Capitán de navío

Patrick O'Brian · Capítulo 2 de 16

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Capitán de navío

Capítulo 2

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La relación no tardó en comenzar. Con prontitud naval, el almirante Haddock invitó a las damas de Mapes a cenar con los recién llegados, y poco después el capitán Aubrey y el doctor Maturin fueron invitados a cenar en Mapes; eran unos jóvenes realmente excelentes, muy bien educados, una compañía agradable en extremo, y su presencia beneficiaba al vecindario. Para Sophia estaba claro, sin embargo, que el pobre doctor Maturin necesitaba alimentarse adecuadamente (había comentado "¡Estaba tan pálido y silencioso!"). Pero ni siquiera la persona de más tierno corazón, la más compasiva, podría haber dicho lo mismo de Jack, que había derrochado vitalidad desde antes del comienzo de la cena, cuando su risa se oía en el camino de entrada, hasta que cesaron los repetidos adioses en el helado pórtico. Desde el principio hasta el final, su rostro marcado por cicatrices de guerra había tenido una expresión franca, dibujándose en él ora una luminosa sonrisa, ora una mirada de satisfacción, y aunque sus ojos azules habían observado con cierta melancolía que la licorera permanecía estacionaria y los restos de pudding desaparecían, su conversación, simple pero muy alegre y

agradable, no perdió su fluidez en ningún momento. Con expresión agradecida, y una gran voracidad se había comido todo lo que le habían puesto delante, e incluso la señora Williams sintió cierta inclinación por él.

–Bueno -dijo ella, mientras el ruido de los cascos se alejaba en la noche-, creo que ésta es la cena que más éxito ha tenido de todas las que he dado. El capitán Aubrey se comió dos perdices; la verdad es que estaban muy tiernas. Y la isla flotante quedaba estupendamente bien en el bol de plata; habrá bastante para mañana. Y los restos del cerdo estarán deliciosos en picadillo. Ellos cenaron muy bien, no cabe duda; no creo que tengan a menudo una cena como ésta. Me asombra que el almirante haya dicho que el capitán Aubrey no era un hombre como es debido. Creo que es sobradamente un hombre como es debido. Sophie, cariño, dile a John, por favor, que eche en una botella pequeña el oporto que los caballeros dejaron, antes de ponerlo bajo llave; no es bueno dejar la licorera con el oporto.

–Sí, mamá.

–Bien, queridas -susurró la señora Williams tras una prudente pausa, después de cerrarse la puerta-, creo que todas habréis notado el gran interés del capitán Aubrey por Sophia; él fue muy elocuente. No dudo que… Creo que sería bueno que cuando estén juntos todas les dejáramos solos el mayor tiempo posible. ¿Me estás prestando atención, Diana?

–¡Oh, sí, señora! La entiendo perfectamente bien -dijo Diana volviéndose hacia ella desde la ventana. A lo lejos, en la noche de luna, el pálido camino serpenteaba entre Polcary y Beacon Down, y los jinetes subían ágilmente por él.

–Me pregunto… me pregunto -dijo Jack-, si quedará algún ganso en casa o si esos salvajes se los habrán comido todos. En cualquier caso, podemos comer una tortilla y una botella de clarete.

Clarete. ¿Has conocido a alguna mujer que sepa de vinos?

–No.

–Y además, son condenadamente tacañas con el pudding.

Pero, ¡son unas jóvenes tan encantadoras! ¿Viste cómo la mayor, la señorita Williams, sostenía el vaso de vino y a través de él miraba la

luz de la vela? Con una gracia… La finura de su muñeca y su mano, sus dedos tan largos…

Stephen Maturin se estaba rascando con la perseverancia de un perro; no le estaba atendiendo. Sin embargo, Jack continuó:

–Y la señorita Villiers, con su forma tan graciosa de erguir la cabeza y su color tan bello. Tal vez su piel no sea tan perfecta como la de su prima… Ha estado en India, me parece… ¡Qué ojos más azules! ¿Qué edad tendrá, Stephen?

–No llegará a los treinta.

–Recuerdo lo bien que montaba… ¡Dios mío! Si yo tuviera uno o dos años menos… ¡Cómo cambia un hombre! Pero a pesar de todo, me encanta estar rodeado de mujeres, ¡son tan distintas de los hombres! Dijo cosas amables sobre la Armada. Hablaba con mucha sensatez; comprendió perfectamente la importancia de la posición a barlovento. Debe de estar relacionada con marinos. Espero que la veamos de nuevo. Espero que las veamos a todas de nuevo.

Las vieron de nuevo, y antes de lo que esperaban. La señora Williams casualmente pasaba por Melbury y le ordenó a Thomas que

tomara el camino de entrada tan bien conocido. Una voz grave y potente cantaba del otro lado de la puerta: Vosotras, lúbricas mujeres

que moráis en el burdel

¡Ja, ja, ja, ja! Je, je, je, je!

aquí tenéis a vuestro hombre.

Pero las damas entraron en el vestíbulo sin inmutarse, ya que ninguna, excepto Diana, entendía aquellas palabras, y ésta, de todos modos, no se enfadaba con facilidad. Con gran satisfacción observaron que el criado que les abrió la puerta estaba bien peinado, con una coleta que le llegaba a la mitad de la espalda, pero la sala donde fueron conducidas estaba muy desordenada.

Probablemente habían hecho limpieza general aquella mañana, pensaba la señora Williams pasando el dedo por la parte superior del friso de madera. Lo único que la distinguía de otra sala cristiana normal y corriente era la alineación de las sillas, colocadas unas junto a otras completamente paralelas, como las vergas de un

barco, y el cordón de la campanilla, formado por un cabo de tres brazas, reforzado y forrado, que tenía en la punta una polea con una pieza de bronce.

La potente voz dejó de cantar y Diana pensó que a alguien se le habría puesto la cara colorada. La del capitán Aubrey estaba, en efecto, muy colorada cuando entró apresuradamente, pero él no titubeó al decir:

–¡Vaya, qué agradable recibir esta visita amistosa! Muy buenas tardes, señora. Señora Villiers, señorita Williams, servidor de ustedes… Señorita Cecilia, señorita Frances, me alegro mucho de verlas. Por favor, pasen a…

–Casualmente pasábamos por aquí -dijo la señora Williams-, y pensé que podíamos detenernos un momento para preguntar si va creciendo el jazmín.

