Capitán de navío

Patrick O'Brian · Capítulo 6 de 16

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Capitán de navío

Capítulo 5

continuó:

–¡Cómo va a oler!… ¡Cómo huele! ¡Dios mío! Pásame las tijeras, Stephen, por favor.

–El oso puede servirnos otra vez -dijo Stephen-. Vamos a enrollarlo y meterlo bajo el matorral. Mandaré a buscarlo cuando lleguemos a casa.

–¿Está muy lejos la casa?

–¡Oh, no! – dijo Stephen señalando el castillo-. Está justo ahí debajo, a unos mil pies aproximadamente, a la derecha de esas rocas escarpadas, de esa cantera de mármol. Pero me temo que tardaremos una hora en llegar… una hora para el desayuno.

–¿Ese castillo es tuyo, Stephen?

–Sí. Y esta dehesa, donde vienen mis ovejas. Por cierto -dijo mirando perspicazmente las pisadas de vacas-, creo que esos cerdos franceses de La Vaill han estado mandando su ganado aquí para que se coma mi hierba.

CAPÍTULO 5

El Lord Nelson, un barco que hacía el comercio con las Indias Orientales al mando del capitán Spottiswood, regresaba a su patria desde Bombay. Tres días después de cruzar el trópico tuvo que fachear en medio de una tempestad que venía del oeste y, aunque sobrevivió, ésta le hizo perder su mastelero mayor con la gavia, le arrancó el mastelero de sobremesana justo por encima del tamborete, torció el palo trinquete y el mayor y dañó tremendamente la jarcia. El barco perdió también los botes sujetos a las botavaras y las propias botavaras en su mayoría; y puesto que el viento era adverso para ir a Madeira, los pasajeros estaban aterrorizados y la tripulación al borde del amotinamiento después de un viaje muy largo y desagradable en todo momento, el señor Spottiswood arribó y puso rumbo a Gibraltar, que estaba a sotavento, aunque como otros capitanes que iban de regreso a su país, no tenía ninguna gana de entrar en un puerto militar. Como él esperaba, perdió a muchos marineros de nacionalidad inglesa, todos marineros de primera, pues se los llevaron con la leva. Pero pudo

reparar su barco y como mínima compensación subieron a bordo algunos pasajeros.

Los primeros en subir a bordo fueron Jack Aubrey y Stephen Maturin, que fueron recibidos ceremoniosamente por el capitán al frente de sus oficiales, pues la Compañía de Indias tenía o, al menos, se atribuía una gran categoría, y sus barcos imitaban muchos rasgos característicos de la Armada real. Era razonable haber tomado algunos de éstos -las portas formando cuadrículas, por ejemplo, y su apariencia general de normalidad, que habían persuadido a muchos barcos enemigos de que estaban ante un navío de guerra y era mejor poner rumbo a otra parte- pero había algunas pretensiones que molestaban a la Armada real, y los oficiales del Rey a bordo de un barco de la Compañía siempre miraban lo que les rodeaba con actitud crítica. En este caso, alguien crítico podría haber encontrado defectos enseguida; a pesar de que los curtidos grumetes con guantes blancos formaban dos líneas rectas entre las que Jack podía caminar, el recibimiento era incorrecto, pues había otras figuras apiñadas que nunca se habrían

visto, por ejemplo, en el Superb, donde él había ido a comer y había sido objeto de un recibimiento que aún recordaba vivamente.

Además, entre las figuras apiñadas él había notado una mirada perspicaz y, en general, falta de convicción y no muy buena disposición al saludar con la cabeza, y una mezcla de timidez y familiaridad que hicieron que su expresión se endureciera un poco.

Le estaba hablando con extraordinaria amabilidad al capitán Spottiswood, que interiormente lo maldecía por su condescendencia y, al volverse, reconoció aquella mirada.

–¡Vaya, si es Pullings! – exclamó, e inmediatamente su mal genio (un mal genio pasajero, de todos modos) se desvaneció, y su gesto contrariado dio paso a una alegre sonrisa-. ¡Cuánto me alegro de verle! ¿Cómo está? ¿Cómo le va?

–Y éste es el sobrecargo, el señor Jennings -dijo el capitán Spottiswood, no contento en absoluto al ver que la secuencia normal había sido alterada-. El señor Bates. El señor Wand. Al señor Pullings usted ya le conoce, por lo que he visto.

–Fuimos compañeros de tripulación -dijo Jack, estrechando la

mano de Pullings con una fuerza directamente proporcional a su afecto por el joven, ayudante del contramaestre y teniente en funciones en la Sophie, que en ese momento miraba por encima de su hombro al doctor Maturin.

El Lord Nelson nunca había hecho viajes agradables ni había sido afortunado; sin embargo, una hora después de que subieran a bordo los nuevos pasajeros comenzó a soplar con fuerza viento de Levante, permitiéndole vencer la fuerte corriente del Estrecho y salir al Atlántico, y el pobre capitán Spottiswood, de buena fe, creyó que esto era un golpe de fortuna, un buen presagio por fin. El barco no era tampoco muy hermoso, ni navegaba con mucha agilidad; sin duda, era cómodo para los pasajeros y espacioso para el cargamento, pero inestable y lento navegando de bolina. Además, se encontraba al final de su vida útil; éste iba a ser, en realidad, su último viaje, y ya desde el que había realizado en 1801, los aseguradores habían insistido en que se pagara un recargo de treinta chelines por cada cien asegurados.

Casualmente, ésta era la primera vez que Jack navegaba en un

barco de los que hacían el servicio de las Indias Orientales; y cuando Pullings hacía la guardia y él lo acompañaba en su recorrido, vio con asombro que en cubierta había cantidad de cosas amontonadas y entre los cañones había barriles y toneles de agua amarrados. Veinte cañones de doce libras y seis de doce: una exhibición de fuerza imponente para un barco mercante.

–¿Cuántos hombres lleváis a bordo? – preguntó.

–Poco más de cien ahora, señor. Ciento dos, para ser exacto.

–¡Bueno, bueno, bueno! – dijo Jack.

En la Armada pensaban que nueve hombres y un grumete servidor de pólvora no eran demasiados para ocuparse de un cañón de dieciocho libras, ni tampoco siete hombres y un grumete para un cañón de doce. Harían falta ciento veinticuatro hombres para accionar los cañones de la batería de un costado -ciento veinticuatro ingleses alimentados con carne de vaca y cerdo- y cien para orientar las velas, maniobrar, repeler a las brigadas de abordaje, disparar las armas ligeras y accionar los cañones de la otra batería de vez en cuando. Observó cómo los marineros

originarios de las Indias Orientales, en cuclillas alrededor de un montón de junco, trabajaban a las órdenes de su jefe, que llevaba turbante; era posible que, en cierto modo, fueran marineros bastante buenos, pero eran muy menudos, y Jack no podía imaginárselos sacando un cañón de dos toneladas con el vaivén de las olas del Atlántico. La impresión de que eran pequeños se acentuaba por el hecho de que la mayoría tenía frío; su tez oscura tenía un matiz azulado y algunos llevaban puestos chaquetones, mientras que los pocos miembros de la tripulación que eran europeos estaban en mangas de camisa.

–¡Bueno, bueno, bueno! – dijo Jack de nuevo. No quería decir nada más, pues aunque se estaba formando rápidamente una opinión sobre el Lord Nelson, expresándola sólo conseguiría lastimar a Pullings, que debía de sentirse parte del barco. El joven sabía que el capitán Spottiswood carecía de toda autoridad, que el Lord Nelson se movía pesadamente y que en dos ocasiones no había podido virar por avante en el cabo de Trafalgar y había tenido que virar en redondo; pero, en verdad, era inútil que lo dijera con palabras. Jack

miró a su alrededor con una expresión candorosa, para ver si al menos encontraba una cosa que pudiera alabar. El brillo del cañón de bronce de proa en el costado de babor le llamó la atención y lo elogió.

–Realmente parece oro -dijo.

–Sí -dijo Pullings-. Lo hacen con mucha voluntad, mientras dicen poojah, poojah. Estuvimos varios días frente a la isla y cuando volvimos a tocar el cabo, ellos habían puesto una guirnalda de caléndulas alrededor de la boca del cañón. Le dicen sus oraciones a él, los pobres, porque piensan que es igual… bueno, señor, no me gusta mencionar eso a lo que piensan que es igual. De todos modos, es un barco bastante estanco y espacioso, tan espacioso como un navío de primera clase. Tengo una cabina muy amplia para mí solo.

¿Me haría usted el honor de bajar, señor, y beber conmigo un vaso de arac?

–Me encantaría-dijo Jack.

En la amplia cabina se tumbó con cuidado sobre la taquilla y preguntó:

–¿Cómo vino a parar aquí, mi estimado Pullings?

–Bueno, señor, no podía conseguir un barco ni me confirmaban en mi rango. Me decían: "No hay solapas blancas para ti, Pullings, amigote. Tenemos muchos más tipos como tú, demasiados".

–¡Qué condenada vergüenza! – exclamó Jack, que había visto a Pullings en acción y sabía que la Armada no tenía ni, realmente, podría tener demasiados tipos como él.

–Así que traté de servir como guardiamarina de nuevo, pero ninguno de mis antiguos capitanes se encontraba al mando de un barco, o si lo estaban -el honorable Berkely lo estaba- no tenían ninguna plaza libre. Le llevé su carta al capitán Seymour de la Amelhyst, que estaba reparándose en Hamoaze. Cozzens, que iba en esa dirección, me llevó hasta Vizes. El capitán Seymour me recibió muy amablemente cuando le dije que iba de parte suya, fue muy atento, no se mostró estirado ni remilgado, señor. Abrió la carta, y cuando terminó de leerla se rascó la cabeza, maldiciendo la peluca, y dijo que le habría encantado complacerle, sobre todo por la

ventaja que suponía para él -esa es la frase más amable que he oído… era muy bonita-, pero que no le era posible. Me llevó a la sala de oficiales y a la camareta de guardiamarinas para demostrarme que no podía tomar a ningún otro cadete a su servicio.

