Capitán de navío

Patrick O'Brian · Capítulo 16 de 16 · parte 1/2

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Capitán de navío

Capítulo 14

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

–Perdone, señorita, ¿puede usted decirme dónde está la señorita Williams? – preguntó el mayordomo del almirante-. Un caballero desea verla.

–Bajará enseguida -dijo Cecilia-. ¿Quién es?

–El doctor Maturin, señorita. Me encargó especialmente que dijera que es el doctor Maturin.

–¡Oh! Hazle pasar, Rowley-dijo Cecilia-, yo le atenderé mientras tanto. ¡Querido doctor Maturin! ¡Qué sorpresa verle por aquí! Le aseguro que estoy asombrada. ¡Qué estupenda la noticia sobre nuestro querido capitán Aubrey y la Fanciulla! ¡Pero pensar que el pobre Polychrest se hundió bajo las olas! Sin embargo, usted salvó sus ropas, ¿verdad? ¡Oh, nos alegramos tanto cuando lo leímos en la Gazette! Sophie y yo nos cogimos de las manos y saltamos como ovejas por la habitación rosa gritando: ¡Hurra! ¡Hurra! Aunque estábamos muy apenadas. ¡Dios mío, doctor Maturin, estábamos tan apenadas! No habíamos parado de llorar, y cuando fui al baile del

almirante del puerto estaba hinchada, horrible; Sophie ni siquiera fue, pero no se perdió nada, pues fue un baile estúpido, con todos los jóvenes en la puerta y sólo los vejetes bailando -¡llamar a eso bailar!– por orden de rango. Sólo me levanté una vez. ¡Oh, cómo lloramos! Los pañuelos estaban empapados, se lo aseguro. Y es que es muy triste, desde luego. Pero ella podría haber pensado en nosotras. Nunca podremos llevar de nuevo la cabeza alta. Me parece que fue injusto por su parte… Podría haber esperado hasta que nos casáramos. Creo que es una… Pero no debo decírselo a usted, porque sé que hace mucho, mucho tiempo estaba encaprichado con ella, ¿verdad?

–¿Qué la afligió tanto?

–Pues, Diana, por supuesto. ¿No sabía nada? ¡Oh, Dios!

–Por favor, cuéntemelo.

–Mamá dice que no debo hablar de ese tema. Y nunca lo haré.

Pero si me promete que no se lo dirá a nadie, se lo contaré. Diana es la mantenida de ese Canning. Creí que le sorprendería. ¿Quién podía imaginarlo? Mamá no, a pesar de ser tan perspicaz. Estaba furiosa;

todavía lo está. Dice que ha acabado con nuestras posibilidades de hacer un buen matrimonio, lo que es una lástima. No es que me preocupe mucho hacer un buen matrimonio, pero no quiero ser una solterona. Le tengo horror a eso. Silencio, oigo que cierra la puerta, ya baja. Les dejaré solos, no haré de carabina. Aunque sea de estatura pequeña no creo que nadie puede confundirme con una carabina. No dirá nada, ¿verdad? Recuerde que me lo prometió.

–¡Sophie, querida! – dijo, dándole un beso-. ¿Cómo está?

Responderé a sus preguntas enseguida. Jack ha sido ascendido a capitán de navío. Hemos venido en esa fragata que está junto a la pequeña isla. Tiene un mando provisional.

–¿Qué fragata? ¿Dónde? ¿Dónde?

–Mire -dijo Stephen haciendo girar sobre su base el telescopio de latón del almirante-, ahí le tiene, dando paseos por el alcázar con sus viejos pantalones de nanquín.

Allí, en el brillante círculo, Jack iba y venía del saltillo hasta la última carronada de popa.

–¡Oh! – exclamó- ¡Tiene una venda en la cabeza! No… no

serán otra vez sus pobres orejas, ¿verdad?

–No, no, es una simple herida en el cuero cabelludo. No tiene más de una docena de puntos.

–¿No bajará a tierra? – preguntó.

–No. ¿Bajar a tierra para que le arresten por deudas? Sus amigos no permitirían que le detuvieran por la fuerza… ni ninguna mujer de corazón bondadoso le pediría que se expusiera a ello.

–No, no, desde luego. Me había olvidado…

Cada vez que Jack daba la vuelta miraba hacia Mount Edgcumb, la residencia oficial del almirante Haddock. Sus miradas parecían cruzarse, y ella retrocedió.

–¿No está bien enfocado?

–No, no. Es que mirar así es indiscreto, incorrecto. ¿Cómo está? ¡Me alegra tanto que…! ¡Estoy tan desconcertada! Todo ha sido tan de repente… no me lo imaginaba. ¿Cómo está? ¿Y cómo está usted? ¿Cómo está usted, querido Stephen?

–Bien, gracias.

–No, no, no lo está. Venga, venga enseguida a sentarse.

Stephen, ¿le ha contado algo Cissy?

–No tiene importancia -dijo Stephen, desviando la mirada-.

Dígame, ¿es verdad?

Ella no pudo responder; se sentó a su lado y le cogió la mano.

–Ahora, escúcheme, cariño -dijo él, devolviéndole la ternura de su gesto.

–¡Oh, discúlpenme! – dijo el almirante Haddock asomándose y retirándose inmediatamente.

–Escúcheme, cariño. La fragata Lively tiene orden de navegar por el Canal hasta Nore con esos estúpidos soldados. Zarpará en cuanto todo esté listo. Debe usted subir a bordo esta tarde y pedirle que la lleve hasta los downs.

–¡Oh, nunca, nunca podría hacer algo así! Sería incorrecto…

atrevido, desvergonzado, impertinente… incorrecto.

–En absoluto. Con su hermana sería correcto, algo de lo más corriente. Vamos, querida, empiece ya a hacer su equipaje. Ahora o nunca. Es posible que esté en las Antillas el mes próximo.

–Nunca. Sé que usted lo dice con buena intención -es usted

muy bueno, Stephen-, pero una joven no puede, no puede hacer esas cosas.

–Bien, no tengo más tiempo -dijo Stephen, poniéndose de pie-. Escúcheme. Haga lo que le digo. Haga su equipaje y suba a bordo. Ahora es el momento. Ahora o estarán a tres mil millas de distancia, separados por el triste mar y los años perdidos.

–¡Estoy tan desconcertada! Pero no puedo. No, nunca lo haré.

No puedo. Y es posible que no me quiera -dijo.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, y retorciendo el pañuelo desesperadamente y moviendo la cabeza de un lado a otro murmuró:

–No, no, nunca.

–Que pase un buen día, Sophie -dijo-. ¿Cómo puede ser tan ingenua, tan remilgada? ¡Qué vergüenza, Sophie! ¿Dónde está su valor? Eso es, precisamente, lo que él más admira en el mundo.