–¿El jazmín? – preguntó Jack.

–Sí -dijo la señora Williams esquivando la mirada de sus hijas.

–¡Ah, el jazmín! Por favor, pasen al salón. El doctor Maturin y

yo tenemos allí un buen fuego y él es la persona adecuada para hablarle del jazmín.

El salón de invierno de Melbury Lodge era una agradable estancia de cinco lados con dos puertas de cristal que daban al jardín. Al final había un piano de color claro con numerosas partituras alrededor de él y muchas más encima. Stephen Maturin se levantó de la banqueta del piano, saludó con la cabeza y se quedó silencioso mirando a las visitantes. Vestía una chaqueta negra, tan vieja que por algunas partes estaba verdosa, y hacía tres días que no se afeitaba; de vez en cuando se pasaba la mano por la mandíbula rasposa.

–¡Vaya, si son ustedes músicos! – exclamó la señora Williams-. Violines… un violonchelo. ¡Me encanta la música, las sinfonías, las cantatas! ¿Toca usted este instrumento señor? – le preguntó a Stephen.

Por lo general, ella no le prestaba atención a éste, pues el doctor Vining le había dicho que los cirujanos navales solían ser poco instruidos y que estaban mal pagados; sin embargo, hoy se sentía

en buena disposición.

–He estado tocando esta pieza, señora -dijo Stephen-, pero el piano está muy desafinado.

–No lo creo, señor -dijo la señora Williams-. Es el instrumento más caro que se pueda tener: un Clementi. Recuerdo como si fuera ayer cuando lo trajeron en un coche.

–Los pianos se desafinan, mamá -murmuró Sophia.

–Los pianos Clementi no, querida -dijo la señora Williams con una sonrisa-. Son los más caros de Londres. Clementi es proveedor de la corte. (Les miró con reproche, como si ellos no fueran súbditos leales.) Además, señor-se volvió hacia Jack-, fue mi hija mayor quien decoró la tapa. Los dibujos son de inspiración chinesca.

–¡No se hable más, señora! – exclamó Jack-. Sería un instrumento muy desagradecido si se estropeara, habiendo sido pintado por la señorita Williams. Esta mañana estábamos admirando el paisaje y la pagoda, ¿verdad, Stephen?

–Sí -dijo Stephen, cogiendo de encima de la tapa el adagio de la sonata en re mayor de Hummel-. Estos son el puente, el árbol y

la pagoda que nos han gustado tanto.

Era un dibujo encantador del tamaño de una bandeja de té, de líneas finas y puras y colores suaves que parecían iluminados por la luz de la luna.

Turbada, como casi siempre, por la estridente voz de su madre, y perpleja ante tanta atención, Sophia bajó la cabeza. Luego, con una serenidad que no sentía en realidad, dijo:

–¿Era ésta la pieza que estaba tocando, señor? El señor Tindall me ha hecho tocarla una y otra vez como práctica.

Se apartó del piano con las partituras en las manos, y en ese momento comenzó una gran actividad en el salón. La señora Williams protestaba diciendo que no se sentaría ni tomaría ningún refresco; Preserved Killick y John Witsoever, marineros de primera, traían mesas, bandejas, teteras y más carbón. Frances hizo reír a Cecilia al susurrar:

–¡Eh! ¡Galletas de mar y un trago de ron!

Jack, seguido por la señora Williams y Stephen, salió del salón por una de las puertas de cristal, dirigiéndose hacia lo que él creía

que era el jazmín.

El verdadero jazmín, sin embargo, estaba en la pared de la biblioteca; y fue a través de las ventanas de ésta que Jack y Stephen oyeron las conocidas notas del adagio, tan remotas y cristalinas como si salieran de una caja de música. Era absurdo cómo se parecía la interpretación a la pintura; ambas eran suaves, etéreas, delicadas. Stephen Maturin hizo una mueca al oír el desafinado la y el estridente do y, al principio de la primera variación, miró desasosegado a Jack para ver si a él también le había lastimado los oídos el fraseo equivocado. Pero Jack parecía estar absorbido por la explicación de la señora Williams sobre cómo plantar el arbusto, un relato minucioso, preciso.

Ahora había otra mano en el teclado. Las notas del adagio se dispersaron sobre la fría y escasa hierba en un tono elevado, inexactas, pero fuertes y libres; la primera variación, un fragmento trágico, sonó con aspereza, reflejando una auténtica comprensión de su significado.

–¡Qué bien toca Sophia! – dijo la señora Williams ladeando la

cabeza-. Además, la melodía es muy dulce.

–Sin duda, esa no es la señorita Williams, señora -dijo Stephen.

–Claro que sí, señor -dijo la señora Williams-. Sus hermanas tan sólo saben tocar una escala, y sé muy bien que la señora Villiers no puede leer ni una nota. Ella no se dedicaría a hacer un trabajo duro.

Cuando regresaban a la casa a través del barro, la señora Williams les dijo lo que ellos debían saber sobre el trabajo duro, el gusto y la aplicación.

La señora Villiers se levantó de golpe y se separó del piano, pero no lo bastante rápido para evitar que la señora Williams la mirara indignada, tan indignada que su expresión no cambió durante el resto de la visita. Y tampoco cambió cuando Jack le comunicó que daría un baile en conmemoración de la batalla de San Vicente, a pesar de su satisfacción por ser ellas las primeras invitadas.

–Indudablemente, usted recordará, señora, la acción llevada a cabo por sir John Jervis frente al cabo San Vicente. Fue el 14 de

febrero de 1797, el día de San Valentín.

–Desde luego que sí, señor. Pero -dijo con afectada sonrisa-, naturalmente, mis hijas son demasiado jóvenes para acordarse de ella. Y dígame, ¿ganamos?

–Por supuesto que ganamos, mamá -susurraron las hijas.

–Claro, por supuesto que ganamos -dijo la señora Williams-.

¿Estaba usted allí, estaba presente?

–Sí, señora -dijo Jack-. Era el tercero de a bordo del Orion.