Estaba tan deseoso de que le creyera que quería que yo contara sus baúles, aunque, en verdad, yo ya le había creído desde el momento en que abrió la boca. Luego me ofreció una estupenda comida en su propia cabina, estábamos él y yo nada más -yo la necesitaba, señor, pues había caminado las últimas veinte millas-, y después del pudding hablamos de su acción de guerra con la Sophie; él sabía todo sobre ella, excepto en qué dirección había rolado el viento, y me hizo contarle qué había hecho yo desde que sonó el primer cañonazo hasta el último. Entonces dijo: "¡Por Dios! No puedo dejar que un oficial del capitán Aubrey se pudra en tierra sin tratar de aprovechar la poca influencia que tengo", y me escribió una carta para el señor Adams del Almirantazgo y otra para el señor Bowles, un hombre importante de la Compañía de Indias.

–El señor Bowles está casado con su hermana.

–Sí, señor -dijo Pullings-. Pero no presté mucha atención a eso entonces, ¿sabe?, ya que el capitán Seymour me había prometido que Adams me conseguiría una entrevista con el viejo Jarvie en persona y yo tenía grandes esperanzas, porque en la Armada siempre había oído que él favorecía a quienes habían empezado desde abajo. Así que volví a la ciudad como pude, y en aquella sala de espera, muy bien afeitado y tembloroso, permanecí una o dos horas. El señor Adams me hizo pasar y me advirtió que le hablara alto y claro a Su Señoría; luego me dijo que no mencionara la carta de recomendación que usted me había dado, y en ese momento, afuera se armó un gran jaleo, como el provocado por una brigada de abordaje. Él salió a ver qué pasaba y volvió con una expresión perpleja en el rostro y dijo: "El muy granuja ha hecho que se lleven al teniente Salt. Le ha hecho reclutar por la fuerza en el propio Almirantazgo por un grupo de infantes de marina, de modo que podrá ser enrolado en cualesquiera condiciones. Ocho años de antigüedad y, sin embargo, se lo lleva un grupo de infantes de marina". ¿Ha oído usted algo sobre esto, señor?

–Nada en absoluto.

–Bueno, lo que ocurrió fue que ese señor Salt estaba desesperado por conseguir un barco y bombardeaba con cartas al First Lord: le escribió una diaria durante meses e iba a todos los miércoles y viernes a solicitar una entrevista. El último viernes, el día que yo estaba allí, el viejo Jarvie le dijo guiñándole un ojo: "¿Así que quiere usted hacerse a la mar? Pues se hará a la mar, señor". Y

le hizo reclutar por la fuerza allí mismo.

–¡Un oficial reclutado por la fuerza como un simple marinero!

–exclamó Jack-. Nunca en mi vida he oído nada semejante.

–Ni nadie; y mucho menos el pobre señor Salt -dijo Pullings-

. Pero así fueron los hechos, señor. Y al oír eso y ver que entraban otras personas y hacían comentarios en voz baja, me sentí tan desconcertado y asustado que cuando el señor Adams dijo que tal vez fuera mejor que volviera otro día me fui enseguida, corrí a Whitehall y le pregunté al conserje cuál era la forma más rápida de llegar a la Compañía de Indias. Tuve mucha suerte, pues el señor Bowles fue muy amable… y aquí estoy. Éste es un buen empleo, uno

tiene paga doble y está autorizado a hacer algún pequeño negocio por su cuenta: yo tengo un baúl con tela bordada de la China en la bodega de popa. Pero… ¡Dios mío! ¡Cuánto daría por estar de nuevo en un navío de guerra, señor!

–Es posible que esto no tarde mucho en ocurrir -dijo Jack-.

Pitt ha vuelto y el viejo Jarvie se ha ido…rechazó el mando de la flota del Canal; si él no fuera un marino de primera categoría, diría que podía irse al diablo. Y Dundas está en el Almirantazgo. Lord Melville. Tengo muy buenas relaciones con él, y si podemos desplegar un poco más de velamen y llegar allí antes de que se hayan llevado los mejores barcos, sería difícil que no volviéramos a hacer otro crucero juntos.

Desplegar más velamen: ese era el problema. Desde la desagradable experiencia que habían tenido a 33° de latitud norte, el capitán Spottiswood era reacio incluso a largar las juanetes, y los días transcurrían muy lentamente. Jack pasaba mucho tiempo inclinado sobre el coronamiento mirando cómo la fina estela del Lord Nelson se alejaba hacia el suroeste, porque no le gustaba observar

la forma lenta en que se hacían las maniobras en el barco y el hecho de ver los mastelerillos tumbados sobre cubierta le llenaba de impaciencia. Sus compañeras habituales eran las señoritas Lamb, unas jóvenes alegres y simpáticas, morenas, bajitas y regordetas, que habían ido a India de pesca -así decían ellas, muy divertidas-pero que volvían de allí aún solteras, bajo la tutela de su tío, el mayor Hill, de la unidad de artillería de Bengala.

Estaban sentados en línea y Jack se encontraba entre las dos jóvenes. Stephen estaba sentado en una silla a la izquierda, un poco alejado. Y aunque ahora el Lord Nelson atravesaba el golfo de Vizcaya, con un viento fresco del suroeste y una temperatura por debajo de los 50°F, ellos permanecían valientemente en cubierta, envueltos en mantas de viaje y chales por donde asomaban sus rosadas narices.

–Dicen que las mujeres españolas son extraordinariamente hermosas -dijo la señorita Lamb-. Mucho más que las francesas, aunque no tan elegantes. Dígame, capitán Aubrey, por favor, ¿es eso cierto?

–Bueno, la verdad-dijo Jack-, no puedo decírselo. Nunca he visto ninguna.

–Pero, ¿no pasó usted varios meses en España? – preguntó la señorita Susana.

–Sí, es cierto, pero casi todo el tiempo estuve en casa del doctor Maturin, cerca de Lérida, donde había muchos arcos pintados de azul, como es típico en aquella zona, un patio interior, ventanas de rejas y naranjos, pero no mujeres españolas, que yo recuerde.

Había una vieja sirvienta que me daba papilla, no lo niego, y los domingos se ponía una peineta con una mantilla, pero no era lo que usted llamaría una belleza.

–¿Estuvo usted muy enfermo, señor? – preguntó la señorita Lamb respetuosamente.

–Creo que lo estuve -dijo Jack-, porque me raparon la cabeza y me pegaban las sanguijuelas dos veces al día, y me hacían beber leche de cabra caliente cuando recobraba el sentido. Y cuando todo pasó, estaba tan débil que apenas podía montar a caballo, y no recorrimos más de quince o veinte millas diarias la primera semana.

–¡Qué afortunado ha sido al poder viajar con el estimado señor Maturin! – dijo la señorita Susana-. Verdaderamente, adoro a ese hombre.

–No me cabe duda de que él me salvó, no me habría recuperado si no hubiera sido por él -dijo Jack-. Siempre estaba allí, de noche y de día, preparado para sangrarme o medicarme.

¡Dios mío! ¡Cuántas medicinas! Creo que me he tragado todas las que caben en una botica de medianas dimensiones… Stephen, le estaba diciendo a Susana que trataste de envenenarme con tus brebajes experimentales.

–No le crea, señor Maturin. Él nos ha dicho que, sin duda, usted le ha salvado la vida. Y nos ha enseñado a anudar cuerdas y a empalmar la lana de hacer punto.

–¿Ah, sí? – dijo Stephen-. Estoy buscando al capitán -miraba inquisitivamente bajo la silla vacía-, pues tengo una noticia de interés para él; es algo que nos afecta a todos. Los marineros indios no tienen problemas respiratorios a causa de los miasmas de sus propias llanuras, diga lo que diga el señor Parley, sino debido a la

influenza española. Resulta extraño pensar que nosotros, con nuestra prisa, somos la causa de nuestro propio retraso, ¿verdad? Y

es que con tan pocos marineros, no cabe duda de que veremos las gavias aferradas dentro de poco.

–Yo no tengo prisa. Quisiera que este viaje durara siempre –

dijo la señorita Lamb. Y sus palabras sólo encontraron eco en su hermana.

–¿Es contagiosa? – preguntó Jack.

–¡Oh, muchísimo, amigo mío! – dijo Stephen-. Creo que se extenderá por todo el barco en los próximos días. Pero les administraré medicinas a todos, por supuesto que se las administraré. Jovencitas, deseo que esta noche toméis una medicina como profilaxis: he preparado una de agradable sabor para vosotras, en este pequeño frasco, y otra más fuerte para el mayor Hill. ¡Una ballena! ¡Una ballena!

–¿Dónde? – dijo el señor Johnstone, el primer oficial.

Había trabajado en la flota pesquera en Groenlandia cuando era joven y todo su ser se había estremecido con aquel grito. Sin

embargo, no obtuvo respuesta, porque el doctor Maturin, de cuclillas como un babuino, con el telescopio apoyado en el pasamanos, concentraba su atención en enfocarlo hacia las agitadas aguas del mar entre el barco y el horizonte. Entonces el señor Johnstone, dirigiendo la vista en la dirección del telescopio y colocándose ante la frente las manos ahuecadas, vio el distante chorro y después, destacándose sobre el fondo gris, una inmensa sombra negra que hacía un movimiento lento y ondulante. En un tono más relajado dijo:

–¡Oh, no es un animal bueno para nosotros! Es un rorcual.

–¿Puede usted ver realmente que es un rorcual a tan gran distancia? – preguntó la señorita Susana-. ¡Los marineros son maravillosos! Pero, ¿por qué no es bueno, señor Johnstone?

–¡Está resoplando! – dijo el señor Johnstone en tono tranquilo, casi indiferente, por la fuerza de la costumbre-. Y ahora otro. Mire el chorro, señorita Susana. Sólo lanzan un chorro, eso quiere decir que son rorcuales, las verdaderas ballenas lanzan dos. Mire, allá va otro. Debe de haber una manada bastante grande. No son buenos

para el hombre ni para los animales. Me fastidia ver que están ahí nadando con tanta cantidad de excelente aceite; no son buenos para el hombre ni para los animales.

