca y húmeda bodega toda la tarde. También te compraré un collar, así podrás respirar mejor. Debemos llegar a Couiza al amanecer.

El sinuoso camino subía y subía por la parte francesa de los Pirineos. Estaba iluminado por el sol de la tarde, el sol de junio, que caía de plano sobre la polvorienta ladera por donde iban andando trabajosamente la osa y su domador. Despreciados por los carros y

temidos por los caballos, ellos ya habían recorrido trescientas cincuenta millas, siguiendo una ruta en zigzag para evitar las ciudades más grandes y la peligrosa zona de la costa y, además, para pasar dos noches en casa de amigos de confianza. Stephen guiaba la osa por la zarpa -Jack no podía ver por debajo del hocico cuando llevaba puesta la cabeza- y en la mano que le quedaba libre tenía el ancho collar claveteado que cubría el hueco por donde Jack respiraba. Éste se había visto obligado a llevarlo puesto durante la mayor parte del día, pues aunque aquel valle era aislado, en él las casas estaban a pocas yardas unas de otras, los caseríos no distaban más de tres o cuatro millas entre sí y había tontos que les acompañaban por el camino. "¿Es un oso listo? ¿Cuánto come a la semana? ¿Es feroz? ¿Puede ganarse la vida exhibiéndolo?" Y

mientras más se acercaban a las montañas, encontraban más personas que habían oído hablar de los osos, los habían visto o incluso los habían matado, y contaban sus anécdotas. Allí había osos, lobos, contrabandistas y los bandidos de las montañas, trabucarlos y migueletes. Había aldeanos simples, comunicativos y

alegres, ansiosos por divertirse, y también perros. En cada caserío, en cada granja, había un ejército de perros, y éstos salían a su paso, sorprendidos, ladrando y aullando, y a veces perseguían la osa hasta que salía el siguiente ejército de perros, porque éstos, a diferencia de los hombres, sabían que en el oso había algo poco natural.

–No tardaremos mucho -dijo Stephen-. Allá a lo lejos, bajo los árboles, veo una curva del camino principal de Le Perthus.

Podrás tumbarte en el bosque mientras voy al pueblo a averiguar qué pasa. ¿Quieres sentarte ahora un momento en este mojón? Hay agua en el pozo; podrías incluso mojarte los pies.

–¡Oh, no! No importa-dijo Jack, aún tambaleante, pues Stephen había alterado el ritmo de su paso al asomarse al pozo-.

De todos modos, no me atreveré a mojármelos otra vez.

La masa enorme y peluda se retorció en un automático intento de verse las nalgas y las patas traseras, hechas jirones por los ataques de los perros, y añadió:

–El bosque no estará muy lejos, ¿verdad?

–¡Oh! A una hora más o menos. Es un bosque de haya con una

vieja cantera de marga. Y puede verse -no te lo aseguro, sólo digo puede verse- el eléboro púrpura, que crece allí.

Con el collar quitado, tumbado en un lugar fresco, entre tupidos helechos, Jack sentía el sudor corriéndole todavía por el pecho y el movimiento de las hormigas, las garrapatas y otros insectos desconocidos; sentía su propio tufo por no haberse lavado y el desagradable olor de su piel húmeda, protegida imperfectamente por la trementina; sin embargo, nada de eso le importaba. Él había caminado demasiado y tenía demasiado cansancio para hacer otra cosa que tumbarse completamente relajado. Había sido imposible disfrazarlo de otro modo, porque en el sur de Francia un inglés rubio de seis pies de altura habría sobresalido como un campanario, sobre todo en aquel momento en que el país estaba lleno de personas que seguían la pista de fugitivos de todo tipo, extranjeros y franceses; pero el precio que él pagaba por ello era muy superior al que había creído posible. El tormento de esconderse de aquella forma incómoda e inadecuada y de soportar los frecuentes rasponazos que hacían brotar la sangre, la peladura de las plantas de los pies,

unidas a la piel de oso por esparadrapo, el calor, el sofoco, la horrible falta de aseo, habían llegado a un punto que a él le había parecido insoportable hacía diez días, doscientas millas atrás, en el tórrido erial de Causse du Palan.

