Caravaggio

Andrew Graham-Dixon · Capítulo 3 de 81

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Caravaggio

Primera parte

 

MILÁN, 1571-1592

LA OSCURIDAD Y LA LUZ

 

El arte de Caravaggio se compone de oscuridad y de luz. Sus pinturas presentan momentos decisivos de una experiencia humana extremada y con frecuencia dolorosa. Un hombre es decapitado en su dormitorio y del profundo corte en el cuello salta un chorro de sangre. Un hombre es asesinado en el altar de una iglesia. A una mujer le disparan una flecha en el estómago a quemarropa. Las imágenes de Caravaggio detienen el tiempo, pero también parecen estar suspendidas al borde de su propia desaparición. Los rostros están iluminados. Los detalles surgen de la oscuridad con una claridad tan misteriosa que podrían ser alucinaciones. Sin embargo, siempre están cercados de sombras, profundidades de negrura que amenazan con hacerlos desaparecer. Contemplar estas pinturas es como mirar un mundo iluminado por relámpagos.

La vida de Caravaggio es como su arte, una serie de relámpagos en la noche más oscura. Fue un hombre al que nunca se puede conocer por completo porque casi todo lo que hizo, dijo y pensó está perdido en un pasado irrecuperable. Fue uno de los artistas más originales y electrizantes que han vivido nunca; sin embargo, sólo tenemos una única frase suya sobre la pintura (cuya sinceridad, en cualquier caso, es cuestionable, puesto que se la arrancaron mientras le interrogaban sobre su presunta culpabilidad del delito capital de calumnia).

Gran parte de lo que se sabe sobre él se ha descubierto en los archivos judiciales de la época. La mayoría de sus actos de los que se conserva un registro escrito — aparte de los relacionados con la pintura— son delictivos. Cuando Caravaggio surge de la oscuridad del pasado lo hace, igual que las figuras de sus pinturas, como un hombre in extremis.

Vivió buena parte de su vida como un fugitivo y así es como le recuerda la historia —huyendo a las montañas, ocultándose en las sombras—. Pero una y otra vez le descubre el haz de luz de un reflector. Cada visión es diferente. Aparece de muchas guisas, en distintos estados de ánimo, atravesando múltiples dificultades. Tira piedras a la casa de su patrona y canta canciones obscenas bajo su ventana. Llega a las manos con un camarero por el aliño de unas alcachofas. Se mofa de un rival con insultos sexuales gráficos. Ataca a un hombre en la calle. Mata a un hombre en una pelea con espada. Junto con una banda inflige atroces heridas a un caballero de Justicia en la isla de Malta. A su vez, es atacado por cuatro hombres armados a la entrada de una taberna de los bajos fondos en Nápoles. Su vida es una serie de intrigantes y vívidas escenas-tableaux que, como en las obras de su contemporáneo William Shakespeare, pasan bruscamente de la comedia a la tragedia, de la humilde farsa al drama elevado.

Al escribir una biografía de Caravaggio no sólo hay que hacer de historiador del arte, sino también de detective. Los hechos rara vez son evidentes y las motivaciones que hay tras ellos con frecuencia resultan oscuras. La vida del artista puede parecer meramente caótica, el ascenso y la caída de un hombre impetuoso, tan dominado por la pasión que sus acciones se suceden sin orden ni concierto (así fue como se le vio durante siglos). Pero todo tiene una lógica y, retrospectivamente, una fatalidad trágica. A pesar de los muchos agujeros negros y discontinuidades en el teatro de sombras de la vida de Caravaggio, hay ciertas estructuras de pensamiento y hábitos de conducta en todo lo que hizo y lo que pintó. Los indicios han de decodificarse con suposiciones, intuición y, sobre todo, imaginación histórica —la disposición a ahondar lo más profundamente posible en los códigos y valores que subyacen a las palabras y actos de un pasado lejano—.

Se ha dado mucha importancia a la presunta homosexualidad de Caravaggio, que en más de una biografía se presenta como la clave que lo explica todo, tanto la fuerza de su arte como las desgracias de su vida. No hay una prueba absoluta de ella, sólo fuertes indicios circunstanciales y muchos rumores. Lo más probable es que Caravaggio mantuviera relaciones sexuales con hombres. Pero sin duda tuvo amantes femeninas. Durante los años que pasó en Roma frecuentó a una serie de prostitutas.

Lo cierto es que Caravaggio no se sentía a gusto en sus relaciones, lo mismo que en la mayor parte de los demás aspectos de su vida. Probablemente se acostaba con hombres. Es seguro que se acostó con mujeres. Pero no se decidió por nadie. Desde muy pequeño, y por buenas razones, sufrió una profunda sensación de abandono. Si hay algo que subyace al errático comportamiento que le abocó a una muerte temprana fue la tragedia que se abatió sobre él y su familia cuando no era más que un niño. La idea de que fue un mártir temprano de los impulsos de una sexualidad no convencional es una ficción anacrónica.

Para comprender las emociones que le movieron y las experiencias que le influyeron más profundamente es necesario comenzar donde nació: en Caravaggio, un pueblo de Lombardía, cuyo nombre tomaría más adelante. Hasta los veintiún años vivió allí y en la cercana ciudad de Milán. Su juventud es el periodo menos documentado de su existencia —los años más oscuros, en todos los sentidos, de esta vida de luz y oscuridad—. Pero en sus sombras pueden hallarse algunas de las claves más importantes de la formación de su turbulenta personalidad.