–Pero, ¿por qué no es bueno el rorcual? – preguntó la señorita Lamb.

–Bueno, porque es un rorcual, indudablemente.

–Mi hermana quiere decir que qué tiene de malo que sea un rorcual, ¿verdad Lucy?

–El rorcual es gigantesco, señora. Si uno es lo bastante imprudente para intentar cazarlo, si uno se le acerca sigilosamente en el ballenero y le clava el arpón, él, al sumergirse, puede golpear el barco como una bola golpea los bolos, y en cualquier caso, acabará con las doscientas brazas de cuerda del arpón en menos de un minuto. Aunque uno le clave otro, lo más rápido posible, también acabará con la cuerda, y pasará lo mismo con otro. Él le arrastra a uno o le arranca todo y uno pierde la cuerda, o la vida, o las dos cosas. Como alguien diría: "Hay que ser humilde y no dejarse llevar por la ambición". No se puede coger a Leviatán con un anzuelo,

¿verdad? Debemos limitarnos a cazar la auténtica ballena, la presa que es lícito capturar.

–¡Oh, así lo haré, señor Johnstone! – exclamó la señorita Lamb-. Le prometo que no atacaré a un rorcual en toda mi vida.

A Jack le gustaba ver las ballenas -simpáticas criaturas-, pero podía dejar de prestarles atención con más facilidad que Stephen o incluso el serviola del tope, que se suponía que estaba vigilando. Así pues, desde hacía algún tiempo, observaba al oeste unas manchas blancas, que parecían velas, recortándose sobre el oscuro cielo. Por fin estuvo seguro de que era un barco, un barco que navegaba velozmente en diferente dirección.

Era el Bellone, un barco corsario de Burdeos y uno de los más hermosos que habían salido de ese puerto. Era alto y ligero como un cisne, pero estable; tenía treinta y cuatro cañones y aparejo de navío, los fondos limpios, velas nuevas y una tripulación de doscientos sesenta hombres. Un buen número de aquellos marineros de vista aguda estaban ahora en las cofas, o se apiñaban en los topes, y aunque no podían distinguir claramente el Lord Nelson, lo

que vieron fue suficiente para que el capitán Dumanoir bajara con cautela a observarlo más de cerca en la penumbra.

Lo que él vio fue un barco con veintiséis cañones -de eso estaba seguro-, probablemente un navío de guerra. Pero si era así, entonces sólo disponía de parte de su potencia, pues de lo contrario, con aquel viento, sus mastelerillos no hubieran estado tumbados sobre cubierta. Ya medida que Dumanoir y el segundo de a bordo, desde las crucetas del palo mayor, observaban y hacían consideraciones sobre el Lord Nelson, fueron abandonando poco a poco la idea de que era un navío de guerra. Eran marinos experimentados; habían llegado a conocer bien los navíos de la Armada real durante la guerra de los últimos diez años, y había algo en el modo de navegar del Lord Nelson que les parecía raro, de acuerdo con su experiencia.

–Es un barco mercante que viene de las Indias Orientales –

dijo el capitán Dumanoir.

Aunque no estaba totalmente convencido de esto, su corazón comenzó a latir con fuerza y el brazo le empezó a temblar. Y

pasando éste entre los obenques de la juanete repitió:

–Un barco mercante que viene de las Indias Orientales.

A falta de un galeón español cargado de tesoros, un barco que hacía el comercio con las Indias Orientales era la mejor presa que podía encontrarse en el mar.

Cientos de pequeños detalles confirmaban su opinión. Y sin embargo, podría estar equivocado, podría estar conduciendo su preciado Bellone a un enfrentamiento con uno de esos sólidos navíos ingleses de sexta clase que llevaban carronadas de veinticuatro libras, genuinos destructores, con una tripulación numerosa, bien adiestrada y malvada. Pero a pesar de que el capitán Dumanoir no tenía reparo en luchar con cualquier barco que tuviera más o menos el tamaño del suyo, fuera del Rey o no, su principal interés era destruir el comercio; su objetivo era proporcionar beneficios a los hombres para quienes trabajaba, no cubrirse de gloria.

Volvió al alcázar, se paseó un par de veces de un lado a otro mirando el cielo en el cuadrante oeste y dijo:

–Apagad las luces una a una. Viraremos dentro de quince

minutos. Sólo llevaremos las mayores y el velacho. Matthieu, Jean-Paul, Petit-André, subid. Haga que les releven cada vez que dé vuelta al reloj de arena, señor Vincent.

El Bellone era uno de los pocos barcos franceses de la época en que este tipo de órdenes y otras relativas a la preparación de los cañones y las armas ligeras se recibían sin hacer ningún comentario y se cumplían puntualmente.

Tan puntualmente que antes del amanecer el serviola en el castillo del Lord Nelson vio la silueta de un barco a barlovento, un barco que seguía una ruta paralela, a poco más de una milla de distancia. Lo que el serviola no pudo ver fue que en él habían hecho zafarrancho de combate -habían sacado los cañones, preparado las balas, llenado los cartuchos, cargado las armas ligeras, reforzado la batayola para protegerse de la metralla, orientado las vergas y llevado los botes a popa-, pero no le gustaba que estuviera tan cerca y tampoco el hecho de que no llevara luces. Después de haberlo observado un rato y de secarse los ojos llorosos, avisó al alcázar y entre estornudos le comunicó a Pullings que había un barco

a babor.

La mente de Pullings, aletargada por el prolongado y monótono vaivén de las olas, el invariable murmullo de la jarcia y el calor que le daban su chaqueta de oficial de derrota y su gracioso sombrero de lana, se reavivó de repente. Había dejado su puesto junto a la bitácora y ya había subido la mitad de los obenques por el lado de barlovento cuando el serviola que estornudaba terminó de hablar.

Durante tres largos segundos observó detenidamente el barco y luego cambió la guardia con estrépito, como había aprendido en la corbeta Sophie de Su Majestad. La red de abordaje ya estaba colgada en los largos pescantes de hierro cuando despertó al capitán Spottiswood, que confirmó sus órdenes y mandó llamar a todos a sus puestos, hacer zafarrancho de combate, sacar los cañones y bajar a las mujeres a la bodega.

Encontró a Jack en camisa de dormir en cubierta, y éste le dijo en medio del fuerte redoble del tambor oriental:

–Busca pelea.

El barco corsario había virado el timón. Ahora sus hombres

braceaban haciendo girar en redondo las vergas y éste describía una larga y suave curva que cortaría la trayectoria actual del Lord Nelson aproximadamente en un cuarto de hora. Sus velas mayor y trinquete estaban cargadas, y estaba claro que su intención era aproximarse por barlovento sólo con las gavias. Esto podría hacerlo fácilmente, como un galgo perseguiría un tejón. Jack añadió:

–Pero tengo tiempo de ponerme los calzones.

Se puso los calzones y cogió un par de pistolas. Y Stephen dispuso metódicamente los instrumentos a la débil luz de una vela.

–¿Qué piensas de él, Jack? – preguntó.

–Es una corbeta o un gran barco corsario: busca pelea.

Subió a cubierta. Ahora había mucha más luz, y tenía ante su vista menos desorden del que se temía; el estado de cosas era mucho mejor. El capitán Spottiswood había colocado su barco con el viento en popa para ganar unos minutos de preparación. El barco francés todavía estaba a una milla de distancia, todavía con las gavias desplegadas, todavía dubitativo, tratando de elegir entre tentar la fuerza del Lord Nelson o huir precipitadamente.

Al capitán Spottiswood le faltaría decisión, pero no a sus oficiales ni a la mayor parte de la tripulación. Ellos estaban acostumbrados a los ataques de los piratas del mar de la China, los malvados malasios de los estrechos y los árabes del golfo pérsico, y ya tenían la red de abordaje colgada, tensa y bien atada, el baúl de las armas abierto y por lo menos la mitad de los cañones fuera.

Jack irrumpió en el abarrotado alcázar, y entre dos retahílas de órdenes dijo:

–Estoy a su disposición, señor.

El capitán, vacilante, volvió hacia él su rostro viejo y cansado.

Y Jack añadió:

–¿Puedo tomar el mando de la división de proa?

–Sí, tómelo, señor.

–Venga conmigo -le dijo al mayor Hill, encabezando el grupo.

Bordeando el pasamanos, se dirigieron apresuradamente hacia los cañones de dieciocho libras de proa: dos de ellos bajo la fina lluvia y los otros dos protegidos de ésta por el castillo. Pullings tenía bajo su mando la división del combés; el primer oficial los cañones

de doce libras del alcázar y el señor Wand los de dieciocho libras de popa, cuyo manejo era entorpecido por las cabinas y los camarotes.

Y desde arriba, un guardiamarina alto y delgado, que parecía sentirse muy mal, le gritaba con voz débil a la brigada de artilleros de proa.

La brigada de artilleros de proa del costado de babor estaba encargada de los cañones uno, tres, cinco y siete, que eran excelentes y modernas piezas de artillería; dos de ellos ya estaban preparados, los habían sacado, cargado y amartillado. La porta del cañón número uno estaba bloqueada, y los artilleros, muy agitados, trataban de abrirla con palancas y espeques, dándole golpes con fuerza y tirando de ella con la estrellera de proa; y en aquel reducido espacio se sentía el olor a sudor de aquellos hombres cobrizos. Jack se agachó, pasó por debajo de los balancines, colocó las piernas a ambos lados del cañón y, sujetándose fuertemente al carro, comenzó a lanzar patadas hacia atrás con toda su fuerza. De la porta caían astillas y trozos de pintura, pero ésta no se movía, parecía estar empotrada en el barco. Tres veces. Luego salió de allí

y, cojeando, fue a examinar las retrancas.

–Halarlo con la estrellera -dijo.

