Capitán de navío
Capítulo 9
primo es uno de los mejores flautistas que he oído. Conozco poco a D. V., pero me parece que su sentido de la hospitalidad (es sumamente generosa) anula sus otros sentimientos más turbios; también creo que siente algún afecto por nosotros dos, aunque, en ese caso, no entiendo cómo puede exigir tanto de J. A. Estaba hermosa como nunca; fue una noche deliciosa. Sin embargo, anhelo que llegue mañana y que el viento sea favorable. Si rola hacia el sur, si por su causa él permanece detenido una semana o diez días, está perdido: será atrapado."
CAPÍTULO 9
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El Polychrest dejó el convoy en los 38° 30' N, 11° W, con viento del suroeste y el cabo de Roca al S87E, a 47 leguas. Disparó un cañonazo, intercambió mensajes con los mercantes y viró en redondo trabajosamente hasta que tuvo el viento por la aleta de babor y la proa en dirección norte.
Los mensajes fueron corteses, pero breves; unos a otros se desearon un feliz viaje y se separaron. No fueron largos ni ambiguos como los que lanzaban muchos convoyes agradecidos, con las banderas ondeando largo tiempo, hasta que la convexidad de la esfera terrestre impedía verlas. Y aunque el día anterior había sido bueno y tranquilo, con poco oleaje y vientos cálidos variables del oeste y del sur, los capitanes mercantes no habían invitado a los oficiales del Rey a cenar. Aquel no era un convoy agradecido, y verdaderamente no tenía nada que agradecer. El Polychrest había retrasado su partida, por lo que desaprovecharon la marea adecuada y el mejor momento de un viento favorable; y les había retrasado a lo largo de todo el recorrido, no sólo por su lentitud, sino por su incorregible abatimiento a sotavento, que les obligaba a arribar
constantemente para seguirlo, a pesar de que todos eran barcos que navegaban mejor de bolina. Una noche, cuando estaban facheando frente al cabo Lizard había chocado contra el Trade's Increase y le había arrancado el bauprés; y cuando les había azotado un fuerte viento del suroeste en el golfo de Vizcaya, se le había caído el palo de mesana, que a su vez había derribado el mastelero mayor, y se había visto obligado a detenerse mientras se ponía un aparejo provisional. No había aparecido nada que amenazara su seguridad, ni siquiera un lugre en el horizonte, y el Polychrest no había tenido ocasión de protegerlos ni de demostrar su capacidad de ataque. El convoy se apartó de él con hastío, y prosiguió el viaje a su propio ritmo, mucho más ágil, desplegando juanetes y sobrejuanetes por fin.
Pero en el Polychrest tenían poco tiempo para contemplar cómo desaparecía el convoy, porque era jueves, el día de pasar revista a la tripulación. Apenas el barco había tomado su nuevo rumbo, sonaron cinco campanadas en la guardia de mañana y comenzó el redoble del tambor. Los tripulantes corrieron a popa y se agruparon
detrás del palo mayor, en el costado de babor; llevaban ya algún tiempo a bordo y, por tanto, habían pasado revista muchas veces.
Sin embargo, algunos eran tan tontos que todavía sus compañeros tenían que empujarles hasta allí, aunque para entonces todos estaban decentemente vestidos con camisas azules y pantalones blancos, ninguno tenía la palidez cadavérica de la cárcel ni se mareaba, y la mayoría había adquirido un aspecto saludable gracias a la limpieza obligatoria, el aire del mar y el sol. En esto último, posiblemente había influido también la comida, por lo menos tan buena como la que muchos solían comer, y más abundante.
La primera parte de la lista alfabética incluía casualmente la mayoría de los marineros del Polychrest. Había algunos tipos extraños entre ellos, como el desdentado Bolton, pero en su mayoría eran los típicos marineros de rostro curtido, largos brazos, piernas arqueadas y coleta. Al oír su nombre respondían: "Aquí, señor", llevándose la mano a la frente, y luego pasaban alegremente frente al capitán y se situaban junto al pasamanos de estribor. Con su presencia, esa parte del barco tenía un aspecto parecido al de la
Sophie, un barco eficiente y feliz, si alguna vez había existido uno, en el que incluso los marineros del combés sabían aferrar, arrizar y llevar el timón… ¡y qué afortunado había sido con su primer oficial!
¡Pero, por Dios santo, qué pocos marineros había ahora! Entre todos los nombrados a partir de la letra G no había más de dos; eran en su mayoría tipos escuálidos y débiles, apenas más corpulentos que los grumetes, huraños o aprensivos, o ambas cosas, que ni siquiera sonreían al ser nombrados y pasar al otro lado. Se habían dado demasiados azotes, demasiados golpes; pero, ¿qué otra cosa se podía hacer en una situación crítica? Oldfield, Parsons, Pond, Quayle… pobres desgraciados; a este último, por su tendencia a ser delator, le habían quitado el rancho ya dos veces. Y no eran los peores.
Ochenta y siete hombres, contando marineros y grumetes, no más, porque aún le faltaban treinta y tres para completar su dotación. Quizás treinta conocían su trabajo, y algunos estaban aprendiendo; en verdad, la mayoría había aprendido un poco, y ya no se veían las escenas de los primeros días, provocadas por una
total incompetencia, que habían sido una pesadilla. Ahora Jack conocía los rostros de todos ellos. Algunos habían mejorado tanto que eran casi irreconocibles, otros se habían deteriorado a causa del excesivo y desacostumbrado esfuerzo; sus mentes embotadas no estaban habituadas al proceso de aprendizaje y, no obstante, debían aprender una difícil profesión a toda prisa. Tres categorías podían distinguirse: una superior, integrada por la cuarta parte de los tripulantes, marineros muy perspicaces y hábiles; una media, formada por la mitad de ellos, marineros de características poco definidas que podrían subir o bajar de categoría dependiendo del ambiente del barco y del modo en que fueran encauzados; y una inferior, constituida por otra cuarta parte, en la que se encontraban algunos tipos difíciles, violentos, estúpidos e incluso verdaderamente malvados. Cuando nombraron a los tres últimos, a Jack se le cayó el alma a los pies; Wright, Wilson y Young eran los peores. Había hombres como ellos a bordo de la mayoría de los navíos de guerra en periodos de una feroz leva, y podía haber un cierto número en la tripulación fija de un barco sin que resultara muy perjudicial; pero el
Polychrest no tenía una tripulación fija, y además, la proporción de ese tipo de hombres era demasiado alta.
El escribiente cerró el rol y el primer oficial informó de que la operación de pasar revista había concluido. Jack, antes de mandar a los tripulantes a su trabajo, les lanzó una última mirada, una mirada llena de preocupación, pues con ellos tendría que hacer el abordaje de un navío de guerra francés el día de mañana. ¿Cuántos le seguirían?
Pensó: "Bueno, bueno, cada cosa a su tiempo", y se sintió aliviado. Entonces dedicó su atención a un problema inmediato, la colocación de la nueva jarcia del Polychrest. Sería algo bastante complicado, sin duda, pues su casco era muy raro y resultaba difícil el cálculo de las fuerzas que actuaban sobre él; sin embargo, comparándolo con la tarea de convertir en tripulantes de un navío de guerra a los tipos lerdos y miserables que figuraban entre la G y la Y, sería como coser y cantar. Y en esta tarea le secundarían buenos oficiales: el señor Gray, el carpintero, que conocía a la perfección su oficio, el contramaestre, que aunque usaba la vara a su albedrío era
activo, dispuesto y competente en materia de aparejos, y el segundo oficial, con habilidad para conocer la forma de ser de un barco. En teoría, las normas del Almirantazgo no le permitían a Jack mover ni siquiera los brandales; pero en el golfo de Vizcaya ya se habían movido, y mucho más de lo que él lo hubiera hecho. Ahora tenía el campo libre y un largo día por delante, con un tiempo excelente, y quería aprovecharlo al máximo.
Por pura formalidad invitó a Parker a reunirse con ellos para tratar el asunto, aunque al primer oficial le preocupaban más la pintura y las láminas de oro que conseguir que el barco navegara más rápidamente. Pero Parker parecía no entender lo que se proponían, y enseguida todos hicieron caso omiso de su presencia, a pesar de escuchar cortésmente su petición de una araña más grande para extender un enorme toldo pues "en el Andrómeda, el príncipe Guillermo solía decir que el toldo le daba al alcázar aspecto de sala de baile". Mientras hablaba de las dimensiones de la resistente telera donde estaba suspendido aquel toldo y del número de paños que tenía, Jack le miraba con curiosidad. Aunque era un hombre que
había luchado en la batalla de los Santos y había tomado parte en la gran acción de guerra de Howe, consideraba más importante embrear las vergas que navegar contra el viento formando con su dirección un ángulo de medio grado menos. Jack pensó: "Le he repetido que era inútil mandar a los hombres apresuradamente de un mástil a otro a rizar las gavias sin que antes supieran al menos cómo colocarse en la arboladura, pero ha sido en balde". Y en voz alta dijo:
–Muy bien, señores, hagámoslo así. No hay ni un minuto que perder. No podríamos pedir un tiempo mejor, pero no sabemos cuánto durará.
