Capitán de navío
Capítulo 6
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
A las ocho menos cinco Jack Aubrey cruzaba apresuradamente el patio de adoquines del Almirantazgo bajo la monótona lluvia, perseguido por la voz del cochero que le había llevado.
–¡Cuatro peniques! ¿Y usted se considera un caballero? Es usted un condenado marino con media paga que no tiene vergüenza.
Jack se encogió de hombros y, esquivando el chorro del canalón, entró rápidamente en el vestíbulo, atravesó la sala de espera principal y siguió hasta la pequeña oficina llamada "Sala del contramaestre", donde estaba citado nada menos que con el First Lord. La chimenea estaba empezando a tirar; se oía el agradable crepitar del fuego, cuyas rojas lenguas atravesaban el humo color ocre que subía en espiral y se unía fuera con la niebla también ocre.
Él se detuvo de espaldas a la chimenea, mirando la lluvia y secándose el uniforme, el mejor que tenía, con un pañuelo. Bajo el poco iluminado arco de Whitehall pasaban algunas figuras, civiles con paraguas y oficiales expuestos a los elementos; creyó reconocer
a dos o tres -sin duda, uno de ellos era Brand, del Implacable-pero estaba demasiado ocupado con el espeso barro que le cubría las hebillas de los zapatos para dedicarles mucha atención.
Estaba muy nervioso -cualquier marino que estuviera esperando para ver al First Lord estaría nervioso-, aunque pensaba menos en la futura entrevista que en obtener el mayor servicio de un simple pañuelo y en hacer consideraciones sobre la pobreza.
Pensaba que ésta era una vieja conocida, casi una amiga, un estado más natural para un oficial de marina que la riqueza, pero le gustaba la riqueza, le encantaría volver a ser rico; sin embargo, así ya no tendría la satisfacción de haber podido arreglárselas, ni tampoco la sensación de triunfo al encontrar una guinea en el bolsillo de un viejo abrigo, ni la enorme tensión al darle la vuelta a una carta de la baraja. Había tenido que tomar un coche de alquiler porque el barro le llegaba hasta los tobillos y soplaba un condenado viento del suroeste; además, los buenos uniformes no crecían en los árboles, ni tampoco las medias de seda.
–Capitán Aubrey, señor -dijo el funcionario-, Su Señoría va a
recibirlo ahora.
–¡Capitán Aubrey! ¡Qué alegría verle! – dijo lord Melville-.
¿Cómo está su padre?
–Muy bien, señor, gracias. Está encantado con el resultado de las elecciones, como todos nosotros. Pero le ruego que me perdone, milord, por no estar al corriente de todo. Quisiera felicitarle muy sinceramente por haber sido nombrado par.
–Es usted muy amable, muy amable -dijo lord Melville.
Luego Jack le preguntó cortésmente por lady Melville y Robert.
Y él, tras responder a sus preguntas, continuó:
–Así que su viaje de vuelta a casa ha sido agitado.
–En efecto, milord -dijo Jack-. Pero me asombra que usted lo sepa.
–Es que ha salido en el periódico. Se publicó una carta de una pasajera a su familia, describiendo la captura y la recuperación del barco de la Compañía de Indias. Ella menciona su nombre; dice cosas estupendas de usted. Sibbald me la enseñó.
Esa condenada joven, esa Lamb, seguramente había mandado
la carta con el guardacostas. ¡Y él se había apresurado a dejar Plymouth, con dinero prestado, sin saber que llegaría a un Londres lleno de policías alertados que le esperaban para arrestarle por no pagar las deudas, deseosos de encerrarlo en Fleet o Marshalsea para que se pudriera allí mientras la guerra continuaba, perdiendo así todas las oportunidades! Había conocido a muchos oficiales –
Baines, Serocold…-cuyas carreras habían sido arruinadas por un policía. ¡Y él había estado pavoneándose por la ciudad vestido como si fuera el cumpleaños del Rey, con tantos alguaciles que podían reconocerlo! Al pensarlo sintió náuseas y escalofríos, y balbuceó:
–… muy asombrado… cogí una silla de posta en Plymouth y no pasé más de un par de horas en casa de mi padre… pensé que llegaría antes que las noticias.
Sin embargo, sus palabras debían de tener suficiente sentido, porque lord Melville le dijo con su acento escocés:
–Estoy seguro de que usted no escatimó esfuerzos. Pero me gustaría que hubiera venido mucho antes, semanas e incluso meses antes, cuando aún no se habían acabado los mejores navíos. Me
hubiera gustado hacer algo por usted; al principio de la guerra había muchos mandos disponibles. Me ocuparé enseguida del asunto de su ascenso, como se me ha solicitado, pero no puedo darle esperanzas de que conseguirá un navío. No obstante, hay alguna posibilidad de entrar en el Servicio de defensa de puertos o en el Servicio de leva, ya que estamos ampliando ambos y se necesitan hombres activos y con empuje.
También, dado que éstos eran puestos en tierra, se necesitaban hombres solventes, amantes de las comodidades, sin ambición o cansados del mar, deseosos de cuidar de una especie de milicia de pescadores u ocuparse de la odiosa tarea del reclutamiento forzoso. Estaba claro que sería ahora o nunca, todo o nada. Una vez que aquel hombre de facciones duras, sentado al otro lado del escritorio, le hiciera una oferta en firme de un puesto en tierra, él ya no podría cambiar.
–Milord, me gustaría tener uno de los mejores navíos, un navío de línea, como a cualquier otro hombre -dijo Jack respetuosamente con toda la fuerza y la energía que pudo-, pero si
tuviera cuatro trozos de madera que pudieran flotar, me sentiría feliz, muy feliz de navegar en ellos y realizar cualquier servicio en cualquier puerto del mundo como capitán o con cualquier otro cargo.
He estado navegando desde que tenía catorce años, señor, y nunca he rechazado ninguna misión que Sus Señorías hayan tenido a bien encomendarme. Me atrevo a asegurarle que no lamentará su decisión, señor. Lo que deseo es estar de nuevo en la mar.
–¡Oh! – dijo lord Melville con expresión meditabunda, fijando en Jack su mirada gris-. ¿Entonces no pone usted ninguna condición? Sus amigos han insistido mucho en que usted fuera nombrado capitán de navío por su combate con el Cacafuego.
–Ninguna en absoluto, milord -dijo Jack, y luego guardó silencio. Sintió deseos de contarle que la última vez que había estado en esa habitación se le había ocurrido usar la inadecuada palabra "petición"; sin embargo, lo pensó mejor y siguió guardando silencio, con una mirada seria y atenta que pudo mantener más fácilmente que un año atrás, a pesar de que sentía por Saint Vincent un respeto mucho mayor que el que podía sentir por un civil.