¿Tendría éxito en lo que se proponía? Al principio, creía de corazón que, sin duda, así sería, y que si representaba bien su papel (salvo un caso de fuerza mayor o una desgracia imprevista) ni él ni Stephen pasarían el tiempo que durara la guerra como prisioneros, apartados de la Armada, sin ninguna posibilidad de ascenso ni de hacer cruceros que les procuraran fortuna; él no estaría apartado de Sophia… ni tampoco de Diana. Seguramente sería una larga guerra, pues Bonaparte era fuerte. En verdad, Jack se había quedado asombrado de cómo progresaba todo en Tolón: había tres navíos de línea casi listos para ser botados, una enorme cantidad de pertrechos y se trabajaba con una diligencia incomparable. Cualquier hombre que se hubiera criado en la mar, cualquier marinero nato, después de estar una hora en barco, podía decir si a bordo las cosas estaban coordinadas de un modo eficiente, y lo mismo le ocurría con

respecto a un puerto; Jack había visto en Tolón, con sus ojos expertos, una gran maquinaria que se movía muy rápida y muy eficazmente. Francia era fuerte, Francia era dueña de la Armada holandesa y controlaba amplias zonas de Europa occidental.

Inglaterra era débil y estaba sola, se había quedado sin aliados, al menos por las fragmentarias noticias que les habían llegado. En efecto, la Armada inglesa era débil, no tenía absolutamente ninguna duda de ello. Saint Vincent había tratado de reformar los astilleros en vez de construir barcos, y ahora podían estar en la línea de batalla menos navíos que en 1793, a pesar de los que se habían construido y capturado durante los diez años de guerra. Y esa era una de las razones -aparte de las obligaciones que imponía el tratado- por las que España podía estar del lado de Francia, pero también podía cerrar la frontera, por lo que a ellos no les sería posible llegar al refugio de Stephen y fracasarían en lo que se habían propuesto. ¿Había declarado la guerra España? Ellos estaban en el Rosellón, la Cataluña francesa, desde hacía dos o tres días, y Jack no entendía lo que Stephen hablaba con los campesinos del lugar.

Stephen se mostraba extraño y reservado esos días. Jack creía que había llegado a conocerlo en los viejos tiempos sin complicaciones y le gustaba como era, pero ahora descubría a un Maturin desconocido, sus rasgos ocultos, su enorme falta de piedad; Jack no comprendía nada.

Stephen le había dejado solo. Stephen tenía un pasaporte que le permitía entrar en España y podía moverse dentro del país con guerra o sin ella… La mente de Jack se enturbiaba cada vez más, y acudían a ella, en enjambre, pensamientos horribles que él no se atrevía a formular.

–¡Dios mío! – dijo por fin, moviendo la cabeza de un lado a otro-. ¿Es posible que haya perdido el valor?

Si se perdía el valor, ¿se perdía también la generosidad? Había visto perder el valor a hombres que corrían a meterse bajo las escotillas en la batalla y a oficiales acobardados que se ocultaban tras el cabrestante. El y Stephen habían hablado de ello: ¿era el valor una cualidad fija, permanente? ¿O era como una sustancia que se gastaba, que cada hombre tenía en gran cantidad aunque podía

quedarse sin ella? Stephen había expuesto sus ideas sobre el valor.

Lo consideraba variable y relativo, dependiente de la dieta, las circunstancias, el funcionamiento de los intestinos -los hombres estreñidos generalmente eran timoratos-, las costumbres, las condiciones físicas y espirituales -las personas de edad tenían una proverbial prudencia- buenas o malas. El valor no era una entidad, según él, sino que formaba parte de sistemas diferentes pero con conexión entre sí, estaba relacionado con aspectos morales, físicos y sexuales. Había hablado del valor en los hombres violentos y los castrados, de los efectos que la absoluta integridad y la incalificable temeridad o el deseo pueril de rivalizar tenían sobre el valor, de los estoicos y su doctrina de la satietas vitae y el supremo valor de la indiferencia… indiferencia, indiferencia…

La melodía que Stephen siempre tocaba con el caramillo para la actuación de la osa empezó a metérsele a Jack en la cabeza, confundiéndose con la propia voz de aquél repitiendo citas de Plutarco, Nicola de Pisa y Boecio sobre el valor, que él recordaba a medias. Era una melodía rara, con intervalos al estilo antiguo,

limitada a lo que cuatro dedos y un fuerte soplo podían hacer, pero sutil, compleja…

Los gritos de una niña con delantal blanco le despertaron. La niña, junto con otros amigos que él no veía, estaba buscando las setas de verano que crecían en aquel bosque, y había encontrado un enorme grupo.