Por eso me gusta celebrar el aniversario de la batalla con todos los amigos y compañeros de tripulación que pueda reunir. Y puesto que aquí hay una sala de baile…

–Podéis estar seguras, queridas -dijo la señora Williams cuando volvían a casa-, ese baile se celebra en honor a nosotras, a mí y a mis hijas, y no me cabe duda de que Sophie lo abrirá con el capitán Aubrey. ¡Ah, el día de San Valentín! Frankie, te has manchado toda la pechera de chocolate; si sigues comiendo tantos pasteles abundantes en grasa, te saldrán granos, y entonces, ¿qué

será de ti? Ningún hombre te mirará. Debía de haber una docena de huevos y media libra de mantequilla en ese bizcocho tan pequeño; nunca en mi vida había visto una cosa así. Diana Villiers había sido aceptada, después de algunos momentos de vacilación, en parte porque habría sido indigno dejarla abandonada y en parte porque la señora Williams pensaba que no había comparación posible entre una mujer con diez mil libras y otra sin diez mil libras. Pero pensando las cosas detenidamente, por algunas miradas que había interceptado, la señora Williams tenía la impresión de que no podía fiarse tanto de los caballeros de la Armada como de los terratenientes locales y sus malencarados hijos.

Diana sabía cuáles eran la mayoría de los pensamientos que cruzaban por la mente de su tía, y al día siguiente, después del desayuno, estaba preparada para seguirla a su habitación y "tener una pequeña charla". Sin embargo, no estaba preparada para la luminosa sonrisa y la repetida mención de la palabra "caballo".

Hasta ahora, esta palabra se había referido a la yegua alazana de Sophia. – "¡Qué amable ha sido Sophia al prestarte su caballo de

nuevo! Espero que esta vez no esté demasiado cansado, pobrecito"-. Pero ahora la sugerencia, la clara oferta, envuelta en muchas palabras, era un caballo para ella. Evidentemente era un soborno para que dejara el campo libre, pero también serviría para que Sophia, que gustosamente le dejaba la yegua a su prima, ya no tuviera que prestársela y pudiera cabalgar en ella con el capitán Aubrey o el doctor Maturin. Diana picó en el anzuelo, escupiéndolo con desprecio después de comerse el cebo, y corrió a las caballerizas para hablar con Thomas, pues la gran feria de caballos de Marston estaba muy próxima.

Por el camino vio a Sophia acercándose por el sendero que cruzaba el parque hasta Grope, la residencia del almirante Haddock.

Sophia caminaba con rapidez, agitando los brazos y murmurando:

–Babor, estribor.

–¡Eh, compañera de tripulación! – gritó Diana por encima del seto, y se sorprendió al ver que su prima se ponía roja como una cereza.

El tiro había dado en el blanco, pues Sophia había estado

hojeando algunos libros en la biblioteca del almirante: Boletines de la Armada, memorias de marinos, el Diccionario de la Marina de Falconer y la Crónica naval. El almirante, con sus zapatillas de rayas, se le había acercado por la espalda y le había dicho:

–¡Ah, está leyendo la Crónica naval ¡Ja, ja! Éste -sacó el volumen de 1801- es el que necesita. La señorita Di estuvo aquí mucho antes que usted, se le ha anticipado, y me hizo explicarle cuál era la posición a barlovento y la diferencia entre un jabeque y un bergantín. Hay un breve relato de la batalla, pero quien la escribió no sabía lo que hacía, así que echó mucho humo para ocultar la jarcia, que es muy peculiar en un jabeque. A ver, se lo buscaré.

–¡Oh, no, no, no! – dijo Sophia muy turbada-. Sólo quería saber algo sobre… -su voz se apagó.

La relación maduró; pero el proceso de maduración no fue tan rápido como hubiera deseado la señora Williams. El capitán Aubrey no podía ser más amistoso; tal vez demasiado amistoso. Parecía sentirse tan bien con Frances como con Sophia, y a veces la señora

Williams se preguntaba si él era realmente un hombre como era debido, si esas extrañas cosas que contaban sobre los oficiales de marina podrían ser verdad en su caso. ¿No era muy raro que viviera con el doctor Maturin? Otra cosa que a ella le preocupaba era el caballo de Diana, pues por lo que había oído y por lo poco que podía entender, parecía que Diana montaba mejor que Sophia. La señora Williams apenas podía dar crédito a esto; pero, en cualquier caso, se arrepentía enormemente de haber hecho ese regalo. Sentía angustia y desconcierto; estaba segura de que Sophia sentía algo, pero también estaba segura de que nunca le hablaría de sus sentimientos ni tampoco seguiría su consejo de que intentara ser más atractiva para los hombres, luciéndose un poco más, haciéndose justicia, pintándose los labios antes de entrar al salón.

Si ella les hubiera visto un día con la jauría del joven Edward Savile, su angustia habría sido mayor todavía. A Sophia no le interesaba realmente la caza; le gustaba galopar, pero la espera le resultaba tediosa y sentía mucha pena por el pobre zorro. Su yegua tenía brío pero no gran resistencia, mientras que el caballo de

Diana, un fuerte caballo bayo, recientemente apareado y ahora castrado, tenía el tronco como la bóveda de cañón de una iglesia y un corazón infatigable, de modo que podía soportar las cien libras de peso de Diana de la mañana a la noche y, además, le encantaba participar en la cacería.

Habían estado cazando desde las diez y media, y ahora el sol estaba bajo. Habían matado dos zorros, y el tercero, en realidad una zorra estéril, les había llevado al retortero por el extenso campo recién arado, con yuntas de bueyes y anchas acequias, allende Plimpton. La zorra estaba ya en el siguiente campo, se iba debilitando cada vez más y se dirigía hacia un canal de drenaje que conocía. La última vez que Jack perdió la pista, tuvo la feliz idea de doblar a la derecha por un atajo que los llevó a él y a Sophia más cerca de los perros que todos los demás en el campo; pero ahora se encontraban con una elevación del terreno y una enorme cerca con un barrizal delante y un charco de aguas brillantes detrás. Sophia miró el obstáculo con desánimo y dirigió hacia él su cansada yegua sin desear realmente llegar al otro lado, y cuando ésta se negó a

saltar se alegró mucho. La jinete y su cabalgadura estaban exhaustas; Sophia no se había sentido tan cansada nunca en su vida. Le horrorizaba ver hacer pedazos al zorro, y la jauría había acabado de encontrar la pista. La voz de la perra que los guiaba tenía un tono triunfal y absolutamente implacable.