–Bien -dijo el First Lord después de una pausa-. Pero no puedo prometerle nada. Usted no tiene idea del número de solicitudes, de los intereses que hay en juego, que deben considerarse…aunque puede haber una remota posibilidad… Venga a verme la próxima semana. Entretanto me ocuparé de ese asunto del ascenso, aunque la lista de capitanes de navío, desgraciadamente, está sobrecargada; y también analizaré las posibilidades. Venga a verme el miércoles. Pero escúcheme bien, si logro encontrarle algo no será un navío de los mejores; eso es lo único que puedo prometerle. Y esto no supone en absoluto un compromiso por mi parte.
Jack se puso de pie y agradeció a Su Señoría que hubiera tenido la bondad de recibirlo. Lord Melville le dijo en un tono informal:
–Probablemente nos veamos en casa de lady Keith esta noche.
Si tengo tiempo pasaré por allí.
–Me gustaría muchísimo, milord -dijo Jack.
–Tenga usted muy buenos días -dijo lord Melville, tocando
una campanilla y mirando ansioso a la puerta interior.
–Parece usted muy alegre, señor -dijo el conserje, escrutando el rostro de Jack con sus ojos cansados y enrojecidos.
"Muy alegre" era una exageración; "moderadamente satisfecho" era más exacto. Pero de todos modos, tenía una expresión completamente diferente a la de un oficial que hubiera recibido una rotunda negativa.
–Sí que lo estoy, Tom -dijo Jack-. He ido andando esta mañana desde Hampstead hasta Seven Dials. No hay nada como un paseo matutino para entonarse uno.
–¿Ha conseguido algún barco, señor? – preguntó Tom.
Esa historia del paseo matutino no le convencía. Era un viejo astuto y amistoso; conocía a Jack desde antes de que se afeitara por primera vez, como a casi todos los oficiales de la Armada con un cargo inferior a almirante, y tenía derecho a una propina si se conseguía algún barco cuando estaba de servicio.
–No, no exactamente, Tom -dijo Jack.
Miraba con atención hacia el exterior del vestíbulo y la sala;
una multitud empapada cruzaba de un lado a otro frente a Whitehall.
Las agitadas aguas del Canal estarían llenas de barcos; ¿y cuántos cruceros, barcos corsarios y quechemarines se esconderían entre ellos? ¿Cuántos escollos estarían ocultos? ¿Cuántos malvados?
–No -repitió-. Pero te diré una cosa, Tom: he salido sin mi capa y sin dinero. ¿Puedes llamar un coche y prestarme media guinea?
Tom no se había formado ninguna idea sobre la capacidad de juicio y las dotes administrativas de los oficiales de marina en tierra; no le sorprendió que Jack hubiera salido sin las cosas más corrientes y necesarias en la vida. Leía en la expresión de Jack que iba a conseguir algo; y si éste entraba en el Servicio de defensa de puertos tendría que acudir a otra docena de citas, incluso aunque no le nombraran capitán de navío. Le dio la pequeña moneda en secreto, con una expresiva mirada, y llamó un coche.
Jack se hundió en el coche con el sombrero calado hasta la nariz y se acurrucó en una esquina, mirando furtivamente a través de los cristales llenos de barro. Su figura, extrañamente deformada,
llamaba la atención y daba lugar a comentarios cada vez que el caballo dejaba de ir al trote y andaba a paso más lento. Todos los hombres corpulentos le parecían alguaciles, y al verlos pensaba:
"Condenado atajo de bastardos. ¡Dios mío, qué vida! ¡Tener que esconder siempre la cabeza bajo el ala! ¡Qué vida!". Pasaban por su lado hombres de rostro taciturno, apresurándose hacia sus deprimentes trabajos, formando una masa gris. Iban mojados, con frío, ansiosos, abriéndose paso a codazos y empujones, como en un horrible sueño, y la presencia entre ellos de alguna que otra dependienta o sirvienta hacía todo aquello más desgarrador y patético.
Un convoy de carros de heno bajaba por el camino de Hampstead, conducido por campesinos que llevaban largos látigos.
Tanto los látigos como las colas y las crines de los caballos y los guardapolvos de los campesinos estaban adornados con cintas, y en la penumbra resaltaban las mofletudas caras de éstos, rojas y resplandecientes. Jack recordó una cita que había aprendido en sus lejanos años de colegio: O fortunatos nimium, sua si bona norint,
agricolas. Luego pensó: "¡Vaya, qué frase tan buena! ¡Cuánto me gustaría que Stephen hubiera estado aquí para que la escuchara!
Pero tendré la satisfacción de decírsela dentro de poco". Iba a tener mucho tiempo para decírsela, pues por la tarde deberían volver por aquel mismo camino para ir a la recepción que ofrecía Queenie, y probablemente tendrían la oportunidad de ver a algunos campesinos entre tanta gente digna de compasión.
–¿Quieres hablarme de tu entrevista ahora? – dijo Stephen, dejando a un lado su informe y mirando a Jack con tanta atención como el viejo conserje.
–No estuvo muy mal. Y después de haber tenido tiempo de pensar en ella detenidamente, me parece que no estuvo mal en absoluto. Creo que me ascenderán o me darán un barco, una cosa o la otra. Si me nombran capitán de navío, siempre existe la posibilidad, con el tiempo, de conseguir un navío o algún mando como suplente; y si me dan una corbeta, bueno, allá voy.
–¿Qué es un mando como suplente?
–Cuando un capitán de navío está enfermo o desea permanecer en tierra durante un tiempo -esto ocurre a menudo cuando son pares o miembros del Parlamento-, el mando de su navío, durante el tiempo establecido, se le da a otro capitán de navío con media paga. ¿Quieres que te cuente la entrevista desde el principio?
–Sí, por favor.
–Empezó muy bien. El First Lord dijo que se alegraba de verme. Ningún otro First Lord antes que él se había alegrado de verme o, al menos, todos se las habían arreglado para contener su alegría. ¿Queda café en esa cafetera, Stephen?
–No. Pero podrás tomarte una cerveza dentro de poco; son casi las dos.
–Bueno, empezó muy bien, pero luego cambió de la forma más horrible que pueda imaginarse. Él puso una expresión triste y me dijo que era una lástima que hubiera llegado tan tarde porque "le habría gustado hacer algo por mí". Me sentí descorazonado cuando me habló del Servicio de defensa de puertos y el Servicio de leva, y
comprendí que debía cortarle antes de que me hiciera una oferta concreta.
–¿Por qué?
