Capitán de navío
Capítulo 3
Ella se puso de pie, recta como una vara.
–Tenemos que entrar. Tengo que bailar el próximo baile con el capitán Aubrey -dijo, y le dio un beso-. Siento mucho lastimarle, Maturin.
CAPÍTULO 3
Desde hacía muchos años Stephen Maturin escribía un diario con su característica letra, pequeña y enrevesada. Éste estaba salpicado de dibujos de anatomía y descripciones de plantas, pájaros y otras criaturas, y si alguien lo hubiera descifrado, habría descubierto que la parte científica estaba en latín, mientras que las observaciones personales estaban en catalán, la lengua que había hablado la mayor parte de su juventud. Las entradas más recientes estaban en esa lengua.
"15 de febrero… entonces, cuando de repente ella me besó se me doblaron las piernas. Fue algo absurdo, y a duras penas pude seguirla a la sala de baile con serenidad. Había jurado que nunca
más toleraría algo semejante, nunca más una fuerte y dolorosa emoción, pero el comportamiento que he tenido últimamente prueba que mentía. He hecho todo aquello que podía destrozarme el corazón."
"21 de febrero… Al pensar en Jack Aubrey me doy cuenta de lo indefenso que está un hombre frente al ataque directo de una mujer.
En cuanto una joven deja el colegio, aprende a protegerse, a defenderse del amor loco. Esto se convierte en un segundo carácter, no viola ningún código y es aprobado por todo el mundo, incluso por los propios hombres que, en consecuencia, serán rechazados. ¡Qué diferente es el hombre! No tiene una armadura tan fuerte; y mientras más delicado, más galante y más "honorable" es, menos puede soportar un avance, por mínimo que sea. No debe herir; y en este caso no hay voluntad de herir."
"Si un rostro al que uno nunca ha dejado de mirar con placer y que nunca ha dejado de mirarlo a uno con una espontánea sonrisa, permanece indiferente, impasible o incluso hostil siempre que uno se le acerca, uno se siente profundamente abatido: uno ve a un ser
distinto y uno mismo es un ser distinto. Por otra parte, la vida con la señora W. puede que no sea muy placentera; y la magnanimidad requiere comprensión. Por el momento este requerimiento es en vano. Hay actitudes crueles y riesgos que yo no sospechaba. El sentido común impone una retirada."
"J. A. está molesto, descontento consigo mismo, descontento con la falta de entusiasmo de Sophia. No es "afectación" la palabra apropiada para definir la vacilación de una joven dulce, sincera y afectuosa como ella. Él habla de las jóvenes melindrosas y su falta de sentido; nunca ha podido soportar la frustración. Es a esto, en parte, a lo que Diana Villiers se refería cuando hablaba de su inmadurez. ¡Si al menos se diera cuenta de que la evidente simpatía que existe entre él y D. V. es buena para su galanteo! Sophia es quizás la joven más respetable que he conocido, pero, después de todo, es una mujer. J. A. no es muy agudo en esta materia. Por otra parte, empieza a mirarme con desconfianza. Ésta es la primera vez, desde que empezó nuestra amistad, que hay reserva entre nosotros; eso es doloroso para mí y creo que también para él. No puedo dejar
de mirarlo con afecto; pero cuando pienso en las posibilidades, quiero decir, en las posibilidades reales, entonces…"
"D. V. insiste en invitarme a Melbury para jugar al billar. Ella juega bien, desde luego, puede darnos veinte de cien a cada uno. Su insistencia va acompañada de innoble intimidación y un sinfín de mimos y lisonjas para engatusarme, y a ellos me rindo, pues ambos sabemos exactamente lo que hacemos. Las palabras amistosas no nos engañan a ninguno de los dos; y sin embargo, creo que existe la amistad, incluso por su parte. Mi posición sería la más humillante del mundo si no fuera porque ella no es tan inteligente como cree. Su teoría es excelente, pero ella no controla lo bastante su orgullo ni sus pasiones para ponerla en práctica. Es cínica, pero no lo bastante cínica, diga lo que diga. Si lo fuera, yo no estaría obsesionado. ¿Quo me rapis? ¿Quo realmente? Mi comportamiento en general, mi docilidad, mi mansedumbre y mi voluntaria sumisión me sorprenden."
"Pregunta: ¿Es acaso mi intensa pasión por la causa de la independencia catalana el motivo de mi resurrección viril o su
efecto? Estoy seguro de que hay una relación directa. El informe de Bartolomeu llegará a Inglaterra en tres días si se mantiene este viento."
–¡Stephen, Stephen, Stephen! – desde el pasillo se oyó la voz de Jack, que se hizo más fuerte, casi atronadora, cuando éste asomó la cabeza a la habitación-. ¡Ah, estás ahí! Temía que te hubieras ido a ver los armiños otra vez. El mensajero ha traído un mono para ti.
–¿De qué especie es? – preguntó Stephen.
–De una especie condenadamente mala. Se ha bebido una cerveza en cada una de las posadas del camino; está borracho y se tambalea. Además, se le ha insinuado a Babbington.
–Entonces es la mangabey lasciva del doctor Lloyd. El piensa que tiene furor uterino y vamos a abrirla juntos cuando yo vuelva.
Jack miró su reloj.
–¿Qué me dices a una mano de cartas antes de irnos?
–Acepto de mil amores.
Su preferido era el juego de los cientos. Se sacaron y se barajaron las cartas con rapidez; se hizo el corte y se repartieron
otra vez. Ellos habían jugado juntos tantas veces que cada uno conocía el estilo del otro hasta en lo más mínimo. El de Jack consistía en una astuta alternancia: unas veces arriesgaba todo por el triunfante punto de ocho y otras hacía una firme y ortodoxa defensa, luchando por todas y cada una de las jugadas. El de Stephen, en cambio, se basaba en las ideas de Hoyle y Laplace, la teoría de las probabilidades y su conocimiento del carácter de Jack.
–Un punto de cinco -dijo Jack.
–No vale.
–Un cuarto.
–¿Para qué?
–Para la jota.
–No vale.
–Tres reinas.
–No vale.
Continuaron jugando.
–El resto es mío -dijo Stephen cuando Jack, que estaba semifallo tiró el rey ante su as-. Diez para las cartas y he ganado.
Debemos dejarlo. Cinco guineas, por favor; podrás darme la revancha en Londres.
–Si no hubiera tirado mis corazones -dijo Jack-, te habría puesto en peligro. Has tenido unas cartas asombrosas en las últimas semanas, Stephen.
–La habilidad cuenta en este juego.
–Es suerte, nada más que suerte. Tienes una suerte realmente sorprendente con las cartas. Te compadecería si estuvieras enamorado de alguien.
La pausa no duró más de un segundo, pues la puerta se abrió y les informaron que los caballos estaban listos, pero su efecto siguió rondándoles a lo largo de muchas millas, mientras trotaban por el camino hacia Londres en medio de la fría llovizna.
Sin embargo, la lluvia cesó cuando comían en Bleeding Heart, un lugar en la mitad del camino: salió un sonriente sol y ellos vieron la primera golondrina del año, una curva azul que pasó rozando el abrevadero de caballos en Edenbridge. Y mucho antes de que entraran en el Thacker, un café frecuentado por marinos, ya habían
adoptado de nuevo su comportamiento habitual, hablaban sin la menor contención de la mar, la Armada, la posibilidad de que las aves migratorias viajaran de noche guiándose por las estrellas, el violín italiano que Jack había estado tentado de comprar y la forma en que se renovaban los dientes de los elefantes.
–¡Pero si es Aubrey! – gritó el capitán Fowler levantándose de su butaca en un sombrío rincón de la sala-. Hace un momento estábamos hablando de usted. Andrews se fue hace unos cinco minutos; nos habló de su baile en el campo, en Sussex. Dijo que había sido un baile estupendo, que había mujeres por docenas, hermosas mujeres. Nos contó todo sobre él.
–Y dígame -le miraba con malicia-, ¿tenemos que felicitarlo?
–No, no exactamente, señor. Pero de todos modos, muchas gracias. Tal vez un poco más adelante, si todo va bien.
–Cásese, cásese, si no cuando sea viejo lamentará no haberlo hecho y se sentirá condenadamente aburrido dentro de cien años.
¿Me equivoco, doctor? ¿Cómo está usted? Si se casara podría llegar a ser abuelo. ¡Mi nieto tiene seis dientes! ¡Ya tiene seis dientes!
–No estaré mucho tiempo con Jackson, sólo quiero un poco de dinero en efectivo -me has despojado de lo que tenía con tu maldita racha de suerte- y saber las últimas noticias del tribunal con competencia sobre las presas -dijo Jack refiriéndose al agente que se ocupaba de sus botines y sus negocios-.
Y después iré a la calle Bond. Esa es una suma demasiado alta por un violín, y no creo que pueda estar en paz con mi conciencia.