El Polychrest, recién salido del astillero, tenía una razonable cantidad de materiales necesarios para el contramaestre y el carpintero, pero en cualquier caso, Jack tenía la intención de reducir esa cantidad en vez de aumentarla. Puesto que era inestable y tenía los mástiles demasiado grandes, un soplo de viento podía abatirlo; y debido al objetivo con que había sido construido, el palo trinquete estaba plantado demasiado atrás, por lo que tendía a orzar incluso
con la mesana aferrada y, además, a hacer muchos otros movimientos desagradables. A pesar de sus vehementes deseos, para plantar el mástil en un sitio diferente Jack necesitaba un permiso oficial y la cooperación de un astillero, aunque podía mejorar su posición inclinándolo hacia delante y usando un nuevo conjunto de estayes, velas de estay y foques. Y podía conseguir que el barco fuera menos inestable reduciendo los masteleros, arriando las sobrejuanetes y colocando mayores triangulares, que al no ejercer mucha presión no lo harían hundirse tanto en el agua y aligerarían la superestructura.
Le gustaba este tipo de trabajo, y lo conocía bien; ya no estaba agobiado por la prisa y se paseaba por cubierta observando cómo su plan tomaba forma, pasando de un grupo a otro mientras los hombres preparaban palos, aparejos y velas. El carpintero y sus ayudantes estaban trabajando con sus sierras y azuelas en el combés, dejando montones de astillas y serrín entre los cañones sagrados, cañones que permanecían inactivos desde que Jack había izado su gallardete. El velero y sus dos brigadas ocupaban el castillo
y la mayor parte del alcázar, y habían extendido lona por todas partes. El contramaestre comprobaba la lista de adujas de cabos y poleas, colocándolas en el orden correcto; iba y venía a su pañol, todo sudoroso, y no tenía tiempo de pegarle a los marineros, ni siquiera de insultarles, aunque continuaba haciéndolo con el pensamiento de forma involuntaria, maquinal.
Trabajaban sin parar, y mejor de lo que él esperaba. Los tres sastres reclutados en la leva estaban muy a gusto sentados en el suelo con las piernas cruzadas, usando la aguja y el rempujo con la inusitada velocidad con que los explotadores les habían obligado a hacerlo en los talleres; un desempleado de Birmingham, cuya ocupación era hacer clavos, tenía gran habilidad para fabricar anillas de hierro en la forja del armero, y diciendo "una vuelta y que sea redonda", giraba las tenacillas, daba tres expertos golpecitos con el martillo, y la incandescente anilla, con un murmullo, caía en el cubo.
Ocho campanadas en la guardia de tarde; el sol caía sobre la atareada cubierta.
–¿Puedo dar la voz de rancho, señor? – preguntó Pullings.
–No, señor Pullings -dijo Jack, observando la confusión que había en torno suyo-. Primero guindaremos el mastelero mayor. Si un navío francés apareciera ahora, creería que somos una chalana.
El palo trinquete ya estaba dotado de una gran cantidad de velamen, aunque llevaba poco desplegado por falta de estayes, y el palo de mesana provisional todavía tenía la pequeña y extraña vela latina que daba al barco la velocidad suficiente para maniobrar. Pero el enorme mastelero estaba sobre cubierta en posición perpendicular a los pasamanos, y esparcidos por ella estaban también los demás palos. Debido a eso y a las numerosas actividades que se realizaban allí, era imposible transitar por ella, imposible maniobrar con rapidez. No había espacio, aunque los botes iban a remolque y habían llevado abajo todo lo posible. El barco navegaba a unos tres nudos con el viento por la aleta, pero en una emergencia sería incapaz de reaccionar.
–¡Señor Malloch! ¿Está ya colocada la guindaleza en el cabrestante?
–Sí, señor.
–Entonces, que los marineros vayan al cabrestante. ¿Están preparados para recibir la orden allí delante?
–Preparados. Estamos preparados, señor.
–¡Silencio de proa a popa! ¡Tirar! ¡Tirar despacio!
El cabrestante giró. La guindaleza se puso tensa. Iba del cabrestante a una polea que estaba en la cubierta, después a otra en la punta del palo mayor, de allí a la punta del mastelero, luego bajaba hasta la base y atravesaba el agujero cuadrado donde se colocaba la cuña y de nuevo iba hasta la punta del mastelero, donde estaba atada. La unían al mastelero una serie de trozos de meollar, y a medida que se tensaba la punta de éste subía. El mastelero, una gran columna de madera de unos cuarenta pies con zunchos de hierro, estaba atravesado en el combés, con los extremos sobresaliendo considerablemente por ambos costados, y mientras la punta subía, Jack daba órdenes a la brigada del otro costado para que pasaran cuidadosamente la base por encima del pasamanos, teniendo en cuenta el balanceo del barco.
–¡Adelante! ¡Sujetar las barras! ¡Tirar! ¡Tirar con energía!
¡Adelante!
El mastelero fue inclinándose cada vez más hacia la vertical, hasta quedar del todo recto, suspendido sobre la cubierta y oscilando peligrosamente con el balanceo como un enorme péndulo, a pesar de que los hombres intentaban controlarlo. Tenía la punta en dirección a los baos de la cofa, a la polea en lo alto del palo mayor, y los gavieros lo guiaban a través de aquellos; siguió subiendo con cada giro del cabrestante y luego se detuvo, con la base a pocos pies de la cubierta, y pusieron el tamborete. Arriba de nuevo, y cuando llegó a la polea los hombres cortaron la meollar; otra pausa, y ajustaron el tamborete en la punta del palo mayor dándole golpes con una maza, un pom-pom-pom que retumbó en medio del silencio y la expectación del barco.
–Deben de estar ajustando el tamborete -dijo el paciente de Stephen, un joven gaviero, en la enfermería-. ¡Dios mío! ¡Cuánto me gustaría estar allí! Seguro que el capitán va a mojar el mastelero. Cuando uno baja aquí le parece que es noche cerrada.
–Irá allí enseguida -dijo Stephen-, pero ni hablar de mojar el
mastelero, ni hablar de beber ese horrible grog, amigo mío, hasta que aprenda a evitar a las mujeres del cabo Portsmouth y los brulotes de Sally-Port. Nada de bebidas alcohólicas fuertes. Ni una gota hasta que se haya curado. Y aun entonces, le sentarán mucho mejor el chocolate poco espeso y las gachas.
–Es que ella me dijo que era virgen -se lamentó el marinero en voz baja.
El mastelero subía y subía; había más presión cerca del agujero cuadrado a medida que se cortaban uno tras otro los trozos de meollar. Se sustituyó la guindaleza por el virador; se prepararon sus obenques, estayes y contraestayes; y ahora la estrellera de la cofa lo izaba con un movimiento suave y uniforme, interrumpido solamente por el balanceo del barco. En ese momento, un movimiento brusco o la rotura del virador o de un espigón de la polea podrían ser fatales. Las últimas seis pulgadas, con precaución, y el agujero cuadrado apareció por encima de los baos de la cofa. El capitán de la cofa agitó la mano y Jack gritó:
–¡Adelante!
El capitán de la cofa colocó en su sitio la larga cuña de hierro y gritó:
–¡Listo!
Todo había terminado. Ya no era posible que el mastelero cayera en cubierta como una gigantesca flecha y atravesara el fondo del barco, poniéndoles a todos en peligro. Soltaron el virador; el mastelero, con un ligero crujido, se asentó sobre la cuña, firmemente sujeto por debajo, por delante, por detrás y por los dos lados.
Jack exhaló un suspiro y sonrió cuando Pullings dijo:
"Mastelero mayor guindado, señor".
–Muy bien, señor Pullings -dijo-. Mande engrasar, zallar y tensar los acolladores, y después dé la voz de rancho. La tripulación ha trabajado bien, así que podríamos mojar el mastelero.
–¡Qué agradable es ver el sol! – dijo, apoyado en el pasamanos al final de la tarde.
–¿Eh? – dijo Stephen, dejando de mirar por un tubo que estaba metido a bastante profundidad en el agua.
–Decía que es agradable ver el sol -dijo Jack con una sonrisa, una benevolente sonrisa, observándole allí junto al bote.
Sentía el calor de sus rayos en todo el cuerpo, después de meses de llovizna inglesa; la suave brisa le acariciaba, penetrando por su camisa abierta y por la lona de sus viejos pantalones. Tras él continuaba el trabajo, ahora en manos de marineros expertos, el contramaestre y sus ayudantes, oficiales de derrota y marineros del castillo; ya se habían terminado de halar los cabos y el grueso de la tripulación, en la proa, se mostraba alegre, pues el trabajo del día no había sido excesivo, no habían tenido que limpiar ni les habían acosado, y eso había cambiado el ambiente del barco. Y
seguramente el excelente tiempo y la ración extra de grog también habían contribuido a ello.
–Sí -dijo Stephen-. Así es. A una profundidad de dos pies, el termómetro de grados Fahrenheit no marca menos de sesenta y siete grados. Una corriente del sur, me imagino. Un tiburón nos está siguiendo, es un tiburón pardo, un carcharias. Le gusta el agua templada.
–¿Dónde está? ¿Puedes verlo? ¡Señor Parslow, alcánceme un par de mosquetes.
–Está bajo el oscuro vientre del barco, pero seguro que saldrá enseguida. Le tiro trozos de carne podrida de vez en cuando.