–¡El portillo, el portillo! – gritó Jack, desviando su caballo y alejándose a medio galope hacia la esquina del campo.

Tenía el portillo medio abierto -era un extraño portillo, medio caído, que abría hacia la izquierda- cuando Stephen llegó. Jack oyó que Sophia decía:

–Me gustaría irme a casa… por favor… por favor, continúe…

conozco perfectamente el camino.

Su lastimosa expresión borró la frustración del semblante de Jack, que dejó de tener un aire huraño y, sonriendo con mucha amabilidad, dijo:

–Creo que yo también regresaré: hemos tenido bastante por hoy.

–Examinaré a la señorita Williams en su casa -dijo Stephen.

–No, no, por favor, continúen -les rogó Sophia con los ojos llenos de lágrimas-. Por favor, por favor. Estoy perfectamente…

Se oyó un breve ruido de cascos y Diana entró en el campo.

Estaba concentrada con todo su ser en la cerca y lo que había detrás de ella, por lo que vio muy vagamente al grupo que estaba junto al portillo. Montaba con tanta soltura y flexibilidad que parecía que sólo llevaba media hora cabalgando; formaba parte del caballo, no era consciente de su propia existencia. Corrió directamente hacia la cerca, recogiendo las riendas del caballo, y con un estrépito y algunas salpicaduras de barro ambos pasaron al otro lado. Por su cuerpo, su cabeza tan erguida, su alegría contenida, su habilidad, su aire tan solemne, ella era lo más hermoso que Jack y Stephen habían visto. Nunca había tenido mejor aspecto en su vida, aunque no era consciente de ello. La expresión de los dos hombres cuando ella saltaba, tan alto y con seguridad, habría hecho a la señora Williams sentirse mucho más desasosegada.

La señora Williams anhelaba que llegara el día del baile; hacía casi tantos preparativos como Jack, y Mapes Court estaba de lleno

de gasa, muselina y tafetán. Tenía en la mente innumerables estratagemas, una de las cuales era quitarse de en medio a Diana en los días próximos al baile. No tenía ninguna sospecha concreta, pero olía el peligro, y a través de media docena de intermediarios y muchas cartas consiguió dar con un primo loco desatendido por la familia. Sin embargo, Diana no podía dejar de asistir al baile, pues la invitación se había hecho y había sido aceptada públicamente, así que volvería a Champflower el 14 de febrero por la mañana, acompañada de uno de los invitados del capitán Aubrey.

–El doctor Maturin te está esperando, Di -dijo Cecilia-. Está paseándose con su caballo con una estupenda chaqueta nueva color verde botella con el cuello negro. Y tiene una peluca nueva. Supongo que por eso estuvo en Londres. Ya no tiene aquel aspecto horrible y la barba sin afeitar. Has hecho otra conquista, Di.

–Deja de mirar entre las cortinas como una criada, Cissy. Y

préstame tu sombrero, por favor.

–¡Vaya, tiene muy buena apariencia ahora! – dijo Cecilia todavía frunciendo el visillo y mirando-. Y lleva también un chaleco

de lunares. ¿Recuerdas cuando vino a cenar con zapatillas? En realidad, sería incluso atractivo si tuviera el cuerpo erguido.

–Una estupenda conquista -dijo la señora Williams mirando también-. Un cirujano naval sin dinero, hijo natural de no se sabe quién y un papista. ¡Qué vergüenza que digas esas cosas, Cissy!

–Buenos días Maturin -dijo Diana bajando las escaleras-.

Espero no haberle hecho esperar. Tiene usted una jaca francamente hermosa. No las hay así en esta parte del mundo.

–Buenos días, Villiers. Llega tarde. Llega muy tarde.

–Esa es la ventaja que tiene ser mujer. Usted sabe que soy una mujer, ¿verdad, Maturin?

–Estoy obligado a pensarlo así, puesto que usted parece no tener noción del tiempo o no saber medirlo con exactitud. Aunque no puedo entender la razón por la cual algo irrelevante y accidental como el sexo puede inducir a un ser pensante, y no digamos a un ser tan inteligente como usted, a perder la mitad de esta clara y hermosa mañana. Vamos, la ayudaré a montar. Sexo… sexo…

–Silencio, Maturin. No debe usar palabras como esa aquí.

Bastante disgusto tuvimos ayer.

–¿Ayer? ¡Ah, sí! Pero por cierto no soy la primera persona que dice que la agudeza es la inesperada copulación de ideas. Es un tópico.

–Por lo que se refiere a mi tía, es usted la primera persona a quien ella le ha oído decir esa expresión en público.

Cabalgaban por Heberden Down; era una tranquila y brillante mañana con un poco de escarcha. Se oía el crujido del cuero; se sentía el olor del caballo y su cálido aliento.

–No estoy interesado en lo más mínimo en las mujeres como tales -dijo Stephen-. Solamente en las personas. Ahí está Polcary

–señalaba el valle con la cabeza-. Allí fue donde la vi por primera vez, en la yegua alazana de su prima. Cabalgaremos mañana por allí. Puedo enseñarle una familia de armiños peculiar, de colores entremezclados, una colonia de armiños.

–Mañana no me es posible -dijo Diana-. Lo siento mucho, pero tengo que ir a Dover a cuidar de un anciano que no está muy bien de la cabeza, un primo nuestro.

–Pero regresará a tiempo para el baile, ¿verdad? – dijo Stephen.

–¡Oh, sí! Está todo arreglado. Un tal señor Babbington pasará a recogerme al venir hacia aquí. ¿No se lo ha dicho el capitán Aubrey?

–Llegué muy tarde anoche y apenas hemos hablado esta mañana. Pero yo también tengo que ir a Dover la próxima semana.

¿Podría visitarla y pedirle que me invitara a una taza de té?