Y cuando la boca del cañón estuvo contra la porta gritó:

–¡Preparados, preparados!

Tiró del cabo del disparador. Hubo una chispa, un gran estallido retardado (era pólvora húmeda), y el cañón retrocedió violentamente casi hasta debajo de él. El humo acre salió rápidamente por la destrozada porta, y cuando ya era menos espeso, Jack pudo ver al sirviente, ya con el lampazo dentro del cañón, limpiándolo, y al resto de la brigada atando los aparejos, y pensó complacido: "Conocen su trabajo". Luego se asomó por la porta y mientras quitaba algunos trozos que quedaban colgando, pensó: "¡Que Dios castigue a ese condenado condestable!"

Pero no había tiempo para la reflexión. El cañón número tres estaba todavía dentro. Jack y el mayor Hill ataron los aparejos laterales, contaron "uno, dos, tres" y desplazaron rápidamente el cañón hacía delante; el carro chocó contra la batiporta y la boca del cañón salió lo máximo posible. El cañón número cinco estaba a cargo

solamente de cuatro marineros indios y un guardiamarina, disponía nada más de tres tacos y las balas no estaban preparadas; debía de haber rodado solo, a causa del balanceo, cuando le habían soltado las trincas.

–¿Dónde están sus compañeros? – le preguntó Jack al guardiamarina, y cogiéndole el puñal cortó el nudo de la entalingadura.

–Están enfermos, señor, enfermos. Kalim está casi muerto, no puede hablar.

–Dígale al condestable que necesitamos balas y un montón de tacos. ¡Dese prisa!

Luego le preguntó a otro guardiamarina:

–¿Qué desea, señor?

–El capitán quiere saber por qué ha disparado usted -dijo el joven, jadeando.

–Para abrir la porta -le contestó Jack sonriente al joven, que lo miraba ansioso, con los ojos desorbitados-. Dígale que, con todos mis respetos, no hay suficientes balas de dieciocho libras en

cubierta. ¡Dese prisa!

El guardiamarina desapareció sin despegar los labios, omitiendo dar el resto del mensaje.

El cañón número siete estaba muy bien, pues había siete hombres que se encargaban de él: estaba nivelado, le habían quitado los aparejos -que habían sido adujados cuidadosamente- y el grumete servidor de pólvora ya se había colocado a su derecha con un cartucho en las manos. Todo estaba en orden. El capitán de brigada, un marino europeo de pelo cano que sólo contestaba riendo entre dientes nerviosamente, mantenía inclinada la cabeza, fingiendo que miraba por la mira del cañón. Era, sin duda, un marino experimentado; había participado junto con él en una misión y había desertado; temía ser reconocido. Probablemente había sido artillero mayor, a juzgar por el orden en que mantenía todo el equipo. Jack pensó: "Espero que apunte el cañón tan bien como…"

Terminó de comprobar si estaban preparadas la piedra de chispa y las cazoletas y miró hacia los lados. Los coyes iban llegando en tandas a cubierta y eran estibados en la batayola. Media docena

de hombres muy enfermos, que habían sido azotados por los ayudantes del contramaestre, se movían penosamente por cubierta, mientras éste permanecía detrás de ellos, obviamente controlándolo todo. Todavía había un poco de confusión en el alcázar, pero la frenética actividad había terminado. Aquel era un momento de respiro y tenían suerte de disponer de él. De proa a popa, el barco mercante parecía un navío de guerra, con la tripulación reducida y las cubiertas todavía llenas, pero no obstante un navío de guerra.

Jack miró hacia el grisáceo mar; había bastante luz -una luz muy intensa ahora que la lluvia había cesado- y vio la bandera tricolor a quinientas yardas de distancia. El Bellone todavía estaba amurado a babor, pendiente de ver las piezas de artillería que llevaba el Lord Nelson. Por su parte, el Lord Nelson aún tenía el viento de popa y, por tanto, se movía pesadamente; éste era uno de los muchos defectos de su forma de navegar. Si el capitán Spottiswood seguía navegando tan rápido, el barco francés probablemente arribaría y, puesto que se movía al doble de la velocidad del Lord Nelson, cruzaría bajo la popa de éste disparándole. Ese era un problema del

capitán; por el momento, el mundo de Jack se reducía a sus cañones. ¡Qué sensación de alivio producían la subordinación, las pequeñas responsabilidades, el hecho de no tomar decisiones…!

Los cañones número siete, cinco y tres estaban bastante bien; el número uno estaba todavía poco preparado para que una brigada completa pudiera manejarlo con rapidez, y ni siquiera tenía una brigada completa. Jack le lanzó una última mirada escrutadora al barco corsario, que navegaba majestuosamente a pesar del embate de las olas, y luego se metió bajo el castillo.

Mientras hacía un trabajo mecánico, duro, moviendo montones de pesados bultos y barriles con tenacidad y rapidez, se dio cuenta de que estaba silbando el adagio de la composición de Hummel.

Recordó la inadecuada interpretación de Sophia y el arrollador y maravilloso ímpetu de Diana; sintió una intensa emoción al recordar con claridad a Sophia, tan dulce y protectora, allí en la escalera de la casa. Algunos tontos, y sobre todo Stephen, decían que no se podía estar ocupado y a la vez sentirse desdichado, triste.

El cañonazo del Bellone cortó en seco estas reflexiones. El

cañón de proa del costado de estribor lanzó una bala de ocho libras que pasó por el costado de babor del Lord Nelson, rebotando. Y

como si hubiera necesitado esto para entrar en acción, el capitán Spottiswood comenzó a dar órdenes. Las vergas giraron en redondo, el barco cambió de posición, y ahora podía verse el barco corsario enmarcado por la porta número uno, destacándose sobre el oscuro fondo del poco concurrido castillo. El Lord Nelson se abatió un poco para tomar su nuevo rumbo, con el Bellone por la aleta de babor, de modo que Jack sólo veía ahora las velas de proa de éste, a cuatrocientas yardas de distancia, a tiro de mosquete. Cuando el barco mercante viraba, disparó sus cañones de popa, y se oyeron seis potentes estruendos y un agudo viva. Entonces llegó a proa la orden:

–¡Abran fuego!

–Eso está mejor -dijo Jack saliendo precipitadamente de debajo del castillo.

La larga pausa previa a la acción era siempre difícil de soportar, pero ahora, en pocos segundos se desvanecería todo

menos el vivo momento presente, no habría tiempo para la tristeza ni para el miedo. El cañón número siete estaba en buenas manos, había girado hacia popa lo máximo que la porta permitía. El artillero mayor, mirando a lo largo del cilindro del cañón, estaba atento al balanceo. Los cañones del combés dispararon al mismo tiempo, y en medio de un remolino de humo -que llenó los pulmones de los exaltados artilleros, sofocándoles-, Jack y el mayor Hill corrieron a coger las largas palancas para levantar el cañón número cinco, una oscura mole inanimada, mientras los marineros indios ataban los aparejos delanteros para ayudarlo a girar sobre su eje y colocarlo apuntando a la popa del Bellone, ahora bien visible. El cañón número siete disparó con un lento y débil estallido y mucho humo. Mientras se agachaba junto al cañón número cinco y se preparaba para levantarlo con el espeque, Jack pensó: "Si toda la pólvora es como esa, sería mejor que intentáramos abordarlos enseguida. Pero es muy probable que ese condenado bribón la haya dejado ahí durante semanas". Esperó a que el humo se dispersara y el movimiento ondulante del barco para apuntar el cañón; fue subiéndolo poco a

poco, y cuando tiraba del acollador vio desaparecer al Bellone en una blanca nube de humo provocada por su propia batería. Arqueó el cuerpo sobre el cañón y lo disparó. No pudo ver dónde cayó la bala a causa del humo, pero a juzgar por el enorme estruendo debía de haber caído muy bien. El costado del barco corsario se llenó de ruidos y gritos, había agujeros en el velacho y una bolina estaba desprendida. Otro cañón de proa disparó y él corrió hacia el castillo, saltando por encima del aparejo del cañón número cinco, mientras lo limpiaban para cargarlo de nuevo. Apuntó los cañones número tres y uno, los disparó, y recorriendo rápidamente la fila volvió junto al cañón número cinco para ayudar a dispararlo otra vez.

El fuego era general ahora. Los trece cañones de babor del Lord Nelson disparaban de uno en uno o de dos en dos cada medio minuto, mientras que los diecisiete del Bellone, después de haber lanzado tres descargas iguales en cinco minutos -un formidable ritmo incluso para un navío de guerra- no disparaban ahora a intervalos regulares, aunque lo hacían ininterrumpidamente. Éste, a sotavento, quedaba oculto por una nube de humo que,

dispersándose sobre el mar, se juntaba con el humo de los cañones del barco mercante arrastrado por el viento, y entre todo aquel humo asomaban llamaradas color naranja. Sólo dos veces Jack estuvo seguro de cuál había sido la trayectoria de los disparos de su división: una cuando el viento había rolado, desplazando a un lado la cortina de humo y permitiendo ver que el disparo del cañón número siete había dado en el centro del barco, justo por encima de las cadenas principales, y otra cuando había visto que su propio disparo le había perforado el casco a proa. Las velas del barco corsario tampoco eran ya tan hermosas como antes; no obstante, éste había acortado la distancia y ahora estaba de través respecto al Lord Nelson, destrozándolo. ¿Avanzaría rápidamente y cruzaría la proa?

Jack tenía poco tiempo para pensar mientras corría de un cañón a otro, ayudando a dispararlos, limpiarlos y cargarlos, pero había llegado a la conclusión de que el Bellone no tenía cañones más potentes que los de ocho libras y que intentaba destrozar las velas, los aparejos y las perchas del barco mercante en vez de dañar su casco y su valioso cargamento. No había duda de que no le gustaba

recibir el impacto de las balas de dieciocho libras: tres o cuatro cañonazos en el casco podrían ser algo serio y una sola bala podría arrancar un firme mastelero. Si ellos no le daban duro pronto, el barco corsario se acercaría cada vez más y abandonaría su elegante táctica. Era un oponente duro, con su formidable artillería y sus repetidos intentos de cruzar la proa del Lord Nelson, y sería más duro aún en la lucha cuerpo a cuerpo. "Ya lo veremos cuando llegue el momento", pensó Jack, ajustando un cabo.