En lo alto de la proa se oyó un sonido gutural; un hombre estaba a punto de caerse de una verga y movía los brazos en el aire intentando agarrarse. Se quedó casi inmóvil un instante, con la cabeza hacia atrás, esforzándose terriblemente por subirla; entonces comenzó a caer, y siguió cayendo más y más rápido. Chocó contra un brandal, salió despedido por el costado y cayó en el mar, cerca de la aleta.
–¡Hombre al agua! – gritaron una docena de marineros, tirando cosas al mar y corriendo de un lado a otro.
–Señor Goodridge, póngalo en facha, por favor -dijo Jack, y tras quitarse los zapatos a toda prisa, se tiró al agua desde el pasamanos.
"¡Qué fresca… estupenda!", pensó al sentir las ruidosas burbujas pasando cerca de sus orejas y el buen sabor del agua
cristalina que le entraba por la nariz. Dobló el cuerpo hacia arriba, mirando la parte inferior de la ondulada superficie con reflejos plateados, y subió rápidamente hasta sacar su rubia cabeza del agua, sacudiéndola y resoplando; entonces vio al hombre agitándose en el agua. Jack, que como nadador tenía más fuerza que gracia, nadaba con la cabeza y los hombros fuera del agua, como un perro de caza y trataba de memorizar el lugar donde estaba el hombre, por si acaso se hundía. Llegó junto a él -que tenía terror al mar (como la mayoría de los marineros, no sabía nadar), y con ojos desorbitados y el rostro desencajado vomitaba agua y trataba de subir la cabeza-, se puso detrás y le cogió por la base de la coleta, diciéndole:
–Tranquilo, tranquilo, Bolton. Cálmese.
Bolton se retorcía con fuerza y hacía movimientos convulsivos con los brazos. Jack, deteniéndole con las piernas, le gritó al oído:
–Junte las manos, imbécil. Le digo que junte las manos. Hay un tiburón cerca, y si continúa chapoteando le atacará.
Incluso para la mente de alguien aterrorizado, medio borracho
y con el agua al cuello, la palabra "tiburón" era comprensible.
Bolton apretó las manos como si mantenerse a salvo dependiera de la fuerza del apretón, y se quedó completamente rígido. Jack le sostenía a flote, y allí permanecieron, subiendo y bajando con el oleaje hasta que el bote les recogió.
Bolton se sentó en el fondo del bote avergonzado, desconcertado y atontado, mientras el agua le salía por todas partes. Para disimular su vergüenza, permaneció como si estuviera cataléptico, y tuvieron que subirlo por el costado del barco.
–Llévenlo abajo -dijo Jack-. Si eres tan amable, doctor, convendría que le echaras un vistazo.
–Tiene una contusión en el pecho -dijo Stephen cuando regresó junto a Jack, que estaba en el alcázar aún chorreando agua, apoyado en el pasamanos para secarse y ver los progresos en la colocación de la nueva jarcia-. Pero no tiene costillas rotas. Quiero felicitarte por haberle salvado. El bote nunca habría llegado a tiempo. ¡Qué reacción tan rápida! ¡Qué decisión! La admiro.
–Estuvo muy bien, ¿verdad? – dijo Jack-. Es estupendo,
palabra de honor -señalaba el mastelero con la cabeza-, y a este ritmo mañana tendremos la mesana sana. ¿Has captado eso? Dije
"la mesana sana". ¡Ja, ja, ja!
¿Trataba de no tomárselo en serio por fatuidad, por fanfarronería? ¿Por vergüenza? No, fue la conclusión de Stephen. Su alegría era tan genuina como innoble su juego de palabras, o remedo de juego de palabras, el máximo exponente del ingenio naval.
–¿No sentiste miedo al pensar en el tiburón, en su enorme voracidad?
–¡Oh, no! Los tiburones son en su mayoría engañadores,
¿sabes? Mucho ruido y pocas nueces. A menos que haya sangre a su alrededor, prefieren las sobras de la cocina a cualquier otra cosa.
Una vez en el puerto militar de las Antillas me tiré desde la popa de un chinchorro y caí de plano sobre el lomo de uno enorme, y no me tocó ni un pelo.
–Dime, ¿consideras que hacer esto es algo corriente? ¿No marca un hito en tu vida?
–¿Un hito? Pues no, yo diría que no. Lo he hecho desde que zarpé por primera vez; Bolton debe de ser el número veintidós, o quizás el veintitrés. Una vez los tipos de esa asociación que premia las buenas obras me mandaron una carta muy amable y una medalla de oro. Fueron muy gentiles. La empeñé en Gibraltar.
–Nunca me lo habías dicho.
–Nunca me lo preguntaste. Pero es muy sencillo, ¿sabes?, cuando uno se acostumbra a forcejear con ellos en el agua. Y
durante un tiempo uno se siente bien, importante, digno del reconocimiento de la patria y de otras cosas, lo cual es muy agradable, no lo niego; pero es muy sencillo, no le doy importancia.
Me tiraría para sacar un perro, y ya no digamos para sacar a un marinero de primera. Bueno, y si el agua estuviera más caliente, creo que me tiraría para sacar a un cirujano. ¡Ja, ja, ja! Señor Parker, creo que debemos colocar las escotas esta noche y quitar el tocón del palo de mesana mañana a primera hora. Así podrá usted arreglar la cubierta y ponerlo todo en orden.
–En verdad, está todo ordenado ya, señor -dijo el primer
oficial-. Pero le pido disculpas, señor, por no haberle recibido a bordo como era debido. Le felicito, señor.
–Gracias, señor Parker. Un marinero de primera es un valioso botín. Bolton es uno de los mejores marineros de las vergas superiores.
–Estaba borracho, señor. Le tengo en mi lista.
–Quizás podamos pasarlo por alto esta vez, señor Parker. En cuanto a la cabria, puede apoyarse con una pata aquí y otra junto al escotillón, con una guía en el tercer zuncho del palo mayor.
Por la noche, cuando ya había demasiada oscuridad para trabajar, pero hacía un tiempo demasiado agradable para irse abajo, Stephen dijo:
–Si te empeñas en quitar importancia a este tipo de rescates,
¿no crees que a la larga no serán apreciados, que no te lo agradecerán?
–Ahora que lo dices, es posible que sea así -dijo Jack-.
Depende; algunos lo aprecian mucho. Bonden, por ejemplo. Le saqué del Mediterráneo, tal vez te acuerdes, y no hay nadie que esté
más agradecido. Pero la mayoría piensa que no es nada importante, me parece. No creo que yo lo agradecería tampoco, a menos que se tirara un amigo mío que me hubiera reconocido y hubiera dicho:
"¡Dios mío! ¡Tengo que sacar a Jack Aubrey!". No. Pensándolo bien
–su expresión era meditabunda-, creo que sacar gente del mar tiene como recompensa la propia sensación de haber hecho el bien.
Permanecieron silenciosos; sus mentes iban por diferentes senderos mientras la estela se alargaba tras ellos y las estrellas salían en procesión sobre Portugal.
–Estoy decidido por fin -dijo Stephen, dándose un manotazo en la pierna-. Estoy decidido, completamente decidido a aprender a nadar.
–Creo -dijo Jack- que mañana cuando baje la marea ya tirarán las mayores triangulares.
–Las mayores triangulares tiran, las mayores triangulares tiran, las mayores triangulares tiran muy bien -dijo el señor Macdonald.
–¿Está contento el capitán? – preguntó Stephen.
–Está encantado. No hay un viento muy fuerte para probarlas, pero el barco parece haber mejorado mucho. ¿No se ha dado cuenta de que se mueve con más suavidad? Podremos contar de nuevo con la compañía del contador. Se lo aseguro, doctor, si ese hombre vuelve a vomitar deliberadamente en la mesa o se monda los dientes con los dedos, le mataré.
–Supongo que por eso está usted limpiando las pistolas. Pero estoy contento por lo que me ha dicho sobre esas velas. Tal vez ya no oiremos hablar tanto de estrobos y botalones… contrafoque, fofoque… y, para remate, del foque por antonomasia. ¡Dios nos asista! Su capitán es una gran persona, pero por desgracia muy aficionado a usar su jerga. Esas pistolas son verdaderamente excelentes. ¿Me permite cogerlas?
–Son bonitas, ¿verdad? – dijo Macdonald, pasándole el estuche-. Joe Mantón me las hizo. ¿Le interesan estas cosas?
–Hace mucho que no tengo una pistola en mis manos -dijo Stephen-. Ni un florete. Pero cuando era más joven me gustaban
mucho… aún me gustan. Tienen su propio encanto. Además de ser de gran utilidad. Los irlandeses nos batimos más a menudo que los ingleses, ¿sabe? Me parece que los de su tierra también, ¿no?
Macdonald pensaba que sí, aunque había una gran diferencia entre la región de Highland y el resto del reino. ¿Qué significaba "a menudo" para el doctor Maturin? Stephen dijo que significaba veinte o treinta veces al año, y que durante su primer año en la universidad había conocido a hombres que superaban eso.
–En aquella época -continuó- le daba quizás demasiada importancia a sobrevivir, y llegué a manejar bastante bien tanto la pistola como el florete. Siento el deseo pueril de volver a ella. ¡Ja, ja! ¡Cuarta, tercera, tercera, finta, estocada!
–¿Le gustaría hacer un pase o dos conmigo en cubierta?
–¿Es normal hacer eso? Me horroriza dar la impresión, aunque sea mínima, de ser un excéntrico.