En su diario escribió: "Nunca había visto reunidas en un solo lugar tanta vileza, tanta miseria y tanta suciedad como en la ciudad de Plymouth. Todos los puertos donde he estado eran lugares

pestilentes y deplorables, pero Plymouth es el peor. Y la zona o suburbio que llaman Dock es todavía peor que Plymouth; es como Sodoma comparado con Gomorra. Al pasar por sus sucias callejuelas, fui llamado, importunado por sus monstruosos habitantes, machos, hembras y homosexuales, mientras me dirigía al asilo de pobres, donde tienen a los viejos hasta que les entierran con aparente dignidad. Todavía siento la profunda tristeza que me invadió al verlo. La medicina me ha hecho conocer la miseria en muchas formas, no soy melindroso; pero la inmundicia, la crueldad y la total ignorancia que hay en ese lugar, y en su hospital, superan todo lo que había visto o imaginado. Un viejo que había perdido el juicio estaba encadenado en la oscuridad, sentado sobre sus propios excrementos, desnudo, cubierto sólo por una manta; y había niños idiotas; y azotainas. Conocía todas estas cosas, no son nada nuevo; pero al ver hasta qué extremo llegaban allí, ya no sentí indignación sino asco y desesperación. Fue un milagro que acudiera a la cita con el capellán para asistir a un concierto; mis pies, más serenos que mi cabeza, me llevaron hasta el lugar. Extraña música, muy bien

interpretada, especialmente la trompeta; era de un compositor alemán, un Molter. La pieza, en mi opinión, no decía nada, pero servía para ofrecer un agradable fondo de violoncelos e instrumentos de viento de madera donde la trompeta emitía exquisitos sonidos, dando colorido a la estructura formal y elegante. Creía que la música era el modo de encontrar la definición de una idea que no estaba clara para mí, lo mismo que pensaba que la belleza física y el estilo eran la virtud, o que reemplazaban la virtud, o que la virtud estaba en otro plano. Pero aunque la música apartó estos pensamientos durante un tiempo, ahora han vuelto, y no tengo fuerza de voluntad para poner en claro ésta ni cualquier otra situación. En mi país hay una lápida romana que lleva inscrito Fui non sum non curo, y a menudo me tumbaba junto a ella a escuchar los chotacabras, y sentía allí una gran paz, una gran tranquilitas animi el indolentia corporis. Digo país, en singular, y sin embargo, arde aún entre las cenizas de la cobarde indulgencia la llama del odio hacia los españoles y pervive el deseo de conseguir la independencia catalana". Miró por la ventana de la cabina, observó el agua de

Sound, grasienta, con la indescriptible inmundicia de Plymouth y hasta una rata hinchada flotando en ella, y luego metió la pluma en el tintero. "Pero por otra parte, cuando pienso en qué harán con la independencia, cuando pienso en todas las posibilidades de ser felices que tenemos y en nuestro Estado actual, me pregunto si esa llama seguirá ardiendo. ¡Hay tantas posibilidades y a la vez tanta miseria! El odio es la única fuerza motriz, una lucha amarga y llena de rabia; la niñez es la única felicidad, pero uno no lo sabe. Luego uno mantiene una batalla que no es posible ganar, una batalla perdida contra la enfermedad y casi siempre contra la pobreza. La vida es una larga enfermedad que sólo puede terminar de una manera, y sus últimos años son espantosos: uno es débil, está torturado por la muerte, tiene dolores reumáticos, va perdiendo el juicio, ya no tiene ocupación ni familia ni amigos; un hombre debe rezar por ser imbécil o tener un corazón de piedra. Todos estamos sentenciados a muerte, que a menudo es ignominiosa y con frecuencia dolorosa; además, las oportunidades de ser felices se pierden con indescriptible facilidad por los celos, las riñas, el

resentimiento, la vanidad y el falso sentido del honor, ese concepto estúpido y peligroso. No tengo mucha agudeza -mi comportamiento respecto a Diana lo prueba-, pero hubiera jurado que Sophie era menos superficial, más decidida, enérgica, valiente. Pero, por supuesto, ella no conoce los sentimientos de Jack como yo". Volvió a levantar la vista de la página y vio su rostro. Ella estaba allí, a pocos pies por debajo de él, pasando de izquierda a derecha en el bote que rodeaba la popa de la fragata; miraba hacia arriba, hacia el coronamiento, por encima de la ventana de la cabina, con la boca ligeramente abierta, mordiéndose un labio, y con una expresión asustada en sus enormes ojos. El almirante Haddock estaba sentado junto a ella, y Cecilia.

Cuando Stephen llegó al alcázar, el almirante daba su opinión sobre el cáñamo de Manila, y Jack y Sophie, a cierta distancia uno del otro, le miraban atentos. "Su expresión", pensó Stephen, "no es preocupada sino consternada. Está turbado, le responde al almirante sin pensar en lo que dice".

–Y a todo esto se le debe dar alquitrán, en caso de que se use

cáñamo corriente -dijo el almirante.

–¿Alquitrán? ¡Oh, por supuesto! Con… con una brocha, me imagino -dijo Sophie, ruborizándose de nuevo, y su voz se apagó.

–Así que le confío a las jóvenes, Aubrey -dijo el almirante-.

Dejo esa responsabilidad sobre sus hombros -dos estupendas jóvenes son una gran responsabilidad- y las mandaré a bordo el jueves.

–A fe mía, señor, que es usted muy amable, aunque esto no es apropiado para una dama; es decir, es muy apropiado, pero reducido. Me sentiría muy feliz, más que feliz, de prodigar a la señorita Williams todas las atenciones posibles.

–¡Oh, no se preocupe por ellas! Son jóvenes, ¿sabe?, y pueden soportar todo, no se preocupe. Piense en el dinero que va a ahorrarles en horquillas. Alójelas en cualquier parte. En la cabina del doctor, ¡ja, ja, ja! ¡Ah, está usted ahí, doctor Maturin! Me alegro de verle. No le importaría, ¿verdad? ¿Eh? Ja, ja, ja. Le vi, astuto zorro.

Tenga cuidado con él, Aubrey, es un tipo astuto.

Los escasos oficiales que había en el alcázar fruncieron el

entrecejo. El almirante pertenecía a un grupo de la Armada más antiguo y grosero; además, había estado comiendo con su libertino compañero, el almirante del puerto.

–Entonces, todo arreglado, Aubrey -continuó-. Estupendo, estupendo. Vamos, Sophie; vamos Cecilia. A la guindola; sujetaos la falda, cuidado con el viento.

Y cuando las jóvenes bajaban en la horrible guindola, casi en un susurro, añadió:

–Quiero decirle algo, Aubrey. ¿Ha leído usted el discurso de su padre? Me imaginaba que no. Dijo en la Cámara de los comunes: "Y

ahora pasemos a considerar la Armada. Ahí también encontramos que la anterior administración permitía o, mejor dicho, fomentaba una enorme laxitud y una corrupción sin precedentes. Mi hijo, un oficial en activo, me ha dicho que las cosas estaban muy mal: los oficiales eran ascendidos simplemente por sus influencias y los cabos y las velas dejaban mucho que desear. Y para colmo, señor presidente, se permitía llevar a bordo mujeres, mujeres. Escenas de indescriptible libertinaje, más apropiadas, mucho más apropiadas

para los franceses". Bien, si acepta usted el consejo de un viejo, evitará que siga hablando. Eso no le servirá de provecho en la Armada. Escuche la voz de la experiencia. ¿Me ha comprendido?