–¡Ramón! – gritó a voz en cuello, y el eco de su voz resonó en la hondonada-. ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Ven a ver lo que he encontrado! ¡Ven a ver lo que he encontrado! ¡Ven a ver…!

Así una y otra vez. Estaba situada oblicuamente respecto a él, pero puesto que su compañero no la oía, comenzó a girar y a dirigir la voz hacia las distintas zonas del bosque.

Jack había tratado de encogerse lo más posible, y cuando la niña se volvía de cara hacia él, cerró los ojos por miedo a que ella viera su intenso brillo. Su mente no estaba del todo despierta; no sentía indiferencia ahora, sino un profundo deseo de superar ese contratiempo, de llevar a cabo el plan contra viento y marea. "Si asusto a la fierecilla una cuadrilla de campesinos armados rodeará el

bosque en cinco minutos, si me escabullo perderé a Stephen, me quedaré aislado, con todos nuestros documentos cosidos en la parte interior de la piel". Las posibilidades se sucedían una tras otra con rapidez; pero no había solución.

–Vamos, vamos, niña -dijo Stephen-. Te vas a estropear la voz si gritas tanto. ¿Qué tienes ahí? Es un boleto de Satanás; no debes comer el boleto de Satanás, cariño. Verás como se pone azul al partirlo con esta ramita. El diablo se ruboriza así. Pero aquí tenemos un parasol. Sí que puedes comer el parasol. ¿Has visto mi oso? Le dejé en el bosque cuando fui a ver a Jaume, porque estaba muy cansado. Los osos no pueden soportar el sol.

–Jaume es el tío de mi padrino -dijo la niña-. Mi padrino es Pere. ¿Cómo se llama tu oso?

–Flora -dijo Stephen, y luego gritó-. ¡Flora!

–Acabas de decir mi oso-dijo la niña frunciendo el ceño. Y

empezó a gritar-. ¡Flora! ¡Flora! ¡Flora! ¡Flora! ¡Virgen santísima…

qué osa tan enorme! ¡Oh, Dios mío! ¡Vaya osa!

Le cogió la mano a Stephen, pero luego recuperó su valor y

comenzó a gritar:

–¡Ramón! ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Ven a ver mi osa!

–Adiós, hijos míos -dijo Stephen poco después-. Andad con Dios.

Todavía diciéndoles adiós a las pequeñas figuras, continuó:

–Tengo por fin noticias concretas; noticias diversas. España no ha declarado la guerra, pero los puertos del Mediterráneo están cerrados para los barcos ingleses. Tenemos que ir a Gibraltar.

–¿Qué pasa con la frontera?

Stephen frunció los labios.

–El pueblo está lleno de policías y soldados; dos hombres de los servicios secretos están encargados de registrar todo. Han arrestado a un agente inglés.

–¿Cómo lo sabes?

–El sacerdote con el que se ha confesado me lo dijo. De todos modos, yo no había pensado ir por el camino principal. Conozco o, mejor dicho, conocía, otro camino. Mira, mira por este lado. ¿Ves el techo rosado y detrás un pico? ¿Y ves a la derecha de él, por detrás

del bosque, una montaña pelada? Esa es la frontera, amigo, y por el despeñadero hay un paso, un sendero que baja hasta las tierras de Recasens y Cantallops. Cruzaremos el camino furtivamente al anochecer y llegaremos allí al alba.

–¿Puedo quitarme la piel?

–No puedes. Lo siento mucho, Jack, pero es que no conozco bien el sendero, y puesto que hay patrullas que persiguen a los contrabandistas y los fugitivos, podríamos tropezar con una o dos.

Es un sendero de contrabandistas, un sendero peligroso, sin duda, porque los franceses pueden dispararte si vas vestido de hombre y los contrabandistas pueden hacer lo mismo si vas vestido de oso.