–¡Oh, sí, sí! Es perfectamente normal. En el Bóreas solía darle clases a los guardiamarinas cuando terminaba de adiestrar a los infantes de marina; y uno o dos tenientes eran muy buenos. Vamos,
llevemos también las pistolas.
Tiraban estocadas y arremetían el uno contra el otro en el alcázar, dando fuertes pisadas y gritando: "¡Ja!". Los chasquidos de los aceros al chocar atrajeron a los guardiamarinas de guardia, que desatendieron sus tareas hasta que fueron enviados a lo alto de la arboladura. Pero otros compañeros más afortunados se quedaron allí y observaron la terrible estocada mortal, veloz como el relámpago.
–¡Basta, basta! ¡Paremos! ¡Dejémoslo! – dijo Stephen retrocediendo por fin-. Estoy sin aliento… jadeante… me muero.
–Bueno -dijo Macdonald-, he sido un hombre muerto durante los últimos diez minutos. Sólo he estado luchando con mi espíritu.
–Cierto, ambos éramos cadáveres casi desde el principio del combate.
–¡Dios santo! – dijo Jack-. No sabía que fueras un hombre tan temperamental, estimado doctor.
–Debe de ser usted sumamente peligroso cuando está bien entrenado -dijo Macdonald-. Esa estocada mortal tan espantosa ha sido muy rápida. No me gustaría tener que batirme con usted,
señor. Puede usted llamarme incluso majareta y lo soportaré dócilmente. ¿Quiere que probemos las pistolas?
Jack les observaba desde su puesto en el alcázar. Estaba muy asombrado, pues a pesar de que conocía íntimamente a Stephen, no se imaginaba que podía empuñar una espada y cargar una pistola, y mucho menos que podía acertar los dibujos de un naipe a veinte pasos. Le complacía que su amigo se encontrara tan bien; le complacía aquel respetuoso silencio; pero estaba un poco triste por no poder unirse a ellos, por tener que quedarse aparte -un capitán no podía competir-, y en el fondo se sentía molesto. Había algo desagradable y en cierto modo innoble en la expresión dura, hosca de Stephen cuando ocupó su posición, levantó la pistola y, mirando por encima del cañón, disparó y le arrancó la cabeza al rey de corazones. Jack se sintió desconcertado; se volvió hacia las nuevas mayores triangulares, completamente hinchadas, que tiraban a la perfección.
Finisterre debería de estar ahora a sotavento, a unas sesenta leguas de distancia. Dentro de poco, alrededor de medianoche,
cambiaría el rumbo hacia el este, hacia Ortegal y el golfo de Vizcaya.
Justamente antes de las ocho campanadas en la guardia de prima, Pullings subió a cubierta, empujando a un Parslow ojeroso que no dejaba de bostezar.
–¡Qué gran alivio verle, señor Pullings! – dijo el segundo oficial-. Estoy muy contento de volver abajo.
Al ver al guardiamarina bostezando, también él dio un enorme bostezo, y luego continuó:
–Bien, aquí lo tiene. Con las mayores, la gavia mayor, el velacho, la trinquetilla y el foque. Rumbo nornoreste, que deberá cambiarse completamente al este cuando suenen las dos campanadas. Debe llamar al capitán si hay algún barco a la vista.
¡Oh, mi querido coy me está llamando! Entonces, buenas noches. A ese chico no le vendría mal que le tiraran un cubo de agua por encima.
Y diciendo esto se dirigió a la escotilla.
En medio de su profundo sueño, Jack notó el cambio de la guardia -sesenta hombres corriendo por un barco de ciento treinta
pies de largo no podían hacer el cambio con mucho silencio-, pero esto apenas le hizo desplazarse un grado del nivel más profundo de inconsciencia, y no le aproximó a la superficie de ésta ni la mitad de lo que le aproximó el cambio de rumbo una hora después. Daba vueltas, sin estar dormido ni despierto del todo, y sabía que su cuerpo ya no estaba en la misma posición respecto al norte. Y
también que el Polychrest navegaba con viento a la cuadra y que su rápido y nervioso cabeceo había dado paso a un deslizamiento suave y prolongado. No había ruidos ni gritos en cubierta. Pullings lo había colocado con el viento en popa con sólo algunas indicaciones en voz baja. Muchas nueces y poco ruido. ¡Qué afortunado era al contar con aquel estupendo joven! Pero había algo que no iba bien. Ya habían orientado las velas, y sin embargo, se oían pasos apresurados. Por la claraboya abierta pudo oír palabras rápidas en un tono excitado; ya estaba despierto del todo y preparado para ver la puerta abrirse y la oscura figura de un guardiamarina situarse junto a su coy.
–El señor Pullings de guardia, señor. Cree que hay un barco por la amura de babor.
–Gracias, señor Parslow. Me reuniré con él enseguida.
En el momento en que vio la luz de la bitácora, Pullings bajó de la cofa, deslizándose por un brandal, y cayó de golpe en el alcázar.
–Creo que les he descubierto, señor -dijo, ofreciéndole su telescopio-. A tres grados por la amura de babor, aproximadamente a un par de millas.
Era una noche bastante oscura. El cielo estaba despejado, pero había un poco de niebla; las grandes estrellas no eran más que puntos dorados, las pequeñas estaban ocultas, y la luna nueva había desaparecido hacía mucho tiempo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, Jack pudo distinguir muy bien el horizonte, una franja menos oscura destacándose sobre el negro cielo, en el que Saturno comenzaba ahora a descender. El viento había rolado un poco hacia el norte y era más fuerte; la blanca espuma saltaba desde lo alto de las olas. Varias veces creyó ver a través del telescopio las gavias de un barco, pero todas las veces habían terminado por desaparecer.
–Tiene usted buena vista -dijo.
–Disparó un cañonazo, señor, vi el fogonazo. Pero no quise llamarle hasta que estuviera totalmente seguro. Ahí está, señor, justo por debajo de la verga cebadera. Con las gavias y tal vez la perico. Creo que está navegando de bolina.
Jack pensó: "¡Dios mío, me estoy haciendo viejo!" mientras bajaba el telescopio. Entonces lo vio, era una figura fantasmal; pero no desapareció, dejaba de verse y volvía a aparecer en el mismo lugar. Veía una franja blanca, que formaban las gavias, agarrochadas de tal manera que quedaban superpuestas, y por encima una mancha blanca, que era la perico. Estaba amurado a estribor, navegando contra la fresca brisa del noroeste, y probablemente se dirigía al oestesuroeste o un poco más al sur de ese punto. Si había disparado un cañonazo, sólo un cañonazo, eso significaba que tenía acompañantes; estaba dando una bordada y los otros harían lo mismo. Se volvió hacia el este y escrutó la oscuridad; esta vez vio una, o tal vez dos de aquellas manchas borrosas pero fijas. Con aquel rumbo, sus trayectorias se cortarían. Pero, ¿cuánto tiempo seguiría el lejano desconocido en su rumbo actual? No
mucho, porque tenía a sotavento el cabo Ortegal y una costa escabrosa con horribles arrecifes.
–Vamos a orzar, señor Pullings -dijo.
Y luego, dirigiéndose al timonel, dijo:
–Orzaremos y nos aproximaremos a él.
El Polychrest viró poco a poco; las estrellas cambiaban, formando un arco en el cielo. Jack permaneció atento para escuchar el sonido de las velas al ondear, que indicaría que ya el barco se había colocado contra el viento. Ahora éste azotaba su pómulo izquierdo; por encima del pasamanos saltó un chorro de espuma, mojándole la cara, y a proa el grátil del velacho empezó a flamear.
Jack cogió el timón y lo hizo moverse un poco más despacio.
–¡Tensar esa bolina! – dijo-. Señor Pullings, creo que podemos virar un poco más. Ocúpese de las brazas y las bolinas.
Pullings corrió por la cubierta apenas iluminada hasta proa; en el oscuro castillo un grupo tiró de los cabos, diciendo: "¡Uno, dos, tres, amarrar!". Cuando volvió a popa ya estaban tensos, y las vergas, con un crujido, giraron algunas pulgadas más. Ahora el
barco tenía las mejores condiciones posibles, y Jack movía las cabillas lentamente, oponiéndose a la fortísima presión, colocando la proa cada vez más en contra del viento. La estrella polar desapareció tras la vela mayor. Más y más en contra; y aquel era el límite. No pensaba que el barco podía hacer tan bien la maniobra; ahora estaba casi a cinco grados de la dirección del viento, mientras que antes llegaba sólo a seis y medio. Le parecía que el abatimiento era menor, pero incluso si se abatía del modo extravagante en que solía hacerlo, podía tomarle la delantera al desconocido, a condición de que hubiera un marinero experto al timón y se prestara mucha atención a la orientación de las vergas.
–Así, muy bien, así -le dijo al timonel, observando su rostro bajo la luz de la bitácora-. ¡Ah, es Haines! Bien, Haines, tendrá usted que demostrarme que tiene gran habilidad en el timón; para esto se necesita un experto marino. Manténgalo así, ¿me ha comprendido? Que no se desvíe ni un ápice.
–Sí, sí, señor. Mantenerlo así.
–Continúe usted, señor Pullings. Compruebe todas las
retrancas y las cargas. Puede hacer un rizo en la gavia mayor si el viento amaina. Llámeme si se produce algún cambio.