–Desde luego que sí. El señor Lowndes se cree que es una tetera; dobla el brazo así, simulando el asa, y estira el otro para imitar el pitorro, y dice: "¿Le gustaría que le sirviera una taza de té?". No podría usted ir a un lugar más adecuado. Pero también irá usted a la ciudad de nuevo, ¿no?

–Sí. Desde el lunes hasta el jueves.

Ella refrenó el caballo para que fuera al paso y, con una expresión completamente diferente, vacilante y tímida como la de Sophia, dijo:

–Maturin, ¿podría pedirle un favor?

–Por supuesto -dijo Stephen mirándola a los ojos. Pero apartó la mirada rápidamente, al ver en ellos una profunda pena.

–Usted sabe más o menos cuál es mi posición aquí, me parece… ¿Vendería usted esta joya por mí? Necesito algo que ponerme para el baile.

–¿Cuánto debo pedir?

–¿No cree usted que le harán una oferta? Si yo pudiera conseguir diez libras, me sentiría satisfecha. Y si le dieran esa cantidad, entonces le pediría, además, que tuviera la amabilidad de decirle a Harrison, del Royal Exchange, que me envíe inmediatamente esta lista. Esta es una muestra de la tela. Puede enviármela en el coche del correo hasta Lewes, y el mensajero la recogerá. Necesito algo que ponerme.

Algo que ponerse. Allí estaba el día 14 por la mañana, envuelto en papel de seda, después de haber sido descosido, estrechado y ensanchado, en el baúl que estaba en el vestíbulo de la casa del señor Lowdnes esperando ser transportado.

–El señor Babbington desea verla, señora -dijo el criado.

Diana corrió a la sala de recibir. Su sonrisa se desvaneció.

Volvió a mirar y vio a una figura mucho más baja de lo que ella esperaba, envuelta en un abrigo de tres capas, que le dijo con voz chillona:

–¿Es usted la señora Villiers? Se presenta Babbington, con su permiso, señora.

–¡Ah, señor Babbington! Buenos días. ¿Cómo está usted? Me ha dicho el capitán Aubrey que usted tendrá la amabilidad de llevarme a Melbury Lodge. ¿Cuándo le gustaría salir? No debemos dejar que su caballo se enfríe. Sólo tengo un pequeño baúl, está preparado junto a la puerta principal. ¿Le apetece un vaso de vino antes de que nos vayamos, señor? O quizás mejor de ron, pues creo que a ustedes, los oficiales de marina, les gusta.

–Un trago de ron para quitarme el frío me vendría muy bien.

¿Me acompañará usted, señora? Hace un frío tremendo ahí fuera.

–Un vaso muy pequeño de ron, y échale mucha agua -le susurró Diana a la criada. Pero la joven, nerviosa por la presencia de un coche extraño en el patio, no entendió la palabra "agua" y trajo

un vaso lleno hasta el borde de un licor marrón oscuro que el señor Babbington se bebió con gran compostura. Diana se alarmó mucho cuando vio que el extravagante coche de dos ruedas se movía bruscamente y que el caballo estaba nervioso, con los ojos en blanco y las orejas tiesas, inclinadas hacia atrás.

–¿Dónde está su mozo de cuadra, señor? – preguntó-. ¿Está en la cocina?

–No hay ningún mozo de cuadra en esta tripulación, señora –

dijo Babbington mirándola ahora con franca admiración-. Conduzco yo mismo. ¿Puedo ayudarla a subir? Apoye el pie en este pequeño estribo y suba. Y esta manta… podemos atarla atrás con estas vinateras. ¿Todo listo? ¡Allá vamos! – le gritó al jardinero y salieron precipitadamente del patio, dándole un duro golpe al poste pintado de blanco al pasar.

Al ver cómo el señor Babbington llevaba las riendas y usaba el látigo, Diana se sintió aún más asustada; se había criado entre soldados de caballería y nunca había visto algo igual en su vida. Se preguntaba cómo era posible que él hubiera hecho todo el viaje

desde Arundel sin volcar. Iba pensando en su baúl, que estaba atrás; y cuando dejaron el camino principal, después de un recorrido sinuoso, a veces subiendo las colinas y otras rozando el borde de las cunetas, ella se dijo: "Esto no saldrá bien. Habrá que relevar a este joven".

El camino subía recto por la colina, arriba y arriba, y del otro lado, sólo Dios lo sabía, tal vez descendiera vertiginosamente. El caballo refrenó para ir al paso; había comido judías, lo cual se hizo patente por un largo, largo y estruendoso pedo.

–Discúlpeme -dijo el guardiamarina rompiendo el silencio.

–¡Oh! No se preocupe. Pensé que había sido el caballo -dijo Diana secamente.

Luego le miró de soslayo y advirtió que esto le había turbado.

–Déjeme mostrarle cómo lo hacemos nosotros en India -dijo tomando las riendas y quitándole el látigo.

Pero en cuanto tuvo contacto con el caballo y lo hizo seguir dócilmente el sendero que debía, Diana pensó en el modo de lograr que el señor Babbington recuperara su actitud amable y su buena

disposición. ¿Le explicaría cuáles eran la escuadra azul, la roja y la blanca? ¿La posición a barlovento? ¿Le hablaría, en general, de la vida en la mar? Sin duda, servir en la Marina comportaba peligros y exigía mucho, pero también era un gran honor, significaba ser la salvaguarda al país. ¿Acaso él había tomado parte en la famosa batalla con el Cacafuego? Diana no podía recordar ninguna disparidad de fuerzas tan notable. El capitán Aubrey debía de parecerse mucho a lord Nelson.

–¡Oh, sí, señora! – exclamó Babbington-. Aunque dudo que incluso Nelson hubiera conseguido eso tan astutamente. Es un hombre extraordinario. Sin embargo, en tierra es muy diferente,

¿sabe? Uno le tomaría por una persona corriente, no es frío ni distante en lo más mínimo. Vino a nuestra casa para ayudar a mi tío en las elecciones y tenía la alegría y la agilidad de un grillo. Pegó con una vara a dos Whigs, que cayeron como un par de bolos; los dos eran cazadores furtivos y, por supuesto, metodistas. ¡Oh, fue tan divertido! Y en Melbury nos dejó a Pullings y a mí elegir nuestros caballos para echar una carrera con él. Tres vueltas al potrero y

subir a caballo los escalones hasta la biblioteca, apostando cada uno una guinea y una botella de vino. Todos lo queremos mucho, señora, aunque sea tan duro en la mar.