En realidad, tocando no soy lo bastante bueno, pero me gustaría tenerlo otra vez en mis manos y ponérmelo bajo la barbilla.
–Un buen violín te hará florecer y, además, te has ganado un Amati por cada minuto que pasaste en la cubierta del Cacafuego. Sin duda, debes comprarte ese violín. Un placer inocente es un auténtico bien, y no hay muchos de ese tipo.
–¿Crees que debo? Tu opinión me merece un gran respeto. Si no tardas mucho tiempo en el Almirantazgo, tal vez podrías pasarte por allí y darme tu parecer sobre su tono.
Stephen entró en el Almirantazgo, le dio su nombre al conserje
y éste le indicó un lugar del otro lado de la famosa sala de espera, en la que multitud de ansiosos, desconsolados, y en muchos casos desastrados oficiales esperaban tener una entrevista, una entrevista casi seguramente inútil.
Le recibió un hombre mayor con una chaqueta negra; le recibió con mucha consideración y le rogó que tomara asiento. Sir Joseph se reuniría con ellos tan pronto como terminara la sesión de la Junta, que ya se había extendido una hora más de lo previsto. Mientras tanto, el hombre de la chaqueta negra quería tratar algunos puntos importantes. Ellos habían recibido el informe de Bartolomeu.
–Antes de empezar, señor -dijo Stephen-, quisiera hacer una sugerencia, si me lo permite. Creo que yo debería usar otra entrada o los encuentros deberían celebrarse en otra parte. Casualmente, del otro lado de Whitehall estaba deambulando un tipo que he visto en compañía de españoles de la embajada. Puede que esté equivocado, puede que sea pura casualidad, pero…
Sir Joseph entró apresuradamente.
–Doctor Maturin, le pido disculpas por haberlo hecho esperar.
Nada excepto la Junta me habría impedido… ¿Cómo está usted, señor? Es muy generoso por su parte haber venido a pesar de haber sido avisado con tan poco tiempo. Hemos recibido el informe de Bartolomeu y es urgente que comentemos con usted algunas cuestiones que plantea. ¿Podemos analizarlo punto por punto? Su señoría desea que le comunique el resultado de nuestra conversación esta misma noche.
El Gobierno británico sabía muy bien que Cataluña, la provincia española o, mejor dicho, el conjunto de provincias donde se encontraba la mayor parte de la riqueza y la industria del reino, estaba animada por el deseo de reconquistar su independencia.
Sabía también que la paz no duraría -Bonaparte estaba construyendo barcos lo más rápido que podía- y que una España dividida debilitaría en gran medida cualquier coalición de la que formara parte en una futura guerra. Los diversos grupos autonomistas catalanes que se habían puesto en contacto con el Gobierno habían hecho patente ese deseo, aunque ya era obvio antes; ésta no era la primera vez que Inglaterra se preocupaba por
Cataluña ni por dividir a sus posibles enemigos. El Almirantazgo, por supuesto, estaba interesado en los puertos, astilleros, muelles, industrias y suministros navales de Cataluña; la propia Barcelona sería de incalculable valor, y había muchos otros puertos, incluyendo Puerto Mahón en Menorca, una posesión británica, que extrañamente habían sido cedidos por los políticos en la negociación del reciente tratado de paz. El Almirantazgo, siguiendo la tradición inglesa de tener servicios secretos formados por organismos independientes con poca o ninguna comunicación entre ellos, tenía a sus propios hombres ocupándose del asunto; sin embargo, pocos de ellos podían hablar aquella lengua, muy pocos conocían la historia de la nación y ninguno podía valorar las reivindicaciones de los diferentes grupos que se presentaban como los verdaderos representantes de la resistencia del país. Había varios comerciantes de Barcelona y alguno que otro de Valencia que eran amigos, pero eran muy pocos y, además, el contacto con ellos se había perdido a causa de la larga guerra. El doctor Maturin era el más apreciado consejero del Almirantazgo. Se sabía que él había tenido contacto con
revolucionarios en su juventud, pero su integridad y su total desinterés nunca fueron puestos en tela de juicio. El Almirantazgo también le tenía gran respeto por ser una eminencia en ciencia, y nada menos que el propio médico jefe de la Armada recomendaba a Stephen Maturin porque "el estudio del doctor Maturin sobre la vejiga y sus observaciones sobre la cistotomía suprapúbica deberían ser consultados por todos los cirujanos navales; tal agudeza de observación en la práctica…" En Whitehall tenían mejor opinión de él que en Champflower; en Whitehall sabían que él era un médico y no un simple cirujano, que era un hombre de cierta posición en Lérida y que su padre era irlandés y había estado relacionado con las primeras familias de ese reino. El hombre de la chaqueta negra y sus colegas sabían asimismo que por su condición de médico y por ser un hombre instruido que se sentía muy cómodo hablando tanto en catalán como en español, podría moverse por todo el país con la misma libertad que cualquiera de sus habitantes; sin duda, era un agente incomparable, seguro, discreto, perfectamente cubierto, un hombre de la misma clase que ellos. Y desde su punto de vista,
aquel resto de catolicismo que a Stephen le quedaba era incluso una ventaja más. Ellos habrían estrujado y exprimido los fondos secretos con tal de retenerle, pero él no aceptaba nada; de modo que el sonido más delicado no produjo ningún eco ni hubo ningún brillo en su monedero.
Stephen salió del Almirantazgo por una puerta lateral, atravesó el parque y subió por Piccadilly hasta la calle Bond, donde encontró a Jack todavía indeciso.
–Te diré lo que ocurre, Stephen -dijo-. No termina de gustarme este tono. Escucha…
–Si el día fuera un poco más cálido, señor -dijo el dependiente-, haría resaltar su frescura. Debería haber oído al señor Galignani tocando la semana pasada, cuando todavía teníamos encendida la chimenea.
–Bueno, no sé -dijo Jack-. Creo que voy a dejarlo por hoy.
Sólo quiero que me envuelva estas cuerdas, por favor, junto con la colofonia. No me llevo el violín, pero de una u otra forma le haré llegar una respuesta a finales de esta semana. Stephen -cogió a su
amigo por el brazo para cruzar la concurrida calle-, debo de haber tocado ese violín durante una hora o más y todavía no me he decidido. Jackson no estaba, ni tampoco su socio, así que vine aquí directamente. Es extraño, condenadamente extraño y molesto, porque estábamos citados; pero él no estaba en el despacho, el único que había allí era ese tonto de su empleado y me dijo que estaba fuera de la ciudad y que le esperaban pero no sabían cuándo volvería. Iré a presentar mis respetos al viejo Jarvie, sólo para que me tenga presente, y luego podemos irnos a casa. No esperaré por Jackson.
Regresaron cabalgando, y donde habían dejado la lluvia volvieron a encontrarla, acompañada de un fortísimo viento del este.
El caballo de Jack perdió una herradura, y ellos se pasaron la mayor parte de la tarde buscando a un herrero hasta que encontraron a un salvaje torpe y malhumorado que clavó los clavos demasiado profundos. Ya había anochecido cuando llegaron al bosque de Ashdown; para entonces el caballo de Jack estaba cojo, y aún tenían por delante un largo camino.
–Déjame ver tus pistolas -dijo Jack cuando empezaron a verse los árboles muy cerca del camino-. No sabes cómo martillar los percusores.
–Están muy bien -dijo Stephen, sin ganas de abrir las fundas de las pistolas (en una de ellas había un teratoma y en la otra un lirón de Arabia metido en un frasco)-. ¿Temes que haya algún peligro?
–Este tramo del camino es peligroso, con todos esos soldados licenciados que andan sueltos. Atacaron el coche de correo no lejos del cruce de Aker. Vamos, déjame ver tus pistolas. ¡Ya me lo figuraba! ¿Qué es esto?
–Un teratoma -dijo Stephen malhumorado.
–¿Qué es un teratoma? – preguntó Jack sosteniendo el objeto en su mano-. ¿Una especie de granada?
–Es un quiste sebáceo interno, un tumor. Se encuentran ocasionalmente en la cavidad abdominal. A veces tienen pelos negros y largos y a veces dientes; éste tiene pelos y dientes.
Pertenecía a un tal señor Elkins, de la City, un notable vendedor de
quesos. Tiene mucho valor para mí.
–¡Por Dios! – exclamó Jack metiéndolo de nuevo en la funda.
Luego se limpió la mano frotándola enérgicamente contra el caballo-. Me gustaría que dejaras tranquilos los vientres de la gente. Así que no tienes pistolas, ¿verdad?
–Si quieres ser tan rotundo… No, no tengo.
–No llegarás a viejo, compañero -dijo Jack. Y desmontó para examinar la pata del caballo-. Hay una posada, una posada que no está mal, a media milla por el camino secundario. ¿Qué me dices de pasar allí la noche?
–¿Te sientes muy turbado por la idea de encontrar a esos ladrones, esos salteadores de camino, esos bandoleros?