Con una mirada perspicaz, el almirante bajó por el costado, recibiendo los honores que le correspondían por su alto rango. Y

después de permanecer un tiempo observándole, en señal de respeto, Jack se volvió hacia un mensajero y dijo:

–Avise al carpintero. Señor Simmons, tenga la amabilidad de escoger a los marineros que mejor trabajen con la piedra arenisca y los lampazos y mándelos a popa. Y dígame, ¿cuál de los oficiales tiene mejor gusto?

–¿Gusto, señor? – preguntó Simmons.

–Sí, sí, gusto artístico. Ya sabe, que aprecie lo sublime.

–Bueno, señor, no creo que ninguno tenga talento para eso.

No recuerdo que se haya mencionado siquiera lo sublime en la sala de oficiales. Pero hay un marinero de la brigada de carpinteros, Mallet, que ocultaba mercancía robada, sobre todo obras de arte sublimes, según creo, obras antiguas de grandes maestros y otras

cosas. No es muy joven ni fuerte, así que ayuda al señor Charnock en la ebanistería y trabajos delicados; pero seguro que sabe apreciar lo sublime mejor que nadie en el barco.

–Hablaré con él. Necesito algunos adornos para la cabina.

Espero que sea de fiar, que no escape al bajar a tierra.

–¡Oh, no, por Dios, Señor! Se ha escapado dos veces. Y en Lisboa intentó llegar a la costa en un barril. Una vez le robó un traje a la señora Armstrong y trató de escabullirse, haciendo creer al sargento de infantería que era una mujer.

–Entonces irá con Bonden y un grupo de infantes de marina.

Señor Charnock -le dijo al carpintero, que estaba esperando allí-, venga conmigo y veremos lo que se puede hacer en la cabina para que sea apropiada para una dama. Señor Simmons, mientras nosotros nos ocupamos de esto, dígale al velero, por favor, que empiece a hacer una alfombra de lona con cuadros blancos y negros, como la del Victory. No hay que perder ni un minuto.

Luego, en la relativa intimidad de la cabina, dijo:

–¡Stephen, amigo mío! – poniéndole su enorme brazo, como el

de un oso, alrededor de los hombros-. ¿No estás sorprendido? ¡Qué suerte que tengo un poco de dinero! Vamos, dame alguna idea para mejorar la cabina.

–La cabina está muy bien así. Es muy apropiada. Lo que hace falta es otra cama colgante, un simple coy, con las mantas y las almohadas necesarias.

–Podemos desplazar el mamparo hacia delante unas dieciocho pulgadas -dijo Jack-. A propósito, ¿tendrías algún inconveniente en mandar tus abejas a tierra por un tiempo?

–No las mandé a tierra cuando estaba la señora Miller. No las afectaron los caprichos tiránicos de la señora Miller. Están empezando a acostumbrarse a su entorno… ¡Han empezado a hacer un panal!

–Amigo mío, insisto. Te doy mi palabra de que mandaría a tierra mis abejas si tuviera que hacerlo por ti. Y ahora quiero pedirte un gran favor. Me parece que te he contado que una vez estuve cenando con lord Nelson.

–No más de doscientas o trescientas veces.

–Y creo que te describí sus elegantes bandejas de plata. Están hechas aquí. Por favor, ¿podrías bajar a tierra y encargarme cuatro, si alcanza con esto? Si no, dos. Deben tener una guindaleta en el borde. ¿Te acordarás de eso? El borde, el contorno, debe tener forma de guindaleta. Mallet -dijo, volviéndose hacia un joven de aspecto envejecido, con pelo ralo que le caía en largos rizos, que se movía nerviosamente junto al primer oficial-. El señor Simmons me ha dicho que es usted un hombre de gusto.

–¡Oh, señor! – dijo Mallet, tratando de contener su emoción-.

Es muy amable por su parte. En verdad, tenía pretensiones tiempo atrás. Puse mi granito de arena en el Pabellón real, señor.

–Muy bien. Quiero algunos adornos para la cabina, ¿sabe? Un espejo, un enorme espejo. Cortinas. Sillas elegantes. Tal vez…

¿cómo le llaman ustedes?… un puf. Todo lo apropiado para una joven dama.

–Sí, señor. Lo entiendo. ¿De qué estilo, señor? ¿Chinesco, clásico, neoclásico?

–Del mejor estilo, Mallet. Y si puede traer algunos cuadros,

mejor. Bonden irá con usted para evitar que le estafen, que le den un cuadro de Rafael por uno de Rembrandt. El llevará el dinero.

Los últimos días que Stephen pasaba en la Lively le resultaban tediosos y difíciles de soportar. Limpiaban la cabina una y otra vez y había en ella un fuerte olor a pintura, cera de abeja, trementina y lona alquitranada; los dos coyes eran cambiados de sitio varias veces al día, con macetas con geranios alrededor de ellos; estaba cerrada con llave, era terreno prohibido, a excepción de un pequeño espacio en el que tenía que dormir en la desagradable compañía de Jack, que se pasaba la noche dando vueltas y roncando. Y mientras la atmósfera de la fragata era cada vez más parecida a la del Polychrest cuando estaba al borde del amotinamiento, con miradas llenas de rabia y cuchicheos, su capitán, en cambio, estaba muy animado, reía, chascaba los dedos y daba saltos por cubierta. Los oficiales casados le miraban con maliciosa satisfacción, los demás con desaprobación.

Stephen fue a la casa del almirante Haddock y se sentó con Sophie en la glorieta, que daba a Sound.

–Le encontrará usted muy cambiado -dijo-. Aunque al verle ahora usted no lo creería, ha dejado de ser tan alegre. Es más taciturno y tiene menos inclinación a hacer amigos. Le he observado en este barco, sobre todo; está mucho más apartado de los oficiales y la tripulación. Además, soporta con más paciencia la frustración y desea con menos vehemencia muchas cosas. Verdaderamente, diría que el joven que había en él ya no existe, al menos no existe el joven impetuoso que yo conocí. Pero cuando el hombre alcanza la madurez y la invulnerabilidad, parece que inevitablemente se vuelve indiferente a muchas cosas que le causaban alegría.

Y al ver la mirada asustada de Sophie, añadió:

–No me refiero, por supuesto, al placer de su compañía. A fe mía, Sophie -la miraba con los ojos entrecerrados-, tiene usted un aspecto maravilloso hoy. Su pelo… ¿se lo estuvo cepillando, verdad?

Bien, lo que ocurre es que ahora es un oficial más experto pero un hombre más triste.

–¿Triste? ¡Oh, Stephen!

–Y su futuro me preocupa, debo confesarlo. Por lo que tengo

entendido, puede haber cambios en Whitehall de un momento a otro.

Tiene pocas influencias, y a pesar de que es, indudablemente, un oficial bueno y competente, es posible que no consiga otro barco.

Hay cientos de capitanes de navío desempleados. He encontrado a muchos de ellos en ese horrible terreno baldío que llaman Hoe, mirando con avidez los barcos que estaban en Sound. Se le terminará pronto el mando provisional y luego se quedará en tierra.

En la actualidad, hay sólo ochenta y tres navíos de línea en misión, ciento una fragatas y alrededor de una veintena de otros navíos. Y

Jack es el número 587 de una lista de 639. Sería más sencillo si fuera todavía un capitán de corbeta, o incluso un teniente, habría más posibilidades de trabajo.