–Porque no sería posible rechazarla. Si uno rechaza un barco porque no le parece adecuado -por ejemplo, porque está en el puerto militar de las Antillas y a uno no le gusta el jurel, el pescado que comen allí- uno queda marcado con una cruz y nunca puede volver a conseguir un nombramiento. A ellos no les gusta que uno escoja. El bien de la Armada debe ser lo primero, dicen; y tienen toda la razón. Además, no podía decirle que odio el Servicio de guardacostas y el Servicio de leva y que, en cualquier caso, aceptando cualquiera de los dos no podría evitar que me metieran en la cárcel.
–¿Así que pudiste evadir la oferta?
–Sí. Renuncié a mi petición de ascenso y le dije que cualquier cosa que flotara sería buena para mí. No expresé esto con demasiadas palabras, pero él lo entendió enseguida, y después de unos instantes de reflexión y vacilación habló de una "remota
posibilidad" y me dijo que volviera la próxima semana. También se ocupará del asunto de mi ascenso. Aunque no existe ningún compromiso por su parte, debo ir a verlo de nuevo la próxima semana. Viniendo de un hombre como lord Melville, esto me parece muy bueno.
–A mí también, querido amigo -dijo Stephen con la mayor convicción que pudo, una gran convicción, porque también había tratado asuntos con el caballero en cuestión en años anteriores, cuando éste era el jefe de los fondos secretos-. A mí también.
Ahora comamos y bebamos y pongámonos alegres. Hay salchichas en el escritorio y cerveza en la jarra verde. Yo me regalaré con una tostada con queso.
Los corsarios franceses le habían quitado su reloj Bréguet, así como la mayoría de su ropa, sus instrumentos y sus libros, pero su estómago era tan exacto como un reloj. Y cuando se sentaron a la pequeña mesa junto al fuego para comer, el reloj de la iglesia dio la hora. La tripulación del veloz Bellone también le había quitado el dinero que traía de España -que era lo más importante, lo más
preciado para él y para Jack- y desde que habían desembarcado en Plymouth estaban viviendo del dinero conseguido con una letra que el padre de Jack había negociado laboriosamente mientras ellos esperaban en sus caballos. Y tenían la esperanza de poder descontar otra girada a nombre de un comerciante de Barcelona llamado Mendoza, poco conocido en la bolsa de Londres.
Ahora se alojaban en una casa de campo, con postigos verdes y una madreselva encima de la puerta, que estaba en un lugar idílico
–idílico sólo en verano- cerca de Heath. Cuidaban de sí mismos y vivían con mucha economía; y no había mayor prueba de su amistad que la armonía que aún existía entre los dos a pesar de sus hábitos domésticos tan diferentes. En opinión de Jack, Stephen no estaba muy lejos de ser un marrano; sobre su mesa se amontonaban papeles, pedazos de pan viejo untados de ajo, navajas de afeitar y ropa interior mugrienta. Y por la apariencia de su peluca canosa que servía ahora de cubretetera al cazo de la leche, estaba claro que había desayunado mermelada.
Jack se quitó la chaqueta, se ató un delantal a la cintura,
cubriéndose los calzones y llevó los platos a la trascocina.
–Mi plato y mi taza pueden usarse otra vez -dijo Stephen desde el otro lado de la puerta- porque los he soplado. Jack, quisiera que dejaras ese cazo de leche. Está muy limpio. ¿Hay algo más limpio y más sano que la leche caliente? ¿Quieres que seque yo?
–¡No, no! – dijo Jack, que había visto cómo lo hacía-. No hay espacio… ya casi he terminado. Ocúpate tú del fuego, ¿quieres?
–Podríamos tocar algo de música -dijo Stephen-. El piano de tu amigo tiene un tono tolerable y he encontrado una flauta travesera. ¿Qué estás haciendo ahora?
–Fregando la cocina. En cinco minutos ya estoy contigo.
–Te pareces a Noé en medio del diluvio. Tu constante atención a la limpieza y tu enorme preocupación por la suciedad -dijo Stephen junto al fuego, moviendo la cabeza de un lado a otro-tienen algo de superstición brahmánica. No están muy lejos de convertirse en algo peligroso, en una psicosis.
–Eso me preocupa. ¿Es acaso contagioso? – dijo, con una
mirada alegre y maliciosa que su amigo no vio. Luego fue hasta la puerta y se detuvo con el delantal bajo el brazo-. Y bien, señor,
¿dónde está su flauta? ¿Qué vamos a tocar?
Se sentó al pequeño piano cuadrado y desplazando sus dedos de un lado a otro cantó:
Esos españoles unos cerdos son,
dueños quisieran ser de Gibraltar y Puerto Mahón.
Y luego continuó:
–Por supuesto que querrían ser sus dueños. De Gibraltar, quiero decir.
Pasó de una melodía a otra con un abstracto rasgueo, mientras Stephen le acompañaba con el suave sonido de la flauta; y finalmente, de ese rasgueo emergió el adagio de la sonata de Hummel.
Stephen, escuchando un pasaje mal ejecutado, se preguntó:
"¿Será su sencillez la que le hace tocar así? Juraría que sabe lo que es la música; le da más valor a la música que a casi todas las demás
cosas. Pero ahí está, tocando esto con la suavidad de la mantequilla, como en broma. ¡Jesús, María y José! Y una inversión será peor… Es peor… una indulgencia sentimental. Se esmera, tiene buena voluntad y aplicación, y a pesar de todo no puede hacer salir de su violín nada original, excepto por equivocación. En el piano es peor, pues las notas son más marcadas. Al oírlo, cualquiera diría que es una mujer la que toca, una mujer de doscientas veinticinco libras. Su rostro, sin embargo, no expresa otro sentimiento que el sufrimiento. Creo que está sufriendo mucho. La forma en que toca se parece mucho a la de Sophia. ¿Se dará cuenta de esto? ¿Será consciente de que la está imitando? No sé; de todos modos, sus estilos son muy parecidos, es decir, su falta de estilo. Tal vez es desconfianza, la sensación de que ellos no pueden pasar de unos límites modestos.
Ellos se parecen mucho. Y puesto que Jack, sabiendo lo que es realmente la música, puede tocar como un simplón, es posible que Sophia, tocando como una mentecata… Tal vez la juzgo mal. Tal vez su caso sea como el del hombre dotado de auténtica vena poética que sólo se manifiesta cuando vuelven a florecer los prados; será
una cuestión de canales bloqueados. ¡Dios mío! Está tremendamente emocionado. ¡Cuánto me gustaría que no llegara a derramar esas lágrimas! Es una gran persona, le quiero mucho; pero es un inglés, ni más ni menos… emocional y lacrimoso".