–Estoy temblando tanto que apenas puedo mantenerme montado en el caballo. Sería absurdo exponernos a que nos hirieran, pero pienso sobre todo en las patas de mi caballo. Y además -hizo una pausa-, tengo un sentimiento condenadamente extraño: no tengo muchas ganas de estar en casa esta noche. Es raro, porque lo deseaba con vehemencia -esta mañana me sentía tan alegre como
un marinero de permiso-y ahora, en cambio, no me gusta tanto.
Algunas veces en la mar uno tiene la sensación de la proximidad de una costa a sotavento. Con un tiempo de perros, las gavias con todos los rizos, sin ver el sol, sin hacer observaciones durante muchos días, sin saber adonde ir en cien millas a la redonda, de repente en la noche uno presiente que tiene a sotavento la silueta borrosa de la costa; uno no puede ver nada, pero casi puede oír el chirrido de las rocas al arañar el fondo del barco.
Stephen no contestó sino que se cruzó la capa más arriba para protegerse del viento cortante.
La señora Williams nunca bajaba a desayunar. Sin embargo, no sólo por eso la sala de desayuno de Mapes era la más alegre de la casa; estaba orientada al sureste y le daba el sol, y las cortinas de gasa hacían un movimiento ondulante dejando entrar el aroma de la primavera. No podía haber sido una sala más femenina; estaba graciosamente amueblada en blanco y había una alfombra decorada con ramos verdes, delicada porcelana, panecillos y miel y muchas jóvenes recién lavadas bebiendo té. Una de ellas, Sophie Bentinck,
estaba contando lo que había sucedido en una cena en White Hart a la que había asistido el señor George Simpson, con quien ella estaba prometida.
–Entonces se hicieron los brindis. Y cuando George brindó por
"Sophia", el capitán Aubrey se levantó de golpe y dijo "¡Oh!
Brindaré por ella muy gustoso. Sophie es un nombre muy querido para mí". Y no podía referirse a mí, ¿sabéis?, porque no nos conocemos.
Ella miró a su alrededor con la benevolencia propia de una joven amable que lleva en su dedo un anillo y desea que todo el mundo sea tan feliz como ella.
–¿Y bebió gustoso? – preguntó Sophia divertida, con aire satisfecho y sereno.
–Era el nombre de su barco, ¿sabéis?, el primero bajo su mando -dijo Diana rápidamente.
–Por supuesto que lo sé -dijo Sophia con un intenso rubor-.
Todas lo sabemos.
–¡El correo! – gritó Frances y salió corriendo de la sala. Una
pausa expectante, una tregua temporal-. Dos para mi madre, una para Sophie Bentick con un bonito sello azul con un cupido -no, es una cabra con alas- y una para Di, franqueada. No puedo distinguir el sello. ¿De quién es, Di?
–Frankie, deberías tratar de comportarte más cristianamente, cariño -le dijo su hermana mayor-. No debes fijarte en las cartas de los demás. Debes simular que no sabes nada de ellas.
–Mamá siempre abre las nuestras, si recibimos alguna, lo que no es frecuente.
–Yo recibí una de la hermana de Jemmy Blagrove después del baile -dijo Cecilia-, y ella dice que él le dijo que tenía que decirme que yo bailaba como un cisne. Mamá estaba enfurecida y dijo que esa carta era indecorosa y que, de todas formas, los cisnes cantan, no bailan, puesto que tienen las patas palmeadas. Pero yo sabía lo que él quería decir. Por lo que veo -se volvió hacia Sophie Bentinck-, tu madre te permite mantener correspondencia, ¿no?
–¡Oh, sí! Pero nosotros estamos prometidos, ¿sabes?, y eso es muy diferente -dijo Sophie mirándose la mano con satisfacción.
–Tom, el cartero, no simula no saber nada de las cartas de los demás -dijo Frances-. También él dijo que no podía distinguir el sello de la carta de Di. Pero las cartas que lleva para Melbury son de Londres, Irlanda y España. ¡Una carta de España en un sobre grande y una cuantiosa suma que pagar!
La sala de desayuno de Melbury también era alegre, pero de otra manera. Tenía muebles de caoba, una alfombra turca y pesadas sillas, y olía a café, bacon, tabaco y ropa mojada. Jack y Stephen habían estado pescando desde el amanecer y ahora estaban a mitad del bien merecido desayuno, un desayuno que cubría por completo el amplio mantel blanco: calientaplatos, cafeteras, bandejas con tostadas, un jamón de Westfalia, un pastel fermentado con levadura, todavía sin empezar, y la trucha que habían pescado aquella mañana.
–Ésta era la que estaba debajo del puente -dijo Jack.
–El correo, señor, con su permiso -dijo su sirviente Preserved Killick.
–De Jackson -dijo Jack-. Y la otra del procurador.
Discúlpame, Stephen. Voy a ver enseguida lo que dice, qué excusa…
–¡Dios mío! – gritó un momento después-. ¡No puede ser verdad!
Stephen levantó la vista rápidamente. Jack le pasó la carta. El señor Jackson, el agente que se ocupaba de sus botines, uno de los hombres más respetables en su profesión, había quebrado. Se había ido, había huido a Boulogne con el dinero en efectivo que le quedaba a su empresa y su socio había presentado la declaración de bancarrota sin esperanza de reembolsar ni una moneda de seis peniques por cada libra.
–Lo más grave del caso -dijo Jack en voz baja y afligida- es que le dije que pusiera en fondos públicos todo el dinero del botín de la Sophie a medida que fuera recibiéndolo, pues algunos barcos, si los dueños apelan, tardan años hasta que por fin son confiscados.
Pero no lo hizo. Me dio varias sumas de dinero que, según él, eran intereses de los fondos, pero no era verdad. Todo el dinero que recibió se quedó en sus manos. Y se ha acabado, hasta el último cuarto de penique. Permaneció algún tiempo mirando por la ventana,
sosteniendo la otra carta en la mano. Luego, rompiendo por fin el sello dijo:
–Ésta es del procurador. Se referirá a las dos presas neutrales que apelaron. Casi tengo miedo de abrirla. Sí, así es. Aquí está la costa a sotavento que presentía. El veredicto ha sido revocado: tengo que devolver once mil libras. No tengo ni once mil peniques.
La costa a sotavento… ¿cómo puedo barloventear? Sólo puedo hacer una cosa: renunciaré a mi petición de ser nombrado capitán de navío y rogaré que me den el mando de una corbeta. Necesito tener un barco. Stephen, préstame veinte libras, por favor. No tengo dinero contante. Hoy mismo iré al Almirantazgo. No hay un momento que perder. ¡Oh! Le había prometido a Sophia ir a cabalgar con ella. En cualquier caso, tendré tiempo en el día para todo.
–Coge una silla de posta, así no llegarás rendido.
–Eso es lo que haré; tienes razón, Stephen. Gracias. ¡Killick!
–¿Señor?
–Ve corriendo a Goat y diles que me envíen una silla de posta a las once. Prepara mi equipaje para un par de noches; no, para una
semana.
–Jack -dijo Stephen en tono apremiante cuando el sirviente había salido de la sala-, no hables de esto con nadie todavía, te lo ruego.
–Está usted extremadamente pálido, capitán Aubrey -dijo Sophia-. Espero que no haya sufrido otra caída. Entre; por favor, entre y siéntese. ¡Dios mío! Debería sentarse, no me cabe duda.
–No, no. Le doy mi palabra de que no me he caído del caballo esta semana -dijo Jack riendo-. Aprovechemos al máximo esta ráfaga de luz solar; si esperamos nos mojaremos. Mire esas nubes al suroeste. ¡Qué traje más bonito lleva!
–¿Le gusta? Es la primera vez que me lo pongo. Pero -dijo mirando aún con ansiedad su rostro, ahora de un color rojo nada saludable-, ¿seguro que no quiere una taza de té? Estaría preparado en un momento.
–Sí, sí, por favor, entre y tómese una taza de té -dijo la señora Williams desde la ventana, enrollándose en el cuello un chal
amarillo-. Estará listo enseguida, y el fuego está encendido en la pequeña sala de estar. Pueden tomarlo juntos; es un lugar muy acogedor. Estoy segura de que Sophia se muere de ganas de tomarse una taza de té. Le encantaría tomarse una taza de té con usted, capitán Aubrey, ¿verdad, Sophie?
Jack sonrió y se inclinó para besar su mano, pero su férrea determinación de no quedarse prevaleció. Y poco después él y Sophia cabalgaban por el camino de Foxdene hacia la linde con las colinas.
–¿Está seguro de no haber sufrido una caída? – preguntó de nuevo Sophia, no pensando en que él le hubiera restado importancia y pudiera recordarla si se esforzaba, sino porque deseaba mostrarle su sincera preocupación.
