Caravaggio

Andrew Graham-Dixon · Capítulo 2 de 81

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Caravaggio

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PREFACIO Y AGRADECIMIENTOS

 

Escribir este libro me ha llevado un tiempo bochornosamente largo, más de diez años en total. Mi excusa es que tenía muchas otras cosas que hacer al mismo tiempo. Durante los primeros cinco años escribía dos artículos semanales para el Sunday Telegraph (que más tarde se redujeron a uno para poder seguir adelante con mi vida); en 2007 tuve que interrumpir el trabajo en Caravaggio casi por completo para terminar un libro sobre las pinturas de Michelangelo en la Capilla Sixtina y durante la última década he pasado al menos cinco meses cada año escribiendo y presentando series televisivas sobre historia del arte para la BBC.

Aunque con frecuencia han resultado frustrantes, en general, todos estos aplazamientos e interrupciones han tenido un efecto positivo sobre el libro. Si hubiera entregado el manuscrito más rápidamente, quizá habría causado mucho menos estrés a mi paciente y sufrido editor, Stuart Proffitt. Pero no habría podido tener en cuenta los numerosos descubrimientos documentales de los últimos años —hallazgos extraordinarios que, en conjunto, han transformado nuestros conocimientos sobre Caravaggio, en especial de sus últimos años—. Como esos descubrimientos se han dado a conocer poco a poco, con frecuencia en publicaciones privadas o académicas de difusión reducida, me he encontrado en la afortunada y poco habitual situación de escribir sobre uno de los mayores artistas de la historia cuatro siglos después de su muerte y, no obstante, poder utilizar importante material documental del que no disponían los biógrafos anteriores.

En consecuencia, creo que he arrojado luz sobre aspectos de la vida de Caravaggio que hasta el momento permanecían envueltos en el misterio para todo el mundo, excepto para los especialistas —por ejemplo, la sexualidad del pintor, las circunstancias que le condujeron a cometer el asesinato de 1606 que ensombrece de tal manera el resto de su vida y los acontecimientos que rodean su encarcelamiento en la isla de Malta—. Además, publico aquí por primera vez varias descripciones, que habían pasado inadvertidas hasta el momento, de la Osteria del Cerriglio, el establecimiento de Nápoles en el que Caravaggio sufrió hacia el final de sus días un sangriento ataque en una vendetta. Volviendo a otros documentos descubiertos con anterioridad, creo que he ofrecido una solución convincente al enigma de cómo murió en el verano de 1610.

A lo largo del libro, el centro de mi atención está en las pinturas del artista. Ello se debe a que, pese al tempestuoso drama de su vida, son la principal razón de que esté interesado en Caravaggio. Los lectores atentos observarán que soy menos generoso en mis atribuciones que muchos otros estudiosos de la obra de Caravaggio: prefiero el exceso de rigor a una atribución errónea. Puede darse por supuesto que si no menciono una pintura concreta, por ejemplo el Narciso de la colección Barberini, frecuentemente propuesto, es porque no estoy convencido de que Caravaggio la pintara. La principal excepción a esto es La Anunciación del Musée des Beaux-Arts de Nancy, que en efecto es suya, pero está tan deteriorada que no merece la pena hablar de ella aquí.

Al escribir este libro he contraído muchas deudas, sobre todo con la comunidad de estudiosos cuyas investigaciones han aportado tantas informaciones en el último medio siglo y, en especial, en años recientes. Estoy profundamente agradecido a Sandro Corradini por ayudarme a orientarme por el laberíntico archivo judicial de Roma y compartir conmigo los frutos de sus más de veinte años de investigación allí. Maurizio Marini me guio por los sitios que Caravaggio frecuentaba en el barrio del artista e hizo interesantes sugerencias, que he desarrollado, sobre el significado de los desperfectos causados en el techo de una estancia determinada de una casa que se halla en lo que hoy es Vicolo del Divino Amore. Maurizio Calvesi me comunicó generosamente sus ideas sobre la orientación religiosa «pauperista» del pintor y el papel que los miembros de la familia Colonna pudieron haber desempeñado en distintos acontecimientos de su vida. En Nápoles, Vincenzo Pacelli me mostró sus descubrimientos archivísticos relativos a la última pintura de Caravaggio, El martirio de santa Úrsula, y compartió conmigo algunas especulaciones sobre los postreros días del pintor.

También he de dar las gracias a Peter Robb, que me conoció en Nápoles y me envió a la isla de Malta en lo que resultó ser una búsqueda fructífera. Y, en Malta, fueron de gran ayuda las conversaciones con Fr. John Azzopardi y Keith Sciberras, que han arrojado mucha luz sobre el malogrado intento de Caravaggio de ingresar en la Orden de los Caballeros de San Juan. John T. Spike, que me recibió en su casa de Florencia, me permitió ver una primicia de su catálogo en CD-ROM y la bibliografía que acompañaba su monografía sobre Caravaggio: una guía inestimable de la vasta literatura sobre el artista. Mi antigua amiga Mary Hersov, ex directora de Exposiciones de la National Gallery en Londres, me ha mostrado y comentado sus cuadros mucho más de lo que exige el deber.

Helen Langdon, cuya biografía de Caravaggio se publicó en 1998, también ha sido de una ayuda extraordinaria durante la escritura de este libro. En particular, tuvo la generosidad de permitirme utilizar los resultados de su exhaustiva criba de Caravaggio assassino —el mediocre libro que en 1994 publicaron Riccardo Bassani y Fiora Bellini, en ocasiones fascinante pero plagado de errores—, gracias a la cual separó lo verdadero no sólo de lo falso, sino de la pura invención. Helen también me encaminó por la dirección correcta cuando me encontraba en una encrucijada de mi investigación sobre la segunda y última estancia del pintor en Nápoles, por lo que le estoy profundamente agradecido.