Sintió un enorme y ensordecedor estrépito dentro de su cabeza y a su alrededor. Se había caído. A ciegas luchaba por esquivar el cañón número cinco en su retroceso y trataba de averiguar si estaba gravemente herido o no, pues había sido imposible saberlo de inmediato. No lo estaba. El cañón número siete había estallado provocando la muerte de tres artilleros de su brigada, haciendo volar en pedazos la cabeza del artillero mayor -había sido su mandíbula la que le había abierto a Jack la herida del antebrazo-, y lanzando trozos de hierro en todas direcciones, que habían herido incluso a algunos hombres que estaban junto al palo mayor. Uno de esos

trozos de hierro había rozado la cabeza de Jack, haciéndolo caer al suelo. El rostro que él, atontado, miraba ahora era el de Pullings, y éste le repetía:

–Debe irse abajo, señor. Abajo. Déjeme ayudarle a bajar.

Él se reanimó y, con una voz que no le parecía suya, gritó:

–Asegurad ese cañón.

Gracias a Dios, no se habían soltado los cáncamos de lo que quedaba del cañón y del carro. Los hombres lo aseguraron rápidamente, tiraron los cuerpos por la borda y llevaron enseguida los accesorios que habían quedado junto al cañón número cinco.

Tres descargas más, tres ensordecedores estallidos más junto a su oreja, se sumaron al estrépito del cañón que había explotado, al recuerdo de los muertos y de su propia herida, y se fundieron con el ruido de la furiosa batalla.

El humo se hacía más espeso, los fogonazos del Bellone se veían cada vez más cerca, mucho más cerca, y éste se acercaba deprisa. Ellos disparaban los cañones cada vez más rápido, sin parar ni un segundo, pues contaban también con el resto de la brigada del

cañón número siete y dos artilleros de un cañón desmontado del alcázar. El metal de los cañones se había calentado tanto que éstos retrocedían violentamente en cubierta, con el terrible chasquido de las retrancas. El Bellone lanzó una lluvia de metralla seguida de una furiosa descarga de mosquetes y, cuando el humo se dispersó, ya estaba muy cerca de ellos, poniendo en facha la gavia mayor para controlar su velocidad y abordarse con ellos. Desde las cofas eran disparadas las armas ligeras, para tratar de arrasar las cubiertas del Lord Nelson; había algunos hombres en los penoles para atar las vergas a las de ellos, y un auténtico enjambre en el castillo y los obenques de proa; los arpeos estaban listos en la proa y el combés.

–¡Todos los hombres a repeler el abordaje! – se oyó desde el alcázar.

Hubo un gran estruendo y chirridos cuando ambos barcos se tocaron. Los franceses lanzaron un viva; enseguida aparecieron los alfanjes, que cortaban la red de abordaje, las hachuelas y las brillantes espadas. Jack le arrebató una pistola a un hombre que, con decisión, se asomaba por la destrozada porta número siete;

luego cogió rápidamente una palanca grande, y con la sensación –

casi la absoluta certeza- de ser extraordinariamente fuerte e invulnerable corrió a enfrentarse con los hombres que subían por la red, tratando de llegar a proa; y precisamente en la proa tenía lugar el más duro ataque.

Permaneció allí, con un pie en el destrozado pasamanos y la gruesa palanca en alto, asestándoles golpes y derribándoles.

Alrededor de él, dando chillidos, luchaban los marineros indios con picas, hachas y pistolas. Un grupo de hombres del alcázar y el combés, de la Compañía de Indias, huyeron del portalón, por donde había entrado una docena de corsarios que, armados de picas, se encaminaban al castillo.

La cubierta del barco mercante era mucho más alta que la del Bellone; tenía un pronunciado recogimiento de costados -los costados inclinados hacia dentro- que hacía difícil su acceso. Pero los franceses se aferraban a los costados, devolvían los golpes y luchaban desesperadamente por subir a bordo. Había multitud de ellos, y aunque eran rechazados seguían llegando a montones. El

agitado movimiento del mar separó los barcos, provocando que un nutrido grupo que estaba aferrado a las cadenas de proa cayera entre ellos; y a aquella masa siguió disparándole con su trabuco el señor Johnstone. El contramaestre corrió hasta un penol y cortó la ligada, y del otro lado del pasamanos cayeron los arpeos sin causar ningún daño. Los cañones del alcázar dispararon tres andanadas, hiriendo al capitán francés, desmontando el timón del Bellone y cortando las drizas de la vela de mesana. El Bellone viró rápidamente contra el viento, y si el Lord Nelson hubiera tenido suficientes marineros para repeler a los hombres que lo abordaban y disparar los cañones al mismo tiempo, podría haberlo acribillado, pues estaba a diez yardas de distancia. Pero éste no pudo disparar ni una andanada y se movía hundiendo la proa; los dos barcos fueron separándose silenciosamente.

Jack llevó a la enfermería a un grumete que tenía heridas hasta el hueso en ambos brazos -se las había hecho cuando trataba de protegerse el rostro con ellos-, y Stephen le dijo:

–Mantén el pulgar apretado aquí hasta que pueda ocuparme

de él. ¿Cómo vamos?

–Les hemos repelido. Están recogiendo a sus hombres con los botes. Serán unos doscientos o trescientos. Enseguida se reanudará la lucha. Date prisa, Stephen, no puedo esperar. Debemos hacer nudos y empalmes. ¿Cuántos tienes aquí?

–Treinta o cuarenta -dijo Stephen apretando el torniquete-.

Chico, te pondrás bien, ahora descansa. Jack, déjame verte el brazo, y la cabeza.

–En otro momento. Un par de golpes afortunados y les pondremos fuera de combate.

Un disparo afortunado. ¡Cuánto rezaba por él! Cada vez que apuntaba su cañón rezaba por él, "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". Pero con el viento encalmado, el humo que envolvía el Bellone era cada vez más espeso y él no podía ver nada.

Además, sólo contaba con dos cañones; el número uno se había soltado de las retrancas en la primera descarga, hiriendo a dos marineros indios y un guardiamarina, y ahora se encontraba a su

lado, calzado con cuñas de cualquier manera detrás de un tonel. La tripulación bajo su mando se había reducido -la de toda la cubierta se había reducido- y el ritmo de los cañonazos del Lord Nelson había disminuido a uno por minuto, mientras que el Bellone, a cincuenta yardas por barlovento, mantenía el mismo ritmo de disparos. A veces, cuando tenía tiempo, miraba hacia atrás, y así pudo observar que en cubierta había muy pocos hombres y junto a los cañones ya no había grupos numerosos. Algunos hombres habían sido heridos, otros habían corrido abajo -las escotillas no estaban tapadas-, y los que quedaban estaban cenicientos, cansados y débiles, habían perdido los ánimos y luchaban sin convicción. Hill había desaparecido por un momento, pero ahora estaba de regreso y apuntaba el cañón número tres. Jack atacó la carga y echó la mano hacia atrás buscando la bala. Pero no había ninguna bala. Aquel condenado grumete servidor de pólvora se había ido.

–¡Las balas! ¡Las balas! – gritó.

El grumete se acercaba caminando como un pato desde la escotilla principal con dos pesadas balas entre los brazos. Era un

grumete nuevo y, absurdamente, llevaba la ropa de bajar a tierra, pantalones nuevos, chaqueta azul y una cinta en la coleta. Además, era torpe.

–Cójalas de allí delante, maldito hijo de perra-dijo Jack, arrebatándole una al grumete, que estaba horrorizado, sin habla, y metiéndola en el cañón-. De allí delante, del cañón número uno.

Hay una docena. ¡Rápido! ¡Rápido!

La segunda carga fue atacada con fuerza en el cañón, que ahora abrasaba.

–¡Súbanlo! ¡Súbanlo! – dijo Jack.

Penosamente, con gran esfuerzo, ellos levantaron la pesada mole a pesar del oleaje; un marinero indio bajito, con el vaivén de las olas, se había puesto azul y vomitaba.

Los cañones de la batería del Bellone rugieron todos a una, apuntados contra los aparejos; metralla y balas de cadena pasaron con gran estrépito sobre sus cabezas. Jack disparó, vio a Hill apartar al grumete para evitar el golpe del cañón en retroceso e inmediatamente corrió entre el humo hasta el número tres. Tropezó

con el condenado grumete, que estaba a sus pies.

–Sepárate de los cañones. Eres un buen chico, y valiente –

dijo amablemente, levantándole-. Trae sólo una cada vez –

señalaba el castillo-, pero deprisa. Y cartuchos. Echa una mano.

Necesitamos cartuchos.

Los cartuchos no llegaron. Jack disparó el cañón número cinco, y al levantar la vista hacia las gavias vio que las vergas del trinquete del Bellone se deslizaban entre los obenques del Lord Nelson. De repente oyó detrás de él, detrás de él, los furiosos gritos de los hombres que les abordaban. Los botes del barco corsario habían dado la vuelta por detrás de ellos ocultos por el humo, y ahora cientos de franceses subían por el desprotegido costado de estribor.

Los franceses llenaban el combés del Lord Nelson, impidiendo pasar del castillo al alcázar, y eran tan numerosos los que subían a proa por la destrozada red de abordaje que ellos no podían luchar.

Muy cerca de él había multitud de rostros, pechos y brazos, y aunque tenía una larga palanca en la mano, un condenado hombrecillo, sujetándole la muñeca, le impedía usarla. Cayó, recibió

pisotones y patadas, pero volvió a levantarse y a hacerles frente disparando y usando su puñal. La fuerza de aquella multitud de hombres era enorme. Atrás, atrás, paso a paso, iba tropezando con cadáveres, atrás, atrás. Y entonces cayó en el vacío y escuchó un impacto muy, muy débil, como si viniera de otro mundo.