–Pero el hecho de que el general Aubrey esté en el Parlamento será beneficioso, ¿no?

–Sí, si se le pudiera convencer de que mantuviera la boca cerrada. Ha estado hablando por los codos en la Cámara y le ha puesto a Jack el sello de Tory radical. Y Saint Vincent y sus amigos son rabiosos Whigs, ya sabe, y son sus ideas las que predominan en

la Armada.

–¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! Tal vez pueda conseguir una estupenda presa. Se lo merece. El almirante dice que la Lively es una de las fragatas con mejores cualidades para la navegación de todas las que conoce; la admira mucho.

–Así es. Navega muy velozmente con extrema suavidad, es un placer sentirlo, y su tripulación cumple con celo sus obligaciones.

Pero, querida mía, el tiempo de las estupendas presas ha pasado ya.

Al principio de la guerra había barcos franceses y holandeses que hacían el comercio con las Indias, pero ahora no queda ni uno en el mar. Y tendría que capturar una docena de fanciullas para poder pagar sus deudas y bajar a tierra sin peligro… a propósito, vendrá a verla el domingo. Nos encantará librarnos de él un rato; por favor, reténgale lo más posible o los hombres se amotinarán. No sólo les obliga a limpiar el barco por debajo de la línea de flotación sino que también les exige que peinen a los corderos.

–Estaremos muy contentas de verles a los dos. Y dígame, por favor, ¿son los corderos una parte del barco? Me he leído todo el

Diccionario de Marina para conocer las maniobras, pero no recuerdo haber encontrado los corderos.

–Podrían ser una parte, porque en su bárbara jerga tienen culebras, pericos, gatas y camellos; y a bordo hay corderos, carneros, ovejas, carneros castrados y ovejas de dos años, pero estos animales sirven de alimento: son corderos, literalmente. Ha acumulado provisiones que serían excesivas para dos ogros -un tonel de pastas de té (que estarán rancias), cuatro quesos de Stilton, una cesta con jabón perfumado, toallas- y ahora ordena lavar y peinar los corderos dos veces al día. Invítele a comer… deje que se quede a cenar… y tal vez podamos tener un poco de paz.

–¿Qué le gustaría comer? Un pudding, desde luego, y quizás carne adobada. ¿Ya usted, Stephen, qué le gustaría? Algún plato con setas, lo sé.

–Desgraciadamente, estaré a cientos de millas de distancia.

Tengo que hacer un encargo del capitán Aubrey y luego tomaré el coche de la tarde. No creo que regrese hasta dentro de mucho tiempo. Aquí está mi dirección en Londres, la he escrito en esta

tarjeta para usted. Por favor, mándeme unas líneas para saber si le ha gustado el viaje.

–¿No vendrá usted, Stephen? – dijo Sophia, apretando su brazo-. ¿Qué me ocurrirá?

–No, querida. La dejo a la deriva. Nadará o se hundirá, Sophie. Nadará o se hundirá. ¿Dónde está mi sombrero? Vamos, déme un beso. Debo irme.

–Jack -dijo, entrando en la cabina-, ¿qué estás haciendo?

–Estoy tratando de mantener en pie esta condenada planta.

Haga lo que haga, se marchitan. Las riego antes del desayuno y de nuevo en la guardia de segundo cuartillo, pero se marchitan. Esto es horrible.

–¿Con qué las riegas?

–Con la mejor agua, directamente sacada del barril de agua fresca.

–Si las riegas con esa asquerosa decocción que bebemos y usamos para lavarnos, claro que se marchitarán. Debes mandar que bajen a tierra y traigan agua de lluvia, y si sigues con ese ritmo de

riego, algunas plantas acuáticas.

–¡Qué admirable idea, Stephen! Lo haré enseguida. Gracias.

Pero aparte de estos condenados vegetales, ¿no crees que ha quedado bastante bien? La esposa del condestable dice que nunca en su vida ha visto nada igual, y sugirió que pusiéramos algo para colgar la ropa y un acerico.

La cabina era una mezcla de burdel y funeraria, pero Stephen sólo dijo que estaba de acuerdo con la señora Armstrong y sugirió que quizás tendría un aire menos fúnebre si las macetas no estuvieran colocadas tan ordenadamente alrededor de cada coy.

–Te he traído las bandejas -dijo, dándole un paquete envuelto en fieltro verde.

–¡Oh, gracias, gracias, Stephen! ¡Qué amable eres! Esto es elegancia, sí señor. ¡Cómo brillan! ¡Oh, oh! (Su rostro se ensombreció.) Stephen, no quisiera parecer ingrato, pero dije guindaleta, ¿sabes? El borde tenía que tener una guindaleta.

–Sí, y le dije al tendero: "Que tenga una guindaleza en el borde" y él, el muy ladrón, que Dios le maldiga, me dijo "Aquí tiene

usted una guindaleza tan hermosa como lord vizconde Nelson pudiera desear".

–Y así es. Una hermosa guindaleza. Pero mi querido Stephen, después de todo este tiempo en la mar, deberías saber distinguir una guindaleza de una guindaleta.

–Pues no. Y me niego rotundamente a oír nada más del asunto. Así que una guindaleza no es igual que una guindaleta… ¡qué tontería! He importunado al platero con mi insistencia y ahora sales con que las guindalezas no son iguales que las guindaletas. No, no.

A lo hecho, pecho. Tendrás que navegar hasta los downs afligido porque esas baratijas tienen guindaletas y comerás el pan mojado por tus tristes lágrimas; y debo decirte que lo comerás sin mí. Me alojaré en Grapes cuando esté en Londres; espero llegar allí antes de San Miguel. Por favor, escríbeme unas líneas. Que tengas un buen día. Queda con Dios.

Las uvas ya estaban maduras en Cataluña cuando el doctor Maturin, tras dejar al abad de Montserrat, atravesaba el país hacia el

oeste, trotando en su mula. A su alrededor, los viñedos tenían aquel aspecto desolado que le resultaba familiar; las calles de los pueblos tenían un color rojo púrpura por los posos del vino y el aire caliente estaba cargado por la fermentación; era un año de frutos tempranos, un buen año. Por todas partes vendían melones, diez por un realillo; en Lérida había higos secándose al sol y naranjas doradas en los árboles. Luego, en Aragón, el otoño era más definido; y en el verde País Vasco, la lluvia, fuerte y pertinaz, le siguió incluso hasta la oscura playa solitaria donde permaneció esperando el bote, y las gotas caían de su capa empapada y desaparecían entre los guijarros, a sus pies.

El golpeteo de las olas al romper y su rumor al retirarse; y por fin el tenue sonido de los remos y una llamada con voz queda bajo la lluvia:

–Abrahán y su estirpe, eternidad.

–Wilkes y libertad.

–Echa el anclote, Tom.

Un golpe, salpicaduras; y luego, muy cerca de él oyó:

–¿Está usted ahí? Déjeme ayudarle. ¡Pero si está usted empapado!

–Es por la lluvia.

La lluvia salía a chorros de la cubierta del lugre; la lluvia cayó con fuerza aplastante sobre las olas a todo lo largo del Canal; la lluvia caía copiosamente sobre las calles de Londres, y salía a raudales de los canalones del Almirantazgo.