–No -dijo Jack mirando su bello rostro, donde en vez de aquella distante mirada que era habitual había otra preocupada y llena de ternura, de una ternura, por decirlo así, posesiva-. Pero acabo de recibir un terrible golpe. Un condenado golpe inesperado.
Sophie -¿puedo llamarla Sophie, verdad? Siempre pienso en usted
así-, cuando estaba en mi Sophie, mi corbeta, capturé dos presas neutrales que se dirigían a Marsella. Su documentación decía que procedían de Sicilia e iban a Copenhague con un cargamento de azufre. Sin embargo, en aquel momento estaban a punto de entrar en el puerto de Marsella, yo estaba al alcance de la batería de la colina. Y el azufre lo llevaban a Francia.
Para Sophia el azufre era algo que se mezclaba con melaza y se le daba a los niños los viernes; todavía podía sentir los odiosos grumos entre los dientes. Esto se reflejó en su expresión.
–Necesitan tenerlo para fabricar la pólvora -siguió diciendo Jack-. Entonces envié estas embarcaciones a Puerto Mahón, donde enseguida fueron declaradas presas de ley, pues habían violado de forma evidente la neutralidad; pero los dueños apelaron y, finalmente, el tribunal ha decidido no declararlas presas de ley y admitir como verdadero lo que dicen sus capitanes, que simplemente buscaban refugio a causa del mal tiempo. ¡Mal tiempo! No había mal tiempo. Casi no se formaban ondas en el mar; nosotros teníamos desplegadas las sobrejuanetes y las alas de cada lado, y desde la
colina los cañones de treinta y seis libras dejaban círculos de un cuarto de milla de diámetro en las tranquilas aguas.
–¡Oh, qué injusto! – exclamó Sophie sumamente indignada-.
¡Qué hombres tan malvados, tan mentirosos! Usted debe de haber arriesgado la vida para capturar esos barcos bajo el fuego de la batería. Por supuesto que el destino del azufre era Francia. Estoy segura de que ellos serán castigados. ¿Qué se puede hacer? ¿Qué se puede hacer?
–Por lo que respecta al veredicto, nada en absoluto. Me temo que es definitivo. Pero voy a ir a la ciudad para ver qué otras medidas… qué otra cosa puedo sacar del Almirantazgo. Debo irme hoy, y tal vez esté fuera durante algún tiempo. Por eso estoy aburriéndola con mis asuntos, para que quede claro que no me voy de Sussex por mi propia voluntad ni contento.
–¡Oh, usted no me aburre…! No podría aburrirme…Todo lo relacionado con la Armada es… Pero, ¿ha dicho hoy? Sin duda, no puede ser hoy. Debe usted tumbarse y descansar.
–Tiene que ser hoy, desgraciadamente.
–Entonces no debe ir cabalgando. Debe ir en una silla de posta.
–Sí. Eso es exactamente lo que dijo Stephen. Así lo haré: he pedido una a Goat.
–¡Qué buena persona es! ¡Qué buen amigo! Debe de ser un gran apoyo para usted. Pero debemos volvernos enseguida, ahora mismo. Tiene que descansar todo lo que pueda antes del viaje.
Al despedirse, ella le dio la mano y le dijo con marcado énfasis:
–Espero que tenga usted muy buena suerte, todo lo que se merece. Supongo que no hay nada que una ignorante joven del campo pueda hacer, pero…
–¡Ah, están ahí ustedes dos! – exclamó la señora Williams-.
Charlando como dos amigos inseparables. ¿De qué habrán estado hablando durante todo este tiempo? Pero guardad silencio; soy una indiscreta. ¡Ah! Veo que la ha traído usted sana y salva, intacta.
Dos secretarios, uno por seguridad en caso de que el otro se equivocara, escribían tan rápido como lo permitían las plumas.
"Para el marqués de Cornwallis.
Milord:
Con la mejor disposición de atender
inmediatamente a los deseos de Su Señoría de favorecer al capitán Bull, lamento muchísimo comunicarle que en la actualidad no me es posible cumplirlos.
Tengo el honor de ser… etc."
–¿Me sigue, Bates?
–Sí milord.
"Para la señora Paulett. Señora:
Aunque no admito que tengan peso sus
argumentos en favor de la promoción del capitán Mainwaring, hay algo tan admirable y loable en una mujer que lucha por el ascenso de su hermano que no necesitaba usted disculparse por su carta, del día 24,
de la cual acuso recibo sin pérdida de tiempo.
Soy, señora… etc."
"Para sir Charles Grey. Estimado sir Charles: El teniente Beresford ha estado demorando su llegada a Irlanda, lo cual ha perjudicado mi opinión sobre él. Es un hombre serio y arrojado, pero, como el resto de los aristócratas, piensa que por esa circunstancia tiene derecho a un ascenso, en detrimento de hombres que han prestado mejor servicio y con más mérito; y a eso nunca me doblegaré.
Después de haber rechazado al príncipe de Gales, el duque de Clarence, el duque de Kent y el duque de Cumberland, no podrá sorprenderle que le repita que me es imposible apartarme de mis principios, pues esto haría que me inundaran de peticiones y tendería a arruinar por completo la Armada.
Afectuosamente…"
"Para la duquesa de Kingston. Señora: Su Gracia tiene toda la razón respecto al carácter del capitán Hallows del Frolic; tiene celo y buena conducta, y si no fuera por su tendencia a ser independiente y su falta de voluntad para someterse a sus superiores, lo cual puede remediarse con el paso del tiempo, y si no tuviera algunas manchas en su familia, yo estaría encantado de hacerle justicia a sus méritos, exclusivamente en atención al interés que tiene Su Gracia por su futuro. Pero esto no me es posible, debido al increíble número de oficiales meritorios de más antigüedad que él que están recibiendo media paga y que tienen prioridad en la petición de uno de los poquísimos barcos que queden disponibles.
Con el permiso de Su Gracia, le aseguro que me alegrará tener la ocasión de mostrarle mi respeto.
Tengo el honor de ser, señora, su más humilde y
seguro servidor."
–Hemos acabado con las cartas. ¿Quiénes están en la lista?
–Los capitanes Saul, Cunningham, Aubrey y Small. Los tenientes Roche, Hampole…
–Tengo tiempo para los tres primeros.
–Sí, milord.
Jack oyó la estentórea risa del First Lord cuando Cunningham, antiguo compañero de tripulación de éste, se despedía con un chiste de los que se contaban en la sala de oficiales, y esto le dio esperanzas de encontrar a Saint Vincent de buen humor.
Sin embargo, lord Saint Vincent, firme en su intento de reformar los astilleros pero paralizado por la política, los políticos y la escasa mayoría de su partido en el parlamento, no era muy propenso al buen humor, y le lanzó a Jack una mirada dura, fría y penetrante.
–Capitán Aubrey, ya lo recibí la semana pasada, tengo muy poco tiempo. El general Aubrey nos ha escrito cuarenta cartas a mí y a otros miembros de la Junta, y se le ha dicho que no tenemos en
perspectiva ascenderle por la acción contra el Cacafuego.
–He venido con otro propósito, milord. Renuncio a mi petición de ascenso con la esperanza de conseguir otra corbeta. El agente que se ocupaba de mis botines ha quebrado, los dueños de dos presas neutrales me han ganado en la apelación del caso, y yo tengo que conseguir un barco.
Lord Saint Vincent no oía muy bien, y Jack, por estar en aquel recóndito santuario de la Marina, había bajado la voz; el viejo caballero no le había entendido bien.
–¡Tengo! ¿Qué quiere decir con ese tengo? – gritó-. ¿Acaso hoy en día los oficiales vienen al Almirantazgo para decir que se les tiene que dar un barco? Si a usted se le tiene que dar un barco, señor, ¿qué demonios pretendía desfilando por Arundel con una escarapela del tamaño de una col en el sombrero, al frente de los partidarios del señor Babbington, y pegándole a honrados dueños de feudos francos con una maza? Si yo hubiera estado allí, señor, lo habría encarcelado por armar riña y alterar el orden público, y usted no emplearía la palabra tengo. ¡Maldita sea su imprudencia, señor!
–Milord, me he expresado mal. Con todo mi respeto, milord, con esa palabra poco afortunada yo quería decir que, debido a la quiebra de Jackson, me veo obligado a pedirle a Su Señoría un mando, echando a pique mi otra petición. Él me ha arruinado.