Pero es mejor elegir lo segundo, porque el contrabandista atiende a razones, en cambio la patrulla no.

Media hora estuvieron entre los arbustos al borde del camino, esperando a que terminara de pasar en fila, lentamente, toda una batería -cañones, carros, cantineras-, diversos coches, uno de ellos tirado por seis mulas con arneses de color carmín, y algunos hombres aislados a caballo, pues ahora que ellos veían la línea

fronteriza, su cautela había llegado a extremos insospechados Media hora. Luego cruzaron y siguieron la vereda que conducía a Saint-Jean de l'Albère. Arriba, arriba; y al cabo de una hora ya la luna iluminaba el bosque que tenían ante ellos. Y con la luna llegaron desde las llanuras españolas los primeros soplos del siroco, como una bocanada de aire caliente al abrirse la puerta de un horno.

Arriba, todavía más arriba. Después del último granero, la vereda quedaba reducida a una franja y tuvieron que caminar uno detrás de otro. Jack veía moverse acompasadamente, a uno o dos pasos delante de él, el enorme bulto -una negra sombra, nada más- que Stephen llevaba, y una sensación parecida al odio le oprimió el estómago. Entonces pensó: "El bulto es pesado, debe de pesar cincuenta o sesenta libras, ahí están todas nuestras pertenencias; él también ha seguido adelante todos estos días sin una queja; las correas le hacen daño en la espalda y los hombros, tiene un horrible verdugón en cada lado". Pero la firme determinación de aquella oscura figura que continuaba avanzando aparentemente sin esfuerzo, cada vez más rápido, sin hacer nunca

una pausa, y la imposibilidad de seguirla, de esforzarse otras cien yardas, así como la imposibilidad de pedir un descanso, turbaban su mente, dejando sólo la débil llama del resentimiento.

El sendero serpenteaba, se ramificaba y a veces desaparecía entre las enormes y vetustas hayas que abundaban en el lugar, con sus troncos plateados a la luz de la luna. Por fin Stephen se detuvo; Jack tropezó con él, deteniéndose también, y sintió una mano que lo agarraba fuertemente por encima de la piel de oso: era Stephen que trataba de guiarlo hasta la oscura y aterciopelada sombra de un árbol caído. Entre el murmullo del viento, Jack oyó un sonido metálico que se repetía, y cuando reconoció los pasos acompasados

–era una patrulla que hacía demasiado ruido- la sensación de que el aire era irrespirable y de que el estado de su cuerpo era insoportable desapareció. De vez en cuando se oían alguna voz muy baja, una tos, y el clac-clac-clac de algún mosquete contra la hebilla de su portador. Ahora los soldados pasaban a unas veinte yardas de ellos montaña abajo.

La misma mano tiró de él fuertemente y ambos volvieron a

encontrarse en la vereda. Siempre la eterna subida, a veces cruzando el lecho de un riachuelo cubierto de hojas, a veces subiendo una pendiente descubierta y tan escarpada que debían ir a gatas; y siempre el siroco.

A las hayas las sucedieron los pinos, y ellos sintieron la pinas clavarse como agujas en las plantas de los pies. ¡Qué dolor!

Una montaña infinita, con infinitos pinos y el rumor de sus copas inclinándose hacia el norte por el viento.

La figura que iba delante de él se había detenido y murmuraba:

–Debería estar por ahí… la segunda bifurcación… había una choza de un carbonero… un alerce arrancado con abejas dentro del tronco.

Jack, un poco mareado, cerró los ojos durante una larga pausa, un descanso, y cuando volvió a abrirlos vio que había empezado a clarear. Detrás de ellos, a lo lejos, la luna se había ocultado en la niebla que envolvía los intrincados valles.

Los pinos. Y de repente, no más pinos, sólo algunos arbustos raquíticos y brezos, luego un extenso prado. Ellos estaban en el

límite superior del bosque, un bosque que parecía trazado con líneas bien definidas; permanecieron allí en silencio, vigilantes. Cuando ya llevaban dos o tres minutos allí arriba, con el viento en contra, Jack vio algo que se movía.