–¡Jack, Jack! – gritó-. Te has equivocado en la segunda variación.
–¿Qué? ¿Qué? – preguntó nerviosamente-. ¿Por qué me interrumpes, Stephen?
–Escucha. Es así -dijo Stephen, inclinándose hacia él mientras tocaba.
–No, no lo es -dijo Jack-. Yo la había tocado bien.
Comenzó a pasearse por la habitación, llenándola con su enorme figura, que ahora parecía agrandada por la emoción. Miraba a Stephen de un modo extraño, pero después de uno o dos paseos más le sonrió y le dijo:
–¡Vamos! Improvisemos como cuando estábamos cerca de Creta. ¿Con qué melodía empezamos?
–¿Te sabes Día de san Patricio?
–¿Cómo es? (Stephen la tocó.) ¡Ah, esa! Desde luego que la conozco, pero nosotros le llamamos Bacon con verduras.
–Me niego a interpretar Bacon con verduras. Empecemos con El fantasma del calcetero y ya veremos adonde llegamos.
Las notas se entrelazaban; una balada y sus variaciones llevaban a otra. El piano daba la pauta a la flauta y luego a la inversa. A veces ellos también cantaban las canciones que se repetían en el castillo y que habían oído tan a menudo en la mar.
Venid valientes marineros que trabajáis en cubierta con afán escuchad esta historia verdadera que os quiero contar sobre el Litchfield que naufragó
frente la costa berberisca cuando el día comenzó.
–Ya apenas hay luz -dijo Stephen, apartando la flauta de los labios.
–Frente a la costa berberisca cuando el día comenzó -cantó Jack de nuevo y miró por la ventana-. ¡Oh, la luz es mortecina! Sin embargo, la lluvia ha cesado, gracias a Dios. El viento ha rolado al
este… un poco al noreste. Tendremos un paseo seco.
–¿Dónde vamos?
–A la fiesta de Queeney, desde luego. De lady Keith -dijo Jack, y Stephen miró dubitativo su chaqueta-. Tu chaqueta se verá muy bien a la luz de las velas, y mejor aún cuando el botón del medio esté cosido. Quítatela y pásame ese costurero. Lo haré muy rápidamente, mientras te pones una corbata y un par de medias… de seda, claro. Queenie me dio este costurero la primera vez que me hice a la mar.
Pasó el hilo varias veces por la base del botón y luego lo cortó con los dientes cerca de la tela. Entonces continuó:
–Ahora retocaremos tu peluca; un poco de harina y estará a la moda. Ahora te cepillaré la chaqueta… Espléndido. Estás bien arreglado para asistir a una recepción, te doy mi palabra de honor.
–¿Por qué te pones esa horrorosa capa?
–¡Dios mío! – gritó Jack, poniéndole a Stephen la mano en el pecho-. No te lo había dicho. Una de las señoritas Lamb escribió a su familia una carta en la que menciona mi nombre, y fue publicada
en el periódico. Y ese cabrón del gobernador habrá mandado a sus hombres tras de mí. Tengo que taparme la boca y bajarme el sombrero; y tal vez tengamos que alquilar un coche cuando entremos a la ciudad.
–¿Tienes que ir? ¿Merece la pena correr el riesgo de que te lleven al Tribunal Supremo y te metan en prisión por una noche de diversión?
–Sí. Lord Melville estará allí; y tengo que ver a Queenie.
Aunque no la quisiera tanto, iría porque debo tener en cuenta mis intereses navales, y allí estarán el almirante y media docena más de hombres importantes. Vamos, puedo contarte las cosas mientras andamos. La tarta de la fiesta es excelente también.
–He oído el chillido de un pipistrelo. ¡Escucha! ¡No te muevas!
Ahí está otra vez. Es prodigioso encontrarlo ahora que el año está tan avanzado.
–¿Significa eso buena suerte? – preguntó Jack, aguzando el oído para escuchar el sonido-. Un buen presagio, me parece. Pero,
¿podemos continuar ahora? ¿Podemos ganar un poco de velocidad y
avanzar?
Llegaron a la calle Upper Brook, que estaba rebosante. Entre faroles y antorchas había una marea de coches esperando dejar pasajeros en el número tres y otra a contracorriente que intentaba pasar al número ocho, donde la señora Damer recibía a sus amigos.
Una densa multitud se agolpaba en las aceras para ver a los invitados y hacer comentarios sobre sus vestidos, y niños descalzos abrían solícitos las puertas de los coches o se subían de un salto a la parte trasera o pasaban corriendo y gritando entre los caballos por diversión, para huir del horrible tedio, la ansiedad y el desánimo.
Jack quería pasar directamente del coche a la escalinata, pero en la entrada, apiñados como abejas en un panal e impidiendo el paso, había montones de tontos que habían llegado a pie o habían bajado de sus coches en la esquina de la plaza Grosvenor.
Se sentó al borde del asiento, buscando con la mirada un hueco entre ellos. El arresto por no pagar las deudas era muy corriente; él lo sabía muy bien, y tenía varios amigos que habían sido encarcelados y desde la prisión lanzaban lastimeras quejas. No
obstante, nunca lo había experimentado personalmente, y su conocimiento del proceso y de la ley era superficial. Los domingos eran días seguros, no le cabía duda, y quizás también el cumpleaños del Rey. Sabía que los pares no podían ser arrestados y que algunos lugares, como los distritos de Savoy y Whitefriars, eran como santuarios; esperaba que la casa de lord Keith tuviera las mismas cualidades de éstos. Miraba fijamente, con ansiedad, hacia la puerta abierta y las luces del interior.
–Vamos, señor gobernador -dijo el cochero.
–Cuidado con el estribo, Señoría -dijo un chico, sujetando la puerta.
–¡Vamos, mueve el trasero! – gritó el cochero que estaba detrás-. No te quedes plantado como un árbol.
Jack no pudo evitarlo. Bajó y se quedó en la acera junto a Stephen, entre la multitud que apenas se movía, subiéndose la capa para cubrirse más la cara.
–Es el emperador de Marruecos -dijo una prostituta rubia pintarrajeada.
–Es el gigante polaco de Astley.
–Enséñanos la cara, guapo.
–Levanta la cabeza, amigo.
Unos pensaban que era un extranjero, un cerdo francés o un turco; otros que era el poeta Moore o mamá Shipton con disfraz. Se dirigió hacia la entrada iluminada caminando con dificultad, y al sentir una mano posarse en su hombro se volvió con gran ferocidad, algo que agradó a la multitud más que cualquier otra cosa que había visto hasta entonces, a excepción de la caída de la señorita Rankin, que al pisarse las enaguas quedó tumbada en el suelo cuan larga era.