–¿Quién ganó?

–Bueno -dijo Babbington-, nos caímos todos, uno tras otro.

Pero en mi opinión, él lo hizo a propósito, para no quitarnos nuestro dinero.

Se detuvieron a comer en una posada, y con la comida y una jarra grande de cerveza dentro del cuerpo, Babbington dijo:

–Creo que es usted la joven más bella que he visto. Usted ocupará mi sitio ahora, y eso me complace; pero si hubiera sabido que era usted, habría traído una almohadilla y un gran frasco de perfume.

–Usted es también un hombre de buena presencia, señor –

dijo Diana-. Estoy muy contenta de viajar bajo su protección.

A Babbington se le levantó el ánimo hasta un nivel alarmante; había sido educado en la Marina, donde actuar con decisión contaba para todo, y ahora era necesario que fijara su atención en el caballo.

Ella sólo quería dejarle las riendas en la subida, pero, en realidad, él las llevó todo el camino desde Newton Priors hasta la puerta de Melbury Lodge. Y allí la ayudó a bajar, hecho un manojo de nervios, ante los admirados ojos de una docena de marinos.

Diana tenía algo, tal vez la actitud franca y un empuje semejante al de los piratas, que resultaba muy atractivo para los oficiales de marina. Pero ellos también se sentían atraídos por la belleza de muñeca de las dos señoritas Simmons, por la forma de bailar de Frances, que en el centro de la sala sacaba la punta de la lengua a la vez que llevaba el compás, por las facciones vulgares y el aspecto saludable de Cecilia y por otras cualidades que veían a la luz de las velas en la alargada y elegante sala de baile. Y se quedaron impresionados por la belleza de Sophia cuando ella y el capitán Aubrey abrieron el baile. Sophia llevaba un vestido rosa con una banda dorada, y Diana le dijo a Stephen Maturin.

–Está preciosa. No hay ninguna mujer en la sala que pueda comparársele. Ese es el color más traicionero del mundo, pero con la piel que ella tiene queda perfecto. Daría un ojo de la cara por tener

una piel como esa.

–El color dorado y las perlas la favorecen -dijo Stephen-. El dorado se asemeja a su pelo, las perlas a sus dientes. Voy a decirle una cosa: las mujeres son superiores a los hombres en que admiran muy sinceramente la buena apariencia de otras mujeres y la valoran con objetividad. La belleza de otras les produce un auténtico placer.

Su vestido también es muy elegante y otras mujeres lo admiran; lo he notado, y no sólo por las miradas sino porque he estado detrás de ellas escuchando su conversación.

Era un bonito vestido, de un azul un poco más claro que el marino combinado con blanco. Nada de negro, no había hecho concesiones a la señora Williams, pues se sobreentendía que en un baile a toda mujer le estaba permitido realzar lo mejor de sí misma; sin embargo, cuando el gusto, la figura y el porte son iguales, una mujer que puede gastar cincuenta guineas en su vestido tiene mejor aspecto que una que sólo puede gastar diez libras.

–Debemos ocupar nuestros puestos -dijo Diana un poco más alto cuando los segundos violines empezaron a tocar y la sala de

baile se llenó de sonido.

La sala era un regalo para la vista, con las banderas colgadas al estilo naval -formaban la señal de Aproximarse más para entablar combate con el enemigo, entre otros mensajes que sólo entendían los marinos- y el brillo de la cera de abejas y la luz de las velas, llena hasta los topes y con la hilera de figuras bailando.

Había lindos vestidos, hermosas chaquetas, guantes blancos, todo reflejado en las puertas de cristal y en el alto espejo detrás de la orquesta. Toda la vecindad estaba allí, junto con una veintena de caras nuevas de Portsmouth, Chatham, Londres o cualquier lugar en tierra adonde la paz los hubiera enviado. Todos vestían sus mejores galas; todos tenían el propósito de divertirse y, hasta ahora, lo habían logrado admirablemente. Todo el mundo se sentía complacido, no sólo porque aquel baile era algo raro (por aquellos lugares no había más de tres en cada estación, aparte de algunas reuniones sociales) sino también por celebrarse con un estilo elegante e inusual, por los marineros con chaquetas azules y coletas, tan diferentes a los grasientos camareros contratados que

solían verse, y por el hecho de que por vez primera había más hombres que mujeres; había gran cantidad de hombres, y todos ansiosos por bailar.

La señora Williams estaba sentada con otros padres y chaperonas junto a una de las puertas que daba al comedor, desde donde podía abarcar con la mirada toda la fila de los que bailaban.

Tenía el rostro enrojecido, sonreía y asentía con la cabeza -sonreía con perspicacia y asentía enérgicamente- mientras le decía a su prima Simmons que ella había apoyado aquello desde el principio. Al pasar bailando ante ella, Diana vio su cara triunfante, y enseguida, justo enfrente, vio la cara de Jack, que se le aproximaba para sacarla a bailar.

–¡Qué maravilloso baile, Aubrey! – dijo con una radiante sonrisa. Jack vestía de escarlata, con galones dorados, y su corpulenta figura tenía un aire imponente; le sudaba la frente y los ojos le brillaban por la emoción y el placer que sentía. El la rodeó con el brazo, mostró su benevolente aprobación y le dijo algo sin importancia pero agradable y comenzó a darle vueltas.

–Vamos a sentarnos -dijo Stephen al final del segundo baile-

. Está usted pálida.

–¿Ah, sí? – dijo ella mirándose en un espejo-. ¿Tengo mal aspecto?

–No, pero no debe fatigarse demasiado. Vamos a sentarnos donde el aire sea más fresco. Vamos al invernadero de naranjos.

–He prometido al almirante James que le acompañaría. Iré después de la cena.

Tres marinos, incluyendo el almirante James, desertaron de su puesto a la mesa y siguieron a Diana hasta el invernadero de naranjos, pero se retiraron al ver a Stephen, que la esperaba allí con el chal de ella en la mano.