Mientras escribía el libro no he hablado con sir Denis Mahon, pero como todas las personas empeñadas en el estudio serio de Caravaggio, su obra pionera me ha resultado muy útil. Las sombras de Walter Friedlaender y Roberto Longhi también han sido de gran ayuda, lo mismo que la de mi antiguo tutor en el Courtauld Institute, Michael Kitson, cuya sabiduría traté de absorber junto con el humo de las muchas cajetillas de tabaco que compartimos. Una influencia más tangencial ha sido el extraordinario libro de John Michael Montias, Vermeer and His Milieu, de 1989. La influencia de su obra, así como de una reunión con Montias en su casa en New Haven en el otoño de 2001, sin duda se deja sentir en la mía. Sin aspirar en absoluto a la eminencia de Montias como estudioso de la documentación archivística, he intentado tejer «una trama de historia social», por utilizar su expresión, a fin de evocar, mediante el relato de la vida y el entorno de un hombre, un mundo perdido, en este caso la civilización de Italia de finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Los libros de Charles Nicholl sobre Marlowe y Shakespeare, The Reckoning y The Lodger, también han estado entre mis piedras angulares.

Escribir sobre Caravaggio ha representado un desafío intelectual, pero también ha sido una aventura que me ha conducido a algunas situaciones insólitas. Con la generosa ayuda de John Azzopardi y el préstamo de una escalera un tanto vacilante, he inspeccionado el pozo de piedra, o guva, en que Caravaggio estuvo preso en Malta (ahora puedo reírme de su broma pesada cuando fingió encerrarme y dejarme allí, aunque en aquellos momentos no me pareció tan divertida). He mantenido un duelo (por así decirlo) con el maestro Renzo Musumeci Greco en su escuela romana de esgrima, para comprender el tipo de maniobras que podrían conducir a la emasculación de un hombre durante una pelea con espada. He caminado por los muelles del viejo puerto de La Valeta con el historiador naval maltés Joseph Scimberras, mientras me hablaba sobre el transporte en faluca en tiempo de Caravaggio. El historiador local Giuseppe La Fauci me ha permitido inspeccionar el registro de defunciones de la parroquia de Porto Ercole. He pasado algunas horas felices comentando reproducciones de obras de Caravaggio con el director de cine Martin Scorsese, que generosamente dedicó su tiempo a abrirme los ojos sobre la importancia del artista para el cine moderno. A ellos, y a todos los que se han tomado la molestia de ayudarme —el muchacho que bajó aquella escalera por la guva en Malta, el sacristán que consiguió las llaves de la iglesia de Santa Lucia en Siracusa, los bibliotecarios y archiveros en Londres, Roma, Nápoles, Milán y Malta, que encontraron tantos libros y documentos—, les doy sinceramente las gracias.

Más cerca de casa, quiero hacer constar mi agradecimiento a mi productora Silvia Sacco por diseñar un plan para mi trabajo en televisión y otros sitios que hizo posible lo que parecía irrealizable. Sin su ánimo constante, su apoyo moral y su despiadado calendario, quizá nunca habría llegado a escribir el libro. Desde luego, nunca lo habría terminado sin la ayuda de mis investigadores. Opher Mansour hizo un excelente trabajo traduciendo la antología esencial de documentos de Corradini, Materiali per un proceso, escritos en una mezcla de latín jurídico y una difícil jerga vernácula del siglo XVII. También me permitió leer su reveladora tesis doctoral sobre la censura en la Roma de Caravaggio y descubrió varios testimonios de primera mano de la plaga que asoló Milán a mediados de la década de 1570. En las últimas etapas del libro, Nicholas Stone Villani robó tiempo a su propia tesis para viajar a Italia en mi nombre, donde descubrió la sórdida verdad sobre la Osteria del Cerriglio. Mi principal asistente de investigación en todo el proceso ha sido Eugénie Aperghis-van Nispen tot Sevenaer, siempre servicial, ingeniosa y minuciosa mientras llevaba a cabo lo que a veces parecía ser una intimidante serie de tareas. También se encargó de localizar las imágenes del libro y conseguir los permisos de reproducción. En su maratón, Eugénie contó con la ayuda de Kasja Berg, que en más de una ocasión respondió a mis impacientes peticiones de textos o documentos concretos con calma y eficiencia ejemplares. Mi madre y mi padre, que saben mucho más de música de lo que yo sabré nunca, aportaron su considerable erudición a las tempranas pinturas de Caravaggio de músicos y tañedores de laúd, lo que me sirvió de considerable ayuda.

Siempre estaré agradecido a Roger Parsons, con quien comencé a explorar las complejidades del mundo de Caravaggio hace ya un tiempo increíblemente largo. Stuart Proffitt ha hecho sugerencias extremadamente valiosas en lo que respecta al estilo, la estructura y el enfoque. Donna Poppy, la editora del manuscrito, ha mejorado inmensamente el original con su vista rigurosa y siempre atenta al sentido, la proporción, la perspectiva y el detalle. Por último, me gustaría dar las gracias a mi esposa, Sabine, que ha debido de leer este libro diez veces mientras yo lo escribía una sola vez, por aportar tantas mejoras, correcciones y nuevas ideas, así como a toda mi familia, por ayudarme a mantener mi cordura y conseguir mantener la suya durante el difícil parto de esta criatura de una gestación tan larga.

 

Londres, febrero de 2010