El farol se balanceaba. Jack estaba observándolo tal vez desde hacía horas. El mundo a su alrededor iba haciéndose cada vez más real y su memoria iba recordando los momentos pasados hasta llegar al presente. O casi, porque él no podía acordarse de la secuencia de hechos que siguió al estallido del cañón del pobre Haynes. Sí, así se llamaba, Haynes; era un marinero del castillo, perteneciente a la guardia de babor en el Resolution, que había sido nombrado artillero mayor cuando estaban en el cabo de Buena Esperanza. El resto era oscuridad; así ocurría frecuentemente con las heridas. ¿Acaso estaba herido? Sin duda, estaba en la enfermería, y quien se movía entre los cuerpos quejumbrosos allí amontonados era Stephen.

–Stephen -dijo al cabo de un rato.

–¿Cómo estás, amigo mío? – dijo Stephen- ¿Cómo te sientes?

¿Cómo se encuentra tu mente?

–Muy bien, gracias. Parece que estoy entero.

–Yo diría que sí. Tu tronco y tus extremidades están en buen estado. Lo que temía estos últimos días era que cayeras en coma. Te caíste por la escotilla de proa. Pero puedes tomarte una de mis pociones, esos cerdos no encontraron ni la mitad de ellas.

–¿Fuimos capturados?

–Sí, fuimos capturados. Tuvimos treinta y seis bajas, entre muertos y heridos, y fuimos capturados. Nos robaron todo -nos dejaron en cueros-y nos tuvieron encerrados bajo las escotillas los primeros días. Aquí tienes la poción. Pero puesto que le extraje una bala del hombro al capitán Dumanoir y cuidé de sus hombres heridos, ahora se nos permite tomar el aire en cubierta. El segundo de a bordo, el capitán Azéma, ex oficial del Rey, es un hombre amable y ha evitado grandes desmanes, excepto el robo.

–Corsarios -dijo Jack tratando de encogerse de hombros-.

Pero, ¿qué ha pasado con aquellas jóvenes? ¿Qué ha pasado con las

señoritas Lamb?

–Están vestidas de hombre… de grumete. Pero dudo que se sientan complacidas del éxito que han tenido en su engaño.

–¿Son muy numerosos los tripulantes corsarios? – preguntó Jack, mientras por su mente cruzaba la idea de recuperar el barco mercante.

–Numerosísimos -dijo Stephen-. Cuarenta y uno. Los oficiales de la Compañía de Indias han dado su palabra de honor; algunos marineros indios trabajan para los corsarios por el doble de paga y los demás tienen la influenza española. Nos llevan a La Coruña.

–Que no piensen que lograrán llevarnos hasta allí -dijo Jack-

. Por un lado están los vientos del Canal, y al oeste hay innumerables barcos de crucero.

Hablaba con convicción; sabía que era cierto lo que decía. Pero el martes siguiente, cuando se paseaba por cubierta aún débil, autorizado por Stephen, observaba con desesperación el océano casi completamente desierto; sólo estaba allí, a barlovento, el hermoso

Bellone. No se veía en el horizonte ningún otro barco, ni el más pequeño lugre; y él, tras varias horas de observación, no tenía ningún motivo para confiar en que apareciera. Desierto; y en algún lugar más allá del horizonte, a sotavento, la costa española. Recordó su regreso de las Antillas en el Alert, cuando a pesar de recorrer la ruta marítima más concurrida de todo el Atlántico no vieron un alma hasta que estuvieron frente a Lizard. Pullings, muy pálido, apoyado en las dos señoritas Lamb, subió a cubierta por la tarde. Jack ya había visto a Pullings (tenía metralla en el muslo, una herida de sable en el hombro y dos costillas rotas), al mayor Hill (con influenza) y al resto de los hombres atendidos por Stephen, pero esa era la primera vez que veía a las jóvenes.

–¡Estimada señorita Lamb! Espero que se encuentre bien, muy bien -dijo sinceramente preocupado, aunque en verdad quería decir

"que no la hayan violado".

–Gracias, señor -dijo la señorita Lamb con expresión grave, extraña, que la hacía parecer otra persona-. Mi hermana y yo estamos perfectamente bien.

El capitán Azéma se aproximó desde estribor. Era un hombre moreno, alto y desgarbado, de carácter duro, y un marino competente, el tipo de persona que a Jack le gustaba.

–Señoritas Lamb, su más fiel servidor -dijo el capitán Azéma, haciendo una inclinación de cabeza y besando sus dedos-. Las señoritas están bajo mi especial protección, señor. Las he persuadido de que llevaran vestidos y volvieran a su encantadora forma. No corren el más mínimo riesgo de ser molestadas. Algunos de mis hombres son, sin duda, unos canallas, y podría decirse que también unos tipos impetuosos; pero aunque no tuvieran mi protección, ni uno solo, ni uno, les faltaría el respeto a estas heroínas.

–¿Qué?

–Así es, señor -dijo Pullings atrayéndolas hacia él-.

Auténticas heroínas, como Juana de Arco. Llevaban balas, corrían como locas de un lado a otro con la pólvora, con tacos, y me trajeron una mecha cuando me quedé sin piedra de chispa.

–¿Llevaban la pólvora? – gritó Jack-. El doctor Maturin dijo

que llevaban pantalones o algo parecido, pero yo…

–¡Oh, despreciable hombre falso! – exclamó la señorita Susan-. ¡Usted vio a Lucy! Y le gritó las cosas más horribles que he oído en mi vida. Usted insultó a mi hermana, señor, sabe que lo hizo. ¡Qué vergüenza, capitán Aubrey!

–¿Capitán Aubrey? – dijo Azéma, añadiendo a su parte del botín la recompensa por un oficial inglés, una considerable suma.

"Se descubrió el pastel… Estoy perdido… Así que ellas transportaban pólvora… Una acción sumamente valerosa" -pensaba Jack. Y en voz alta dijo humildemente:

–Estimadas señoritas Lamb, les ruego que me perdonen. Me falla la memoria y no puedo recordar la última media hora de la batalla, una batalla particularmente encarnizada. Me golpeé en la cabeza al caerme y me falla la memoria. Pero transportar pólvora es una acción sumamente valerosa. Las admiro mucho, estimadas señoritas. Por favor, perdónenme. El humo… los pantalones…

Quisiera saber lo que dije para retirarlo ahora mismo.

–Dijo… -dijo la señorita Susan, haciendo enseguida una

pausa-. Bueno, se me olvidó… pero era monstruoso.

El ruido de un cañonazo hizo que el grupo se sobresaltara; todos a la vez dieron involuntariamente un salto brusco. Todos estaban hablando muy alto, pues aún estaban medio ensordecidos por el fragor de la batalla, pero el ruido del cañonazo llegó a lo más profundo de sus oídos y se volvieron como movidos por un resorte, como si fueran juguetes mecánicos, hacia el Bellone.

Durante todo este tiempo, el barco corsario se había mantenido con dos rizos en las gavias para que el Lord Nelson pudiera acompañarlo; pero ahora los hombres estaban en las vergas y se disponían a quitarlos. El capitán Dumanoir le gritó con voz clara a su segundo de a bordo que se dirigiera directo a La Coruña "con todas las velas desplegadas". Dijo otras cosas que Jack y Pullings no pudieron entender, pero la idea general estaba clara: el serviola había avistado una vela a barlovento y él no iba a correr ni el más mínimo riesgo con una presa tan valiosa, así que arribaría para hacer un reconocimiento y, según el caso, saludar a un barco amigo o neutral, luchar contra un enemigo o, confiando en las magníficas

cualidades del Bellone para navegar, dejar atrás la desconocida embarcación.

El Lord Nelson arrastraba un manto de algas marrón oscuro, le entraba mucha agua (las bombas no habían cesado de funcionar desde la batalla) y, además, tenía aún las velas, las perchas y los aparejos dañados, de modo que sólo podía navegar a cuatro nudos, incluso con las sobrejuanetes desplegadas.

En cambio, el Bellone, ahora con tres pirámides blancas, navegaba de bolina de forma óptima; y en diez minutos ambos estuvieron a dos millas de distancia. Jack pidió permiso para subir a la cofa; el capitán Azéma no sólo le dijo que podía ir adonde quisiera sino que también le prestó el telescopio de Stephen.

–Buenos días -dijo el corsario que estaba en la cofa. Jack le había dado un golpe terrible con su palanca pero él no le guardaba rencor-. Aquella es una de vuestras fragatas.

–¿Ah, sí? – dijo Jack, apoyando la espalda contra el mástil.

El distante navío apareció en el objetivo del telescopio. Treinta y seis cañones, no, treinta y ocho. Un estandarte rojo. ¿Naiad?

¿Minerve? Iba navegando tranquilamente cuando divisó el Bellone, y enseguida aparecieron sus alas -cuando les ataban las empuñiduras a las últimas, Jack ya podía verla bien- y cambió el rumbo para acercarse al barco corsario; entonces vio al barco de la Compañía de Indias y cambió el rumbo de nuevo para conocer más detalles sobre éste. Entretanto, el Bellone daba bordadas torpemente, tardando una eternidad en comparación con lo que Jack le había visto hacer en cinco minutos desde que se oía "virar timón" hasta "tomar nuevo rumbo", y Jack oía a sus hombres reírse y hacer bromas en cubierta.

El barco corsario permaneció en el mismo bordo hasta que estuvo a una milla de la fragata; navegaba en contra de las olas y el agua cristalina llegaba hasta el castillo. En ese momento una blanca ráfaga azotó la proa; él desvió la mirada y vio aparecer la bandera roja en la punta del palo de mesana. Frunció el entrecejo; él habría izado la bandera tricolor o, puesto que en aquellas aguas había muchas fragatas americanas, la de barras y estrellas. Tal vez no hubiera servido de nada, pero habría valido la pena intentarlo. Por su parte, el Bellone era perfectamente capaz de izar la bandera

francesa sin miramientos, para pasar por un navío francés cualquiera y alejar la fragata.