–¿Jackson? Sí, pero -dijo Saint Vincent secamente-, si su propia imprudencia le ha hecho perder la fortuna que su mando le permitió ganar, no debe esperar que el Almirantazgo se haga responsable de buscarle otra. Dicen que a los tontos el dinero se les escurre de entre las manos, y después de todo, menos mal que es así. En cuanto a las presas neutrales, usted sabe perfectamente bien, o debería saber perfectamente bien, que ese es un riesgo de la profesión: uno las captura por su cuenta y riesgo y debe hacer una provisión adecuada ante una posible apelación. Pero ¿qué hace usted en este caso? Tira el dinero, lo despilfarra, habla de matrimonio –
aunque sabe, o debería saber, que éste supone el fin de la carrera de un oficial de marina, al menos cuando aún no es capitán de navío-, encabeza un grupo de borrachos partidarios de los Tories en una elección parcial y viene aquí a decirme que tiene que conseguir
un barco. Y mientras tanto sus amigos nos inundan de cartas en las que dicen que usted tiene que ser nombrado capitán de navío. Esa fue precisamente la palabra que el duque de Kent estimó conveniente usar, incitado por lady Keith. La acción de guerra que ha llevado a cabo no le da derecho a un ascenso a capitán de navío.
¿Qué significa eso de "renunciar a su petición"? No hay ninguna petición.
–El Cacafuego era un jabeque-fragata de treinta y dos cañones, milord.
–Era un barco corsario.
–Sólo por las argucias de un maldito abogado -dijo Jack subiendo la voz.
–¿Qué condenado lenguaje es ese con que se dirige a mí, señor? ¿Sabe usted con quién está hablando, señor? ¿Sabe usted dónde está?
–Le pido disculpas, milord.
–Usted apresó un barco corsario, capitaneado por Dios sabe quién, con una corbeta de Su Majestad dotada de una buena
tripulación, con la pérdida de tres hombres como resultado, y viene usted aquí hablando de su petición de ascenso a capitán de navío.
–Y ocho heridos. Si una acción de guerra debe valorarse de acuerdo con la lista de bajas, milord, me permito recordarle que en su buque insignia hubo un muerto y cinco heridos en la batalla de San Vicente.
–¿Se atreve usted a comparar, en mi presencia, una gran acción de guerra de la Armada con una…?
–¿Con una qué, señor? – gritó Jack con los ojos inyectados de sangre.
Las voces airadas dejaron de escucharse bruscamente. Una puerta se abrió y se cerró, y las personas que estaban en el pasillo vieron cómo el capitán Aubrey pasaba dando zancadas, corría escaleras abajo y desaparecía en el patio.
"3 de mayo… Le rogué que no hablara de esto y, sin embargo, ya lo saben en toda la región. No conoce a las mujeres excepto como objeto de deseo (un deseo muy noble a veces); no tiene hermanas, su madre murió siendo él muy joven y no puede
imaginarse la energía y el poder diabólico de las mujeres como la señora W. Ella le sacó información a Sophia con su acostumbrada falta de escrúpulos y la ha divulgado con maligno entusiasmo y empeño, el mismo innoble empeño con que consiguió llevarse apresuradamente a sus hijas a Bath. Es evidente que utilizó su salud para hacer chantaje, aprovechándose del buen corazón de Sophia y de su sentido del deber; más fácil no podía ser. Todos los preparativos se hicieron en dos días. No estuvo, como era habitual, todo un mes vacilando y quejándose por la confusión, ni tampoco una semana, sino que durante dos días tuvo una intensa actividad: equipaje listo y partida. Si esto hubiera sucedido al menos una semana más tarde y se hubieran puesto de acuerdo entre ellos, no habría tenido importancia. Sophie se habría mantenido fiel a su compromiso contra viento y marea. Tal como están las cosas, la situación no puede ser peor. Separación, inconstancia (J. A. tiene un fuerte instinto animal, cualquier hombre joven tiene un fuerte instinto animal), ausencia, el sentimiento de abandono.
"¡Qué horrible bestia es esa Williams! Yo no habría sabido nada
de la extraña partida si no fuera por las notas de Diana y la visita furtiva de esa dulce niña llena de inquietud. La llamo niña, a pesar de que no es más joven que D. V. A ésta la veo de otro modo, pero seguramente fue también una niña encantadora, no diferente de Frances, en mi opinión, con su misma inocencia y su implacable crueldad. Se han ido. ¡Qué silencio! ¿Cómo voy a decirle a J. A. todo esto? Me atormenta la idea de que decírselo será como darle una bofetada."
No obstante, decírselo fue muy sencillo. Le dijo:
–Las jóvenes se han ido. La señora Williams se las llevó a Bath el martes de la semana pasada. Sophia vino a verme y dijo que lo lamentaba muchísimo.
–¿Dejó un mensaje para mí? – preguntó Jack. Y su rostro taciturno se iluminó.
–No. No en términos concretos. Su agitación era tal que a veces era difícil seguirla. Estaba como la señorita Anna Coluthon, muy preocupada por su situación, la de una joven que visita sola a un caballero soltero. En Champflower nunca se ha visto algo
semejante. Pero no me equivoco al afirmar que, en esencia, me dijo que tú debías saber que ella no se va de Sussex por su propia voluntad ni contenta.
–¿Crees que podría escribirle dirigiendo la carta a Diana Villiers?, preguntó Jack.
–Diana Villiers todavía está aquí. No se va a Bath, se queda en Mapes Court -dijo Stephen en tono indiferente.
La noticia se propagó. La decisión sobre las presas era del dominio público, pues había sido publicada en los periódicos de Londres. Además, en la vecindad había suficientes oficiales de marina, muchos de ellos afectados por la huida del agente, para hacer patente el alcance del desastre. La noticia "en Woolhampton, el 19 del corriente, la esposa del general Aubrey ha tenido un hijo"
simplemente completó el cuadro.
En Bath, la señora Williams proclamaba su triunfo.
–Sin duda, es una recompensa divina, queridas. Nos dijeron que era un libertino, y recordaréis que nunca me gustó, desde el primer momento, y ya dije entonces que le encontraba algo rara la
boca. Mi instinto nunca me engaña. Tampoco me gustaron sus ojos.
–Pero, mamá -dijo Frances-, tú dijiste que era el hombre más caballeroso que habías conocido y que era muy generoso.
–Generoso es quien obra con generosidad -gritó la señora Williams-. Y ahora saldrás de la habitación, señorita impertinente, y te quedarás sin pudding por irrespetuosa.
Pronto se supo que a otras personas tampoco Jack les había gustado nunca; su boca, su barbilla, sus ojos, sus carísimas fiestas, sus caballos, sus planes para formar una jauría, todo era objeto de comentarios desfavorables. Jack había visto este proceso antes y lo conocía como observador; pero a pesar de que su condena no era ofensiva ni general, le resultaba más dolorosa de lo que esperaba, pues comenzaba a notar reserva en los comerciantes, arrogancia e indiferencia en los caballeros de la región y una indefinible falta de consideración.
Había alquilado Melbury por un año; había pagado toda la renta, y puesto que la casa no se podía subarrendar, no había razón para mudarse. Ahorró, vendió sus perros de caza, le dijo a sus
hombres que lamentablemente debían irse tan pronto como encontraran alojamiento y dejó de dar cenas. Sus caballos eran magníficos ejemplares, y Jack vendió uno por la misma cantidad que había pagado por él. Con esto contentó a los insistentes acreedores locales, pero no consiguió restablecer su crédito, pues aunque en Champflower estaban dispuestos a confiar en quien tenía fortuna, del tamaño que fuera (y la de Jack había sido calculada muy alta), dudaban mucho antes de fiar a un pobre una o dos libras.
Las invitaciones disminuyeron, no sólo porque él estaba muy ocupado con sus asuntos, sino porque se había vuelto quisquilloso y demasiado sensible a cualquier mirada aunque no fuera intencionada, y ahora Mapes era el único lugar donde él iba a cenar.
La señora Villiers, respaldada por el pastor, su esposa y su hermana, podía perfectamente invitar a los inquilinos de Melbury Lodge.
Habían regresado cabalgando de una de esas cenas; dejaron en el establo el caballo y la jaca y se dieron las buenas noches.
–¿No te apetecería echar una mano de cartas? – dijo Jack deteniéndose en la escalera y volviendo la mirada hacia el vestíbulo.
–No -dijo Stephen-. Mi mente va hacia otra parte.
Su persona también. En medio de la noche, atravesó velozmente Polcary Down, con sigilo dio un rodeo para evitar a una partida de cazadores furtivos en Goles's Hanger y se detuvo bajo un grupo de olmos que se mecían y crujían con el viento muy cerca de Mapes Court. La casa era bastante antigua, irregular a pesar de los modernos cambios, y el ala más vieja terminaba en una torre cuadrada y roma, donde había una ventana encendida. Pasó con rapidez por el huerto, y el corazón le latía con tal fuerza que al llegar a la pequeña puerta en la base de la torre pudo oír su sonido, parecido al ronco jadeo de un perro. Su rostro tenía una expresión tranquila, de resignada aceptación de la derrota, cuando él cogió el pomo. "Tomo mi felicidad en mis manos cada vez que llego hasta esta puerta", se dijo sin abrirla todavía. Al girar el pomo lentamente sintió la silenciosa respuesta de la cerradura.