–¡Aubrey! Jack Aubrey! – exclamó Dundas, su viejo compañero de tripulación Heneage Dundas-. Enseguida te reconocí de espaldas; te habría reconocido en cualquier parte. ¿Cómo estás?
Parece que tienes fiebre. Doctor Maturin, ¿cómo está usted? ¿Van a entrar aquí? Yo también. ¡Ja, ja, ja! ¿Cómo te va, Jack?
A Dundas le habían ascendido recientemente a capitán de navío al mando del Franchise, de treinta y seis cañones; se sentía
contento por todo, y con su charla alegre y animada fue llevándoles por la acera y escaleras arriba hasta el vestíbulo.
Era una recepción eminentemente naval, pero lady Keith también solía invitar a políticos y era amiga de muchas personas interesantes. Jack dejó a Stephen conversando con un caballero que había descubierto el boro adamantino, atravesó el enorme comedor y la galería, en la que había menos gente, y llegó hasta una habitación abovedada donde estaba preparado el bufet; había vino de Constanza, pastelillos de carne, tartas, más vino de Constanza.
Allí le encontró lady Keith, quien venía acompañada de un hombre robusto con una chaqueta azul claro de botones plateados.
–Jack, querido, quiero presentarte al señor Canning. El capitán Aubrey, de la Armada.
A Jack le gustó el aspecto de aquel hombre inmediatamente, y mientras cruzaban las primeras fórmulas de cortesía carentes de significado, ese sentimiento se intensificó. Canning era ancho de espaldas, y aunque no era tan alto como Jack, por el modo de erguir la cabeza, adelantando la barbilla, y de inclinar la espalda, parecía
más corpulento y más fuerte. Dejaba al descubierto su propio pelo o, mejor dicho, lo le quedaba de él, pues a pesar de tener sólo treinta y tantos años tenía una brillante calva rodeada de pequeños rizos que le asemejaba a un emperador romano gordo y jovial. Su rostro tenía una expresión benévola y alegre que, sin embargo, dejaba traslucir una enorme fuerza latente, y Jack, mientras le recomendaba con buena voluntad "uno de estos deliciosos pastelitos" y un vaso de vino de Constanza, pensaba que era un tipo duro para enfrentarse con él.
El señor Canning era un comerciante de Bristol. Cuando Jack se enteró de esto se sorprendió mucho, pues nunca había conocido a un comerciante que no estuviera relacionado con sus negocios. Conocía a algunos banqueros y asesores financieros, y le parecían criaturas débiles e insensibles, pertenecientes a un orden inferior; pero era imposible sentirse superior al señor Canning.
–Estoy contentísimo de haber podido conocerle, capitán Aubrey -dijo Canning, y rápidamente se comió dos pastelillos más-
, porque desde hace años oigo hablar de usted con admiración, y
ayer mismo leí algunas cosas sobre usted en el periódico. En 1801 le escribí una carta para expresarle lo que opinaba de su combate contra el Cacafuego y estuve a punto de enviársela; en verdad, se la habría mandado si le hubiera conocido de vista o hubiéramos tenido un amigo común, pero puesto que yo era un perfecto extraño, me parecía un enorme atrevimiento hacerlo. Y, después de todo, ¿qué valor iban a tener mis elogios si eran sólo fruto de la admiración de un ignorante?
Jack le expresó su agradecimiento.
–Muy amable… La tripulación era excelente… El capitán español dispuso a sus hombres de manera desacertada.
–Sin embargo, tal vez no sea tan ignorante -siguió Canning-
. He armado algunos barcos corsarios en la pasada guerra y navegué a bordo de ellos en dos ocasiones, una hasta Goree y otra hasta Bermudas, así que tengo al menos una ligera idea de lo que es la mar. No hay comparación posible, desde luego, pero al menos puedo hacerme una ligera idea de lo que es una batalla.
–¿Ha servido usted en la Marina, señor? – preguntó Jack.
–¿Yo? ¡Oh, no! Soy judío -dijo Canning con una mirada muy alegre.
–¡Oh! – dijo Jack.
Se volvió para sacudirse la nariz. Entonces vio a lord Melville, que le miraba desde el umbral de la puerta, y saludándole con una inclinación de cabeza le dijo:
–Buenas noches.
–En esta guerra he armado siete, y el octavo está en los astilleros. Esto me hace recordar el Bellone, de Burdeos, que capturó dos de mis barcos mercantes cuando estalló la guerra y, además, mi mejor barco corsario, de dieciocho cañones de doce, antes de apresarles a ustedes y al barco de la Compañía de Indias. Tiene excelentes características para la navegación, ¿verdad?
–Prodigiosas, señor, prodigiosas. Navegando de bolina, con poco viento, adelantó al Manche fácilmente, como coser y cantar, y atrapando el viento mediante una estratagema, consiguió una velocidad de seis nudos frente a los cuatro del Manche, a pesar de que es de bolina como este navega mejor. Además, está muy bien
gobernado; su capitán era un oficial del Rey.
–Sí. Dumanoir. Dumanoir de Plessy. Tengo los planos -dijo Canning, inclinándose hacia el bufet con desbordante vitalidad y entusiasmo-, y voy a construir mi octavo barco exactamente igual.
–¿Ah, sí? ¡Vaya! – dijo Jack. Los barcos corsarios del tamaño de fragatas eran corrientes en Francia, pero desconocidos de este lado del Canal.
–Pero tendrá carronadas de veinticuatro libras en vez de los cañones largos y, además, cañones cortos de dieciocho libras. ¿Cree usted que podrá soportar ese peso?
–Tendría que ver los planos -dijo Jack, serio y pensativo-.
Creo que podrá soportar ese peso y aún más, pero tendría que ver los planos.
–Eso es sólo un detalle -dijo Canning, agitando la mano-. Lo realmente esencial es quién estará al mando. Todo dependerá del capitán, por supuesto; y sobre este punto apreciaría enormemente sus indicaciones y consejos. Daría mucho por conseguir los servicios de un capitán audaz, con empuje, que sea también un experto
marino. Un barco corsario no es un navío del Rey, lo reconozco, pero trato de gobernar los míos de una forma que no desagradaría a ningún oficial del Rey, con disciplina severa, orden y limpieza, pero sin novatadas ni listas negras y usando muy poco el látigo. Usted no confía demasiado en el látigo, señor, según tengo entendido.
–No -dijo Jack-. Creo que no cumple el objetivo deseado con los hombres aguerridos.