–¡Cómo llueve! – dijo el joven caballero con una bata de flores y un gorro de dormir cuando le recibió-. ¿Quiere darme su capa, señor, para extenderla junto al fuego?

–Muy amable, señor, pero puesto que sir Joseph no está, creo que seguiré hasta mi posada. He hecho un viaje muy largo.

–Lamento infinitamente, señor, que el First Lord y sir Joseph estén en Windsor, pero enviaré un mensajero enseguida si usted cree que el almirante Knowles no lo hará.

–Ésta es, en mi opinión, una decisión fundamentalmente política. Sería mejor esperar a mañana, aunque, sin duda, es un asunto urgente.

–Debían emprender el regreso esta noche, lo sé. Y por las órdenes que sir Joseph me dio, estoy seguro de no equivocarme si le invito a desayunar con él, a venir a su residencia oficial tan temprano como estime conveniente.

Grapes estaba profundamente dormido, oscuro, con los postigos cerrados, tan reacio a responder que parecía que todos habían muerto de la peste. Stephen se desesperaba ante la idea de que ya no le darían de comer y que pasaría la noche en el coche de alquiler o en el burdel.

–Tal vez sería mejor que probáramos en Hummums -dijo con tono cansado.

–Llamaré una vez más -dijo el cochero- a este condenado atajo de tercos dormilones.

Golpeó furiosamente los postigos con el látigo, y por fin hubo signos de vida en aquel húmedo vacío cuando una voz preguntó:

–¿Quién es?

–Es un caballero que quiere entrar a guarecerse de la lluvia –

dijo el cochero-. Dice que no es una maldita sirena.

–¡Vaya, si es usted, doctor Maturin! – exclamó la señora Broad, abriendo la puerta entre crujidos y jadeos-. Pase. El fuego está encendido en su habitación desde el martes. ¡Dios mío, señor, está usted empapado! Déme su capa, señor… ¡Pesa una tonelada!

–Señora Broad -dijo Stephen, después de entregársela dando un suspiro-, tenga la amabilidad de darme un huevo y un vaso de vino. Estoy desfallecido de hambre.

Al ponerse un traje de franela propiedad del difunto señor Broad, observó su piel; estaba muy pálida, floja, empapada. La parte cubierta por la camisa y los calzoncillos, como por ejemplo, el estómago, tenía un tono azul grisáceo; la parte restante, el color índico de sus calcetines o el color tabaco del tinte de su chaqueta, que incluso había formado una mancha que parecía sangre en la punta de su cortaplumas.

–Aquí tiene el huevo, señor -dijo la señora Broad-, con un buen pedazo de jamón ahumado. Y estas cartas que han llegado para usted.

Se sentó junto al fuego, devorando la comida, con las cartas

balanceándose sobre sus rodillas. En una la letra grande y clara de Jack; en la otra la de Sophie, redonda, desigual, pero con algunos trazos rectos que denotaban decisión.

"Esta carta estará emborronada por las lágrimas", decía Sophie, "pues aunque trato de que caigan en un lado de mi escritorio, me temo que algunas caerán sobre el papel, porque son muchas". En efecto, habían caído en el papel; la superficie de la carta era moteada e irregular. "La mayoría son lágrimas de pura felicidad, porque el capitán Aubrey y yo hemos hecho un pacto: nunca me casaré con otro ni él se casará con otra, nunca. Esto no es un compromiso secreto, que sería incorrecto, pero se parece tanto que pienso que mi mentalidad se ha vuelto muy flexible. Estoy segura de que usted notará la diferencia, aunque nadie más pueda distinguirla. ¡Qué feliz soy! ¡Y qué amable ha sido usted conmigo…!"

"Sí, sí, querida…", pensó Stephen, saltando algunas frases largas en que expresaba su gratitud, algunas muy sentidas, y un relato pormenorizado de lo que ocurrió aquella vez que, detenidos por falta de viento frente a la isla de Wight una tarde de sábado "agradable y

tranquila, mientras los simpáticos marineros cantaban y bailaban en el castillo con la chillona música del violín y el señor Dredge, un infante de marina, le enseñaba a Cecilia las estrellas", ellos habían hecho un pacto en la cabina, "… sí, sí, pero vaya al grano, se lo ruego. Quiero saber de esas otras lágrimas".

Fue al grano en el dorso de la tercera página. La señora Williams había montado en cólera a su regreso. Se preguntaba cómo al almirante Haddock se le había ocurrido una cosa así… Se asombraba de que su hija Sophie se hubiera exhibido con un hombre que, todos lo sabían, tenía dificultades económicas, que era un cazador de dotes, no cabía duda. ¿Acaso Sophia no sabía cuál era su sagrado deber respecto a su madre, una madre que había hecho innumerables sacrificios? ¿No conocía la religión? La señora Williams insistía en que aquella relación cesara inmediatamente y en que si ese hombre tenía la imprudencia de visitarla debía echarlo, aunque no creía que bajara a tierra. Estaba muy bien que hubiera capturado aquel pequeño barco francés y que su nombre hubiera salido en los periódicos, pero la principal obligación de un hombre era con sus

acreedores y su cuenta bancaria. La señora Williams no se dejaba impresionar por esas cosas; en los periódicos nunca había aparecido el nombre de ninguno de su familia, gracias a Dios, excepto cuando se anunciaba su boda en The Times. ¿Qué clase de marido sería un hombre que siempre que se le antojara se fuera a lugares lejanos y atacara a la gente de forma temeraria? Aunque algunos elogiaran a lord Nelson, ¿le gustaría a Sophie compartir la suerte de la pobre lady Nelson? ¿Sabía lo que una amante significaba? En cualquier caso, ¿qué sabían ellas del capitán Aubrey? Podría tener aventuras en los puertos, y gran cantidad de hijos naturales. La señora Williams estaba muy descontenta.

Allí habían caído muchas más lágrimas; la ortografía y la sintaxis estaban confundidas; dos líneas se habían borrado. "Pero esperaré siempre, si es preciso" era legible, y también "y estoy segura, completamente segura de que él hará lo mismo". Stephen aspiró con fuerza, echó un vistazo a las líneas que decían que "debía darse prisa o no alcanzaría el coche correo", sonrió al leer "muy afectuosamente, Sophie", y cogió la carta de Jack. La abrió dando

un enorme bostezo, tumbado en la cama, con la vela cerca de la almohada, y fijó sus soñolientos ojos en ella. "Lively, en el mar. 12

de septiembre de 1804. Querido Stephen…" Septiembre 12; el día que Mendoza estaba en El Ferrol. Abrió mucho más los ojos, tratando de que se mantuvieran así. Las líneas le parecían más vivas, pero seguían bailando. "¡Dame la enhorabuena!" "Bueno, te la doy." "Nunca adivinarás la noticia que voy a darte!" "¡Oh, sí, la adivino, amigo mío; por favor, no uses tantos signos de admiración." "¡¡Tengo la mejor parte de una esposa!! Me refiero a su corazón." Stephen aspiró con fuerza otra vez. Una descripción horriblemente tediosa del aspecto y las virtudes de la señorita Williams, a quien Stephen conocía mucho mejor que el capitán Aubrey. "Tan sincera… decidida… transparente, ya me entiendes… no te defrauda… no hace juramentos… es como un cañón de treinta y dos libras." ¿Había comparado realmente a Sophie con un cañón de treinta y dos libras? Era perfectamente posible. ¡Cómo bailaban las líneas! "No debía hablar irrespetuosamente de su suegra putativa, pero…" ¿Qué pensaba Jack que quería decir "putativa"? "Sería

completamente feliz si… barco… reúnete conmigo en Falmouth…

Portsmouth… convoy… ¡Madeira! ¡Cabo Verde!… ¡Cocoteros!… debo darme prisa para no perder el coche correo." Cocoteros, palmas inmensamente altas meciéndose, meciéndose… Deus ex machina.