Subió por la escalera de caracol hasta el primer piso, donde Diana vivía y en el que había una sala de estar a la cual daba un dormitorio, todo ello comunicado con el resto de la casa por un largo
pasillo que comunicaba con la escalera principal.
No había nadie m la sala de estar. El se sentó en el sofá y observó el sari bordado con hilo dorado que estaba medio transformado en un vestido europeo. A la luz de la lámpara, tigres dorados destrozaban a un oficial de la Compañía de Indias que yacía sobre el suelo manchado, con una botella de coñac en la mano, unas veces en la mano derecha, otras veces en la izquierda, ya que el dibujo tenía muchas variantes.
–¡Qué tarde has venido, Maturin! – dijo Diana saliendo del dormitorio. Llevaba dos chales encima de la bata y tenía una expresión cansada y hosca-. Iba a acostarme. Pero siéntate cinco minutos. ¡Uf, tus zapatos están asquerosos!
Stephen se los quitó y los puso junto a la puerta.
–Había una partida de cazadores furtivos con perros cerca de la conejera y tuve que salir del camino. Tienes un don especial para ponerme en una situación desventajosa, Villiers.
–¡Así que has vuelto a venir andando! ¿No te dejan salir de noche? Cualquiera pensaría que estás casado con ese hombre.
¿Cómo van sus asuntos, por cierto? Parecía bastante alegre esta noche, riéndose con esa estúpida de Annie Strode.
–Me temo que no han mejorado. El agente de los dueños de los barcos es un bárbaro codicioso, sin inteligencia ni sentido ni entrañas. Es un ignorante voraz, un buitre sin alas que sólo puede volar en lo más profundo de la ignominia.
–Pero lady Keith… -dijo, interrumpiéndose enseguida.
La carta de lady Keith había llegado a Melbury aquella mañana y esto no se había mencionado en la cena. Stephen pasó el sari entre las manos y observó que a veces el oficial de la Compañía de Indias parecía contento, incluso extasiado, y a veces agonizante.
–Si crees que tienes derecho a pedirme explicaciones –
continuó Diana-, estás equivocado. Me encontré con él mientras montaba a caballo. Si piensas que simplemente porque te he dejado besarme una o dos veces… si piensas que simplemente porque has venido cuando yo estaba a punto de tirarme al pozo o hacer una locura para escapar de la rutina diaria, al quedarme tan sólo con dos sirvientes desdentados en la casa… si piensas que somos amantes,
te equivocas. Nunca he sido tu amante.
–Lo sé -dijo Stephen-. No quiero explicaciones; no creo tener ningún derecho. La obligación provoca la muerte de la amistad, querida -hizo una pausa-. ¿Puedes darme algo de beber, querida Villiers?
–¡Oh! Te pido disculpas -dijo ella cambiando de forma automática y grotesca su tono por otro cortés-. ¿Qué te apetece tomar? ¿Oporto? ¿Coñac?
–Coñac, por favor -respondió-. Dime, ¿has visto alguna vez un tigre?
–¡Oh, sí! – dijo Diana distraída mientras buscaba la bandeja y la licorera-. He matado dos. No hay vasos adecuados aquí. Desde una silla de elefante, obviamente un lugar seguro. Se encuentran con frecuencia en el camino de Maharinghee a Bania y al cruzar la desembocadura del Ganges. ¿Servirá este vaso? Nadan de una isla a otra. Una vez vi uno meterse al agua con movimientos lentos como los de un caballo. Nadan bastante sumergidos, con la cabeza erguida y la cola extendida hacia atrás. ¡Qué frío hace en esta condenada
torre! En realidad, no he vuelto a estar suficientemente caliente desde que regresé a Inglaterra. Voy a meterme en la cama; es el único lugar caliente de la casa. Puedes venir y sentarte junto a mí cuando te hayas bebido el coñac.
Pasaban los días, días dorados con olor a heno, un perfecto verano prematuro; días perdidos para Jack. O al menos nueve partes perdidas, pues aunque sus asuntos profesionales y legales estaban cada vez peor y más complicados, había ido a Bath en dos ocasiones a ver a su querida amiga lady Keith, y la primera vez había visitado a la señora Williams y a su familia y la segunda había encontrado a Sophia -aparentemente por casualidad había encontrado a Sophia-en la sala de las termas donde se bebían las aguas. Había regresado regocijado y atormentado a la vez, pero mucho más humano, mucho más parecido a aquella criatura alegre y fuerte de espíritu que Stephen había conocido.
"Estoy decidido a romper", escribió Stephen. "No la hago feliz ni me hace feliz. Esta obsesión no es felicidad. Noto tal insensibilidad que se me parte el corazón, y no sólo el corazón.
Insensibilidad y muchas más cosas: un profundo deseo de dominar, celos, orgullo, vanidad, todo menos falta de valor. Poco juicio y, por supuesto, ignorancia; mala fe, inconstancia e incluso crueldad, añadiría yo, si pudiera olvidar su despedida del domingo por la noche, increíblemente patética en una persona tan violenta. Y sin duda, su estilo y su gracia sin límites sustituyen a la virtud… ¿o son realmente virtudes? Pero eso no te servirá. No sacarás nada más de mí. Si sigue este juego con Jack, yo me iré. Y si él continúa, tal vez descubra que ha estado haciendo todo lo posible por infligirse a sí mismo una herida; y tal vez a ella le ocurra lo mismo, pues él no es un hombre con el que se puede jugar. Su ligereza me aflige más de lo que soy capaz de expresar. Es contraria a lo que ella define como sus principios y, en mi opinión, incluso a su propia naturaleza. Ella no puede quererlo como esposo ahora. ¿Actúa por odio a Sophia o a la señora W.? ¿Por una indeterminada venganza? ¿Por el placer de jugar con fuego en un polvorín?"
El reloj dio las diez; dentro de media hora tendría que reunirse con Jack en el reñidero de Plimpton. Salió de la oscura biblioteca y
se dirigió al patio. Allí estaba esperándole la jaca, con su pelaje color plomizo brillando al sol, mirando fijamente, con sagacidad, hacia el sendero al otro lado de los establos; y al seguir su mirada, Stephen vio al cartero robando una pera del emparrado del huerto.
–Una carta para usted, señor -dijo el cartero muy serio y ceremonioso, mientras por la comisura de los labios le chorreaba el jugo de la pera que se había comido apresuradamente. ¿Le habría visto? La distancia era muy grande, casi segura-. Veintiocho peniques, señor, por favor. Y hay dos para el capitán, una franqueada, la otra del Almirantazgo.
–Gracias, señor cartero -dijo Stephen pagándole. – Ha hecho una complicada ronda.
–Pues sí, señor -dijo el cartero sonriendo con alivio-.
Parsonage, la casa de los Croker, la del doctor Vining -una carta era de su hermano que vive en Godmersham, así que seguramente estará por aquí el domingo- y luego subir hasta la casa del joven Savile -la carta era de su joven dama. Nunca he visto una joven dama que escribiera tanto; me alegraré mucho cuando se casen y
puedan decirse las cosas de palabra.
–Tiene usted calor y está sediento; debe comerse una pera, eso le ayudará a mantenerse activo.
La pelea principal había comenzado cuando Stephen llegó. Un apretado grupo de campesinos, comerciantes, tratantes en caballos, gitanos y caballeros de la región, todos muy excitados, formaban un círculo alrededor del reñidero, donde lo único aceptable era el valor de los gallos.
–¡Apuestas por el gallo moteado! ¡Apuestas por gallo moteado! – gritó un gitano alto con un pañuelo rojo en el cuello.
–¡Voy con usted! – dijo Jack-. Cinco guineas por el gallo moteado.
–¡Trato hecho! – dijo el gitano, mirando a su alrededor. Luego, entrecerrando los ojos, continuó en tono alegre y zalamero-. ¿Cinco guineas, caballero? Es una buena suma para un hombre errante y un capitán con media paga. Pondré mi dinero en el suelo, ¿eh?
Colocó las cinco brillantes monedas al borde del reñidero. Jack sacó su bolsa y colocó las monedas una a una junto a las otras. Los
dueños de los gallos los llevaron a la palestra y, sin dejar de sujetarlos, les hablaban en voz baja mientras éstos levantaban orgullosos su cabeza rapada. Los gallos permanecieron atentos, lanzando miradas a uno y otro lado y dando vueltas antes de aproximarse. Ambos volaron al mismo tiempo y sus aceradas espuelas lanzaron destellos al chocar. Se elevaron una y otra vez; se formó un remolino en el centro del reñidero y alrededor de éste se escuchaba un terrible griterío.
El gallo moteado, que había perdido un ojo y tenía el otro nublado por la sangre, permanecía erguido tambaleándose y trataba de distinguir dónde estaba su enemigo; vio su sombra y recibió tambaleante una herida mortal. Sin embargo, no murió enseguida; se mantuvo en pie con las espuelas clavadas en el cuerpo hasta que fue vencido por el propio peso de su exhausto oponente, un oponente que estaba demasiado lacerado para levantarse y cantar.