–No pensé que el doctor fuera capaz de una cosa así -dijo Mowett-. En la Sophie siempre lo consideramos una especie de monje.

–Maldito sea -dijo Pullings-. ¡Me parecía que me iba tan bien!

–¿No tiene frío? – preguntó Stephen poniéndole el chal por

encima de los hombros. Y como si el contacto físico de su mano con la piel desnuda sirviera de conexión para enviar un mensaje sin necesidad de palabras, él sintió el cambio de corriente. Sin embargo, a pesar de lo que había intuido dijo:

–Diana…

–Dígame -dijo con voz áspera, cortando sus palabras-, ¿es casado el almirante James?

–Sí.

–Lo suponía. Se puede oler al enemigo a gran distancia.

–¿Enemigo?

–Desde luego. No sea tonto, Maturin. Usted debe saber que los hombres casados son los peores enemigos de las mujeres.

Tráigame algo de beber, por favor. Estoy bastante mareada a causa de ese aire cargado.

–Este ponche helado está hecho con vino de Sillery.

–Gracias. Te ofrecen lo que ellos llaman amistad o algo parecido -el nombre no importa- y lo que quieren a cambio de ese gran favor es tu corazón, tu vida, tu futuro, tu… no quisiera ser

grosera, pero usted sabe muy bien lo que quiero decir. No existe la amistad de los hombres, sé muy bien lo que le digo, créame. No hay ninguno aquí, desde el viejo almirante Haddock hasta ese joven mocoso del coadjutor que no lo haya intentado, por no hablar de los de India. ¿Quién diablos se creen que soy? – dijo tamborileando con los dedos en el brazo de la silla-. El único honesto fue Southampton, que mandó una vieja de Madrás a decirme que él estaría muy contento de que yo estuviera a su cuidado, y si yo hubiera sabido lo que iba a ser mi vida en Inglaterra, en este fangoso agujero donde no hay más que paletos bebedores de cerveza, habría estado tentada de aceptar. ¿Cómo cree usted que es mi vida, sin un céntimo y dominada por una mujer vulgar, pretenciosa e ignorante que me detesta? ¿Cómo cree que me siento al pensar en el futuro que me espera, sabiendo que estoy perdiendo la belleza, lo único que tengo? Mire, Maturin, le hablo abiertamente porque usted me gusta, me gusta mucho, y creo que me tiene afecto. Usted es casi el único hombre en Inglaterra a quien puedo tratar como amigo, en quien puedo confiar como amigo.

–Soy su amigo, por supuesto -dijo Stephen abatido. Y

después de una larga pausa, continuó en un esforzado intento de aclarar las cosas-. No es usted del todo justa. Está usted tan deseable como pueda soñar. Ese vestido, especialmente el escote de ese vestido, encendería de pasión a San Antonio, como usted sabe muy bien. Es injusto provocar a un hombre y luego quejarse de que es un sátiro si la provocación ha dado resultado. Usted no es una señorita que trata de mejorar su posición movida por instintivos e inconscientes…

–¿Me está usted diciendo que soy provocativa? – gritó Diana.

–Sí, así es. Eso es exactamente lo que le estoy diciendo. Pero no creo que usted sepa cuánto hace sufrir a los hombres. En cualquier caso, está argumentando desde lo particular a lo general: ha conocido a algunos hombres que han querido aprovecharse de usted y ha ido demasiado lejos. No todos los hombres son iguales.

–No lo serán, pero tienen en común determinadas actitudes que, tarde o temprano, se ponen de manifiesto. Sin embargo, estoy convencida de que usted es diferente, Maturin, y no puede

imaginarse cómo me consuela esto. Me eduqué entre hombres inteligentes; en Madrás eran todos libertinos y en Bombay aún peor, pero eran inteligentes y los echo mucho de menos. Y es un gran consuelo poder hablar libremente después de haber estado rodeada por tantas personas insípidas.

–Su prima Sophia es inteligente.

–¿De veras lo cree así? Bueno, puede decirse que tiene cierta agudeza, sin duda; pero es una niña, no hablamos el mismo lenguaje. Reconozco que es hermosa. Es realmente hermosa, pero no sabe nada -¿cómo podría saberlo?– y no puedo perdonarle que tenga una fortuna. ¡Eso es tan injusto! ¡La vida es tan injusta!

Stephen, sin responderle, le alcanzó más ponche.

–Lo único que un hombre puede ofrecerle a una mujer es el matrimonio -continuó ella. Un matrimonio que tenga en cuenta la igualdad de posición social. Aún me quedan unos cuatro o cinco años, y si no encuentro un marido para entonces, tendré…

Pero ¿dónde se puede encontrar uno en este lugar lúgubre y solitario? ¿Le parezco repugnante? Quiero desengañarlo, ¿sabe?

–Sí, me doy cuenta de sus intenciones, Villiers. No me parece usted repugnante en absoluto, me está hablando como amiga. Usted está cazando y tiene una presa a la vista.

–Así es, Maturin.

–¿Insiste usted en un matrimonio con alguien de la misma posición social?

–Como mínimo. Despreciaría a cualquier mujer que fuera tan pobre de espíritu y de tan poco valor que accediera a un casamiento desigual. Un abogado de Dover, listo pero terriblemente insensato, se tomó la libertad de hacerme una proposición. Nunca en mi vida me he sentido más molesta. Preferiría ir a la hoguera o cuidar de mi primo que se cree una tetera durante el resto de mis días.

–Descríbame a su presa.

–No soy difícil de contentar. Debe tener cierta cantidad de dinero, desde luego; el amor en una choza sería algo horrible. Debe tener inteligencia y no ser deforme ni demasiado viejo. El almirante Haddock, por ejemplo, está fuera de los límites que pongo. No quiero insistir en ello, pero me gustaría un hombre que supiera

montar bien a caballo y no se cayera con demasiada frecuencia y también que no se le subiera el vino a la cabeza. Usted no se emborracha, Maturin, y esa es una de las cosas que me gusta de usted. Al capitán Aubrey y a media docena de los hombres que están aquí esta noche tendrán que llevarlos a la cama.