Se fue abajo, y después de quitarse la camisa y los calzones, se tumbó en el coy y comenzó a hojear el Boletín Oficial de la Marina; pero no podía estar tranquilo, y poco después ya estaba en el alcázar de nuevo, dando paseos por el costado de sotavento con las manos tras la espalda y mirando hacia el oscuro mar cada vez que se daba la vuelta.
Dos barcos, tal vez tres, dando bordadas de acuerdo con una señal. Podrían ser de cualquier clase: fragatas británicas, barcos de línea franceses o barcos neutrales. También podrían ser mercantes enemigos aprovechando la ausencia de luna para escapar. Una luz, una prueba de negligencia, pudo verse en el segundo al elevarse con las olas, lo que hacía pensar que eran mercantes. Además, era poco probable que hubiera navíos de guerra dispersos por aquellos mares.
Podría formarse mejor una opinión cuando el cielo estuviera más iluminado; pero en cualquier caso, tanto si daban bordadas como si no, al amanecer estaría en una posición ventajosa respecto a ellos,
por barlovento.
Miraba el costado, miraba la estela; el barco se abatía, por supuesto, pero mucho menos. Cada medición con la corredera indicaba tres nudos y medio; poca velocidad, pero Jack no quería más, incluso reduciría velamen si estuviera navegando más rápido, por temor a encontrarse demasiado alejado por la mañana.
A lo lejos, por la aleta del Polychrest, vio un fogonazo iluminar el cielo, y un breve instante después oyó el estallido; estaban dando otra bordada. Ahora él y los desconocidos llevaban rumbos paralelos. El Polychrest tenía la posición más ventajosa, estaba exactamente por barlovento respecto al primero de los tres barcos; ahora se sabía seguro que existía el tercero, se tenía la certeza desde hacía media hora. Ocho campanadas. Aún faltaba mucho tiempo para que se hiciera de día.
–Señor Pullings, siga ocupándose de la guardia en cubierta.
Navegaremos con la gavia mayor y la perico. Buenos días, señor Parker. Mande encender los fuegos de la cocina enseguida, por favor; los marineros tomarán el desayuno lo antes posible, un
desayuno sustancioso, señor Parker. Mande subir a los desocupados y después puede empezar a hacer zafarrancho de combate; llamaremos a todos a sus puestos cuando suenen las dos campanadas. ¿Dónde están los guardiamarinas de relevo? Usted, oficial de derrota, vaya a cortarle los coyes inmediatamente. Avisen al condestable. ¿Y bien, señores -se dirigía a los horrorizados guardiamarinas Rossall y Babbington-, cuál es el motivo de este espantoso comportamiento, de no aparecer en cubierta a tiempo para comenzar la guardia? ¡Con el gorro de dormir y la cara sucia!
¡Dios santo! Sois los dos unos marineros torpes, perezosos y sucios.
¡Ah, señor Rolfe, está usted ahí! ¿Cuánta pólvora ha puesto?
Los preparativos continuaban sin interrupción, y cada guardia desayunó a su turno.
–Ahora viene lo bueno, compañeros -dijo William Screech, un ex tripulante de la Sophie, mientras se atragantaba la comida, que consistía en queso y sopa aguada-. Ahora veréis a Ricitos de oro hacer una de las suyas e ir por esos extranjeros.
–Hace tiempo que no vemos nada bueno -dijo un
campesino-. ¿Dónde están esas coronas de oro que nos prometieron? Hasta ahora ha habido más patadas que monedas de medio penique.
–Están justo a sotavento, compañero -dijo Screech-. Todo lo que tienes que hacer es ocuparte de tu trabajo, cargar el cañón con rapidez y hacer caso a tío Dick.
–Quisiera estar ahora en casa con mi querido telar -dijo un tejedor-, con coronas de oro o sin ellas.
Ahora los fuegos de la cocina estaban apagados, hacían un ruido sibilante y despedían un desagradable olor. Las escotillas se cubrieron con paño grueso; la cabina de Jack desapareció, pues Pullings se llevó al fondo del barco sus pertenencias y los carpinteros quitaron los mamparos; las jaulas de pollos se sacaron del comedor y se llevaron abajo, mientras éstos no paraban de cacarear; y entretanto, Jack contemplaba el mar. Por el este se veía ya un poco de luz cuando el contramaestre vino a informarle de un problema que tenía con la anetadura, pues no sabía si el capitán quería colocarla por encima o por debajo de la nueva entalingadura. Este
asunto no requirió mucha reflexión, pero cuando Jack, después de dar la respuesta, miró por el costado otra vez, pudo ver el extraño con toda la claridad que deseaba; sobre la tranquila superficie plateada del mar, aproximadamente a una milla por la aleta de estribor, se veía su negro casco cuando cabeceaba. Y a lo lejos, por sotavento, lo seguían los otros dos, que indudablemente no estaban gobernados por grandes navegantes, pues les resultaba difícil alcanzarlo, a pesar de llevar desplegado mucho velamen. El primero había izado las mayores para que los otros, ahora a unos tres cuartos de milla de él, pudieran acortar la distancia. Uno parecía llevar un aparejo provisional. Guardándose el telescopio en el pecho, Jack subió a la cofa del mayor; una vez apoyado firmemente enfocó el primer barco, y en cuanto lo vio frunció los labios como si estuviera dando un silencioso silbido. Una fragata de treinta y dos cañones, no, de treinta y cuatro, nada menos. Luego sonrió, y sin dejar de mirar por el telescopio gritó:
–¡Señor Pullings, venga a la cofa, por favor! Tenga, use mi telescopio. ¿Cuál es su opinión sobre él?
–Es una fragata de treinta y dos cañones, no, de treinta y cuatro, señor. Francesa, por la forma de su foque. No. ¡No! ¡Dios mío! ¡Es el Bellone, señor!
Era el Bellone, que recorría su habitual zona de crucero. Se había comprometido a escoltar dos mercantes de Burdeos hasta los veinte grados oeste y los cuarenta y cinco norte, y los había hecho atravesar el golfo de Vizcaya satisfactoriamente, aunque no sin problemas, porque eran torpes y lentos y uno había perdido el mastelero mayor y el de velacho. Había permanecido junto a ellos, pero no tenía más sentido del deber que cualquier otro barco corsario, y ahora estaba muy interesado en aquella extraña cosa de forma triangular que se balanceaba a barlovento. En su contrato no había estipulado nada que impidiera hacer presas a lo largo del viaje, y durante el último cuarto de hora, o tal vez desde que había avistado el Polychrest, después que el Bellone virara contra el viento un grado más, su capitán había estado haciendo lo mismo que Jack ahora, mirar por el telescopio atentamente desde la cofa.
El Bellone podía, adelantar a cualquier navío de jarcia de cruz,
con viento favorable; pero en los siguientes diez o veinte minutos Jack podría tomar la iniciativa. Su posición ventajosa le permitiría decidir si entablaba combate o no. Pero esto no duraría mucho; debía pensar con rapidez, decidirse antes de que estuviera al alcance de sus disparos. El barco corsario tenía treinta y cuatro cañones, frente a los veinticuatro suyos, pero eran de seis y ocho libras; en una andanada lanzaba ciento veintiséis libras, mientras que él, con una andanada de trescientas ochenta y cuatro libras, en las condiciones adecuadas, podría hacerlo desaparecer del mar.
Aunque sus cañones eran sólo de ocho libras, eran magníficos cañones de bronce, largos y muy bien manejados, y sus disparos podrían alcanzarle desde una distancia de una milla o más. Jack, en cambio, con sus carronadas cortas e imprecisas y su inexperta tripulación, necesitaba estar a una distancia de tiro de pistola para disparar con efectividad. A cincuenta yardas, o incluso a cien, podría darle una buena tunda. Cerca, sí, pero no demasiado cerca. No era posible abordarlo, no con los doscientos o trescientos furiosos corsarios que iban a bordo, ni con una tripulación como la suya.
–Señor Pullings -dijo-, quiero que el señor Macdonald mande a sus hombres que se quiten las chaquetas rojas. Ponga una lona sobre los cañones del combés de manera que pueda quitarse en un instante y mánchela de barro. Coloque dos o tres toneles vacíos en el castillo. Haga que el barco tenga un aspecto muy sucio y desordenado.
¡Con qué facilidad podían cambiar los papeles! Esta vez el Bellone no se había preparado durante un par de horas; sus cubiertas no estarían despejadas de proa a popa a tiempo, lo encontrarían con una gran incertidumbre todavía; era él el que iba a ser capturado por sorpresa. Capturado: la palabra le sonó a música celestial. Se dirigió apresuradamente al alcázar. Había tomado una decisión.
–Señor Parker, ¿qué está haciendo?
–Estos trozos de pallete son para proteger mis láminas de oro, señor -dijo el primer oficial.
–No los arregle, señor Parker; están muy bien así. (Les daban realmente aspecto de mercante.) Todos los hombres a popa, por
favor.
Estaban ante él en la penumbra, algunos muy contentos, algunos asombrados, muchos desanimados, ansiosos, sin dejar de mirar aquella oscura figura sobre las aguas.