–Vamos a sentarnos fuera -dijo Stephen-. ¡Eh, chico!
¡Tráenos una jarra de jerez al banco de ahí fuera! ¿Me atiendes ahora? ¡Jerez! ¡Por el amor de Dios! Ese cabrón pretencioso tiene la
suficiente maldad para llamarle a esto jerez. Traigo cartas para ti, Jack.
–El gallo moteado no tenía realmente ganas de luchar -dijo Jack.
–No. Pero era un gallo de pelea, sin duda. ¿Por qué apostaste por él?
–Me gustaba. Andaba balanceándose, como un marino. No podría decirse que era un gallo malvado y sangriento, pero ya en la palestra, cuando fue desafiado, luchó. Tenía muchas agallas y continuó luchando incluso cuando ya no había ninguna esperanza.
¿Has dicho que traías cartas?
–Dos. Por favor, sin ceremonia.
–Gracias, Stephen. El Almirantazgo acusa recibo de la comunicación del señor Aubrey del siete del mes pasado. Esta es de Bath; vamos a ver lo que Queenie me cuenta… ¡Oh, Dios mío!
–¿Qué pasa?
–¡Dios mío! – repitió Jack golpeándose la rodilla con el puño-.
Ven, vámonos de este lugar. Sophia se va a casar.
Mientras cabalgaban, Jack decía entre dientes frases entrecortadas y exclamaciones, y cuando habían recorrido una milla dijo:
–Queenie me escribe desde Bath. Un tipo que se llama Adams
–de Dorset, con una gran fortuna- le ha hecho una proposición a Sophia. Ha sido algo muy rápido, verdaderamente. Nunca la hubiera creído capaz de esto.
–¿Es un rumor que ha llegado a oídos de lady Keith?
–¡No, no, no! Ella fue a visitar a mamá Williams por mí, pues mí idea era que ésta no pudiera negarse a verme cuando yo fuera.
Queenie conoce a todo el mundo.
–Por supuesto. Y la señora Williams se sentiría halagada por tener relación con ella.
–Sí. Así que ella fue allí, y la señora Williams, muy alegre y con una afectada sonrisa, le contó todo, hasta el último detalle sobre la fortuna. ¿Hubieras creído a Sophia capaz de esto, Stephen?
–No. Y dudo de la veracidad de la información porque da por sentado que se le hizo la proposición a Sophia directamente y no a
través de la madre, como un simple ofrecimiento.
–¡Dios mío! ¡Cuánto me gustaría estar en Bath! – dijo Jack en voz baja poniéndose rojo de ira-. ¡Nadie la hubiera creído capaz de esto! ¡Su rostro era tan inocente! Yo habría jurado… ¡Las palabras que poco tiempo atrás me dijo eran tan dulces y amables! ¡Y las cosas ya han llegado tan lejos que le han hecho una proposición de matrimonio! Me los imagino cogidos de la mano, paseando en barca… ¡Dios mío! ¡Su rostro era tan, tan inocente!
Stephen le dijo que no había ninguna prueba, que la señora Williams era capaz de inventar cualquier cosa, que él era inteligente, animoso y sensato y sabía que hablar con ella era como hacerlo con su jaca. Jack tenía ahora una expresión grave e impenetrable en su rostro; dijo que pensaba que por primera vez en su vida había encontrado una mujer absolutamente sencilla -sin secretos ni ideas confusas o complicadas-, pero luego no añadió nada más sobre esto.
Cuando llegaron al cruce de Newton Priors, Jack dijo:
–Stephen, eres muy, muy amable conmigo, pero quiero
cabalgar solo por las colinas calizas hasta Wivenhoe. No soy buena compañía para nadie. ¿No te hará falta la jaca, verdad? Y no me esperes a cenar, comeré algo por el camino.
–Killick -dijo Stephen-, lleve el jamón y una jarra de cerveza a la habitación del capitán. Es posible que él llegue tarde. Voy a salir ahora.
Al principio caminó despacio, y los latidos de su corazón y su respiración eran normales, pero cuando dejó atrás las conocidas millas y empezó a subir Polcary, los latidos volvieron a tener aquel ritmo más acelerado, que aumentaba a medida que desaparecía su resolución; y cuando él llegó a la cima de la colina, su corazón latía al rápido compás de su reloj.
–¡Con qué fuerza lates, tonto corazón! – dijo sonriendo cuando calculaba el ritmo de los latidos-. En verdad, nunca había subido tan rápido la colina; ya estoy entrenado, ¡ja, ja, ja! La vista es muy bonita. La hermosa noche me envuelve con su manto.
Ahora caminaba más despacio, aguzando sus sentidos para advertir hasta el más mínimo movimiento en el bosque, en Gole's
Hanger o en el camino que le seguía. A su derecha escuchó el grito de un corzo que iba tras una liebre y a su izquierda el distante quejido de un conejo víctima del ataque de un armiño. Un búho. En la oscuridad se distinguía la borrosa silueta de la casa, apaciblemente dormida entre los árboles, y en la torre cuadrada sólo se veía una luz, como un ojo brillante.
Bajó hasta los olmos cargados de hojas y silenciosos; ahora podía ver toda la casa. Y debajo de los olmos estaba su jaca, atada a un avellano con un ronzal. La reconoció antes de que ella relinchara y se quedó paralizado. Cuando oyó el segundo relincho, avanzó muy despacio, acarició el aterciopelado hocico y el cuello de la jaca y, mirando la luz por encima de su cruz, estuvo un rato dándole palmaditas hasta que finalmente se dio la vuelta. Después de caminar unas cien yardas, con la torre hundida entre los árboles tras de él, se paró en seco y se llevó la mano al corazón. Comenzó de nuevo a caminar con paso torpe y cansado, tropezando en los surcos, obligándose a sí mismo a seguir adelante.
–Jack -dijo durante el desayuno la mañana siguiente-, creo
que debo dejarte. Veré si puedo encontrar sitio en el coche de posta.
–¿Dejarme? – gritó Jack atónito-. ¡Oh, no!
–No me siento muy bien, y creo que el aire de mi tierra natal me restablecerá.
–Tienes realmente un aire triste y desanimado -dijo Jack mirándolo atentamente y con profunda preocupación-. He estado tan absorto en mis desafortunados asuntos de los demonios -y ahora esto- que no te he atendido. Lo siento, Stephen. Debes de haberte sentido muy a disgusto aquí, sin compañía, sólo con Killick.
Espero que no estés enfermo de verdad. Ahora que lo pienso, has estado deprimido, desanimado, estas últimas semanas, sin ganas de tocar ni una giga. ¿Quieres consultar al doctor Vining? Él podría ver tu caso desde fuera. Por favor, deja que lo llame. Iré a buscarlo enseguida, antes que empiece a hacer visitas.
Stephen tardó en tranquilizar a su amigo desde la hora del desayuno hasta que llegó el correo. Le dijo que "él conocía su enfermedad perfectamente… la había padecido antes… nadie podía morirse a consecuencia de ella… se llamaba solis deprivatio".
–¿La privación del sol? – preguntó Jack-. ¿Te burlas de mí, Stephen? No es posible que pienses ir a Irlanda en busca de sol.
–Ha sido una broma un poco pesada -dijo Stephen-. Me refería a España, no a Irlanda. Como sabes, tengo una casa en las montañas cercanas a Figueras; una parte del techo se ha desplomado, la parte donde están las ovejas, y debo ocuparme de ello. También hay allí murciélagos, murciélagos de oreja de ratón, he visto muchas generaciones de ellos. Aquí está el correo.
Stephen se acercó a la ventana y alargó la mano para cogerlo.
–Tienes una carta. Yo ninguna.
–Una factura -dijo Jack dejándola a un lado-. ¡Oh, sí que tienes una! Casi me había olvidado. La tengo en el bolsillo. Ayer me encontré casualmente con Diana Villiers y me pidió que te entregara esta nota. Me dijo muchas cosas buenas de ti. Estuvimos hablando de que eras un excelente compañero de tripulación y tan hábil con el violonchelo como con el cuchillo. Ella tiene un gran concepto de ti…
Tal vez. La nota era amable en cierto modo.
"Querido Stephen;
¡Cómo descuidas a los amigos! Durante todos estos días no has dado señales de vida. Es cierto que estuve terriblemente desagradable la última vez que tuve el placer de estar en tu compañía. Por favor, perdóname. Fue el viento del este, o el pecado original, o la luna llena, o algo de esa clase. He encontrado algunas mariposas indias muy curiosas -sólo las alas-en un libro que era de mi padre. Si no estás muy cansado o tienes algún compromiso, quizás te gustaría venir a verlas esta tarde. D. V."
… lo cual no es extraño. Le he pedido que venga a tocar con nosotros el jueves. Conoce bien nuestro trío, aunque sólo toca de oído. Pero ya que tienes que irte, mandaré a Killick a presentarle nuestras excusas.