–¿Un perro? – dijo inclinándose hacia Stephen. ¿Serían soldados que habían tenido la sensatez de traer un perro? ¿Estarían perdidos, habrían fracasado después de todo esto? Stephen le cogió por la cabeza y le susurró en la peluda oreja:

–Un lobo. Un cachorro. Una lobezna.

Stephen escrutó los arbustos y las rocas peladas, desde el punto más alejado a su izquierda al punto más alejado a su derecha, y luego comenzó a andar, pasó sobre la corta hierba y llegó hasta una piedra colocada en la parte más alta de la pendiente, una piedra cuadrada que tenía grabada una cruz roja.

–Jack -dijo llevándolo del otro lado del mojón-. Te doy la bienvenida a mi tierra. Estamos en España. Allí abajo está mi casa.

Estamos en casa. Ven, deja que te quite la cabeza. Ahora puedes respirar, amigo mío. Hay dos manantiales un poco más abajo de la

cima de la montaña, junto a esos castaños, donde podrás quitarte la piel y lavarte. ¡Qué alegría me ha dado ver ese lobo! Mira, aquí están sus excrementos, aún frescos. No cabe duda de que éste es un meadero de lobos; lo mismo que los perros, ellos tienen sus habituales…

Jack se dejó caer pesadamente sobre la piedra, inspirando el aire con la boca abierta para llenar sus necesitados pulmones. Volvía a tener conciencia de otra parte de la realidad que no era el sufrimiento.

–¿Un meadero de lobos? ¡Ah, sí!

Delante de él, el terreno descendía bruscamente -formando casi un precipicio- y abajo, a dos mil pies, se extendía la Cataluña española iluminada por la luz matutina. Se veía un castillo con una alta torre en una roca saliente, justo debajo de ellos, que podía alcanzarse con una piedra; los Pirineos plegados en forma de largos dedos hasta llegar a la distante llanura; lejanos campos de cultivo cuadrados y verdes viñedos; un río cristalino que serpenteaba y torcía hacia la izquierda para llegar al inmenso mar; a lo lejos, al

norte, la bahía de Roses y el cabo Creus, aguas conocidas, y ahora el aire caliente con olor a salitre.

–Me complace que te hayas llevado una alegría con tu lobo –

dijo por fin con voz de sonámbulo-. Hay… son sumamente raros, me parece.

–En absoluto, amigo. Los tenemos por veintenas; no podemos dejar las ovejas solas durante la noche. El significado de su presencia aquí es que estamos solos. Ese es el motivo por el que estoy alegre. Estoy alegre. De todos modos, creo que deberíamos bajar hasta el manantial: está por debajo de esos castaños, esos castaños a los que se llega en menos de dos minutos. Esa lobezna puede hacer tonterías… mírala cómo se mueve entre los enebros… y no quisiera fracasar justo ahora que hemos conseguido el éxito. Es posible que haya patrullas fronterizas, guardias aduaneros y algunos soldados o algún sargento cumplidor de su deber con una carabina…

¿Puedes levantarte? Que Dios me ayude, yo apenas puedo.

El manantial. Jack se revolcaba en él. El agua fría y los guijarros le quitaban la espesa capa de suciedad y ésta era

arrastrada por el agua limpia que no dejaba de brotar de la roca.

Jack se deleitaba metiéndose bajo el agua, luego dejaba que el viento le secara y volvía a meterse. Su cuerpo estaba completamente blanco, excepto donde había horribles rozaduras, mordidas y arañazos. Su cara, muy hinchada, tenía una palidez cadavérica y una expresión agotada; su boca estaba oculta por una barba rubia y enmarañada; sus ojos estaban rojizos y pustulosos, pero su mirada era viva, con un brillo de alegría que se sobreponía al malestar físico.

–Has perdido entre cuarenta y cincuenta libras -dijo Stephen calculándolo por las dimensiones de la parte baja de su espalda y su estómago.

–Seguro que tienes razón -dijo Jack-. Y nueve partes de ellas están en esta maldita piel, más de cuarenta libras de grasa humana.

Le dio una patada a la fláccida piel de oso con el pie herido, la maldijo dos o tres veces llamándola "hija de perra" y dijo que tenía que sacarle los documentos antes de prenderle fuego. Luego