–Hombres aguerridos; exactamente. Esa es otra cosa que puedo ofrecer: hombres aguerridos, excelentes marineros. La mayoría son tripulantes de barcos contrabandistas, procedentes del oeste del país, nacidos en el mar y capaces de cualquier cosa. Hay más voluntarios de los que puedo admitir, así que puedo escoger. Y
los que escoja seguirán al hombre adecuado a cualquier parte, soportando una razonable disciplina y comportándose como corderos. Un buen corsario no es un sinvergüenza si lo dirige un buen capitán. ¿Tengo razón en esto, señor?
–Opino que sí, señor -dijo Jack despacio.
–Y para conseguir al capitán adecuado ofrezco una paga de
capitán de navío, la asignación para un navío de setenta y cuatro cañones y, además, garantizo mil libras al año de botín. Ninguno de mis capitanes ha conseguido menos, y este nuevo barco, sin duda, obtendrá resultados mucho mejores, pues tendrá más del doble del arqueo de los otros y doscientos o trescientos hombres a bordo. Y
cuando uno piensa, señor, que un barco de guerra privado no pierde tiempo en participar en bloqueos, llevar mensajes o transportar tropas sino que sólo se ocupa de destruir el comercio del enemigo…
cuando uno piensa que esta fragata podrá navegar durante seis meses sin repostar, bueno, comprende que sus posibilidades son enormes… enormes -dijo Canning, y Jack asintió con la cabeza pensando que, en efecto, lo eran-. Pero, ¿dónde puedo encontrar a ese capitán?
–¿Dónde encontró usted a los otros?
–Son hombres de la región. Excelentes a su manera, pero sólo tienen a su cargo tripulaciones bastante pequeñas, parientes, conocidos y hombres que han navegado con ellos. Éste es un asunto completamente diferente y requiere un hombre de más capacidad de
mando, de otra categoría. ¿Podría usted ayudarme, capitán Aubrey?
¿Podría sugerirme a alguien, tal vez a algún ex compañero de tripulación, o…? Esa persona tendrá carta blanca y mi total apoyo.
–Tengo que pensarlo -dijo Jack.
–Sí, por favor, piénselo -dijo Canning.
Una docena de personas llegaron al bufet en ese momento, poniendo fin a la conversación privada. Canning escribió una dirección en su tarjeta y se la dio a Jack, diciéndole en voz baja:
–Estaré aquí toda la semana. No tiene más que avisarme y estaré encantado de encontrarme con usted cuando quiera.
Se separaron -en realidad, les separaron- y Jack fue retrocediendo hasta que tropezó con la ventana. La oferta se le había hecho de la forma más directa en que era posible hacérsela a un oficial de la Armada, dentro de los límites de la decencia. Canning le caía bien; rara vez había conocido a un hombre que le hubiera sido tan simpático desde el primer momento. Tenía que ser extraordinariamente rico para armar un barco corsario de seiscientas o setecientas toneladas, era una enorme inversión para un
particular. En las reflexiones de Jack había asombro, no duda, pues él no desconfiaba en lo más mínimo de la sinceridad de Canning.
–Vamos, Jack, ven conmigo -dijo lady Keith, tirándole del brazo-. ¿Dónde están tus modales? Te estás comportando como un oso.
–Querida Queenie -dijo él y esbozó despacio una abierta sonrisa-. Perdóname. Estaba abstraído. Tu amigo Canning quiere hacerme rico. ¿Es amigo tuyo?
–Sí. Su padre me enseñó hebreo… Buenas noches señorita Sibyl… Es un hombre muy rico y emprendedor. Siente una gran admiración por ti.
–Eso demuestra una gran bondad. ¿Habla hebreo?
–¡Oh! Sólo lo suficiente para la bar mitzvah, ¿sabes? Es casi tan buen estudiante como tú, Jack. Frecuenta el círculo de amigos del príncipe de Gales, pero no dejes que eso te impresione; no es un tipo ostentoso. Vamos a la galería.
–Para la bar mitzvah -dijo Jack en tono solemne, siguiéndola a la abarrotada galería.
Allí, enmarcada momentáneamente por cuatro hombres con abrigos negros, estaba una cara que le era familiar, la roja cara de la señora Williams. Ella estaba sentada junto a la chimenea y parecía demasiado abrigada y acalorada; a su lado estaba sentada Cecilia.
Por un momento, a él le fue difícil ubicarlas en este contexto, pues pertenecían a otro mundo y a otro tiempo, a otra realidad. No había ningún lugar desocupado junto a ellas, ninguna silla vacía. Cuando lady Keith le llevaba hacia ellas, le había murmurado algo sobre Sophia, pero tan discretamente que no lo había entendido.
–¡Vaya! Así que ha regresado usted a Inglaterra, capitán Aubrey -dijo la señora Williams cuando él le hacía una reverencia-.
¡Vaya, vaya!
–¿Dónde están sus otras hijas? – preguntó lady Keith, mirando a su alrededor.
–Me vi obligada a dejarlas en casa, Su Señoría. Frankie está resfriada y tiene fiebre, y Sophie se quedó para cuidar de ella.
–Ella no sabía que usted estaría aquí -le susurró Cecilia.
–Jack -dijo lady Keith-, creo que lord Melville te está
haciendo señas. Quiere hablar contigo.
–¿El First Lord? – dijo la señora Williams, estirando la cabeza y casi levantándose del asiento-. ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde está?
–Es aquel caballero con la estrella -dijo lady Keith.
–Sólo dos palabras, Aubrey -dijo lord Melville-. Tengo que irme enseguida. ¿Puede venir a verme mañana en vez de la semana próxima? ¿No tiene inconveniente en venir? Entonces, buenas noches -dijo. Y luego, volviéndose hacia lady Keith, le mandó un beso con la mano-. Gracias, lady Keith. Soy su más humilde y ferviente…
En el rostro y los ojos de Jack, cuando volvía a reunirse con las señoras, había un brillo intenso como el de los primeros rayos de sol. Por algún proceso social de origen metafísico, se sentía como si hubieran pasado a él la estrella de aquel gran hombre y una pequeña parte de la fabulosa riqueza del joven Canning. Sentía que dominaba la situación, que dominaría cualquier situación, a pesar de la presencia de los lobos fuera; su tranquilidad le sorprendía.