Eso fue lo que hizo. Eso fue precisamente lo que hizo. Y el marinero, que le había pedido a Jack su catalejo, mientras lo limpiaba pasándole la lengua con olor a ajo, se reía para sus adentros. Jack sabía lo que pensaba el capitán de la fragata: a lo lejos, a sotavento, había un barco, probablemente un mercante, tal vez una presa aunque no sabía de qué tipo, y cruzando su proa había una corbeta francesa no muy bien gobernada ni muy rápida, que no dejaba de dispararle. Cualquiera habría podido saber sin mucha dificultad cuál sería su decisión; Jack enseguida vio cómo la fragata orzaba y las alas desaparecían. Ésta había virado, y con las trinquetillas desplegadas comenzó a perseguir el Bellone. Se enfrentaría al barco francés y luego regresaría para ocuparse de la hipotética presa.

Jack pensó: "Sin duda, te das cuenta de que está atrapando el viento. Sin duda, has visto este viejo truco antes".

Ambas embarcaciones iban alejándose cada vez más: la

fragata con un fuerte embate de las olas a popa y el Bellone, logrando apenas mantenerse fuera del alcance de sus perseguidores.

Y cuando no eran más que dos manchas blancas en el nornoreste y sus cascos ya no se veían, Jack bajó pesadamente de la cofa. El marinero movió la cabeza y le miró con aire compasivo y a la vez solidario; eso le había ocurrido a él antes y le estaba ocurriendo a Jack ahora, era uno de los pequeños sufrimientos de la vida.

Después del anochecer, el capitán Azéma cambió el rumbo de acuerdo con sus instrucciones, y el barco mercante, dibujando una fina estela de cien millas en veinticuatro horas, se adentró en un mar solitario donde la fragata no volvería a verlo.

En el extremo de aquella estela estaba La Coruña; Jack no dudaba que el capitán Azéma arribaría a tierra después de recorrer una milla más o menos, no sólo porque Azéma era un experto marino sino porque el buen tiempo se mantenía ya desde hacía varios días y era perfecto para la observación y para determinar la posición. La Coruña, España. Pero ahora que se sabía que Jack era un oficial no le dejarían bajar a tierra. A menos que él diera su

palabra de honor, Azéma lo pondría entre rejas y lo dejaría allí hasta que el Bellone o algún quechemarín lo llevaran a Francia; su pellejo valía mucho.

Al día siguiente había un gran vacío; se veía claramente la ininterrumpida línea del horizonte y la bóveda celeste, donde aparecían nubes poco densas y azuladas. A este día siguió otro similar, que sólo tenía de diferente lo que Jack creía que era el principio de la influenza y el comportamiento frívolo de las señoritas Lamb, perseguidas por el primer teniente de Azéma y un voluntario de dieciséis años de ojos brillantes.

Pero el viernes el mar se llenó de embarcaciones. En el océano se veían, como manchas grises, los bacaladeros de una flota que volvía de Terranova cargada de bacalao; se podían oler a una milla de distancia. Entre ellos, al parecer fortuitamente, había un barco de doble aparejo latino con un montón de velas raras, un barco extraño con una proa antigua; éste hacía recordar que, lamentablemente, la costa estaba cerca, pues era un barco que no salía al océano. Sin embargo, a pesar de que aquel barco tenía gran interés para

cualquier marino, ellos dejaron de prestarle atención para ocuparse del insignificante cúter que estaba a lo lejos, a sotavento.

–¿Ve usted el cúter, señor? – dijo Pullings.

Jack asintió con la cabeza. El cúter era un tipo de jarcia más usado por los ingleses que por los franceses. Lo utilizaban tanto la Armada como los corsarios y tanto los contrabandistas como sus perseguidores, porque era rápido, ágil y navegaba muy bien de bolina; pero no era muy útil para los mercaderes. Y aquel pequeño barco en particular no era un barco mercante, ¿qué mercante seguiría aquel rumbo errático entre los bacaladeros? Tampoco pertenecía a la Armada, porque en cuanto avistó el Lord Nelson apareció una vela escandalosa encima de la mayor, una vela moderna que aún no había sido aprobada en la Armada. Era un barco corsario.

Esta era también la opinión del capitán Azéma. Ya los cañones estaban fuera en ambos costados, cargados y orientados. Azéma no tenía mucha prisa porque el cúter tendría que virar y colocarse con el viento en contra. Además, a medida que éste se acercaba,

bordada tras bordada, se veía con claridad que había estado en dificultades poco tiempo atrás. Su vela mayor tenía dos rizos, presumiblemente porque había sufrido daños; había un montón de extraños parches tapando sus agujeros, y muchos más en la trinquete y en el destrozado foque. Su estructura superior tenía un aspecto deplorable y una de las siete portas del costado de estribor había sido reparada apresuradamente. No era probable que pudiera hacer mucho daño, pero aun así Azéma no iba a correr riesgos; ya se había colocado una nueva red de abordaje, se habían llenado gran cantidad de cartuchos y se habían traído muchas balas, y el suplente del contramaestre, ayudado por todos los marineros indios que podían trabajar, aseguraban las vergas.

El Lord Nelson estaba preparado mucho antes de que el cúter disparara un cañonazo e izara la bandera inglesa, pero no respondió inmediatamente. Azéma miró a Jack y a Pullings.

–No voy a pedirles que se vayan abajo, pero si gritan o hacen señales, me veré obligado a dispararles -dijo sonriendo, pero hablaba en serio y, además, llevaba dos pistolas en el cinturón.

–Está bien -dijo Jack, con una inclinación de cabeza.

Pullings sonrió tímidamente.

El cúter se encontraba a proa del barco mercante y su vela mayor flameaba. Azéma le hizo al timonel una indicación con la cabeza. El Lord Nelson viró despacio y Azéma dijo:

–¡Fuego!

La batería -sólo los cañones de dieciocho libras- hizo fuego en el momento descendente del balanceo. Los cañonazos, bien agrupados, cayeron muy cerca de la proa del cúter, por el costado de babor, y algunos, al rebotar, atravesaron sus velas, haciéndoles más agujeros, y arrancaron el tercio del bauprés que aún quedaba.

Sorprendido por aquel recibimiento, el cúter trató de cambiar la orientación de las velas y virar, pero como llevaba muy poca velocidad y el foque flotando al viento, no lo consiguió. Entonces se abatió, disparando contra el Lord Nelson sus siete cañones de seis libras, y finalmente viró en redondo, cambiando de bordo.

El cúter sabía que se enfrentaba a un enemigo duro, difícil; la mitad de una andanada como aquella lo mandaría al fondo. Pero

ganó velocidad y cruzó la popa del Lord Nelson, disparando otra vez; luego dio una vuelta como una bailarina, volvió a cruzar y se detuvo a proa, por estribor. Los disparos de sus cañones de seis libras, desde una distancia de doscientas yardas, no le hicieron ningún daño a los gruesos costados del barco mercante, pero cortaron sus aparejos. Todo parecía indicar que el cúter intentaba seguir con esa maniobra.

Azéma no iba a permitirlo. El cúter había ido de un lado para otro a pesar de dar guiñadas para disparar, y ahora, navegando viento en popa, se acercaba de través, formando un ángulo de 90°

con el barco mercante. Azéma recorrió la fila de cañones, habló con todas las brigadas y ordenó disparar una andanada, pero ésta cayó en el lugar que el cúter había ocupado segundos antes; el capitán del cúter, como por magia, intuición o telepatía, había virado a sotavento en el mismo instante en que se daba la orden de disparar.

Volvió a hacer lo mismo dos minutos más tarde, no por magia sino por el cálculo del tiempo que le tomaría a los artilleros tenerlo otra vez en la mira. Iba a abordarles, y sólo tenía que hacer una corta

bordada para llegar hasta la proa del Lord Nelson. Jack podía ver a los hombres con los alfanjes y las hachas de abordaje preparados en cubierta, unos veinticinco o treinta, y al capitán llevando con una mano la caña del timón y con la otra un largo sable; dentro de un momento comenzarían los furiosos gritos.

–¡Fuego! – dijo Azéma de nuevo.

Y cuando el humo se disipó, pudo verse el cúter con la gavia arrancada, colgando de un lado y dando bandazos. Su capitán ya no estaba al timón, y había un montón de hombres en cubierta, unos moviéndose con dificultad y otros inmóviles. Con la velocidad que llevaba, el cúter sobrepasó la proa del Lord Nelson, quedando fuera del alcance de la siguiente descarga, y continuó desplazándose rápidamente, tratando de ganar cien yardas más o menos antes de que el Lord Nelson virara y le disparara desde el costado de estribor.

Sobrevivió a la descarga, aunque fue difícil ver cómo lo hizo por la cantidad de blancas salpicaduras que había alrededor de él.

Azéma, que no tenía demasiado interés en capturarlo ni en hundirlo, sólo le disparó algunos cañonazos más antes de volver al rumbo

fijado. Diez minutos después, el cúter desplegó un nuevo foque y una nueva trinquete y se alejó, haciéndose cada vez más pequeño entre los distantes bacaladeros. Jack se palpó los bolsillos buscando su reloj, pues le gustaba anotar el comienzo y el final de todos los combates, pero ya no lo tenía, por supuesto.

–Creo que ha sido temerario e inmoral lo que ha hecho -dijo Azéma-. ¡Podría haber matado a algunos de mis hombres! Debería haberlo hundido. Soy demasiado magnánimo. Eso no es valor sino temeridad.

–Estaría de acuerdo con usted si hubiera hecho lo contrario –

dijo Jack-. Una corbeta que no ataque a un navío de línea comete una estupidez.

–Vemos las cosas de forma distinta -dijo Azéma, molesto por el tiempo perdido y los daños que había sufrido la jarcia-. Tenemos diferentes puntos de vista. Pero al menos -sonreía de nuevo-espero que sus compatriotas nos den un día de descanso.