Ya era de día cuando se despertó de su profundo e ininterrumpido sueño. Se sentía feliz; pidió café, bollos y una copita de whisky. Leyó de nuevo las cartas mientras desayunaba, sonriendo y asintiendo con la cabeza, y bebió por ellos y su felicidad. Sacó sus papeles de un rollo de tela impermeable y permaneció allí sentado, decodificando y haciendo un resumen. Luego escribió en su diario:

"La felicidad es un bien, pero si la suya debe conseguirse con años de espera y tal vez desgracia, entonces puede resultar demasiado cara. J. A. es mucho más viejo de lo que era, quizás todo lo maduro que su carácter le permite llegar a ser, pero es un hombre, y el celibato no es adecuado para él. Lord Nelson decía: "Cuando se ha pasado Gibraltar, todos los hombres se sienten como solteros".

¡Cuánto pueden conseguir el calor del trópico, las jóvenes sin escrúpulo, el hábito de comer en exceso y el instinto animal

exacerbado! ¿Habrá una renovada pasión, un nuevo desafío de Diana? No, no. Si no aparece ningún deus ex machina en este momento crucial, todo terminará en una triste, larga, lamentable tragedia. Sé lo que es un compromiso largo, Dios es testigo. Pero, según tengo entendido, lord Melville está casi perdido; en este asunto hay hechos que no puede revelar, no puede defenderse ni, por tanto, tampoco sus amigos. Nota: He dormido más de nueve horas esta noche sin tomar ni una sola gota. Esta mañana he visto el frasco intacto en la chimenea; esto es insólito.

Cerró el diario, sonó la campanilla y dijo:

–Joven señora, tenga la amabilidad de llamar un coche.

Más tarde le dijo al cochero:

–Al Paseo de la Guardia montada.

Allí le pagó al cochero y luego se quedó mirando cómo se alejaba. Y después de dar una o dos vueltas se dirigió con rapidez a una pequeña puerta verde que daba a la parte trasera del Almirantazgo.

Todavía sir Joseph tenía espuma en sus rosadas mejillas

cuando entró apresuradamente para rogarle que se sentara junto al fuego y le echara un vistazo al periódico, que se pusiera cómodo…

Le subirían víveres enseguida… él no tardaría más que un momento.

–Estábamos muy preocupados por usted, doctor Maturin -dijo al volver, aseado y arreglado-. Mendoza fue capturado en Hendaya.

–No llevaba nada encima -dijo Stephen-, y el único secreto que podría revelar ya no tiene valor. España va a entrar en la guerra.

–¡Ah! – dijo sir Joseph, dejando a un lado su taza y mirándole muy serio-. ¿Es un compromiso firme?

–Lo es. Se han comprometido seriamente. Por eso me atreví a visitarle tan tarde ayer por la noche.

–¡Cómo me hubiera gustado estar aquí! ¡Cómo maldije Windsor cuando el mensajero nos alcanzó justo en Staines! Sabía que debía ser algo muy importante; el First Lord dijo lo mismo.

Stephen sacó su resumen del bolsillo y dijo:

–Están preparando sus fuerzas militares en El Ferrol y emplearán los barcos que tenían cuando se firmó el Tratado de San

Ildefonso; aquí tiene una lista de los navíos. Los marcados con una cruz están ya listos para zarpar y llevan provisiones para seis meses. Estos son regimientos españoles estacionados en el puerto y sus alrededores, con una valoración de los oficiales al mando; el signo de interrogación junto a esos nombres indica que no doy mucho crédito a las observaciones respecto a ellos. Estos son los regimientos franceses que actualmente están avanzando -dijo, y le pasó la hoja.

–Perfecto, perfecto -dijo sir Joseph, mirando la hoja con avidez, pues prefería las listas, los números y la información concreta a las vagas impresiones y los rumores-. Perfecto. Esta información corresponde casi por completo a la que nos ha dado el almirante Cochrane.

–Sí -dijo Stephen-. Demasiado perfecto, quizás. Mendoza era un agente secreto, pero a sueldo, un profesional. Personalmente, no puedo garantizarla, aunque me parece que es muy fiable. Pero lo que sí puedo garantizar, lo que me indujo a intentar verle lo antes posible, es el acuerdo entre París y Madrid. Desde el mes de julio,

Madrid ha estado bajo una creciente presión, como usted ya sabe; ahora Godoy ha cedido, pero se niega a declarar la guerra hasta que lleguen a Cádiz los barcos cargados de tesoros que vienen de Montevideo. Sin esa gran cantidad de dinero, España está al borde de la ruina. Los barcos en cuestión son fragatas de la Armada española: la Medea, de cuarenta cañones, y la Fama, la Clara y la Mercedes, de treinta y cuatro. Se dice que la Fama tiene extraordinarias características para la navegación; y de las otras se habla bien. La escuadra está al mando del contralmirante don José Bustamante, un oficial decidido y competente. El valor total de las monedas embarcadas en Montevideo era de cinco millones, y hay diez mil ochocientas monedas de ocho. Se espera que las fragatas arriben a Cádiz a principios de octubre, y en cuanto se sepa en Madrid que el tesoro ha llegado, habrá una declaración de guerra y el incidente de Sarastro será el motivo alegado. Sin este tesoro, Madrid estará en una situación tan difícil que un levantamiento en Cataluña, apoyado por los barcos que están frente a Tolón, tendría grandes probabilidades de triunfo.

–Doctor Maturin -dijo sir Joseph, agitando la mano-, le estamos infinitamente agradecidos. Tenía que suceder, tarde o temprano, como todos sabíamos… ¡Pero ahora que ha llegado el momento, la ocasión…! Todavía tenemos tiempo de actuar. Debo decírselo a lord Melville enseguida; seguramente querrá verle. El señor Pitt tiene que saberlo de inmediato… ¡Oh, cómo maldigo esa visita a Windsor!… Perdóneme un momento.

Salió apresuradamente de la habitación. Stephen vertió deprisa en su taza el café de sir Joseph, aún sin probar. Todavía estaba bebiéndolo cuando sir Joseph volvió, desanimado.

–Está en ese maldito interrogatorio; no estará libre hasta dentro de algunas horas, y cada minuto cuenta. No obstante, he enviado una nota… debemos actuar enseguida. Es una decisión que debe tomar el Consejo de ministros, desde luego, pero no me cabe duda de que debemos actuar enseguida. Ahora es el momento propicio; tenemos poco tiempo.