¿Cuáles eran sus sentimientos bajo esa desbordante alegría? No
podía distinguirlos. Le habían ocurrido tantas cosas en los últimos días -su vieja capa aún olía a pólvora- y le ocurrían tantas todavía que no podía distinguirlos. A veces uno recibía una herida en la batalla y podía tratarse de una herida mortal o, simplemente, un arañazo o una rozadura, pero era imposible decir inmediatamente lo que era. Cesó en su intento y concentró toda su atención en la señora Williams, pensando que la señora Williams de Sussex, e incluso la de Bath, eran seres diferentes de la señora Williams en aquel gran salón de Londres. Ella tenía un aire provinciano y poco elegante; y había que admitir que lo mismo le ocurría a Cecilia, con sus adornos recargados y su pelo rizado, aunque ésta era, sin duda, una joven amable. La señora Williams era vagamente consciente de ello; parecía atontada, insegura y casi respetuosa, aunque a él le parecía que el resentimiento no podría estar muy lejos. Como había observado que lord Melville se había mostrado muy amable, muy caballeroso, le dijo a Jack que habían leído en el periódico cómo había escapado y que ella esperaba que su retorno fuera un signo de que todo le iba bien. Pero se preguntaba por qué se había ido a
India. Ella había entendido que él se iba a la Europa continental a consecuencia de algunas… a la Europa continental.
–Allí fui, señora. Maturin y yo nos fuimos a Francia, y ese sinvergüenza de Bonaparte casi nos mete en la cárcel.
–Pero usted regresaba a casa en un barco que realiza el comercio con las Indias. Lo leí en el periódico, en The Times.
–Sí. El barco hizo escala en Gibraltar.
–¡Ah, ya comprendo! Ahora el misterio está aclarado; sabía que terminaría por descubrirlo todo.
–¿Cómo está el estimado doctor Maturin? – preguntó Cecilia-.
Me gustaría verle.
–Sí, dígame, ¿cómo está el apreciado doctor Maturin? – dijo la madre.
–Está muy bien, gracias. Estaba en otra habitación hace un momento, hablando con el médico jefe de la flota. Es un amigo estupendo; me cuidó cuando tuve una horrible fiebre por algo que se me contagió en las montañas, y estuvo medicándome dos veces al día hasta que llegamos a Gibraltar. Si no fuera por eso, no habría
vuelto a casa.
–Montañas… España -dijo la señora Williams con un fuerte tono desaprobatorio-. A mí nunca me llevarán allí, se lo aseguro.
–Así que atravesó usted España -dijo Cecilia-. Seguramente fue muy romántico, entre ruinas y monjes.
–Había algunas ruinas y monjes, en efecto -dijo Jack sonriéndole-. Y también ermitas. Pero lo más romántico que vi fue el Peñón, allí al final de nuestro camino, erguido y amenazante como un león. Eso y el naranjo que hay en el castillo de Stephen.
–¡Un castillo en España! – exclamó Cecilia juntando las manos.
–¡Un castillo! – dijo la señora Williams-. Tonterías. El capitán Aubrey habrá querido decir una casa de campo con un nombre extraño, querida.
–No, señora. Un castillo con torres, almenas y todo lo que debe tener. Y además, con el tejado de mármol. Lo único extraño allí era la bañera, justo al final de una escalera de caracol, completamente aislada. También era de mármol; estaba tallada en un solo bloque… asombroso. El naranjo se encontraba en un patio
rodeado de arcos, una especie de claustro. ¡Daba naranjas, limones y mandarinas al mismo tiempo! Tenía a la vez frutos verdes, maduros y flores, y un fuerte aroma. ¡Eso sí que es romántico! No daba muchas naranjas cuando yo estaba allí, pero daba limones todos los días. Debo de haber comido…
–¿Quiere usted decir que el doctor Maturin es un hombre rico?
–dijo la señora Williams.
–Sí señora. Tiene una enorme propiedad cerca del lugar por donde cruzamos las montañas, y ovejas merinas.
–Ovejas merinas -dijo la señora Williams, asintiendo con la cabeza, pues sabía que existían esos animales… ¿Qué otra cosa podría producir la lana merina?
–… pero su mejor propiedad está más abajo, cerca de Lérida.
A propósito, no he preguntado por la señora Villiers, he sido muy descortés. Espero que se encuentre bien.
–Sí, sí. Está aquí. Pero -dejó de lado a Diana- creía que no era más que un cirujano naval.
–¿De veras, señora? Sin embargo, es un hombre de
considerable fortuna. Además, es médico, y hablan muy bien de él en…
–Entonces, ¿cómo se convirtió en su cirujano? – preguntó, desconfiada, interrumpiéndolo bruscamente por última vez.
–¿Acaso hay una forma mejor de conocer el mundo que viajando cómodamente, pagado por el Rey?
Esto fue definitivo. La señora Williams se quedó en silencio durante algunos momentos. Había oído hablar de los castillos de España, pero no podía recordar si eran algo bueno o no; sin duda, sería lo uno o lo otro. Probablemente bueno, dada la actitud tan amable de lord Melville. ¡Oh, sí, muy bueno! Indudablemente, muy bueno.
–Espero que él nos visite… espero que los dos nos visiten –
dijo por fin-. Nos alojamos en casa de mi hermana Pratt en la calle George, número once.
Jack le expresó su agradecimiento y le dijo que, desgraciadamente, no disponía de tiempo, pues debía ocuparse de asuntos oficiales, pero que estaba seguro de que el doctor Maturin
estaría encantado de ir. También le pidió que saludara de su parte a la señorita Williams y a la señorita Frances.
–Probablemente, habrá usted oído que mi Sophie está… –
comenzó la señora Williams, tratando de decir una mentira como precaución. Pero enseguida se arrepintió y no sabía cómo salir bien de aquello-… que Sophie está… no sé cómo decirlo, aunque no es oficial.
–Allí está Diana -murmuró Cecilia, dándole un codazo a Jack.
Diana estaba entrando a la galería, caminando lentamente entre dos hombres altos. Llevaba un vestido azul oscuro con una hermosísima pechera blanca y una cinta de terciopelo negro alrededor del cuello. Él había olvidado que su pelo era negro, negro, que su cuello parecía una columna y que sus ojos eran como oscuras manchas en la distancia. No necesitaba analizar sus sentimientos; su corazón, que se había detenido cuando él buscaba con los ojos un puesto vacío junto a la señora Williams, ahora latía aceleradamente.
Una constelación, una galaxia de pensamientos eróticos cruzaban por su mente, y sentía extremo placer al mirarla. ¡Qué buen aspecto
tenía! Sin embargo, no parecía contenta. Le volvió la cara al hombre que tenía a su derecha y elevó la barbilla, un gesto suyo que él conocía muy bien.
–El caballero que va junto a ella es el coronel Colpoys, el cuñado del almirante Haddock, de la India. Diana se aloja en casa de la señora Colpoys, en la calle Bruton. Es una casa diminuta e incómoda.
–¡Qué guapo es!
–¿El coronel Colpoys? – dijo la señora Williams.
–No, mamá. El hombre de la chaqueta azul.