–En realidad, a mí me gusta el vino, pero éste no suele afectar mi capacidad de razonamiento. No obstante, he bebido mucho esta noche. Y respecto al capitán Aubrey, ¿no le parece que tal vez llega al campo un poco tarde? Tengo la impresión de que esta noche puede ser decisiva.

–¿El le ha dicho algo? ¿Se ha franqueado con usted?

–Usted no suele hablar como acaba de hacerlo, como si se dirigiera a un soplón. Pero me conoce y sabe que lo que le digo es cierto.

–En cualquier caso, se equivoca. Conozco a Sophia. Puede que él se le declare, pero ella necesitará más tiempo que una sola noche.

No tiene miedo de quedarse para vestir santos -en mi opinión, eso es algo que no le pasa por la cabeza- y, por otra parte, le teme al

matrimonio. ¡Cómo lloró cuando le dije que los hombres tenían pelo en el pecho! Y ella odia que la manejen… esa no es la palabra adecuada. ¿Cuál es, Maturin?

–Manipulen.

–Exactamente. Es una persona obediente; tiene un gran sentido del deber que a mí me parece más bien estúpido, pero ahí está. Y sin embargo, considera odiosos los manejos de su madre y el modo en que ha estado influyendo, empujando y manipulando todo esto. Ustedes dos deben de haberse tragado a la fuerza galones y galones de ese clarete del tendero. Algo realmente odioso. Y ella es terca -incluso dura- aunque tenga esa apariencia frágil. Costará mucho conmoverla; se necesitará mucho más que la emoción de un baile.

–¿Ella no está enamorada?

–¿Enamorada de Aubrey? No sé; y no creo que se conozca a sí misma. A ella le gusta y se siente halagada por sus atenciones, y él es, sin duda, un hombre que a cualquier mujer le gustaría tener por marido, pues es rico, de buena apariencia, destacado en su

profesión y con mucho futuro por delante, de una familia excepcional, alegre y de buenos sentimientos. Pero ella es totalmente incompatible con él, estoy convencida, por ser reservada, introvertida y obstinada. Él necesita una persona mucho más despierta, más viva; nunca serían felices.

–Es posible que también sea apasionada y que usted ignore esa faceta de su carácter, o no quiera verla.

–¡Tonterías! De todas formas, él necesita una mujer diferente y ella un hombre diferente. En cierto modo, usted podría ser mucho más adecuado para ella, si soportara su ignorancia.

–¿Así que Jack Aubrey podría servirle?

–Sí, me gusta bastante. Preferiría a un hombre… ¿cómo le diría?… más maduro, menos niño, que no fuera un niño grande.

–Él está muy bien considerado profesionalmente, como usted misma acaba de decir.

–Eso no tiene nada que ver. Un hombre puede destacar en su profesión y no ser más que un niño fuera de ella. Recuerdo a un matemático -decían que era uno de los mejores del mundo- que

llegó a India para hacer algo en relación con Venus, y cuando se le quitaba el telescopio era un inepto para la vida civilizada. ¡Era torpe como un escolar! Se pasó toda una tarde absolutamente tediosa agarrado a mi mano, sudando y tartamudeando. A mí, que me den los políticos, que saben vivir y son todos instruidos, más o menos.

Me gustaría que Aubrey fuera un poco instruido, que fuera como usted, lo digo en serio. Usted es una estupenda compañía, me gusta estar con usted, pero él es un hombre atractivo. Mire -se volvió hacia la ventana-, allí se destaca su figura. Baila muy bien,

¿verdad? Es una pena que le falte decisión.

–Usted no diría eso si le viera participar en un combate con su barco.

–Quiero decir en su relación con las mujeres. Es un sentimental. Pero aun así, valdría. ¿Quiere que le diga algo que realmente le sorprenderá, aunque sea usted médico? Yo estuve casada, ya sabe… no soy una niña… y las intrigas eran tan corrientes en India como lo son en París. A veces estoy tentada de hacerme la tonta, terriblemente tentada. Creo que incluso debería hacerlo, si

viviera en Londres y no en este espantoso agujero.

–Dígame, ¿tiene alguna razón para suponer que Jack piensa como usted?

–¿Sobre nuestra compatibilidad? Sí. Hay signos que tienen mucho significado para una mujer. Dudo que él haya pensado en serio en Sophia alguna vez. Me parece que no es interesado. Su fortuna no tendrá mucha importancia para él, ¿verdad? ¿Le conoce usted desde hace mucho tiempo? Aunque creo que ustedes los hombres de mar se conocen unos a otros desde siempre.

–¡Oh! Yo no soy, en realidad, un hombre de mar. Le conocí en Menorca en 1801, en la primavera del año uno. Yo había llevado a un paciente allí porque le convenía el clima mediterráneo. El paciente murió y poco después conocí a Jack Aubrey en un concierto.

Simpatizamos, y me pidió que me embarcara con él como cirujano.

Accedí, ya que en aquella época no tenía dinero, y desde entonces hemos estado juntos. Le conozco lo bastante para afirmar que en lo referente a la fortuna de una mujer, no existe ningún hombre que tenga menos interés que Jack Aubrey. Tal vez debería contarle algo

sobre él.

–Continúe, Maturin.

–Hace algún tiempo, tuvo una desdichada aventura con la mujer de otro oficial. Ella tenía el empuje, el estilo y la valentía que a él le gustan, pero era una mujer falsa y dura y lo hirió profundamente. Así que me parece que la modestia virginal, la rectitud y los principios tienen para él mayor encanto del que habrían tenido en otras circunstancias.

–¡Ah! Ya entiendo. Ahora entiendo. Y usted también siente atracción por ella, ¿verdad? Es inútil, se lo advierto. Ella nunca haría nada sin el consentimiento de su madre, y eso no tiene nada que ver con el hecho de que su madre controle su fortuna, es una cuestión de obediencia. Y no se puede convencer a mi tía Williams ni en mil años. Con todo, posiblemente usted estará de parte de Sophie.

–Siento gran simpatía y admiración por ella.

–Pero no cariño.

–No como usted lo definiría. Sin embargo, evito causar dolor, Villiers, y usted, en cambio, no.