Código azul

Andrew Gross · Capítulo 10 de 91

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Capítulo 8

Luis Prado no era hombre de muchas preguntas.

Llevaba cuatro años en Estados Unidos. Según sus papeles, estaba allí para visitar a una hermana, pero era falso. No tenía familia en el país.

Había venido a trabajar. Lo habían escogido por el modo en que se manejaba en su país, y lo que hacía, lo hacía muy bien.

Se encargaba de algunos asuntos para los Mercado. Trabajos sucios, de esos que se hacen obligado por un juramento. Sin mirar a la gente a la cara, como si fuera transparente. Sin preguntar por qué.

De ese modo había salido de las barriadas de Cármenes y había podido enviar dinero a su mujer y a sus hijos… más del que jamás habría podido imaginar si se hubiera quedado en las barriadas. Así es como pagaba los elegantes trajes que llevaba y las mesas privadas en las salas de salsa… y las mujeres que allí conocía de vez en cuando y que lo miraban con orgullo.

Era lo que lo distinguía de los [3] desesperados de su país. Hombres sin ningún valor. Sin importancia. Nada.

El chófer, un chaval con pinta de gallito llamado Tomás, jugaba con el dial de la radio del Cadillac Escalade mientras conducía.

—¡Ja! —Tamborileó con las manos en el volante al ritmo invariable de la salsa—. José Alberto. El Canario.

El chaval no tendría más de veintiún años, pero ya se había estrenado y era capaz de conducir por el interior de un edificio si tenía que salir por el otro lado. No tenía miedo y era bueno, aunque tal vez algo imprudente, pero eso era justo lo que necesitaba ahora. Luis ya había trabajado antes con él.

Salieron del Bronx por el norte. Atravesaron una serie de barrios que nunca habían visto; sitios que, cuando Luis era pequeño y vivía en su país, se ocultaban tras verjas altas, con guardias en las entradas. Tal vez, pensaba Luis al pasar, si cumplía los encargos y jugaba bien sus cartas, algún día viviría en una casa como ésas.

Tras dejar la autopista, recorrieron la carretera prestando mucha atención. Volvieron sobre ella para asegurarse de conocer los semáforos, las curvas. Habría que volver a pasar por aquella ruta, rápido, cuando se fueran.

La cosa se remontaba a muy atrás, pensó Luis. Primos, hermanos. Familias enteras. Todos hacían el mismo juramento. Fraternidad. Si tenía que morir por su trabajo, que así fuera. Era un vínculo de por vida.

Bajaron por una calle oscura y sombreada, se detuvieron delante de una gran casa y apagaron las luces del coche. Alguien paseaba un perro a la orilla del agua. Esperaron hasta que dejó de estar a la vista y comprobaron los relojes.

—Vamos, hermano. —Los dedos de Tomás tamborileaban sobre el volante—. ¡A bailar salsa!

Luis abrió la cartera que tenía a los pies. Su jefe había dado instrucciones muy precisas para este trabajo y lo que había que hacer exactamente. A Luis tanto le daba. No conocía a la persona. Para él ni tan siquiera tenía nombre. Sólo le habían dicho que podían hacer daño a la familia, y con eso bastaba.

Con eso ya estaba todo dicho.

Luis nunca pensaba mucho en los detalles cuando se trataba de trabajo. De hecho, al salir del coche, delante de la lujosa y bien iluminada casa, y sacar la pistola automática TEC-9 con un cargador extra, sólo se le cruzó una palabra por la mente:

maricón[4]; esto es lo que pasa cuando le haces daño a la familia.