–Intenta llevar a cabo una acción arrojada, ¿verdad?

–Por supuesto. No puedo responder por el Consejo de

ministros, pero si se escucha mi consejo, la jugada audaz es la única posibilidad. ¿Acaso alude usted al aspecto ético de la cuestión? –

dijo, sonriendo.

–El aspecto ético no es asunto mío -dijo Stephen-. Presento un estado de cosas y hago la observación de que la acción aumentaría extraordinariamente las posibilidades del triunfo catalán.

Y dígame, ¿cómo va la investigación?

–Mal, muy mal. Usted y yo sabemos que lord Melville tiene las manos atadas; no puede, por una cuestión de honor, dar cuenta de los fondos secretos, y sus enemigos, algunos de los cuales lo saben tan bien como nosotros, se aprovechan de la situación. No debo decir nada más porque soy un funcionario.

En efecto, era un funcionario, un funcionario con un cargo vitalicio, uno de los más poderosos del Almirantazgo, y quienes habían ocupado el cargo de First Lord, a excepción de Saint Vincent, siempre habían seguido su consejo. También era aficionado a la entomología, y por eso, tras una pausa, preguntó:

–¿Qué noticias me trae de ese otro mundo, doctor Maturin?

Entonces Stephen, palpándose el pecho, le respondió:

–Grandes noticias, señor. Discúlpeme, con tanta prisa casi se me había olvidado. El sagaz párroco de Sant Martí, o bien alguien de allí, la encontró este verano. Está un poco aplastada y un poco estropeada por la lluvia, pero aún reconocible -dijo, sacando de entre las páginas de su cuaderno de bolsillo una mariposa, un ejemplar anormal por su composición genética, con las alas derechas de color verde brillante y las otras doradas.

–¡Un verdadero ginandromorfo! – exclamó sir Joseph, inclinado sobre la criatura-. Nunca en mi vida había visto ninguno.

Macho de un lado y hembra del otro. Estoy asombrado, señor, asombrado. Esto es casi tan sorprendente como las noticias que ha traído.

Mariposas diurnas y nocturnas… el dudoso privilegio de tener dos sexos… Un viejo funcionario entró, le susurró algo al oído a sir Joseph y luego salió sigilosamente.

–Lo sabremos dentro de media hora más o menos. Doctor Maturin, llamaré para que traigan más café; se ha acabado

misteriosamente.

–Con su permiso, sir Joseph, ¿podría hablarle en tono no oficial, o semioficial, de un marino amigo mío cuya situación me interesa especialmente?

–Por supuesto. Le escucho.

–Me refiero al capitán Aubrey, al capitán John Aubrey.

–¿El afortunado capitán Aubrey? ¡Ah, sí! Capturó la Fanciulla…

una pequeña batalla muy meritoria. Pero usted lo sabe tan bien como yo… ¡estaba allí!

–Lo que quería preguntarle era si él tiene muchas posibilidades de conseguir empleo.

–Bueno -dijo sir Joseph, reclinándose en su asiento, pensativo-, no tengo mucho que ver con dar empleos y nombramientos, no es esa mi sección. Pero sé que lord Melville le tiene en gran estima y que pensaba mejorar su posición con el tiempo, posiblemente dándole el mando de algún navío de los que están ahora en los astilleros. Su reciente ascenso, sin embargo, se le ha concedido como recompensa por los servicios prestados. Tal

vez sería conveniente advertirle que durante un considerable periodo de tiempo sólo podrá conseguir, ocasionalmente, mandos provisionales, temporales. La presión para dar empleos es muy grande, como usted sabe. Además, me temo que lord Melville nos dejará antes de que su mandato, ¿cómo lo diría?, expire; su sucesor posiblemente tenga otras ideas, y si es así, las posibilidades de su amigo son… bueno… (Agitaba la mano.) Según tengo entendido, hay algunas objeciones que hacer a sus excelentes servicios; y además, es desafortunado por el padre que le ha tocado. ¿Conoce usted al general Aubrey, estimado caballero?

–Le conozco. Me dio la impresión de que no era muy sensato.

–Dicen que cada discurso suyo equivale a cinco votos para el bando contrario; y pronuncia un extraordinario número de ellos.

Tiene tendencia a tomar la palabra en la Cámara para hablar sobre temas de los que no entiende mucho.

–Sería difícil que no fuera así, a menos que en la Cámara se discutiera la estrategia de la caza del zorro.

–Exactamente. Y los asuntos navales son sus preferidos, por

desgracia. Si hubiera un cambio en la administración, aunque sólo fuera parcial, a su hijo probablemente le mirarían con resentimiento.

–Confirma usted mis suposiciones, sir Joseph. Le estoy muy agradecido.

Volvieron a las mariposas, a los escarabajos… sir Joseph no había prestado tanta atención a los escarabajos como hubiera querido… Intercambiaron opiniones sobre Cimarosa… una excelente interpretación de Le astuzie feminili en Covent Garden… sir Joseph le recomendaba encarecidamente al doctor Maturin que fuera a verla…

él la había visto dos veces y volvería por tercera vez esa noche…

encantadora, encantadora… Pero miraba insistentemente, muy serio, un exacto reloj, y su defensa de Cimarosa, aunque apasionada, no mantenía ocupada más de la cuarta parte de su mente.

El viejo funcionario regresó, muy excitado, con un aspecto que parecía rejuvenecido diez años, entregó una nota y salió precipitadamente.

–¡Vamos a actuar! – exclamó sir Joseph, entusiasmado-.

Ahora tengo que buscar los barcos. Señor Akers, deme los

expedientes A12 y 27 y las listas actuales. Señor Roberts, que se preparen los copistas y los mensajeros. Doctor Maturin, lord Melville le envía sus felicitaciones, sus más sinceras felicitaciones, y le ruega que se entreviste con él a las once y veinte exactamente. Y dígame, estimado caballero, ¿acompañará usted la escuadra? Es posible que haya una negociación; sería mucho mejor que la main forte.

–Sí. Pero no deben verme, porque entonces no podría seguir siendo un agente secreto. Envíe usted a algún caballero que sepa español y hablaré por mediación de él. Y si me permite decirlo, para enfrentarse a Bustamante debe usted mandar una potente escuadra

–navíos de línea-, así podrá rendirse con honor. Debe ser una fuerza abrumadora o de lo contrario luchará como un león. En esas fragatas la tripulación está muy bien adiestrada y, en relación con el nivel de España, muy disciplinada; son barcos de cuidado.

–Tendré en cuenta lo que dice, doctor Maturin. Respecto a la composición de nuestras escuadras no prometo nada. ¿Tiene usted algún otro consejo… un momento, señor Robinson… observación o comentario?

–Sí, señor. Tengo una petición que hacer… tengo que pedirle un favor. Como usted sabe, no he aceptado nunca nada por los servicios que he realizado, a pesar de la insistencia del Almirantazgo por mostrarme su agradecimiento.

Sir Joseph tenía una expresión grave, pero dijo que estaba seguro de que cualquier petición del doctor Maturin sería considerada con la mayor benevolencia.

–Mi petición es que el capitán Aubrey, con la Lively, forme parte de la escuadra.