–Tal vez no me vaya tan pronto. Esperaré a la semana que viene. Las ovejas están cubiertas de lana, después de todo, y los murciélagos pueden irse a la capilla.
El camino se veía claramente en la oscuridad y Stephen cabalgaba despacio por él, recitando un diálogo imaginario. Llegó hasta la puerta montado en la jaca y la ató con un ronzal a una anilla. En el momento que iba a llamar, Diana le abrió.
–Buenas noches, Villiers -dijo-. Gracias por tu nota.
–Me encanta la forma en que das las buenas noches, Stephen
–dijo sonriendo. Era obvio que estaba de buen humor, realmente de muy buen humor-. ¿No te asombras de verme aquí?
–Un poco.
–Los criados están fuera. ¡Cuánta formalidad! ¡Has venido por la puerta principal! Ven a mi guarida. He colocado las mariposas unas junto a otras para que las veas.
Stephen se quitó los zapatos, se sentó tranquilamente en una silla y dijo:
–He venido a decirte adiós. Me iré del país muy pronto, creo que la semana que viene.
–¡Oh, Stephen! ¿Y abandonarás a tus amigos? ¿Qué hará el pobre Aubrey? No puedes dejarlo ahora. Parece muy deprimido. ¿Y
qué haré yo? No tendré a nadie con quien hablar, ni nadie a quien maltratar.
–¿No?
–¿Te he hecho muy desgraciado, Stephen?
–A veces me has tratado como un perro, Villiers.
–¡Oh, Dios mío! Lo siento muchísimo. Nunca volveré a ser tan dura. ¿Así que piensas irte realmente? ¡Dios mío! Pero los amigos se dan un beso de despedida. Vamos, al menos simula que estás mirando mis mariposas -las he colocado con mucha gracia para ti-y dame un beso y luego vete.
–Soy sumamente débil contigo, Diana, como muy bien sabes
–dijo-. Atravesé Polcary despacio, ensayando cómo te diría que venía a romper y que quería hacerlo en tono cariñoso y amistoso, sin amargas palabras que recordar. Pero veo que no puedo hacerlo.
–¿Romper? ¡Dios mío! Esa es una palabra que nosotras no usamos nunca.
–Nunca.
Sin embargo, la palabra apareció cinco días más tarde en el
diario de Stephen. "Me veo obligado a engañar a J. A., y aunque estoy acostumbrado al engaño, esto es doloroso para mí. También él se esfuerza por engañarme, desde luego, por consideración a lo que él cree que pienso sobre la forma correcta de mantener su relación con Sophia. Pero él es de carácter franco y espontáneo, y sus esfuerzos, aunque persistentes, resultan inútiles. Diana tiene razón; no puedo irme en un momento en que él tiene dificultades. ¿Por qué ella las hace más grandes? ¿Por pura maldad? En otra época, yo habría dicho que es un caso de posesión diabólica, y ésta es una respuesta convincente incluso ahora, pues un día se muestra más encantadora que ninguna otra mujer y al siguiente insensible, cruel, con enormes deseos de hacer daño. No obstante, a fuerza de repetírmelas, las palabras que no hace mucho me herían profundamente han perdido su efecto; la puerta cerrada ya no supone la muerte para mí; mi determinación es cada vez mayor, está convirtiéndose en algo más que una determinación intelectual.
No lo he pensado antes ni lo he visto citado por ningún autor, pero creo que una pequeña tentación, incluso mínima, puede ser más
dominante que una gran tentación. No estoy fuertemente tentado de ir a Mapes; no estoy fuertemente tentado de beber el láudano cuyas gotas -cuatrocientas ahora, mi tranquilidad embotellada- cuento con superstición cada noche. Ya pesar de todo, lo hago".
Con la mirada disimulada y a la vez delatora de quien es sorprendido haciendo algo en secreto, Stephen dijo:
–Killick, ¿qué tiene que decirme? Está usted aturdido, tiene la mente trastornada. Ha estado bebiendo.
Killick se acercó más a la silla de Stephen, e inclinándose le susurró:
–Hay unos tipos horribles ahí abajo, señor, que preguntan por el capitán. Una cucaracha con una ridícula peluca y un par de tíos con pinta de boxeadores o matones También otros tipos muy raros con sombreritos redondos; vi a uno de ellos meterse un garrote bajo el abrigo. Malos tipos. Hombres del gobernador civil.
Stephen asintió con la cabeza.
–Los recibiré en la cocina. No, en la sala de desayuno, porque da al prado. Prepare el cofre del capitán y mi maleta pequeña. Déme
sus cartas. Enganche la mula al carro pequeño y llévelo hasta el final del camino a Foxdene con nuestro equipaje.
–Sí, sí, señor. Preparar equipaje, mula y carro, ir a Foxdene.
Stephen dejó a los tipos con cara de palo y ceño fruncido en la sala de desayuno. Sonrió complacido: por fin estaba ante una situación concreta. Sabía dónde encontrarles, a una o dos millas de allí, y que sería penoso subir la pendiente caliza bajo el sol; pero no sabía lo mucho que le costaría, después de subir la pendiente caliza, soportar la expresión llena de rabia, resentimiento y hostilidad que se dibujó en sus rostros.
–Buenos días -dijo quitándose el sombrero.
Diana le hizo una ligera inclinación de cabeza y le lanzó una mirada dura y penetrante.
–Parece que ha tenido usted un viaje difícil, Maturin. Debe de estar muy ansioso por ver…
–Perdóneme, señora, pero tengo que hablar con el capitán Aubrey -dijo con una mirada tan dura como la de ella, apartando hacia un lado la jaca-. Jack, han venido a arrestarte por las deudas.
Debemos irnos a Francia esta noche y luego seguir a España. El carro pequeño, con tu cofre, estará ahora al final del camino de Foxdene. Te quedarás conmigo en mi casa; las cosas saldrán bien.
Podremos coger el paquebote que sale de Folkestone si vamos de prisa.
Se volvió hacia Diana, la saludó con la cabeza y comenzó a cabalgar dirigiéndose colina abajo.
Entre el ruido de cascos se oyó la voz de Diana:
–Siga adelante, Aubrey. Le he dicho que siga adelante. Tengo que hablar con Maturin -dijo refrenando su caballo junto a éste-.
Tengo que hablarte, Maturin. Stephen, ¿te vas sin decirme adiós?
–¿No vas a dejarme marchar, Diana? – dijo levantando los ojos llenos de lágrimas.
–No, no, no -gritó ella-. No puedes dejarme… Sí, vete a Francia, pero escríbeme, escríbeme y regresa.
Su pequeña mano estrechó la de él con fuerza. Ella fue alejándose, y su caballo arrancaba a su paso trozos de tierra y hierba.
–Nos iremos a Folkestone -dijo Jack, que llevaba la mula por los caminos cubiertos de hierba-. A Dover. Seymour está al mando de la Amethyst. Tiene que llevar al embajador del imperio y cruzará esta noche. Nos llevará a nosotros; fuimos compañeros de tripulación en el Marlborough. Cuando estemos en un barco del Rey podremos decirles a esos policías que se vayan al infierno.
Cuando habían recorrido cinco millas, Jack dijo:
–Stephen, ¿sabes de quién era la carta que me trajiste, la pequeña lacrada?
–No.
–Era de Sophie. Una carta en la que me habla con toda franqueza, ¿sabes? Dice que ese rumor sobre el tal Adams y sus pretensiones, que quizás haya inquietado a sus amigos, es falso, que no tiene ningún condenado fundamento; apenas lo ha visto más de una docena de veces, aunque él habla mucho en privado con Mamá.
Me habla de ti. Te manda sus afectuosos saludos y dice que le gustaría verte en Bath. También dice que el tiempo allí es
estupendo. ¡Dios santo! Stephen, ¡nunca en mi vida me había sentido tan deprimido! Mi fortuna perdida, tal vez también mi carrera, y ahora esto.
–No sé cómo explicarte el alivio que siento -dijo Jack mientras se inclinaba para ver si la trinquetilla de la Amethyst estaba ya tensa-, al estar en la mar. Todo aquí es claro y sencillo. Y
no lo digo solamente por haber escapado de esos tipos, sino por todas las complicaciones de la vida en tierra. No creo tener muchas aptitudes para estar en tierra.
Estaban de pie en el alcázar, rodeados por multitud de agregados, secretarios y miembros de la comitiva que, con ojos desorbitados, tambaleándose y dando bandazos, se agarraron a las cuerdas o unos a otros cuando la fragata empezó a mecerse bruscamente debido a la marejada. Entonces el acantilado de Dover quedó oculto por una cortina de lluvia veraniega.
–Sí -dijo Stephen-, también yo he estado caminando por la cuerda floja sin mucha destreza. Tengo el mismo sentimiento de liberación. Hace algún tiempo que debería haber admitido esto sin