–¡Compañeros de tripulación! – dijo en voz alta y clara, y les sonrió-. Ese de ahí es un barco corsario. Lo conozco bien. Tiene una larga fila de portas, pero sólo hay cañones de seis y ocho libras detrás de ellas, y los nuestros son de veinticuatro, aunque él no lo sabe. Ahora nos aproximaremos poco a poco… puede acribillarnos con sus pequeños cañones, pero eso no tiene importancia… y entonces, cuando estemos tan cerca que no podamos fallar, bueno, le lanzaremos una terrible andanada. Una andanada con todos los cañones apuntando al palo de mesana. Ni un cañonazo hasta que redoble el tambor, y entonces a luchar contra ellos como héroes.
¡Vamos a darles duro! Cinco minutos intensos y arriarán su bandera.
Ahora todos a sus puestos, y recuerden, ni un cañonazo hasta que redoble el tambor, y entonces todos los disparos dirigidos al palo de mesana. ¡Luchar enérgicamente contra ellos y no malgastar ni un
disparo!
Al volverse, vio a Stephen observándole desde la escotilla de la toldilla.
–¡Buenos días! ¡Buenos días! – dijo, sonriendo con gran alegría-. Ahí está nuestro viejo amigo el Bellone, justamente a sotavento.
–Sí, eso me dijo Pullings. ¿Tienes la intención de combatir con él?
–Tengo la intención de hundirlo, capturarlo, quemarlo o destruirlo -dijo Jack, y en su rostro se dibujó una sonrisa.
–Seguro que lo conseguirás. Acuérdate, por favor, del reloj que me quitaron. Un Bréguet de repetición, número 365, con un segundero en el centro. Y de los tres pares de calzoncillos; los reconocería en cualquier parte.
Ya estaba amaneciendo, al este se veía una luz dorada. El claro cielo estaba jaspeado de nubes blancas; los mercantes atagallaban para alcanzar el barco corsario.
–Señor Parker, tape las escotillas, por favor. Señor Macdonald,
mande a sus mejores tiradores a las cofas en el último momento; tienen que arrasar el alcázar, sólo el alcázar.
Este era su sencillo plan: se aproximaría poco a poco, sin dejar que el barco corsario le adelantara, manteniéndose rigurosamente a barlovento y tratando de desconcertarlo lo más posible, y entonces le dispararía muy de cerca y así le ganaría por la mano. No se atrevía a intentar ninguna otra cosa más complicada -ni rápidas maniobras ni cruzar bajo la proa-, no con ese barco, no con esos hombres; ni tampoco se atrevía a esconder abajo a los marineros inexpertos que nunca habían visto un cañón furioso.
–Vire medio grado, señor Goodridge.
Sus rumbos eran ahora convergentes. ¿Cuánto le permitiría acercarse el Bellone? Cien yardas equivalían a un minuto menos de soportar su fuego de largo alcance. Más cerca, más cerca.
Si pudiera desarbolarlo, arrancarle el timón… el Bellone lo tenía justo detrás del palo de mesana… Ahora veía los pálidos rostros en el alcázar. Y sin embargo, los dos barcos continuaban avanzando, más y más, juntándose más y más. ¿Cuándo dispararía?
–Otro cuarto, señor Goodridge. Señor Rossall, ¿tiene usted la bandera de Papenburg?
Una bocanada de humo salió de la proa del Bellone y una bala pasó rebotando junto al costado del Polychrest. La bandera británica apareció a bordo del barco francés.
–¡Es inglés! – exclamó un hombre en el combés con alivio, el muy ingenuo.
Con una ráfaga de viento se escuchó apenas perceptiblemente una voz: "¡Reducir vela y virar, malditos cabrones!". Jack sonrió.
–Despacio, señor Rossall -dijo-. Finja que se equivoca.
Súbala hasta la mitad, luego abajo y arriba de nuevo.
La bandera de Papenburg subió con dificultad por el palo de mesana y por fin apareció en la punta, ondeando en dirección al barco corsario.
–Esto le desconcertará -dijo Jack.
En ese momento de duda los dos barcos se aproximaron todavía más. Entonces hubo otro disparo, que alcanzó al Polychrest exactamente en la parte central: un ultimátum.
–¡Arriba la escota del velacho! – gritó Jack.
Podía permitirse dejar que el Bellone le apuntara más de cerca, y con su confusión podría ganar otro medio minuto.
Pero el Bellone ya estaba harto. La bandera británica descendió y la tricolor subió rápidamente; el costado de la fragata desapareció tras una nube de humo y, con gran estrépito, pesadas balas, en total un quintal de hierro, cruzaron sobre el mar hasta una distancia de quinientas yardas. Tres alcanzaron el casco del Polychrest, las restantes pasaron silbando por encima.
–¡Amarrar esa escota, los de proa! – gritó.
Y cuando la vela se hinchó dijo:
–Muy bien, señor Goodridge, ahora nos abordaremos con él a una distancia de tiro de pistola. Nuestra bandera, señor Rossall.
Señor Pullings, quite la lona y tire los toneles por la borda.
Uno o dos extraños cañonazos del Bellone, por un espantoso momento Jack pensó que iba a dar una bordada, cruzar por popa y tratar de hacer un viraje para tomar ventaja, disparándole todo el tiempo desde cierta distancia.
–¡Dios mío, nos disparará una andanada! – murmuró.
Y la andanada llegó, con gran violencia y estrépito, pero fue desigual, sin la gran destreza del Bellone. Ahora el barco corsario confiaba en un desenlace rápido, inmediato. Sólo era necesario esperar a que el segundo oficial situara el Polychrest adecuadamente para el combate, manteniéndolo en la misma posición respecto al viento y al Bellone e impidiendo a éste adelantarles; era necesario resistir aquellos minutos en que sólo les separaba un estrecho espacio.
–¡Señor Macdonald, que suban los infantes de marina! – dijo-
. Tamborileros, ¿están preparados?
Del otro lado del agua habían sacado y apuntado los cañones de nuevo, y cuando la boca del último estuvo fuera, Jack gritó:
–¡Al suelo! ¡Al suelo!
Fue una andanada combinada, en su mayor parte compuesta de metralla, que atravesó la parte inferior de la jarcia y la cubierta.
Un gran estrépito por la caída de las poleas, cabos rotos… Macdonald estaba a su lado, temblando, agarrándose fuertemente el brazo con
una mano. Un infeliz hombrecillo había corrido hasta la escotilla de proa e intentaba bajar por ella, y otros que estaban a gatas, con una expresión asustada, le miraban para comprobar si lo conseguía. El contramaestre le levantó, sujetándole con fuerza, y le empujó hasta su cañón. El humo se disipó, y Jack podía ver ahora las vigotas en los obenques del Bellone.
–¡A los cañones! – gritó-. ¡Preparados! ¡Esperar el redoble!
¡Disparar todos al palo de mesana!
Los oficiales y los artilleros mayores apuntaron las carronadas hacia el Bellone, mirando por encima del cilindro con una expresión furiosa. Los enormes ojos del tamborilero estaban fijos en el rostro de Jack. Más cerca, aún más cerca… Puso atención al balanceo, sintió cómo el barco se elevaba lentamente hasta el punto máximo, y en el instante en que empezó a descender, hizo una inclinación de cabeza y gritó:
–¡Fuego!
El redoble del tambor fue sofocado por el estallido simultáneo de todos los cañones de estribor, formando una enorme nube de
humo espeso, impenetrable. Jack lo apartaba agitando la mano como un abanico y se inclinaba hacia afuera por encima del pasamanos. Al disiparse el humo, alejándose por sotavento, pudo ver el horrible efecto: un gigantesco agujero en el costado del Bellone, la parte de cubierta cercana al palo de mesana destruida, el mástil dañado, tres portas arrancadas, cuerpos sobre el alcázar.
Un enérgico y furioso viva se oyó en el Polychrest.
–¡Otro, otro! – dijo-. ¡Otro y arriará la bandera! Pero todavía su bandera ondeaba, su timón estaba intacto; y desde el alcázar, el capitán Dumanoir saludó a Jack con el sombrero, mientras daba órdenes a sus hombres. Jack vio con horror que el maldito abatimiento del Polychrest le estaba acercando a la borda del barco corsario. Todos los franceses, menos los artilleros, se aglomeraban en la proa; eran unos doscientos.
–¡Orzar, Goodridge…!
Sus palabras fueron ahogadas por dos andanadas, una del Bellone y otra del Polychrest, disparadas casi a toca penoles.
–¡Todos a repeler el abordaje! ¡Picas, picas, picas! – gritó,
desenvainando su sable.
Corrió hacia el castillo, el lugar más probable para el ataque, saltando por encima de un cañón desmontado y dos cadáveres, y llegó allí antes de que el humo se hubiera disipado del todo.
Rodeado de veinte o treinta hombres, permaneció en espera del terrible estrépito del choque entre los dos barcos. Entre el humo se oían fuertes gritos… órdenes en francés… vivas; y entonces se oyó en la popa un espantoso y ensordecedor estruendo. Ahora el aire era límpido y la luz brillante. El Bellone se apartaba, se desviaba de la dirección del viento y viraba; el espacio entre ellos era ya de veinte yardas. Pero no podía mantenerse contra el viento; el palo de mesana, que se había soltado, estaba ahora inclinado hacia la aleta de estribor, colgando por los obenques, y el balanceo de la punta lo hacía actuar como un enorme timón.
–¡A los cañones! – gritó.