El rostro de sir Joseph se iluminó.

–Muy bien. Eso puedo prometérselo bajo mi propia responsabilidad -dijo-. Pienso que lord Melville también estará de acuerdo; posiblemente sea la última cosa que pueda hacer por su joven amigo. ¿Y es eso todo, señor? No creo que eso sea todo.

–Eso es todo, señor. Le estoy sumamente agradecido. Se lo agradezco mucho, sir Joseph.

–¡Por Dios! – dijo sir Joseph, agitando un expediente en la mano en protesta por ese agradecimiento-. Veamos, ya hay un

cirujano en la fragata, por supuesto, y no sería ético que le sustituyera, ni tampoco conveniente. Debe tener un nombramiento temporal… irá en ella con un nombramiento temporal y subirá a bordo mañana temprano. Llevará algún tiempo escribir todas las órdenes -la Junta debe reunirse- pero estarán listas esta tarde y usted podrá ir con el mensajero del Almirantazgo. No tendrá inconveniente en viajar en la oscuridad, ¿verdad?

Ya no caía más que una fina llovizna cuando Stephen salió, pero fue suficiente para disuadirle de pasear entre los quioscos de libros de la calle Wych, como pensaba, y regresó a Grapes. Allí, sentado en un sillón de piel, permaneció mirando el fuego mientras su mente se desviaba en muchas, muchas direcciones o, a veces, se quedaba dulcemente aletargada, hasta que la grisácea luz del día se desvaneció y dio paso a una noche oscura, insulsa, brumosa y jaspeada de dorado por las farolas. La llegada de un mensajero del Almirantazgo puso fin a aquella agradable sensación de habitar un cuerpo bordeado de forma imprecisa por la lana, y se dio cuenta de que no había comido nada desde que había tomado bizcocho y

madeira con lord Melville.

Pidió té y bollos, muchos bollos, y a la luz de las velas encendidas en la mesa que estaba junto a él, leyó lo que el mensajero había traído: una amable nota de sir Joseph confirmando que la Lively sería enviada y señalando que "en atención al doctor Maturin había dado órdenes de que su nombramiento temporal fuera, en lo posible, de la misma clase que el otorgado a sir Joseph Banks, de la Royal Society", por lo cual suponía que iba a sentirse satisfecho; luego la descripción de su misión, un documento imponente, escrito a mano debido a la rareza de su forma, con la firma de Melville emborronada debido a la prisa; una carta oficial pidiéndole que se dirigiera a Nore para subir a bordo del barco arriba mencionado; y una última nota de sir Joseph diciendo que las órdenes no estarían listas hasta después de media noche, que le pedía perdón por el retraso y le adjuntaba una entrada para Le astuzie feminili porque eso ayudaría al doctor Maturin a pasar las horas agradablemente y le convencería del valor de Cimarosa, "ese gentil Fénix".

Sir Joseph era un hombre rico y soltero, y se daba buena vida.

La entrada era para un palco, un palco pequeño en la parte de arriba del teatro, en el ala izquierda, desde el cual se veía mejor el público y la orquesta que el escenario, pero Stephen se instaló en él bastante satisfecho. Colocó las manos, todavía manchadas de la grasa de los bollos, sobre el barandal acolchado, y miró hacia la planta baja -a sus compañeros en la mayoría de las ocasiones-sintiéndose más elevado física y espiritualmente. El teatro se llenaba con rapidez, ya que se hablaba muy bien de la ópera, estaba muy de moda; y aunque el palco real, un poco lejos, a la derecha, estaba vacío, en casi todos los demás había gente moviéndose, colocando sillas, mirando al público o saludando con la mano a los amigos, y justo frente a él había un grupo de oficiales de marina, a dos de los cuales conocía. Vio en el patio de butacas, justo debajo de él, a Macdonald con la manga vacía prendida al frente de la chaqueta, sentado junto a un hombre que debía ser su hermano gemelo, por lo mucho que se le parecía. Había otras caras conocidas; todos los aficionados a la música de Londres parecían estar allí, y también los

miles que no lo eran. Se escuchaba el rumor de las conversaciones y las joyas brillaban; y ahora que la mayoría del público se había instalado se oían agitarse los abanicos.

El teatro se quedó oscuro y las primeras notas de la obertura sofocaron gran parte de la conversación y acallaron los demás ruidos. Stephen fijó la vista y la atención en la orquesta. Una composición mediocre, inconsistente, pomposa, rimbombante, le parecía a él, no desagradable pero trivial. ¿Cómo era posible que sir Joseph comparara a ese hombre con Mozart? Sin embargo, admiraba la interpretación de aquel violonchelista con la cara roja, pues era ágil, decidida, enérgica. A su derecha, unos destellos llamaron su atención; un grupo de personas llegaban con retraso y al abrir la puerta de su palco había entrado la luz. Eran más bárbaros que los godos y los moros. Y aunque la música no tenía mucho que decir ni su atención se había desviado demasiado de algo que exigiera gran concentración, a aquellas personas que habían entrado atropelladamente como los hunos les habría dado lo mismo que estuviera tocando Orfeo en persona.

Se oyeron unas encantadoras notas de arpa; dos arpas recorrían la escala con un maravilloso gorjeo. No tenía ningún significado, sin duda, pero era muy agradable oírlo. Era agradable, claro que era agradable, como lo había sido oír la trompeta de Molter. Entonces, ¿por qué sentía esa opresión en su corazón, ese angustioso presentimiento, ese miedo a algo inminente que no podía definir? Aquella joven que se destacaba en el escenario tenía una voz dulce, excelente, y tanta hermosura como Dios y el arte podían crear, sin embargo, a él nada de eso le producía placer. Tenía las manos sudorosas.

Un estúpido alemán había dicho que el hombre pensaba con palabras, pero era completamente falso, una doctrina perniciosa. El pensamiento adoptaba un centenar de formas simultáneamente, con un millar de asociaciones, y la mente del ser hablante seleccionaba una y trataba de adaptarla a esos inadecuados símbolos que eran las palabras, inadecuados porque eran los mismos para situaciones muy dispares, y notoriamente inadecuados para vastas áreas de expresión, en las que se emplean lenguajes paralelos como la

música y la pintura. Las palabras no son necesarias para muchas o incluso la mayoría de las formas del pensamiento; Mozart pensaba, sin duda, en un lenguaje musical. Él mismo, en ese momento, pensaba en un lenguaje de olores.

La orquesta y los intérpretes que estaban en el escenario subían el tono y ponían más énfasis preparándose para el clímax; y cuando éste llegó, el teatro estalló en estruendosos aplausos y en el palco de los que habían llegado con retraso vio a Diana Villiers, que aplaudía cortésmente, pero sin gran entusiasmo, y no miraba al escenario, donde los actores saludaban sonriendo afectadamente, sino a alguien que estaba detrás de ella, al fondo del palco. Tenía la cabeza inclinada, en un ademán que hubiera reconocido en una multitud; sus largos guantes blancos, con las puntas hacia arriba, se juntaban repetidamente mientras hablaba en medio de tanto estrépito, y con su expresión y los movimientos de su cabeza trataba de comunicar su mensaje venciendo el ruido.

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