Él tuvo un día de descanso, y también la mañana del siguiente, pero poco después de haber anotado las observaciones del mediodía

–45° 23'N, 10° 30'O- y de prometerle a sus prisioneros pan español y auténtico café para desayunar, se oyó el grito: "¡Vela a barlovento!"

Poco a poco la mancha blanca fue haciéndose más definida, hasta tomar la forma de un bergantín, un bergantín que, sin duda, les perseguía. Las horas pasaron; el capitán Azéma había estado preocupado y pensativo durante la comida, interrumpiendo ésta de vez en cuando para subir a cubierta. El Lord Nelson llevaba desplegadas las juanetes con las alas superiores e inferiores, lo cual hacía que se desplazara en dirección a La Coruña rápidamente, a cinco o seis nudos, con viento fuerte. Se largaron las sobrejuanetes poco después de las cuatro, y Azéma observaba ansioso los dañados mástiles para comprobar si resistían la presión. Durante un rato pareció que dejaban atrás al bergantín.

–Señor, estoy casi seguro de que es el Seagull -le dijo Pullings en secreto al bajar de una altura considerable, desde donde había observado largamente el bergantín-. Mi tío era su capitán en 1799 y he estado a bordo muchas veces.

–¿Seagull? – dijo Jack frunciendo el entrecejo-. ¿No habían cambiado los viejos cañones por carronadas?

–Exactamente, señor. Tiene dieciséis de veinticuatro libras que caben muy justas en las portas y dos cañones largos de seis. Puede dar duro si se acerca lo bastante, pero es muy lento.

–¿Más lento que esto?

–Muchísimo más, señor. Pero acaba de desplegar las sosobres, y eso puede suponer una diferencia.

La diferencia fue pequeña, muy pequeña -tal vez la longitud de un tapete o dos-, pero cinco horas con un tiempo invariable bastaron para que el Seagull estuviera al alcance del último cañón de dieciocho libras de la batería de estribor y de un cañón largo de ocho libras que Azéma había sacado por la galería que rodeaba los camarotes.

El bergantín -ahora estaban seguros de que era el Seagull-, a diez millas de distancia, sólo pudo responder con el cañón de seis libras de proa; y el único efecto que esto tuvo fue un poco de humo

y levantar el ánimo de la tripulación. Pero pudo acercarse más al Lord Nelson, pues éste entró en una zona de aguas oscuras que el viento, rechazado por las montañas españolas, y la marea baja, delimitaban naturalmente, un área sombría, con mucho oleaje, frecuentada por las gaviotas y otros pájaros de la costa.

En cinco minutos la velocidad del Lord Nelson disminuyó perceptiblemente, y el sonido de su jarcia bajó de tono. El Seagull se le había acercado por la aleta de estribor. Antes de que el bergantín entrara también en la zona de aguas oscuras, disparó la primera andanada con sus carronadas de corto alcance; ésta no dio en el blanco, ni tampoco la siguiente, aunque una bala de veinticuatro libras, al rebotar, atravesó la barrera de coyes y golpeó débilmente el palo mayor. El capitán Azéma, levantando la vista de donde habían caído los fuertes disparos, observó pensativo el bergantín; éste debía recorrer todavía un cuarto de milla antes de que dejara de atrapar el viento. Cincuenta yardas más y los disparos de los cañones de veinticuatro libras retumbarían en sus oídos, atravesarían los valiosos costados del barco mercante y destrozarían

los mástiles ya dañados. No sentía miedo sino irritación por las consecuencias; el ritmo de los disparos del Seagull y su precisión dejaban mucho que desear, mientras que el barco mercante llevaba a bordo ocho artilleros mayores; además, la capacidad de maniobra de aquél no era superior a la de éste, y bastaría con arrancarle una o dos perchas para dejarlo atrás y poder alcanzar la costa. Sin embargo, Azéma iba a necesitar toda su concentración.

–No es muy espacioso su bergantín -le dijo a Jack-. Es posible que tengamos serias dificultades con él. Tengo que pedirles que se vayan abajo. Messieurs les prisonniers, a la bodega, por favor. Ruego a los prisioneros que bajen a la bodega.

Su tono autoritario no admitía una negativa. Con desgana, ellos apartaron la vista del mar envuelto en sombras y bajaron por las escotillas hasta el nivel más bajo, donde oyeron cerrarse de golpe una reja y un ruido de cadenas. Y precisamente desde las entrañas del barco mercante, entre el olor del té, la vainilla y el agua de la sentina, Jack, Pullings, los tripulantes europeos y todos los pasajeros fueron testigos de la batalla. Testigos de oído, desde

luego, porque se encontraban por debajo de la línea de flotación, iluminados por un farol oscilante que sólo les permitía ver vagamente los paquetes; pero lo que oían lo oían muy bien; El Lord Nelson actuaba como una caja de resonancia y propagaba el estruendo de los cañones de dieciocho libras en un tono un octavo más bajo, mientras que a través del mar llegaba el ruido de los disparos del Seagull, extraños golpes secos como los de un lejano martillo forrado de tela, sonidos sin armónicos, tan claros que a veces era posible distinguir cada una de las ocho carroñadas, cuyos disparos habrían parecido simultáneos al aire libre.

Ellos escuchaban, trataban de calcular la dirección de los cañonazos y el peso del metal lanzado -cuatrocientas treinta y dos libras para el Lord Nelson, trescientas noventa y dos para el bergantín- y cuándo entrarían en juego. Jack pensaba: "Azéma está utilizando solamente los grandes cañones. Y concentra el fuego en los mástiles, no cabe duda". A veces el Seagull le daba al barco mercante y ellos lanzaban vivas y trataban de adivinar el lugar del impacto. Una vez se oyeron de repente pasos apresurados en la

sentina, y la renovada actividad de la bomba dejó claro que al Lord Nelson le habían dado por encima de la línea de flotación, probablemente en la bodega de proa; en otra ocasión un fuerte ruido metálico les hizo pensar que un cañón había sido alcanzado, tal vez desmontado.

Alrededor de las tres de la madrugada la vela se apagó y ellos se quedaron a oscuras, escuchando, escuchando; a veces se quejaban por no tener abrigos, mantas, almohadas ni comida y a veces dormitaban. El fuego continuó; el Seagull dejó de lanzar andanadas y ahora disparaba los cañones de uno en uno y, en cambio, el Lord Nelson no hizo nada diferente durante el resto de la batalla sino que siguió con el mismo ritmo hora tras hora.

La señorita Lamb se despertó gritando:

–¡Una rata! ¡Una enorme rata! ¡Oh, cómo echo de menos mis pantalones!

La concentrada atención fue relajándose a medida que transcurría la noche. Jack le habló una o dos veces al mayor Hill y a Pullings sin obtener respuesta. Advirtió que el número de disparos

que había contado se confundía con el cálculo de los enfermos y heridos atendidos por Stephen… con comentarios de Sophia… con el recuerdo de la comida y el café… con la interpretación del trío en re menor, el glissando de Diana y la nota sostenida en el violonchelo cuando tocaban los tres juntos.

Mucha luz, el ruido de la cadena, el chirrido de la reja; él se dio cuenta de que estaba casi dormido. Aunque no lo estaba del todo, pues sabía que el fuego había cesado hacía más de una hora, pero sí lo bastante para sentirse torpe y avergonzado.

En cubierta llovía; caía una fina lluvia desde el altísimo cielo y el escaso viento que había soplaba de tierra. El capitán Azéma y sus hombres estaban muy pálidos y cansados pero tranquilos, demasiado cansados para exteriorizar su satisfacción pero tranquilos. Con la gavia mayor y el velacho desplegados, el Lord Nelson se deslizaba por el mar con el viento en contra, y el Seagull permanecía inmóvil a lo lejos, por la aleta de estribor. Incluso a aquella distancia Jack podía ver que estaba terriblemente dañado.

Se encontraba muy hundido en el agua y las bombas no cesaban de

funcionar; la verga trinquete se había caído, el mastelero mayor parecía tambalearse, la cubierta y los costados tenían considerables destrozos y cuatro portas estaban destruidas. Se había desviado de su rumbo para que se hicieran las reparaciones y se taparan las entradas de agua; las probabilidades de que reanudara la batalla eran…

El capitán Azéma se había inclinado sobre un cañón y lo había apuntado con cuidado; luego, teniendo en cuenta el balanceo, disparó. La bala salió directamente hacia el centro de la brigada de reparación y él se quedó observando su trayectoria.

–Continúe, Partre -dijo. Y luego se acercó a la bitácora para coger su humeante taza de café.

Era algo perfectamente admisible, pero aunque él podría haber hecho lo mismo, le parecía tan cruel que, rechazando una taza de café, desvió la mirada para observar los daños del Lord Nelson y la costa, que ahora quedaba al este en el horizonte. Sus daños eran numerosos pero no demasiado importantes.

Azéma no había llegado a tierra como esperaba -frente a ellos

estaba el cabo Prior-, pero arribaría a La Coruña a mediodía. Jack hizo caso omiso del segundo cañonazo; trataba de entender por qué aquello le dolía tanto si él no tenía ningún amigo a bordo del Seagull. No podía aclarar sus ideas, pero era consciente de que sentía una gran animadversión hacia Azéma. Y con extraordinaria alegría, recuperando las esperanzas cuando todo parecía perdido, vio un navío doblar aquel cabo, en dirección norte. Era un navío de línea de Su Majestad de vuelta a su país, el Colossus, y lo seguía el Tonnant, de ochenta cañones.

El serviola gritó:

–¡Dos navíos de línea!

Luego siguieron otros dos; era una potente escuadra que navegaba velozmente con todas las velas desplegadas. No había la más mínima posibilidad de escapar. Silencio; gran consternación. En medio de aquel silencio, Jack se acercó al cañón de dieciocho libras que ya estaba apuntado y, poniendo la mano en la llave, dijo en tono grave:

–Usted no debe disparar este cañón, señor. Debe arriar la

bandera.

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