El Bellone estaba volviendo la popa hacia ellos; una potente andanada podría destruirlo ahora.
–¡Le hemos derrotado! ¡Le hemos derrotado! – gritó un tonto.
Y en ese momento se hizo patente la falta de adiestramiento.
Las desorganizadas brigadas de artilleros empezaron a correr de un lado a otro, dejando tubos de mechas, balas, cartuchos, lampazos y baquetas por todas partes; algunos daban vivas, otros se comportaban como imbéciles, haciendo cabriolas entre los cañones.
Aquello parecía Bedlam.
–¡Pullings, Babbington, haced que disparen esos cañones!
¡Rápido! ¡Malditos sean todos! ¡Timón a barlovento, Goodridge!
¡Vamos a arribar!
Derribó a un estúpido tejedor que estaba saltando de alegría, agarró a dos hombres, hizo chocar sus cabezas una contra otra y les obligó a volver junto a sus cañones; giró una carronada y sacó otra que disparó contra la desprotegida popa del Bellone. Luego regresó al alcázar corriendo y gritó:
–¡Arribar, Goodridge, arribar, he dicho!
Y ahora el maldito Polychrest no respondía al timón. Casi no le había quedado ninguna escota en las velas de proa después de la última andanada, y volvía a ofrecer resistencia como antes. Se había
virado el timón con precisión, pero el barco no se abatía a sotavento; y aquellos preciosos minutos se escapaban.
Malloch y sus ayudantes estaban atareados con las escotas, haciendo nudos con furia. Alguna que otra carronada disparaba, y una bala de veinticuatro libras golpeó la sonda del Bellone, que estaba en el codaste. Pero el barco corsario había orientado las vergas para navegar a favor del viento; y ahora estaba justamente con el viento en popa, separándose a cien yardas por minuto. Antes de que las escotas de proa estuvieran cazadas, para que el Polychrest pudiera abatirse a sotavento y perseguir al Bellone, ya había entre ellos un cuarto de milla de distancia y el Bellone respondía a los disparos con su cañón de popa.
–Señor Parker, lleve dos cañones a proa -dijo Jack.
El Polychrest estaba ganando velocidad, mientras el Bellone, afectado por la caída de su mástil, daba extrañas guiñadas. La distancia disminuía.
–Señor Parslow, alcánceme una lente. (Su telescopio estaba destrozado junto al cabillero.)
–¿Una lente? ¿Qué lente, señor? – dijo, mirándole aturdido, y con una expresión ansiosa y preocupada en su pálido rostro.
–Cualquier lente… un telescopio, muchacho -dijo en tono amable-. De la sala de oficiales. Date prisa.
Miró a un lado y a otro del barco. Las mayores triangulares estaban agujereadas como cedazos, dos trinquetillas caían fláccidas, el velacho estaba hecho jirones y media docena de obenques se habían roto; sin embargo, los foques y la vela de mesana tiraban bien. Había bastante orden en cubierta. Dos carronadas se habían desmontado, pero a una la estaban montando de nuevo y poniéndole otra retranca; las restantes habían sido preparadas, tenían las bocas fuera, y en sus brigadas estaban todos los miembros, con una expresión animada y decidida. Había un enorme montón de coyes en el combés, derribados por la última andanada del Bellone. Rodeando el montón había heridos, y les estaban llevando abajo.
–El telescopio, señor.
–Gracias, señor Parslow. Dígale al señor Rolfe que las carronadas de proa deben disparar en cuanto saquen las bocas
fuera.
A bordo del Bellone estaban cortando con hachas los obenques del palo de mesana en el lado de estribor. Los dos últimos se rompieron; el oscilante mástil quedó desprendido, la fragata dio un tirón hacia delante, apartándose considerablemente, y luego continuó alejándose de ellos. Pero cuando Jack miró por el telescopio, vio cómo el mastelero mayor daba bandazos y más bandazos, hasta que en una gran elevación de las olas, cayó pesadamente por la borda.
Dieron un viva en el Polychrest ¡Se estaban acercando! ¡Se estaban acercando! La carronada de proa disparó, y aunque la bala no alcanzó al Bellone, casi logró llegar hasta él en el rebote. Otro viva. Jack pensó: "Veremos si os reís cuando orce y nos lance una descarga". Los dos barcos se encontraban a unas quinientas yardas de distancia, ambos con el viento en popa, y el Polychrest por la aleta de babor del Bellone. El barco corsario sólo tenía que virar el timón a sotavento para que su batería quedara frente al Polychrest y pudiera dispararle de la roda a la popa. No podría ponerse
totalmente contra el viento sin velas de popa, pero podía colocarse con el viento de través, y aun menos que eso sería suficiente.
Sin embargo, no lo hizo. Aunque el Bellone no tenía el mastelero, seguía navegando a favor del viento. Y enfocando el telescopio hacia su popa, Jack comprendió por qué: no tenía timón para virar a sotavento. El último disparo afortunado lo había derribado. No podía virar. Sólo podía seguir navegando con el viento en popa.
Ahora estaban acercándose a los mercantes, bastante hundidos en el agua y aún por la amura de babor. ¿Pretendían causar problemas? ¿Apoyar a su amigo? Tenían cinco portas en el costado; y el Bellone pasaría entre ellos a un cable de distancia.
–Señor Parker, saque las carronadas de babor.
No. No pretendían eso. Iban alejándose poco a poco, en dirección norte; uno parecía un pato cojo, pues llevaba el mastelero mayor y el de velacho provisionales. La carronada de proa del Polychrest arrojó un surtidor de agua sobre la popa del Bellone. Se estaban acercando. ¿Debería apresar los mercantes y después ir por
el barco corsario? ¿O contentarse con los mercantes? Ahora no podrían escapar; pero cinco minutos después tendrían el Polychrest por sotavento, y aunque eran muy lentos, sería difícil atraparlos.
Media hora después sería imposible.
La carronada hacía dos disparos por cada uno del Bellone; pero ese disparo salía de un cañón largo de ocho libras, un arma de mucha mayor precisión. Poco antes de que estuvieran frente a los mercantes, el barco corsario hizo un disparo bajo; la bala pasó sobre la cubierta del Polychrest y mató a un marinero que estaba junto al timón, proyectándolo contra Parslow, que estaba allí esperando recibir órdenes. Jack apartó el cadáver, ayudó a incorporarse al ensangrentado joven y le dijo:
–¿Se encuentra usted bien, Parslow?
–Los mercantes se han rendido, señor -dijo entonces Parker.
–Sí, sí. Mire si es posible largar una boneta -fue su respuesta.
Un pequeño aumento de velocidad le permitiría acercarse al Bellone y, dando una guiñada, acribillarlo de nuevo con su batería.
Pasaron cerca de los mercantes, que llevaban las escotas flotando al viento en señal de rendición. Incluso en aquel momento de encarnizada lucha en que los cañones respondían tan rápidamente como podían cargarse y el humo de la pólvora se arremolinaba entre ellos, entre cuerpos que yacían sobre cubierta y con la sangre corriendo por los imbornales, había ojos que miraban melancólicamente hacia las presas. Eran barcos de considerable tamaño: quizás diez, veinte o incluso treinta mil guineas. Sabían muy bien que cuando el Polychrest se hubiera desviado una milla a sotavento todo aquel dinero se alejaría, los mercantes desplegarían hasta la última vela posible, orzarían y se alejarían a toda velocidad; adiós a aquella fortuna.
Navegaban con rapidez hacia el sureste, mientras a popa los mercantes se veían cada vez más pequeños. Se disparaban ininterrumpidamente; primero uno se adelantó un poco porque el otro reparaba sus dañados aparejos, luego se adelantó el otro; pero ninguno se atrevía a hacer una pausa para envergar nuevas velas, ninguno se atrevía a guindar un nuevo mastelero o mastelerillo con
aquel cabeceo que el mar encrespado provocaba; y ambos estaban en las mismas condiciones. El más mínimo daño de uno al otro sería decisivo, la más mínima tregua, fatal. Y siguieron navegando; el tiempo pasó, la campana sonó durante toda la guardia de mañana, hora tras hora; la tensión era enorme, apenas se oía una palabra en cubierta, aparte de las órdenes. Nunca los separaba una distancia mucho mayor ni mucho menor que un cuarto de milla. Ambos trataron de desplegar las alas; a ambos se las arrancaron. Ambos tiraron la aguada por la borda, aligerándose varias toneladas.
Utilizaron todos los trucos, estratagemas y ardides conocidos por los marinos para conseguir moverse mucho más rápido. En cierto momento, Jack pensó que en el Bellone tiraban las provisiones por la borda, pero, en realidad, tiraban a los muertos. Vio caer al agua a cuarenta; en aquel barco había tal aglomeración de tripulantes que la matanza debería de haber sido terrible. Y todavía disparaban.
A mediodía, cuando entre las nubes avistaron las montañas españolas en el horizonte, por el sur, el Polychrest tenía la proa plagada de agujeros de bala, había sido alcanzado repetidamente
por las balas en el palo trinquete y la verga de velacho y hacía agua.