–¡Oh, no, cariño mío! Ese caballero -dijo bajando la voz y poniéndose la mano delante de la boca- es un "jota, u, de, i, o".
–¿Entonces no es guapo, mamá?
–Por supuesto que no, querida -dijo como si se dirigiera a una idiota-. Te acabo de decir que es un -bajó de nuevo la voz-
"jota, u, de, i, o".
Al terminar, frunció los labios y asintió con la cabeza.
–¡Oh! – dijo Cecilia decepcionada.
Luego murmuró para sí: "Bueno, todo lo que puedo decir es que me gustaría tener hombres apuestos como ése a mi alrededor.
Ha estado a su lado toda la noche, o casi. Siempre hay hombres siguiendo a Diana. Ahí aparece otro".
El otro era un oficial del ejército y se abría paso apresuradamente entre la multitud, sosteniendo una copa de champán con las dos manos, como si fuera un objeto sagrado. Pero antes de que pudiera hacer que una señora gorda, con ojos asombrados, se quitara de su camino, apareció Stephen Maturin. El rostro de Diana cambió inmediatamente -reflejaba una alegría sincera, casi infantil- y cuando éste llegó a su lado ella le tendió ambas manos diciendo:
–¡Oh, Maturin! ¡Cuánto me alegra verle! ¡Bienvenido a casa!
El soldado, Canning y Jack les miraban atentamente, pero no vieron nada que les inquietara. El ligero rubor del rostro de Diana, que se extendió hasta sus orejas, se debía a la manifestación abierta y espontánea de su alegría; la invariable palidez de Maturin y su expresión algo ausente estaban a tono con la franqueza de ella.
Además, él actuaba con extrema naturalidad, aunque con cierta torpeza, descuido y desinterés.
Jack se relajó en la silla, pensando que se había equivocado, y sintió gran satisfacción al comprobar su error; a menudo veía las cosas de un modo equivocado. El había presumido de su capacidad de penetración y, sin embargo, se había equivocado.
–No me está escuchando -dijo Cecilia-. Está tan ocupado observando al caballero de la chaqueta azul que no me está escuchando. Mamá dice que ellos van a ver la Magdalena. El doctor Maturin señala hacia donde ésta se encuentra.
–¿Ah, sí? ¡Oh, sí! Es un guido, según creo.
–No, señor -dijo la señora Williams, que entendía de esas cosas mejor que otras personas-. Es un óleo, un óleo muy valioso, aunque su estilo no es moderno.
–Mamá, ¿puedo correr para alcanzar al doctor Maturin e ir con ellos? – preguntó Cecilia.
–Sí, cariño, y dile al doctor Maturin que venga a verme. No, capitán Aubrey, no se levante; tiene que contarme cosas de su viaje
a España. Nada me interesa más que viajar, se lo aseguro, y si hubiera tenido salud habría sido una gran viajera, una segunda… una segunda… lady Mary Wortley Montagu. Y ahora, cuénteme cosas sobre la propiedad del doctor Maturin.
Jack no tenía mucho que contarle. Le dijo que había estado enfermo, delirante a veces, y que, por otra parte, no sabía nada de los contratos de arrendamiento en aquellas tierras ni del rendimiento del capital -la señora Williams suspiraba-, ni había visto el registro de propiedades en alquiler, aunque suponía que la propiedad era bastante grande, pues se extendía ampliamente por Aragón y Cataluña. Sin embargo, la propiedad tenía sus desventajas, pues estaba infestada de puercospines; éstos eran cazados con jaurías de perros de raza adiestrados, por lo general a medianoche, y los cazadores llevaban paraguas de cordobán para protegerse contra los pinchazos de las púas.
–Ustedes los caballeros siempre dedican mucha atención a los deportes y poca a las rentas anuales, el pago por renovación de arrendamiento y las marcas de los límites. Yo, por ejemplo, estoy
marcando los límites de mi terreno en Mapes. ¡Ah, aquí viene mi querido doctor Maturin!
El rostro de Stephen rara vez revelaba sus emociones, pero aquel efusivo recibimiento le hizo abrir los ojos como platos. No obstante, la primera pregunta de la señora Williams lo explicaba todo.
–Así que tiene usted una bañera de mármol, doctor Maturin.
Debe de proporcionarle una gran satisfacción, con ese tipo de clima.
–En efecto, señora. Creo que es visigótica.
–¿No es de mármol?
–Visigótica y de mármol, mi estimada señora. Procede de un baptisterio destruido por los moros.
–¿Y tiene usted un castillo?
–¡Oh, sólo es una vivienda pequeña! Mantengo un ala arreglada y voy allí de vez en cuando.
–Para ir a la caza del puercoespín, seguramente.
Stephen asintió con la cabeza.
–Y para cobrar mis rentas, señora. En algunas cosas, en
España son más directos que en Inglaterra. Allí cuando hablamos de renta anual queremos decir renta anual, les hacemos pagar de una sola vez.
Jack encontró a Diana junto al bufet, donde Canning y él habían estado conversando; Canning ya no la acompañaba, pero había sido reemplazado por dos soldados. Ella no le tendió ambas manos, porque en una tenía un vaso y en la otra un trozo de tarta, pero le saludó con tanta espontaneidad y alegría como a Stephen e incluso más calurosamente, porque se separó del grupo para hablar con él, para hacerle cientos de concretas y rápidas preguntas.
–¡Cómo le hemos echado de menos en Mapes, Aubrey! ¡Cómo le he echado de menos! He estado encerrada allí con un montón de mujeres, envasando grosellas espinosas. ¡Que Dios me ayude! ¡Oh!
Ahí viene el odioso señor Dawkins. Vamos a ver el nuevo cuadro de lady Keith. Aquí está. ¿Qué le parece?
Era evidente que Magdalena todavía no se había arrepentido.
Estaba de pie en un muelle y tenía una expresión satisfecha; al fondo se veían unas ruinas de color azul -un azul que variaba de
tonalidad en su vestido y en el mar- y bandejas doradas, jarras y cuencos amontonados sobre un mantel escarlata. Su vestido azul era agitado por el viento -una suave brisa de gavias con dos rizos-, lo mismo que su chal blanco y transparente. Éste dejaba al descubierto sus hermosos brazos y su pecho opulento pero firme. Jack había pasado mucho tiempo en la mar y esto le llamaba la atención; no obstante, después de un momento paseó la vista por el resto del cuadro y luego trató de encontrar algo apropiado, incluso ingenioso, que decir. Esperaba con ansia que se le ocurriera un comentario sutil y agudo, pero la espera fue en vano -tal vez el día había sido demasiado agitado- y al final se vio obligado a recurrir a las frases