Capitán de navío
Capítulo 4
reservas.
CAPÍTULO 4
Tolón. El mistral había amainado por fin, pero el mar estaba aún ligeramente salpicado de blanco. El aire seguía siendo diáfano, y a través de un telescopio, desde las colinas que bordeaban la ciudad, podían verse incluso los nombres de los siete navíos de línea atracados en la pequeña rada: el Formidable y el Indomptable, de ochenta cañones, y el Atlas, el Scipion, el Intrépide, el Mont-Blanc y el Berwick, de setenta y cuatro cañones. Si los ingleses hubieran visto éste último, se habrían sentido heridos en su orgullo, pues el navío había pertenecido a la Armada real hasta hacía pocos años. Y
si hubieran podido ver el astillero, en plena actividad y celosamente vigilado, su orgullo habría sido lastimado de nuevo, pues allí se encontraban en reparación otros dos navíos británicos de setenta y cuatro cañones: el Hannibal, capturado durante la acción de guerra
de sir James Saumarez en el estrecho de Gibraltar en 1801, y el Swiftsure, capturado en el Mediterráneo pocas semanas antes.
"Actividad" era indudablemente la palabra que definía Tolón; había allí una intensa actividad. La ciudad, abarrotada y bulliciosa, se destacaba entre las silenciosas colinas, todavía verdes, por un lado, y los grandes salientes de la costa y pequeñas islas, por el otro, con el vasto Mediterráneo, sereno y de un azul indescriptible, extendiéndose ante ella. Podía verse allí un gran número de pequeñas figuras -con camisa blanca, pantalones azules y brillantes fajines rojos- muy atareadas, que incluso bajo el sol de mediodía continuaban trabajando afanosamente como las hormigas; los botes iban del astillero a la pequeña rada, de la pequeña rada a la gran rada, de los barcos a los muelles y de éstos otra vez a los barcos; en los magníficos barcos que estaban en la grada de construcción, había un enjambre de hombres manejando azuelas, mazos de calafateo, barrenas y martinetes; grupos de convictos descargaban roble de Ragusa, brea de Estocolmo, estopa de Hamburgo, cuerdas y perchas de Riga, en medio del jaleo y los innumerables olores que
hay en un gran puerto, entre los cuales sobresalían el hedor del agua estancada y de las alcantarillas y el olor a piedra caliente, ajo frito y pescado asado a la parrilla.
–En la comida -dijo el capitán Christy-Pallière, cerrando la carpeta con el título Sentencias de muerte, F-L-, empezaré con un vaso de vino de Banyuls, unas anchoas y un puñado de aceitunas negras; luego puedo seguir con la sopa de pescado de Hébert y después con una langosta en caldo corto. Posiblemente continuaré con una pierna de cordero asada; el cordero es excelente ahora, cuando el tomillo está en flor. Después sólo queso, fresas y algo para acompañar el café, por ejemplo, un platito de mermelada inglesa. Nada de platos complicados como te gustan a ti, Penhoët; mi hígado no lo soportaría con este calor, y tenemos mucho trabajo en el Annibale, pues debe estar listo para hacerse a la mar la semana próxima. También tenemos que ocuparnos de todos los expedientes de Dumanoir… ¡qué ganas tengo de que regrese! Yo debería haber interrogado a los malteses esta mañana. Si la comida es pesada, se corre el riesgo de que escapen a los disparos…
–Bebamos vino de Tavel con el cordero -dijo el capitán Penhoët consciente de que se exponía a escuchar una serie de razonamientos filosóficos sobre la digestión, la culpa, la actuación de Poncio Pilatos, lo odioso que resultaba interrogar a presuntos espías y lo poco preparados que estaban los oficiales para ello, si no lograba interrumpirla-. Es…
–Un par de rosbifs quieren verlo, señor -dijo un ordenanza.
–¡Oh, no! – gritó el capitán Christy-Pallière-. ¡En este momento no, por Dios! Dígales que no estoy, Jeannot, y que probablemente vuelva a las cinco. ¿Quiénes son?
–Uno es Jacques Aubrey. Dice que es un capitán de marina –
dijo el ordenanza, y frunciendo el entrecejo, escrutó la tarjeta de presentación que tenía en la mano-. Nació el 1 de abril de 1066 en Bedlam, Londres. Profesión del padre: monje. Profesión de la madre: monja. Nombre de soltera de la madre: Lucrecia Borgia. El otro peregrino es Étienne Maturin.
–¡Rápido, rápido! – dijo el capitán Christy-Pallière-. ¡Mis calzones, Jeannot, y mi corbata! (Para estar cómodo, se había
quedado en calzoncillos.) ¡Maldita sea! ¡Mi camisa! Penhoët, hoy tendremos una auténtica comida -busca un cepillo de ropa, Jeannot-, éste es el prisionero inglés del que te hablé, un excelente marino y una estupenda compañía. No te molestará hablar inglés,
¿verdad? ¿Qué aspecto tengo?
–Pareces un chulo -dijo el capitán Penhoët, usando un lenguaje vulgar-. Arquea el torso y así les impondrás respeto.
–Hazlos pasar, Jeannot -dijo Christy-Pallière-. ¡Mi querido Aubrey! – exclamó abrazando a Jack y besándolo en ambas mejillas-. ¡Qué alegría verle! Estimado doctor Maturin, sea usted bienvenido. Permítanme que les presente al capitán de fragata Penhoët. El capitán de fragata Aubrey y el doctor Maturin, mis invitados a bordo del Desaix en una ocasión.
–Servidor de usted, señor -dijo el capitán Penhoët.
–A los pies de usted, señor -dijo Jack poniéndose tan rojo como su camisa-. ¿Penhoët? Je presérve, je ai, le plus vivid remembrance de vos combatte à Ushant, á bord le Pong, en vingt-quatre neuf.