La popa del Bellone estaba totalmente destrozada y su gran vela mayor era un conjunto de agujeros; pero de nuevo viraba. Lo hacía usando un cabo extendido desde la parte de babor de la popa, y esto le permitía desviarse un par de grados de la dirección del viento; no era mucho, pero, sin duda, más de lo que podía conseguir usando las escotas. Cambió el rumbo deliberadamente al ver el cabo de Peñas, y le costó mucho; al arrastrar el cabo perdió cien yardas, una gran distancia en aquella desesperada carrera. Rolfe, el condestable del Polychrest, con los ojos inyectados de sangre, manchado de negro por la pólvora, pero sintiéndose en su elemento, le disparó una bala que dio de lleno en el cañón de popa, y rompiendo un sepulcral silencio todo el Polychrest estalló en entusiasmados vivas.
El Bellone seguía navegando, ahora en silencio excepto por los disparos de mosquete. Pero seguía navegando, y era a Gijón adonde huía. Gijón era un puerto español y, por lo tanto, estaba cerrado para los barcos ingleses pero abierto para los franceses.
No obstante, aún le quedaban algunas millas por recorrer, y si
una bala alcanzaba la verga mayor o sus escotas, lo inutilizaría.
Ahora estaba lanzando sus cañones por la borda para recuperar esas cien yardas perdidas. Jack sacudió la cabeza; eso no le serviría de mucho, ya que tenía el viento exactamente por popa y sólo le quedaban las velas de proa.
–¡Cubierta! – gritó el serviola-. ¡Barco por la amura de estribor!
Era una fragata española que doblaba el cabo de Peñas y se dirigía a Gijón; seguramente se podía haber avistado ya desde hacía tiempo, si todas las miradas no hubieran estado fijas en el veloz barco corsario.
–¡Maldición! – dijo Jack.
Pensó un instante en lo extraño que le resultaba contemplar aquel velamen perfecto, aquellas pirámides blancas, después de pasar tanto tiempo viendo velas hechas jirones. ¡Y qué rápidamente se movía la fragata! Una explosión en la proa, diferente del normal estallido de la carronada. Gritos, un terrible aullido de dolor. La carronada se había recalentado y había explotado, matando al
artillero mayor e hiriendo a otros tres artilleros; uno de ellos salía de cubierta a trompicones, dando gritos, y cuando sus compañeros le llevaban abajo daba tales saltos que se escapó dos veces de sus brazos. Los hombres tiraron al artillero mayor por la borda y quitaron los restos del destrozo; luego trabajaron afanosamente para colocar una carronada en el lugar de aquella, pero era una labor muy lenta, pues se habían perdido los cáncamos y todo lo demás; y durante todo ese tiempo, los mosquetes del Bellone les estuvieron disparando.
Ahora navegaban silenciosamente, llenos de rabia y rencor; la costa estaba cada vez más cerca, ya se veía el imponente acantilado y la blanca espuma en los arrecifes. Y desde la enfermería, en lo profundo del barco, llegaba sin pausa aquel aullido de dolor.
Un cañonazo de la fragata española, una serie de señales.
–¡Maldición! – dijo Jack otra vez.
El Bellone movía de nuevo el cabo para virar a babor, para dirigirse a la entrada de Gijón. Dumanoir debía orzar dos grados al menos o se encontraría entre las rocas.
–¡No lo harás! ¡Maldito seas! – gritó Jack-. ¡A los cañones!
¡Apuntar directo hacia delante! ¡Elevación tres grados! ¡Disparar al palo mayor! ¡Señor Goodridge, vamos a orzar!
El Polychrest se desvió bruscamente hacia babor, y su costado quedó en posición oblicua respecto al barco corsario. Los cañones dispararon sucesivamente, tres, seis y tres. En la vela mayor del Bellone aparecieron enormes agujeros, la verga se inclinó y quedó sujeta por el contraamantillo; pero el barco siguió navegando.
–La fragata española está disparando, señor -dijo Parker.
Y en ese momento una bala cruzó ante la roda del Polychrest.
La fragata había cambiado el rumbo para pasar entre ellos; estaba muy cerca.
–¡Maldito sea! – dijo Jack.
Cogió el timón, puso el barco viento en popa y lo dirigió hacia el barco corsario. Podría tener tiempo de lanzar otra descarga mucho antes de que la fragata española cruzara su proa, una oportunidad de inutilizar al Bellone antes de que esquivara los arrecifes y llegara al amplio canal que llevaba al puerto.
–¡Preparados los cañones! – dijo, en medio de aquel silencio-
. ¡Con cuidado, con cuidado! Tres grados. Contra su palo mayor.
¡Que todas las balas den en el blanco!
Miró por encima del hombro y vio la fragata española -un magnífico conjunto de velas-; oyó con claridad su llamada, pero apretó los labios y viró el timón. Si la fragata era alcanzada por sus cañonazos, peor para ella.
Viró y viró, girando el timón por completo. Los cañones dispararon con un ruido espantoso, atronador. El palo mayor del Bellone fue inclinándose lentamente, cada vez más, cada vez más, hasta caer por la borda, y todas sus velas con él. Un momento después, el barco corsario estaba en los rompientes. Jack vio las placas de cobre de su casco. El barco se adentró en los arrecifes, dio dos fuertes sacudidas y quedó tumbado sobre un costado; las olas rompían contra él.
–De modo, señor, que lo llevé hasta los arrecifes cerca de Gijón. Quería enviar los botes a quemarlo durante la bajamar, pero
los españoles me indicaron que estaba en sus aguas territoriales y que se opondrían a una acción semejante. Sin embargo, añadieron que estaba desfondado y tenía la popa destrozada.
El almirante Harte le miró con profundo desagrado.
–Así que, según he entendido -dijo-, usted dejó a esos valiosos mercantes, cuando los tenía al alcance de la mano, para perseguir a un despreciable barco corsario que ni siquiera llegó a apresar.
–Lo destruí, señor.
–Quizás. Todos hemos oído hablar de esos barcos llevados a los arrecifes y desfondados y esto y lo otro que al mes siguiente reaparecen y están como nuevos. Es muy fácil decir: "Lo llevé hasta los arrecifes". Cualquiera puede decirlo, pero hasta ahora nadie ha conseguido una recompensa o un premio por ello, ni un cuarto de penique. No, no. El problema está en su forma sumamente estúpida de usar las velas. Si hubiera desplegado las juanetes, habría tenido muchísimo tiempo para atrapar los mercantes y después acabar realmente con ese cabrón que usted dice haber destruido. Esas
mayores triangulares no creo que deban usarse si no sopla un vendaval.
–Sin ellas nunca podría haberme situado a barlovento del convoy, señor. Y le aseguro que con más velamen desplegado en el Polychrest sólo habría conseguido presionarlo hacia abajo.
–¿Entonces debemos entender que mientras menos velamen despliega más rápido va? – dijo Harte, mirando a su secretario, que se reía disimuladamente-. No es así. Y se supone que, en general, un almirante sabe más de estas cosas que un capitán. No quiero oír hablar más de esa estrafalaria jarcia. Su corbeta es ya bastante peculiar, no era necesario darle la apariencia de un maldito sombrero de tres picos, convirtiéndola en el hazmerreír de toda la flota, y arrastrarla a cinco nudos porque usted no quiso largar más velas. A propósito, ¿qué tiene usted que decir sobre esa galeota holandesa?
–Tengo que decir que huyó de mí y desapareció sin dejar rastro.
–¿Y quién la capturó al día siguiente, con su oro en polvo y
sus colmillos de elefante? La Amethyst, desde luego. La Amethyst otra vez, y a usted no se le vio por allí. No me toca ni un… quiero decir, no va usted a compartir nada. Seymour es el afortunado: dos mil guineas, considerando la más baja tasación. Me ha decepcionado usted mucho, capitán Aubrey. Le doy algo equivalente a un crucero en una corbeta totalmente nueva y ¿qué hace usted con ella?
Regresa con las manos vacías, cinco hombres muertos y siete heridos, y la trae con aspecto de no sé qué cosa, con las bombas funcionando día y noche y sin la mitad de los palos y los cabos, contando un cuento de que llevó a un insignificante barco corsario a unos arrecifes probablemente imaginarios y pidiendo a voces una reparación. No me hable de pernos ni de cabos contrahechos -dijo, negando con la mano-. He oído todo eso antes. Y también he oído que usted bajaba mucho a tierra antes de que yo llegara. Permítame recordarle que un capitán no puede dormir fuera de su barco sin permiso.
–¿De veras, señor? – preguntó Jack, inclinándose hacia delante-. ¿Puedo rogarle que sea más explícito? ¿Se me recrimina
por haber dormido fuera de mi barco?
–Nunca he dicho que hubiera usted dormido fuera de su barco,
¿verdad?
–Entonces, ¿me permite preguntarle cómo debo interpretar ese comentario?
–No tiene importancia-dijo Harte, jugueteando con su cortapapeles.
Y en un incontenible arranque de rabia añadió:
–No obstante, le diré una cosa: sus gavias son una vergüenza para la Armada. ¿Por qué no puede usted aferrarlas con camiseta?
La mala intención era tan clara que no podía pasar desapercibida. Las fragatas de primera, con una tripulación numerosa y experta, aferraban sus velas con camiseta en vez de hacerlo a la española, pero sólo cuando estaban en el puerto o iban a pasar un revisión en Spithead.
–Bueno -continuó Harte, que sabía esto perfectamente-, como le he dicho, me ha decepcionado. Irá usted con los convoyes del Báltico, y creo que el resto del tiempo la corbeta será utilizada